jueves, 15 de noviembre de 2018

El primer librero de mi vida


@martatorresmol

Nunca supe cómo se llamaba el primer librero de mi vida. Sólo sé que era un señor muy serio, con gafas de las que parecen hechas para mirar por encima de los cristales mientras juegan a resbalarse por el caballete de la nariz. Era mayor. Muy mayor. Eso le pareció a mi yo de ocho años. Aquel señor de edad venerable podría haber rondado, desde la perspectiva que dan los años, los cuarenta. Nunca lo sabré.  Sólo sé que su librería estaba en Segovia. En el centro. Cerca del acueducto. En alguna de las calles que se perdían a mano derecha, acercándose al Alcázar. Sé, también, que abría los sábados por la tarde. Una rareza en aquellos tiempos en los que la gente, el comercio, descansaba los fines de semana. Días casi sagrados. El sábado antes de comer las persianas caían a plomo sobre sus candados, con la fuerza de una promesa, y no volvían a levantarse, perezosas, hasta el lunes. Días en los que sólo se podía comprar el pan. Y porque las panaderías hacían el agosto con la gula dominical. Y la prensa en aquellos quioscos que, como mucho, descansaban los lunes. Pero aquel señor serio tenía abierto aquel sábado por la tarde. Hacía frío. O eso me parecía a mí, niña del Mediterráneo. No tanto como en León, donde por primera vez sentí cómo mi nariz se arrugaba despacio, congelada. En el hotel nos habían dicho que, si había una librería abierta en todo Segovia, sería la suya. Y allí estaba.

Recuerdo, borrosa, una luz tímida. Unas pequeñas estanterías pobladas de libros de bolsillo, con sus portadas descoloridas, flanqueando una puerta estrecha. Y abierta. A pesar del helor de aquella calle umbría. Unos volúmenes gordos, pesados, la sostenían. Dentro olía a papel. A ese papel viejo que amarillea en las puntas y que ahora conozco tan bien. Mezclado con piel antigua. Cuero reseco. Un olor que en ese momento era nuevo. Un descubrimiento. Las paredes, que entonces me parecían gigantescas, estaban forradas de libros. Ni un espacio vacío. Volúmenes amontonados en el suelo. En varias mesas. Junto a la caja registradora. Detrás del mostrador. En las escaleras que se perdían en un primer piso al que nunca subí. Y ahí estaba él. Mirando curioso a aquellos extraños que un sábado por la tarde se habían aventurado en sus dominios. Por mi culpa.

Había acabado mi libro de cuentos. Ése que me había acompañado en el barco. En cada noche de hotel. En cientos de kilómetros mesetarios. Había acabado mi libro de cuentos y necesitaba otro. No quería otro. No deseaba otro. No. Ne-ce-si-ta-ba otro. Cómo me pondría de pesada para que mis padres preguntaran en el hotel dónde podían encontrar una librería abierta. Pero aquella cueva no se parecía en nada a las librerías que yo conocía. El quiosco del paseo, donde los cuentos troquelados, cruzados con una goma para que el viento no se los llevara, se exponían junto a las revistas, los diarios, el tabaco y las chucherías. O la librería del barrio. Aquella en la que mientras esperabas a que tu madre pagara te divertías jugando entre los cientos de disfraces y complementos que abarrotaban el espacio.

No. Aquella cueva era diferente. Impresionaba. Sabía que aquel umbral había que cruzarlo como el de una iglesia. En silencio. Con respeto. Allí no valía correr entre las estanterías. Ni esconderse debajo de las mesas. Ni sentarse en el escalón de la entrada. El capricho era mío. Eso me recordaba el billete de cien pesetas que llevaba en el bolsillo del abrigo. Yo debía preguntar. Yo debía pedir. Yo debía pagar. A aquel señor tan serio que miraba por encima del cristal de sus gafas. Recuerdo que le pedí un libro de cuentos. Tan flojito, que acercó su nariz de tobogán a mi cara asustada para que repitiera. Y entonces se perdió.

