lunes, 1 de febrero de 2021

Los libros de la vida de Joan Mayans



Marta Torres Molina | Diario de Ibiza

Entre Mascardi y Mazo. Ahí tiene Joan Mayans su primera novela publicada, 'El futur no és el que era'. Ni él mismo se libra del orden alfabético con el que tiene organizada su biblioteca. El ejemplar descansa en los estantes abrazado por una compilación de textos de Juan Mascardi —«un amigo mío, periodista, argentino»— y un libro de poemas de Eduardo Mazo. Habla mejor del momento en que lo compró que de su contenido: «Era un día de Sant Jordi, ya tarde. En las Ramblas no quedaba ni el gato, además, había sido un día de lluvia y eso, en el Día del Libro, es casi trágico. Sentado en un pupitre de colegio Mazo estaba vendiendo sus libros. Me pareció una escena tristísima y le compré un ejemplar».

Mayans recuerda lecturas de muy pequeño. Los primeros recuerdos que tiene como lector son de los últimos años de la escuela (la EGB de entonces), cuando descubrió la colección ‘Elige tu propia aventura’, muy popular entre los niños y adolescentes de los años 80. Pudo comprar bastantes cuando, en sexto o séptimo curso, ganó en un concurso un vale de diez mil pesetas (60 euros) de la librería Hipérbole. También recuerda haber leído alguna historia de Julio Verne. «Pero el primer momento en que tengo conciencia de una lectura más ordenada y orientada fue en el instituto, con buenos profesores de literatura», explica Joan Mayans, que aprovechó la Navidad para presentar su novela (ganadora del Premio Pollença de Narrativa en 2019) en Ibiza.

En el instituto leyó ‘Martin Eden’, de Jack London, que no descarta releer. Sumergido en la historia de ese hombre humilde que llega a dejarse la vida para ser escritor fue la primera vez de Mayans fantaseó con dedicarse a escribir.

«Con Eduardo Mendoza descubrí que leyendo puedes reírte. Me había reído leyendo cómics, pero no literatura», explica sobre el momento en que devoró las páginas de ‘El misterio de la cripta embrujada’ o ‘El laberinto de las aceitunas’. En esa misma época también se adentró en el mundo de la distopía con George Orwell, Ray Bradbury y Aldous Huxley y en que la «política ficción» y el suspense de Frederick Forsyth lo mantenían despierto, pegado a las páginas «hasta las tantas». Le pasó con ‘Odesa’ y con ‘Los perros de la guerra’, explica Joan Mayans, que confiesa que aún hoy no sabe si en lo que explicaba en sus libros sobre la Guerra Fría «exageraba o se quedaba corto».

Al mudarse a Barcelona para estudiar se reencontró con Mendoza aunque fue una época de su vida en la que se centró en las lecturas de la carrera: «Me parecía que leer cualquier otra cosa era perder el tiempo». Entre la poca literatura que leyó, destaca ‘La ciudad de los prodigios’, que le pareció «la mejor forma de explicar Barcelona» y que le acompañó en el descubrimiento de la nueva ciudad en la que estaba viviendo y que le plantó delante a Mendoza «en todas las dimensiones».

Un libro que lo marcó «como persona» fue ‘Crónicas del ángel gris’, de Alejandro Dolina. «Fue un zarandeo muy bestia», explica Mayans, que detalla que no se trata de una novela sino, más bien, de «narraciones empalmadas» que plantean la dicotomía entre los llamados Hombres Sensibles y los Refutadores de Historias. «El estilo es fantástico», apunta el escritor, que con ‘Oración por Owen', de John Irving, se encontró con el mejor libro que había leído nunca. «La estructura, el ritmo... Es absolutamente único. Brutal», indica Mayans, que en los últimos años, coincidiendo con su mayor dedicación a escribir, ha tratado de leer «de forma más ordenada», convirtiendo la lectura «en una forma de aprender». «Escribir y leer, para mí, van de la mano», afirma. Con este planteamiento de la lectura confesa que disfrutó mucho de ‘Una vacante imprevista’, de J. K. Rowling, por la forma en la que es capaz de «crear una comunidad». «Fue un curso de literatura acelerado», añade Mayans, a quien esto no le sorprendió porque está rodeado de pottermaníacos y sabe de lo que es capaz la escritora: «En vez de ambientado en Hogwarts lo está en un pueblo del Reino Unido donde juega con una docena de personajes. Te sumerges en la narrativa, cada personaje oculta algo. Y la estructura... Te atrapa de una forma bestial».

