domingo, 24 de junio de 2018

Del #hermanayotecreo al #estánentodoslosputossitios





No voy a repetir ninguna de las barbaridades que le han dicho a Paula Bonet por este comentario. Sería darle altavoz a toda una cohorte de cafres (hombres y mujeres), ejemplares humanos que nos hacen entender por qué las mujeres estamos en la situación en la que estamos y por qué esta lucha ("esto es una guerra", como dice mi admirada Irantzu Varela) es importante y va a ser larga. Sólo hay que ver el acoso que está sufriendo la artista, que siempre ha hecho bandera del feminismo, para darse cuenta de lo necesario que es seguir, apoyarnos, no dejarnos amedrentar y avanzar, aunque los pasos sean pequeños y nos pongan muchas zancadillas, hacia la igualdad. Porque ahí está la clave. Si Paula Bonet fuera un hombre, ¿se le habrían echado encima como lo han hecho? No necesito pensarlo ni un segundo para contestar: NO.

Paula Bonet no dice nada que no sea verdad. Sólo en España violan a una mujer cada ocho horas. No lo digo yo, lo dice Dolores Cidoncha, que trabaja desde hace más de veinte años en prevención y atención a víctimas de agresiones sexuales en la Comunidad de Madrid. Una cada ocho horas. Una por la mañana, mientras desayunamos. Otra a la hora a la que muchos se echan la siesta. Y la última a medianoche, mientras muchos violadores se van a dormir tranquilos y calentitos. Todas conocemos a alguna mujer a la que han violado. Conocemos su dolor, el sentimiento de vergüenza que todas comparten, el miedo, las noches sin poder pegar ojo, cómo, cuando no lo cuentan, se las come por dentro y cómo, cuando lo hacen, las fieras las devoran por fuera. Si no conoces a ninguna mujer que haya sufrido una violación revísate la lengua. Igual conoces no sólo a una, sino a varias, pero seguramente hayas hecho comentarios que las hayan hecho pensar que antes se tragan la lengua que confiar y explicártelo. Comentarios como los que hemos tenido que oír sobre la víctima de la manada desde que, valiente, se atrevió a denunciar, hacen comprensible que muchas de las mujeres renuncien a denunciar. Porque cuando lo hacen son ellas las juzgadas. Más que sus agresores.

Paula Bonet no dice nada que no sea verdad. Todas nos hemos sentido en peligro alguna vez. Todas hemos vivido situaciones de las que hemos salido intactas porque había gente alrededor, porque hemos llamado por teléfono, porque nos hemos refugiado en un bar abierto. Físicamente intactas, porque hay momentos, miradas, comentarios, escenas y olores que, aunque han pasado los años y no nos llegó a pasar nada, siguen poniéndonos los pelos de punta y un puñal en el estómago cuando los recordamos. Y sí, como bien dice la autora de 'La Sed', están "en todos los putos sitios". Todos (todos y todas, insisto) los que llevan desde el día 21 acosándola en redes sociales están más preocupados por un comentario que por el hecho de que cinco violadores estén en la calle, disfrutando de una libertad que, a su manera, se le ha privado a la víctima desde el primer día. Y no son cuatro gatos. Ésos, como los violadores, "están en todos los putos sitios". Y la sentencia de la manada, primero, y su libertad, ahora, les han dado alas. Están envalentonados. La (in)justicia los ha sacado de las cavernas y se sienten poderosos. Como los violadores. Por eso estamos en pie de guerra, porque hemos confirmado que la venda con la que la justicia se cubre los ojos no es para ser imparcial, sino para no ver lo que quienes la imparten no quiere que vea.

Paula Bonet no dice nada que no sea verdad. Y sus acosadores no hacen más que alimentarnos. Cada comentario nos hace más fuertes. Cada insulto nos une más. Cada mentira nos da más ganas. #hermanayotecreo y, efectivamente, Paula, #estánentodoslosputossitios.

domingo, 17 de junio de 2018

'Todo lo que no te conté': esos capullos de hilo invisible que tejemos


@martatorresmol

Hay primeras frases míticas ("Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos...", "Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera...", "Constituía un placer especial ver las cosas consumidas...", "Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa...", "Llamadme Ismael..."). Y hay primeras frases como las de 'Todo lo que no te conté', de Celeste Ng, que no te permiten dejar de leer. Primeras frases que te atrapan, que te secuestran. Aunque te destripen el final. Tres palabras ("Lydia está muerta") que ya no te sueltan.