Desapareció, despacio, entre unos expositores de fotos y postales para aparecer, lo que me pareció una eternidad después, a mi espalda. Llevaba un libro en las manos. Gordo. Usado. De papel ocre y esquinas gastadas. "Enid Blyton", leí. En la portada, una niña durmiendo, un caballo con alas, una estrella de mar, una sirena... Era precioso... Lo cogí. Y le di mi billete al señor, que lo miró. Recuerdo el nudo en el estómago al pensar que igual aquellas cien pesetas, un millón para mí, no bastaban para pagar aquel libro. Aunque estuviera usado. Me devolvió el billete. Y me obligó a preguntarle el precio que no era, ni de lejos, cien pesetas. Volví a darle el billete. Volvió a devolvérmelo. Cascarrabias, me dijo que tenía que intentar pagar menos. Que los libros viejos se enfadan cuando creen que no los quieren y que siempre había que pelear, aunque fuera un poco, por ellos. Aquel libro, con su caballo con alas, su estrella de mar y su sirena, me acompañó en cada cama de hotel. En las noches en casa de la tita Piedad. En cientos de kilómetros mesetarios. En el barco de regreso. Aquel librero serio, de gafas a media nariz, y aquella librería oscura, la primera de mi vida, siguen, en el fondo, conmigo. Cada vez que cruzo el umbral de los únicos templos que reconozco. Cada vez que miro a un librero a los ojos. Aunque no lleve gafas.

domingo, 11 de noviembre de 2018

'Pequeños fuegos por todas partes' (y en todas las familias)


'Pequeños fuegos por todas partes', Celeste Ng | @martatorresmol

En todas las familias arden fuegos. Sólo que a veces no los vemos. O fingimos que no existen, confiando en que se aburran y se apaguen. A veces son auténticos incendios que se sofocan con la misma celeridad que prendieron. A veces, incluso, están apagados y encendidos al mismo tiempo, dependiendo de la habitación desde la que se contemplen. Y otras... Otras son el fuego de Schrödinger. En todas las familias arden fuegos. Así debe ser. Debe haber llamas. Y humo. A ratos. Porque si no, alguien, desesperado, acaba por encenderlos. De verdad. Quemándolo todo. Tierra quemada. Y que todo brote de nuevo. Como hace Izzy, la pequeña y rara de los Richardson, en ese principio que es final en 'Pequeños fuegos por todas partes', la segunda novela de Celeste Ng. Una historia en la que la escritora vuelve a colarse en la cocina (física y metafórica) de una feliz familia estadounidense. O dos. Cuatro, ahora que lo pienso. Toda una comunidad, en realidad.

Esa comunidad es Shaker Heights, un lugar tan perfecto, tan cuadriculado, tan correcto... Que visto desde fuera da algo de miedo. Sólo los cuadriculados, los perfectos, los correctos... Pueden encajar. Y Pearl y su madre Mia, las protagonistas, no lo son. Mia es fotógrafa, artista, y lleva desde que nació Pearl cambiando de lugar de residencia cada vez que finaliza un proyecto. Así que la estampa de ambas montando muebles de mercadillo y rescatados de la basura para establecerse en una de las casitas de alquiler de los Richardson, toda una institución en la zona, no deja indiferente al vecindario. Un lugar en el que, por primera vez, se plantean echar raíces. Una idea que, desde el otro lado de la página, se ve claro que está condenada al fracaso. Su mesa coja, su ropa de segunda mano y su colchón en el suelo no encajan entre jardines de césped milimetrado y muebles, y familias, de diseño. Mia y Pearl son de verdad, tienen un gran secreto, pero son de verdad. Y eso, en Shaker Heights es una novedad. Algo imperdonable. Y eso es lo que nos muestra, desde las cocinas y las salas de estar, con esa facilidad suya para colarse en lo más íntimo de los hogares, Celeste Ng. Así es como vemos que en todas las familias arden fuegos. Que deben arder y apagarse. Porque si no, alguien necesitará quemarlo todo. Para volver a empezar.

