domingo, 30 de junio de 2019

José Luis Angulo: "Voldemort es uno de los personajes más malvados que he doblado"



José Luis Angulo, doblador de Voldemort | Sergio G. Cañizares

A José Luis Angulo no le conocen por su cara. Pero sí por su voz. Suya es la que en España han tenido Gargamel de 'Los pitufos', el gato Isidoro y el popular Michael Knight de 'El coche fantástico', interpretado por David Hasselhoff, de quien es voz habitual. También ha doblado a Jean Claude van Damme, Bill Nighy o Samuel L. Jackson, así como al temible Lord Voldemort, a quien da vida Ralph Fiennes, en las películas de Harry Potter, un trabajo sobre el que habló a los asistentes a las últimas jornadas del niño mago organizadas por la asociación Dracs d'Eivissa.

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
¿Es fan de Harry Potter?
¡Claro que sí!

¿Y es de Slytherin?
En la película sí, pero unas niñas me han dicho que no podía serlo con esa maldad...

¿Lord Voldemort es el personaje más malo que ha doblado?
Uno de los más perversos y malvados, sí. Me encantan este tipo de personajes porque se prestan a cambiar la voz. Me atraen mucho. Cuando era joven siempre me daban galanes buenazos, ahora me encanta poner voz de malo.

Con Voldemort se habrá puesto las botas cambiando de voz: de un ser débil que no puede ni hablar a toda una fuerza del mal.
Exacto, eso me supuso poner un tipo de voz diferente en cada película porque el personaje iba evolucionando. En una tenía que poner ese tono que todo el mundo conoce: «¡Haaaarry Potter!» [pone la voz] Y en otras susurrar más. Me supuso un estudio del personaje a lo largo de la saga. Durante el doblaje tenía al lado a un supervisor, el de la saga en Italia y Francia, que me iba marcando un poco.

Veía las películas antes que nadie. ¿Su entorno no le preguntaba por los detalles?
Aunque lo hubieran hecho no podría haber respondido. En algunas películas, como ésta, no podemos dar ninguna información. Me sorprendo cuando algún compañero pone en sus redes sociales que está doblando a tal o cual personaje. Hay cosas que no se deberían decir.

¿Hay que ser muy fiel a la voz original?
Como director procuro que sea así. No somos ellos, pero procuro que el margen de voz sea lo más parecido posible. Hay actores que tienen una voz asociada hace mucho e igual no se parece tanto, pero sí la personalidad. Cuando me llega una película procuro buscar la voz más parecida y, si en ella aparece, por ejemplo, Harrison Ford, siempre llamo a Salvador Vidal, el actor que suele doblarlo. Procuro ser muy fiel y, si tiene una característica especial, intento marcarla. El original te da muchas pistas.

¿Cuando le propusieron ser la voz de Voldemort era consciente de la dimensión de la saga?
No. Cuando dirijo un doblaje intento repartirme cosas muy pequeñas o ninguna. Para estar pendiente de la dirección. Pedí a unos compañeros que hicieran pruebas para Voldemort. Yo les daba indicaciones. Le pregunté al supervisor a quién elegía para el doblaje y me contestó: «Lo tengo muy claro, vas a hacerlo tú». No era consciente de la dimensión que tendría el personaje. Los importantes eran Harry, Hermione... Además, si te fijas, en las películas hablan mucho de él, pero no tenía mucha presencia. En las películas, Harry igual tenía 100 tapes y Voldemort, 20.

¿Con algún otro personaje se había visto rodeado de niños pidiéndole que les haga la voz?
Me sorprendió Sant Antoni. Había niños que me pedían que les dijera algo con la voz de Voldemort. Les preguntaba cómo se llamaban y les repetía su nombre con la voz de Voldemort. Flipan. Y a mí me encanta. Los alumnos de doblaje me dicen que me imitan a mí. Jamás había pensado que este personaje fuera tan importante como para que me imitaran. Es como cuando alguien imita a Ricardo Solans, que dobla a Sylvester Stallone. Le imitan a él, no a Stallone. Pues a mí me está pasando lo mismo con Voldemort y no doy crédito.

