domingo, 26 de agosto de 2018

Quiéreme la lengua


@martatorresmol


Quiéreme la lengua.
Las dudas de mis puntos suspensivos,
los silencios de mis paréntesis,
y los de los corchetes, ya puestos.

Quiéreme la lengua.
Cuando se tropiece,
cuando te grite,
cuando balbucee,
cuando enmudezca,
cuando me la muerda,
cuando se desboque,
cuando te la saque,
cuando te rete.

Quiéreme la lengua.
La desnudez de mis espacios en blanco,
la ira retorcida de todas las exclamaciones
y de buena parte de los interrogantes.

miércoles, 22 de agosto de 2018

'Travesuras de la niña mala': la chilenita Houdini


'Travesuras de la niña mala' @martatorresmol

Vamos a quitarnos la tirita: no me ha gustado 'Travesuras de la niña mala'. Y me apena. Es el primer libro de Mario Vargas Llosa que no me ha gustado. Que no me ha gustado mucho, de hecho. No me lo esperaba. No sólo porque es un escritor con el que disfruto, sino porque encontré a ese escritor en las primeras páginas, pero se fue perdiendo por el camino. Leí la primera mitad prácticamente del tirón, deseando rascar minutos, de donde fuera, para descubrir cómo seguía la desventura de amor entre los protagonistas, Ricardo (un chico bien de la clase media del limeño barrio de Miraflores) y Lily, 'la chilenita' (una belleza adolescente recién llegada al barrio).

Ese inicio, en plena adolescencia, con el descubrimiento del amor, el sexo y la adultez... Es delicioso. Prometedor. Te hace pensar en esas historias de amor (el propio Vargas Llosa afirmó que ésta era la primera historia de amor que escribía) que empiezan o se insinúan en los albores de la juventud y que, cosas de la edad, de lo que queda aún por vivir, del destino y de los destinos de cada uno, se esfuman, aparentemente, porque, en realidad, se enquistan. Se quedan ahí, en el corazón, en la piel y en la cabeza, dispuestas a complicarnos la vida en cualquier momento. Y sí, así es. La historia de amor entre la chilenita y Ricardo es de las que se enquistan. Y se operan. Y vuelven a enquistarse. Y vuelven a operarse. Y regresa de nuevo. Y ahí, creo, está mi pero. El porqué no me ha gustado.

Después de la tercera aparición de ella. Después del tercer nombre. Del tercer fingir que ella no es ella. He salido de la historia. No es que no esté bien escrita, que lo está, es que los personajes han empezado a caerme mal. Se me han hecho pesados. He dejado de empatizar con ellos. Con su historia de amor. Porque justo en el momento en el que la chilenita, que es toda una Houdini emocional, reaparece de nuevo haciendo como que no es ella, convertida en la esposa de un ricachón aficionado a los caballos en Gran Bretaña (antes apareció como una aprendiz de revolucionaria en París, la camarada Arlette, y después como madame Arnoux, la esposa de un diplomático que la rescató de la Cuba revolucionaria) y Ricardo vuelve a caer rendido a sus pies a pesar de que ella le engaña, le miente, le trata mal, se comporta de un modo glacial (incluso en la cama), parece no importarle qué le pase o qué sienta y no tenga reparos en reconocer que sus relaciones son por mero interés económico...

Justo en ese momento me caí de la novela. La acabé. Con la vana esperanza de que en algún momento saliera de ese círculo de desaparición, inquietud, reaparición, nuevo nombre, nuevo enganche, desaparición. Pero no. Tardé casi dos semanas en acabar la historia de la pereza que me daba retomar una lectura que, hasta la página 150, me tuvo atrapada. No sólo con la historia principal, esa supuesta historia de amor que al final me acabó pareciendo una historia entre una parásito y un tonto, sino con alguna pequeña historia interna, como la de Juan Barreto. Ese amigo peruano, hippy, artista, que vive a caballo entre París e Inglaterra, libre, que vivió en la calle y que mantiene una entrañable amistad con Mrs. Stubard, una deliciosa ancianita muy, pero que muy, abierta de mente. Con ellos me quedo.

