miércoles, 19 de septiembre de 2018

'Un grupo de nobles damas': Ay, las mujeres...


'Un grupo de nobles damas', de Thomas Hardy. | @martatorresmol

La supuesta volubilidad femenina vista, analizada, comprendida, sonreída, incluso, por un grupo de hombres de mediados del siglo XIX. Así podría resumirse, en una frase, 'Un grupo de nobles damas'. Un libro de Thomas Hardy que requiere viajar hasta el siglo XIX y ponerse, como  si fuera un disfraz, una mentalidad de la época. Es necesario porque, de lo contrario, la confrontación con el autor y con esos hombres que desgranan, en una noche desapacible, historias de mujeres rebeldes, caprichosas, inseguras, enamoradizas, influenciables, cabezotas e ignorantes de lo que es mejor para ellas, con el objetivo de divertirse. Es necesario ponerse en el siglo XIX para disfrutar de la maravillosa forma de narrar de Hardy. Para no enfadarse con él. Para disfrutar de esos narradores de la reunión del Club de Naturaleza y Arqueología de Wessex, de esa noche junto a la chimenea, del resplandor de sus llamas en los cráneos barnizados y de las sombras chinescas de los fósiles de ictiosaurios e iguanadones.

Un deán rural, un médico anciano, un coronel, un caballero conocido como Chispas, un historiador, un ratón de biblioteca... Todos ellos desgranan, algunos de ellos con pudor, las historias, supuestamente reales, de diez mujeres. Mujeres que tenían las ideas muy claras. Que no estaban dispuestas a asumir, por imposición de su familia, a maridos que no querían. Como Betty, futura condesa de Wessex, que sale huyendo del carruaje para entrar en una vivienda asolada por la viruela con el único objetivo de contagiarse y espantar, así, a su marido forzado. O como la bellísima Barbara de la casa Grebe, que abraza todas las noches la estatua de mármol del hombre al que amó y que ella misma echó de su vida. O la marquesa de Stonehenge, que paga el precio de las decisiones de juventud, lo mismo que la tierna Dorothy, con dos madres y sin ninguna al mismo tiempo. Ellas y todas las demás (lady Icenway, la dama del terrateniente Petrick, lady Baxby, lady Penelope, la duquesa de Hamptonshire y la honorable Laura), actúan como quieren, como sienten y, aunque sus acciones no sean muy comprendidas por esos hombres del club, esos hombres que lo ven todo desde su perspectiva masculina del siglo XIX, que no pueden evitar cierto tono de moralina al hablar de esas mujeres que huyen, que mienten, que se hacen pasar por otras, que callan, que hablan y que no dudan en poner su vida en peligro para evitar lo que no quieren (o para conseguir lo que anhelan), vale la pena conocerlas. Porque muestran lo limitadas que estaban las mujeres hace menos de dos siglos. Y porque leer a Hardy es un placer. Hay que conocerlas a todas ellas. Desde la que salta por la ventana a la que huye de un carruaje en mitad de la nevada.

"Sucedió un invierno de hace mucho tiempo, cuando el siglo XVIII apenas había pasado de su primer tercio. Norte, sur y oeste, todas las ventanas cerradas, todas las cortinas corridas; sólo una ventana del flanco este de la planta superior estaba abierta y una muchacha de unos doce o trece años se encontraba inclinada sobre el alféizar. Bastaba verla para comprender que no se había asomado a contemplar el paisaje, pues se cubría los ojos con las manos. Se hallaba la muchacha en la última de una serie de habitaciones, a las que sólo se accedía a través de un amplio dormitorio anexo. Llegaban de esta estancia las voces de una disputa, mientras el resto de la mansión se sumía en el silencio. Para no oír aquellas voces la muchacha había salido de la cama, se había cubierto con una mano y asomado a respirar el aire de la noche".

