domingo, 22 de julio de 2018

'Medio sol amarillo': Biafra en una pequeña historia


De mayor quiero ser como Chimamanda Ngozi Adichie. Yo, de mayor, quiero escribir como ella. Quiero saber convertir grandes historias en pequeñas historias. Sí, habéis leído bien. Convertir grandes historias en historias pequeñas. En historias cotidianas. Historias de verdad. De las que podrían pasar aquí al lado. Tras la puerta de delante. En las entrañas del umbral de mi felpudo. Sí, historias que pueda creer sin esfuerzo. Con personajes que pueda tocar. Historias que pudieran contarme, con sus lenguas de colores, todas y cada una de las mujeres que me rodean. Porque eso es exactamente 'Medio sol amarillo', una gran historia convertida en una historia tan pequeña, tan diminuta, tan microscópica, que te atraviesa la piel sin que te des cuenta.

Medio sol amarillo es lo que llevan los rebeldes en sus uniformes. Es la figura principal de la bandera de Biafra, esa breve república que surgió, a finales de los años 60, de Nigeria. Y es la forma, medio sol amarillo, que cambia la vida de los protagonistas de esta apasionante historia de Chimamanda (permitidme que la tutee, ya es como una amiga, casi una hermana). La protagonista indiscutible es Olana, pero la escritora no nos la presenta hasta algo adentrada la novela. Olanna, hija de una familia bien de Nigeria, hace una gran entrada en la novela, cuando ya la estamos esperando, cuando nos morimos por saber si de verdad es tan guapa, tan inteligente, tan decidida, tan apasionada... como nos asegura Ugwu. El ingenuo Ugwu. Ese chico pobre que sale de su poblado para convertirse en el sirviente de Odenigbo. Un gran señor, un profesor de universidad ¡negro! con quien no sólo aprenderá sino, lo que es más importante para su familia, podrá comer carne casi todos los días. Olanna es la novia de Odenigbo. Y a Olanna estaremos esperando unas cuantas páginas. Pero cuando llega... Cuando llega se apodera de todo. Del corazón de Ugwu, de la vida de Odenigbo, del pensamiento de su hermana gemela Kainene, del odio de Mama, de la pasión de Richard, de las entrañas de Amala...

Todo eso, que ya es complicado de por sí, viene envuelto por el colonialismo. Y con la revolución. Y con la guerra. Y con culturas diferentes que pasan de convivir, de ser hermanos, a decapitarse, desangrarse, dispararse, sacarse las tripas literalmente. Todo y todos cambian. Las sonrisas escasean casi tanto como el arroz. La solidaridad es un bien preciado que muchos vapulean. Ayudarse unos a otros es una bendición y un riesgo al mismo tiempo. Nadie sabe nada de los demás. De aquellos a quienes más quiere. Quién sabe si estarán pudriéndose en una cuneta o escondidos de quienes les apuntan con sus fusiles. Los hogares ya no lo son. Son refugios, paraísos perdidos, víctimas de saqueos, pasto de las llamas, cuarteles del enemigo, cagaderos de los del otro bando. Ni siquiera tú eres tú. No puedes. Porque ya eres otra cosa. Porque ya peleas por un puñado de harina. Porque vendes una mirada pícara por una lata de sardinas. Porque defiendes con una violencia que no sabías que tenías lo que salvará a los tuyos, al menos, por unas horas más. Ya no hay libros. Ni intimidad. Ni tertulias. Ni copas. Ni sopa de pimentón mientras la música sale de un gramófono. Ni gasolina. Ni escuelas seguras.

Y sí, eso es una gran historia. La guerra es una gran historia. La lucha por la libertad es una gran historia. La independencia es una gran historia. Pero ninguna gran historia existiría sin todas las pequeñas, minúsculas, diminutas historias que la forman. Esas historias que Chimamanda cuenta tan bien. Como si fueran la suya propia. Defendiéndolas como una leona para que la gran historia no se las coma. Yo, de mayor, quiero escribir como ella. Quiero saber convertir grandes historias en historias pequeñas.

