martes, 29 de diciembre de 2009

Un pastel de bodas en el sitio de Leningrado

Un adolescente que no sabe lo que es el amor (físico, que no platónico) y un universitario pedante que habla de clásicos rusos sobre los que nadie ha oído una palabra son, planteados así, un dúo devastadoramente aburrido. Pasados por la mente y las teclas de David Benioff, en cambio, se convierten en una pareja apasionante. Me costará olvidar a Lev y Kolya. Se han colado en el rincón de mi memoria que sólo abre la puerta a los personajes a los que la tinta y el papel les quedan cortos. Estas hormiguitas del sitio de Leningrado asoman brazos, pies, un rizo rubio y una nariz siónica entre las páginas del libro ya cerrado. Me duelen las piernas de caminar por la nieve, tengo todavía en la nariz el olor a perro mojado de los combatientes capturados por los nazis, no me puedo quitar de la cabeza la carne colgada en el piso de los caníbales por desesperación y por más chicles que mastico la lengua me sabe a la goma de los pasteles de biblioteca. A pesar de todo. De las imágenes aterradoras. De las historias crueles. De los sabores que dejan la lengua de trapo. De los sonidos que deberían sonar en un agujero negro. A pesar de todo eso me sale media sonrisa recordando a esta extraña pareja y su extraña misión de conseguir una docena de huevos para un pastel de boda en pleno sitio de Leningrado.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Banda sonora de la escafandra

http://www.youtube.com/watch?v=cNiQ9ZuQPMI

Caótica, cínica y apocalíptica. Cierro los ojos. Cierro los oídos. En mi escafandra todo suena distorsionado excepto una canción que se repite una y otra vez. 'El último habitante del planeta', de Mastretta. La banda sonora del fin de un mundo que se aleja a la velocidad del escarabajo pelotero. Pero no pasa nada. En la escafandra nunca pasa nada.




martes, 15 de diciembre de 2009

El pasado huele a Moschino y Dior


Este mediodía, en una tienda, una mujer ha pasado a mi lado, olía a L'eau de Moschino. Mi cerebro me ha dejado sola entre mikados, teteras y mantas de sofá. Ha viajado al pasado. A una noche de San Juan en la playa, a tequilas en un balancín de flores, a un adiós que nunca oí. Al llegar a casa he buscado la botella. Estaba segura que todavía guardaba una con apenas unas gotas. Duró lo que duró la botella. Todos han tenido un olor propio. Desde los trece años. Cada ruptura u olvido me ha llevado a la perfumería en busca de otro aroma. Primero fue el chico Don Algodón, ligero y tranquilo. Después el chico Anouk, un poco más contundente, al que siguió el chico LouLou, intenso y dramático. Pasada la adolescencia llegó el hombre Eau d'Eden, clásico y profundo, al que siguieron los hombres Acqua di Gió (fresco y sin problemas), L'eau de Moschino (fugaz), Cheap and Chip (retorcido y complicado), Sicily (apabullante y trágico), Moschino Glamour (volátil), Opium (constante), Miss Dior Chérie (divertido) y Cinéma (…). Ahí me planté. No ha habido hombre Nina, colonia que continúo combinando a días con la anterior. Me sigue gustando el olor y ya no lo asocio a nadie. Hay colonias que no merecen un olvido.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

La inquietante leyenda del cómo


The Tale of How from Shy the Sun on Vimeo.

Todavía me tiembla el corazón. Hace más de una hora que he vuelto a ver este vídeo y persiste la necesidad de meterme en este mundo fantástico aunque un punto oscuro.  Se trata de 'The tale of how', el segundo corto de la 'Dodo Trilogy', de la que también forman parte 'The tale of then' y 'The tale of when'. Bello e inquietante, el corto explica, en cuatro minutos, cómo un monstruo de las profundidades acaba con sus tentáculos con la población de dodos que viven en el árbol que crece en su cabeza. Impresionantes dibujos recuerdan a los jarrones chinos, un poco al manga en algunos personajes, a los grabados del siglo XVIII y a las ilustraciones de los libros de Beatriz Potter. Lo he visto cinco o seis veces y siempre descubro algún detalle que antes se me había pasado por alto: que los dodos usan las dalias como falda, la orfebrería de las raíces del árbol alrededor de la cabeza del monstruo, una caña de pescar que en lugar de anzuelo tiene un rústico móvil... Dicho así parece muy bonito, pero una pátina negra envuelve este surrealismo atroz en el que los tentáculos abren a los pájaros como si de muñecas rusas se tratase y en el que la música, una ópera light que cuenta la historia como si la cantara una Tosca del inframundo, sólo sirve para encoger un poco más el corazón.

So they got in the ocean,
to swim far away.
The water turned red,
On that terrible day.
For Otto the monster,
how hideous the slaughter,
he picked them like fruit,
from that inky black water...

sábado, 5 de diciembre de 2009

Un cuento de hielo

Bello. Entrañable. Carcajadas internas. Una lágrima gorda y cálida cayendo por la mejilla. Precioso. Peces que hacen nudos en el agua. Whisky de muchos años. Una helada que cambia un barrio. Una pareja que sale del armario. Un policía con las dos manos enyesadas. Un niño que clama al cielo para que su familia no se desmorone. Un perro que gira sobre si mismo. Una bailarina de streaptease enamorada. Un matemático ruso que hará lo que sea por salvar sus peces de colores. Una cocinera que sólo sabe preparar carpa encebollada. Una profesora que se rompe el coxis. Una cámara escondida en un cajón. 'El frío modifica la trayectoria de los peces' (Pierre Szalowski) es ideal para estas fechas. Para recuperar, aunque sólo sea durante el tiempo que se tarda en devorar sus poco más de 200 páginas, la ilusa confianza en los humanos. Inevitable para los que cayeron rendidos con 'La elegancia del erizo' (Muriel Barbery), 'El consuelo' (Anna Gavalda), 'El curioso incidente del perro a medianoche' (Mark Haddon), 'Juntos, nada más' (Anna Gavalda), 'El ángel más tonto del mundo' (Christopher Moore) o 'Un final feliz' (Matthew Quick). Recomendable para los gruñones, cínicos o descreídos que, igual que el gigante de Wilde, esconden un gran optimista bajo la capa de polvo gris. Un cuento maravilloso cubierto de placas de hielo sobre personas que se mueven por la vida como peces en agua caliente.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Mi querido Mister Scrooge



Vaya por delante que es muy difícil que no me guste un Dickens. Me encanta y siempre le veo cosas buenas a las adaptaciones de sus obras que se hacen para cine o televisión, especialmente si son de producción británica. Los ingleses tienen muy claro que con Dickens no se juega. Con estos antecedentes es fácil entender que la última versión cinematográfica de 'Cuento de Navidad' me pintara una sonrisa en la cara. La disfruté a pesar de los niños gritones (algunas escenas daban miedo a los más pequeños), los padres pasotas (si el niño habla, hágale callar, no le siga la conversación, que no está en el salón de casa) y de que la sala 3 del cine Serra era la más enana que he visto en la última década. A Dios pongo por testigo de que nunca más volveré a entrar en esa sala… Las vistas panorámicas de Londres son perfectas y el cutis de Mister Scrooge da casi más miedo que los oscuros callejones en los que suceden algunas de las escenas. Ebenezer, se me antojó demasiado simpático, incluso en sus momentos más miserables, por el tono cómico que impregna toda la cinta. Eso sí, suspenso sin posibilidad de recuperación a los tres espíritus. El primero, una vela, parece el sol de los Teletubbies. La excesiva risa del segundo, un año pelirrojo de aspecto vikingo, me torturaba horas después de haber salido del cine. El tercero, una sombra negra, podría haber tenido más matices (¡qué gran paleta de colores la del negro y el gris!). Parece que todo el presupuesto se lo llevó el protagonista. Pero quizás precisamente por eso vale la pena ir al cine. Aunque mejor os esperáis a salir de Eivissa, es un desperdicio ver esas imágenes concebidas para 3D en una pantalla como la que tenéis en casa. Más o menos.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Matemáticas calientes y amuletos fríos



