viernes, 31 de julio de 2020

Fideuá de Dorothy (y su madre)


Fideuá de mero, sepia y gamba roja | @martatorresmol

Me encanta cocinar. Supongo que eso tiene mucho que ver con el hecho de haber visto a mi madre, desde niña, disfrutando en la cocina. Recuerdo, sobre todo, los fines de semana, cuando pasaba horas y horas preparando cosas para toda la semana (lo que ahora los modernos llaman batch cooking era lo que hacían las madres de los 80 los sábados y domingos). La cocina de aquella casa que miraba al puerto era inmensa y había sitio de sobra para una madre cocinando y una niña leyendo cuentos o haciendo rompecabezas. Mi madre es una grandísima cocinera. Y, además, muy generosa. No sólo porque comparte sus recetas con quien quiera probarlas sino también porque lejos de enrocarse en sus ideas acepta sugerencias para mejorar sus platos. He cogido muchas de sus recetas, esas que la he visto cocinar mil veces, y se las he devuelto algo cambiadas. Y son ésas, mezcla de las dos, las que ahora se han convertido en las recetas familiares. Ha pasado con el gazpacho, el escabeche, algunos platos de pasta, los boquerones en vinagre y, ahora, la fideuá. Depurada. Simplificada. La dejamos con apenas cuatro ingredientes, pero está espectacular.

Ingredientes
-500 gramos de fideos (hoy usaremos de los gordos con agujero en medio)
-200 gramos de mero
-2 sepias medianas o una grande
-12 gamas rojas frescas (tiene que ser gamba roja, no vale blanca ni de esa cocida ni congelada, el secreto de esta fideuá es que tiene poca cosa, pero de calidad)
-1 ñora
-1 ajo
-1 cebolla grande
-1 tomate
-1 litro de caldo de pescado (sirve de brick, pero mejor si es casero)
-Sal y pimienta
-Aceite de oliva

Mero y gamas ya sofritos | @martatorresmol

Preparación
-En una paella con aceite de oliva sofreír el mero cortado a trozos. Que no sean muy pequeños, de un centímetro cuadrado como poco. Retirar casi al momento, cuando esté blanco por fuera pero aún crudo por dentro, y reservar.
-Trocear la sepia ya limpia (que la limpie se lo podéis pedir a la pescadera y decidle que os guarde la tinta, la congeláis y otro día hacemos un arroz negro) y sofreírla junto con la ñora en la paella en el mismo aceite. Darle un par de minutos, que se haga, y retirar también y reservar.
-En la misma paella sofreír las gambas. Muy poco. Un minuto. Retirar y reservar.
-Calentar el caldo en un cazo. Sirve el de brick, pero no cuesta nada hacer caldo casero y tenerlo congelado. Simplemente, cuando compréis pescado, pedirle al pescadero que os guarde las cabezas, aletas... y cuando lleguéis a casa las sofréis en una olla y las ponéis a cocer con un poco de agua, media cebolla, perejil y sal veinte minutos (si lo dejáis más amarga). Y ya tenéis un caldito apañado para cuando queráis hacer arroz o fideuá.
-Sofreír el ajo picado y sacarlo cuando esté dorado, sin dejar que se queme.
-Con mucho cuidado, pelar las gambas y poner todo lo que quitéis (cabezas, cola, patitas y piel) en el vaso de la batidora. Añadirle la ñora sofrita, el ajo que acabamos de sofreír y un cucharón de caldo y batir durante unos minutos.
-Volvemos a la paella. Picar la cebolla y sofreírla en el aceite en el que hemos hecho antes el mero, la sepia, las gambas y el ajo. Añadir un pellizco de sal y dejar que se dore a fuego medio.
-Rallar el tomate, añadirlo a la cebolla y sofreír durante unos minutos.
-Agregar los fideos y darles un par de vueltas. Añadir un cucharón del caldo de pescado para que no se quemen mientras volvemos a ocuparnos del batido de las pieles y las cabezas de las gambas.
-Utilizando un colador, verter el batido sobre los fideos. Usar el caldo para aprovechar bien toda la sustancia que queda en el fondo del colador. Los fideos deben quedar casi cubiertos por el líquido.
-Añadir la sepia y dar un meneo a la paella para que se mezcle todo bien y cocer durante el tiempo que indique el fabricante de la pasta. Si veis que se queda demasiado seco antes de tiempo, agregar un cucharón más de caldo.
-Dos minutos antes de que acabe la cocción agregar con cuidado el pescado y, en el último momento, las gambas.