Título: 'Un grupo de nobles damas'
Autor: Thomas Hardy
Traductora: Catalina Martínez Muñoz
Editorial: Alba
Colección: Alba Clásica
Páginas: 312
Precio: 18€
Procedencia: comprado

domingo, 9 de septiembre de 2018

'El vestido azul', la espera de Camille Claudel


'El vestido azul', Michèle Desbordes (Periférica) | @martatorresmol

Hay libros que duelen. Que te atacan, prácticamente. Van directos a tu línea de flotación. Y sólo te dejan dos opciones. Rebelarte, enfrentarte a ellos, iniciar una pelea. O rendirte. Dejar que entre el agua y abrazarlos. Acariciarlos mientras te tomas una copa de vino y confiar en que el boquete emocional no sea tan grande. 'El vestido azul', de Michèle Desbordes, es uno de esos libros. Al menos para mí. Porque esta historia, que se lee en dos tirones, uno si las obligaciones lo permiten, te mete de lleno en una de las cosas que más me han aterrado siempre, desde niña, desde que leí un relato que no debería haber leído hasta unos años más tarde: una mujer cuerda encerrada en un manicomio.

Esa mujer es Camille Claudel, amante de Rodin. Una mujer fuerte, inteligente, creativa, llena de talento, valiente, rebelde... Una mujer que no teme a sus sentimientos. Ni al que dirán. No teme, siquiera, a ese hombre mayor, ese artista consagrado, ese profesor, ese escultor cuya estela brilla tanto que apaga la suya. No teme, tampoco, a su hermano. A Paul. Al poeta, al cónsul, al cómplice de infancia que le ayudaba a llenarse las manos de barro para dar forma a su rostro, al hombre que la encarcela. Que la encierra de por vida. Que la condena a pasar treinta años de su vida en un psiquiátrico. Un lugar en el que Camille pierde la fuerza, las ganas, las ilusiones, la vida. Donde sus vestidos y sus mejillas pierden todo el color. Se difuminan. Desaparecen. Un lugar en el que la soledad se la come. En el que se aferra a su cuaderno, ése en el que anota las fechas de las escasas visitas que recibe, y a sus recuerdos. A la mujer fuerte, inteligente, creativa, llena de talento, valiente, rebelde, que fue y que ahora no encuentra, por más que la busca, ni entre los pliegues de sus vestidos desteñidos.

Lo que más duele no es que Camille no tema a su carcelero. Es que lo quiere. Adora a su hermano. Le espera. Da igual el tiempo que haya pasado. Meses. Años. No importa. Camille se va llenando de arrugas. Le cuesta caminar. Y sigue esperando. Con la fecha anunciada por carta grabada a fuego en su cabeza. Su cabeza cuerda. La cabeza de una mujer víctima de su tiempo. Y de los hombres que, supuestamente, la querían. Y eso... Eso duele. Te ataca. Va directo a tu línea de flotación. Y sólo te deja dos opciones.


"Era cuando ella lo esperaba. Era, sin duda, en los días en que ella lo esperaba cuando, habiendo recibido la carta que anunciaba su visita y, tomando una de las sillas del corredor, se instalaba fuera para esperarlo, arrastraba la silla por la hierba junto a la escalera de entrada y se sentaba a la sombra de los robles, y un poco de sol atravesaba las ramas, jugando sobre la grava y el boj, las flores a los pies del árbol. Él la encontraba allí cuando llegaba, sentada en aquella silla delante del pabellón, inmóvil y con las manos cruzadas sobre el regazo, con aquellos vestidos grises o marrones, siempre los mismos, y aquel sombrero con el que se la ve en las fotos, del mismo color indefinible, y que en los primeros años le enviaba su madre, asegurándole que le haría falta (...)".

