viernes, 11 de diciembre de 2020

Salmón marinado (de Dorothy)




Me encanta el salmón. Bueno, el pescado en general, pero el salmón es uno de mis favoritos. Me gusta casi tanto como la roja (cabracho, cap-roig, escòrpora...), el rodaballo, el rape y el mero, que son los que más. El salmón estaría, por versatilidad y por precio, a la altura del bacalao en mi ranking de pescados. Está rico de cualquier forma (a la plancha, en papillote, en tartar, carpaccio...) y acepta multitud de acompañamientos y salsas. Una de las formas en las que más me gusta tomarlo es marinado, pero el precio no es precisamente económico. Por eso hace ya un tiempo que decidí hacerlo yo. Aunque el pescado no es un producto barato, sale muy a cuenta prepararlo en casa. La receta no puede ser más sencilla y, además, permite todo tipo de juegos para que no siempre tenga el mismo sabor. Sólo hace falta un poco de imaginación y ganas de experimentar. 

Ingredientes:
—1 lomo de salmón fresco de un kilo
—600 gramos de sal gorda
—400 gramos de azúcar
—Pimienta negra
—Eneldo fresco picado
—Sal ahumada

Preparación:
—Cortad el lomo de salmón en dos piezas de medio kilo más o menos, así haremos salmón marinado con dos sabores diferentes. Es muy importante no quitarle la piel y mejor si podéis escoger una pieza que sea gruesa, de unos tres dedos de ancho.

—Repasad el pescado con las manos para quitarle las espinas que pueda tener. Las del salmón son grandes y se tocan bien, no sufráis. Yo también repaso la zona de la piel, por si tiene muchas escamas, para quitárselas.

—Mezclad bien en un cacharro el azúcar y la sal gorda. Por si queréis hacer otras cantidades, la proporción que yo utilizo es siempre de un 60% de sal gorda y un 40% de azúcar del total del peso del pescado que se vaya a marinar. Es decir, que si el lomo pesa 650 gramos tendríamos que hacer la mezcla con 390 gramos de sal y 260 de azúcar. Sólo hay que hacer una regla de tres.

—Añadid pimienta negra recién molida, al gusto. Y, como vamos a hacer dos piezas de sabores diferentes, dividimos esa mezcla en dos recipientes. 

—En uno añadimos el eneldo fresco picado. La cantidad depende de si os gusta mucho el eneldo o no. Yo la pongo a ojo, pero para un lomo de medio kilo pondría medio vaso de eneldo fresco picado. He dicho fresco, sí. A ver, que a unas malas se puede poner el de bote pero no va a ser lo mismo. Yo aviso.

—A la otra mezcla le añadimos dos cucharadas de postre de sal ahumada. si os gustan los sabores fuertes, como a mí, siempre podéis añadirle una más.

—Este paso es en el que os digo que se puede jugar con los sabores. Podéis añadirle a la mezcla de sal y azúcar las especias que os gusten o, incluso, alguna fruta picada. Si ésta contiene mucha agua tendréis que aumentar la cantidad de sal y azúcar.

—Cubrid el fondo de los recipientes en los que vayáis a marinar el salmón con las mezclas y colocad el pescado encima con la piel abajo. Cubrid bien los lomos con las mezclas de marinada. Deben quedar completamente cubiertos. Tapad con film de forma que quede lo más prieto posible y colocad peso encima (sirven unos bricks o unos botes de conserva) y meted en la nevera. Cada ocho horas, más o menos, echadle un ojo y retirad el líquido, un almíbar, que se va formando al expulsar el salmón el agua y mezclarse con la sal y el azúcar.

—A ver... Yo lo dejo 36 horas y no le doy la vuelta al pescado. Me gusta hacerlo así porque me parece que queda más tierno y jugoso. Pero probad. La receta clásica y pura dice que a las 24 horas habría que desenterrar el pescado, darle la vuelta, esto es, con la piel hacia arriba, y volver a cubrirlo. También dice que debería marinar durante dos días completos. Id probando hasta dar con la combinación que más os guste.

—Pasado el tiempo de marinada, sacad el pescado y retiradle bien los restos de sal y azúcar. Para quitárselo todo, pasad el pescado levemente por el agua del grifo y secadlo luego perfectamente con papel de cocina.

—Guardad en un recipiente hermético en la nevera. Puede durar hasta dos semanas, pero ya os digo yo que no os va a durar tanto. 

lunes, 7 de diciembre de 2020

El director: secretos e intrigas de la prensa... (David Jiménez)

 



Dos tardes. Y no una porque tenía cosas que hacer. Es lo que me ha durado la lectura de 'El director: secretos e intrigas de la prensa  narrados por el exdirector de El Mundo', de David Jiménez. Apasionante. Trepidante. Interesantísimo. El libro es, realidad, un mirilla a través de la que observar, sin ser vistos, las entrañas de un gran medio, en el que, salvando las distancias y los tamaños, se cuecen más o menos los mismos conflictos, dudas y enfrentamientos que en uno pequeño. El libro, aunque sea una crónica de 300 páginas, se lee como una novela. Con sus protagonistas, sus tramas, sus problemas y su desenlace. Sí, porque tiene un principio y un final que, además, como a mí me gusta en las crónicas, forman un círculo en el que final y principio se funden. El volumen comienza con el propio autor llegando a la sede de El Mundo, en Madrid, donde el guardia de seguridad le impide el paso ya que se ha olvidado la cartera, donde lleva la acreditación. Y termina en el momento en el que firma su salida de este medio, mucho antes de lo que pensaba y sin haber tenido la oportunidad real de poner en marcha su proyecto. Ni por medios ni por tiempo ni por libertad.

Antes de llegar a ese despacho que no tiene mucho interés en decorar, David Jiménez se recorrió medio mundo cubriendo guerras, desastres como el de Fukushima o revoluciones. Su visión es la de un reportero, la de alguien más acostumbrado a moverse entre el barro que sobre la moqueta. La de alguien que tiene claro que lo importante en cualquier medio es la información y, sobre todo, contarla de una forma diferente, ir más allá, y todo ello sin tener en cuenta las presiones, vengan del lado que vengan. Es decir, lo que quiere cualquier periodista con vocación de reportero. Pero las cosas no son tan fáciles cuando estás al frente de un medio y cuando tienes que sortear el fuego amigo, disparado desde dentro de la empresa, para publicar aquello que crees que debe publicarse. El libro relata las presiones que recibe desde las altas instancias de la empresa para retirar informaciones que afectan a partidos, empresas del IBEX y políticos. También el comportamiento de estos últimos en situaciones digamos que complicadas y cómo se las gastan cuando el director no accede a sus peticiones, a hacerles el favor de no publicar algo, de retirar un nombre de una información, de retrasar su publicación... Pero también los juegos de poder internos. Las zancadillas, las lealtades, los vaivenes subterráneos de quienes quieren su silla o de quienes preferirían que fuera para otro. Más afín. O más colega. Porque una cosa no quiere decir la otra.  

Evidentemente, mi lectura es la de una periodista. Pero este libro no está escrito sólo para los que conocemos el oficio y el día a día en un diario tradicional, de los de papel, con redacciones ruidosas (teléfonos, impresoras, maldiciones, risas, trotes, gritos, murmullos de grabadoras en segundo plano...) y jornadas impredecibles. De hecho, creo que precisamente nosotros somos los últimos para los que está escrito. No hace falta saber de periodismo. Ni conocer los medios. David Jiménez hace en este libro lo que cualquier periodista hace cada día. Explicar lo que ve, lo que oye y lo que vive a personas que no han estado allí. Que no tienen porqué saber absolutamente nada sobre ese tema antes de embarcarse en la lectura de un artículo. Y que tienen que poder entenderlo todo cuando lleguen al último punto. Habrá quien piense que Jiménez se ha quedado corto. O que ha exagerado. O que le ha puesto mucha literatura (en fin, mucha de la buena literatura de la historia se ha hecho desde el periodismo). Yo sólo sé lo que he visto, oído y vivido en mis más de veinte años en este maravilloso y amado oficio mío. Y he sonreído al reconocer, aunque plasmados en estas páginas a mayor escala, muchas situaciones y conversaciones. Y personajes. Y formas de entender esta profesión. De practicarla. De pervertirla. De odiarla. De amarla. 

"El guardia levantó la mirada y preguntó el motivo de mi visita. Había pasado los últimos 18 años lejos de la redacción como corresponsal y el hombre no me reconocía como uno de los periodistas del diario. Me pidió la identificación y, al llevarme la mano al bolsillo, me di cuenta de que no la llevaba conmigo.
—Vaya —dije—, olvidé la cartera en casa.
—Si no tiene identificación no puede entrar. ¿Tiene una cita?
—Verá... Yo en realidad venía a...
Chismes, nuestro redactor jefe de crónica rosa, apareció en ese momento haciendo aspavientos:
—¡Es el nuevo director! ¡Es el nuevo director!
Una de las secretarias corría hacia nosotros para aclarar el malentendido, mientras el vigilante quería que se lo tragara la tierra y yo me preguntaba si aquello no sería una señal de que todo iba a ser más difícil de lo que había imaginado. Después de todo, el tipo al que habían parado en la entrada era el más improbable de los directores de periódico que hubiera tenido el país".

Título: El director
Autor: David Jiménez
Editorial: Libros del K.O.
Páginas: 295
Precio: 18,90€
Procedencia: regalo

lunes, 30 de noviembre de 2020

Media vida (V. S. Naipaul)



 
Una siempre se acerca a un Nobel con reparo. Con inquietud. A veces, incluso, con miedo. Cuando no se le ha leído antes, claro. Cuando el premio llega después de que conozcas sus puntos y sus comas, en cambio, te acercas a sus libros como a la carnicería de la esquina. El ser humano es extraño. Y los lectores, más. El caso es que a V. S. Naipaul (Vidiadhar Surajprasad) me acerqué así, con un poco de reparo, cogiendo el libro con pinzas, y con bastante prejuicio, ya que lo que me venía a la cabeza cada vez que veía un libro suyo o veía su nombre era aquella vez en la que el difunto escritor afirmó que la literatura escrita por mujeres era peor que la escrita por hombres. Y eso, a mí, es algo que no se me olvida. Pero bueno, hace tiempo que trato de no descartar lecturas simplemente porque los autores me caigan mal, al fin y al cabo sin escritores, no relaciones públicas ni comerciales. Así que cuando vi en una librería de segunda mano este ejemplar de 'Media vida', esos maravillosos ejemplares de Plaza Janés para Areté (grandes, pesados, de tapa dura, con papel bueno, espacios en blanco, suaves sobrecubiertas, letra grande, detalles dorados, títulos en relieve...), a dos euros, ni me lo pensé. El Nobel, a la saca.