"Aquel verano, en Shaker Heights, todo el mundo hablaba de ello: Isabelle, la pequeña de los Richardson, había perdido definitivamente la cabeza y había quemado la casa. En la primavera, los chismes habían girado en torno a Mirabelle McCullough -o May Ling Chow, según de qué lado estuviese uno-, y ahora por fin había algo nuevo y excitante que comentar. Aquel sábado de mayo poco después del mediodía, los clientes que empujaban los carritos de la compra en Heinen's oyeron de pronto un aullido de sirenas: los coches de bomberos se alejaban en dirección al estanque de los patos. A las doce y cuarto había cuatro aparcados desordenadamente en Parkland Drive, delante de la casa de los Richardson, cuyos seis dormitorios estaban en llamas; y hasta a un kilómetro de distancia se distinguía el humo que ascendía en un nubarrón detrás de los árboles."

Título: 'Pequeños fuegos por todas partes'
Autora: Celeste Ng
Traductor: Pablo Sauras
Editorial: Alba
Colección: Contemporánea 
Páginas: 360
Precio: 19,50€
Procedencia: comprado

jueves, 1 de noviembre de 2018

'The Primitals': ¡Uonaná Temé! (vosotros ya me entendéis)


'The Primitals'

Cantar a gritos. Y bailar. Con la música a tope. Es la única posibilidad que te deja 'The Primitals'. Sales del teatro y no hay otra. Cantas y bailas. En tu casa. En el coche. En el bar de siempre. O en otro. Cantas y bailas o revientas. Porque necesitas soltar toda la energía con la que estos cuatro pedazo de aborígenes te han bombardeado. Ni siquiera hablan. Sólo cantan. A capela. Durante más de noventa minutos que, aunque a priori parezca mentira, se hacen cortos. Cortísimos. Un suspiro. Hay un rey. Y una guerra. Y peleas. Y otro que quiere ser rey. Y un hechicero. Y enamoramientos. Pero eso... Eso es lo de menos. Da igual. Podrían hacer macramé o contar hormigas culonas y seguirían consiguiendo que te duela la mandíbula de tanto reír. Y de cantar. Y los brazos de dar palmas. Y de aplaudir. Y sí, entre carcajada y carcajada hay espacio para la emoción. Porque no todo el mundo puede pasar del rock a la ópera y no dar ni una nota en falso. Porque estos cuatro pedazo de aborígenes a los que se les escapa alguna palabra en castellano actúan de fábula. Y cantan igual de bien. Hacía mucho que no me lo pasaba tan bien en el teatro. Quizás desde 'Zenit'. O desde 'Tierra del fuego', que me dejó (y aún sigo) noqueada. Chicos: ¡Uonaná temé! O como demonios se escriba. Vosotros ya me entendéis.

lunes, 29 de octubre de 2018

'La novia gitana', el secreto de Carmen Mola


'La novia gitana', Carmen Mola. | @martatorresmol

No sé quién es Carmen Mola. No me interesa saberlo. La de libros estupendos que nos perdemos por prejuicios con los escritores y la de libros regulares o directamente infames que devoramos porque nos encanta un autor. Así que, sea quien sea Carmen Mola: ¡Chapeau! Si escribe otro libro, lo leeré. Seguramente lo leeré igual que su 'La novia gitana'. Lo compraré (o me lo comprarán) en una de esas librerías de aeropuerto saturadas de bestsellers y lo comenzaré a leer minutos después, en la cola para embarcar. O ya sentada, mientras el resto del pasaje trata de colocar sus equipajes y sus cuerpos. Es lo que tienen las vacaciones, que me atraen irremisiblemente hacia los bestsellers. Con resultados desiguales, todo hay que decirlo, que algún chasco me llevé en las últimas.

