jueves, 7 de febrero de 2019

Mar Benegas: "El lenguaje te puede destruir o hacerte volar"




China, Brasil, Corea, Italia o Francia. Son sólo algunos de los países en los que se han traducido y publicado los libros de Mar Benegas (Valencia, 1975), que esta semana ha visitado Ibiza para impartir talleres y ofrecer charlas sobre el poder de la palabra, el lenguaje y la narración. Además, tiene previsto visitar varios centros educativos. Ha publicado decenas de libros tanto para adultos como para niños y ha recibido varios premios, entre ellos el Serra d’Or de la Crítica (2018) por 'I aquí dins qui hi ha?' o el de mejor libro juvenil en 2014 del Banco del Libro de Venezuela por 'Abecedario del cuerpo imaginado'.

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
¿Hay mucha narración en las nanas?
Es la primera literatura, con la que acogemos a los bebés. Las nanas, las rimas, los juegos corporales...
¿Por qué es importante cantar y contar cuentos a los niños?
Por muchos motivos, pero básicamente porque el lenguaje construye nuestra identidad, la propia y la colectiva, y porque, con ese lenguaje, nos comunicamos con los bebés desde el afecto y el amor. Necesitamos las palabras para nombrar el mundo. Tenemos que ir diciendo y explicándoles a los niños y niñas quién son. Cantar y contar un cuento es un acto de amor y generosidad. Les proporcionamos un espacio en el que vivir emociones a través de las palabras, pero en un entorno seguro, que es el de la ficción.
¿Las palabras tienen poderes?
Sí, el lenguaje es poder. Por eso se les tiene que dar a los niños el don de la palabra, para que puedan defenderse y que sepan que con el lenguaje te pueden destruir pero también hacerte volar. No conozco a ningún niño que no sienta que se cura cuando le dicen aquello de «sana, sana, curita de rana...». A nosotros nos pasa igual, cuando estás mal, que te digan que no pasa nada, aunque sepas que no es cierto, te sana. El lenguaje tiene poder y fuerza.
Los adultos tenemos los mantras...
Exacto o los textos de las religiones. El lenguaje es el pensamiento. Pensamos en palabras. Construimos el mundo en función de aquello que sabemos nombrar. Por eso es tan necesario, en la infancia, ofrecer las herramientas para defenderse, para crear el mundo y para transformarlo.
¿La voz es importante?
Sí, pero no tanto. Es importante que lo que se transmita sea afectivo, que lleve una pasión y un aprecio. Los profesionales, por bien que lo hagamos, nunca podremos sustituir a una madre, un padre o a quien cuida de ellos contándoles una historia.
Me refería al efecto calmante de la voz.
Mira, hay un artículo de un pediatra norteamericano sobre cómo cuidar de los bebés, un manual que decía que no necesitan más cuidado que controlar que coman. Los orfanatos, en aquella época, tenían una tasa de mortalidad del cien por cien en los bebés de cero a dos años. No se les hablaba.
Con tanta pantalla, ¿estamos desaprendiendo a contar historias?
Sí, hay una pérdida muy evidente de la capacidad lingüística, estamos perdiendo vocabulario, capacidad de expresión... No es por las pantallas, es por todo el conjunto. Si a un niño le ofreces leer cuentos contigo, lo preferirá, pero una vez metido en el mundo de las pantallas es muy complicado sacarlo. En este mundo de prisas es más cómodo dejar al niño al cuidado de una pantalla que dialogar con él. Hay espacios de conversación que se tendrían que mantener, como las comidas o las cenas, en familia, sin televisión. Cada vez hablamos menos.
Pero mucho por whatsapp.
Sí, es terrorífico.
¿No hay narrativa en el whatsapp?
Es la oralidad, la charla coloquial, pasada a la escritura. La elaboración es mínima. Esto se ve también en los libros infantiles, cada vez es todo más visual y con un lenguaje muy empobrecido. Es un menosprecio a la inteligencia de los niños.
Tengo la sensación que se publican muchas cosas únicamente porque transmiten el mensaje que toca. Aunque sean malas.
Absolutamente. Actualmente, habría muchos autores que no se publicarían: las aventuras de Pippi o los libros escritos por Roald Dahl, por ejemplo. Hay muy pocas editoriales que se atrevan a publicar cosas potentes. Y, en general, las grandes, las que publican libros que llegan a las escuelas, están demasiado absorbidas por ese servilismo. Hay mucha literatura de receta, libros para que los niños se comporten como queremos que lo hagan.
Antes, los cuentos eran más crudos, mostraban aquello que los niños no tenían que hacer.
La literatura siempre es un territorio de libertad. Debe serlo. Cualquier cosa puede pasar y sirve, precisamente, para que vivamos cosas que no nos gustaría vivir en la realidad. Para, por ejemplo, conocer el miedoque da que nos abandonen en medio del bosque. El cuento es un espacio de tranquilidad y seguridad, pero está demostrado científicamente que estas vivencias quedan grabadas en el cerebro como una experiencia vital y que cuando nos enfrentamos a una situación parecida a la que se ha enfrentado el protagonista sabemos cómo comportarnos. Tanto con los cuentos infantiles como a los adultos con las novelas. Sabemos cómo mira el lobo cuando quiere engañarnos. Es una forma de enseñar los cachorros humanos el alma humana, la oscuridad...
¿Criamos cachorros que no saben qué es el miedo, ni distinguir el bien del mal?
Tienen una falta de defensas para enfrentar la realidad, que es la que es y que no podemos evitar. La muerte y la enfermedad están aquí, las personas tenemos una parte oscura... Cuando se enfrentan a la realidad después de haber estado en una burbuja en la que todo es bueno... A mí me gusta mucho hablar con ellos, me alimentan. Hablo con ellos de los niños que llegan a Grecia cruzando el Mediterráneo en mitad de la noche o de niñas con burka. Me interesa hablar de esto porque son otras infancias que están aquí y que nos podrían haber tocado a cualquiera de nosotros. Siempre responden con empatía. Me sorprende que nadie les hable de estas cosas.
¿Qué hace cuando se sienta a escribir?
No me siento a escribir historias, las historias me escriben. Son un impulso. Escribo poesía, que es más visceral. No es que quiera decir algo premeditadamente. A veces necesito expresarme y lo hago de esta forma. La poesía me sirve para poner nombre  las cosas que hacen daño. De forma más amable.
Imparte talleres de escritura creativa. ¿Se puede aprender a escribir?
Se puede aprender. Todo es oficio. La escritura es un 99% oficio y el resto, inspiración. Si tienes una persona que te guía y te acompaña, se puede aprender. llevo muchos años haciendo talleres de escritura y me fascina ver la evolución de una persona que nunca ha escrito un poema, cuando el taller se acaba. Si te sumerges, puedes aprender. De hecho, todo lo que hablábamos antes de los textos vacíos tiene que ver, precisamente, con esto. Siempre ha existido el desprecio de las cosas para niños, se cree que cualquiera puede escribir para ellos, que cualquier tontería sirve y les gusta. En el taller buceamos, buscamos nuestra voz. En cuatro horas no acabas escribiendo, pero sí tienes unas pautas.
¿Quien quiera escribir para niños antes debería explicarles sus historias a ver qué piensan?
[Ríe] El año pasado, en unas jornadas en Valencia participó Suzanne Lebeau, una dramaturga canadiense. Hace obras de teatro durísimas, muy potentes, y todas nacen de su trabajo con grupos de niños. Tiene un comité asesor de niños y niñas que le dicen si es una tontería. Es importante saber qué es un niño. No son seres a medias. Son personas, tienen sus inquietudes y se les tiene que tomar en serio.