"Aquél fue un verano fabuloso. Vino Pérez Prado con su orquesta de doce profesores a animar los bailes de Carnavales del Club Terrazas de Miraflores y del Lawn Tenis de Lima, se organizó un campeonato nacional de mambo en la Plaza de Acho que fue un gran éxito pese a la amenaza del Cardenal Juan Gualberto Guevara, arzobispo de Lima, de excomulgar a todas las parejas participantes, y mi barrio, el Barrio Alegre de las calles miraflorinas de Diego Ferré, Juan Fanning y Colón, disputó unas olimpiadas de fulbito, ciclismo, atletismo y natación con el barrio de la calle San Martín, que, por supuesto, ganamos.Ocurrieron cosas extraordinarias en aquel verano de 1950."

Título: 'Travesuras de la niña mala'
Autor: Mario Vargas Llosa
Editorial: Alfaguara
Páginas: 384
Precio: 18,50€
Procedencia: biblioteca familiar



miércoles, 15 de agosto de 2018

¿Tú me completas? ¿En serio, Stradivarius?


@Martatorresmol


Marta Torres Molina | Ibiza
(Publicado originalmente en Weloversize)

A ver, Stradivarius, ni siquiera sé por dónde empezar con este mensaje de una de vuestras camisetas. Si por el horror de mantener la idea de que alguien nos completa y el daño que, históricamente, esto ha hecho a las mujeres. O por la homofobia que transpira ese mensaje dando por hecho que lo que completa a una mujer es hombre, o viceversa. Hay tantísimo terror en una sola camiseta... ¡Y sin hablar de las tallas! Eso, mejor, lo dejamos para otro día, que hoy con el mensajito ya tenemos suficiente.

Describo la camiseta en cuestión: blanca, con un mensaje en letras negras y el inglés que reza “You complete me” (“Tú me completas”) y sobre éste dos corazones rojos, uno con el símbolo masculino (la flecha) y otro con el símbolo femenino (la cruz, que no acabamos de sacudirnos de encima por más pasitos que damos).

La vi hace un tiempo y aún estoy hiperventilando. En ese mismo momento me dirigí a una de las dependientas de la tienda, en Ibiza, para preguntarle si eran conscientes del mensaje de la prenda. Respuesta: encogimiento de hombros. No encontraremos a esta dependienta en el camino para la igualdad, ya os lo advierto.

¿Por qué debe indignarnos tanto esa camiseta? Pues en primer lugar porque da por hecho que una persona no está completa si no cuenta con otra persona a su lado. Perpetúa el mito de la media naranja, ése que nos han metido a las mujeres con calzador desde que éramos niñas y que establece que ninguna persona, pero especialmente las mujeres están completas hasta que no encuentran a otra que las quiere y a la que quieran. Nadie, ni mujeres ni hombres, necesitamos a nadie para ser un todo. Ya lo somos. Y la idea de que necesitamos que nos completen es la causa de que muchas personas se aten a otras que no les convienen, que no las tratan bien, que les hacen daño. Y todo porque si no, no son personas completas. Con pareja o sin pareja todos y cada uno de nosotros somos personas completas.

Pero sigamos. Porque el mensajito se las trae. Segunda pregunta que le hice a la misma dependienta: “¿Es el único modelo de esta camiseta o hay otros?”. Ahí sí, ahí lo tuvo claro. Era modelo único. Para llenarle al Amancio de Stradivarius el pelazo que no tiene con chicles, como diría La Vecina Rubia. Porque resulta que el mensaje de esa camiseta se carga todo aquello por lo que lleva décadas luchando el colectivo LGTBI. Lo único que puede completar a una mujer (lo que me fastidia escribir esto) es un hombre. Y lo único que puede completar a un hombre (lo que me fastidia escribir esto también) es una mujer. De esta camiseta quedan fuera todas las personas no heterosexuales. Estrictamente heterosexuales. Una camiseta de Stradivarius yendo por detrás de las leyes, de los avances sociales y de la lucha por la igualdad de las mujeres y de la libertad sexual. ¡Enhorabuena!