Título: 'El vestido azul'
Autora: Michèle Desbordes
Traductor: David M. Copé
Editorial: Periférica
Páginas: 152
Precio: 16€
Procedencia: préstamo Marian

domingo, 2 de septiembre de 2018

'Las tres hijas de madame Liang'


'Las tres hijas de madame Liang', Pearl S. Buck | @martatorresmol

Tres líneas. Cuatro, quizás. Cinco, a lo sumo. Es lo que necesita Pearl S. Buck para que quieras saber más sobre madame Liang. Para que quieras, en realidad, saberlo todo. De dónde viene. Cómo ha llegado a ser la mujer independiente y fuerte que intuyes en esos pocos caracteres. Y a dónde va su historia. Sobre todo a dónde va su historia. Porque algo en ese silencio de la medianoche de Shangai que envuelve a la protagonista de 'Las tres hijas de madame Liang', en su casa que es también un restaurante de lujo, acabando de hacer las cuentas del día, en una época (la Revolución Cultural, uno de los momentos más convulsos del régimen comunista de Mao) que sabemos complicada, nos dice que las páginas que están por venir no serán fáciles.

La prolífica escritora nos mete de lleno, con sus descripciones, en ese ambiente raro que rodea a la señora Liang. Su situación es una excepción. Su restaurante no debería existir. A él llegan productos que la sociedad china no puede, siquiera, soñar. Su Shangai es un Shangai atípico, escondido, de contrabando. Ella representa todo lo que el pueblo chino, en la época, no podía ser. Pero existe porque a muchos de los que están arriba les cuesta renunciar al buen comer, al buen beber, al lujo, a cierta libertad, incluso. Y ahí está ella, consciente de que está en la cuerda floja. Sabedora de que, en cualquier momento, quienes le permiten casi todo pueden darse la vuelta y quitárselo todo. Los privilegios. Su medio de subsistencia. Su vida.

Por eso, cuando sus hijas (Grace, Joy y Mercy), a las que ya se preocupó, hace ya años, de sacar de una China que estaba cambiando, que cerraba cada vez más el cerco de libertad, su alegría traza una oscura y larga sombra. Como madre quiere verlas, desea que estén  junto a ella, ver crecer a sus futuros nietos, malcriarlos. Pero como buena lectora de la realidad que vive su país, como mujer que duerme todas las noches con miedo a que los guardias rojos irrumpan en su casa en cualquier momento, como ciudadana que ha perdido ya la cuenta de los vecinos y amigos que han desaparecido, prefiere que se queden en Estados Unidos. Madame Liang necesita decirles que se queden allí, pero no puede. Tiene que tragarse las palabras. No sabe si alguien lee sus cartas. No sabe si todas llegan. Y ahí está Pearl S. Buck, convirtiendo cada página en un ejercicio de claustrofobia, gritando todo lo que madame Liang calla, haciendo que nos llevemos las manos a la cabeza, viendo venir la catástrofe. Y sin poder hacer nada.

"Era más de medianoche. Madame Liang dejó a un lado el pincel con que escribía y cerró el cuaderno de contabilidad. La casa estaba en silencio. Abajo, en el restaurante, los clientes se habían marchado, a excepción de unos cuantos que, reacios, no se irían hasta que las luces vacilaran y se apagaran. Se levantó de la silla de ébano tallada, a juego con el enorme escritorio chino que en un tiempo perteneciera a su padre en su distante provincia natal donde pasó su infancia, y se acercó a la ventana. Las cortinas de raso rojo, hasta el suelo, estaban corridas y no las descorrió. Aunque estaba segura en su privilegiada posición de dueña del más elegante restaurante del moderno Shanghai, no hubiera sido prudente, no obstante, el que su silueta se destacara al contraluz."

Título: 'Las tres hijas de madame Liang'
Autora: Pearl S. Buck
Traductora: María del Carmen Azpiazu
Editorial: Luis de Caralt para Círculo de Lectores
Páginas: 256
Precio: 2€
Procedencia: mercadillo solidario

domingo, 26 de agosto de 2018

Quiéreme la lengua


@martatorresmol


Quiéreme la lengua.
Las dudas de mis puntos suspensivos,
los silencios de mis paréntesis,
y los de los corchetes, ya puestos.

Quiéreme la lengua.
Cuando se tropiece,
cuando te grite,
cuando balbucee,
cuando enmudezca,
cuando me la muerda,
cuando se desboque,
cuando te la saque,
cuando te rete.