Extras
-En el momento de servir, podéis acompañarla con un poco de allioli, si queréis.

lunes, 27 de julio de 2020

Sidi, un relato de frontera


'Sidi', de Arturo Pérez-Reverte | @martatorresmol

'Sidi', de Arturo Pérez-Reverte, me acompañó en dos duras noches de hospital. Fue hace tiempo. Entre finales de diciembre y principios de enero. En aquellos días de recuerdo algo borroso en los que ya sabíamos cómo acabaría todo. El final, su final, llegó cuando aún me faltaban un par de capítulos para acabar las aventuras de Rodrígo Díaz de Vivar y sus hombres. Y ahí se quedó. En el asiento de atrás del coche. Tal como cayó cuando salí de aquel hospital un poco más huérfana de abuelos. En todo ese tiempo, más de medio año, no fui capaz de tocarlo. Ni siquiera para saber cómo terminaban algunos de los hombres que, leales, siguen a Sidi, el Cid, en la batalla contra Berenguer Remont, que en vez de tener a la hueste del castellano de frente podría haberla tenido a su lado. Los libros son sorprendentes. Escogen sus propios caminos. Y así, meses después de compartir con Mina el asiento trasero de mi viejo Golf, con la cinta dorada plantada en ese consejo de guerra previo a la rendición de Monzón, 'Sidi' decidió que ya estaba bien. Los libros son, también, caprichosos. Y la última novela de Pérez-Reverte saltó de nuevo a mi bolso en el aparcamiento del hospital. Uno de los muchos días que una habitación de la planta G se convirtió en mi segunda casa. Esta vez, además, decidida a que no la dejara a medias.

Y así, aún en penumbra, casi de madrugada, volví a encontrarme con el Cid, con el leal Minaya, la brutalidad de Diego Ordóñez, ese fray Millán que prefiere morir en combate que de hambre, el enigmático rey de Zaragoza, Mutamán, y su hombre en el campo, Yaqub al-Jatib... Y volví a comenzar por la primera página, sin miedo ni supersticiones, devorando cada página. Enrollada en esa butaca azul sólo apta para faquires, sin perder de vista la vía y con su mano en la mía. A veces, las aventuras de esos hombres siguiendo a otro en su destierro conseguían que se me olvidara todo eso. No había habitación de hospital y ruido de máquinas sino caminos polvorientos y relinchos de caballos. Una vía de escape sin moverte de donde debes estar. Una huida. Un compañero. Un respiro. Y eso, en algunas situaciones, es vital. No es fácil atrapar la atención cuando tu cabeza vive durante días en un bucle. Pero 'Sidi' lo consigue. Sus personajes. Siempre, desde la preadolescencia, me han gustado los hombres a los que da vida Pérez-Reverte. Un tipo de ellos. Los leales, a su gente y a sus principios. Los que se esfuerzan por hacer lo correcto. Los valientes. Los que toman decisiones. Los que se equivocan. Los que asumen lo que se les viene encima y le temen lo justo. Los que no contemplan huir. Del campo de batalla. Ni de la vida. Educados. De pocas palabras. Las justas. Y en esta novela hay unos cuantos de ellos. Todos envueltos en una aventura trepidante, de las que se leen en un par de tirones y te llevan de la mano a otros libros. El primero, el diccionario (siempre es un placer descubrir nuevas palabras: almófar, bridón, aljaba, contera...). El segundo, ese 'Cantar de Mío Cid' comprado durante la Secundaria, arrastrado en varias mudanzas y olvidado en lo alto de una estantería de la que, una vez encaramada a ella, te cuesta descender. Acaricias el Cantar, relees los primeros párrafos del 'Cuento del Grial' de Chrétien de Troyes, le echas un ojo a 'La muerte de Arturo', pasas de nuevo las páginas de 'El amor cortés en la lírica árabe y provenzal', que ya debían pensar que jamás volverían a estirarse y respirar. Descubres, con cierta vergüenza, 'El amor en la Edad Media', comprado con pasión y nunca leído y te da un pequeño vuelco el estómago al echar de menos 'La historia de Tristán e Isolda', ese maravilloso trabajo de ebanistería literaria de Joseph Bédier.

'Sidi' me duró apenas un día. Una noche larga, entre el sueño la duermevela y la luz que se colaba por la puerta y la ventana de la habitación. Y una mañana junto a la máquina de café. Un día envuelta en polvo, sudor y sangre cada vez que volvía allí donde la cinta dorada me indicaba, a esa frontera peligrosa de la Península Ibérica del siglo XI, ese terreno por el que el protagonista y su hueste se mueven en busca más de pan que de gloria, aunque ésta también les aguarda. Pocas veces he abrazado tanto un libro como éste. Sobre todo al llegar a ese consejo de guerra previo a la rendición de Monzón. Ahí, aún de noche, lo apreté fuerte y le susurré. Cuatro palabras. Por si acaso. Porque no quería que acabara de nuevo en el asiento de atrás del coche. Y seguí. Hasta el final. Hasta la Tizona.

"Desde lo alto de la loma, haciendo visera con una mano en el borde del yelmo, el jinete cansado miró a lo lejos. El sol, vertical a esa hora, parecía hacer ondular el aire en la distancia, espesándolo hasta darle una consistencia casi física. La pequeña mancha parda de San Hernán se distinguía en medio de la llanura calcinada y pajiza, y de ella se alzaba al cielo una columna de humo. No procedía ésta de sus muros fortificados, sino de algo situado muy cerca, seguramente el granero o el establo del monasterio.
Quizá los frailes estén luchando todavía, pensó el jinete.
Tiró de la rienda para que el caballo volviese grupas y descendió por la falda de la ladera. Los frailes de San Hernán, meditaba mientras atendía en dónde ponía el animal las patas, eran gente dura, hecha a pelear. No habrían sobrevivido de otro modo junto al único pozo de buena agua de la zona, en el camino habitual de las algaras moras que cruzaban el río desde el sur en busca de botín, ganado, esclavos y mujeres."