La historia, la primera de Naipaul después de ganar el Nobel, es curiosa. Un joven indio, cuyo padre bautizó con el nombre del autor de 'Al filo de la navaja' por un encuentro en su juventud, consigue una beca para estudiar en Londres, donde descubre que su vida mejora si se inventa quién es y que acaba huyendo a África tras casarse con una joven que, extrañamente, le admira. Naipaul despista. Empieza con el padre, ese hombre víctima de su propia furia causada por sus propias decisiones (una de ellas, casarse con una mujer de casta inferior que no le gusta como revulsivo) que pensamos que será el protagonista. Pero no. Es sólo un preámbulo para que entendamos, páginas adelante, las reacciones y el comportamiento de Willie en ese Londres de posguerra en el que intenta destacar, sin llegar a conseguirlo, lastrado por la misma ambición mal dirigida de su padre. Y es en ese Londres oscuro e incierto donde ya vemos que Willie no tiene remedio, que será siempre lo que es, aunque lo disimule, y aunque se vaya a vivir a un tercer continente. Willie es uno de esos protagonistas que me ha caído mal. Me ha parecido un panoli. Pero es un panoli necesario para resaltar la personalidad de quienes tiene a su lado. Cuando decía al inicio que la historia es curiosa lo decía porque he tenido la sensación de leer tres libros en uno: la historia del padre, las aventuras de Willie en Londres y su vida en familia en África. Es la misma novela, pero la sensación es que han sido tres, muy cortitas, pero tres. Las dos primeras son necesarias para la tercera, que es la parte que más me ha gustado. Y las tres, en conjunto, es decir, como una única novela, se me han quedado cortas. Me hubiera gustado saber mucho más de ese hombre que decide desnudarse y hacer vida en un templo de la India, el padre de Willie, un personaje hilarante. También de la vida de un recién llegado de la India en el Londres de posguerra. Y de ese día a día en África. Pero es que de eso mismo va 'Media vida', de vivir a medias, de tratar de encontrar tu lugar en el mundo y no llegar a encontrarlo nunca, de los vacíos que nos va dejando la existencia. Y cómo todo ello cae, como una maza, al alcanzar el supuesto ecuador de la vida. Ése en el que el indio al que bautizaron con el nombre de un escritor vuelve, con las ambiciones incumplidas, a Europa, con su hermana, ésa a la que despreciaba por parecerse a su madre y que vive ahora en Berlín, tras una media vida fascinante.

"Willie Chandran le preguntó un día a su padre:
—¿Por qué me llamo Somerset de segundo? En el colegio acaban de enterarse, y los chicos se burlan de mí.
Su padre respondió sin la menor alegría:
—Te pusieron ese nombre por un gran escritor inglés. Seguro que has visto sus libros en casa.
—Pero no los he leído. ¿Tanto le admirabas?
—No estoy muy seguro. Escucha, y decide tú mismo.
Y ésta es la historia que empezó a contar el padre de Willie Chandran. Llevó mucho tiempo. La historia fue cambiando a medida que Willie crecía. Se fueron añadiendo cosas, y cuando Willie se fue de la India, a Inglaterra, ésta era la historia que había oído."

Título: Media Vida
Autor: V. S. Naipaul
Traductora: Flora Casas
Editorial: Plaza y Janés
Páginas: 240
Precio: 2€
Procedencia: segunda mano

viernes, 27 de noviembre de 2020

Minestrone (a la manera de Dorothy)

 



El lunes llegó el frío. Bueno, aquí le llamamos frío, pero un mesetario se reiría de mí. Mirando la temperatura, claro, porque luego, aquí, los 13 grados que se meten en los huesos por culpa de la humedad consiguen que echen de menos sus dos grados. El caso es que el lunes llegó el frío, ese momento en el que la piel se eriza debajo del ligero camisón cuando salgo a dar el primer sorbo del café con leche a la terraza, mirando el mar (la Mar), y eché de menos una buena sopa minestrone. Calentita. Sabrosa. Un pelín picante. Uno de mis básicos de invierno. La preparé por primera vez hace mucho, cuando vivía en Barcelona, en un sábado en el que los cristales del salón, tras pasar la noche temblando, se cubrieron de nieve. Un sábado frío en el que no me apetecía vestirme ni peinarme ni salir de casa. Y busqué en mis libros, revistas y libretas de recetas algo de cuchara (soy muy de cuchara) que pudiera preparar con lo que teníamos en casa. Y así entró la sopa minestrone en mi vida.

Lo bueno de esta sopa es que puedes jugar tanto con ella... La idea es hacerla con verduras de temporada, así se aprovecha que están en su mejor momento, de sabor y para el bolsillo. Además, la puedes adaptar a tu gusto. Que no te gustan las judías verdes, pues no se las pones. Que te flipa el apio, pues cortadito y adentro. Y, sobre todo, como me pasó a mí la primera vez que la preparé, a lo que tengas en ese momento en la nevera. Yo suelo hacerla sólo con verduras, legumbres y pasta, pero si os gusta más el arroz, pues ponedle arroz. Y, si necesitáis engañar vuestro paladar para comer verduras y legumbres con alegría, pues siempre le podéis dar un toque de jamón picado por encima en el momento de servir o un vuelco absolutamente carnívoro con unas costillas de cerdo, unos trozos de chorizo o cualquier otra carne o embutido que os guste. Dicho ésto, yo no os lo recomiendo porque os perderíais una delicia. Cascar un huevo en la sopa con el fuego ya apagado y revolver, como si fuera una sopa de ajo, le da un puntito interesante. Sea como sea, hacedla. Es económica. Se prepara rápido. Está riquísima. Y calienta el estómago y el corazón.

Ingredientes:
—1 cebolla
—3 tomates maduros
—1 calabacín pequeño
—1 puerro pequeño
—1 zanahoria
—1 ramita de apio
—2 litros de caldo (de verduras o pollo)
—400 gramos de judías blancas ya cocidas
—Pasta mediana (yo uso tiburones o coditos)
—Sal y pimienta
—Nuez moscada
—Aceite de oliva
—Parmesano en un trozo
—4 hojas de albahaca

Preparación:
—Picad todas las verduras menos el tomate muy pequeñitas. Cuanto más pequeñas las cortéis, menos tiempo necesitaréis, así que como os guste más o como os convenga más en función del tiempo que tengáis. (Yo he escogido éstas, pero podéis usar las que os gusten o las que haya de temporada eso sí, la cebolla y el tomate son básicos). No mezcléis la cebolla con el resto de las verduras. 

—Rallad los tomates. La pulpa, vaya, la piel la tiráis.

—En una olla, pochad la cebolla a fuego lento en un par de cucharadas de aceite de oliva. Es importante que la cebolla no se dore, sino que se quede transparente.

—Cuando la cebolla esté transparente, añadid la pulpa del tomate y un pellizco de sal. A mí me gusta con tomate natural, pero sé que hay quien usa tomate de lata, natural o triturado. Dejad que el tomate se vaya haciendo, hasta que haya perdido bastante agua y el color sea un poco más intenso.

—Volcad entonces en la olla el resto de las verduras picadas y dadles un par de vueltas, un par de minutos, no más.

—Echad el caldo y esperad a que hierva. Coced unos diez minutos y añadid entonces las judías blancas. Sirven las de bote, pero en ese caso tened cuidado al sacarlas del bote para que no se rompan y pasadlas por agua. Agregad pimienta al gusto, nuez moscada (con cuidadito) y comprobad el punto de sal.

—Coced otros cinco minutos y, si vais a consumirla al momento, añadid la pasta y coced lo que indique el fabricante. Si no vais a comerla al momento, o hacéis para varios días, no le echéis la pasta, dejad ese paso para cuando sí vayáis a consumirla.

—Cuando la pasta esté hecha y el fuego parado, sumergid las hojas de albahaca y dejadlas un par de minutos antes de sacarlas.

—Servid y rallad parmesano al gusto sobre cada plato. Si os gusta la sopa un poco más densa o no tenéis parmesano a mano, yo a veces cometo el sacrilegio de, ya en el plato, mezclarle una cucharada de yogur griego sin azúcar. Le da un puntito más ácido que a mí me encanta.

Buon appetito!


domingo, 22 de noviembre de 2020

El aliado (Iván Repila)




Vamos a ver… Sí pero no. Hace ya un tiempo que acabé ‘El aliado’, de Iván Repila, y aún no tengo claro si me ha gustado o no. Y eso que lo he dejado dormir un tiempo para ver si sí o si no. Me gustó muchísimo el principio. Ese hombre que se considera feminista, bueno, al menos no machista, pero que se da cuenta de que no es del todo así al conocer a Najwa, activista por la igualdad. Reconozco que me reí mucho con algunas de las situaciones entre la pareja al inicio del libro. Pero… Y aquí viene el pero. Hay un momento en el que esta sátira se vuelve no sólo muy agria sino también, y eso es, creo, lo que me sacó por completo de ella, la inverosimilitud. Ese momento en el que la historia, que ha dado ya un vuelco importante, se convierte en increíble. Por más que te esfuerces.

Las ironías del libro, que no son pocas, comienzan en el propio título. En ese concepto falsamente feminista con el que hasta hace poco se definían los hombres que decían que apoyaban la causa de la igualdad de la mujer. La apoyaban, sí, pero luego no afeaban a sus colegas que tocaran el culo a una mujer, que hicieran comentarios sobre su físico, que contaran chistes de machirulos, que compartieran intimidades sexuales, que dudaran de su capacidad profesional y achacaran su ascenso a habilidades nada profesionales… Eso era un aliado feminista. Un hombre que abogaba por la igualdad únicamente de boquilla. Ni un hecho. Así que ahí tenemos ya la primera ironía. La que llega antes de un capítulo cero que es un avance de lo que veremos mucho más adelante. Mucho después de que el protagonista de esta novela conozca a Najwa, feminista, en una conferencia de Siri Hustvedt, de la que no ha leído una sola línea. Mucho antes de que se hagan amigos, se líen, se emparejen. Y mucho antes de que todo se vaya al garete.

