martes, 29 de septiembre de 2020

El invitado (Elizabeth Day)

 

El invitado

Quizás la historia de 'El invitado', de Elizabeth Day, no sea la más original del mundo (chico listo de familia humilde que consigue una beca para centro de chicos ricos donde se hace amigo íntimo del rico, guapo y popular...), pero reconozco que la joven británica sabe contar. Muy bien. Porque a pesar de que la historia, seguramente, la hemos visto mil veces (perdón por la hipérbole, mi parte sureña predomina hoy) en las series de adolescentes y universitarios, la forma de contarla atrapa. Desde el primer momento. En esa sala de interrogatorios en la que Martin Gilmour, con una taza de té pasado en las manos, empieza a surfear entre las preguntas de Traje Gris y Pelo Beis, detectives de la policía, sobre la fiesta de Ben, su millonario amigo del alma. Algo grave ha pasado, pero no sabemos qué. No lo sabremos, de hecho, hasta casi 400 páginas después, ya que Day va alternando el interrogatorio con largos capítulos en los que va contando la vida de Martin, imprescindible para entender qué pasó en la fiesta. Un desenlace, ya aviso, lógico. El interrogatorio y la vida de Martin se intercalan también con una tercera pata de la estructura, la voz de Lucy, la mujer de Martin, su historia y un cuaderno que escribe en algún lugar en el que se encuentra retenida.

Day es cruda, bruta, directa, sucia, incluso, a la hora de narrar. También sibilina. Diciendo lo justo, para que sea el propio lector quien vaya hilando. Elucubrando. Cogiendo las pistas que ella va dejando para tratar de adivinar, antes de llegar al final de las páginas, los secretos y misterios que explican la extraña relación de Martin con Ben. El extraño matrimonio de Martin de Lucy. El extraño comportamiento de la familia de Ben con Martin. Todo es extraño. Pero, en realidad, todo es muy lógico. Lo más lógico, de hecho. Y ahí está la gracia. En ese juego en el que el lector quiere adelantarse a los capítulos. Y en el que cada acierto es una pequeña victoria. 

Cuando estás en la adolescencia de Martin estás deseando volver al interrogatorio para saber qué pasó en la fiesta, cuando estás en la fiesta estás deseando volver al pasado para tener más pistas de por qué está pasando lo que está pasando, cuando estás en el pasado estás deseando volver al interrogatorio para... Un bucle constante del que no te puedes separar a pesar de que, eso sí tengo que decirlo, los personajes son bastante desagradables. Hay algo turbio en algunos, otros son malas personas y la única que queda fuera de ambas categorías, la buena de Lucy, con la que empaticé en un primer momento, acabó por desesperarme porque, ¿cómo no se había dado cuenta antes de que...? Vale, es buena, es leal, es divertida, es inteligente... por eso me ha dado coraje que la escritora no le regalara un gran final, el que se merecía, una vuelta de tuerca, algo que se saliera de esa lógica, unos fuegos artificiales, vaya. Los demás son todos egoístas, traicioneros, interesados, soberbios, clasistas, crueles... Aunque pretendan hacer que no lo son. Sus personalidades están llenas de recodos y escondites en los que se esconden sus auténticas intenciones y sentimientos. Nada es diáfano. Nada queda a la vista. Hasta esa fiesta en la que Ben y su altísima, guapísima y ambiciosísima mujer les hacen un feo a Martin y Lucy. Hasta esa noche en la recién estrenada mansión, en la que no falta ni el primer ministro, en la que llueve el champán y que no termina, precisamente, como sus anfitriones, que citan a sus supuestos amigos antes de que empiece la fiesta, esperan. Con uno de sus invitados en una sala de interrogatorios en la que confesará mucho más de lo que nadie espera.

"La sala de interrogatorios es pequeña y cuadrada. Una mesa, tres sillas de plástico, una ventana alta de cristal translúcido mugriento y cubierto de polvo, tubos fluorescentes; sobre nuestros rostros se proyecta una lóbrega sombra amarilla. 
Dos tazas de té: una para la agente de policía y otra para mí. Con leche y dos azucarillos. Demasiada leche, aunque no estoy en disposición de quejarme. El borde de mi taza está cuajado de marcas de dientes allí donde, unos minutos atrás, he mordido el poliestireno. 
Las paredes son de un blanco grisáceo. Me recuerdan a las pistas de squash del RAC de Pall Mall donde, hace tan solo unos días, le pegué una paliza a un contrincante que iba varios puestos por delante de mí en el ranking del club. Era banquero. Con la cara rubicunda. Pantalones cortos y anchos. Unos músculos sorprendentemente esbeltos y tensos. Me lo merendé con bastante rapidez: servicio, pelota cortada, smash. El sonido de la pelota de goma al rebotar contra el cemento, un gran punto verde oscuro al final de cada intercambio de golpes. Gruñidos. Maldiciones. al final, la derrota. Una agresión contenida entre cuatro paredes". 

