lunes, 30 de abril de 2018

Si no nos matan no nos violan


@martatorresmol

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Tienen que matarnos. O que dejarnos medio muertas, al menos. Si nos violan debemos estar llenas de golpes, moratones, huesos rotos y desgarros. Tener los bajos de las uñas llenas de piel del agresor. Demostrar con marcas bien visibles que no queríamos. A las mujeres se nos exige cuando nos violan lo que no se le exige a ningún otro ser humano cuando le atracan. Si te quieren quitar la cartera, el móvil, los pendientes o el bolso no hace falta que te opongas. Es una insensatez, de hecho, que lo hagas. Como se te ocurra negarte, enfrentarte o chillar todo el mundo te dirá que lo hiciste mal, que tendrías que haberle entregado todo lo que quisiera sin chistar. Pobres de nosotras como quieran violarnos. Entonces no. Entonces ese consejo ya no vale. Entonces debemos pelear como leonas. Arriesgar nuestra vida. antes violada y muerta que violada y viva tratando de recomponer los pedazos. Sobrevivir sin marcas visibles es un pecado. Si nos han violado, las mujeres necesitamos, como poco, ser cadáveres andantes. Llorosos. Pasear la humillación, la vergüenza y la pena. Como si la culpa fuera nuestra. Debemos ser supervivientes llenas de cicatrices. Entonces sí. Entonces quizás-esposible-puedeser que nos crean. O ni así. Este país está sembrado de lápidas de mujeres a las que no creyeron. #HermanaYoTeCreo

lunes, 23 de abril de 2018

La química eterna del papel




Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
No puedo recordar la primera vez que le vi. Fue hace ya demasiado. Imagino que no le presté atención. Que ni me fijé. Estaba siempre ahí, callado, esperando. Quizás empecé a quererle por ósmosis. Tampoco recuerdo la primera vez que nos tocamos. Que traté de mirarle a los ojos. Que busqué su olor. Sólo recuerdo que cuando empezó a hablarme fue como si el universo se desplegara. Que buscaba cualquier instante para acurrucarme con él. Que me hizo desear que las hasta entonces perezosas y aburridas mañanas de domingo no acabaran nunca. Que desobedecía el toque de queda para refugiarme con él, a escondidas, entre sábanas. Que a veces me costaba un mundo ponerme a estudiar porque no podía dejar de pensar en él. Han pasado muchos años, toda mi vida, y la pasión sigue ahí. Salvaje, a veces. Calmada, otras. No concibo mi vida sin él. Desde que le conozco no he sentido más soledad que la buscada. Me ha cuidado. Y me ha salvado. Me ha hecho reír. Soñar. Imaginar. Fantasear. Aprender. Descubrir. Hemos viajado tantísimo juntos... A lugares legendarios, dantescos, paradisíacos... También me ha hecho daño. Llorar a mares. Me ha llenado el alma de agujeros que no consigo cerrar. Y de cicatrices (recuerdo de lo vivido, promesa de lo por vivir) que no me preocupo en disimular. No creo en los «te querré siempre», pero sí en este amor eterno. De papel. De tinta. De palabras. Feliz Día del Libro.

sábado, 21 de abril de 2018

Nuria Varela: "El feminismo exige valentía"


@martatorresmol

Nuria Varela (Asturias, 1967) está convencida de que la lucha feminista conseguirá la igualdad. Otra cosa es que ella y nosotras lo veamos. Su libro 'Feminismo para principiantes', del que se han hecho ya diez ediciones, acaba de estrenar su versión ilustrada. Hace unos días estuvo en Formentera para presentar el libro y en Ibiza para dar la conferencia 'Comunicar después del 8M'. Un gustazo hablar con ella.

Marta Torres Molina | Ibiza
Uno de sus libros se titula 'Feminismo para principiantes'. ¿Qué es lo primero que hay que saber sobre feminismo?
Qué es el feminismo, una teoría política que tiene tres siglos y sigue siendo una gran desconocida. Está lleno de tópicos y de ideas que no son ni adecuadas ni ciertas.

A alguien le interesa que sea así, ¿no?
Claro, es una teoría política y un movimiento social crítico con el poder. Plantea una sociedad más justa, equilibrada, libre de violencia y sostenible. Eso, obviamente, encuentra muchas resistencias.

¿Hay confusión incluso entre quienes son feministas?
El discurso feminista está silenciado. Está silenciado en la escuela pero también en la universidad, la española aún es androcéntrica, no reconoce los estudios feministas. También es un discurso silenciado en los medios. Tenemos un gran déficit de presencia de mujeres en general y del discurso feminista en particular. Nos encontramos con tertulias a todas horas en las que hay pensamiento político de derechas, de izquierdas, de extrema derecha, de extrema izquierda, nacionalista, independentista... Pero no encontramos pensamiento feminista de manera habitual. Hay confusión y desconocimiento porque el feminismo tienes que ir a buscarlo, hacer un esfuerzo, no te lo encuentras.