Lydia es la mediana de un matrimonio interracial. Tiene los ojos azules de su madre, Marilyn, y los rasgos chinos de su padre, James. Ambos se conocieron en la universidad, ella era alumna y él profesor. Fue una atracción instantánea. Y una relación que les aisló. Eran los años 60 y en Ohio aún no estaban bien vistos esos matrimonios. Un aislamiento y unos complejos que, sin pretenderlo, impregnan la vida de sus tres hijos. Nath es el mayor, es introvertido y sueña con ir a Harvard. Hannah es la pequeña, es transparente (llegó sin que la buscaran) y la única que ve, en realidad, todo lo que ocurre en casa. Y luego está Lydia, la mediana, la niña bonita de mamá, la niñita en la que Marilyn, que tuvo que dejar una prometedora carrera por la familia que estaban creando, carga todas sus ilusiones, expectativas y esperanzas. Un peso que Lydia no ha querido. Ni deseado. Ni buscado. Un peso del que no puede ni sabe desprenderse. Un peso al que se suma la adolescencia. Y el primer chico. Y el miedo a la vida sin su hermano cuando éste se vaya a la universidad. Y los pánicos heredados de la infancia, de aquella vez que su madre les abandonó durante meses.

Esa mañana de mayo, en ese desayuno familiar con el que comienza la novela, en esa casa cerca del lago, Lydia ya está muerta. Lleva unas horas muerta. Murió durante la noche. Aún tardarán días en encontrar su cuerpo. Unos días que sirven a Celeste Ng para ir hacia atrás. A los días anteriores a la muerte de Lydia. Semanas. Meses. Años. Nos mete en esa familia. Nos pasea por su historia. Desde el primer encuentro de James y Marilyn a los momentos de crisis. A las dudas. A las reacciones de los demás al ver ese amor entre una bonita norteamericana de ojos azules y un profesor de origen chino. A los nacimientos. Nos lleva de la mano a las habitaciones de los niños. A sus cabecitas, ésas por las que pasan muchas más cosas de las que sus padres imaginan. Pensamientos, sentimientos, creencias que no les cuentan a sus padres. Pensamientos, sentimientos, creencias que son la clave para saber quiénes son sus hijos. La llave a saber, sin dudas, qué le ocurrió a Lydia en su última noche. Porque eso, los capullos transparentes que tejemos a nuestro alrededor para escondernos y protegernos de quienes más nos quieren, es el auténtico tema de la novela. Pero Celeste Ng nos engaña, teje también su propio capullo de hijos transparentes para hacernos creer que lo importante es la muerte de Lydia. Y lo hace con una prosa sencilla, delicada, tierna, bella. Palabra a palabra, frase a frase. Sincera. directa. No nos esconde nada. Somos los únicos que lo sabemos todo. Sabemos, incluso, desde el principio, que Lydia está muerta. Y a pesar de eso no podemos parar de leer.

"Lydia está muerta. Pero esto aún no lo saben. 1977, 3 de mayo, seis y media de la mañana. Nadie sabe nada excepto este dato inocuo: Lydia llega tarde a desayunar. Como siempre, junto a su cuenco de cereales su madre ha dejado un lápiz recién afilado y los deberes de física de Lydia, seis problemas con pequeñas marcas color rojo. En el coche, camino del trabajo, el padre de Lydia sintoniza en el dial WXKP, 'la mejor fuente de noticias del noroeste de Ohio', molesto por el chisporroteo del ruido estático. En las escaleras, el hermano de Lydia bosteza, todavía enmarañado en el tramo final del sueño que ha tenido. Y en su silla en un rincón de la cocina, la hermana de Lydia está inclinada con ojos como platos sobre sus copos de maíz, chupándolos uno a uno hasta deshacerlos, esperando a que aparezca Lydia. Ella es la que dice, por fin: 
-Hoy Lydia está tardando mucho".