No ha sido el caso. 'La novia gitana' me tuvo enganchada a sus páginas apenas dos días. Y es precisamente por eso, para no tener que dejar de leer, por lo que busco bestsellers en vacaciones. No quiero ni pensar qué habría pasado si la hubiera comenzado y me hubiera tenido que ir a trabajar. Me habría pasado las horas pensando en Susana Macaya, esa novia gitana, preciosa, a la que asesinan de un modo atroz en su despedida de soltera, y en ese niño encerrado en un zulo con un perro muerto que no puede más que observar el baile de los gusanos que se lo comen. Dos historias que, aparentemente, no tienen nada que ver una con la otra pero que, a poca novela negra que se haya leído, ya se intuye por dónde van los tiros. Sobre todo cuando descubrimos, con horror, el modo en el que han matado a esa mujer que estaba a punto de casarse. Pero todo ello no es más que una excusa. La muerte de la novia gitana es la forma que tenemos para conocer a la inspectora Elena Blanco. Una mujer directa, aparentemente fría, que disfruta cantando temas de Mina en un karaoke y que se refugia de algo que no sabemos en litros de grapa. Elena Blanco es un imán. Una trampa. Pasada la mitad de la novela ya no quería seguir leyendo para descubrir al asesino de Susana Macaya, sólo quería seguir leyendo para conocer el secreto de la inspectora. Y es ese secreto el que te deja paralizada en las últimas páginas. Con retortijones en el estómago cada vez que lo recuerdas. Dándole vueltas cada vez que, incluso con otro libro ya entre las manos, vuelves a ese final.

Hay quien compara a Carmen Mola con Pierre Lemaitre. O con Luca d'Andrea. Lo primero lo entiendo. Sólo 'Vestido de novia' me ha dejado en los últimos años con la cabeza tan loca y tan mal cuerpo como 'La novia gitana'. Lo segundo no. La novela de Carmen Mola me parece bastante mejor que la del italiano. Al leer la última página algo me daba vueltas a la cabeza. Algo... Algo que vez pero que no llegas a poder coger. Hasta que cayó, de golpe, y se me plantó delante de los ojos. A lo que de verdad se parece ese final tan crudo e inquietante de la novela de Carmen Mola no está en ninguna novela. Está en una película. Una que cada vez que engancho en la televisión me hace apagarla, como un acto reflejo, y cuaja mis sueños con pesadillas e inquietudes. El final de 'La novia gitana' (y lo que se nos viene en la presumible segunda novela protagonizada por Elena Blanco) es gemelo, por las sensaciones que me provoca, a 'Los sin nombre', de Jaume Balagueró. Nunca una película, salvo '¿Quién puede matar a un niño?', me ha dado tanto miedo. Y, a pesar de eso, leeré esa segunda novela de Carmen Mola. Sea quien sea.

"Al principio parece un juego. Alguien ha encerrado al niño en un lugar oscuro y él tiene que intentar salir de allí por sus propios medios. Lo primero sería encontrar el interruptor de la luz, pero el niño no lo busca porque piensa que la puerta se va a abrir en cualquier momento.
La puerta no se abre.
También puede ser un concurso de resistencia, gana el que pasa más tiempo en silencio, el que no pide ayuda. El niño pega la oreja a la puerta de madera, desportillada. Oye un ruido ensordecedor, una moto que arranca y se aleja. Entonces comprende que está solo. Si empezara a gritar, notaría el eco de su voz en ese espacio lóbrego, lleno de polvo y humedad; pero está tan asustado que no le sale ni el llanto".