Ahí empieza el gran plan de este hombre. Un falso feminista reconvertido por amor y que urde un plan para hacer que el feminismo triunfe: provocar a las mujeres para que reaccionen con violencia y acortar, así, el camino a la igualdad. Muy inteligente, vaya. Y muy feminista eso de pensar que va a ser un hombre el que abra por fin las compuertas de la lucha de las mujeres. Ahí pasa de la sátira agradable a una distopía completamente loca, una exageración descontrolada con la que, sinceramente, me ha costado mucho conectar. A partir de ahí no me he reído nada. De hecho, hay momentos en los que me ha disgustado mucho y en los que he estado a punto de abandonar el libro. Hay algo en esa segunda parte, no sé si es en el tono o en la deriva de la historia, que no me han gustado y que han hecho que se me atragante un poco una lectura que, hasta ese momento, estaba devorando. Hay escenas hilarantes, cierto, pero hay algo que, a mí, no me ha encajado en esa segunda parte que lo que cuenta es uno de los mayores mansplainings (y mansactings, ya puestos) del planeta. Sátira sobre sátira. 

“Yo soy el tío más feminista del mundo.
Sin embargo, tengo mis contradicciones. Ahora mismo, por ejemplo, mis cinco compañeros y yo estamos tirando huevos sobre un grupo de mujeres desnudas o semidesnudas que se manifiestan delante del ayuntamiento. Los dos primeros proyectiles han fallado el objetivo por exceso de fuerza, pero los siguientes han impactado perfectamente en la cara y las tetas de las que sostenían la pancarta principal. Veo volar nuestros huevos como a cámara lenta, describiendo una hermosa parábola de abajo arriba y de arriba abajo, hasta estallar y convertirse en una baba pegajosa, sin belleza, natural, y pienso en la honda de David y el dibujo que hizo la piedra en el aire antes de inflamar la carne y desmontar el cartílago del hueso de Goliat, y no puedo evitar darme la razón cuando digo que hay algo platónico en la violencia”.
 
Título: El aliado
Autor: Iván Repila
Editorial: Seix Barral
Páginas: 256
Precio: 18,50€
Procedencia: comprado

lunes, 16 de noviembre de 2020

La joven de la perla (Tracy Chevalier)

 


A un libro de medio euro no se le dice que no. Y menos si es un libro que, hace años, querías leer. Aunque no fuera el momento. Descubrí 'La joven de la perla' en el cine. En uno con la pantalla como las de antes, grande, centrada, con esas maravillosas imperfecciones de las salas de cine analógicas que tanto echo de menos. Me gustó tanto aquella historia en la que pasa todo sin que pase nada que cuando salí del cine busqué el libro de Tracy Chevalier, ése que en la que la propia pantalla me susurró que estaba inspirada aquella película. Lo busqué en las librerías. Y lo encontré. Leí las primeras páginas, no fuera a ser que todo lo que me había gustado de aquella historia en la que Vermeer, el pintor, absorbe el alma de Griet, la última criada llegada a su casa, en un baile que parece admiración, deseo, enamoramiento, fuera únicamente fruto de la magia del cine. Pero no. Si hubiera habido un taburete me habría sentado allí mismo a seguir leyendo. Hasta llegar a la quinta o sexta página, cuando descubrí que alguien había decidido arrancar unas cuantas hojas de aquel ejemplar, que era el único de la librería. Allí lo dejé. Pensando que era una señal de que no debía romper esa norma de no leer un libro inmediatamente después de ver la película. Y nunca, hasta ahora, se había vuelto a cruzar en mi camino.

Hasta hace unas semanas. En una librería de segunda mano. Buscaba otra cosa y, de repente, ahí apareció. Un ejemplar pequeño, de hojas muy amarillentas. De bolsillo, pero con tapa dura. Y con el popular cuadro del pintor neerlandés que da título al libro estampado en la portada. Ese rostro medio girado de una joven de ojos grandes, que esconde su pelo bajo varias telas y en el que una perla de tamaño considerable, colgada de su lóbulo izquierdo, parece concentrar toda la luz de una mañana de la preciosa Delft. A un libro de medio euro no se le dice que no. Y menos cuando años atrás lo tuviste entre las manos deseando leerlo. 

'La joven de la perla' es bellísima y oscura. Bella como el rostro de Griet, la adolescente protestante que no tiene más remedio que servir en casa del pintor, una familia católica, cuando su padre, un prestigioso azulejero, se queda ciego tras un accidente con el horno. Oscura como las tardes de la bonita localidad de Delft, como los días cuando el sol no consigue vencer la eterna neblina de esas latitudes. Es pequeña. Un caramelo. De los que se degustan sin prisa pero que duran apenas unos minutos en la boca. La fascinante relación entre criada y pintor queda ya establecida en las primeras páginas. En ese primer encuentro sorpresa en la cocina de la casa de Griet en el que el pintor se sorprende por cómo ha colocado las verduras que está picando para el caldo y cuyo orden no se corresponde a en el que se echan en el caldo sino que responde a una cuestión estética. "Los colores se pelean cuando están juntos, señor", responde, tímida, la joven, a la que la familia Vermeer contrata para una curiosa tarea: limpiar el estudio del pintor. Unas dependencias ubicadas en la parte más alta de la casa y en la que toda la familia, incluida su mujer y sus hijas, tienen completamente prohibido entrar. Las directrices que debe seguir Griet son muy claras. Debe limpiar, pero dejándolo todo exactamente en el mismo lugar y la misma posición en los que estaban antes de entrar. Como si en vez de una persona hubiera limpiado un espíritu. 

Y así, sin apenas verse. Con ese diálogo de movimientos fantasmales (Griet limpiando lo que Vermeer luego pasa horas contemplando para sus pinceladas) se establece una relación entre ambos cuya intensidad no escapa al avispado ojo de Maria Thins, la suegra del artista, uno de los personajes más interesantes de la novela. Una mujer inteligente, educada, respetuosa, la autoridad real de la casa. Una mujer que, consciente de que nunca en la casa habían tenido una criada que les fuera a causar tantos problemas, sabe que la presencia de Griet estimula la creatividad del pintor, cuyos cuadros avanzan con demasiada lentitud como para sostener realmente a la familia. Griet lidia con las suspicacias de todos los miembros de la familia (la curiosidad de la inquietante y pequeña Cornelia, los celos de Catharina, la esposa del pintor; la envidia de Tanneke, la otra criada de la casa; la insistencia amorosa de Pieter, el carnicero; las exigencias de Maria...) y la creciente distancia con su familia. Todo se precipita cuando el principal cliente de Vermeer exige al artista que pinte a Griet, a la que persigue y acosa con intenciones poco decorosas. Un juego, un baile, una melodía. Una historia tan bella como oscura.

«Mi madre no me avisó de que iban a venir. Después dijo que no quería que pareciera nerviosa. Me sorprendió, pues creía que me conocía bien. Los desconocidos pensaban que era una persona tranquila. No me ponía a llorar como una cría. Sólo mi madre reparaba en la tensión de mi mandíbula, en lo abiertos que tenía mis ojos ya de por sí abiertos.
Estaba picando verduras en la cocina cuando oí voces al otro lado de la puerta principal: una de mujer, radiante como el latón bruñido, y otra de hombre, grave y oscura como la madera de la mesa en la que estaba trabajando. Eran la clase de voces que rara vez oíamos en nuestra casa. Aquellas voces hacían pensar en lujosas alfombras, libros, perlas y abrigos de piel.
Me alegré de haber fregado con tanto ahínco los escalones de la entrada».

Título: La joven de la perla
Autora: Tracy Chevalier
Traductor: Ignacio Gómez Calvo
Editorial: DeBolsillo
Páginas: 270
Precio: 0,50€
Procedencia: librería de segunda mano

domingo, 8 de noviembre de 2020

Sólo para gigantes (Gabi Martínez)



Yo, de mayor, quiero escribir como Gabi Martínez. Quiero meterme en las historias como se mete él. De cabeza. Y vivirlas como las vive él. Si hay alguien que represente ahora mismo en España el Nuevo Periodismo de los años 60, ése que nos vuelve locos a los que amamos este maltratado oficio en vías de extinción, es él. Periodismo que es casi novela. Investigaciones, casi persecuciones a veces, de historias. Y una forma de contar de las que te atrapa. Y eso es exactamente lo que hace en 'Sólo para gigantes', en la que cuenta la historia de Jordi Magraner, un zoólogo de origen valenciano al que asesinaron en el Hindu Kush pakistaní, donde llevaba quince años buscando al yeti.

La historia comienza en un avión, sobrevolando esas montañas siempre cubiertas de nieve en las que Magraner encontró su paraíso y donde la muerte le encontró a él. En su silla, en su casa, en un refugio al que no hubiera dejado entrar a un extraño. Allí lo degollaron. Lo mismo que, unos días más tarde, al niño kalash al que estaba educando. Allí lo encontró Shamsur, el anterior niño al que había educado. Alguien con quien había compartido esos quince años y que inevitablemente está también en el saco de los posibles asesinos del zoólogo. Un saco bien nutrido, ya que durante todos esos años explorando la fauna de la zona si algo se había granjeado eran algunas enemistades. Vehemente, convencido de tener siempre la razón, un líder nato... Magraner había pisado callos y levantado ampollas en una zona cada vez más caliente en la que, con el estallido de los talibanes, el extranjero amante de los kalash (una etnia de origen indoeuropeo, se dice que descendientes de los soldados del propio Alejandro Magno, que practica el paganismo y que vive rodeada, casi acosada, de musulmanes) se va convirtiendo en un sospechoso. Sobre todo cuando a pesar de las amenazas y de la falta de recursos para sus investigaciones, decide resistir. Quedarse. Seguir en esas montañas. En su edén. A la búsqueda del barmanu, ese ser, mezcla de primate y humano, que aparece en las leyendas. Que muchos lugareños afirman haber visto. Del que hay huellas. Y que el propio Magraner y algunos de sus compañeros de aventura aseguran, incluso, haber oído. 

