jueves, 30 de abril de 2020

Sexo en Nueva York


Sexo en Nueva York, de Candace Bushnell (RBA). | @martatorresmol

Si alguien tiene pensado coger este libro para leer las aventuras de Carrie, Samantha, Miranda y Charlotte que tantas veces ha devorado en la televisión, lamento comunicarle que 'Sexo en Nueva York' no es su libro. En realidad, es mejor. Porque, artículo tras artículo, Candace Bushnell ofrece una visión de las costumbres y comportamientos sexuales y sentimentales de la sociedad. Desde la búsqueda activa del amor, ésa en la que enlazas tropezón con batacazo con salto al vacío sin paracaídas, a los tríos, las orgías. Con todo lo que queda de por medio.

Los artículos no siguen un argumento lineal. Es decir, que no relata, a diferencia de la serie o, incluso, las películas, las peripecias amorosas y eróticas de las cuatro amigas hasta que todas ellas (cada una a su manera) consigue encontrar el amor para descubrir que ésa no era la meta sino el pistoletazo de salida de una carrera de obstáculos. El libro empieza fuerte. '¿Amor en Manhattan? No, gracias' llega para enseñarte que el ghosting no nació con los móviles y las aplicaciones con alma de Cupido sino que ya estaba ahí, en el fondo de los humanos, mucho antes. Y que no es algo que pueda suceder tras las primeras citas sino, incluso, después de que el presunto hombre de tu vida te haya enseñado la casa que está construyendo para vosotros dos y la extensa prole que vais a tener. Por las páginas pasan personas que renuncian a relaciones estupendas por miedo a que fracasen, que sólo salen con modelos jóvenes aunque son conscientes de que eso no les llena, que van a locales de intercambio  con una expectación tan intensa como el asco que sienten al salir, obsesionadas con el matrimonio, que quieren cambiar a sus parejas, que desaparecen para sus amigas cuando se casan-se mudan a las afueras-tienen niños, que se sienten obligadas socialmente a flirtear en el bar, las que se quieren pero no consiguen cuadrar sus vidas, experiencias sexuales desastrosas que arruinan relaciones estupendas...

No hay dulzura en ninguno de sus artículos. Nada de azúcar. Ni atisbo de comedia romántica. Te ríes, es cierto, en ocasiones, porque te ves ahí, en ese mismo lugar emocional, pero no es humor, es otra cosa. Es droga dura. El amor y el sexo con todas sus miserias. Perdón, con todas nuestras miserias. Locuras. Inseguridades. Insensateces. Bobadas. Tonterías. Equivocaciones. Errores. Dudas... 

"Ahí va un relato para el día de los enamorados. Prepárate.
Una periodista inglesa ingeniosa y atractiva se mudó a Nueva York y muy pronto pescó a uno de los solteros más codiciados de la ciudad. Tim era un inversor financiero de 42 años que ganaba cinco millones de dólares anuales. Se besaron y pasearon de la mano durante dos semanas, hasta que un cálido día de otoño él la llevó en coche hasta la casa que se estaba construyendo en los Hamptons. Juntos estudiaron los planos con el arquitecto.
-Quería decirle al arquitecto que rellenara los huecos de las barandillas para la seguridad de los niños -explicó la periodista-. Pensaba que Tim iba a pedirme que me casara con él.
El domingo por la noche, el inversor la dejó en su apartamento y le recordó que tenían una cena el martes. El martes Tim telefoneó para aplazar la cita."

Título: Sexo en Nueva York
Autora: Candace Bushnell
Traductora: Matuca Fernández de Villavicencio
Editorial: RBA
Páginas: 260
Precio: 1,5€
Procedencia: mercadillo

domingo, 26 de abril de 2020

'Cocineras en Ibiza', ya disponible online


Cocineras en Ibiza, ya disponible online.