Dice que le gustan los personajes malvados, es lo que dicen siempre los actores.
Hacer un galán requiere, casi siempre, la misma fórmula: hablar con tu voz, interpretando, pero con tu voz. Un personaje un poco malo tiene un sarcasmo o una doble intención muy interesante. También me divierte hacer personajes cómicos, como Gargamel, de 'Los pitufos', o Estoico el Vasto, de 'Cómo entrenar a tu dragón'. Los personajes con un poco de trasfondo son muy interesantes porque una sola frase puede indicar muchas cosas cuando la dices como debes.

¿Cada vez le damos menos importancia a la voz?
Ahora es diferente, es cierto. No buscas una voz bonita, sino que se pegue a la original. Cuando empecé había actores que no tenían una voz bonita, pero aquí, si era un hombre o una mujer guapa, se buscaba una que lo fuera. Decían que debía tener voz de rubia. O de rubio.

¿Voz de rubia?
Sí, una voz preciosa. Aunque el original no la tuviera. Ahora no, es más real. A mí me decían que tenía voz de rubio y, al principio, no sabía qué significaba. ¡Cómo han cambiado las cosas! Ahora ya no se habla de voces de rubia o de morena.

¿Cómo era la voz de morena?
Pues, si hablamos de una mujer, más grave, más dura. La de rubia era como de ingenua.

El actor tiene el cuerpo, la voz y la mirada, pero el de doblaje sólo la voz. ¿Cómo se hace para conseguir lo mismo?
Cuando alguien viene al estudio siempre le explico que verá dos doblajes de otra forma. Es sorprendente. Dirigí 'Banderas de nuestros padres', y los actores de doblaje gritaban: «¡Vamos! ¡Adelante! ¡Desembarcad!». Ellos están logrando lo mismo que los actores del desembarco, pero quietos ante un atril. Yo necesito concentrarme antes, pero hay actores que logran el tono correcto aunque hace un minuto estuvieran hablando de fútbol con un compañero. Los admiro. No entiendo cómo lo consiguen. Es de aplauso.

Hablando de fútbol con un compañero o entretenidos con el móvil.
¡El móvil! Cuando dirijo un doblaje, permito que lo tengan aunque en la sala pone que no se puede. Los actores trabajan a través del móvil, y si van a estar tres horas encerrados grabando se lo dejo coger porque lo necesitan. A veces un estudio te dice que les llames inmediatamente. Ahora todo es «hay que entregar ya». Me refiero a las series. Con tantas plataformas y series te mandan un capítulo el lunes y te dicen que lo emiten el miércoles. Tienes que traducirlo, llamar a los actores, mezclarlo... Todo es inmediatez. A veces, les tomo el pelo a los de producción y les digo que como no pueden entregar el capítulo, que se entreguen ellos.

Con el boom de las series harán falta muchos actores de doblaje, ¿no?
Sí, pero eso tiene una doble cara.

¿Perdón?
Como hay que hacerlo todo tan rápido, se tira de los actores de doblaje de siempre. Una de las críticas que se hacen a las series es que se oyen siempre las mismas voces. ¿Por qué? Pues porque hay actores que tienen tanta práctica que son capaces de, en muy poco tiempo, hacer muchas piezas. Y muy bien. Un actor nuevo necesita mucho más tiempo para el mismo trabajo, así que como para las series hay que correr mucho, a no ser que el nuevo tenga práctica, que es difícil porque no ha dado tiempo, pues no se les suele llamar. Yo, lo que hago, es llamar a estos actores para las películas de cine. Ahí me puedo permitir el lujo de, si no sale a la primera, indicarles y repetir, que vayan cogiendo práctica. En una serie entiendo que mis compañeros directores llamen a los de siempre porque lo resuelven en un momento y los estudios exigen inmediatez.