Gabi Martínez descubre a Magraner en un libro. Y ve ahí una historia que contar. Magraner perseguía al barmanu y Martínez persigue a Magraner. Su eco. Su fantasma. Sus huellas. Lo persigue en las palabras y los silencios de su familia. En los objetos que dejó atrás. En las opiniones de quienes fueron sus colegas, compañeros e, incluso, en sus rivales en esa aventura que para otros era locura. En sus textos. En los recuerdos de quienes se cruzaron con él allá lejos, entre las montañas. Porque sí, Martínez viaja al Hindu Kush, a esas montañas siempre nevadas, para tratar de encontrar la verdad de un asesinato que seis años después seguía sin culpables. Y con un sinfín de preguntas. 'Sólo para gigantes' va y viene. Salta. De la vida de Magraner a la búsqueda de Martínez. De la obsesión por una leyenda a la obsesión por el buscador de leyendas. Del día a día del zoólogo que perseguía un sueño a las preguntas, sospechas y miedos del periodista, que mira a los ojos, pregunta y hasta convive con aquellos que, quién sabe si empuñaron el arma que segó la vida de Magraner. Y quién sabe si no podrían hacer lo mismo con él. De noche. En mitad de las montañas siempre nevadas en la frontera entre Pakistán y Afganistán. Buscar respuestas no es fácil. No es barato. No es inocuo. Las respuestas pueden ser más escurridizas que el barmanu. Pero su búsqueda es apasionante. Y eso es, exactamente, lo que cuenta este libro.

"La sombra del Fokker se tiende sobre laderas de montañas gigantes, la mayoría sin nombre. El pequeño avión de hélices avanza entre las anónimas cumbres inmensas que se erizan alrededor. Dicen que en la cordillera del Hindu Kush hay más de cuarenta picos por encima de los seis mil metros, majestuosas cimas que albergan lagos edénicos, glaciares, torrenteras de fábula y bosques vírgenes donde otra vida es posible. Más de cuarenta picos rebosantes de tesoros..., eclipsados para el mundo, sólo atento a la popularidad de 'los techos'. Noshaq, Istoro-nal, Saraghrar y el campeón, el único que en realidad se menciona y trasciende, el Tirich Mich. 
 Los techos. 
La altura les hizo merecedores de un nombre y, de esa forma, de un lugar en la memoria. 
 Es verano. Ni una nube. El sol ya quema, pero las nieves continúan perpetuas en las cimas de las moles que se encadenan encajonando la vida ahí al fondo, sugiriendo que, en los valles, todo está a su merced. 
 Ahí al fondo. 
 Se habla de talibanes emboscados tras la última ofensiva del ejército pakistaní. Se divisan llanuras imprevistas y hermosas. Se adivinan leyendas de las que nada se sabe al otro lado de esta empalizada geológica que preserva poblados poco más que medievales. Leyendas que hablan de descendientes de Alejandro Magno, de animales en extinción y de seres furtivos que se esconden para huir de los hombres. dicen que, ahí abajo, a veces es difícil discernir qué significa exactamente 'salvaje'". 

Título: Sólo para gigantes 
Autor: Gabi Martínez
Editorial: Alfaguara 
 Páginas: 406 
 Precio: 18,50€ 
 Procedencia: comprado


lunes, 2 de noviembre de 2020

Un cuento perfecto (Elísabet Benavent)





Hay momentos en esta vida en que necesitas luz, porque son oscuros. Hay momentos en los que necesitas que te lleven lejos, a sitios en los que fuiste feliz, porque apenas puedes salir de cuatro paredes. Hay momentos en los que necesitas vida porque sientes que te ronda la muerte. Hay momentos en los que 'Un cuento perfecto' es el mejor libro que se te puede cruzar en el camino, como si esas más de 600 páginas supieran que las necesitas. Seguramente, muchos habréis leído ésta historia de Elísabet Benavent (u otras) como una comedia romántica sin más. Un libro divertido, sin más complicaciones que las propias de una historia de amor, que se lee rápido, que te hace sonreír, también llorar y hasta soñar. Pero ya. Para mí este libro fue algo más. Uno de mis compañeros de hospital. Tuve varios durante ese mes y medio que pasé de forma intermitente en la incómoda butaca del acompañante. Y no todos fueron buenos. Éste, sin duda, fue el que me hizo olvidar con más facilidad dónde estaba. Y eso, en algunos momentos, es lo único que necesitas.


La historia de 'Un cuento perfecto' es una comedia romántica pura. De ésas en las que todo el mundo, menos los protagonistas, se da cuenta de que están enamorados hasta las trancas. De ésas en las que cuando son conscientes de lo que pasa se alejan y niegan de todas las formas posibles que quieren al otro mientras por dentro están muriéndose de amor. Así es la historia de Margot y David. Margot es una chica bien de una familia adinerada que está a punto de casarse con Filippo, el hombre de sus sueños, un italiano también de buena familia, guapísimo y que la trata como la princesa que es. Una princesa a la fuga. Porque mientras los invitados están ya sentados esperando ella se agobia, se angustia y sale corriendo jardín a través, con el vestido y unas bambas, dejando a Filippo plantado. David es el camarero de un bar cutre al que las hermanas de Margot deciden llevarla para tratar de animarla después de la huida de la boda, la bronca de su madre y el enfado de Filippo quien, a pesar de que ella le ha garantizado que sigue queriéndole, ha decidido tomarse un tiempo y coger distancia de la que en otro momento fuera su prometida. David es un chico sencillo, guapo, atractivo, que está enamorado de una mujer que no tiene tan claro como él su amor y que le usa en una relación más física que emocional en la que entra y sale sin dar muchas explicaciones. Se caen bien. Él la hace pasar por su nueva novia para darle celos a la chica que quiere. Y ella encuentra en él alguien con quien se siente bien y que no le está recordando constantemente el plantón de la boda. 

Así empieza una amistad que se va convirtiendo en algo más en un viaje por las islas griegas que Margot decide hacer para olvidarse de que su novio le ha pedido que ni le escriba durante un mes. Un viaje en el que, lejos de las presiones de su familia, de las bromas y consejos de sus hermanas, de las burlas de sus empleados en la empresa familiar... Consigue ser ella misma. El viaje... Ese viaje... Desde que pisé por primera vez las islas griegas tengo claro que ése es mi paraíso particular. Es como casa. Pero sin ser casa. Y eso, sentirse como en el hogar pero descubriéndolo todo por primera vez, es una sensación tan placentera... Y así me he sentido siempre en esas islas blancas y azules. Y eso, que aparezcan esas islas que quiero tanto, es, para mí, un plus del libro. ¡Ah! hay mucho sexo en 'Un cuento perfecto'. He leído reseñas por ahí en las que critican este aspecto. A ver... Es verdad que la historia funcionaría con menos escenas de cama y menos cariñitos, pero oye, los principios de las relaciones son así, te pasas el día abalanzándote sobre el otro a la primera ocasión. Y si no es así, no es de verdad. Al menos en mi caso. Es verdad que alguna escena es un poco... Bueno, si lo leéis sabréis a qué me refiero, aunque está bien para desdramatizar algunas cosas. Porque David, sinceramente, es para llevárselo a casa. Y esa relación, esa forma de conocerse, de hacerse amigos, de enamorarse... Esa relación supongo que es con la que muchas hemos soñado cuando nos hemos permitido soñar. Hay mucha filosofía sobre el amor de este libro que comparto plenamente. Como que el amor es sencillo pero la vida a veces no. O, como dice Candela, la hermana más bohemia de Margot, que los hombres que te hacen reír son malos, porque a ésos nunca consigues olvidarles del todo.

Explicado todo esto, no os voy a contar el final. La historia de Margot y David puede acabar bien o acabar mal. Aunque eso de bien y mal es muy subjetivo ya que, a veces, el mejor final de una historia de amor es un bonito recuerdo, poder mirar atrás, pensar en ella, y que se pinte una sonrisa melancólica en la cara. 

"Mi madre me despertó al alba. La pobre luz de aquel momento del día entraba por los grandes ventanales de la planta baja, donde estaba mi habitación. Le importó muy poco que hubiéramos terminado relativamente tarde la cena preboda y que luego tardara una hora en meterme en la cama pro culpa de su secuestro. Al parecer, dormir en mi casa con mi futuro marido, la noche antes de la boda, era muy mala idea. Era mejor dormir en una de las habitaciones del parador donde iba a celebrarse el enlace... a ochenta kilómetros de Madrid. Un parador con unos jardines preciosos, famoso por el catering que servía la cena, con una puesta de sol increíble..., pero deficiente en sus catres, pro cierto. Así que además de dormir poco y mal, tenía la espalda entumecida y me daba la sensación de moverme con la elegancia de un pollo asado rodando sin cabeza con un palo insertado en el recto."

Título: Un cuento perfecto
Autora: Elísabet Benavent
Editorial: Suma de letras 
Páginas: 640
Precio: 17,90€
Procedencia: comprado




martes, 27 de octubre de 2020

Criadas y señoras (Kathryn Stockett)


Criadas y señoras

 

Hay libros que me gustaría haber leído antes de ver la película. Pero hay libros de los que hacen las películas tan rápido que no llegas a tiempo, siquiera, a saber que esas películas tienen un libro. Es lo que me pasó con 'Criadas y señoras', de Kathryn Stockett. Me gustó tantísimo la película cuando la vi en el cine (las interpretaciones, el ritmo, el tono, la historia...) que no se me pasó por la cabeza leer el libro. No al menos en ese momento, con la cinta tan reciente. Todas esas mujeres me parecían tan maravillosas en la pantalla. Y la historia que protagonizaban tan bonita y tan importante, tan grande y tan pequeña al mismo tiempo... Ahí se quedó la duda sobre si leerla o no. Hasta que hace unas semanas encontré este ejemplar en una tienda de libros de segunda mano. Intacto. Como si nunca se hubiera abierto. Y aun precio ridículo. Así que se vino conmigo. Y con otra decena de libros tan perfectos como él y con preciso también de miseria. No tardé ni un par de días en empezarlo. Y ya no pude parar. Aunque conocía a los personajes. Aunque me sabía la historia al dedillo. 

