viernes, 20 de diciembre de 2019

La hora de las mujeres sin reloj


'La hora de las mujeres sin reloj', Mamen Sánchez | @martatorresmol

Una sonrisa. De las que te despierta un rayo de sol en los párpados. Un gato jugando con un ovillo de lana. La aleta de un delfín asomando entre las olas delante de casa. El dorado perfecto de un bizcocho. Eso es lo que te queda de las novelas de Mamen Sánchez. O al menos es lo que me ha quedado a mí en las dos que he leído. Hace años, cuando leí 'La felicidad es un té contigo'. Y ahora, bueno, este verano, cuando en los pocos momentos de relax que me permití (en breve os contaré por qué) leí 'La hora de las mujeres sin reloj'. Una novela que fluye. Y a la que te gustaría mudarte. Sí, porque si pudiera, me convertiría en Maya Millas. Pero no para ser como ella, sino para hacer las cosas bien. Como se supone que hay que hacerlas. Porque Millas, esa periodista que ansía escribir una biografía autorizada de Estela Valiente, conocida escritora que desapareció de la vida pública hace años, pretende usar el engaño. Y eso... eso, en la forma que ella lo hace, no me gusta.

Sobre todo porque Estela Valiente y su hermana Alicia, la dulce Alicia, que renunció a su vida para cuidar de su adorada hermana, son dos auténticos bombones. Como personajes. Y como personas. Lo mismo que su finca, 'Los Rosales', esa casa refugio, casi castillo, que funciona como un personaje más. Protege, cuenta, respira, ve, guarda secretos, acoge, abraza, esconde, vigila. Y sí, es verdad, también se equivoca dejando que Maya Millas se cuele en sus entrañas para descubrir, de mano de la ingenua y confiada Alicia, los secretos de la premiada Estela, esa mujer que triunfó con 'De puertas adentro', que ganó el Premio Nobel de Literatura y de la que no se supo nunca nada más porque se retiró a esa madriguera, jamás publicó una sola línea más y pasa los días en su torre, contestando las cartas de lectores que, décadas después, sigue recibiendo. Y así, colándose, poco a poco, en la vida de las hermanas Valiente, Maya Millas va saltando de secreto en secreto hasta llegar a uno que puede poner patas arriba la fugaz carrera de Estela. Un secreto que tiene que ver con Tony Cienfuegos, amigo de infancia y juventud de la escritora, ya fallecido y autor de la también exitosa 'La casa de ladrillos rojos' (atención al guiño de esta historia a la real de Harper Lee y Truman Capote). No es nada que no se intuya, pero el camino hasta llegar al misterio es tan agradable que eso, saber, intuir, estar convencida de que lo que crees es, da igual. Porque el camino de las entrañables hermanas Valiente, que de tontas no tienen un pelo y que son como unas Zipi y Zape al borde de la edad madura y que juegan a las cartas con sus amigas del pueblo, es hipnótico, divertido y emocionante. De los que te pintan una sonrisa en la cara. Como cuando descubres una nube que se parece a Fújur. Encuentras un as de corazones tirado en la acera. O el pelo, bailando con el viento, te hace cosquillas en la espalda.

"Alicia era dulce como las uvas pasas. Estela estaba recubierta de la piel amarga de las nueces verdes. Ambas habían nacido en aquella casa, con un intervalo de doce meses justos entre la una y la otra. Bendita madre la suya, que no tuvo tiempo ni para respirar entre embarazo y embarazo. Contaba que nada más parir a Estela, en cuanto la niña dio su primer alarido a la vida, apareció Alicia en pañales, gateando como un animalillo asustado, y después de un redoble de tambor (imaginario), se agarró al borde de la cama y se puso de pie. Dio tres pasos de equilibrista, balanceándose con los puñitos cerrados, hacia la cabecera, y en sus ojos había un no sé qué de curiosidad, una interrogación que se le quedó alojada entre ceja y ceja desde aquel día, y que salía a la superficie cada vez que miraba a su hermana".