Hace años que mantengo una relación de amor odio con los bestsellers. Desconfío de ellos, pero en ocasiones no puedo resistirme a su lectura fácil. Me gusta un aquí te pillo aquí te mato literario de vez en cuando. De algunos he llegado a enamorarme y otros prefiero no volver a verlos, así que acaban en los lugares más escondidos de las abarrotadas estanterías. Ejemplo de esto último es 'La mano de Fátima', de Ildefonso Falcones que, tengo que confesarlo, cogí con pocas ganas. Me lo regalaron por el título (hace años que tengo y regalo este amuleto). 'La catedral del mar' ya no me gustó. Me dejó fría y me recordó a 'Los pilares de la tierra'. Mal copiado, eso sí. Con el segundo me ha pasado lo mismo. Falcones escribe bien, es imposible negarlo, las historias son buenas y los personajes están muy bien definidos, pero le falta alma. Parece escrito con un ordenador enchufado a un corazón de hielo. Desde hace unos días está en la balda más alta de la estantería más pequeña en el rincón más oscuro de la biblioteca, muy alejado del libro de Paolo Giordano, que se ha ganado un espacio accesible y bien iluminado. Me encantó el principio, los primeros capítulos, sólo hablar de ellos me vienen a la cabeza imágenes de la película que mi cerebro fue montando a medida que leía. En algunos momentos  tuve que cerrar el libro para tomármelo con calma, para no devorar en una sola mañana las vidas de Mattia, el chico que se pasa la vida castigándose, y Alice, la chica que hace lo posible por desaparecer, dos números primos en un mundo de números divisibles. Pero no pude resistirme a la calidez de estas matemáticas. Todo acabó en una mañana y una tarde.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Una moussaka en el faro del fin del mundo


Nixon estornuda al entrar en casa. Olisquea el aire y abre un poco la boca mirando algo que yo no veo y que imagino como la nube que sale de los pasteles de los dibujos antiguos. Lo agarro fuerte justo en el instante que empieza a dar un paso rumbo a la cocina, su paraíso prohibido. Me mira con pena, relaja las patas y camina calmado hasta la terraza. Sólo entonces me doy cuenta del aroma que sale de la cocina. Hace horas que la moussaka reposa esperando su destino en el faro del fin del mundo, cuya luz verde conduce cada mes a un lugar diferente. Arabia (tajine de cordero con ciruelas), Japón (makis de salmón), India (cordero al curry), Rusia (bulibiak) y ahora Grecia. Noto un ligero dolor de cabeza. El fantasma de una borrachera que nunca existió. Unos vasos de vino, no sé cuántos porque la olla se tragó buena parte de ellos, conversación con la propia farera (sastresa en otra vida) y algo de música, como corresponde nacer a cualquier plato mediterráneo. Parece que siempre buscan el alboroto de una familia numerosa, caótica y tan escandalosa como protectora. Miro mi toga, mis cintas doradas del pelo, la capa, el casco de diosa guerrera… Dudo. Ya me puse anoche las prendas imaginarias, mientras tarareaba muda un tema de Elephteria Arvanitaki, ahora no sé si ponerme las corpóreas.

viernes, 13 de noviembre de 2009

En la cocina con Julie & Julia



Me encanta cocinar. Desde pequeña. Mi primera tortilla francesa la preparé a los siete años, subida en una silla porque no llegaba a los fogones y siguiendo las indicaciones de mi tío abuelo Joan, cocinero. Aquello me pareció magia y desde entonces no he parado. Me gustan los libros de cocina, recorto las recetas que encuentro en las revistas con la intención de prepararlas algún día y me gusta pasar los días libres y lluviosos cocinando con música de fondo y una enorme copa de vino entre las manos. Con estos antecedentes no podía no ver 'Julie & Julia' a pesar de que alguien me había dicho que era aburrida y que a punto había estado de dormirse entre tanta cacerola. Así que a pesar de las críticas, el domingo por la tarde, a la hora de la siesta, decidí meterme en el cine para ver Meryl Streep y Amy Adams metidas en harina. No es que sea una gran película, pero tampoco era tan mala como me habían dicho. Streep está impresionante (¿alguna vez no lo ha estado?) y los instantes en las cocinas me parecieron geniales. Salí del cine con ganas de plantarme frente a la vitrocerámica y, como la joven Julie, intentar preparar grandes platos en una diminuta cocina de principios del siglo XXI.

lunes, 9 de noviembre de 2009

La falsa aunque entretenida Hipatia


Ante la aburrida tarde de sábado me metí en el cine. Sola. Y no porque fuera sola, que también, sino porque no había nadie más en la sala. Sólo dos ojos para la historia de la Hipatia de Alejandro Amenábar. Ya sé que no es la auténtica, aunque su director parezca pretenderlo, y que cualquier parecido con la realidad es pura casualidad (magnífico el artículo de Vicente Valero sobre la falsa historia que se vende en libros y películas publicado el sábado en Diario de Ibiza y que podéis leer clicando aquí), pero siempre me han gustado los peplums y no quería ver éste en casa. Por más que se empeñen las nuevas tecnologías ver las películas en la tele no es lo mismo y me niego en redondo, en cuadrado, en rombo y en lo que haga falta a verlas en el ordenador. Pues eso, que aunque la historia no es la real, 'Ágora', excepto algunos detalles (las explicaciones del final en plan telefilm me sobraban), me gustó. El tiempo pasó rápido, acabé envidiando la pasión de Hipatia por encontrar una explicación al cosmos, me hice pequeñita en la butaca temiendo que los parabolanos cayeran sobre mí, admiré la tenacidad y lealtad del viejo Aspasio y hasta intenté prestar mis brazos para salvar más rollos de papiro.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Aquellas tardes de Supercoco y nocilla


"Laaaa laa laaa la la la laaaa laa laaa..." Así acababan los deberes y comenzaban las tardes de diversión de cuando era pequeña. Llevaba un horroroso uniforme (camisa blanca, jersey azul marino y falda de cuadros), tenía una melena dorada y espesa (¿dónde ha ido todo aquel pelo?) y me faltaban algunos dientes. Aquella melodía significaba risas, pan con nocilla y una tarde de ocio. Ni clases de inglés intentando adivinar el nombre de lo que salía en las postales de Miss Rose Mary ni lecciones de ballet al ritmo de la vara del señor Miguel Ángel. Los que más me gustaban eran Coco, sobre todo en su versión Supercoco y el conde Draco, personaje que adoraba por su estética y detestaba por sus repetitivas sesiones numéricas. También me gustaban Ana (...Ana, soy Ana...), Chema el panadero y Espinete y Don Pimpón. Algunas de las canciones que cantaban en aquel barrio de cartón que hoy cumple 40 años todavía no se me han olvidado y sigo quedándome pegada a la tele cuando distingo alguno de aquellos entrañables muñecos de tela a los que se les escapaban todas las migas de las galletas que intentaban devorar.

sábado, 31 de octubre de 2009

Manson y Burton, pesadilla ideal

http://www.youtube.com/watch?v=hnhc5PJ-7-8
Aunque algunos maldigan la moda de halloweenizar la noche del 31 de octubre, a mí me encanta. Vale que es un poco yanky, pero me gusta y desde que me he levantado esta mañana no dejo de cantar 'This is Halloween', el tema principal de 'Pesadilla antes de Navidad', una de mis películas favoritas. Si además la canta Marilyn Manson... ¡Mmmmmm! Se me ponen los pelos de punta y me tiemblan las piernas...