Título: 'La novia gitana'
Autora: Carmen Mola
Editorial: Alfaguara
Páginas: 408
Precio: 19,90€
Procedencia: regalo 

lunes, 15 de octubre de 2018

Día de las escritoras: Marguerite Duras


'El Amante', Marguerite Duras | @martatorresmol

"Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí". Fue justo ahí, en las primeras frases del tercer párrafo de 'El amante', cuando me enamoré de Marguerite Duras. Hay amores eternos. Y son de papel. No era más que una adolescente que llegaba al libro persiguiendo aquella sensualidad que la había dejado ojiplática frente a la pantalla. No sé las veces que vi la película. La pubertad es obsesiva. Seguramente era demasiado pronto para aquella historia. Una adolescente, sólo un par de años mayor que yo, seducida y rendida ante un chino alto, guapo y rico de veintiséis. La vi muchas veces. Algunas en bucle. En casa no hubo límites para ver, escuchar o sentir. Aún hoy me estremezco al recordar la escena del río. El transbordador en el Mekong. El coche. La niña del sombrero. El chino del Norte. Cuando la obsesión se estabilizó llegué al libro. Buscando más. Y no hubo marcha atrás. Me enamoré de Duras. De sus frases cortas. Directas. De un par de palabras, a veces. De su huida constante de la subordinación. De sus historias. Tan reales. Tan de verdad. De sus personajes. Perdón, de sus personas. Sobre todo de sus personas. De sus mujeres. He sido buena parte de ellas. Sólo Duras entiende a quienes tenemos la costumbre de manchar el sexo con amor o de enturbiar el amor con sexo. Ahí, en las primeras frases del tercer párrafo de 'El amante', me enamoré de Duras sin saber lo que se me venía encima. Leerla es fácil. Es como dejarse acariciar por la brisa perezosa de las tardes de verano. Pero digerirla es difícil. El libro se queda contigo. Al principio no lo notas. Pero poco a poco empieza a pesar. Brota. Le crecen ramas gruesas y retorcidas, que no te dejan respirar. Te ahogan. Y entonces lo entiendes todo. Y las ramas te dejan tranquila. Duermen, plácidas, hasta que vuelves a abrir un libro suyo. Siempre he pensado que quiero a Jane Austen porque la necesito para compensar a Marguerite Duras. Porque hay días en los que también necesito creer en los finales felices. En las Lizzy Bennet y los Fitzwilliam Darcy. Y eso, con Duras, no es posible. Es real, dura, cruda incluso. En su Odisea, Ulises jamás pisaría de nuevo Ítaca y, a pesar de eso, Penélope seguiría esperando. Ella esconde la dulzura en los rincones de las frases. Un regalo para quienes la amamos sin condiciones. Porque nos conoce. Porque nos entiende. Porque escribe personajes como nosotras.

"Podría engañarme, creer que soy hermosa como las mujeres hermosas, como las mujeres miradas, porque realmente me miran mucho. Pero sé que no es cuestión de belleza sino de otra cosa, por ejemplo, sí, de otra cosa, por ejemplo de carácter. Parezco lo que quiero parecer, incluso hermosa si es eso lo que quieren que sea...".

Título: 'El amante'
Autora: Marguerite Duras
Traductora: Ana María Moix
Editorial: Tusquets
Páginas: 152
Precio: 855 pesetas
Procedencia: comprado

domingo, 7 de octubre de 2018

'¡Melisande! ¿Qué son los sueños?': cuando alguien sueña contigo y se despierta


'¡Melisande! ¿Qué son los sueños?' | @martatorresmol

Imagina que alguien está soñando contigo. Imagina que ese alguien, de repente, se despierta. Él te pierde. Y tú le pierdes.Y no queda más remedio que confiar en que, en algún momento, esa persona vuelva a soñar contigo. Para reencontraros. Para saber realmente qué erais. Qué sois. O qué seréis. Y así, esperando, está Hoo, el protagonista de '¡Melisande! ¿Qué son los sueños?', de Hillel Halkin. Y mientras espera, Hoo escribe una carta a Mellie, la mujer que se despertó mientras soñaba con él. Una carta que se descontrola, que cobra vida propia, que se extiende. La carta de una vida. De dos. Una carta que no tiene formato de carta. Que se esconde. Que juega a disfrazarse de novela. Que juega con el lector. Hasta que cae rendida. El disfraz se resbala. Y entonces lo vemos. Vemos la carne de esa larga carta de amor.