El jueves tenía que haber sido un día especial. Mi primer Sant Jordi con libro. Debía hacer sol. El paseo Vara de Rey, que desde niña conozco como "s'Alamera", lleno de puestos cargados de libros, libreros con sombreros para frenar la insolación, niños participando en los talleres... Y ahí, en esa fiesta, debíamos estar mis cocineras, mi editora, el fotógrafo Toni Escobar y yo con montañas de 'Cocineras en Ibiza' (ediciones en castellano y catalán, de momento). Habíamos previsto un desayuno todas juntas, un desayuno abierto en el que la gente pudiera hablar con esas mujeres valientes y luchadoras, preguntarles lo que quisieran sobre sus vidas y sonsacarles sus secretos de cocina. Los dan encantadas. Una de ellas, Lina, del restaurante Ca n'Alfredo, de hecho, arruga un poco la nariz cada vez que, en algún sitio, cuando hablan de sus recetas, comentan eso de "y el secreto de la casa". "No hay secreto de la casa", afirma, contundente, antes de explicar que cada mano, cada cocina, es lo que hace que haya tantos sabores para un plato como personas lo preparan.

Pasé el día tristona. Pensando en ello cada vez que mi cabeza se despistaba del trabajo. Y con ganas de soltar una lagrimilla cada vez que alguien me felicitaba Sant Jordi o me hacía llegar fotografías de gente comprando o regalando 'Cocineras en Ibiza'. Pero el caballero de los libros y el dragón me tenía preparada una sorpresa. A última hora de la tarde, un mensaje, me anunciaba que mi querido libro, al que el estado de alarma pilló a medio camino de las grandes librerías de la península, ya se puede comprar online en Hipérbole, una de las librerías de la isla. La alegría del día.

lunes, 20 de abril de 2020

Felicidad


Felicidad, de Mary Lavin (Errata Naturae) | @martatorresmol

Vaya por delante una confesión: No me llevo bien con los relatos. Bueno, perdón, con los libros de relatos. Me fascinan los buenos cuentos. Los que te dejan con la boca abierta al final. Los que, sin darte cuenta, mientras te tienen entretenida, abren un agujerito en tu corazón por el que se cuela un personaje que ya no saldrá jamás. Los que dibujan paisajes, escenas y momentos tan bellos que te sirven, el resto de tu vida, de refugio. También los que te llenan el cuerpo de miedos y ansiedad. Y me gustan, sobre todo, aquellos que te hacen soñar. Con rincones lejanos, aventuras, amores, peligros... Y, precisamente por eso, no me gustan los libros de relatos. Porque los buenos que haya en ese volumen se pierden entre los prescindibles, mediocres o malos, que siempre los hay. Y aún hay otro motivo: cuando un relato no me gusta, por corto que sea se me hace largo; y cuando un relato me gusta me enfado porque pienso en la novela perdida que se esconde entre sus pocas páginas. De ahí que me cueste leer libros de relatos, algo que, casi casi, sólo hago por obligación. Cuando me llegan, vaya, porque alguien a quien aprecio me los regala o me los presta con toda la ilusión de que me gusten. O, ahora, porque venía en una de las bookish. En la del pasado noviembre, sin ir más lejos, como 'Felicidad', de Mary Lavin.

Y no puedo decir mucho más que lo que ya he dicho. Me reafirmo. No me gustan los libros de relatos. Porque los relatos bellos y bonitos, como 'El jardinero nuevo', o los simpáticos pero tristes con personajes que te encantan, como 'El niño perdido', se pierden entre los demás que, todo hay que decirlo, en este caso ni son muchos ni me han disgustado del todo. Pero los he olvidado. Hace apenas unas semanas que los leí y, salvo algún eco lejano al repasar las páginas, no me acordaba de apenas nada. Ni de las historias ni de los escenarios en los que sucedían ni de los personajes. Estuve tentada de seguir la recomendación de la caja y leer los relatos al revés, es decir, empezando por el último para acabar, así, con el primero que, al parecer, es el que más gusta, pero no lo hice. Y me alegro. Porque a mí, el que más me ha gustado ha sido, contrariamente, el último: 'El niño perdido'. Por su luz. Por unos personajes, los femeninos, que me han enamorado. Por una historia cotidiana, como todas las que aparecen en este libro, que me ha hecho reír y llorar y llevarme las manos a la cabeza y enfadarme y... Porque nada en la vida te hace sólo reír, sólo llorar, sólo llevarte las manos a la cabeza, sólo enfadarte... No, todo, en la vida, combina todo tipo de emociones y sensaciones. Aunque una de ellas tome el mando, muchas otras están detrás, empujando. Siempre hay una risa pendiente de explotar en los momentos más dramáticos y ligeros fogonazos de pena en los más felices.