Boys and girls of every age
Wouldn't you like to see something strange?
Come with us and you will see
This, our town of Halloween
  This is Halloween, this is Halloween
Pumpkins scream in the dead of night...

martes, 27 de octubre de 2009

Yo también soy Boris Yellnikoff


Reconozco que después de 'Vicky Cristina Barcelona' mis dudas al entrar en el cine para ver 'Si la cosa funciona' eran más que razonables. Pero a Woody Allen sólo le hicieron falta un par de minutos de cinta para diluir los grandes interrogantes negros con los que me senté en la butaca. Sólo con las primeras palabras de Boris Yellnikoff (Larry David) ya supe que esa película me iba a gustar. No me equivoqué. Como buena cínica que soy no pude evitar reírme con ganas al verme reflejada (hasta cierto punto, por supuesto) en el protagonista. Como nada es perfecto, le encontré un gran pero a la película: ¡EL DOBLAJE! Y es que el trabajo de Evan Rachel Wood (la rubia Melodie) se queda en nada al convertir su acento del Mississippi en algo informe y sin sentido. Y otra cosa. A la entrada de la sala debería haber un gran cartel en el que se leyera: 'El director no se hace responsable del posible aumento en su desconfianza en el género humano'.

domingo, 18 de octubre de 2009

Chanel loves Joss



Cuando la escuché hace unos años no me podía creer que aquella voz que me ponía los pelos de punta saliera de la boca de una adolescente de 16 años. "Si ahora hace esto, ¿de qué será capaz a los 30?", pensé atónita. Desde entonces la tenido siempre dando vueltas por mi pequeña montaña de cedés. Hace un par de inviernos me sorprendí tarareando la versión del 'Love' de Nat King Cole que sonaba de fondo mientras Keira Knightley vestida de rojo jugaba y reía con un bote de Coco Mademoiselle en el anuncio del perfume de Chanel. Lo que no me sorprendió fue que tras este tema estuviera ella. Una delicia. Cursi, pero una delicia.

"L is for the way you look at me
O is for the only one I see
V is very, very extraordinary
E is even more than anyone that you adore and

Love is all that I can give to you
Love is more than just a game for two
Two in love can make it
Take my heart but please dont break it
Love was made for me and you"

martes, 13 de octubre de 2009

Un corazón que hace tic tac


Lo encontró mi madre en la librería del aeropuerto de Menorca. Vio la portada y pensó: "Este libro es para Marta". Después de observar con más detalle el dibujo le dio la vuelta para leer el párrafo de la contraportada y repitió mentalmente: "Este libro es para Marta". Lo cogió y se lo enseñó a mi padre, que después de repetir los movimientos de mi madre llegó exactamente a la misma conclusión. Al tenerlo entre las manos no pude evitar pensar lo transparente que resulto para las poquísimas personas que han atravesado mi duro caparazón. Efectivamente, me encantó 'La mecánica del corazón', la historia de amor y fantasía de Jack, un chico con un reloj de cuco en el corazón, y Miss Acacia, una bailarina andaluza que prefiere ir tropezando por la vida a ponerse sus gafas, escrita por Mathias Malzieu (cantante de Dionisos, un grupo de pop francés). El relojero y mago Mèlies y el brutote y tuerto Joe en su túnel del terror no faltarán en la película de animación que se está preparando sobre este libro que ha sido un best seller en Francia. Luc Besson no pudo resistirse a este relato que comienza con tres reglas: "Primero, no toques las agujas de tu corazón. Segundo, domina tu cçolera. Tercero y más importante, no te enamores jamás de los jamases. Si no cumples estas normas, la gran aguja del reloj de tu corazón traspasará tu piel, tus huesos se fracturarán y la mecánica del corazón se estropeará de nuevo".

martes, 6 de octubre de 2009

Una tortuga fuera del jardín


Podría haberse subido ella sola al escenario y no habría echado de menos absolutamente nada. Carmen Machi se basta y se sobra para llenar la escena en 'La tortuga de Darwin'. De verdad acabas viendo en ella a una tortuga de 200 años. Lo cierto es que ella está fantástica, aunque el texto no acabó de convencerme. Los dos primeros actos me encantaron, pero a partir de ahí me diluí en una tierra de nadie en la que los momentos cómicos no eran todo lo cómicos que deberían y los trágicos no conseguían que sintiera la más mínima pena. Y soy muy exigente con la tragicomedia, mi género favorito. Lo absurdo tampoco era absurdo y lo real tampoco real. Suerte que Machi seguía ahí, bajo su caparazón, dando vida a Harriet, la historia contemporánea con gorrito de lana y patitas muy cortas. Hubiera disfrutado más un texto un poco más trabajado, con más atención al tono y un poco más de sensibilidad, pero hay varias frases que todavía no se me han olvidado. Sobre todo una: "La historia es un matadero".

viernes, 2 de octubre de 2009

El infierno en los 'siete pisos' de Buzzati


Ampliando y ordenando la biblioteca (¡qué gusto da ver una estantería de metro y medio por llenar!) me tropecé con una pequeña joya de la que apenas me acordaba. Es un pequeño relato (un relato enorme, en realidad) de Dino Buzzati: 'Siete pisos'. La primera vez que lo leí me dejó en estado de shock. No podía dejar de pensar en ese hospital y sus siete pisos. Siete escalones directos a la muerte. Un infierno antes del infierno. Un día después lo volví a leer pensando que una segunda vez no me causaría la misma impresión. Error. Mi imaginación estaba más preparada para hacer más oscuro e inquietante el relato. He vuelto varias veces a él, cuando alguna noche de lluvia parecía llamarme desde la estantería. El movimiento de los libros volvió a despertarlo hace apenas unos días. Y ahí me quedé. Con un pie apoyado todavía en la escalera, el trapo del polvo en una mano y el abismo en forma de cuento en la otra. "Giuseppe Corte se quedó en la ventana, inmóvil, mirando fijamente las persianas cerradas del primer piso. Las miraba con una intensidad morbosa, tratando de imaginar los secretos fúnebres de aquel primer piso terrible, donde confinaban a los enfermos que ya iban a morir. Y se sentía aliviado sabiéndose lejano de ese piso".

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Cachivaches y moldes de galleta


Charles es un hombre que ha pasado demasiado tiempo calculando el mundo (es arquitecto). Laurence es una mujer que permitirá que el mundo se derrumbe siempre que esto ocurra después de haberse puesto el contorno de ojos. Alexis es un maravilloso trompetista que dejó la música porque era su camino a las drogas. Kate es una mujer que ha convertido un antiguo y destartalado castillo en un paraíso lleno de niños, cachivaches y animales. Ellos son los protagonistas de 'El consuelo', que no sé si atreverme a llamar novela a pesar de que lo es aparente y formalmente. Un principio anodino. Un final extraordinario. Una primera mitad gris de recuerdos coloreados. Una segunda parte en colores brillantes con recuerdos en blanco y negro que llegan a hacerte maldecir a Gavalda por no haberse ahorrado las primeras 250 páginas. No sé cuántas lágrimas habrán caído sobre la oreja izquierda de mi butacón al leer las historias de Yacine, el niño que suspende a pesar de que lo sabe todo; Nedra, la princesa de la mandíbula rota que nunca habla; Sam, el chico que educa a su burro sin usar nunca la fusta; René, el anciano antipático que esconde un corazón lleno de peluches; Mathilde, la adolescente que descubre a Chet Baker y todo un corral (gatos, perros, un caballo, una gallina, un conejo y hasta una llama) de molde de galletas.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Recuerdo de un sueño balcánico

http://www.youtube.com/watch?v=xc_LralnPOc

Es lo que tiene ser una desordenada (pero selectiva, que para los libros y los discos soy Miss Orden). De repente abres un cajón para buscar un martillo y te encuentras un papel que dispara tu memoria. En este caso el gatillo fue el tríptico de un concierto familiar de la Fundación La Caixa de octubre de 2007 del que salí soñando con una hoguera en mitad del bosque y un carromato de colores lleno de trastos. No he podido evitar releer la crónica y buscar algún vídeo para recordar mejor ese sueño balcánico de una mañana de domingo. Este año parece que no vienen.