Hoo viaja hasta el principio. Hasta los años 50. Hasta el momento en el que él, Ricky y Mellie, adolescentes, se conocen en la revista del instituto. Al momento que marcó sus vidas y en el que comenzaron una amistad que, entonces, no sabían dónde les llevaría. El tres es un número caprichoso. Difícil. Para la amistad. Y para el amor. Pero eso, en ese momento, en el Nueva York de los años 50, aún no lo saben. Aún no saben que se separarán, que se enfadarán, que se enamorarán, que se pelearán, que fingirán haberse olvidado, que se harán daño. Y por todo eso pasa esta carta que se cree novela. Por décadas de amistad. Y de amor. Y de cambios sociales. El macarthismo. Los abortos clandestinos. La guerra de Vietnam. A veces es dura. Otras cruel. Tierna. Apasionada. Divertida. Irónica. Cínica, incluso. Poética. Pero sobre todo es hipnótica. Es una ventana abierta por la que no quieres dejar de mirar. Aunque a veces los visillos entelen la vista. 

"Aquel verano mis padres se fueron de viaje a Europa. Los vi zarpar en el Queen Elizabeth. Tenía el apartamento todo para mí. Solía despertarme y quedarme tumbado en la cama viendo cómo los rayos del sol se filtraban a través de las venecianas. Me vestía y, al salir, me topaba con un gran golpe de luz y calor y desayunaba buñuelos o un brioche con pasas y café en una pequeña cafetería mientras leía el periódico, sintiéndome como un turista en una ciudad extranjera que hubiera visitado tantas veces que ya no necesitara ir a ninguna parte. Fue un verano dedicado a no hacer nada mientras esperábamos a hacer de todo, cosa que ocurriría en esos misteriosos lugares llamados Amherst y Swarthmore y Oberlin y Bard a los que iríamos en otoño".

Título: '¡Melisande! ¿Qué son los sueños?
Autor: Hillel Halkin
Traductora: Vanesa Casanova
Editorial: Libros del Asteroide
Páginas: 264
Precio: 18,95€
Procedencia: comprado


miércoles, 26 de septiembre de 2018

'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey': las deliciosas cartas de Juliet Ashton


'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey' | @martatorresmol

Querida Juliet,
Querida Mary Ann Shaffer:

No sabéis cuánto desearía, ahora mismo, estar en Guernsey, con vosotras. Me imagino sentada, en esa casa que las entrañables gentes de esa islita le han prestado a Juliet, tomando té y riendo, recordando los maravillosos días de verano que hemos pasado juntas. Vosotras estabais allí, en el Canal, tratando de averiguar los grandes misterios de Guernsey. Yo aquí, en otra isla, en el Mediterráneo, sin poder despegarme de vosotras. De la correspondencia de Juliet. Ésa que tan bien armas, Mary Ann. Tengo tantas preguntas... Ya sabéis, en las cartas nunca se cuenta todo. A veces por pereza. A veces por pudor. A veces porque escasea el papel. Podría pasarme la vida leyendo sobre las gentes de Guernsey, sobre cómo sufrieron la invasión alemana de la Segunda Guerra Mundial. Sobre cómo, entre todos, trataron de sortear la vigilancia y el control de los soldados alemanes. Sobre cómo lo consiguieron, no exentos de gracia, creando la sociedad literaria del pastel de piel de patata. Una falsa sociedad literaria que, curiosamente, animó a sus integrantes a leer. Aunque sólo fuera para disimular, para que la coartada fuera creíble.