¿Hay simulacro de feminismo?
Hay mucho desconocimiento. Y hay discursos que se repiten y que han calado por falta de reflexión. Por ejemplo lo que denominamos el velo de la igualdad. Dice que ya estamos en situación de igualdad, que las cosas no son como eran, pero hoy, en el siglo XXI, no hay ni un indicador en este país que nos hable de igualdad. Ni uno. Económicos, laborales, uso del tiempo, representación política, violencia... Son discursos poco reflexionados.

¿Creer que ya tenemos la igualdad es un riesgo?
Tenemos problemas muy serios. Unas magnitudes de violencia que van en aumento, especialmente entre la gente más joven. Ése es el primer problema serio. El segundo es la feminización de la pobreza, cómo las mujeres nos hemos empobrecido y precarizado en los últimos años. Y el otro problema grave es la crisis de cuidados que tenemos ahora mismo. Un modelo que sigue cargando la mayor parte del peso del trabajo doméstico y de cuidados, gratuito e invisibilizado, sobre las mujeres. Aún estamos haciendo el 83% de ese trabajo. Se está haciendo a costa de la salud, del esfuerzo, del dinero y de las carreras profesionales de las mujeres. Y cargando también en las mujeres mayores, las abuelas, y en las más pobres. Hay muchos más problemas, pero estos serían los que hay que solucionar con urgencia.

¿La crisis nos ha rematado? ¿Ha sido la excusa para que muchas mujeres volvieran a casa?
Ha sido la excusa para recortar los presupuestos en igualdad y en lucha contra la violencia de género, las políticas públicas de igualdad y para expulsar a las mujeres del mercado laboral y cargarlas con esos cuidados. Una parte de los recortes no hubiesen sido posibles sin las mujeres. No puedes cerrar un comedor escolar si no hay alguien en casa que da de comer a los niños. No puedes mandar a casa a una persona que acaba de ser operada si no hay alguien que la cuida.

¿Se puede recuperar?
No sólo se puede, se debe. Y... (seguir leyendo)

domingo, 8 de abril de 2018

'La guerra no tiene rostro de mujer', las olvidadas del Ejército Rojo


@martatorresmol

Ella les dio voz. Hasta que ella llegó, estaban mudas. Sus historias, sus vidas, se habían quedado arrumbadas en su memoria. Algunas ni eso. Algunas, incluso, las habían olvidado. De no contarlas. De no pensar en ellas. No existían. Casi un millón de mujeres callando una época de sus vidas. Sus proezas y sus miserias. Todas ellas lucharon en la Segunda Guerra Mundial, en las filas del Ejército Rojo. Pilotaron aviones. Incluso tanques. Curaron a los heridos. Consolaron a los moribundos. Se destrozaron las manos lavando uniformes duros de sangre seca. Empuñaron armas. Dispararon a los enemigos. Muchas murieron. Otras sobrevivieron. Y callaron. Acabó la guerra, todos regresaron a sus casas, ellos contaron sus historias de la guerra y ellas... Ellas callaron. Habían combatido como ellos, habían pasado el mismo dolor que ellos, las habían herido como ellos, las habían amputado como a ellos, habían visto la muerte todos los días como ellos... Pero no contaron sus historias. No interesaban. Al fin y al cabo, eran sólo mujeres. Así que trataron de tener una vida, fingieron olvidar aquellos años, cerraron los ojos a sus cicatrices y guardaron lo que habían hecho y lo que habían vivido en el frente en lo más profundo de su memoria. Y tiraron la llave. Hasta que llegó ella. Hasta que Svetlana Alexiévich se plantó un día en sus vidas y les pidió que buscaran aquella llave, que hicieran memoria, que le contaran sus experiencias. Muchas dijeron que no, recordar era demasiado doloroso, pero otras muchas dijeron que sí.

Y ahí están todas ellas, en 'La guerra no tiene rostro de mujer', un impresionante documento. Tan escalofriante como conmovedor. Porque todas esas historias son reales. Porque los muertos murieron de verdad, los heridos sufrieron para recuperarse. Porque el desprecio que recibieron tras la guerra (se dejaron la vida y las acusaron después de frescas e indecentes por haber compartido la guerra con los hombres) aún les escuece. Hablan de la guerra, de su guerra. Recuerdan el combate, las veces que salieron vivas de él, a quienes no lo consiguieron, la dureza de sus funciones (pilotos, sargentos, soldados, auxiliares sanitarias, médicas, ingenieras, jefas de transmisiones, cirujanas, operadoras de globos aerostáticos, tenientes, navegantes, exploradoras, enfermeras, partisanas...), que sumieron con naturalidad, porque no veían más opción que sumarse a la lucha para defender a los suyos.