martes, 22 de enero de 2019

'Ritos funerarios', la última decapitada de Islandia


'Ritos funerarios', Hannah Kent. | @martatorresmol

Hipnótica. "Dicen que debo morir...", empieza ella, Agnes, y ya no puedes parar. Sabes que Agnes no es sólo un personaje de novela, construido palabra a palabra, gesto a gesto, silencio a silencio. No. Sabes que Agnes, esa mujer que espera que el hacha del verdugo caiga sobre su blanco cuello, es real. Fue real. Existió realmente. Sabes que la historia que teje Hannah Kent en 'Ritos funerarios' es la de Agnes Magnúsdóttir, la última mujer decapitada en Islandia. Su belleza, su carácter frío, sus silencios... No juegan a favor de Agnes, criada de un famoso curandero, condenada, junto a otra criada y un joven del pueblo, por el brutal asesinato de su amo y de otro hombre. Agnes es una asesina, una mujer peligrosa, una alimaña... Eso es, al menos, lo que cree la gente. Y eso es también lo que piensan los Jónsdóttir, horrorizados, cuando el comisionado de la región les comunica que deben acoger en su casa a Agnes hasta que llegue la hora de su ejecución.

Los Jónsdóttir, a pesar de que su casa de turba se cae a pedazos, de que es pequeña, de que tiene dos hijas adolescentes que compartirán habitación con la rea... no pueden eludir la orden. Un rechazo y un fastidio que comparte su mujer, Margrét, y que le dan la bienvenida a Agnes cuando llega al pegujal y la badstofa que serán su última morada. Maniatada. Tratando de mantener el equilibrio sobre un caballo. Con la roña de meses pegada a la piel. Con las calzas llenas de orín. Es un cadáver. Respira. Siente dolor. Miedo. Frío. El corazón le late con fuerza. Pero es un cadáver. Todos son conscientes de ello. Ella también. Es un cadáver con tiempo para pensar. Para explicarse. Para reencontrarse con aquellos que, en esa vida anterior a ser la ramera y la más temible asesina de Islandia, en algún momento la trataron con cariño. Con respeto. Con misericordia. Aunque no reconozcan en esa mujer aparentemente fría, a aquella adolescente que sonreía para agradecer favores. Ese camino, de la presunta asesina a la mujer, del cadáver que respira al cuerpo inerte tendido junto al hacha ensangrentada del verdugo, es hipnótico. Agnes es una Sherezade que, encuentro a encuentro con el párroco encargado de preparar su alma para la ejecución, desgrana su vida, su relación con el curandero y, sí, qué pasó la noche en la que ambos se convirtieron en cadáveres. Él, envuelto en sangre. Ella, atenazada por los grilletes. Pero eso, qué pasó realmente aquella noche, es lo de menos. Porque lo único que te apetece es que Agnes, la de la roña, la ramera, la de mirada inquietante, siga con su relato. "Dicen que debo morir..."