Si hay algo que me ha encantado de este libro, sí, en su conjunto, esta vez sí, son los personajes femeninos. Las mujeres que Lavin dibuja, casi diría que con acuarela, con pinceladas firmes pero dejándolas que sequen a su aire. Tan de verdad. Tan diferentes unas de las otras. Pero tan reales... Maravillosas. Todas y cada una.

"Madre tenía mucho que contar. No es que se pasara el día hablando, pero a nosotras, las niñas, nos parecía que el pozo del que bebía era muy, muy, muy profundo. Su tema predilecto era la felicidad: lo que era, lo que no era; dónde encontrarla, dónde no; y, si se alcanzaba, cómo conservarla. Jamás debíamos confundirla con el placer. Ni pensar que la tristeza era su antónimo exacto.
-Pensad en el padre Hugh. -Los ojos de madre refulgieron al mirarlo-. Según él, la tristeza es uno de los ingredientes de la felicidad... ¡un ingrediente necesario, nada menos! -cuando el padre Hugh quiso replicar, madre alzó una mano-. Puede que su teoría tenga algo de retorcida verdad... para algunos. Pero para mí, no. Y tampoco para mis hijas, espero".

Título: Felicidad
Autora: Mary Lavin
Traductora: Regina López Muñoz
Editorial: Errata Naturae
Páginas: 192
Precio: 17€
Procedencia: Bookish

jueves, 16 de abril de 2020

Calamares rellenos de sobrasada



Calamares rellenos de sobrasada | @martatorresmol


Son varias las personas que estos días, con esto del confinamiento y la súbita pasión por la cocina, me han pedido la receta de las albóndigas con sobrasada que aparecen en la portada de 'Cocineras en Ibiza', ese pobre libro mío al que el estado de alarma le ha pillado de camino a las librerías de la Península y la venta online. Ésa no la puedo compartir, que para eso está el libro. Pero otra buena amiga, con la que comparto libros felices y cola de sirena, me preguntó hace unos días si tenía una receta de calamares con sobrasada, ya que echaban de menos los del restaurante Ca n'Alfredo, toda una institución en la isla. Los calamares (a poder ser frescos y de potera) rellenos con sobrasada son una de esas recetas clásicas de la gastronomía ibicenca, una gran desconocida que sorprende siempre a quienes la descubren por sus mezclas de dulce y salado (herencia árabe), por el respeto al producto (atención a los platos de pescado y las ensaladas) y por sus sabores sorprendentes (en esto se lleva la palma el flaó). De lo del kilómetro cero ni os hablo. En una isla cuya distancia más larga ronda los 50 kilómetros y donde hasta hace poco había personas del interior que no habían visto nunca el mar (la Mar) todos los platos tradicionales no es que fueran de kilómetro cero, es que a veces eran de hectómetro cero. A lo que iba, que me lío. El caso es que compartí con ella mi receta de ese plato y, ya puesta, el fin de semana me preparé un par de esos calamares para mí. Si alguien se anima, aquí tiene la receta.


Ingredientes:
-4 calamares limpios (con los tentáculos separados y que no sean muy grandes)
-2 dátiles (o pasas, orejones, lo que os guste, también valen frutos secos o mezclar las dos cosas)
-4 cucharadas bien colmadas de sobrasada
-1 dedo de caldo de pollo o un culín de vino blanco (no es imprescindible)
-Medio chupito de brandy
-1 ajo (2 o 3, si os gusta mucho el ajo)
-Aceite de oliva
-Pimienta
-Sal


Los tentáculos, bien cortaditos.


