martes, 23 de enero de 2018

'La librería', cuando lo grande se disfraza de pequeño


@martatorresmol

Querida Penelope... ¿qué voy a hacer contigo? De verdad que aún no lo sé. Llevo desde ayer por la noche pensando. Dándole vueltas a tu 'La librería', esa pequeña historia que escribiste pasados los 60 y en la que te dibujaste a ti, a ese pueblo en el que te refugiaste o al que huiste, y a esos vecinos que no dudaron en darte la espalda cuando les convino. He dicho "dibujaste", sí. No me he equivocado. De lo que tengo la cabeza llena, ahora mismo, es de imágenes, no de palabras o de frases, de imágenes. No me extraña que Isabel Coixet, al leerte, decidiera llevarte al cine. Es tan de cine este librito tuyo... Perdóname por lo de "librito" y por lo de "pequeña historia". A veces lo pequeño es muy grande. A veces lo grande se disfraza de pequeño. Sé que entiendes a qué me refiero. Una mujer como tú seguro que lo sabe. Es algo que compartes con la Ginzburg. Ella también me entendería. Las dos sois mujeres que entendéis lo grande de lo pequeño y lo escribís y lo encuadernáis y lo lanzáis al mundo porque sabéis que hay mujeres como yo que os entienden. Esta mañana te he llevado de paseo. Al lado del mar (la Mar). En eso nos parecemos, me temo. Al menos si Florence Green, esa viuda que decide montar una librería en un viejo edificio de un pueblo costero de Suffolk, es tu álter ego. Ambas nos acercamos a la orilla cuando no encontramos respuestas. O preguntas, que es aún más grave.

Por eso te he llevado conmigo esta mañana. Hemos metido los pies descalzos en el agua fría y luego, rebozadas en arena, nos hemos sentado. He dejado que el viento nos despeinara. La melena, a mí. Las páginas a ti. Y sigo sin saber qué hacer contigo. Con tu libro. Con esa aventura de la señora Green. Ahora mismo, para mí, 'La librería' es como ese vestido de fiesta de tu madre que, de niña, sueñas ponerte. Ése que está muy bien guardado y que, aprovechando que los mayores no te ven, te pruebas a escondidas. Ése que te va enorme. Ése que no se te va de la cabeza mientras creces y que, cuando ya eres adulta, te pones mil veces sin atreverte a salir a la calle con él. Le subirías el bajo. O le quitarías las hombreras. Pero no lo haces porque eso sería profanar el vestido. Y ésa es exactamente la sensación que tengo aún con 'La librería'. Adoro a Florence Green. Adoro su firmeza. Su sentido del humor. Su determinación. Sus contestaciones. Hay algo de heroína cotidiana en esa mujer que decide, aunque se le ponga todo en contra, abrir una librería. Y poner en marcha una biblioteca. Y enfrentarse a la rica del pueblo. Y llenar el escaparate de la polémica 'Lolita'. Y hacer oídos sordos a lo que digan de ella y de su negocio. Y contratar a una niña que todos dicen que no sirve para nada. Y ser ella. Hay mucho de heroína en, sencillamente, ser ella. Y es por todo eso por lo que, aunque le subiría el bajo o le quitaría las hombreras, voy a guardarlo con cariño.

"En 1959, Florence Green pasaba de vez en cuando alguna noche en la que no estaba segura de si había dormido o no. Se debía a la preocupación que tenía sobre si comprar Old House, una pequeña propiedad con su propio cobertizo en primera línea de playa, para abrir la única librería de Hardborough. Probablemente era esa incertidumbre lo que la mantenía despierta".