Me encantaría pasarme horas contigo, Juliet, colega de profesión, para que me contaras cómo fueron, realmente, aquellas presentaciones de su libro de columnas en las que te acusaron de enzarzarte y practicar el lanzamiento de objetos a tus lectoras más impertinentes. Pero lo que de verdad quiero es recorrer con vosotras la isla, conociendo a sus habitantes. Quiero saber si Dawsey de verdad es tan entrañable, humilde y recto (y curioso, que osó escribirte cuando se dio cuenta de que su ejemplar de Charles Lamb había sido, con anterioridad, tuyo) como parece en sus amables cartas, ésas que te sirvieron, Juliet, para intuir que en Guernsey, con sus niños enviados a Inglaterra y su ocupación nazi y su sociedad literaria y sus vecinos tan peculiares y simples a la vez, estaba todo el material que necesitabas para tu nueva novela. Bueno, tu primera novela, en realidad, ya que el libro por el que te hiciste famosa y con el que recorriste el país, 'Izzy Bickerstaff se va a la guerra', era un compendio de aquellos supuestamente frívolos artículos que escribías en la prensa. Ojalá pudieras explicarme los detalles de las citas con Markham Reynolds. A pesar de la educación y los millones tengo la sensación de que era muchísimo más capullo de lo que te atreviste a confesar en tus cartas al buenazo de Sidney (¿puede haber un editor que te adore más que él?) y a su hermana y buenísima amiga tuya Sophie.

Quiero llegar a Guernsey como vosotras, sintiendo que esa isla me acoge y sabiendo que buena parte de ella está esperándome. Adivinando desde el ferry quién sois cada una de vosotras. Juliet, entusiasta, con unos ojos enormes con ganas de captarlo todo, una sonrisa tan dulce como irónica, incapaz de quedarse quieta, lista como un pecado y parlanchina. Mary Ann, sonriente, calmada, de mirada afilada y gesto bromista. No me importa conocer ya el secreto de Elisabeth, ése que os tuvo a las dos enredadas páginas y páginas. Quién era, qué fue de ella, quién era el padre de la pequeña Kit, que ahora se ha pegado a tus faldas, Juliet, porque la llenas de cariño y, sobre todo, de alegría por la vida. Ni el misterio del manuscrito ¡vaya descubrimiento!, no me extraña que corriera tanto peligro. Hablando de manuscritos, Mary Ann... ¿Me explicarás el truco? ¿Me confesarás, entre té y té y paseo y paseo, cómo lo hiciste? ¿Cómo conseguiste a Juliet, Sidney, Dawsey, Eben, Clara, Amelia... Incluso a la insufrible Adelaide? ¿Cómo montaste esta historia tan delicada, divertida, íntima, graciosa, emocionante, tierna, cruda, chispeante, única y maravillosa?

Un abrazo muy fuerte a cada una de vosotras.
(Y un puñado para la gente de Guernsey).

 Dorothy

P.D.: Escribís unas notitas encantadoras (vosotras ya me entendéis).


"Querido Sidney:
Susan Scott es maravillosa. Hemos vendido más de cuarenta ejemplares del libro, lo cual me resulta muy grato, pero mucho más emocionante desde mi punto de vista ha sido la comida. Susan se las arregló para hacerse con unos cupones de racionamiento y conseguir así azúcar glas y huevos de verdad para el merengue. Si todos sus almuerzos literarios van a alcanzar cotas tan altas, no me importaría ir de gira por todo el país. ¿Tú crees que una bonificación generosa haría que nos consiguiera mantequilla? Intentémoslo: el dinero lo puedes deducir de mis derechos de autor.
Y ahora viene la mala noticia. Me preguntaste qué tal iba mi nuevo libro. Simplemente no va, Sidney."

Título: 'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey'
Autora: Mary Ann Shaffer / Annie Barrows
Traductora: Cristina Martín Sanz
Editorial: Salamandra
Páginas: 304
Precio: 19€
Procedencia: comprado


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