Preparación:
-Picar los tentáculos de los calamares.
-En una sartén, sofreír en aceite de oliva y a fuego medio los ajos pelados y muy finitos.
-Agregar los tentáculos antes de que el ajo se queme y saltear ligeramente.
-Flambear con un poco de brandy (acordaos de apagar la campana antes de prender el alcohol).
-En un bol, machacar la sobrasada y los dátiles cortados pequeñitos y añadir los tentáculos de calamar, escurriendo el poco aceite que tengan. Si la sobrasada no es picante, añadir pimienta y mezclar bien.
-Volver a ponerlo todo en la sartén con el poquito de caldo o vino. No es imprescindible, pero así el relleno queda un poco más meloso y si la sobrasada es muy grasa ayuda a desengrasar el plato. En este caso, mejor sacarlo con una espumadera o, incluso, ponerlo en un colador de malla muy fina para que el relleno tenga lo mínimo posible de grasa o aceite.
-Rellenar los calamares con la mezcla (si podéis, es mejor esperar a que se enfríe un poco, que será más fácil). Se puede hacer con una cuchara pequeña, ayudándose de una brocheta para que el relleno llegue bien hasta la punta, o con una manga.
-Cerrar con un palillo para que no se salga el relleno.
-Poner los calamares en una plancha o una sartén muy caliente y hacerlos un par de minutos por cada lado, en función de lo grande que sean.
-Servir con un poco de sal gruesa.


Los tentáculos ya salteados, mezclados con la sobrasada y los trocitos de dátil.


Extras:
-Se puede acompañar con patatas en cualquiera de sus versiones (fritas, en puré, asadas) o boniato. A mí me gusta especialmente con un puré de aguacate picantito, con una crema de coliflor o con una ensalada hecha, simplemente, con lechuga (que no sea iceberg, por favor) y cebolla bien aliñadas con sal, aceite y vinagre.


domingo, 12 de abril de 2020

La Casa Holandesa


La Casa Holandesa, de Ann Patchett (Alianza) | @martatorresmol
(El cuadro que aparece tras el libro es obra de mi hermana Sandra, la artista de la familia).

Dos hermanos. Sentados en un coche aparcado en las afueras de Filadelfia. Fumando. Mirando la que fue su casa. La Casa Holandesa. Una mansión de tres pisos en la que crecieron y en la que descubrieron, siendo poco más que niños, que todo aquello que crees seguro está anclado con papel de seda. Dos hermanos observando desde dentro de un viejo y destartalado coche la vida que ya no tienen, lo que perdieron, y que ahora, sin que hayan podido hacer nada, pertenece a otros. Dos hermanos que se tienen el uno al otro y que siguen apostándose, adolescentes, jóvenes, adultos, maduros... frente a esa casa que lo fue todo para ellos. Y que lo sigue siendo. Ésa es la historia que cuenta Ann Patchett en 'La Casa Holandesa'.

Ese lugar, la casa, es un personaje más. Es, en realidad, el personaje. La protagonista. Ese lugar de infancia en el que pasó todo aquello que convierte a Maeve y Danny, los hermanos, en las que personas que son. Maeve, la mayor, la responsable, la que cuida de Danny, el pequeño, el soñador,  desde que su madre los abandonó, dejándolos con un padre que no sabía quererles y en una casa gigantesca, ideada para grandes bailes y visitas de alcurnia, en la que sólo viven dos niños, un hombre preocupado por sus negocios y dos empleadas, una una cocinera y una ama de llaves, que adoran a esos pequeños príncipes destronados tras la muerte de su padre por una madrastra que no les dejará más que la ropa y ese coche destartalado desde el que, a pesar del paso de los años seguirán observando la que un día fue su casa. Imaginando qué vidas acogerá. Y qué habrá pasado con las altas molduras azules de los techos, el banco junto a la ventana de la habitación que daba al jardín, el salón de baile del tercer piso...