Una ‘moussaka’ con ritmo
Diario de Ibiza. Marta Torres
Sólo faltaba una hoguera. Un fuego en mitad del bosque. Era lo único que distanciaba las emociones vividas ayer por la mañana en la platea del auditorio de Can Ventosa en el concierto de Los Moussakis de las que podrían haber sentido en cualquier rincón de los Balcanes las cerca de 400 personas —personitas, en su mayoría— que asistieron al primer Concert Familiar organizado por La Caixa este invierno.
La música llegó con el sonido de la lluvia. De detrás de una pantalla. Un violinista tocando por un camino atraviesa la proyección. Aplausos. Otros tres se acercan. Uno de ellos carga una maleta forrada con fotos en blanco y negro. Pesa tanto que se queda atrás constantemente. Los niños se ríen. Al final los tres también consiguen saltar de la tela a la realidad. Ellos y sus instrumentos: un contrabajo, una guitarra y un laúd. El siguiente llega en bicicleta. Bufanda al viento, calcetines de rombos hasta la rodilla y tocando una darbuka. Empieza la fiesta. Gritos, saludos, abrazos de oso… Una voz triste les interrumpe. Habla del pasado y de lo que dejó en los Balcanes. Su madre, el chico con el que se iba a casar… Todo. La dulce voz cae sobre el escenario como un manto de tristeza. Los músicos, hasta entonces contentos, se sientan y miran a la cantante. Pero pronto, sin saber cómo, la melancolía se transforma en un ritmo alegre que todos, sobre todo los niños, siguen con palmas, como si lo hubieran hecho toda la vida. En pleno éxtasis, la cantante hace caer las telas y descubre el tesoro que escondía la pantalla de cine: un columpio, cuatro cacerolas colgadas del techo, una regadera, la bici, un banco y un suelo lleno de hojas víctimas del otoño.
Descubierto el escenario se descubren ellos, Los Moussakis. Marko Jelaca, percusionista que comenzó tocando la batería de cocina de su madre; Goran Slavic, contrabajo aficionado a dormir en la funda de su instrumento cuando aprieta el frío; el guitarrista ligón que va de feria en feria tocando, Ivan Illic; Pep Morales, músico que trae de oriente bellos instrumentos de cuerda; la chica que aprendió a cantar porque quería ser princesa, Tal Ben Ari, y Branislav Grvic, que toca el violín que usaron su padre y su abuelo. ¿Verdad? ¿Mentira? Niños y mayores optaron por creer las historias de los músicos que ayer por la mañana les acercaron a los Balcanes sin moverse de Vila. Incluso les enseñaron a contar hasta diez (con muchísimo ritmo) en el ya desaparecido serbocroata antiguo. «Jedan, dva, tri, chetiri, pet, shest, sedam, osam, dvet, deset», cantaron leyendo la chuleta que llevaba escrita la princesa de la dulce voz en un paño de cocina. Sí, cocina. Poco antes los músicos habían preparado una comida en el escenario a la que el público también estaba convidado. «Luego te invito», repetía la cantante mientras enseñaba la moussaka (receta de berenjenas, carne, tomate y bechamel que da nombre al grupo, que se formó alrededor de unos buenos platos de esta comida) entre los asientos.
El público ibicenco, tímido, sólo se atrevió a meter el dedo en la moussaka cuando vieron hacerlo a uno de los técnicos. Para lo que no fueron tan vergonzosos fue para aplaudir, cantar y seguir el ritmo rumano-macedonio-sefardita-búlgaro-zíngaro (Branislav Grvic hizo referencia a unos cuantos más) con palmas. Después de este momento de subidón a algunos, sobre todo a los más pequeños, les costó bajar sus revoluciones para ponerse al nivel de algunos de los temas más nostálgicos de Los Moussakis.
Tras una cortísima hora de fiesta y nostalgia balcánica los seis componentes de Los Moussakis se plantan frente al público, en el precipio del escenario. Una canción tristísima. Una despedida a fuego lento. Un parpadeo y desaparece un músico. El foco se hace más pequeño sobre el escenario. Papelitos azules caen desde el cielo. Un violinista tocando solo. La música se va con el sonido de la lluvia.

miércoles, 26 de agosto de 2009

De mayor quiero ser Blomkvist


Sé que cuando esta noche vuelva a casa ya no me estarán esperando. Lisbeth Salander, Erika Berger y Mikael Blomkvist ya no estarán. Ayer por la noche los enterré en el caos de mi pequeña biblioteca. Me dio algo de pena. Al fin y al cabo he pasado el último mes con ellos. Los conocí por casualidad, hace más de un año, en un libro en catalán que daba vueltas por la redacción y que, como nadie parecía querer, adopté y me lo llevé a casa. Me intrigó el título 'Els homes que no estimaven les dones', sobre todo cuando descubrí que en inglés no tenía nada que ver 'The girl with the dragon tattoo'. Así, en un fin de semana libre de verano acabé devorándolo. No fui capaz de leer el segundo 'La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina' hasta que tuve en mis manos también el tercero y, supuestamente, último, 'La reina en el palacio de las corrientes de aire'. Del primero me gustaron los personajes, más que la trama. Estaba hipnotizada por la enigmática Salander, enamorada del casi perfecto periodista Blomkvist y admirada por la seguridad de Berger. Secretos de todos ellos se desvelan, por suerte, en las más de 1.600 páginas de los tomos siguientes, que me han tenido sufriendo cada segundo que pasabe lejos de ellos el mes que he tardado en leerlos. "Para ser un bestseller no está mal", diría, mediocerrando los ojos, un buen amigo.Yo, leyéndolos, no he podido más que echar de menos periodistas como Blomkvist o Berger y revistas como Millenium. Yo, de mayor, quiero ser Blomkvist.

lunes, 24 de agosto de 2009

En el Chicago de John Dillinger


A mi compañera de butaca no le gustó mucho. "Es que a mí las de tiros no me gustan", comentó al salir del cine. Así que no es de extrañar que las más de dos horas de 'Enemigos Públicos' se le hicieran largas. A mí, en cambio, me encantó. Claro, que yo no soy objetiva. Me encantan las películas de gángsters, ya sólo por la estética valen la pena (esos coches, esos trajes, hombres con sombrero y mujeres siempre con tacón y el pelo a ondas perfectas). Y me encanta Johnny Depp. Vaya, que apenas parpadeé mientras la vida de John Dillinger pasaba frente a mis ojos. Depp está fantástico (ni una concesión a su singular comicidad) y los secundarios, espectaculares. El Melvin Purvis de Christian Bale da repelús e inspira ternura a partes iguales, los refuerzos texanos del primer FBI de Hoover dan más miedo que los supuestos malos y la fidelidad de los secuaces de Dillinger es indudable. Algunas escenas son memorables, como la del 'se busca' del cine (es imposible no reír) o las del cortejo del protagonista a Billie Frechette (Marion Cotillard), aunque otras no se entienden muy bien, como el comentario sobre las últimas pálabras que pronuncia, en el suelo y ensangrentado, Dillinger. Me molestó especialmente, además, el cambio en la textura de las imágenes en el tiroteo nocturno en la cabaña, lo que no evitó que saliera del cine enamorada de Dillinger y sus chicos.