'Criadas y señoras', en pantalla o en papel, da igual. Es una delicia. Desde la primera hasta al última página. Y se hace corta. A pesar de su medio millar de páginas. Leí la última hace ya unas semanas y echo de menos a todas sus protagonistas. A Skeeter, la periodista que decide contar las historias de esas mujeres negras que han criado los niños y mantenido las casas de la sociedad blanca de Jackson (Mississipi); a Aibileen, que tiene el corazón destrozado de tantas veces que se ha tenido que despedir de los pequeños a los que ha arrullado, acunado, protegido, enseñado, contado cuentos.., la primera en atreverse a mostrar su día a día, a abrirle su memoria y su vida a esa blanca que parece realmente interesada en ellas; a Minny, tremenda, valiente, bocazas, divertida, la mejor cocinera de Misisipi, una mula de carga que a veces muta en toro desbocado; y, sí, también a Celia, por su buen corazón, por tratar a Minny como una amiga y no como una criada, por su ingenuidad y por cómo la tratan las demás mujeres de la Jackson blanca simplemente por ser guapa, exuberante, sexy y haberse casado con uno de los hombres que les estaban destinados a ellas.

Este libro es la historia de una de esas pequeñas heroicidades que cambian muchas vidas. Porque en la Jackson de principios de los 60 había que ser muy valiente para romper las barreras entre blancos y negros. De hecho, el proyecto de Skeeter, el libro que publica de forma anónima, las tiene a todas durante meses con el corazón en la garganta. Ella, aparcando lejos de casa de Aibileen y temiendo que la descubran en un barrio negro. Y Aibileen y Minny muertas de miedo de que alguien descubra que están contando sus experiencias laborales para que todo el mundo lo sepa. Da igual que estén cambiando sus nombres, los de sus empleadores y hasta de la ciudad. El miedo está constantemente ahí. En que las pillen durante esas noches en las que las criadas, sentadas en el salón de Aibileen, van desfilando frente a la máquina de escribir de Skeeter. En que las señoras descubran las miradas de complicidad entre las criadas y la periodista. En que esas mismas señoras, amigas de toda la vida de Skeeter, se enteren de que está a punto de poner sus vidas en un escaparate. En que no les publiquen el libro. Porque, así como van pasando los meses, la idea loca de escribirlo se va convirtiendo en una necesidad. Un pequeño gesto por la igualdad en un país y en un momento en el que empiezan a verse grandes movimientos. Y así como avanzan las páginas va naciendo la hermandad entre esas mujeres, entre la blanca que escribe y las negras que le cuentan, y una y las otras se sienten cada vez más seguras, más fuertes, más capaces de todo. Hasta de ver a sus señoras, a sus amigas, leyendo ese libro anónimo que todo el mundo cree que está ambientado en Jackson. 

'Criadas y señoras' se mete en las casas y las vidas de todas esas mujeres. En sus cabezas y en sus corazones. Haciéndote detestar la forma en la que algunas de esas supuestas señoras tratan a quienes mantienen sus vidas. Las que les limpian, les cocinan y crían a sus hijos, abandonando a los suyos propios. Y todo eso, además de una gran trastada, un seguro para que quien peor las trata niegue vehementemente que esas historias son de Jackson. Heroínas.

"Mae Mobley nació una mañana de domingo en agosto de 1960. Un bebé de misa, como los llamamos nosotros. Me dedico a cuidar bebés de familias blancas, además de a cocinar y limpiar sus casas. A lo largo de mi vida, he criado diecisiete niños. Sé cómo conseguir que se duerman, que dejen de llorar y que se sienten en el orinal antes d que sus madres se levanten de la cama. Sin embargo, nunca antes había visto a un bebé berrear tanto como a Mae Mobley Leefolt. El primer día que entré en esa casa allí estaba, colorada como un tomate y aullando debido a un cólico, luchando por quitarse de encima el biberón que le ofrecía su madre como si le estuvieran intentando meter en la boca un rábano podrido. Miss Leefolt contemplaba aterrorizada a su propia hija. —¿Qué hago mal? ¿por qué no consigo que esta cosa se calle? '¿Esa cosa?' Ése fue el primer indicio que tuve de que había algo raro en esta historia. Tomé a aquel bebé rosita y llorón entre mis brazos y lo puse sobre mi cadera para darle botecitos y removerle los gases. en menos de dos minutos, la pequeña dejó de llorar y me miró sonriente. Sin embargo, ese día Miss Leefolt no volvió a tener en brazos a su propia hija".

Título: Criadas y señoras 
Autora: Kathryn Stockett 
Traductor: Álvaro Abella 
Editorial: Maeva 
Páginas: 480 
Precio: 2€ 
Procedencia: segunda mano

lunes, 5 de octubre de 2020

Inés del alma mía (Isabel Allende)


Inés del alma mía, de Isabel Allende | @martatorresmol


Descubrí quién era Inés Suárez hace un año y medio, a raíz del calendario 'Tiempo de mujeres, mujeres en el tiempo', que dedicó 2019 a exploradoras y aventureras (podéis descargarlo aquí). Historias, vidas en realidad, todas ellas fascinantes. Inés Suárez no aparecía en él, pero llegué a ella buscando información sobre Mencía Calderón, otra de aquellas mujeres que se aventuró a cruzar el Atlántico rumbo al Nuevo Mundo. Ya entonces supe que Isabel Allende había escrito un libro sobre ella. Y lo anoté en mi libreta de libros que me gustaría leer. Y ahí se quedó. Hasta hace un par de semanas, cuando vi el anuncio de la serie que se ha hecho sobre el libro. Y corrí a buscarlo. Para conocer la historia en papel antes que en pantalla. Por suerte, un librero de viejo lo tenía, y en esa maravilla de colección Areté de Plaza y Janés. Libros grandes, pesados, de tapa dura, márgenes anchos, letra generosa, aire entre líneas y palabras y dorados en la sobrecubierta. Y apenas por un euro. 

'Inés del alma mía' empieza en la cama, con una Inés Suárez ya mayor, de pelo cano y alma dispuesta a marcharse. Pero no sin dejar escrito antes todo lo que vivió. La aventura de embarcarse a las Indias en busca de su marido, la de sobrevivir remendando calzas y vendiendo empanadas, la de cruzar el desierto rumbo a un territorio desconocido, la de enfrentarse a los mapuches, el hambre, la sed, el agotamiento extremo, la de fundar una ciudad, la de gobernarla... Lo mucho que amó a los tres hombres de su vida. Juan de Málaga, en su Extremadura natal, su marido, mujeriego y guapo y gracioso, que le descubrió el amor y los secretos de alcoba. Pedro de Valdivia, en Perú, soldado, fuerte, soñador, tan apasionado en la conquista como ingenuo entre sábanas, casado con una mujer etérea que quedó allá lejos, en España y con quien compartió la salvaje conquista de Chile. Rodrigo de Quiroga, amigo antes que marido, soldado también, risueño, valiente, con la cabeza bien puesta y las manos y los labios cuajados de amor. 

Así, desde la cama, en noches de insomnio y arropada por los fantasmas de quienes un día la acompañaron en una vida con la que la joven Inés no podría haber soñado jamás. Inés, que va y vuelve de sus recuerdos mientras escribe, no escatima detalles. Por duros que éstos sean. Las atrocidades que cometieron los españoles en su llegada al Nuevo Mundo para apropiarse de recursos y personas están ahí. También las cruentas respuestas que recibieron en ocasiones de un pueblo que no estaba dispuesto a ceder sus riquezas y su libertad por las buenas. Tampoco se olvida de las humillaciones y los peligros a los que se enfrentaban, además de a los propios de la aventura, las mujeres. Hay mucho sufrimiento en este apasionante relato que parte de un pueblo de Extremadura y acaba en Santiago, en Chile, pasando por meses de dura travesía en barco, Panamá y Perú. También mucha valentía. En quienes luchaban y se adentraban en selvas, desiertos y rutas nunca exploradas por el hombre blanco, sí, pero también y sobre todo de aquellos que les acompañaban y cuyos nombres nunca quedaron escritos. Mujeres e indígenas. Soportaron las mismas calamidades que los aguerridos conquistadores. Y muchas veces a pie, sin un caballo o una mula. Y cargados con comida, agua, catres, armas, tiendas, baúles... 'Inés del alma mía' es la historia de una costurera que se enfrentó a lo que más miedo le daba, el océano, por amor. Que no regresó a España cuando supo la suerte que había corrido su marido precisamente para no volver a montarse en un barco. Y que llegó a ser gobernadora de Santiago de la Nueva Extremadura, por su valía. Porque era una mujer valiente, con arrestos, capaz de afear conductas crueles a su amante, el gobernador Pedro de Valdivia, lista, inteligente, que curaba huesos, soportaba la fetidez y el dolor de las peores heridas, apreciada por los más débiles, a quienes defendía y por cuyo bien procuraba, capaz de encontrar agua en el desierto, de cocinar empanadas cuando no quedaba un gramo de carne, de comunicarse con los mapuche y que blandía la espada como el más experimentado de los guerreros. Sencillamente apasionante.

 "Soy Inés Suárez, vecina de la leal ciudad de Santiago de la Nueva Extremadura, en el Reino de Chile, en el año 1580 de Nuestro Señor. De la fecha exacta de mi nacimiento no estoy segura, pero, según mi madre, nací después de la hambruna y la tremenda pestilencia que asoló a España cuando murió Felipe el hermoso. No creo que la muerte del rey provocara la peste, como decía la gente al ver pasar el cortejo fúnebre, que dejó flotando en el aire, durante días, un olor a almendras amargas, pero nunca se sabe. La reina Juana, aún joven y bella, recorrió Castilla durante más de dos años llevando de un lado a otro el catafalco, que abría de vez en cuando para besar los labios de su marido, con la esperanza de que resucitara. A pesar de los ungüentos del embalsamador, el Hermoso hedía. Cuando yo vine al mundo, ya la infortunada reina, loca de atar, estaba recluida en el palacio de Tordesillas con el cadáver de su consorte; eso significaba que tengo por lo menos setenta inviernos ente pecho y espalda y que antes de la Navidad he de morir. Podría decir que una gitana a orillas del río Jerte adivinó la fecha de mi muerte, pero sería una de esas falsedades que suelen plasmarse en los libros y que por estar impresas parecen ciertas. La gitana sólo me auguró una larga vida, lo que siempre dicen por una moneda". 