Título: 'Todo lo que no te conté'
Autora: Celeste Ng
Traductora: Laura Vidal
Editorial: Alba
Colección: Contemporánea
Páginas: 336
Precio: 19,50€
Procedencia: comprado

martes, 12 de junio de 2018

'La catedral del mar', fría


@martatorresmol

Pues me ha vuelto a pasar. Me lo temía, pero confiaba. Al fin y al cabo, miles y miles de personas lo han leído y les ha encantado, ¿no? Pues a mí 'La catedral del mar', de Ildefonso Falcones, no me ha convencido. Y no lo ha hecho, precisamente, por los mismos motivos por los que no me convenció 'La mano de Fátima', la única novela suya que había leído hasta la fecha. Aquella y esta historia me han parecido frías, como escritas por un robot. Y ya está. Es algo muy personal, pero es algo que yo necesito. Necesito que las historias me toquen, me hagan reír, enfadarme, desesperarme, entristecerme, llorar... Y ésta, como aquella, no lo ha hecho. En su momento, cuando se publicó, el libro estaba en casa de mis padres y le di un ojo por encima. No me convenció. Le intuí algunas similitudes con 'Los pilares de la tierra', de Ken Follet, que leí en un viaje de Carcassone a Burdeos, y me fascinó.

'La catedral del mar' cuenta la historia de Bernat Estanyol y de su hijo Arnau, con el que huye a Barcelona con la esperanza, tras enfrentarse al señor de sus tierras, de poder pasar desapercibido y conseguir, tras un año y un día, ser un ciudadano libre. Si el libro comienza mal para los protagonistas, con el señor de Navarcles arruinando el matrimonio de Bernat, continúa aún peor. A ninguno de ellos se les ahorran desgracias, aventuras, peligros, gente que quiere verles hundidos en la miseria o, incluso muertos, amores imposibles, venganzas... Una novela histórica de manual, vaya.

Falcones escribe bien. La trama, las historias y las vidas que se van cruzando a lo largo de las décadas por esa Barcelona del siglo XIV, son muy interesantes. Los personajes están bien trazados, te preocupas por ellos, quieres saber qué les pasa y esperas el momento en que algo les salga bien (a algunos) o a que les llegue el fin (a otros). Las descripciones son tan claras que casi te parece estar recorriendo callejones, plazas, ese puerto sin muelles, iglesias, palacetes, masías, talleres... Y la verdad es que las casi 700 páginas se leen en un par de días. ¿Y entonces? Pues que es frío... Muy frío... No se me ha encogido el corazón con el pequeño Joan esperando, día tras día, que su madre emparedada saque la mano por el ventanuco para acariciarle la cabeza. No he tenido que cerrar los ojos para no ver la violación salvaje de Francesca en su noche de bodas. No he sentido taquicardias al acompañar al niño Bernat en la aventura de quemar el cadáver de su padre ahorcado. No me he enfadado con el rey al obligar a Bernat a casarse con una noble que le desprecia. No me he indignado con Joan al no darse cuenta de lo que pasaba con Mar. Ni he llorado al leer las muertes de Sahat, de Albert, de Ramon...


"Año 1320
Masía de Bernat Estanyol
Navarcles, Principado de Cataluña


En un momento en el que nadie parecía prestarle atención, Bernat levantó la vista hacia el nítido cielo azul. el sol tenue de finales de septiembre acariciaba los rostros de sus invitados. Había invertido tantas horas y esfuerzos en la preparación de la fiesta que sólo un tiempo inclemente podría haberla deslucido. Bernat sonrió al cielo otoñal y, cuando bajó la vista, su sonrisa se acentuó al escuchar el alborozo que reinaba en la explanada de piedra que se abría frente a la puerta de los corrales, en la planta baja de la masía".

Título: 'La catedral del mar'
Autor: Ildefonso Falcones
Editorial: Grijalbo
Páginas: 669
Precio: 18,80€
Procedencia: biblioteca familiar

sábado, 9 de junio de 2018

Se me ha atragantado un 'tequiero'


@martatorresmol

Se me ha atragantado un tequiero. Era un tequiero pequeño. Bien formado. Completo. Con todas y cada una de sus letras. Con su entonación. Con su sonido. Era un tequiero perfecto. Pequeño, pero perfecto. Perfecto, pero pequeño. Salió así del corazón. Creo que se escapó, amparado en la multitud de megustas, tedeseo, meexcitas, piensoenti... Mucho más rápidos, no les pudo seguir el ritmo. Ellos recorrieron veloces el camino hasta los labios. Él se quedó por el camino. Perdido y solo. Se vio pequeño. Prematuro. Precipitado. No tuvo fuerzas para trepar por las cuerdas vocales. Se quedó en la garganta. Ahí lleva días, semanas, meses. Ya no es pequeño. Ni prematuro. Ni precipitado. Es grande. Gigantesco. Mastodóntico. Se ha enquistado. Se ha puesto cómodo. Lo siento respirar. Palpitar. Dudar. Me pesa. Me consume. Me ahoga. Se me ha atragantado un tequiero.