Título: 'La librería'
Autora: Penelope Fitzgerald
Traductora: Ana Bustelo
Posfacio: Terence Doole
Editorial: Impedimenta
Páginas: 202
Precio: 21€
Procedencia: comprado

sábado, 20 de enero de 2018

Cuando Ibiza halló su latitud


Detalle de Ibiza en el mapa de Mercator-Hondius               @martatorresmol

Marta Torres Molina | Ibiza
Hay que acercarse mucho al papel para apreciar al detalle el perfil de Ibiza trazado hace más de cuatro siglos por el flamenco Gerardus Mercator, para leer los topónimos que apenas caben en el pedazo de tierra junto al que aparece alguna goleta y, cómo no, monstruos marinos. A falta de una lupa, los ojos bizquean sobre el antiguo mapa. «Es la primera vez que las Pitiusas aparecieron cartografiadas en su latitud correcta», afirma Josep Antoni Prats, geógrafo y experto en cartografía, sin apartar la mirada del mapa. Excepto por una franja algo más oscura, cicatriz de un doblez de quién sabe cuántos años, el documento se encuentra en perfecto estado. Data de 1606. Es una edición de Jocodus Hondius sobre una de las planchas originales del ´Atlas´ de Mercator que había adquirido dos años antes: las Pitiusss aparecen en la hoja ´Hispaniae Nova Describtio [sic], de Integro Multis in Locis, Secundum Hydrographicas, Desc. Emendata´.

Mercator, cartógrafo, geógrafo y matemático flamenco, se llamaba, en realidad, Gerhard Kremer. «En los siglos XV y XVI aún se latinizaban los nombres», explica Prats, que detalla que Mercator era «de la escuela de Ptolomeo», al que admiraba y al que corrigió en algunos aspectos, como los perfiles de los continentes.

Sólo hay que mirar algunos de los mapas anteriores a Mercator que se conservan en el fondo cartográfico del Arxiu Històric Municipal (formado en estos momentos por medio millar de documentos) para apreciar, a simple vista, que Ibiza y Formentera aparecen en la posición en la que, en el siglo XXI, estamos acostumbrados a verlas. Y en la forma. Y también en las proporciones.

De hecho, la forma redondeada de Ibiza y la triangular de Formentera dibujadas por Mercator continuaron copiándose hasta bien entrado el siglo XVIII, comenta el geógrafo ibicenco. En el mapa de la Península Ibérica de Gaspar Trechsel editado en 1541 sobre el trabajo de Ptolomeo, por ejemplo, las Pitiusas aparecen más al sur, las dos islas son de tamaño casi idéntico y, además, destacan desde el Arxiu, «los nombres de las islas aparecen intercambiados», es decir, Opuhisa (Formentera) al norte y Ebissus (Eivissa), al sur. Esto mismo ocurre en ´Della region spagnola nvova discrizzione´, editado en 1550 en Basilea por Sebastian Münster, en el que los nombres de las islas son Cormedera (Formentera) y Euiza (Ibiza).

Esta inversión de la posición de las islas no aparece en el mapa más antiguo de los que conserva el archivo. Se trata de una edición incunable... (seguir leyendo).

jueves, 18 de enero de 2018

'Camille', empezar por el final


Nunca me gustó empezar nada por el principio. Supongo que eso está detrás de que haya empezado a leer la saga Verhoeven, de Pierre Lemaitre, por la última de sus entregas, 'Camille'. Eso y el azar. O la casualidad. Entré en una librería y se me fueron los ojos y las manos hacia el ejemplar. Estaba rodeado de los otros tres libros de la saga, pero a mí me dio por escoger el último. Capricho, quizás. Pero sobre todo esa manía de no comenzar nunca por el principio. Es algo que arrastro desde niña. Nunca he sabido de dónde viene. Sólo sé que me gusta. Todo lo que empieza por el principio tiene tendencia a ser ordenado, cronográfico, aburrido. Y prefiero el caos. Su exigencia. El caos te obliga a darle la vuelta a las cosas, a pensar, a ordenar, a entender. El caos y el desorden no aceptan que pases por ellos como si nada. Da igual que no encuentres el principio de la madeja, os lo aseguro, las que hemos sido Ariadna entendemos de hilos y de madejas. Puedes cortar el hilo por donde quieras y tendrás tu propio principio. Empezar algo por el final te obliga a destejer para tejer. Y... ¡Ay! De eso las que fuimos o somos Penélope sabemos mucho.