"El señor estaba un poco loco; se había pasado un montón de años leyendo libros en el extranjero, hablaba solo en su despacho, no siempre devolvía el saludo y llevaba el pelo demasiado largo. La tía de Ugwu se lo confesó en voz baja mientras avanzaban por el camino.
–Pero es buena persona –añadió–. Si trabajas bien, comerás bien; incluso comerás carne a diario.
Se detuvo para escupir. Arrojó el salivazo haciendo ruido y este fue a parar sobre la hierba.
Ugwu no podía creer que alguien, ni siquiera aquel señor con quien iba a vivir, comiera carne a diario. No obstante, no le llevó la contraria a su tía porque se encontraba demasiado concentrado en su expectación, demasiado ocupado imaginando su nueva vida lejos de la ciudad. Llevaban un rato caminando después de haberse bajado del camión en el parque móvil y el sol de la tarde le quemaba la nuca; pero no le importaba. Estaba dispuesto a caminar durante horas bajo un sol aún más abrasador. Nunca hasta entonces había visto algo parecido a las calles que se abrieron ante ellos una vez que hubieron cruzado la puerta del recinto de la universidad, unas calles cuyo pavimento liso y alquitranado lo incitaba a posar sobre él la mejilla. No sería capaz de describirle a su hermana Anulika las casas de una planta que allí estaban pintadas del color del cielo y se alineaban una junto a otra como hombres educados y bien vestidos, ni los setos que las delimitaban, podados tan rectos que parecían mesas tapizadas de hojas."

Título: 'Medio sol amarillo'
Autora: Chimamanda Ngozi Adichie
Traductora: Laura Rins Calahorra
Páginas: 544
Precio: 14,90€
Procedencia: comprado

viernes, 13 de julio de 2018

'Gran Sol', entre los grados 48 y 56 de latitud norte, 6 y 14 de longitud oeste


De lleno en un puerto del Cantábrico. Con las gaviotas graznando. Ronroneos de motor. Boniteros en el horizonte. Sensación de tormenta cercana. Olor a algas pudriéndose. Y el jaleo de marineros y pescadores a punto de enrolar. Quién sabe para cuántos días. Quién sabe si volverán. Ahí te planta Ignacio Aldecoa en las primeras páginas de 'Gran Sol'. Te mete de lleno en un ambiente que roza la fiesta. Roza el drama. Roza el nerviosismo. Roza la bronca. Un instante que lo roza todo y que, al mismo tiempo, parece no tocar nada. Un instante decisivo camuflado por la cotidianeidad. Si no fuera por ese vestido (conversaciones con las mujeres, vinos en la taberna, frías despedidas...) seguramente ninguno de los protagonistas embarcarían en el 'Aril', rumbo a Gran Sol, junto al barco hermano, el 'Uro', a pescar, a dejarse la salud. Quién sabe si también la vida.

Unas primeras páginas extrañas. Hipnóticas. Aún no conoces a Simón Orozco. Su silencio y su soledad. Ni a Macario Martín, ese hombre al que todos saben que deberían dejar en tierra, por sus formas, por sus vicios, por su comportamiento, pero al que nadie se atreve a dejar sin las pocas monedas que entran en casa. Ni a Gato Rojo, ese cascarrabias que se resiste a echar una mano en todo lo que ocurra fuera de su cuarto de máquinas. Ni a Domingo Ventura, Paulino Castro, Joaquín Sas... Todos los que comparten vida y miserias en ese pesquero en el que las literas nunca están secas y el rancho nunca está sabroso. No los conoces, pero no puedes apartarte de ellos. Y así te encuentras páginas más tarde, embarcada, rumbo a Gran Sol, convertida en una polizón que no pierde detalle. Porque Aldecoa no deja escapar ni uno. Los atrapó todos tiempo antes de escribir esta novela, en el mes que pasó en el 'Alir', compartiendo sal, sudor y tiempo con pescadores de altura. Y ahí están los silencios, los reproches, las preocupaciones calladas o disfrazadas de bravura infantil, las viejas rencillas, la camaradería, la tensión de los momentos de lanzar la red, las órdenes cumplidas a disgusto, las borracheras en tierra, las averías, los temporales, el miedo, el recuerdo de quienes se quedaron ya en el mar (la Mar)... Hay algo épico en 'Gran Sol', la épica de la naturalidad con la que todos en ese barco asumen que la muerte viaja con ellos, dormida, sí, pero quién sabe si se despertará antes de tocar, de nuevo, el puerto del hogar.

"La masa de niebla reposa azulenca sobre la mar, crece lívida, cierra el cielo ya blanca. Las vanguardias del banco de niebla se deslizan, ruedan, se deshacen, flotan, se ayuntan, muran. Los barcos de Simón Orozco penetran en la niebla. Suenan intermitentemente sus sirenas, casi tactos en la ceguera. La niebla mata los resplandores de los focos, que lucen mortecinos, cercanos y lejanos, fijos y errantes. el palo de proa del Aril es una línea borrosa desde el puente. La proa del Aril está al otro lado del horizonte, abriendo aguas que no se ven, cuyo rumor se escucha, cuya fuerza se siente en el hierro trémulo. El olor y el sabor de la mar se han extinguido en la niebla, que tiene olor y sabor propios; olor ácido y sabor dulce".