domingo, 3 de junio de 2018

'La cena': las arcadas


@martatorresmol

¿Qué sería alguien capaz de hacer por un hijo? ¿Hasta dónde podría llegar? Son algunas de las preguntas que plantea 'La cena', de Herman Koch, una novela que he leído sin pestañear y soportando las arcadas que me provocaba página tras página. Y no por los maravillosos platos que pasan por la mesa de ese restaurante de postín sino por sus comensales. Por todos y cada uno de ellos. Por lo que piensan, por lo que hacen, por lo que esconden y, sobre todo, por cómo quieren. O creen querer. Que no es lo mismo. Porque esa primera pregunta ("¿Qué sería alguien capaz de hacer por un hijo?") es, en realidad, una trampa. Una engañifa. Porque, en realidad, no engañan, esconden, atacan, mienten y pelean por un hijo, sino por ellos mismos. Por la imagen. Por las apariencias. Por el qué dirán. Por mantener un estatus. Por la crueldad y el salvajismo que puede haber tras una cortina civilizada. Ésa es, al menos, la conclusión a la que, después de semanas de darle vueltas a esta novela, he llegado.

Koch es un maestro. Con los tiempos. Con las palabras. Con los personajes. Con los espacios. Consigue que casi 300 páginas, sin apenas salir del comedor de ese restaurante, se hagan cortas. Y que vayas cambiando tu forma de ver (y de no entender) a los protagonistas con una maestría que sólo le he visto a Carol Reed en su versión cinematográfica de 'El tercer hombre', inspirada en la novela homónima de Graham Greene. Pasamos de ver a dos padres y dos madres de adolescentes que han quedado, son hermanos y cuñados, para cenar civilizadamente y hablar de una travesura de sus hijos. Una velada para analizar situaciones, encontrar culpables, buscar soluciones. Una velada en la que sale a flote toda la mierda. De las familias. Y de la sociedad occidental. Los prejuicios. El racismo. La aporofobia. El desprecio por aquellos que no son iguales a uno. La soberbia. Los malos tratos. La crianza de hijos tiranos. Adolescentes sin valores. O con unos valores muy pervertidos. Porque la travesura que han cometido esos hijos de esas dos familias bien que se encuentran en un restaurante elegante, de platos caros y clientes forrados de dinero, ha sido quemar a una indigente que se había refugiado en un cajero automático para pasar la noche a salvo del frío. Una fechoría que ellos no consideran importante, al fin y al cabo, era una indigente. Que esconden. Lo mismo que hacen sus padres, unos al reconocerlos en la grabación del cajero y otros al descubrir el vídeo en sus móviles.

En la cena, en realidad, se habla poco de esto. Todos dan vueltas y más vueltas. Plato tras plato. Porque ninguno quiere reconocer que sus hijos no son como deberían ser. Que ellos lo saben. Que lo han ocultado. Que son responsables de ello. Y que, en el fondo, piensan exactamente igual que sus retoños. Para todo esto nos sirve esa cena, para que Koch vaya atrás y adelante mostrándonos cómo son esos cuatro comensales tan civilizados y tan ricos y tan de clase media alta y tan educados y tan bien considerados. Y no puedes dejar de sentir arcadas.


"Íbamos a cenar en un restaurante. No diré en cuál, porque si lo digo puede que la próxima vez esté lleno de gente que quiera ver si hemos vuelto. Había reservado Serge. De las reservas siempre se ocupa él. El restaurante es uno de esos a los que hay que llamar con tres meses de antelación, o seis u ocho, ya he perdido la cuenta. Yo jamás querría saber con tres meses de antelación adónde iré a cenar una noche determinada, pero parece que hay gente a quien eso no le importa nada. Si dentro de unos siglos los historiadores quieren saber cuán idiota era la humanidad a comienzos del siglo xXI, no tendrán más que echar un vistazo a los ordenadores de los llamados restaurantes selectos, porque resulta que todos esos datos se guardan."

Título: 'La cena'
Autor: Herman Koch
Traductora: Marta Arguilé Bernal
Editorial: Salamandra
Páginas: 288
Precio: 17,50€ / 8,50€
Procedencia: comprado

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