Y a eso obliga a quienes no hemos leído las tres entregas anteriores (ya estoy deseando ponerme con ellas) a leer con calma, con más calma que si ya hubiéramos devorado las otras tres. 'Camille' empieza como empiezan las novelas de Lemaitre, dura, directa al grano, sin preámbulos, y continúa como continúan las novelas de Lemaitre, con una voltereta que te hace parar, recolocarlo todo, y tratar de atar de nuevo todos los cabos sueltos. Es como si la madeja de hilo que te has preocupado en desentrañar te explotara en las manos. Observas los trozos. Los analizas. Y de repente ves que todo encaja, de otra manera, pero encaja. Y es a partir de ese momento cuando ya no puedes soltar a Camille, cuando no puedes dejar de leer. Cuando te mueres por saber qué pasa con Anne Forestier, la novia del policía, esa mujer que no te explicas cómo sigue viva después de la paliza y de los disparos y de la persecución que sufre en las primeras páginas de la novela, cuando, antes de entrar a trabajar, se ve atrapada en el brutal atraco a una joyería. Sufres, físicamente incluso, todos sus golpes. Su pómulo destrozado, sus dientes rotos, su cara hinchada, sus manos destrozadas. Lemaitre (al que descubrí con 'Vestido de novia'), como siempre, no evita la brutalidad. Conciso, directo, con frases cortas, te la cuenta toda. Al detalle. Sus descripciones son casi quirúrgicas. Es una de sus marcas. Algo que me apasiona. Camille se enfrenta a todo y a todos para proteger a Anne, a la que intuye que uno de los atracadores perseguirá. Le ha visto la cara. Y pronto intuye que hay algo más. Quienes hemos leído a Lemaitre en otras ocasiones también lo intuimos. Las cosas, en sus historias, no son tan fáciles, tan planas, tan lineales. Ya sabéis, la madeja.

"Un acontecimiento se considera decisivo cuando desbarata nuestras vidas por completo. Camille Verhoeven había leído esta afirmación unos meses antes, en un artículo sobre 'La aceleración de la historia'. Ese acontecimiento decisivo, sobrecogedor, inesperado, capaz de provocar un cortocircuito en el sistema nervioso, lo podrán distinguir inmediatamente del resto de accidentes vitales porque transmite una energía y una intensidad particulares. En cuanto ocurra, serán conscientes de que sus consecuencias van a ser de proporciones gigantescas, de que lo que ha pasado es irreversible."

Título: 'Camille'
Autor: Pierre Lemaitre
Traductor: Juan Carlos Durán Romero
Editorial: Alfaguara
Páginas: 320
Precio: 18,90€
Procedencia: comprado

jueves, 11 de enero de 2018

Imperfecto. Casi líquido.