¿No se les mezclan las voces en la cabeza?
Las tengo en la cabeza. Otras cosas de la vida real se me olvidan, pero cuando hago un reparto me van viniendo a la cabeza las voces de actrices o actores. Así como avanzo en los diálogos voy cambiando. Me vienen a la mente los nombres. No se me olvidan. Eso sí, cuando termino una película, la olvido. En Sant Antoni me preguntaban cosas sobre las cintas de Harry Potter y no podía contestar porque se me ha olvidado. Eso me lo decía un actor antiguo, Félix Acaso, ya fallecido, que los actores teníamos memoria de inmediatez. Lo compruebo todos los días. Actores que están haciendo un personaje y a los que, cuando les hago firmar la hoja al acabar el doblaje, me preguntan cómo se llamaba su personaje.

Si las voces no se le van de la cabeza, ¿le puedo pedir que me ponga la voz de Gargamel? ¿O la de David Hasselhoff?
¡Claro! [Dice «Seguid así, queridos pitufos» con la voz de Gargamel y, acto seguido, la emblemática frase «Kit, te necesito» de David Hasselhoff en 'El coche fantástico']. Eso no se olvida. Y cuando llega una temporada nueva, suponiendo que sea un personaje de una serie, también la recuerdas. ¿Sabes cuándo no me acuerdo de la voz?

¿Cuándo?
Cuando el personaje tiene una voz extraña. Pasado un año o, incluso, dos llega la siguiente temporada y no recuerdo qué voz le ponía. Quien tiene eso más claro no soy yo sino el técnico de sonido que me dice: «Angulo, ésta es la voz, no te compliques más». Las voces muy marcadas, como las de Lord Voldemort o Gargamel no se olvidan tan fácil.

Yendo por la calle, ¿le han reconocido por la voz?
Sí, muchas veces. En los taxis, sobre todo. Cuando le doy la dirección a los taxistas me preguntan si me dedico al doblaje. Siempre me sorprende. Hace poco me ocurrió también en una librería. Simplemente le pregunté a la librera si podía pagar con tarjeta y al traerme el datáfono me dijo si era doblador. No sé si me reconocen por la voz, no lo creo, tengo la sensación de que es más por la forma de hablar.

Igual es que, en general, hablamos muy mal.
Sí, eso es lo que creo, que me llevo la forma de hablar del trabajo a la vida real. Si no es así, no lo entiendo porque no es que salga a todas horas en la televisión. La gente tiene un oído impresionante, eso sí, pero creo que es por la forma de hablar, no por la voz propiamente dicha.

¿Cuáles han sido sus últimos proyectos?
Terminé la película 'Detective Pikachu', en la que tuve que hacer unos cambios de texto para que las voces coincidieran con los subtítulos, para que no hubiera muchas diferencias entre el texto y la voz. Y también 'The Rocketman' el biopic de Elton John. Trabajamos con mucha inmediatez. Cada vez tienes que trabajar com menos tiempo. Rodajes como los de las películas de Harry Potter duraban mes y medio. Eso, ahora, sería sorprendente. Incluso los supervisores, cuando los hay, cada vez más te relacionas con ellos a través de Skype. Hace poco también se estrenó 'El parque mágico', con Sílvia Abril y Andreu Buenafuente y 'Cómo entrenar a tu dragón 3' con Melendi.

Cuando en un doblaje se meten cantantes o humoristas, ¿hay que enseñarles antes de rodar?
Mira, hicimos 'Cavernícola' con Chenoa y ponía mucho interés. Al tiempo me la encontré en el estudio porque estaba en otro doblaje y al verme gritó: «¡Mi maestro!». Me hizo ilusión. Con Sílvia Abril no hubo problemas porque lo hacía muy bien y en el caso de Melendi, que es cantante, tiene el ritmo. Si no logran el tono adecuado, me pongo a su lado y les indico. Incluso les hago las voces para que las imiten. Melendi, por ejemplo, me preguntaba cómo lo haría yo y luego él lo repetía. Salió en 'El Hormiguero' y cuando Pablo Motos le preguntó cómo lo había hecho explicó que yo le había ayudado. Le agradecí la mención. Tengo mucha paciencia, no me preocupa que alguien no haya hecho nunca doblaje, ya me encargo de que parezca que lo ha hecho toda su vida.