Quiéreme la lengua.
La desnudez de mis espacios en blanco,
la ira retorcida de todas las exclamaciones
y de buena parte de los interrogantes.

miércoles, 22 de agosto de 2018

'Travesuras de la niña mala': la chilenita Houdini


'Travesuras de la niña mala' @martatorresmol

Vamos a quitarnos la tirita: no me ha gustado 'Travesuras de la niña mala'. Y me apena. Es el primer libro de Mario Vargas Llosa que no me ha gustado. Que no me ha gustado mucho, de hecho. No me lo esperaba. No sólo porque es un escritor con el que disfruto, sino porque encontré a ese escritor en las primeras páginas, pero se fue perdiendo por el camino. Leí la primera mitad prácticamente del tirón, deseando rascar minutos, de donde fuera, para descubrir cómo seguía la desventura de amor entre los protagonistas, Ricardo (un chico bien de la clase media del limeño barrio de Miraflores) y Lily, 'la chilenita' (una belleza adolescente recién llegada al barrio).

Ese inicio, en plena adolescencia, con el descubrimiento del amor, el sexo y la adultez... Es delicioso. Prometedor. Te hace pensar en esas historias de amor (el propio Vargas Llosa afirmó que ésta era la primera historia de amor que escribía) que empiezan o se insinúan en los albores de la juventud y que, cosas de la edad, de lo que queda aún por vivir, del destino y de los destinos de cada uno, se esfuman, aparentemente, porque, en realidad, se enquistan. Se quedan ahí, en el corazón, en la piel y en la cabeza, dispuestas a complicarnos la vida en cualquier momento. Y sí, así es. La historia de amor entre la chilenita y Ricardo es de las que se enquistan. Y se operan. Y vuelven a enquistarse. Y vuelven a operarse. Y regresa de nuevo. Y ahí, creo, está mi pero. El porqué no me ha gustado.

Después de la tercera aparición de ella. Después del tercer nombre. Del tercer fingir que ella no es ella. He salido de la historia. No es que no esté bien escrita, que lo está, es que los personajes han empezado a caerme mal. Se me han hecho pesados. He dejado de empatizar con ellos. Con su historia de amor. Porque justo en el momento en el que la chilenita, que es toda una Houdini emocional, reaparece de nuevo haciendo como que no es ella, convertida en la esposa de un ricachón aficionado a los caballos en Gran Bretaña (antes apareció como una aprendiz de revolucionaria en París, la camarada Arlette, y después como madame Arnoux, la esposa de un diplomático que la rescató de la Cuba revolucionaria) y Ricardo vuelve a caer rendido a sus pies a pesar de que ella le engaña, le miente, le trata mal, se comporta de un modo glacial (incluso en la cama), parece no importarle qué le pase o qué sienta y no tenga reparos en reconocer que sus relaciones son por mero interés económico...

Justo en ese momento me caí de la novela. La acabé. Con la vana esperanza de que en algún momento saliera de ese círculo de desaparición, inquietud, reaparición, nuevo nombre, nuevo enganche, desaparición. Pero no. Tardé casi dos semanas en acabar la historia de la pereza que me daba retomar una lectura que, hasta la página 150, me tuvo atrapada. No sólo con la historia principal, esa supuesta historia de amor que al final me acabó pareciendo una historia entre una parásito y un tonto, sino con alguna pequeña historia interna, como la de Juan Barreto. Ese amigo peruano, hippy, artista, que vive a caballo entre París e Inglaterra, libre, que vivió en la calle y que mantiene una entrañable amistad con Mrs. Stubard, una deliciosa ancianita muy, pero que muy, abierta de mente. Con ellos me quedo.