@martatorresmol

Él era grafitero. Y skater. Llevaba pantalones anchos y camisetas rotas. Y una gorra calada hasta las cejas sobre la melena a medio crecer. Yo era buena estudiante. Aún bailaba. Acababa de dejar el baloncesto. Y leía mucho. Llevaba el pelo largo y rubio. Siempre un poco despeinado. Empezaba a usar rímel. Mis uniformes eran vestidos con bambas blancas y vaqueros con camisetas que rozaban el ombligo. Él acababa de descubrir la rebeldía. Yo, el poder escondido en mis complejos. Él frisaba una mayoría de edad que a mí me quedaba aún algo lejos. Él me descubrió a Smashing Pumpkins, Guns and Roses y Aerosmith. Yo, a Boris Vian, Sharpe y Bukowski. Él me presentó al Golem y al Kraken. Yo a Ariadna y a Penélope. Le gustaba fumar a la sombra de un sauce, en un rincón tras la agrietada pista de basket. No entendía que yo prefiriera ir a clase. No me creía cuando le decía que era un gusto, no una obligación. Él era feliz cuando iba al viejo parque a verle con su tabla aunque, absorbida por un libro, me perdiera la mayoría de sus trucos. Me observaba fijamente mientras escribía. A veces se acercaba. Yo protegía mis palabras apretando las páginas contra mi pecho. Amenazaba, entre risas, con robarme el cuaderno y leerme. Acabábamos jugando a que nos peleábamos. Como cachorros. Los cachorros que, en realidad, aún éramos. Yo nunca le dejé leer mi cuaderno. Él nunca me dejó observarle con los sprays. Ver cómo se convertían en murales aquellos dibujos a lápiz con los que emborronaba sobres ya vacíos, servilletas arrugadas y los espacios en blanco de todos los libros que pasaban por sus manos. Sabía cuándo había estado haciendo paredes por el olor de su pelo. Tenía la costumbre de saltar a su cuello. A su pecho. Sus dos metros menos tres centímetros no me lo ponían fácil. Sus largos brazos me lo ponían fácil. Ni una sola vez permitió que renegara de mi estatura sin apuntillar: «Siempre saldrás ganando. El contrapicado favorece». Lo repitió, desde la distancia del casi medio metro que nos separaba, todas y cada una de las veces que protesté. A veces, yo escribía sobre su espalda. Otras, él dibujaba en la cara interna de mis muñecas. Emes. Alas. Y un corazón que no lo parecía. Imperfecto. Casi líquido. Siempre el mismo. "Eres tú", decía muy serio. Yo me enfurruñaba. Quería ser un corazón perfecto. Redondo. Lleno. Él reía. Callaba. Y seguía pintando sobre mis pulsos. "Eres tú. Y estás en todas mis paredes", añadía. Y yo me buscaba, imperfecta, casi líquida, en sus muros. Hace unos días nos volvimos a encontrar. Es profesor de arte. Peina tupé. Viste pitillos. Sigue siendo grafitero. Algunas noches. Y skater. Muy pronto, por las mañanas, cuando nadie le ve. Lleva ese corazón imperfecto, casi líquido, tatuado en la muñeca izquierda, sobre el pulso. "Sigues estando en mis paredes", afirmó. Puse cara de niña enfurruñada que quiere un corazón perfecto. Reímos. A carcajadas. Me cogió de la mano y me arrastró fuera del bar. Con esa sonrisa de niño travieso que sigue siendo la misma  más de veinte años después. Esa noche le vi hacer una pared. Y esconderme, entre dos trazos. Antes de hacerlo me miró, preguntando. Le contesté sin decirle nada. Ahí está. Un corazón imperfecto. Casi líquido.

domingo, 7 de enero de 2018

La ballena


@martatorresmol

Ese año sólo le había pedido una cosa a los Reyes Magos. Una carta escueta. La carta de Reyes más corta del mundo. Tres palabras. "Quiero ver el mar". Habían intentado convencerla. Engañarla. En casa querían que pidiera mil juguetes. Se los señalaban en los escaparates. En los anuncios de televisión. En los catálogos. Pero no. Ella se quedó con sus tres palabras. "Quiero ver el mar". La mañana de Reyes se levantó al amanecer. El día era, apenas, un arrebol pegado al horizonte. Ignoró la montaña de regalos que sepultaba sus zapatos. Fue directa a la ventana, buscando el mar. Encontró el mismo camino de tierra y los mismos abetos de siempre. Sentada en el suelo, con la espalda pegada al radiador, lloró. Una lágrima tras otra. Mastodónticas. Llenas. Imparables. Cubrieron el suelo. Desbordaron el salón. Cuando volvió a mirar a su alrededor, aún llorosa, la sorprendió el embate de las olas. Olió la sal. Oyó gaviotas. Las algas le hacían cosquillas en los dedos de los pies. Nadó a través de la ventana. A cierta distancia, lejos de sus zapatos y de la montaña de regalos sin abrir, la esperaba una ballena.

martes, 2 de enero de 2018

Releer no es volver a leer


@martatorresmol

Releer no es volver a leer. El libro es el mismo, es cierto. También las palabras. Y los puntos. Y las comas. Y los espacios en blanco. Los personajes no aprovechan que una ya cerró sus tapas para hacer lo que les venga en gana y no lo que el autor ideó para ellos. El libro es el mismo. Pero una ya no es la misma. La Marta que leyó 'Moby Dick' hace años no es la misma que lo leyó hace nada. Una vez se sintió Ahab y la otra, ballena. Y no necesariamente en ese orden. Releer no es leer el mismo libro. La mirada que recorre cada letra no es la misma. Y eso lo cambia todo. Por eso vale la pena releer. Y éste ha sido un año de releer mucho.