Precisamente sobre estructura aprendió y disfrutó con ‘Las voces del Pamano’, de Jaume Cabré, compleja (aunque no tanto como su ‘Yo confieso’). Y esta sensación de «desordenar las piezas para que tú las montes» la tuvo con ‘La mort lenta’, del jovencísimo (24 años) Xavier Mas Craviotto, que no sólo le impactó muchísimo: «Es magnífico, muy corto, con una mirada absolutamente podrida de la vida que te cuesta entender que pueda tener un autor tan joven».

El libro que más le ha motivado para escribir, espoleado, el que le marca un reto, el que le provoca y le mueve ha sido ‘Primavera, estiu, etcètera’, de Marta Rojals. «Te hace un clic en la cabeza, te cambia la forma de mirar y la forma de vivir», afirma Mayans, que confiesa sin problema que sintió auténtica «envidia» por quien había sido capaz de escribir aquello. Especialmente el capítulo once: «Lo leí varias veces, es antológico».

De hecho, venció la vergüenza que siente de hablar con otros escritores y le escribió a Rojals para explicarle que aquel capítulo había sido un detonante, una palanca. Rojals, extremadamente celosa de su intimidad, le contestó: «Me dijo que para ella también era un capítulo especial porque al terminarlo supo que acabaría el libro». Él se ofreció a enviarle un ejemplar de su libro, pero ella le dijo que no, que lo compraría, que los escritores se tienen que ayudar entre ellos. Mayans quedó «muy contento» con aquella conversación. No sabe si la escritora catalana ha comprado finalmente ‘El futur no és el que era’. Quién sabe si lo tendrá ya en su biblioteca. Abrazado por dos libros de escritores de la letra M.


lunes, 25 de enero de 2021

Los chicos de la Nickel (Colson Whitehead)

 


"Hasta muertos creaban problemas, los chicos". Los chicos. Niños rotos. Adolescentes rotos. Vidas rotas. Esos son los chicos que, según la primera frase de 'Los chicos de la Nickel', de Colson Whitehead, crean problemas. En realidad, el único problema que pueden crear estos chicos es que todo lo que pasa en la Nickel salga de la Nickel, el reformatorio en el que se ambienta esta novela. Premio Pulitzer. Dos veces lo ha ganado Whitehead. Y se entiende. Una maravilla. Brutal. Por la historia. Por los personajes. Por la delicadeza con la que está escrita. Por los giros que da la trama. Dos. Uno cuando la vida de Elwood Curtis se tuerce para siempre. El segundo, casi al final, cuando cambia de sentido la de Jack Turner, su gran amigo en ese pozo del horror al que ha condenado un juez a estos dos chicos negros. Una historia dura, basada en casos reales, en cementerios ilegales llenos de cuerpos de chicos negros, violados, torturados y asesinados, que Whitehead desgrana buscando los escasos rayos de luz.

La vida de Elwood es todo lo buena que puede ser la vida de un chico negro en los años 50. Huérfano, criado por una abuela que le adora, lector incansable, es un buen estudiante que se saca su propio dinero trabajando en un estanco después de clases y que tiene un sueño, alentado por Martin Luther King: ir a la universidad. Todo le conduce a ello hasta la misma mañana en que debe comenzar el curso universitario. Esa mañana en la que, con sus mejores galas, decide hacer autostop para llegar al campus. En ese momento, en un Plymouth verde, todos sus sueños empiezan a evaporarse. Algo que no hubiera pasado si no fuera por su color de piel. Y acaba en la Nickel. Y ahí es, de verdad, donde empieza la novela. Toda la vida anterior de Elwood, el amor de su abuela, el cariño del señor Marconi en el estanco, la confianza del profesor Hill, los días amables, la voz de King en el tocadiscos... Todo eso que has leído con una sonrisa, compartiendo las ganas y la fuerza de Elwood, sólo sirve para ver que el día más ilusionante de tu vida puede convertirse en un segundo en el peor día de tu vida. Porque lo cambia todo.