Título: Inés del alma mía 
Autora: Isabel Allende 
Editorial: Plaza y Janés 
Páginas 368 
Precio: 1€ 
Procedencia: librería de segunda mano

martes, 29 de septiembre de 2020

El invitado (Elizabeth Day)

 

El invitado

Quizás la historia de 'El invitado', de Elizabeth Day, no sea la más original del mundo (chico listo de familia humilde que consigue una beca para centro de chicos ricos donde se hace amigo íntimo del rico, guapo y popular...), pero reconozco que la joven británica sabe contar. Muy bien. Porque a pesar de que la historia, seguramente, la hemos visto mil veces (perdón por la hipérbole, mi parte sureña predomina hoy) en las series de adolescentes y universitarios, la forma de contarla atrapa. Desde el primer momento. En esa sala de interrogatorios en la que Martin Gilmour, con una taza de té pasado en las manos, empieza a surfear entre las preguntas de Traje Gris y Pelo Beis, detectives de la policía, sobre la fiesta de Ben, su millonario amigo del alma. Algo grave ha pasado, pero no sabemos qué. No lo sabremos, de hecho, hasta casi 400 páginas después, ya que Day va alternando el interrogatorio con largos capítulos en los que va contando la vida de Martin, imprescindible para entender qué pasó en la fiesta. Un desenlace, ya aviso, lógico. El interrogatorio y la vida de Martin se intercalan también con una tercera pata de la estructura, la voz de Lucy, la mujer de Martin, su historia y un cuaderno que escribe en algún lugar en el que se encuentra retenida.

Day es cruda, bruta, directa, sucia, incluso, a la hora de narrar. También sibilina. Diciendo lo justo, para que sea el propio lector quien vaya hilando. Elucubrando. Cogiendo las pistas que ella va dejando para tratar de adivinar, antes de llegar al final de las páginas, los secretos y misterios que explican la extraña relación de Martin con Ben. El extraño matrimonio de Martin de Lucy. El extraño comportamiento de la familia de Ben con Martin. Todo es extraño. Pero, en realidad, todo es muy lógico. Lo más lógico, de hecho. Y ahí está la gracia. En ese juego en el que el lector quiere adelantarse a los capítulos. Y en el que cada acierto es una pequeña victoria. 

Cuando estás en la adolescencia de Martin estás deseando volver al interrogatorio para saber qué pasó en la fiesta, cuando estás en la fiesta estás deseando volver al pasado para tener más pistas de por qué está pasando lo que está pasando, cuando estás en el pasado estás deseando volver al interrogatorio para... Un bucle constante del que no te puedes separar a pesar de que, eso sí tengo que decirlo, los personajes son bastante desagradables. Hay algo turbio en algunos, otros son malas personas y la única que queda fuera de ambas categorías, la buena de Lucy, con la que empaticé en un primer momento, acabó por desesperarme porque, ¿cómo no se había dado cuenta antes de que...? Vale, es buena, es leal, es divertida, es inteligente... por eso me ha dado coraje que la escritora no le regalara un gran final, el que se merecía, una vuelta de tuerca, algo que se saliera de esa lógica, unos fuegos artificiales, vaya. Los demás son todos egoístas, traicioneros, interesados, soberbios, clasistas, crueles... Aunque pretendan hacer que no lo son. Sus personalidades están llenas de recodos y escondites en los que se esconden sus auténticas intenciones y sentimientos. Nada es diáfano. Nada queda a la vista. Hasta esa fiesta en la que Ben y su altísima, guapísima y ambiciosísima mujer les hacen un feo a Martin y Lucy. Hasta esa noche en la recién estrenada mansión, en la que no falta ni el primer ministro, en la que llueve el champán y que no termina, precisamente, como sus anfitriones, que citan a sus supuestos amigos antes de que empiece la fiesta, esperan. Con uno de sus invitados en una sala de interrogatorios en la que confesará mucho más de lo que nadie espera.

"La sala de interrogatorios es pequeña y cuadrada. Una mesa, tres sillas de plástico, una ventana alta de cristal translúcido mugriento y cubierto de polvo, tubos fluorescentes; sobre nuestros rostros se proyecta una lóbrega sombra amarilla. 
Dos tazas de té: una para la agente de policía y otra para mí. Con leche y dos azucarillos. Demasiada leche, aunque no estoy en disposición de quejarme. El borde de mi taza está cuajado de marcas de dientes allí donde, unos minutos atrás, he mordido el poliestireno. 
Las paredes son de un blanco grisáceo. Me recuerdan a las pistas de squash del RAC de Pall Mall donde, hace tan solo unos días, le pegué una paliza a un contrincante que iba varios puestos por delante de mí en el ranking del club. Era banquero. Con la cara rubicunda. Pantalones cortos y anchos. Unos músculos sorprendentemente esbeltos y tensos. Me lo merendé con bastante rapidez: servicio, pelota cortada, smash. El sonido de la pelota de goma al rebotar contra el cemento, un gran punto verde oscuro al final de cada intercambio de golpes. Gruñidos. Maldiciones. al final, la derrota. Una agresión contenida entre cuatro paredes". 

Título: El invitado 
Autora: Elizabeth Day 
Traductora: Begoña Prat Rojo 
Editorial: Duomo Nefelibata 
Páginas: 368 
Precio: 18,50€ 
Procedencia: comprado (Bookish)

domingo, 20 de septiembre de 2020

Relatos de Sevastópol (Lev N. Tolstói)

Relatos de Sevastópol

Sevastópol. Allí, entre sangre, muerte, dolor y pólvora. Allí, bajo las estrellas que se confunden con bombas y bombas que uno cree estrellas. Allí, con el frío y el hambre arañando la piel y las tripas. Allí fue donde Tolstói se convirtió en general de las letras. Así lo explicó el propio escritor, que llegó al sitio de Sevastópol en noviembre de 1854 y que, más allá de disparar y asaltar trincheras, lo que hizo fue mirar. Observar. Fijarse. En los detalles, sí, en las acciones, también, pero sobre todo en los soldados. En sus compañeros de batalla. En sus miedos, sus ilusiones, sus esperanzas, su valentía y su arrojó, sí pero también sus muchas dudas. Y eso, más que la acción del ejército ruso contra la alianza turco-anglo-francesa, es lo que cuenta en las tres crónicas del sitio de Sevastópol: diciembre, mayo y agosto. Más que de literato, más que de soldado, Tolstói ejerce de periodista. De los que están, ven, oyen, sienten, comparten las vivencias y luego, con calma, las escriben. Estos relatos, que se adentran en los pensamientos y el día a día de sus compañeros, le han valido que se le considere el primer corresponsal de guerra moderno. Él, sin embargo, y a pesar de contar con el entusiasmo del zar, que impidió que la censura las prohibiera, no las vio nunca publicadas. No completas. Ni el propio Alejandro II consiguió que la censura no metiera sus largas zarpas en esos tres relatos.

Adentrarse en las páginas de los 'Relatos de Sevastópol' es meterse de lleno en unas calles en las que la vida urbana se confunde con la del campamento militar, donde los marineros que fuman se mezclan con los soldados que hacen guardia y con las muchachas que, en ese caos, pasean tratando de no mancharse sus vestidos de tonos empolvados. Una ciudad en la que los proyectiles se amontonan en cualquier rincón y en cuyas puestas de sol, sobre un mar (la Mar) plagado de botes y barcos, el sonido de los disparos acompaña el vals que interpreta la orquesta de uno de los regimientos. Es colarse en las conversaciones de tenientes, es temer por los que van al cuarto bastión, sonreír al leer que en mitad de una guerra un hombre puede pensar más en una mujer de pañuelo rojo que en su más que posible muerte, aguantar la respiración con la certeza de que esos dos hermanos que se han encontrado en el frente están diciéndose sus últimas palabras porque al menos uno de ellos tiene los días contados. Es contar las vértebras que se les marcan a los soldados a través de las viejas y sucias camisas, sentir la vergüenza del que se tira al suelo huyendo de una bomba que, misericordiosa, le deja entero, y el enfado de saber que un alto cargo del ejército cuenta billetes mientras sus hombres apenas tienen que llevarse a la boca. Es ver cómo, mes a mes de ese año de sitio, todo es cada vez más sucio, más repugnante, huele peor. 

No hay atisbo de romanticismo en esta suerte de diario de la guerra. No hay épica. Ni victoria ni derrota. Hay un día a día. Incierto. En el que las conversaciones de taberna se mezclan con el horror, la muerte y el dolor. Leer 'Relatos de Sevastópol' es vivir esos meses, de diciembre a diciembre, llegando, palabra a palabra, a la misma conclusión a la que llegó Tolstói: "Las cuestiones que no resuelven los diplomáticos menos aún las resuelven la pólvora y la sangre". 

"La aurora ya empieza a colorear el horizonte sobre al colina Sapún. La superficie azul del mar ya se ha despojado de la oscuridad de la noche y espera el primer rayo para empezar a jugar con su alegre brillo. Desde la bahía llegan el frío y la niebla. No hay nieve, todo está oscuro, pero el penetrante hielo de la mañana golpea en la cara y cruje bajo los pies y solo el incesante rumor lejano del mar, rara vez interrumpido por un estruendo de disparos en Sevastópol, rompe el silencio de la mañana. En los barcos un ruido sordo marca la octava media hora.
En la bahía Norte la actividad diurna poco a poco empieza a sustituir a la tranquilidad de la noche: aquí los centinelas se relevan haciendo sonar las armas; allí un médico va con prisa al hospital. Aquí un soldado se arrastra fuera de su cueva, se lava su bronceada cara con agua helada y, volviéndose hacia el rojizo Este, se santigua rápidamente y reza."