'Moby Dick', todos tenemos nuestra ballena blanca
Así, en esa especie de naufragio mental, volví de nuevo a 'Moby Dick', de Melville. Volví a embarcarme en el Pequod. A ponerme a las órdenes de Ahab. Secuestrada en su locura de dar caza a Moby Dick. Su leviatán. Su monstruo. El que hace años masticó su pierna. Y es en esa encalladura en mi viejo orejero cuando leo claro. Más allá de la aventura, del mar, de las descripciones de ballenas, de marinos y marineros, del peligro, de la incertidumbre, de los arpones, de los cabos, de las olas, del ambiente opresivo del ballenero, de la persecución...

'Billy Budd, marinero', a bordo del Bellipotent
'Billy Budd, marinero', se fue en una noche entre los corales de mis sábanas y dos mañanas a pelo en la arena. Es una historia interesante. De ésas que te hacen parar y pensar. Y darle vueltas. Y es en esas reflexiones cuando te conviertes, sin quererlo, en el capitán Vere, el auténtico protagonista de esta historia, aunque su nombre no aparezca en el título. No sé hasta qué punto Melville (ese hombre que navegó "océanos y bibliotecas") pulió esta pequeña novela. Si el manuscrito que encontró su biógrafo casi tres décadas después de su muerte estaba acabado o era el esbozo de una novela más extensa. Da igual.

'El arte de la guerra', arte para la guerra diaria
Sentarme en el orejero con las piernas cruzadas, las páginas apoyadas en mi pecho y pensar. Porque eso es lo que te pide cada una de las sentencias que Sun-Tzu (no está claro quién fue o si fue una persona o un colectivo) plasmó en 'El arte de la guerra', que pienses en ellas. Se concibieron para la guerra, para ejércitos que luchaban cuerpo a cuerpo en escenarios complicados con generales que cambiaban su estrategia en cada combate y en cuyas filas contaban con antiguos enemigos y que se veían obligados a sacrificar sus bienes para que el adversario no se hiciera con ellos. Sí, esas sentencias se crearon y se juntaron para la guerra, pero... ¿Cuántas guerras luchamos cada día?

Es el mismo ejemplar que compré siendo quinceañera, cuando comencé a componer mi pequeña biblioteca. La misma que me ha acompañado. Por ciudades y en mudanzas. Con sus naufragios, sus pérdidas y sus renuncias. Compré 'Como agua para chocolate', de Laura Esquivel, en el otoño del 94. Una edición insultantemente barata de una de esas colecciones que llenaban los quioscos en septiembre. Casi un cuarto de siglo y no he dejado de quererlo. Ni una sola de las muchas veces que lo he leído. Ni una sola de las pocas veces que he osado preparar alguna de las doce recetas que narran esta historia.

"El gran logro de Conrad es haber transformado la experiencia de su vida marinera en metáfora convincente de la existencia humana". Así lo asegura Jules Cashford en 'Joseph Conrad: homo duplex', el pequeño ensayo que cierra 'El copartícipe secreto', de Joseph Conrad, una frase con la que no puedo estar más de acuerdo. Porque da igual dónde estén ambientadas y quiénes sean los protagonistas de sus obras, siempre tienes algo a lo que agarrarte. O que te agarra.

Hay quien expone estampitas de vírgenes y enciende velas a reproducciones de santos. Yo expongo a esa 'Afrodita' de la cocina y prendo velas de gardenia a viejas fotos familiares en blanco y negro. Me encomiendo a ella, a esa diosa del placer, de los placeres, de la comida y el sexo, porque en este libro de Isabel Allende ambos están unidos. Se cogen de la mano, se besan, se mezclan uno con el otro. Cada vez que paso sus páginas, a veces despacio, recreándome en palabras al azar, a veces rápido, buscando una receta,  el libro suena. Me gusta pensar que me susurra y gime de placer.

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