Título: 'La hora de las mujeres sin reloj'
Autora: Mamen Sánchez
Editorial: Espasa
Páginas: 336 
Precio: 8,95€
Procedencia: regalo familiar


sábado, 7 de diciembre de 2019

'Zorba el griego'


'Zorba el griego', Nikos Kazantzakis (Acantilado) | @martatorresmol

Hay libros que te esperan. Que son pacientes. Que saben, porque los libros siempre saben, escoger el momento. 'Zorba el griego' me encontró en Barcelona. En Rambla de Catalunya. Yo ni había pensado en él. De hecho, rumbo a Creta, la fascinante isla en la que se ambienta (os debo una entrada sobre ella), llevaba otro libro conmigo. Otro que pasa en Grecia, aunque no en Creta. Pero la obra más popular de Nikos Kazantzakis se me metió en la maleta en un paseo por la que durante unos años fuera mi ciudad. Entre vuelo y vuelo. Así que Zorba, ese viejo apasionado por la vida y sus placeres, volvió a Creta. A sus puertos venecianos, sus montañas nevadas en pleno verano, sus iglesias blancas en acantilados casi negros, su mar de infinitos azules, sus sinuosas carreteras pobladas de cabras... No se me ocurre mejor lugar para leer esta historia que junto al mar (la Mar) en un pequeño pueblo de pescadores de casas blancas al que no llegan las carreteras o en uno de esos viejos y bulliciosos puertos mientras el día se apaga y el faro se enciende.

La historia comienza en otro puerto,  El Pireo, en Atenas. Con un encuentro. Un joven e ingenuo intelectual dispuesto a recuperar una mina de lignito en Creta tropieza, es un decir, con Alexis Zorba, ese viejo disfrutón que no se separa jamás de su santur. El joven está a punto de zambullirse de nuevo  en su ejemplar de ‘La Divina Comedia’ (qué belleza) cuando se percata de que alguien, un viejo, le mira a través de los cristales del café. Un viejo que se abalanza sobre él para pedirle trabajo. De lo que sea. Porque ese viejo asegura que sabe de todo. Que ha trabajado de todo. Que sirve para todo. Y ahí, en ese tropiezo entre la juventud y la vejez, entre la bisoñez y la experiencia, entre el cerebro y el corazón está la clave del libro. Y de la vida. Porque de eso exactamente, de la vida, trata 'Zorba el griego'. De un hombre que la devora a bocados que no le caben entre las mandíbulas. Y de otro que la contempla, metida en una burbuja de cristal, para no quebrarla.

Pero la vida rompe cosas. Y personas. A veces lo destroza todo. Y lo desordena. Y lo vuelve patas arriba. La vida se rompe. Y te rompe. Y a pesar de todo, sigue. Se recompone. O no. Pero sigue adelante. Con los bailes. Con el amor. La pasión. La amistad. Los placeres. La música. El sol. La caricia del mar. Los juegos. Las risas. Los enredos. Y eso, eso es lo que sabe tan bien ese viejo del santur que blasfema, que se enamora y corteja a las mujeres, que tiene sueños de ingeniero, que despilfarra, que bebe, que baila y que es capaz de ver en los ojos de los demás lo que ni ellos mismos saben. Aún. Y eso es lo que, con sus formas desbordantes y sin pretenderlo, le descubre a su jefe desde el primer instante. Desde ese encuentro en el café, hasta la última carta que le escribe muchos años después de esa aventura en Creta. Esos días en los que, mientras su jefe anda preocupado por poner en marcha la mina y metido en sus libros, Zorba seduce a Madame Hortense, la vieja prostituta de cuyas carnes jóvenes se enamoraron tres marinos; anima el fuego entre la viuda y el joven intelectual; le reprende por su forma de llevar la mina, y de acercarse a los trabajadores; viaja en busca de unos materiales que nunca trae, le prometen con su Bubulina, idea un desastroso sistema para reconvertir la mina, trata de impedir un asesinato, toca el santur y baila. Baila. Vive. Vive hasta el final. Y a pesar de todo. Porque de eso, de la vida, de devorarla a bocados que no caben entre las mandíbulas o de contemplarla como una bellísima burbuja de cristal.


"Lo vi por primera vez en el Pireo. Había ido al puerto a tomar el barco rumbo a Creta. Era casi el alba. Llovía. Soplaba un fuerte siroco y las salpicaduras del mar llegaban hasta el pequeño café. Con las puertas de cristal cerradas, el aire olía a hedor humano y a salvia. Afuera hacía frío y las ventanas se habían empañado. Cinco o seis marineros trasnochados, con sus camisetas marrones de lana de cabra, tomaban café e infusiones de salvia y miraban el mar a través de los enturbiados cristales".


Título: 'Zorba el griego (Vida y andanzas de Alexis Zorba)
Autor: Nikos Kazantzakis
Traductora: Selma Ancira
Editorial: Acantilado
Páginas: 384
Precio: 22€
Procedencia: comprado

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