Título: Sidi
Editorial: Alfaguara
Páginas: 376
Precio: 20,90€
Procedencia: Regalo

domingo, 12 de julio de 2020

Atrapa a la liebre


Atrapa a la liebre, de Lana Bastašić | @martatorresmol

Todos tenemos fantasmas del pasado. Están bien. Los toleramos. Los toreamos. Quedan lejos. En una vida que no nos parece la nuestra. En una época que nos parece mentira haber vivido. Están en los álbumes de fotos, en esas páginas que pasamos rápido, mirando hacia otro lado. A veces, incluso, los olvidamos. Pero, ¿qué pasa si un día suena el teléfono y al otro lado, en otro país, habla la voz de uno de esos fantasmas? Eso es, exactamente, lo que le ocurre a Sara, la protagonista de 'Atrapa a la liebre', de Lana Bastašić. Que anda feliz lejos de la Bosnia en la que se crió, con su novio Michael, con su carrera, en Dublín, con un día a día en el que ya no piensa en el conejo blanco que compraron en un mercado después de perder la virginidad de cualquier manera, fría, sin cariño, con alcohol, tras su graduación. Ni en Lejla. Ni en su hermano Armin, el niño-hombre que una vez le deshizo la coleta antes de desaparecer durante la guerra de los Balcanes.

Ese fantasma que llama no pregunta, no sugiere, no pide. Ese fantasma exige. Que Sara lo deje todo y se encuentre con ella en Mostar para emprender un viaje a Viena, donde han visto a Armin. Y Sara, a la que se le revuelven las tripas y el corazón, lo deja todo y emprende esa especie de roadstory entre Mostar y Viena en la que no faltan los desencuentros, las confesiones, los malentendidos, los accidentes, los regresos al pasado y, sobre todo, el descubrimiento de que ninguna de las dos es aquella adolescente que la otra conocía y a la que no ve hace doce años. Y de que los recuerdos que ambas tienen de lo que pasó o dejó de pasar, nada tienen que ver. Esos doce años de separación las han convertido en dos extrañas. A ellas, a la Sara y la Lejla de la actualidad. Pero también a las adolescentes inseparables que fueron en el instituto. El tiempo y el silencio sacan punta a los fantasmas hasta transformarlos en una desagrable y molesta caricatura que nadie sabe si tiene algo que ver o no con la pretérita realidad. Dos alicias cruzando dos espejos después de enterrar al conejo blanco. Dos alicias que una vez se entendieron y que ahora hablan idiomas tan diferentes que no son capaces de comprenderse la una a la otra más que en algunos momentos, fogonazos del pasado en los que, durante un instante, vuelven a ser las niñas que no se separaban. La carretera a Viena es el camino a Armin, a ese pasado común, a ese santo grial que limará las capas con las que el tiempo y el silencio las ha ido vistiendo, una sobre otra. El tiempo, el silencio y la guerra, que está ahí, aunque a veces parezca que no. El odio, las denuncias de los vecinos, los cambios de nombre, convertir los nombres en camaleones para no parecer lo que se es. Todo eso está ahí, aunque no esté.

Lana Bastašić no es neutral. No lo pretende en ningún momento. Toma partido. Desde las primeras frases. Y nos planta en ese Atra blanco, en esa carretera, en ese viaje vibrante y algo oscuro, en el asiento del piloto. De quien ha respondido a la llamada del fantasma. De quien mira con distancia a quien debería estar cerca. Escribe como una metralleta. Con frases cortas. Contundentes. Secas. No hay compasión. Ni ternura. Cada palabra rasca. Ronquea. Como debe ser en esta historia en la que igual el fantasma no es quien llama por teléfono, sino quien responde. 

"empezar por el principio. Tienes a alguien y luego ya no lo tienes. Y esta, más o menos, es toda la historia. Aunque tú dirías que no se puede tener a otra persona. ¿O debería decir ella? Quizá sea mejor así, es lo que te gustaría. Convertirte en ella en un libro. Bien.
Ella diría que no se puede tener a alguien. Pero no tendría razón. Se puede poseer a la gente por cantidades irrisorias. Solo que a ella le gusta verse como la norma general del funcionamiento del universo. Y lo cierto es que puedes tener a alguien, pero no a ella. No puedes tener a Lejla. A no ser que la sometas, la enmarques y la claves en la pared. Aunque, ¿seguimos siendo de verdad nosotros cuando nos quedamos congelados para la foto? De algo estoy segura: Lejla y la idea de pararse nunca han ido juntas. Por eso aparece como una mancha en todas y cada una de las fotos. Nunca ha sabido pararse."

Título: Atrapa la liebre
Autora: Lana Bastašić
Traductor: Pau Sanchis Ferrer
Editorial: Navona
Páginas: 272
Precio: 19€
Procedencia: Bookish

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