Cantad conmigo: “Terror en el Stradivarius, 
horror en la ultrafranquicia, 
la igualdad ha desaparecido, 
y nadie sabe cómo haa sido nooooo, ooooooh”

lunes, 6 de agosto de 2018

'Los perros duros no bailan': Mina lee a Negro


'Los perros duros no bailan'  @martatorresmol

Creo que mi humana no se ha dado cuenta. No la he visto aguzar las orejas. Coco, el caniche listillo que vive detrás del campo de fútbol, dice que las personas no lo hacen, pero la mía sí. Yo la he visto. Pero esta vez no. No tendría motivo. En realidad, estas dos noches no he hecho nada diferente de lo que hago cada final del día: pegarme a ella en la cama mientras lee. Es uno de nuestros momentos del día, como correr por la playa al amanecer, jugar con la cuerda o compartir el desayuno. Ella lee, tumbada boca abajo, y yo me estiro a su lado, haciéndole cosquillas en las pantorrillas con la cola. La trufa, siempre cerca del libro. Se lo vi hacer a ella al poco de adoptarla (los humanos se creen que nos adoptan, pero siempre ha sido al revés). Yo no había olido un libro en mi vida. Ahora entiendo por qué lo hace. Cada uno huele diferente. Algunos a mar. A casa cerrada. A verano. A bosque. A buhardilla en días de lluvia. Éste... Éste olía a perro. A perros. A sangre. A sudor. Así que me he pasado dos noches acercando mucho la trufa a las páginas de 'Los perros duros no bailan', de un bípedo que se llama Arturo Pérez-Reverte.

Menos mal que a mi humana no le dio mucho tiempo a leerlo fuera de casa, lo ha leído casi entero de noche, en la cama, en dos tirones. La rabia (no de la canina) que me hubiera dado perderme algo. Se lo metía por la mañana en el bolso y me pasaba el día sufriendo. ¡El alivio que sentí las dos noches al ver que seguía por donde lo habíamos dejado! La aventura de Negro, Teo y Boris el Guapo, me tenía completamente atrapada. No quiero ni imaginar que alguno de los de la pandilla pudiéramos acabar así, separados de nuestros humanos, en jaulas inmundas y muertos de miedo. O muertos, simplemente. Obligados a enfrentarnos hasta la muerte. Desangrados mientras los billetes de unos desalmados pasan de mano en mano. Porque eso es lo que les pasa a Teo y a Boris... Bueno... A Boris no eso exactamente. Los guapos, incluso si son perros, tienen otros infiernos. Porque de eso va, al fin y al cabo, esta apasionante historia. De infiernos. Y de libertades. Porque para Teo la libertad no es lo mismo que para Negro. Y de la lealtad. Entre amigos. Entre perros. Entre humanos y perros. Y de cómo a veces hay que hacer lo que hay que hacer, incluso sabiendo que esa decisión, que es la única posible, te perseguirá hasta que la palmes. Mordiéndote. Cruel. Fiera. Por muy bregado que estés. Aunque seas como Negro, un mestizo con un oscuro pasado y la piel llena de cicatrices. Aún no me he podido quitar su olor de mi trufa. Y llevamos ya algunas noches. Y dos libros más. Ninguno de ellos, por desgracia, huele a perro. A sudor. O a sangre.

"Mi amo creía que peleaba por él, pero se equivocaba. Siempre peleé por mí. Debido a mi raza y a mi carácter, soy un luchador nato: en aquel tiempo pesaba cincuenta kilos, medía setenta y cuatro centímetros de las patas a la cruz y poseía una boca con fuertes colmillos en la que habría cabido la cabeza de un niño. Nací mestizo, cruce de mastín español y fila brasileño. Cuando cachorro tuve uno de esos nombres tiernos y ridículos que se les ponen a los perrillos recién nacidos, pero desde aquello pasó demasiado tiempo. Lo he olvidado. Hace mucho que todos me llaman Negro."

Título: 'Los perros duros no bailan'
Autor: Arturo Pérez-Reverte
Editorial: Alfaguara
Páginas: 168
Precio: 16,90€
Procedencia: regalo de Sant Jordi

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