"Aquél fue un verano fabuloso. Vino Pérez Prado con su orquesta de doce profesores a animar los bailes de Carnavales del Club Terrazas de Miraflores y del Lawn Tenis de Lima, se organizó un campeonato nacional de mambo en la Plaza de Acho que fue un gran éxito pese a la amenaza del Cardenal Juan Gualberto Guevara, arzobispo de Lima, de excomulgar a todas las parejas participantes, y mi barrio, el Barrio Alegre de las calles miraflorinas de Diego Ferré, Juan Fanning y Colón, disputó unas olimpiadas de fulbito, ciclismo, atletismo y natación con el barrio de la calle San Martín, que, por supuesto, ganamos.Ocurrieron cosas extraordinarias en aquel verano de 1950."

Título: 'Travesuras de la niña mala'
Autor: Mario Vargas Llosa
Editorial: Alfaguara
Páginas: 384
Precio: 18,50€
Procedencia: biblioteca familiar



miércoles, 15 de agosto de 2018

¿Tú me completas? ¿En serio, Stradivarius?


@Martatorresmol


Marta Torres Molina | Ibiza
(Publicado originalmente en Weloversize)

A ver, Stradivarius, ni siquiera sé por dónde empezar con este mensaje de una de vuestras camisetas. Si por el horror de mantener la idea de que alguien nos completa y el daño que, históricamente, esto ha hecho a las mujeres. O por la homofobia que transpira ese mensaje dando por hecho que lo que completa a una mujer es hombre, o viceversa. Hay tantísimo terror en una sola camiseta... ¡Y sin hablar de las tallas! Eso, mejor, lo dejamos para otro día, que hoy con el mensajito ya tenemos suficiente.

Describo la camiseta en cuestión: blanca, con un mensaje en letras negras y el inglés que reza “You complete me” (“Tú me completas”) y sobre éste dos corazones rojos, uno con el símbolo masculino (la flecha) y otro con el símbolo femenino (la cruz, que no acabamos de sacudirnos de encima por más pasitos que damos).

La vi hace un tiempo y aún estoy hiperventilando. En ese mismo momento me dirigí a una de las dependientas de la tienda, en Ibiza, para preguntarle si eran conscientes del mensaje de la prenda. Respuesta: encogimiento de hombros. No encontraremos a esta dependienta en el camino para la igualdad, ya os lo advierto.

¿Por qué debe indignarnos tanto esa camiseta? Pues en primer lugar porque da por hecho que una persona no está completa si no cuenta con otra persona a su lado. Perpetúa el mito de la media naranja, ése que nos han metido a las mujeres con calzador desde que éramos niñas y que establece que ninguna persona, pero especialmente las mujeres están completas hasta que no encuentran a otra que las quiere y a la que quieran. Nadie, ni mujeres ni hombres, necesitamos a nadie para ser un todo. Ya lo somos. Y la idea de que necesitamos que nos completen es la causa de que muchas personas se aten a otras que no les convienen, que no las tratan bien, que les hacen daño. Y todo porque si no, no son personas completas. Con pareja o sin pareja todos y cada uno de nosotros somos personas completas.

Pero sigamos. Porque el mensajito se las trae. Segunda pregunta que le hice a la misma dependienta: “¿Es el único modelo de esta camiseta o hay otros?”. Ahí sí, ahí lo tuvo claro. Era modelo único. Para llenarle al Amancio de Stradivarius el pelazo que no tiene con chicles, como diría La Vecina Rubia. Porque resulta que el mensaje de esa camiseta se carga todo aquello por lo que lleva décadas luchando el colectivo LGTBI. Lo único que puede completar a una mujer (lo que me fastidia escribir esto) es un hombre. Y lo único que puede completar a un hombre (lo que me fastidia escribir esto también) es una mujer. De esta camiseta quedan fuera todas las personas no heterosexuales. Estrictamente heterosexuales. Una camiseta de Stradivarius yendo por detrás de las leyes, de los avances sociales y de la lucha por la igualdad de las mujeres y de la libertad sexual. ¡Enhorabuena!