Elwood llega al reformatorio convencido de que estará fuera en nada. De que su abogado demostrará lo que ha pasado y le sacará de ahí. Y que, en el peor de los casos, educado y bueno, sabrá seguir las reglas, avanzar escalones y salir de allí. Pero las normas en un lugar como la Nickel no son las del mundo exterior. Allí, ser bueno, ser justo, dar la cara por los más débiles, denunciar los abusos, puede acarrear una segunda condena. Golpes. Castigos. Humillaciones. En la Nickel la única luz es la amistad que puedas trabar con alguien como tú. Y la única esperanza es pasar desapercibido. No destacar. No llamar la atención de los carceleros. Aguardar que llegue la hora en que se abra la puerta. O huir. "Hasta muertos creaban problemas, los chicos".

"Elwood recibió el mejor regalo de su vida la Navidad de 1962, por más que las ideas que ese regalo metió en su cabeza fueran su perdición. 'Martin Luther King at Zion Hill' era el único álbum que poseía, y siempre estaba puesto en el tocadiscos. su abuela, Harriet, tenía algunos discos de góspel que solamente se decidía a poner cuando el mundo descubría una nueva manera de fastidiarla, y a Elwood no le dejaban escuchar a los grupos de la Tamla Motown ni esa clase de música popular porque eran de carácter licencioso. El resto de los regalos de aquel año fueron prendas de ropa —un jersey de color rojo, calcetines— y ni que decir tiene que las llevó hasta gastarlas, pero nada aguantó tan bien el uso y de forma tan constante como aquel disco. Las rayas y ruiditos que este fue acumulando al paso de los meses eran otras tantas marcas de su proceso de concienciación, hitos de los diversos momentos en que las palabras del reverendo se abrieron paso en su intelecto. El crepitar de la verdad".

Título: Los chicos de la Nickel
Autor: Colson Whitehead
Traductor: Luis Morillo Fort
Páginas: 224
Procedencia: Bookish
Precio: 18,90€


lunes, 11 de enero de 2021

La ciudad de la alegría (Dominique Lapierre)

 



"La India te abraza o te escupe". Es una de las cosas que me dijeron al poco de aterrizar en ese fascinante país. Y así lo viví. La India no es para todos. Conozco mucha gente que, después de años queriendo ir tomaron un vuelo de regreso unos días después de llegar. Sus cuerpos no podían más. Sus ojos no podían más. Sus almas no podían más. La India es dura, pero también es maravillosa. Y eso, exactamente eso, la crudeza, la crueldad, incluso, del día a día en Calcuta, y la solidaridad, la generosidad y la felicidad en uno de los barrios más pobres de esa ciudad es lo que relata Dominique Lapierre en su popularísima 'La ciudad de la alegría'. Uno de mis grandes pendientes. Porque fui una niña y una adolescente que, inspirada por la magia de cuentos e historias lejanas, soñaba con ese exótico país. Y porque cuando vi la película (protagonizada por Patrick Swayze y Om Puri) me quedé enamorada con aquella historia hasta el punto de no querer abrir el libro. Por si acaso. Por si me destrozaba las imágenes de la pantalla, la historia, la esencia. Cuántos libros no habre leído, o habré leído décadas después de ver las películas por esos porsiacasos.... 