Título: 'Gran Sol'
Autor: Ignacio Aldecoa
Editorial: Alfaguara
Páginas: 304
Precio 2€
Procedencia: mercadillo

domingo, 8 de julio de 2018

Los guantes


@martatorresmol

Tenía la Bota de Oro entre las manos y sabía perfectamente las palabras que iba a decir. Le agobiaba el traje, la sisa de la camisa se le clavaba, se avergonzaba de la pajarita roja que una carísima estilista le había obligado a ponerse y no podía dar un paso sin sentir la amenaza de un patinazo con los deslumbrantes zapatos. Centenares de ojos pendientes de él. Y decenas de cámaras. Por no hablar de los focos. Nada de eso le desconcentraba. Sabía perfectamente lo que iba a decir. Seis palabras con las que soñaba desde que era niño.

-Todo esto es gracias a él-, afirmó, engastando cada palabra en la anterior, señalando con la palma abierta a uno de los invitados de las primeras filas. Su héroe de infancia. Un hombre que había pasado ya la madurez y que contestó al gesto con mirada de besugo y sonrisa de circunstancias. La cara de quien no entiende nada de lo que está pasando, pero a quien le viene bien.

-Todo esto es gracias a él-, repitió, casi en un susurro, recordando aquellos guantes firmados sin los que, estaba seguro, jamás habría llegado hasta ahí. Se los había regalado su padre la tarde antes de aquel partido que él no quería jugar. Lo tenía todo planeado. Si no conseguía caerse por las escaleras de forma convincente diría que le dolía la tripa. Pero no jugaría aquel partido. Se haría un favor a él. Y al equipo.

Había aceptado ser portero porque, en realidad, no le gustaba mucho el fútbol. Le habían medio obligado a apuntarse al equipo. Para que hiciera amigos. Si sus padres supieran... Era el portero suplente y sabía que todos en el colegio temían que al titular le pasara algo. Lo que no sabían es que a él le daba aún más miedo. A diferencia de los demás, no deseaba salir al campo. Se sentía bien en el banquillo, esperando. No esperando, más bien. Le gustaban los entrenamientos. El frío de las últimas horas de las tardes en invierno. Parar balones que ya sabía de dónde venían. Las bromas. Las mejillas encendidas. El sudor. La sensación de los músculos cansados. Pero no soportaba la idea de jugar de verdad.

Le escogió a él, su ídolo, de forma casual. Sus nuevos compañeros no hacían más que preguntarle como quién quería ser. Él se encogía de hombros y les contestaba que a ver si lo adivinaban. No era verdad. Jamás había visto un partido entero. Y no se sabía los nombres de casi ningún portero. Él no era de los más famosos, pero su aparición fue providencial. Era el primer partido que veía completo en la televisión. Le gustaba más el otro equipo. La camiseta era verde, su color favorito. Pero entonces vio aquella parada y decidió que sería él. Se preparaba para ver el balón entrar en la portería, ajustado a la escuadra. Pero entonces aquel hombre pequeñito, compacto, ancho, saltó como una rana, extendió la mano derecha, que pareció hacerse inmensa y abrazó el balón antes de caer rodando por el césped. Hombre y pelota acurrucados en el suelo mientras todos en el campo, los suyos y los otros, se llevaban las manos a la cabeza. Desde aquel momento fue él. Él era la respuesta a la pregunta. Él era a quien buscaba en la televisión. Y el único sobre quien leía noticias y guardaba cromos.

La tarde en la que el portero titular se despidió de ellos se le cayó el mundo encima. Se iba a otra ciudad, a otro colegio, a otro equipo. Él, el suplente, el de las manos temblonas y las piernas de mantequilla, tendría que salir al campo. No a calentar, no a entrenar, no a celebrar. A jugar. Tenía pesadillas todas las noches. Su cabeza no paraba de trazar estrategias para no hacerlo. Suspender un examen y que lo castigaran. No valdría. Ir a visitar a su abuela y perder el autobús. Irían a buscarle. Dormirse. Le despertarían. Un patinazo por las escaleras. ¡Sí! O un dolor de tripa. ¡Sí! En eso pensaba cuando llegó a casa la tarde antes del partido y su padre lo recibió en la puerta, emocionado y con un paquete en las manos que lo azuzó a abrir. Eran unos guantes algo viejos. Y algo grandes. ¡Firmados! ¡Por él! ¡Su ídolo! Se los había regalado a su padre cuando éste, fontanero, había ido a reparar una avería urgente que amenazaba con inundar su ático en el centro y, entre tuberías y sifones, le había explicado que su hijo era portero en el colegio, que se estrenaba como titular y que él era el único jugador de quien coleccionaba cromos.