Cantad conmigo: “Terror en el Stradivarius, 
horror en la ultrafranquicia, 
la igualdad ha desaparecido, 
y nadie sabe cómo haa sido nooooo, ooooooh”

lunes, 6 de agosto de 2018

'Los perros duros no bailan': Mina lee a Negro


'Los perros duros no bailan'  @martatorresmol

Creo que mi humana no se ha dado cuenta. No la he visto aguzar las orejas. Coco, el caniche listillo que vive detrás del campo de fútbol, dice que las personas no lo hacen, pero la mía sí. Yo la he visto. Pero esta vez no. No tendría motivo. En realidad, estas dos noches no he hecho nada diferente de lo que hago cada final del día: pegarme a ella en la cama mientras lee. Es uno de nuestros momentos del día, como correr por la playa al amanecer, jugar con la cuerda o compartir el desayuno. Ella lee, tumbada boca abajo, y yo me estiro a su lado, haciéndole cosquillas en las pantorrillas con la cola. La trufa, siempre cerca del libro. Se lo vi hacer a ella al poco de adoptarla (los humanos se creen que nos adoptan, pero siempre ha sido al revés). Yo no había olido un libro en mi vida. Ahora entiendo por qué lo hace. Cada uno huele diferente. Algunos a mar. A casa cerrada. A verano. A bosque. A buhardilla en días de lluvia. Éste... Éste olía a perro. A perros. A sangre. A sudor. Así que me he pasado dos noches acercando mucho la trufa a las páginas de 'Los perros duros no bailan', de un bípedo que se llama Arturo Pérez-Reverte.

Menos mal que a mi humana no le dio mucho tiempo a leerlo fuera de casa, lo ha leído casi entero de noche, en la cama, en dos tirones. La rabia (no de la canina) que me hubiera dado perderme algo. Se lo metía por la mañana en el bolso y me pasaba el día sufriendo. ¡El alivio que sentí las dos noches al ver que seguía por donde lo habíamos dejado! La aventura de Negro, Teo y Boris el Guapo, me tenía completamente atrapada. No quiero ni imaginar que alguno de los de la pandilla pudiéramos acabar así, separados de nuestros humanos, en jaulas inmundas y muertos de miedo. O muertos, simplemente. Obligados a enfrentarnos hasta la muerte. Desangrados mientras los billetes de unos desalmados pasan de mano en mano. Porque eso es lo que les pasa a Teo y a Boris... Bueno... A Boris no eso exactamente. Los guapos, incluso si son perros, tienen otros infiernos. Porque de eso va, al fin y al cabo, esta apasionante historia. De infiernos. Y de libertades. Porque para Teo la libertad no es lo mismo que para Negro. Y de la lealtad. Entre amigos. Entre perros. Entre humanos y perros. Y de cómo a veces hay que hacer lo que hay que hacer, incluso sabiendo que esa decisión, que es la única posible, te perseguirá hasta que la palmes. Mordiéndote. Cruel. Fiera. Por muy bregado que estés. Aunque seas como Negro, un mestizo con un oscuro pasado y la piel llena de cicatrices. Aún no me he podido quitar su olor de mi trufa. Y llevamos ya algunas noches. Y dos libros más. Ninguno de ellos, por desgracia, huele a perro. A sudor. O a sangre.

"Mi amo creía que peleaba por él, pero se equivocaba. Siempre peleé por mí. Debido a mi raza y a mi carácter, soy un luchador nato: en aquel tiempo pesaba cincuenta kilos, medía setenta y cuatro centímetros de las patas a la cruz y poseía una boca con fuertes colmillos en la que habría cabido la cabeza de un niño. Nací mestizo, cruce de mastín español y fila brasileño. Cuando cachorro tuve uno de esos nombres tiernos y ridículos que se les ponen a los perrillos recién nacidos, pero desde aquello pasó demasiado tiempo. Lo he olvidado. Hace mucho que todos me llaman Negro."

Título: 'Los perros duros no bailan'
Autor: Arturo Pérez-Reverte
Editorial: Alfaguara
Páginas: 168
Precio: 16,90€
Procedencia: regalo de Sant Jordi

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