Antes me he quedado con lo de los cambios. ¿No es más fácil cambiar los subtítulos que repetir el doblaje?
A mí, eso, también me sorprende. No sé por qué es así. Si algún día me lo explican prometo llamarte y darte la respuesta.

¿A cuál de sus personajes les tiene más cariño?
Pues le tengo cariño, por lo que supuso, lo divertido que fue y el éxito que tuvo, a 'Isidoro, el gato'. Dirigía el doblaje e interpretaba al gato. Hacía una voz extraña que se parecía un poco a la de Gargamel. Tuvo tantísimo éxito... Los coches llevaban muñecos de Isidoro. Le tengo mucho cariño. También a Michael Knight de 'El coche fantástico', pero si tengo que elegir uno, me quedo con el gato Isidoro.

jueves, 27 de junio de 2019

'La hija de la española'


'La hija de la española', Karina Sainz Borgo (Lumen) | @martatorresmol

¡El horror! ¡El horror! no se encuentra, sólo, en los meandros más oscuros del río Congo. Puede estar a tu lado. Ser tu realidad. Esperarte a la vuelta de la esquina, en tu propio hogar, en un país que se va desmoronando y en el que los unos y los otros toman las calles y convierten a cualquiera en el enemigo. Da igual de qué lado estés. Da igual si ni siquiera tienes un bando. O si has decidido que tu bando sois únicamente tú y los tuyos, los pocos que aún te quedan. Estás ahí. Y no hay vía de escape. ¡El horror! ¡El horror! puede ser una señora con chancletas que te quita lo poco que aún te queda. Tus escasos tesoros. Aquello que, poco a poco, ha hecho de ti quien eres. ¡El horror! ¡El horror! es, sin duda, tener que dejarte a ti misma atrás, casi olvidarte, para sobrevivir. Una mariposa obligada a meterse en un capullo varias tallas más grande. Una metamorfosis tan dolorosa como necesaria.

Eso es lo que le pasa a Adelaida Falcón, la protagonista de 'La hija de la española', de la periodista Karina Sainz Borgo. En las páginas ella no lo dice explícitamente, pero la pesadilla que estremece a Adelaida, obligándola a tomar decisiones que a ella misma aterran y repugnan (ese cadáver cayendo por el balcón...), sucede en Venezuela. Su Venezuela. Ese país que, quienes la seguimos y la leemos, sabemos que le duele. Es Venezuela, pero podría ser cualquier país en descomposición, putrefacto, maloliente, con conflictos en las calles, supermercados vacíos y en el que las compresas son un lujo y enterrar a tus muertos una odisea. Desde la primera frase ("Enterramos a mi madre con sus cosas...") Adelaida te tiene con el estómago en un puño y el corazón lleno de polillas. Sufres. Te asustas. Te enfadas. Tomas decisiones que no querrías. Lloras. Vives a oscuras. En silencio. Se te rompe el alma cuando ves tus libros convertidos en munición de no sabes muy bien qué guerra, tu loza estallar en pedazos y las lentejuelas de la blusa de tu madre resbalar hasta el suelo, alejándose de un cuerpo que nunca debió lucirlas, escapando, como tú. Como Adelaida Falcón, un personaje que se te pega a la piel

¡El horror! ¡El horror! es tener que huir. De tu hogar. De los tuyos. De tus recuerdos. De lo que fuiste. De ti.