lunes, 10 de agosto de 2009

Una torpe nube gris


¡Eso no se hace! Una va al cine a ver una de dibujos pensando que va a reírse y resulta que acaba llorando como una magdalena (vale que en mi caso eso no tiene nada de mérito). 'Up!' me encantó, pero me quedo con 'Party Cloudy', el corto que proyectaron antes. Delicioso aunque tremendamente triste y entrañable. Ver a esa pobre nube gris y solitaria que sólo consigue esculpir bebés de fieras (tiburones, puercoespines, anguilas...) a pesar del empeño que pone en crear cariñosos cachorros de pollitos, gatos y perros como sus vecinas las perfectas nubes rosas me encogió el estómago como hacía tiempo que no me pasaba. Los niños reían a carcajadas. Yo todavía no he podido dejar de llorar.

sábado, 1 de agosto de 2009

Duendes de hotel


Odio todas las tareas domésticas excepto cocinar. No me gusta pasar la aspiradora, ni quitar el polvo ni mucho menos fregar los cristales o planchar. Hasta hacer la cama, que en realidad es un minuto, se me antoja una tarea más fatigosa que un duro día de trabajo. Por eso desde siempre me fascinan los hoteles. No tengo problema alguno para dormir de un tirón y con una plácida sonrisa en cualquiera de estos establecimientos. Da igual si la habitación es pequeña o grande, oscura o luminosa, para mi sola o compartida... No me importa. Soy feliz sabiendo que al regresar de noche encontraré las sábanas estiradas, la papelera vacía, el suelo brillante y las toallas limpias. Lo que no deja de sorprenderme es la delicadeza y gracia con la que algunas camareras hacen su trabajo. Ésas que se encuentran tu camisón arrugado entre las sábanas y pierden un minuto en colocarlo primorosamente como si en vez de la cama estuvieran arreglando el escaparate de una lencería.

jueves, 23 de julio de 2009

Qui qu'a vu Coco?


Muy bonita. Audrey Tautou está estupenda. Los dos hombres que le dan la réplica (Benoît Poelvoorde y Alessandro Nivola), fantásticos. La fotografía es divina. No se hace larga. Los escenarios son ideales. El vestuario (como no podía esperarse de otra manera) magnífico en la sobriedad de Coco y extraordinario en el exceso de las ricachonas de la época. Y ya está. No hay más. Un objeto bonito que no sirve para nada. Eso es 'Coco. De la rebeldía a la leyenda de Chanel'. Una niña abandonada por su parte en un orfanato, una adolescente que comparte cama con su hermana en una pensión y que canta 'Qui qu'a vu Coco?' (de ahí el sobrenombre que la haría famosa) en un tugurio, una mantenida en casa de un oficial adinerado, amante de un guapo inglés… Apenas unas imágenes relacionadas con la moda: arreglando trajes en una sastrería, reconvirtiendo su vestido de cuadros, cortando corsés, confeccionando un disfraz de huérfana… Memorable la escena en que para una fiesta en la costa elige tela y encaje negros con los que confeccionarse un vestido. “También lo tengo en un malva que le sentaría muy bien”, le dice el alucinado vendedor. “Sólo el negro resalta la mirada”, le contesta Coco con una decisión que asusta. Es el único momento en el que se atisba el tremebundo carácter de Gabrielle, un aspecto que pasa muy por encima esta película en la que sobran amoríos y se echa (y mucho) de menos, algo más de la dama de la camelia. Vaya, parafresando a Tautou (pero sin vestido de cuello redondo de cuadros): Qui qu'a vu Coco?

lunes, 13 de julio de 2009

Lo que soy, según los tests de Facebook


-Soy Batman, porque la oscuridad no me asusta y quiero hacer las cosas bien, aunque a veces me desprecien o me teman.
-Si viviera en Madrid, mi barrio sería La Latina “porque el domingo no es domingo sin el combo rastro-tapas” (que conste que no conozco de nada a quien ha diseñado este test).
-De las chicas Almodóvar soy Raimunda “fuerte, independiente y sexy” pero con un pasado que me atormenta (tengo mis dudas, sobre todo por el tercer adjetivo, y no pensaba que tener que llevar las dr. Martens con el uniforme del colegio pudiera calificarse de pasado que me atormenta).
-Soy una bruja (de las de escoba y caldero) porque amo el amor y tengo el poder de detectar cuando alguien me va a hacer daño y cuando me puedo fiar de alguien (mis famosos tres primeros segundos).
-Si fuera un perro seria un labrador, “de excepcional afabilidad, gentileza, inteligencia, energía y bondad” además de fiable y trabajadora.
-Debería vivir en los años 20 por mi “estilo habitualmente elaborado con piezas clásicas” que uso “creativamente para personalizarlas”, una chica de los años 20, de pelo corto, que escucha jazz, se maquilla mucho los ojos y los labios y para la que el sexo casual no supone un problema.
-Mi serie de los 80 es 'Luz de luna' porque debido a mi obsesión por la seducción he coqueteado durante años con la misma persona “y al final siempre pasaba algo para que la historia de amor no llegara a iniciarse” (Pues sí, pseudo enamorada desde los dos años de la misma persona…).
-Si fuera una peli de Tarantino sería 'Reservoir dogs'. “Eres inteligente, resolutiva, ambiciosa y buena líder”, Facebook dixit.
-El príncipe Disney que me corresponde como amor verdadero es Adam (la Bestia para los amigos) porque necesito alguien que no me diga que sí a todo, aunque siempre me consienta (me encantan los chicos con los que pueda discutir, pero que luego me malcrían) y porque me gustan los hombres que aparentan ser rudos pero que por dentro son tiernos.
-Mi fuerte para conquistar son los ojos: “basta con una mirada coqueta y cae rendido a tus pies” (en fin, la última vez que me miré al espejo seguía teniendo los mismos sosísimos ojos marrones de siempre).

viernes, 19 de junio de 2009

La noche, la casualidad, la muerte


La noche: Me gusta mucho más Murakami como novelista que como cuentista. Las novelas me dan el tiempo perfecto para meterme en su mundo. Con los cuentos tengo la sensación de que en el camino entre su profunda orientalidad y mi apabullante occidentalidad se pierde algo. Lost in translation. Al acabar cada historia noto que me falta alguna cosa. Un poco más. Siempre un poquito más. Pero 'After dark' es una novela, un sueño en el que Alicia tiene los ojos rasgados y se llama Mari. No hay sombreros locos, ni conejos blancos, ni gato de Cheshire. Su lugar lo ocupan Takahashi, un joven extraño que toca el bajo en un grupo y siempre pide ensalada de pollo; Eri, la hermana preciosa que siempre duerme reflejando su cuerpo en el espejo de la pantalla de un televisor y Kaoru, la fornida encargada de un love-ho (hotel del amor). Última página. Despertar tras un sueño extraño.

La casualidad:"Paulette Lestafier no estaba tan loca como decían". Así comienza el maravilloso 'Juntos, nada más' de uno de mis últimos amores literarios, Anna Gavalda, que (todo hay que decirlo) tiene muy mal gusto a la hora de elegir títulos. Bajo sus portadas con leyendas cursis y edulcoradas se esconden historias de personajes entrañables, a los que quieres desde la primera frase y cuyas desangeladas existencias reviven gracias a otros entrañables desgraciados como ellos y a casualidades encadenadas.