No tuvo más remedio. Ni resbalón por la escalera ni dolor de tripa. Salió al campo con aquellos guantes firmados y un nido de serpientes en el estómago. Ganaban de uno cuando uno de los delanteros contrarios se escapó con el balón, cruzó el campo y, poco antes del punto de penalty, disparó un zurriagazo que todos dieron por gol seguro. Aún hoy no sabe cómo, pero acabó rodando por la tierra, con el balón entre aquellos guantes viejos, grandes y firmados, callando el nido de serpientes y despertando las ganas de volver a jugar. Ahí empezó todo.

-Todo esto es gracias a él-, escuchó que decía su hijo en la televisión, señalando a quien fuera su ídolo de infancia. Sentado en el sofá, el viejo fontanero sonreía. Lo veía ahí, con la Bota de Oro en las manos y no podía  evitar la risa al recordar aquella tarde en la que cerró la fontanería y se recorrió todas las chamarilerías de la ciudad buscando unos guantes de fútbol grandes y un poco gastados. La tarde en la que acabó con las manos negras tras ensayar una y mil veces sobre el papel aquella firma de portero de éxito que, horas después, consiguió imitar sobre aquellos guantes que le regaló a su hijo antes de su primer partido.

domingo, 1 de julio de 2018

Somos niños de isla


@martatorresmol

Somos niños de isla. Es la respuesta. La única. Cualquier niño de isla lo sabría. Aunque ningún niño de isla haría una pregunta que necesitara esa respuesta. Estamos desnudos. La piel directamente sobre la arena. Sintiendo el calor que emana de la tierra. Apenas nos separan unos centímetros. Yo abrazo mis rodillas, los ojos cerrados, la cara vuelva al sol de mediodía. Pendiente sólo de los crujidos apenas perceptibles del agua evaporándose sobre mi cuerpo, dejando una costra de sal. Él está recostado, las largas piernas estiradas sobre la arena, la cara vuelta al sol del mediodía. Las gotas resbalan por su pelo, crean una mancha oscura a la sombra de su espalda. No debíamos estar aquí. Ni mojados. Ni desnudos. Volvíamos en coche. Cansados, sudados, llenos de polvo, algo acelerados. Conducía él. Siempre conducen ellos (o ellas). Así nosotros podemos avanzar. Pensar. Repasar notas. Escribir. El mar (la Mar) apareció por la ventana. En una isla es raro el día en que el mar no asoma por algún rincón. Quizás respiré algo más profundo de lo normal. Quizás cerré los ojos. Supongo que entendió. Giró por el primer camino. Uno de esos en los que los niños de isla apagamos la radio para escuchar el trino de los pájaros, el ulular de las lechuzas o, como éste y todos los mediodías, el cantar de las cigarras. No hizo falta decir nada. Aparcó a la sombra de unas sabinas y bajamos del coche. Al poner el primer pie en la arena corrimos hacia la orilla, quitándonos la ropa, riéndonos. Entramos al mar como cuando éramos pequeños, salpicándonos, fingiendo que no queríamos que el agua levantada por el otro nos rozara siquiera, gritándonos, abalanzándonos sobre las inexistentes olas, desesperados, mirándonos con los ojos abiertos bajo el mar, escupiendo carcajadas submarinas, columnas de burbujas, al vernos con los carrillos inflados, tratando de aguantar más que el otro sin respirar, sin salir a la superficie... Y ahora estamos aquí. Desnudos. Mi cadera y la suya separadas por apenas unos centímetros. Sabiendo que cualquiera que nos vea no entenderá. Pensará mal. Verá lo que no es. No sabrá que somos dos niños de isla. De ésos a los que sus madres les compraban un único bañador cada mes de mayo, sólo uno, porque sabían que en octubre seguiría nuevo. De ésos que sólo lo usaban para ir de casa a la playa. De ésos que se despojaban de él nada más tocar la arena. De ésos que jugaban desnudos sin ser conscientes de que lo estaban. De ésos que se criaron asilvestrados y que crecieron convencidos de que la desnudez nada tenía que ver con la ropa. Somos niños de isla. Ésa es la respuesta. La única. Aún somos niños de isla.

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