"Enterramos a mi madre con sus cosas: el vestido azul, los zapatos negros sin cuñas y las gafas multifocales. No podíamos despedirnos de otra manera. No podíamos borrar de su gesto aquellas prendas. Habría sido como devolverla incompleta a la tierra. Lo sepultamos todo, porque después de su muerte ya no nos quedaba nada. Ni siquiera nos teníamos la una a la otra. Aquel día caímos abatidas por el cansancio. Ella en su caja de madera; yo en la silla sin reposabrazos de una capilla ruinosa, la única disponible de las cinco o seis que busqué para hacer el velatorio y que pude contratar solo por tres horas. Más que funerarias, la ciudad tenía hornos. La gente entraba y salía de ellas como los panes que escaseaban en los anaqueles y llovían duros sobre nuestra memoria con el recuerdo del hambre".

Título: 'La hija de la española'
Autora: Karina Sainz Borgo
Editorial: Lumen
Páginas: 200
Precio: 18,90€
Procedencia: regalo Sant Jordi

lunes, 24 de junio de 2019

'La señora Harris en Nueva York'


'La señora Harris en Nueva York', Paul Gallico (Alba) | @martatorresmol

Era inevitable. Enamorada de la entrañable señora Harris tras conocerla en 'Flores para la señora Harris', no podía no leer su nueva aventura: 'La señora Harris en Nueva York'. En ella, su autor, el periodista Paul Gallico, la mete en otro buen berenjenal. Allende los mares, como ya se deduce en el título. Y enredando en ella, de pleno, a su amiga del alma, la señora Butterfield, a la que el ímpetu y las buenas intenciones llevadas al extremo de su amiga a punto están de costarle la salud, pobrecita mía. Para quienes no conozcan (o no tengan la memoria muy fresca) a la protagonista, recapitulemos. La señora Harris es una señora de la limpieza londinense. Pero de las buenas. Ella es muy humilde, pero muy íntegra. Y aunque su economía no le permita más capricho que alguna pinta en el pub con su inseparable compañera de fatigas y un sombrero de rebajas y pasado de moda de vez en cuando no tiene problemas en despedirse cuando alguno de sus adinerados clientes (muchos viven en Belgravia, nada menos) hace algo que no le parece bien. A la señora Harris la envuelve un halo de bondad y encanto que la saca de todos los fregados, que no son pocos, en los que se mete.

Ese encanto con el que conquistó a quienes leímos su aventura en París sigue intacto en esta segunda entrega en la que su buen corazón al borde la pone de la prisión en más de una ocasión. El deseo de la querida limpiadora no es, aquí, conseguir un vestido de Dior sino encontrar al padre del pequeño Henry, el niño que vive con sus vecinos. Abandonado por su padre, combatiente estadounidense, primero, y por su madre, una madre soltera sin recursos, después, el pequeño soporta palizas, insultos y falta de comida. Así que la señora Harris, harta de escuchar las vejaciones que sufre el pequeño, urde todo un plan para llevárselo de extranjis a Estados Unidos donde, está convencida, no será muy complicado encontrar a su padre. Así, los tres (Henry, la señora Harris y la sufrida señora Butterfield), acaban embarcados en un transatlántico, enrolando para su misión al embajador de Francia en Estados Unidos, recorriendo varios estados en busca del padre del niño, montando en Rolls Royce, comiendo helado, metiéndose en los barrios más conflictivos de Nueva York... Y, aunque desde el principio, a poco que se conozca a Gallico, una ya se hace una idea muy aproximada de cómo se resolverá todo, leer las aventuras de la señora Harris es siempre una delicia. Una lectura adorable.

"En el fondo de su corazón, la señora Harris sabía muy bien que, para ella, un viaje a Estados Unidos era tan improbable como uno a la luna. Era verdad que había llegado a cruzar el canal de la Mancha, y que gracias a los aviones el océano Atlántico sólo era una masa de agua que se podía sobrevolar a toda velocidad, pero las consideraciones prácticas de los gastos, la manutención, etcétera, hacían que un viaje así le resultara inalcanzable. Había conseguido ir a París y materializar su sueño después de dos años de ahorros y economías, pero ese esfuerzo había sido de los que se hacen una vez en la vida. Ahora era mayor y consciente de que ya no se veía capaz de intentar reunir la cantidad necesaria de libras para financiar semejante expedición".