Título: El invitado 
Autora: Elizabeth Day 
Traductora: Begoña Prat Rojo 
Editorial: Duomo Nefelibata 
Páginas: 368 
Precio: 18,50€ 
Procedencia: comprado (Bookish)

domingo, 20 de septiembre de 2020

Relatos de Sevastópol (Lev N. Tolstói)

Relatos de Sevastópol

Sevastópol. Allí, entre sangre, muerte, dolor y pólvora. Allí, bajo las estrellas que se confunden con bombas y bombas que uno cree estrellas. Allí, con el frío y el hambre arañando la piel y las tripas. Allí fue donde Tolstói se convirtió en general de las letras. Así lo explicó el propio escritor, que llegó al sitio de Sevastópol en noviembre de 1854 y que, más allá de disparar y asaltar trincheras, lo que hizo fue mirar. Observar. Fijarse. En los detalles, sí, en las acciones, también, pero sobre todo en los soldados. En sus compañeros de batalla. En sus miedos, sus ilusiones, sus esperanzas, su valentía y su arrojó, sí pero también sus muchas dudas. Y eso, más que la acción del ejército ruso contra la alianza turco-anglo-francesa, es lo que cuenta en las tres crónicas del sitio de Sevastópol: diciembre, mayo y agosto. Más que de literato, más que de soldado, Tolstói ejerce de periodista. De los que están, ven, oyen, sienten, comparten las vivencias y luego, con calma, las escriben. Estos relatos, que se adentran en los pensamientos y el día a día de sus compañeros, le han valido que se le considere el primer corresponsal de guerra moderno. Él, sin embargo, y a pesar de contar con el entusiasmo del zar, que impidió que la censura las prohibiera, no las vio nunca publicadas. No completas. Ni el propio Alejandro II consiguió que la censura no metiera sus largas zarpas en esos tres relatos.

Adentrarse en las páginas de los 'Relatos de Sevastópol' es meterse de lleno en unas calles en las que la vida urbana se confunde con la del campamento militar, donde los marineros que fuman se mezclan con los soldados que hacen guardia y con las muchachas que, en ese caos, pasean tratando de no mancharse sus vestidos de tonos empolvados. Una ciudad en la que los proyectiles se amontonan en cualquier rincón y en cuyas puestas de sol, sobre un mar (la Mar) plagado de botes y barcos, el sonido de los disparos acompaña el vals que interpreta la orquesta de uno de los regimientos. Es colarse en las conversaciones de tenientes, es temer por los que van al cuarto bastión, sonreír al leer que en mitad de una guerra un hombre puede pensar más en una mujer de pañuelo rojo que en su más que posible muerte, aguantar la respiración con la certeza de que esos dos hermanos que se han encontrado en el frente están diciéndose sus últimas palabras porque al menos uno de ellos tiene los días contados. Es contar las vértebras que se les marcan a los soldados a través de las viejas y sucias camisas, sentir la vergüenza del que se tira al suelo huyendo de una bomba que, misericordiosa, le deja entero, y el enfado de saber que un alto cargo del ejército cuenta billetes mientras sus hombres apenas tienen que llevarse a la boca. Es ver cómo, mes a mes de ese año de sitio, todo es cada vez más sucio, más repugnante, huele peor. 

No hay atisbo de romanticismo en esta suerte de diario de la guerra. No hay épica. Ni victoria ni derrota. Hay un día a día. Incierto. En el que las conversaciones de taberna se mezclan con el horror, la muerte y el dolor. Leer 'Relatos de Sevastópol' es vivir esos meses, de diciembre a diciembre, llegando, palabra a palabra, a la misma conclusión a la que llegó Tolstói: "Las cuestiones que no resuelven los diplomáticos menos aún las resuelven la pólvora y la sangre". 

"La aurora ya empieza a colorear el horizonte sobre al colina Sapún. La superficie azul del mar ya se ha despojado de la oscuridad de la noche y espera el primer rayo para empezar a jugar con su alegre brillo. Desde la bahía llegan el frío y la niebla. No hay nieve, todo está oscuro, pero el penetrante hielo de la mañana golpea en la cara y cruje bajo los pies y solo el incesante rumor lejano del mar, rara vez interrumpido por un estruendo de disparos en Sevastópol, rompe el silencio de la mañana. En los barcos un ruido sordo marca la octava media hora.
En la bahía Norte la actividad diurna poco a poco empieza a sustituir a la tranquilidad de la noche: aquí los centinelas se relevan haciendo sonar las armas; allí un médico va con prisa al hospital. Aquí un soldado se arrastra fuera de su cueva, se lava su bronceada cara con agua helada y, volviéndose hacia el rojizo Este, se santigua rápidamente y reza."

Título: Relatos de Sevastópol
Autor: Lev N. Tolstói
Traductora: Marta Sánchez-Nieves Fernández
Editorial: Alba
Colección: Alba Clásica
Páginas: 216
Precio: 16€
Procedencia: comprado

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