Pero también recuerdan otras cosas, cosas que no aparecen en los relatos de los hombres. Los pies en carne viva porque, con un 36, tenían que llevar botas del 42, el número más pequeño. Abortos provocados entre lágrimas para poder ir al frente. Vivir con una única muda de ropa interior, a pesar de las necesidades femeninas en las que, obviamente, ningún militar había pensado. Los besos y las caricias de hermana que dieron a quienes no pasarían de esa noche. El peso de un hombre herido arrastrado hasta el hospital. Las caras de sorpresa de los hombres al verlas llegar a un batallón. La camaradería. La necesidad de cargar con unos zapatos de tacón o algo bonito para seguir sintiéndose mujeres. El olvido forzoso del coqueteo, del amor, de la juventud. El cartucho que guardaban para ellas, para no ser violadas por un batallón de alemanes si caían en sus manos. Comer cuatro migas de pan sentadas sobre la tierra encharcada de sangre y entre cadáveres. La aversión de por vida al color rojo, el color de la sangre. Soñar, cuando podían dormir, con bombones. La sensación de ver envejecer sus almas día a día, combate a combate...

Cosas, todas ellas, que no se cuentan por casualidad. Ni porque sí. Ni a cualquiera. no soy creyente, pero Svetlana Alexiévich es dios.

"1978-1985
Escribo sobre la guerra...
Yo, la que nunca quiso leer libros sobre guerras a pesar de que en la época de mi infancia y juventud fueran la lectura favorita. De todos mis coetáneos. No es sorprendente: éramos hijos de la Gran Victoria. Los hijos de los vencedores. ¿Qué cuál es mi primer recuerdo de la guerra? Mi angustia infantil en medio de unas palabras incomprensibles y amenazantes. La guerra siempre estuvo presente: en la escuela, en la casa, en las bodas y en los bautizos, en las fiestas y en los funerales. Incluso en las conversaciones de los niños. Un día, mi vecinito me preguntó: '¿qué hace la gente bajo tierra? ¿Cómo viven allí?'. nosotros también queríamos descifrar el misterio de la guerra.
Entonces por primera vez pensé en la muerte... Y ya nunca más he dejado de pensar en ella, para mí se ha convertido en el mayor misterio de la vida."

Título: 'La guerra no tiene rostro de mujer'
Autora: Svetlana Alexiévich
Traductoras: Yulia Dobrovolskaia
y Zahara García González
Editorial: DeBolsillo
Páginas: 370
Precio: 9,95€
Procedencia: regalo

jueves, 5 de abril de 2018

El espectáculo de las bestias


@martatorresmol

No soportaba sus caras feroces pegadas a los barrotes. Le daban asco. Se daba asco. Desnudo. Cubierto de sus propios excrementos. Oliendo a orín. Al orín fresco de su última meada. A los orines rancios de días. De semanas. De meses. Ni lo sabía. Había perdido la cuenta de los días mucho antes de dejar de sentirse humano. Mucho antes de sentirse una bestia sucia y maloliente. Al principio dormía en un rincón de la jaula, sobre el montón de paja que procuraba tener limpio. Lejos, todo lo posible, apenas unos metros, de donde hacía sus necesidades. Se sentaba y comía con las manos aquella bazofia que le revolvía las tripas. Sacrificaba el agua de beber para asearse. Trataba de conmover a sus captores con palabras. Con gestos. Un día sacó los brazos por las rejas para tocar a uno de ellos. A punto estuvo de perderlo. Ahora cerraba los ojos sobre un montón en el que ya no se distinguía la paja de la mierda. Hundía la boca en el montón de porquería que le servían para que no muriera de hambre. Podía distinguir varias capas de roña en su piel y era incapaz de pronunciar una palabra. Ni siquiera cerrando los ojos. Las noches en las que soñaba que hablaba, que caminaba sobre dos piernas, que se cubría con ropa, habían quedado atrás. Hacía poco que compartía la jaula con lo que en otra vida debía haber sido una mujer. Ahora, una bestia. Otra. Sus captores los azuzaban. Los empujaban uno contra la otra. Los obligaban a permanecer muy juntos. Les miraban y tocaban entre las piernas, como si algo no estuviera bien. Toscos. Brutales. Crueles. Se retorcían de dolor. Aquel día se miraron. Entendieron. Y así estaban ahora. Montados uno sobre la otra, gruñendo mientras les observaban desde las rejas. Los ojos felinos, las garras, los lomos cubiertos de pelos, los cuernos, los picos... Aquel letrero desvencijado de 'Zoo' al fondo... No soportaba sus caras feroces pegadas a los barrotes...

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