Título: 'La señora Harris en Nueva York'
Autor: Paul Gallico
Traductor: Ismael Attrache
Editorial: Alba
Colección: Rara Avis
Páginas: 232
Precio: 16
Procedencia: comprado

lunes, 17 de junio de 2019

El peligro de compar libros en Natura




Seguro que a todas (y todos) nos gustan las tiendas Natura Selection. Huelen tan bien... Y tienen esa música tan relajante, esos productos tan bien colocados, esa luz suave, dependientas que te dejan deambular a tu aire... Están llenas de cosas suaves, bonitas, que hacen que se te vayan los ojos y las manos. No me digáis que habéis entrado una sola vez en estas tiendas y habéis salido sin oler una vela o acariciar una manta. No os creeré. Incluso la sección de libros es muy cuqui. Están todos ordenaditos, con las portadas mirándote a los ojos, a la altura perfecta para cogerlos y hojearlos... (Suspiro) ¡Es tan fácil acabar con uno de ellos rumbo a la caja registradora! ¡NOOOOOO! ¡ERROR! ¡ERROR! ¡ERROR! Respirad hondo. Cerrad los ojos. Y devolved el libro a donde estaba.

Si os gustan los libros. Si los queréis. Si los amáis. No compréis libros en esta tienda. Apuntaos el título y pedídselo a vuestro librero (o librera) de confianza. Sí, ya sé que seguramente es una compra por impulso y que si no os lo lleváis en ese momento igual ya no os acordáis de él. Pero comprar libros en Natura Selection es una actividad de riesgo. Os explico. Si es para vosotros, no tendréis problemas, pero si es para regalar, en serio, pedidlo en otro lugar. Esta cadena tiene una política de devolución de libros implacable: NO SE CAMBIAN LOS LIBROS. Así que si esa persona ya lo tiene (cosas que pasan), se lo va a tener que comer porque no se lo cambiarán.

Hablo por experiencia. Porque me han regalado uno hace uno de par de semanas, con toda la ilusión del mundo, y resulta que ya lo tenía. Cuando fui a la tienda Natura Selection de Ibiza, con mi ticket, tres días después de la compra para cambiarlo por otro, la dependienta me informó de tan rottenmeyeresca política de devolución con los libros. Ojiplática me quedé. No podía creérmelo. Al parecer, los responsables de esta cadena están convencidos de que, si devuelves un libro, es porque ya te lo has leído y quieres aprovecharte de ellos llevándote otro. Desde luego, quien haya pensado en tan singular política de devoluciones (atención, que cambian la ropa, la bisutería y hasta el menaje de cocina) no conoce a los lectores. Si queremos leer y devolver, tenemos unas bibliotecas públicas fantásticas en este país. Los lectores, si devolvemos un libro ¡y más si nos lo han regalado! es por causas de fuerza mayor: está roto o ya lo tenemos. Porque los lectores amamos los libros. Algunos, como yo misma, los amamos, incluso, como objeto. Así que no los devolveríamos sin más. Por capricho. Si no quieren que alguien los lea y los devuelva hay una solución muy sencilla: precintarlos en la caja y no aceptar devoluciones si el precinto está roto. Pero no. Es más fácil frustrar el bonito arte de regalar.