Miedo infundado, en este caso. Porque libro y película son completamente independientes. Diferentes. Diría, casi, que aunque tienen las manos cogidas, se dan la espalda. La película mira a la historia, a la emoción. El libro apunta a las vidas reales de quienes viven en un slum, las relaciones que se establecen entre ellos y cómo asumen su cotidianeidad mientras intentan que a sus familias les falte lo menos posible. El libro comienza con dos personajes que están muy lejos de cruzarse. De hecho, no lo hacen hasta muy muy avanzado el libro. El primero, Hasari Pal y su familia. Un campesino que se ve obligado a huir a la ciudad para tratar de subsistir en la más absoluta miseria. Viven en la calle, rebuscan en la basura y hasta vende su sangre para conseguir que los suyos tengan algo que llevarse a la boca la mayoría de los días. Así hasta que la suerte se le presenta en forma de hombre-caballo, uno de los miles de conductores de rickshaw que se dejan los pulmones sobre el asfalto de las calles de Calcuta, que le apadrina para convertirse en uno de ellos. El otro protagonista es Paul Lambert, un cura católico blanco que llega a la ciudad con el objetivo de ayudar a los más necesitados y que, ante el asombro de sus homólogos indios, decide instalarse en el corazón mismo de la miseria, en un slum, en un lugar donde las casas apenas tienen unos metros cuadrados, donde cuando llueve las calles se llenan de excrementos, donde se vive pared con pared con los leprosos, donde hay que hacer horas de cola para ir al baño y para echarse un par de cubos de agua encima, que es en lo que consiste la ducha diaria, donde se compran fetos para experimentación y donde los niños emprenden cada mañana el camino del vertedero con la esperanza de conseguir algo con un mínimo valor. Un lugar que, irónicamente, se llama la ciudad de la alegría. Más adelante entrará también en la trama Max Loeb, un médico estadounidense de buena familia que, admirador de la labor de Lambert, decide pasar una temporada en la India, país que le recibe abrazándolo en mugre y atendiendo el complicado parto de una leprosa. Situaciones, ambas, que le generan tanto asco como fascinación.

'La ciudad de la alegría' es una descripción desnuda de la India, y de los indios, más pobres. Una crónica novelada de cómo viven, de cómo salen adelante, de cómo se relacionan entre ellos, de cómo dan lo que no tienen cuando hay que echar una mano al vecino, de jornadas interminables de trabajo para conseguir unas pocas monedas, de usureros que sacan las tripas (a veces en sentido literal) a los más pobres para que puedan pagar entierros o dotes para las bodas de sus hijas, de cómo se duermen todas las noches arrullados por los chillidos de las ratas, de las risas de los niños alzándose por encima de la miseria, del rojo betel escondiendo la sangre de pulmones destrozados, de perros que convierten en festín los miembros amputados en una camioneta, las miradas de desprecio de quienes no viven en l slum, la corrupción en cada rincón de la administración, la bondad y el trabajo incansable de la madre Teresa, el monzón que todo lo da y todo lo quita... Un viaje a esa India tan cruda como subyugante que, como bien me dijeron, te abraza o te escupe.

"Su espesa pelambrera rizada y sus patillas, que se juntaban con las guías caídas de los bigotes, su pecho corto y robusto, sus largos brazos musculosos y sus piernas un poco arqueadas le daban un aire de guerrero mongol. Sin embargo, Hasari Pal, de treinta y dos años, no era más que un campesino, uno de los 548 millones de habitantes de la India que pendían su alimento a la diosa tierra. Había construido su choza de dos habitaciones con adobe cubierto de bálago un poco apartada del pueblo de Bankuli, uno de los 36.543 municipios de la Bengala Occidental, un estado del noreste de la India tres veces más extenso que Bélgica y tan poblado como Francia. Su esposa, Aloka, de corta estatura, piel clara y aire seráfico, con la aleta de la nariz atravesada por un aro de oro y los tobillos adornados con varias ajorcas que tintineaban a cada paso, le había dado tres hijos. La mayor, Amrita, de doce años, había heredado los ojos almendrados de su padre y la bonita piel afrutada de su madre. Manooj, de diez años, y Shambu, de seis, eran dos buenos mozos de cabellos negros y alborotados, más dispuestos a cazar lagartos con sus hondas que a empujar el búfalo en el arrozal familiar. Como a menudo era tradicional en la India, también vivía en casa del campesino su padre, Prodip, un hombre enjuto y arrugado, con la cara cruzada por un delgado bigote gris, y su madre, Nalini, anciana encorvada y con más arrugas que una nuez. Hasari Pal albergaba también a sus dos hermanos menores, a sus mujeres y a sus hijos, es decir, en total, dieciséis personas."

Título: La ciudad de la alegría
Autor: Dominique Lapierre
Traductor: Carlos Pujol
Editorial: Seix Barral
Páginas: 402
Procedencia: segunda mano
Precio: 1€

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