Título: Relatos de Sevastópol
Autor: Lev N. Tolstói
Traductora: Marta Sánchez-Nieves Fernández
Editorial: Alba
Colección: Alba Clásica
Páginas: 216
Precio: 16€
Procedencia: comprado

lunes, 31 de agosto de 2020

Lo que el viento se llevó (Margaret Mitchell)




Siempre quise ser Escarlata O'Hara. De niña, cada vez que la veía en la televisión, quería ser como ella. Tan guapa. Con los ojos tan verdes. Con aquellos vestidos tan bonitos. Rodeada siempre de hombres enamorados de ella. Bromista. Divertida. Valiente. Lo único que no me gustaba era que estuviera ella tan enamorada del soso de Ashley Wilkes. No me parecía guapo. Ni divertido. Ni irónico. Ni interesante. No sé las veces que he visto 'Lo que el viento se llevó', pero sean las que sean, me parecen pocas. Durante muchos años, además, creía que la película se acababa con aquel contraluz en el que Escarlata, con un puñado de la tierra roja de Tara en su mano, jura, en el flamígero atardecer sureño, que nunca más volverá a pasar hambre. No fue hasta bien entrada la adolescencia cuando descubrí que aquello era sólo la primera parte, que quedaba mucha historia después de aquel momento. Y no ha sido hasta ahora, leyendo la novela de Margaret Mitchell, cuando he descubierto que 'Lo que el viento se llevó' no es una historia de amor. La hay, claro que sí. Las hay, muchas. Pero eso es lo de menos. El amor (y el desamor) es algo que le pasa a los personajes mientras trazan sus propios caminos.

Todos tenemos en la cabeza el amor tozudo y eterno de Scarlett por Ashley Wilkes, al que insiste en amar a pesar de sus respectivos matrimonios y que nunca va más allá, en lo físico, de un par de besos. Y el amor salvaje entre ella y Rhett Butler, una maravilla de personaje. Canalla que reconoce que lo es. Práctico. Irónico. Listo. Bromista. Capaz de leer la mente de las mujeres. Un hombre enamorado que se esfuerza en aparentar que no lo está. Fabuloso sobre el papel o la pantalla, pero, reconozcámoslo, un infierno en la realidad. Pero eso, esos dos amores, son una pequeñísima parte de la fabulosa novela de Mitchell, por la que recibió el Pulitzer, por cierto. 'Lo que el viento se llevó' es la historia de una mujer capaz de salir adelante en cualquier situación. Una mujer con una cabeza tan capacitada para los negocios que asusta a los hombres y a la sociedad conservadora de Estados Unidos de mediados del siglo XIX. Una mujer hermosa que se niega a ser sólo eso pero que se aprovecha de ello, el único camino de una mujer en ese momento, para sacar de la miseria y los problemas a toda su familia. Y a aquellos que quiere. Pese a quien pese. Y llevándose por delante a quien sea necesario. Y lo consigue. Escarlata sale adelante, se rehace, del hambre, de la guerra, del desamor, de las malas lenguas, de los negocios, de las desgracias, de la pobreza. Nada, absolutamente nada, puede con ella. La muchacha feliz y despreocupada que en los primeros capítulos se pelea con Mamita (bombonazo de personaje, no me extraña que le dieran más peso en la película) por los modales que debe tener una señorita bien educada se va convirtiendo, con el paso de las cerca de mil páginas de este novelón, en una mujer valiente, emprendedora y decidida a valerse por sí misma y a conseguir lo que quiere, que no es otra cosa que una seguridad económica que le permita mantener su adorada tierra roja de Tara y garantizarle todos los lujos posibles. Eso, según los dictados de la época, debería proporcionárselo un hombre. Pero no tenerlo, o no tener a uno capaz de lograrlo, no es algo que la detenga.

Visto desde la actualidad, es inevitable que el tratamiento que hace la novela hacia los esclavos chirríe. Se habla en todo momento de ellos como personas que forman parte de las familias, que cuidan y ayudan a sus amos en la misma medida en que ellos cuidan y protegen a sus esclavos. Estos mismos, además, alaban a quienes les compraron y desprecian a los negros libres que llegan al sur cuando los yankees ganan la guerra. Evidentemente, el libro refleja la forma de pensar de los protagonistas de la novela, un reflejo de la sociedad sureña de la época, pero se hace muy difícil no arrugar la nariz cada vez que Mamita o Peter (el leal esclavo de la tía Pitty) hacen algún comentario al respecto. A pesar de esto, no entiendo (bueno, sí, pero ya me entendéis) la censura que se aplicó durante unos días a la película. Y todo lo que se dijo. No podemos juzgar con mentalidad del siglo XXI obras de otras épocas. Podemos hacer lecturas o visionados críticos, teniendo en cuenta qué ahora no sería aceptable, pero no borrarlas del mapa. Son reflejo de una época, o de una forma de pensar de una época. Tampoco creo que se deba censurar 'Lolita', por muy despreciable que, llevada a la realidad, me parezca la historia. Con esa regla de tres sólo podríamos leer y ver, por tanto, conocer, aquello que se atiene a las normas, la ley o lo políticamente correcto. Y eso, queridos, ya lo hacen, en cierta forma, los algoritmos de las redes sociales mostrándonos sólo aquello que nos va a gustar o con lo que estamos de acuerdo. Y así nos va, cada vez más intolerantes con lo diferente, que ya no es diferente sino enemigo, y sin capacidad para escuchar y reflexionar sobre lo que viene de la otra orilla.

"Scarlett O'Hara no era bella, pero los hombres no solían darse cuenta de ello hasta que se sentían ya cautivos de su embrujo, como les sucedía a los gemelos Tarleton. En su rostro contrastaban acusadamente las delicadas facciones de su madre, una aristócrata de la costa, de familia francesa, con las toscas de su padre, un rozagante irlandés. Pero era el suyo, con todo, un semblante atractivo, de barbilla puntiaguda y de anchos pómulos. Sus ojos eran de un verde pálido, sin mezcla de castaño, sombreados por negras y rígidas pestañas, levemente curvadas en las puntas. Sobre ellos, unas negras y espesas cejas, sesgadas hacia arriba, cortaban con tímida y oblicua línea el blanco magnolia de su cutis, ese cutis tan apreciado por las meridionales y que tan celosamente resguardan del cálido sol de Georgia con sombreros, velos y mitones."

Título: Lo que el viento se llevó
Autora: Margaret Mitchell
Traductores: Juan G. de Luaces / J. Gómez de la Serna
Editorial: RBA
Páginas: 990
Precio: 1,50€
Procedencia: mercadillo

lunes, 24 de agosto de 2020

Memorias de una vaca (Bernardo Atxaga)

 

'Memorias de una vaca', de Bernardo Atxaga | @martatorresmol


Negra. Un poco rebelde. Con alma de Houdini. Y muy lista. Así es Mo, la protagonista de 'Memorias de una vaca', de Bernardo Atxaga, publicado en la mítica (al menos para los lectores de mi quinta) colección Barco de Vapor. Por eso, por recuperar aquellas primeras lecturas que devoraba compulsivamente, creo que rescaté este libro del mercadillo solidario que, una vez al año, monta una de mis bibliotecas (sí, soy usuaria de varias). Lo rescaté (sí, de nuevo) de una de las montañas de libros pendientes de leer que brotan sin descanso por los rincones de casa una tarde de esas un poco tontas en las que el bochorno abotarga las neuronas y me sentía incapaz de meterme de nuevo en el sitio de Sevastópol. Irme a las montañas del País Vasco con una vaca un poco loca me parecía un plan más apetecible. Aunque sea una lectura juvenil. Supuestamente juvenil. Porque la verdad es que tanto por la historia como por el tono y el lenguaje es una lectura también para adultos.

'Memorias de una vaca' es, exactamente, eso, las memorias de una vaca que nace en un caserío del País Vasco en el que rápidamente, porque es muy espabilada, se da cuenta de que algo ocurre. A ello la ayuda su gran amiga, La Vache qui Rit, mayor que ella, contrahecha y con aversión a las vacas tontas, entre las que no se encuentra la protagonista de esta historia. Y es que en el caserío tiene pocas compañeras, apenas unos ejemplares de vacas negras, como ellas, y rojizas. No hay otros animales. Y algunas noches, a pesar de que en la finca hay hierba fresca de sobra, celebran lo que los animales llaman "el banquete", que no es otra cosa que encerrarlas en el establo y llenarles los comederos de pienso. Pero por separado. Unas veces el banquete es sólo para las negras. Y otras, sólo para las rojizas. Además, no hay ninguna pauta. Eso hace que a Mo, que sabemos que hace tiempo que salió de la granja y que vive su vejez con una simpática monja que le siega hierbas variadas para comer, se le disparen las alarmas y que, tras mucho rumiar (en los dos sentidos) con La Vache qui Rit, descubra qué pasa en ese falso caserío. 

Más allá de la historia, una de las cosas que más me ha gustado del libro es el tono irónico que tiene. Las dobles lecturas. Los guiños. La forma de hablar de la monja, que mezcla el francés con el castellano, y las reflexiones que hacen Mo y La Vache qui Rit (que está convencida de que es un jabalí que nació con el cuerpo equivocado de una vaca), más humanas que vacunas. Para leer en una tarde. Y reírse.


"Por lo visto tenía que nacer, y acabé naciendo en un bosque del País Vasco a poco de terminar la guerra de 1936. El bosque pertenecía a los terrenos de la casa llamada Balanzategui, y a aquella casa quedé adscrita; allí tuve mi primer establo y mi primer hogar, y allí pasé también la primera época de mi vida, la más importante. Cierto que no me quedé durante mucho tiempo, cierto que llevo años lejos de aquella casa; sin embargo, mi espíritu sigue anhelando aquel rincón del mundo. Y, ¡quién sabe!, a lo mejor este espíritu mío vuela hacia allí cada vez que me quedo dormida. Porque ya lo dijo un sabio oriental: El mirlo de Estambul siempre vuela hacia Estambul.

Yo no seré mirlo ni zorzal ni pájaro de ninguna clase, que bastante más grande y pesada ya soy, pero no digo ninguna mentira si afirmo que mi corazón no es muy diferente del de ellos. Efectivamente, mi corazón es como el de un pájaro; si por él fuera ahora mismo abriría mis alas y me pondría a volar hacia la tierra de mi niñez."