Contada casi con un tono de cuento, 'La Casa Holandesa' tiene cierta brisa (no llega a ser un aire) dickensiana. Esos huerfanitos... La gente mala... Un lugar que es mucho más que un espacio... La gente buena que les echa una mano... Es una historia sobre cómo salir adelante, sobre la importancia de tener a alguien, sobre cómo a veces el pasado perdido es al mismo tiempo una obsesión y aquello que te mantiene cuerda. Pero es, sobre todo, una historia sobre el amor entre hermanos. Pase el tiempo que pase. Ocurra lo que ocurra. Se cruce lo que se cruce en el camino. Ni los tiempos de silencio ni las discusiones ni el amor. Nada puede con la conexión de Maeve y Danny, esos dos hermanos que, año tras año, vuelven a sentarse en un coche destartalado. Aparcado en las afueras de Filadelfia. Fumando. Con las ventanas bajadas. Mirando la que fue su casa. La Casa Holandesa.

"En los retratos, los señores VanHoebeek, que no tenían nombres de pila conocidos, aparecían entrados en años, pero no ancianos. Ambos vestían de negro y mantenían una pose formal y erguida, reminiscente de otra era. Eran dos retratos enmarcados independientemente, pero se veía a los cónyuges tan cerca el uno del otro tan casados, que yo siempre pensé que originalmente debió de ser un único retrato que alguien cortó en dos. Andrea había inclinado hacia atrás la cabeza para escudriñar esos cuatro astutos ojos que parecían seguir a los niños de la casa con mirada reprobatoria, sin importar en qué sofá se sentasen. Maeve, sin hacer ruido, me metió un dedo en la axila para hacerme cosquillas, pero conseguí aguantarme. Todavía no nos habían presentado a Andrea, quien, desde atrás, se nos hizo diminuta y elegante con su vestido con cinturón y un sombrero oscuro no mayor que un platito de postre, prendido con una horquilla al pelo claro. Yo me había educado en un colegio de monjas y sabía que si me reía podría avergonzar a los invitados, y eso no era buena idea. Andrea no tenía manera de saber que esas personas que aparecían en los cuadros venían con la casa, que todo lo que había en la casa venía con la casa".

Titulo: La Casa Holandesa
Autora: Ann Patchett
Traductor: Miguel Marqués Muñoz
Editorial: Alianza
Páginas: 392
Precio: 18€
Procedencia: Bookish



viernes, 3 de abril de 2020

Donde el coronavirus no existe


@martatorresmol
Marta Torres Molina | (Versión ampliada de la publicada en Diario de Ibiza)

Me asomo al balcón más que Julieta. Y eso que sé a coronavirus cierto que a Romeo, ¡Oh, mi Romeo! no lo voy a encontrar abajo. Estará, seguro, ideando las mil y una formas imposibles de huir de ese Castillo de If en el que se han convertido nuestras casas. Él, que preferiría ir, como Ulises, de costa en costa y de gesta en gesta o navegar tras una ballena blanca, debe andar maldiciendo que el estado de alarma no le pillara a bordo del Nautilus, tratando de mantener los dos metros de distancia obligatoria con Long John Silver o surcando las primeras olas en el Patna. En cualquier lugar, pero cerca de la aventura y lejos de este aislamiento de locura que nos condena a dar vueltas como Ben-Hur sin cuadriga, con las manos a la espalda, tratando de resolver el enigma del perro (también confinado) de los Baskerville. Hay que tomárselo con filosofía, me repito buscando la ironía de la Beatriz que, confío, no me haya abandonado, volviendo del balcón, sintiéndome, por un instante, Mary Shelley en aquel año en el que no hubo verano. Por un instante, sólo por un instante, porque no se van de mi cabeza ni el Orán del doctor Rieux ni los siete pisos del terrorífico hospital de Buzzati ni la abadía de Próspero. Así que me asomo a la ventana, ya no como Julieta, sino como una de las Isoldas, soñando con volver a ser una Durrell en Corfú, Alicia cayendo por un agujero oscuro para dar con mis posaderas en un mundo de inquietantes maravillas, una náufraga asalvajada de diez años que adora la cabeza de un cerdo o Penélope, tejiendo y destejiendo. Da igual quién. Da igual dónde. Pero allá donde no exista el coronavirus. Como en los libros.



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