La muerte: Don se muere. Pero tú ríes. A veces hasta te carcajeas. Y se te congela la mandíbula al acordarte de que se muere. De verdad. No tiene pelo. Es virgen. Y (siento repetirlo) se muere. Adolescente pasota, su rabia contra el mundo cobra vida a través de los lápices con los que crea a su álterego, Miracle Man, mientras su psicólogo hace todo lo posible para que no se vaya a la tumba sin haber probado el sexo. Maravillosamente dura y desternillante a la vez. Ríes. Lloras. Ríes. Lloras. Ríes. Lloras.

miércoles, 10 de junio de 2009

Ojos de botón


—¿Cómo puedes alejarte de algo y acercarte de nuevo?— pregunta la niña de pelo azul.
—Has dado la vuelta al mundo— le responde el gato negro.
—Pues vaya mundo más pequeño— protesta de nuevo la pequeña.

No deja de ser curioso que 'Los mundos de Coraline' ocurran en un mundo que puede recorrerse en apenas un par de pasos. Pero es así. Así lo ha querido su director, Henry Selick, en esta fantasía en stop-motion que pretende recuperar el encanto de la maravillosa (maravillosísima, diría yo) 'Pesadilla antes de Navidad'. Coraline es divina, divertida, colorida con un punto oscuro y se pasa rápido. Aunque se llevará una decepción quien vaya a verla esperando encontrar en ella la magia que destilaba la aventura navideña de Jack Skellington. En aquella ocasión el trabajo de Selick (el auténtico director) quedó a la sombra del talento de Tim Burton (responsable de la idea y el diseño de la película). Es ese mismo talento el que se echa de menos en 'Los mundos de Coraline'. Es fantástica para los niños, pero a mí me faltó un poquito de estética siniestra y una pizca de ternura. Eso sí, salí del cine enamorada de algunos personajes, como las hermanas actrices que guardan caramelos de 1921 en un arcón y que protagonizan un desternillante número de cabaret con las sirenas de Ulises y la Afrodita de Boticelli de por medio, alucinada con algunos de los escenarios y, cómo no, encantada y feliz con el punto macabro de los ojos de botón.

domingo, 31 de mayo de 2009

Un paseo por 'Humboldt County'


Estos que veis en la foto son Rosie, Jack, Charity, Max, Bogart y Peter, los protagonistas de 'Humboldt County', la única película que he podido ver en el Festival Internacional de Cine de Ibiza. Tiene guasa. Te pasas todo el día en el festival y en cinco días sólo he visto una película. La única que me han permitido los maratonianos horarios del certamen. No me arrepiento. Aunque en un principio, al mirar la cartelera, era quizás la que menos me llamaba la atención, la verdad es que me encantó y desde el jueves no hago más que recomendarle a todo ser con el que me cruzo que vaya a verla al cine (cuando la estrenen) o que se la coja en DVD (si es que no llega a las salas que tengan más cerca). 'Humboldt County' es una de esas historias que te pintan una sonrisa en la cara, con la que ríes a carcajadas en algunos momentos, pero que te dejan un regusto un poco tristón en el fondo de la garganta. Empieza como una historia de amor. Pero no os dejéis engañar. A los diez minutos la chica, Bogart, desaparece con el coche y deja al protagonista, Peter, con su familia, que se dedica a criar marihuana entre rosas y secuoyas. "Me voy a casa", dice ella por la mañana. "Me voy contigo", responde él. "¿Estás seguro?", le insiste ella. Y se montan en el coche. Lo que Peter no sabe es que su casa está a muchos kilómetros de distancia, en un lugar en el que Darren Grodsky, director de la cinta junto a Dany Jacobs (divertidísimos Epi y Blas en versión Sundance), pasó largos veranos. De hecho, Rosie, la física que deja el laboratorio por la maría, está basada en su tía. Lo dicho. Una delicia.

lunes, 25 de mayo de 2009

Un regalo deliciosamente sangriento


Cómics de niñas muertas muy vivas, películas de Tim Burton, cualquier cosa con calaveras, corazones sangrantes o el símbolo del veneno, Lovecraft, Poe, monísimas plantas carnívoras, vampiros... Cuando alguien que me conoce bien ve estas cosas piensa en mí. No es que vaya siempre vestida de negro, ni sea gótica, ni me pase el día invocando espíritus. Es sólo que me tira un poco lo oscuro, sobre todo si tiene un punto tierno. Así, no es de extrañar que cuando mi familia vio que en el Teatro Apolo de Barcelona Mario Gas recuperaba el musical 'Sweeney Todd' todos pensaran que era el regalo perfecto de cumpleaños. Avión, hotel y compras incluidas. Han pasado varias semanas desde que vi a Joan Crosas (Sweeney Todd) degollar como nadie y a Vicky Peña (Mrs. Lovett) rellenar con carne y loción de afeitar sus deliciosas empanadas y sigo alucinada. Creo que apenas parpadeé en las dos horas y media que duró el espectáculo. Todavía sigo tarareando algunas de las canciones, que ya conocía en inglés por la película de Tim Burton, a quien no eché de menos en ningún momento. Bueno, miento. En uno. Los tonos, las caras y los comentarios sin salir del recargado salón del teatro no pueden superar los bañadores antiguos de rayas y el singular día de playa que acompañan el tema 'By the sea' en la película. El resto, impresionante. Vicky Peña está divertidísima, Joan Crosas no se concede ni un segundo de relax en su atormentado rostro, los cantantes ponen los pelos de punta y la iluminación en ocasiones hace que las caras del coro sean espeluznantes. Más de diez minutos de aplausos. Eso sí. Al salir, a un japonés. Por si acaso.

domingo, 3 de mayo de 2009

Eva, Adán y 6.000 yens en manzanas


Cuatro horas. Es lo que he tardado en devorar 'Ni de Eva ni de Adán'. El último libro de Amélie Nothomb me quemaba en las manos desde que me lo compré para Sant jordi. Pero en esto de la lectura soy muy ordenada (los libros, la música y el ordenador son los únicos tres espacios de mi vida que mantengo apartados del caos) y antes debía acabar las páginas de Wilhelm Genazino. En cuatro horas fui testigo de la historia de amor entre la propia Amélie y su alumno de francés, un japonés pulcro, joven y de buena familia. cuatro horas que debí interrumpir en varias ocasiones, muy a mi pesar. Y en los escasos minutos que cerré el libro no podía dejar de preguntarme qué estaba pasando allí dentro, como si la historia continuara a pesar de que yo me hubiera ido. 'Ni de Eva ni de Adán' no es una historia de amor, aunque en realidad es lo que cuenta. Pero hay mucho más. Es imposible no sonreírse al pasar las páginas. Y no ríes porque desde el principio, desde la primera clase de francés, cuando Eva-Amélie calcula que podrá comprar seis manzanas con los 6.000 yens que le ha pagado Adán-Rinri, sabes cómo acabará todo.

sábado, 25 de abril de 2009

Un cuento, dos libros, tres rosas


Tres rosas, dos libros: No me esperaba ninguna rosa para Sant Jordi. Y no hablo de rosas con significado, sino de ésas que alguien te regala porque sí, sólo porque es Sant Jordi y estás cerca. Así, no es de extrañar la ilusión con la que recibí las que Ben me puso frente a los ojos con un “for you”. Una enorme y roja, una mediana y rosa y una pequeña, apenas un capullo, encarnada. Las tres, recién cortadas por Alba en su jardín, habían presidido la mesa en la que presentó su último ( y magnífico) poemario: 'Memoría'. Todavía huelen. Y huelen de verdad, sobre todo la roja. Huelen a rosas auténticas. Podrías cerrar los ojos y saber que jamás han pasado por una cámara frigorífica, ni les han cortado los tallos para que sean más esbeltas, ni les han quitado los pétalos menos hermosos… Así son mis tres preciosas rosas de Sant Jordi que, hasta que los devore, hacen compañía a los dos nuevos libros que no caben en casa. A las diez de la mañana ya tenía en mis manos 'Ni de Eva ni de Adán', de mi adorada Amélie Nothomb, que me obliga a cerrar los ojos cada vez que paso por delante. Es la única manera de no devorarlo en plan aquí te pillo. Quiero tiempo. Pasadas las diez de la noche una gran amiga, que me conoce mejor que yo misma, me regalaba (siguiendo la tradición que mantenemos desde hace años) el libro que quería y del que, pobrecito, me había olvidado por culpa de la Nothomb. Por suerte ella no se olvidó y la noche más noche de Murakami espera su turno para salir de la montaña de libros pendientes.