Título: Memorias de una vaca

Autor: Bernardo Atxaga

Traductora: Aránzazu Sabán

Editorial: SM

Colección: Barco de Vapor

Páginas: 208

Precio: 1,5€

Procedencia: mercadillo


lunes, 17 de agosto de 2020

La Nena (Carmen Mola)

 

La Nena, de Carmen Mola (Alfaguara) | @martatorresmol


Tres novelas ya y seguimos sin saber quién es Carmen Mola. Ése es el gran misterio de la saga (sí, porque esto tiene pinta de convertirse en saga) de la inspectora Elena Blanco y su gente de la BAC. Quienes sean seguidores de estas novelas están de enhorabuena, porque en esta tercera entrega, 'La Nena', Mola deja varias pistas que me hacen dar por seguro que habrá nuevos libros. Sólo espero que no se conviertan en una especie de crímenes de Fjällbacka, a los que después de leer varios títulos les he hecho la cruz porque me parecían todos iguales. Además, después de la estafa del último libro de Camilla Läckberg, creo que tardaré muchísimo en volver al popular pueblo sueco. A lo que íbamos, que creo que habrá más entregas. Por dos motivos. El primero, Zárate. La propia Elena, que regresa de su nueva vida italiana para colaborar en la investigación de la desaparición de Chesca, su excompañera y sucesora al frente de la BAC, le repite al agente una frase casi olvidada: "En cada caso perdemos un trozo de alma". El policía vive en este libro un auténtico colapso que quién sabe si derivará en algo más que estar a punto de cruzar al otro lado en nuevas entregas. Y en segundo lugar, por el trío que se avecina entre la nueva incorporación a la BAC, una recién salida de la academia, gender fluid y sobrina de un alto cargo de la policía. Ella, el agente Orduño y su casi novia Marina, que sigue en la cárcel, se adivina que darán bastante juego. Mola se ha dejado muy bien colocadas las piezas para una cuarta entrega en la que bucear en los fondos más oscuros del ser humano.

Para ser sincera, esta tercera entrega no me ha gustado tanto como la segunda, 'La red púrpura'.  Quizás ésta tenga más sangre, pero aquella era muy superior en cuanto a tensión psicológica. 'La Nena', como todos los libros de esta saga, se lee en un par de tardes. Te atrapa desde el primer momento. Desde ese inicio en cursiva que ya sabemos que nos conduce al origen del horror que vamos a ver en las próximas páginas. Elena Blanco tarda un poco en aparecer. La protagonista del inicio es Chesca, la más dura de los agentes de la BAC, que, despechada por el plantón de Zárate, se lanza sola a las calles en busca de diversión, alcohol y sexo. Error. Chesca acaba drogada, atada a una cama, desnuda, en un lugar lóbrego que huele a estiércol. Un espacio alejado de todo en el que vivirá auténticos horrores y donde la única vía para escapar será una niña sin nombre que abraza a un gatito y que parece contemplar esas aberraciones como si fuera lo más normal del mundo. La desaparición de Chesca pone en marcha a todos sus compañeros de la BAC, que, por el camino para encontrarla y descubrir qué ha pasado con ella, se toparán con no pocas sorpresas. Secretos de la vida de su compañera que no hubieran jamás imaginado y que podrían tener que ver con su desaparición y, a su vez, con la de otras mujeres que se esfumaron sin dejar rastro.

A esta tercera entrega se le ven algo más los trucos que a las otras. Hay un momento, a mitad de la novela, en el que tuve claro qué pasaría con Chesca. Estaba segura de lo general e intuí lo concreto. También hay otro instante, una frase, que deja muy claro dónde buscar algo y que, sin embargo, en la novela llegar a esa conclusión se retrasa. Eso no significa que no haya disfrutado de 'La Nena', lo he hecho, pero son cositas, sumadas a esa menor tensión psicológica de esta tercera entrega, que han hecho que me guste algo menos que 'La red púrpura' que, para mí, es la mejor de las tres. A pesar de esto, es una novela hipnótica, de las que no te puedes alejar mucho tiempo hasta que la acabas. 

Por cierto, que lo que sube, situándose al nivel de 'La novia gitana' y aquellos gusanos que comían poco a poco el cerebro de las víctimas, es el asco. Si coméis carne, os resultará difícil hacerlo, al menos, durante unos días. Y si no la coméis, os reafirmaréis en vuestra decisión. Ahí lo dejo.

"El vestido de novia le queda estrecho, huele a naftalina y, aunque hace tiempo debió de ser blanco, ahora es de un color indeterminado, entre crema y amarillo. La de hoy no era, desde luego, la boda con la que Valentina soñó a sus quince años. El vestido de Ramona, la madre del hombre con el que se ha casado, un novio que ni le ha concedido un beso cuando el funcionario que oficiaba la boda les ha dicho que ya eran marido y mujer. Ramona, su suegra, es seca y antipática, más corpulenta que ella, pero a Valentina las costuras del vestido casi le revientan porque está embarazada de cuatro meses. No sabe por qué su esposo ha aceptado casarse con ella cuando está esperando el hijo de otro.

Valentina se quita el vestido. Su ropa interior es vulgar, de mercadillo. ¿Cuántas veces había pensado que para su noche de bodas se compraría lencería como la que las chicas del club usaban con los clientes? En lugar de eso, lleva unas bragas blancas y un sujetador que no hace juego, que a duras penas alcanza a sostener unos pechos que no paran de crecer con el embarazo. Su propia imagen le causa pena y rechazo."

Título: La Nena

Autora: Carmen Mola

Editorial: Alfaguara

Páginas: 392

Precio: 19,90€

Procedencia: prestado


lunes, 10 de agosto de 2020

Yo, Claudio


'Yo, Claudio', de Robert Graves | @martatorresmol


Robert... Cariño... ¿Cómo me haces esto? ¡Lo que me ha costado acabar 'Yo, Claudio'! Bueno, perdón, lo que me ha costado comenzarla, porque acabarla, la he acabado rápido. En el momento en el que Tiberio y después Calígula se hacen con el poder de Roma, todo ha ido como la seda. Páginas y páginas y horas y horas como si fueran un suspiro descubriendo la depravación y las conspiraciones del círculo imperial. Esa escalinata por la que se suceden los cadáveres... Esos venenos administrados durante años... Esos asesinatos... Esos destierros... Ese despilfarro... ¡Apasionante! Pero... ¿y antes? ¿Por qué no podías explicarlo todo como ese último tercio del libro? A ver, Robert, cariño, yo te quiero igual, pero creo que en el inicio de esta novela que, además, se supone que es tu gran obra (eso dicen), has patinado un poco (alguien a quien quiero afirma que este libro tuyo es, sencillamente, "malo"). Yo, que precisamente por todas las alabanzas que ha recibido, la había ido dejando para el final... Me he quedado un poco fría. Con lo que me divertí con 'La hija de Homero'... Si hasta pensé en llamar Nausícaa a una hipotética hija. Aún recuerdo aquel verano adolescente en el que supe de ti, de tus 'Mitos griegos', que devoré tomando notas, obsesionada por que no se me olvidara nada, tras lo que me lancé con ansias a 'El vellocino de oro' cuando lo ví en Círculo de Lectores. Cogí tu falsa autobiografía de Tiberio Claudio con ganas, en unos días de vacaciones de este verano tan extraño, en mitad de unas semanas complicadas, convencida de que serías sino una salvación, sí una evasión momentánea, que no es poco. Pero me ha costado. Hasta que no he llegado a Tiberio, me ha costado. 

Hasta ese momento me has parecido denso. Demasiado. Como nadar en una piscina de toffee endureciéndose. Interesante, sí, pero denso. Me pregunto si la sensación hubiera sido igual si, en vez de comenzar por tus inicios hubieras empezado por el momento en el que acaba el libro, cuando, sin pretenderlo ni esperarlo ni buscarlo, con cierta molestia, de hecho, te conviertes en emperador de Roma (esto no es un destripe, es Historia) tras el asesinato de Calígula, ese niño que se paseaba por los campamentos militares como si fuera uno más y que media Roma adoptó como mascota sin conocer su maquiavélico fondo. Y no será porque a lo largo de las casi 500 páginas no haya historias interesantes... Como la de tu matrimonio con esa mujer que detestabas. O la de tus concubinas que eran más esposas que tu propia esposa. O tu encuentro con Livio y Polión, aficionados, como tú, a la historia. O los mensajes secretos escritos con leche. La descripción del año en Cartago. Las supersticiones de Germánico. El miedo a ser llamado ante el emperador. Las campañas militares. Los tejemanejes para volver a llenar las arcas públicas dilapidadas en animales exóticos y pomos de oro. La de las islas artificiales hechas con miles de barcos requisados, madera y tierra. Los presos en las cárceles, con el agua y la comida medida para que justo sobrevivan. El circo y los gladiadores. Los bailes de madrugada en la habitación de Calígula... Pero es que... algo falla. Y sí, ya sé que millones de lectores han alabado esta obra tuya, pero yo, Robert, cariño, me sigo quedando con 'La hija de Homero', que sí leí en un par de tardes, que no pude separarme de ella hasta la última palabra, en la que escogí un nombre para una hipotética hija... 

"Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más-allá (porque no pienso molestarlos todavía con todos mis títulos), que otrora, no hace mucho, fui conocido de mis parientes, amigos y colaboradores como 'Claudio el Idiota', o 'Ese Claudio', o 'Claudio el tartamudo' o 'Cla-Cla-Claudio', o, cuando mucho, como 'El pobre tío Claudio', voy a escribir ahora esta extraña historia de mi vida. Comenzaré con mi niñez más temprana y seguiré año tras año, hasta llegar al fatídico momento del cambio en que, hace unos ocho años, a la edad de cincuenta y uno, me encontré de pronto en lo que podría denominar 'la jaula dorada' de la cual jamás he podido escapar desde entonces."

Título: Yo, Claudio
Autor: Robert Graves
Traductor: Floreal Mazía
Editorial: RBA
Colección: Novela Histórica
Páginas: 466
Precio: 1,95€
Procedencia: comprado


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...