Ese libro está ahora en buenas manos. En las de alguien que no lo tenía y a quien le ha hecho ilusión. Pero yo, desde luego, no tengo intención de volver a comprar en ninguna tienda Natura Selection. Ni libros ni ninguna otra cosa.

miércoles, 12 de junio de 2019

'Reloj sin manecillas'


'Reloj sin manecillas', Carson McCullers. | @Martatorresmol

Siempre me habían dicho (gente que me conoce bien) que lo mío con Carson McCullers, cuando la conociera, sería amor. Amor del bueno. Flechazo. Enamoramiento. Pasión. Hasta que la muerte nos separe. Quizás... Bueno, quizás no, seguramente. Precisamente por eso la había dejado a un lado. Me había hecho la difícil. La había ignorado. Le he dado esquinazo todas y cada una de las veces que he visto, aunque fuera por el rabillo del ojo, uno de sus libros. Hasta que fue inevitable. Hasta que vi a mi madre devorando 'Reloj sin manecillas'. Un libro que el destino acabó colocando entre sus manos aunque no era para ella. La magia de los libros, que es caprichosa. Y que sabe mucho. Ahora, después de leerlo, sé que 'Reloj sin manecillas' era para ella, no para la persona para la que tenía que haber sido. Para quien lo compré y quien acabó dejándolo olvidado, sin haber dejado siquiera que el aire corriera una sola vez entre sus páginas, en la estantería de los libros por leer. Ésa que mira al mar y a la salida del sol.

Ese libro, el de Carson McCullers, a quien había evitado, sabía. Sabía que no era para quien lo compré, sino para quienes, al final, lo hemos leído. Las que lo hemos abrazado cuando necesitábamos parar de leer. Las que no nos hemos separado de él durante días. Las que nos lo hemos llevado de viaje, a la playa, a la cafetería y a la cama. Porque 'Reloj sin manecillas' es de esos libros que te llevas a la cama. De los que se te pegan a la piel y no te sueltan. Nunca. Lo sacas del bolso. Lo alejas de la mesilla de noche. Lo devuelves a la estantería que mira al mar y a levante. Pero él sigue dentro de ti. 'Reloj sin manecillas' habla de la soledad. De esa soledad transparente, que no se ve, porque quien la sufre está rodeado de gente. Esa soledad imperceptible la padecen todos y cada uno de los personajes que transitan por las páginas de la novela. Desde el juez Clane, cuyas ideas supremacistas, ancladas en los años en los que creció y fue feliz, lo alejan de quienes le quieren y le respetan a pesar de que es un buen hombre a Sherman Pew, el joven negro de ojos claros que se comporta como si fuera un blanco más en un momento y un lugar que aún no está preparado para ello. Esa soledad también se come por dentro al señor Malone, el farmacéutico, buen amigo del juez a quien le acaban de diagnosticar un cáncer terminal. Y a Jester, el nieto del juez, huérfano, apasionado de la aviación, fascinado (enamorado) de Sherman, de ideas modernas que siente que nadie entiende. Sola está también Verily. La buena y vieja Verily. La criada del juez. A quien apenas dan el pésame cuando asesinan a su sobrino porque es criada y negra y a quien Sherman, contratado por el juez, da la espalda al considerarla una criada. Toda esa soledad, la de todos ellos, esa que McCullers viste tan bien, con esa historia cotidiana, de vecinos que cortan las rosas y cortinas que bailan y mesas recién servidas, es la que se te va metiendo dentro, página a página, párrafo a párrafo. Hasta que abrazas el libro, que ya ha decidido quedarse contigo. Para siempre. Aunque lo devuelvas a la estantería que mira al mar.

"La muerte es siempre la misma, pero cada hombre muere a su manera. Para J. T. Malone empezó de un modo tan sencillo y vulgar que hubo un momento en que incluso tomó el fin de la vida por el comienzo de una nueva estación. El invierno que cumplió los cuarenta fue excepcionalmente duro para el pueblecito sureño: los días eran fríos y de un color pastel; y las noches, radiantes. La primavera llegó violentamente a mediados de marzo de aquel año 1953, y Malone se sentía perezoso y fatigado en aquellos días de viento y de las primeras flores."

Título: 'Reloj sin manecillas'
Autora: Carson McCullers
Traductora: Vida Ozores
Editorial: Seix Barral
Páginas: 304
Precio: 18,50€
Procedencia: biblioteca mamá

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