Un cuento:
—Cariño, ¿cuántos años llevamos juntos?
—…
—Es que me lo preguntan para una encuesta de refrescos.
—Mira la estantería.
—¿Cómo?
—Mira la estantería. ¿Cuántos libros hay?
—Un, dos, tres… siete.
—No me cuadra. Tiene que haber más.
—…
—¿Has mirado detrás de la puerta de la entrada?
—¡Ah! Es verdad. 'El corazón de las tinieblas'. Está ahí de tope. Y… ¿no teníamos otro rellenando el hueco de detrás del váter?… ¡Ajá! 'Los viajes de Gulliver'. Tenemos una fuga de agua. Está un poco mojado. ¡Nueve! Tenemos nueve libros!
—Pues llevamos nueve años juntos. Bueno, diez, que hoy es Sant Jordi y la mesa está coja.

sábado, 18 de abril de 2009

Quiero ser una Durrell


No me hace falta ningún test de facebook para saber a qué familia de científicos del siglo XX debería pertenecer. Lo tengo claro. Me hubiera gustado ser una Durrell. A esa conclusión he llegado medio segundo después de leer la última palabra de la divertidísima 'Mi familia y otros animales', del naturalista británico Gerald Durrell. Me encantaría tener doce años menos, viajar en el tiempo y ser una más de la tribu familiar que llegó a Corfú para pasar una temporada. Desde la primera hasta la última, no hay una frase prescindible en estas memorias de adolescencia en las que las desternillantes escenas caseras se combinan con precisas descripciones de todos los bichos que el pequeño Gerry va adoptando como mascotas: una salamanquesa llamada Gerónimo; Alecko, un gavión con muy malas pulgas, una pareja de urracas, una escorpión cargada de huevos, dos culebras, unos peces rojos, una tortuga de tierra, el escurridizo galápago Old Pop, un murciélago semidisecado y los cuatro perros de la familia (el fiel Roger, los traviesos Widdle y Puke y la pesada Dodo). Me he reído con todos ellos. Con el repelente y miedoso Larry, el aventurero Leslie, la repipi Margo, el siempre dispuesto aunque un poco bruto Spiro y la condescendiente mamá Durrell, que se toma con filosofía los desastres provocados por la afición desmesurada del pequeño Gerry por los bichos de toda clase. Una mujer tan inglesa que no puede más que indignarse cuando, al cruzar la frontera suiza con todos sus animales, el oficial les describe en el pasaporte como 'un circo ambulante y su compañía'. Desgraciadamente no puedo ser una Durrell. Pero por suerte me quedan todavía dos volúmenes de la trilogía de Corfú por devorar: 'Bichos y demás parientes' y 'El jardín de los dioses'.

jueves, 16 de abril de 2009

Abrazos rotos y migas de pan


Los críticos decían a gritos (entre líneas por supuesto): “¡No vayas!”. ¿Tan horrorosa es la nueva de Almodóvar como para que la destrocen así?, pensé el día siguiente al preestreno. No es que me fíe mucho de los críticos, pero tampoco me apetecía ir al cine y sufrir viendo a mi adorado Lluís Homar desperdiciando su (inacabable) talento. “Te va a encantar”, me dijo días después una amiga que me conoce bien. “De verdad, a ti te va a gustar”, insistió. Así que me planté en el cine el primer día libre con el que me tropecé en el calendario. Y sí. Tenía razón. Me encantó. Aunque comprendí a los críticos. 'Los abrazos rotos' no es una película que todos puedan entender. No todos seríamos capaz de callar un secreto más de 18 años, como hace Blanca Portillo (inmensa, como siempre), que sabemos que se guarda muchos otros. No todos podríamos huir sólo por amor (¿o en realidad es miedo?), o seguir siendo nosotros tras una desgracia, o ser capaces de recuperar un proyecto frustrado hace muchos años, o buscar venganza como si la vida nos fuera en ello, o confesar algo que nos avergüenza… Lo mejor, sin embargo, lo que queda fuera de la pantalla. Lo que no vemos. Lo que Almodóvar no nos enseña, pero para lo que nos deja preparado (por si al salir del cine queremos seguir imaginando) un camino de migas de pan.

domingo, 12 de abril de 2009

Esperando 'Lilac wine'

http://www.youtube.com/watch?v=h4ZyuULy9zs
Ya os he dicho más de una vez que soy masoquista musical. Estoy triste, pues una canción triste para hundirme todavía un poquito más. He empezado el día con 'Strange Fruit' de Billie Holiday sonando en el ordenador del trabajo. Lo acabaré en el único lugar seguro que conozco. Donde nunca me pasa nada malo. Mi rinconcito de mi sofà. Arrebujándome bajo la manta, mojando los labios en una copa de vino, cerrando los ojos, echando la cabeza para atrás casi al borde del desnucamiento y escuchando una y otra vez el 'Lilac wine' de mi querida Nina Simone.

viernes, 3 de abril de 2009

Su nombre era Harvey Milk


Las dos horas se me pasaron volando. No me acordé ni de que tenía sueño, ni de que estaba cansada, ni siquiera del horroroso día que me esperaba más allá del sueño. Me metí en el cine y durante dos horas mi vida desapareció ante Harvey Milk. O ante Sean Penn, en realidad no sé cuál de los dos fue el mago que redujo mi persona a dos ojos y dos orejas hasta que los títulos de crédito aparecieron en la pantalla. Sean está espectacular como el republicano que luchó por los derechos de los gays (claro, por algo le dieron el Oscar). De hecho, en la primera escena ya me olvidé de que era Sean Penn y sé con toda certeza que hasta la próxima película que protagonice cada vez que vea su cara pensaré en Harvey Milk y no en el actor que hizo que ayer por la noche me llevara las manos a la cabeza al ver cómo en algún momento hubo alguien que pensó (en realidad no sé por qué me extraña, si todavía hoy hay quien piensa así) que los homosexuales no eran personas, ni podían dar clases, ni ser empresarios… Luchó contra eso y le costó la vida. Todavía resuena en mi cabeza la frase más repetida en la película: "Mi nombre es Harvey Milk y estoy aquí para reclutaros".

lunes, 30 de marzo de 2009

Acurrucada con Harper Lee


No es fácil encontrar buenos libros. Me refiero a buenos de verdad. Esos que hacen que desees llegar a casa y no tener ningún plan para poder acurrucarte con ellos en el sofá hasta bien entrada la madrugada. Esos en los que, con una sola frase (a veces corta) consiguen que en tu cabeza aparezca la imagen del personaje. Nítida. Clara. Cómo son, cómo se mueven, cómo hablan, cómo se visten, cómo piensan, qué harán cuando cierres el libro… Es lo que me ha pasado con 'Matar a un ruiseñor', de la estadounidense Harper Lee (lástima que sólo escribiera esta novela). Lo leí siendo apenas una adolescente, en realidad no sé si llegaba a adolescente con once años, en un verano extraño en el que me dió por devorar aquellos libros cuyos títulos llevaban meses llamándome a gritos desde las estanterías: 'El color púrpura', 'Matar a un ruiseñor', 'A sangre fría' y 'Escupiré sobre vuestra tumba' (la palabra escupir en un título era una tentación demasidado irresistible). Algunos los recuerdo casi palabra por palabra. Bueno, más bien imagen mental por imagen mental. Otros, como 'Matar a un ruiseñor' me dejaron un recuerdo vago que fue diluyéndose en el tiempo. Un recuerdo que quería, que necesitaba recuperar. Necesitaba volver a ver el peto de Scout, oler la dignidad del señor Finch, desear un hermano mayor como Jem, sentir la hipocresía de una sociedad incapaz de reestructurarse, oír el silencio de la sala de juicios de Maycomb, salivar con los dulces de la señorita Maudie Atkinson, reírme con la ignorancia disfrazada de sabiduría de miss Caroline, esperar y temer a Boo Radley…

martes, 24 de marzo de 2009

Ulises raperos y lestrigones franceses


La última vez que entré allí todavía era rubia, no tenía flequillo y hacía sólo un par de años que había descubierto que sin tacones no soy yo. Acabé cantando 'Las cosas del querer' prácticamente obligada por el amigo con el que iba. Eso fue hace cinco años. Hace unos meses volví a bajar las escaleras de Ítaka. De la mano de otra amiga. Había cambiado. Yo también. A los cinco minutos me sentí como en casa en aquel lugar oscuro forrado de libros, espejos y cuadros. No he dejado que pasen de nuevo varios años para volver a pesar de los lestrigones (franceses) y los cíclopes (mallorquines) que a veces endurecen el camino y cada vez que voy tengo que luchar con mi yo trasnochador para no ver amanecer al cruzar la puerta de salida. Estar allí es casi narcótico. Cuando me despierto al día siguiente nunca sé si lo que pasó fue real o inventado y me pregunto si sólo existen en mi imaginación los tres habitantes de esta Ítaka. Pilar,la amazona que robó una voz de sirena. Javi, odiseo con el don de hacer sentir bien a los demás y que me descubrió que si te sientas en la barra, mirando hacia dentro, todo deja de existir. Y Gorka, cuya piel de Telémaco rapero esconde todo un Ulises.

lunes, 9 de marzo de 2009

Dos mañanas de terciopelo

http://www.youtube.com/watch?v=Gbadg5BAb1E
http://www.youtube.com/watch?v=dP1tv5cCvaI

"Some velvet morning". He leído estas tres palabras esta mañana. Un amigo las había escogido para su estado en el facebook. Algo en mi cabeza ha hecho 'clac' y desde enonces no he podido dejar de cantar (mentalmente, por supuesto, no es plan de amargarle la mañana a nadie) esta canción. La conocí en las voces de Nancy Sinatra y Lee Hazlewood y, no hace mucho, me sorprendió la versión de Primal Scream para la que Kate Moss prestó su voz. Tengo el día indeciso. Soy incapaz de quedarme con ninguna, así que aquí las tenéis las dos. Elegid vosotros. Yo, sigo cantando:
"Flowers are the things we knew
Secrets are the things we grew
Learn from us very much
Look at us but do not touch…"

martes, 24 de febrero de 2009

La Cenicienta que no quería comer perdices



'¡Qué rollo de príncipe, de zapatos y de perdices!'. Es lo que dice la Cenicienta de Nunila López (escritora) y Myriam Camero (ilustradora) en el maravilloso cuento 'La Cenicienta que no quería comer perdices' (Gracias Cristina por pasármelo). Se lee en apenas cuatro minutos, pero se queda dando vueltas en la cabeza mucho más tiempo. Relaciones destructivas, mujeres anuladas. Una historia contada con una gran sencillez y un sentido del humor con el que no sabes si sonreir o dejar escapar una lagrimita, el mismo sentimiento que despiertan las ilustraciones de ojos asimétricos, sonrisas de dientes separados y coletas despeinadas. Una historia que enseña que las hadas madrinas están dentro de nosotras y sólo aparecen cuando se dice 'BASTA'. Aunque no suscribo lo de los zapatos de tacón (en mi caso fue al revés: los taconazos rojos me recuerdan el momento en el que dije 'basta') es de lo más bellamente impactante que he leído en mucho tiempo. ¿Tenéis cuatro minutos?
Podéis leerlo en www.mujeresenred.net/IMG/pdf/lacenicientaquenoqueriacomerperdices.pdf

sábado, 21 de febrero de 2009

La metáfora de Europa


Llegar. No encontrar. Esperar. Entrar. No poder salir. Eso es Europa. Al menos es lo que hemos aprendido algunos periodistas de Balears en un viaje a Bruselas, a la Comisión Europea y el Parlamento. En el primer edificio la primera vez no nos dejaron entrar. Eso sí, nos divertimos posando frente a la foto de los comisarios, en plan photocall. “Tienen ustedes un hall estupendo”, pensé (y dije) al salir rumbo al Parlamento Europeo que, por cierto, tiene un hall mucho menos acogedor aunque lleno de señores altos con hombreras enormes que saltan sobre cualquier estudiante, periodista o planta que amenace con sacar una cámara de fotos. De vuelta a la Comisión, comprobamos que más nos hubiera valido quedarnos de nuevo en el hall. Una vez que entras no puedes salir sin que un cancerbero guíe tus pasos. Un laberinto en el que hay que repartirse un sandwich y dos ensaladas a la hora de comer. Lo dicho, la metáfora de Europa.

lunes, 16 de febrero de 2009

Soy Pink Kiss y Roulette Red


Todo el mundo se empeña últimamente en decir que las personas somos sólo una lista de números: la fecha del cumpleaños, el número de teléfono (el fijo y el móvil), la cuenta bancaria, el DNI, el código postal, la puerta de casa, el piso, los dígitos de la espalda de la camiseta del equipo de basket en el jugábamos... Hace unas mañanas, medio dormida en casa, me dio por pensar que no sólo soy una lista de números. También soy colores. En estos momentos, concretamente, soy onyx, pink kiss y, depende del día, roulette red o red lover (sí, así en inglés). Eso, al menos, es lo que responde mi neceser cuando le pregunto. qué soy

jueves, 29 de enero de 2009

Por suerte estaba Hugh


Menos mal que hay pocos planos en 'Australia' en los que no sale Hugh Jackman (suspiro). Es la única razón por la que merece la pena pasarse más de dos horas en el cine aguantando la cara botoxizada de la Kidman. Vale, es verdad que tiene algún punto bueno tirando a cómico, pero lo único que quita er sentío es el impresionante vestuario que luce la australiana en la película. Semanas antes de que se estrenara alguien en la televisión la comparó con 'Lo que el viento se llevó'. ¡Si mi Vivien Leigh levantara la cabeza! A Dios pongo por testigo que nunca volveré a ver 'Australia' (a no ser que la pongan por la tele dentro de unos años) y que en una semana con siete tardes de lluvia y truenos antes vería siete veces la historia de Escarlata y Rhett que la de Drover y Sarah.

miércoles, 14 de enero de 2009

El gato que llegó sin bigotes


Llegó a casa sin esperarlo. No tenía bigotes y se los pusimos en el nombre: Dalí. Fue el primer animal de verdad que entró en mi vida (pájaros, tortugas, hámsters asesinos y animales que no responden cuando les llamas no cuentan) después de la gata Chispas, que merodeaba por el club de tenis en el que trabajaban mis abuelos. Creo que en el fondo él sabía que yo era más de perros, pero eso no le impedía dormir cada noche sobre mis piernas cuando se encontraba el resto de habitaciones de la casa cerradas. Lo de los bigotes era temporal. Le crecieron, blancos y larguísimos. En los últimos años parece que lo de mi preferencia canina dejó de importarle. Venía corriendo a verme cuando llegaba a casa de mis padres, se tumbaba conmigo en el sofá de la terraza y hasta acercaba su cabeza para que la rozara con la mía una y otra vez. Hace unos días lo vi dormirse para siempre. Nunca creí que me doliera tanto perder al gato que llegó sin bigotes.
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