"Dicen que debo morir. Dicen que le robé el aliento a unos hombres y que ahora ellos deben robarme el mío. Supongo, entonces, que todos somos llamas de vela, brillantes de grasa, parpadeando en la oscuridad y en el aullido del viento, y en la quietud de la habitación escucho pisadas, pisadas espantosas que se acercan, que vienen a apagarme y a sacarme la vida del cuerpo en forma de corona de humo gris. Me fundiré con el aire y con la noche. Nos apagarán a todos, uno a uno, hasta que quede únicamente su luz, bajo la que se ven ellos. ¿Dónde estaré yo entonces? 
A veces me parece verla otra vez, la granja, ardiendo en la oscuridad. A veces siento la punzada del invierno en los pulmones y me parece ver las llamas reflejadas en el océano, esa agua tan extraña, tan trémula por la luz. Hubo un momento aquella noche en que me volví a mirar. Me volví a mirar el fuego, y si me lamo la piel, aún noto el sabor a sal. A humo.
No siempre ha hecho tanto frío.
Oigo pisadas."

Título: 'Ritos funerarios'
Autora: Hannah Kent
Traductora: Laura Vidal
Editorial: Alba
Colección: Contemporánea
Páginas: 384
Precio: 19,50€
Procedencia: comprado

jueves, 17 de enero de 2019

Tiempo de mujeres: Isabel Barreto, primera almirante de la armada


Isabel Barreto

«Llena de libertad, coraje y curiosidad por el mundo». Así define la escritora francesa Alexandra Lapierre a Isabel Barreto, considerada la primera mujer almirante de la Armada Española, en su novela 'Serás reina del mundo'. Barreto es una de las exploradoras a las que dedica el mes de enero el calendario 'Tiempo de mujeres, mujeres en el tiempo', de la Organización de mujeres de la Confederación intersindical del sindicato STES. «Lideró la expedición encargada de buscar el quinto continente después de los descubrimientos de Cristóbal Colón», explica el dossier del calendario. «Su gesta fue atreverse a soñar lo mismo que los hombres de una época en la que las mujeres pertenecían a sus padres cuando eran vírgenes, a sus maridos cuando estaban casadas y a sus hermanos cuando eran viudas», continúa Lapierre, que destaca que, precisamente por eso, fueron los hombres de su vida quienes hicieron «posible» su aventura: «Primero su padre, quien la escogió entre sus hijos para llevar su apellido y seguir su obra, después su marido –Álvaro de Mendaña–, quien osó hacer lo que ningún otro navegante habría hecho: llevarla con él». De Mendaña, además, al morir, le dio todos los poderes «para protegerla de sus propios hombres». Más tarde, fue su segundo marido –Fernando de Castro– quién la emancipó «legalmente de su tutela otorgándole, además, la gestión de su fortuna». Lapierre califica de «conducta revolucionaria» la de estos tres hombres y recuerda que Barreto no fue la única heroína entre las pioneras del Nuevo Mundo, a pesar de que sus nombres «han pasado desapercibidos».

De hecho, reconoce que tampoco Isabel Barreto ha recibido la atención que merecía y tiene muy claro el motivo: «Era una mujer y su palabra no tenía peso social ni económico ni legal». La escritora explica que su peor enemigo era su capitán que, destaca, «hizo muchos esfuerzos para desacreditarla escribiendo un texto terrible contra ella porque quería ser el único héroe y conseguir, así, un nuevo mandamiento del rey. Al fin, influyó el silencio exigido a todos los navegantes, bajo pena de muerte, sobre sus descubrimientos para que las naciones enemigas no se sirvieran de sus hallazgos, conservados en cartas que se perdieron durante siglos».

Participó en varias expediciones por el océano Pacífico con su marido, descubridor de las islas Salomón y Marquesas. «Nunca dejó de ser una mujer que reivindicó su belleza y feminidad», asegura Lapierre, que considera que Barreto fue una mujer entregada tanto al mar (la Mar) como en sus relaciones: «Cuando amó lo hizo con pasión. Sus matrimonios fueron auténticas historias de amor». La escritora, que dedicó tres años a investigar la figura y la vida de Isabel Barreto para escribir su novela, explica que visitó el convento de clausura de Santa Clara de Lima, donde la primera almirante de la Armada Española quiso ser enterrada: «Fue la experiencia más emotiva y especial que he vivido». «Desde que descubrí a Isabel, mi vida no es como antes», sentencia Lapierre.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Mis mejores lecturas de 2018


'La guerra no tiene rostro de mujer', Svetlana Alexiévich | @martatorresmol

1 'La guerra no tiene rostro de mujer', Svetlana Alexiévich
Ella les dio voz. Hasta que ella llegó, estaban mudas. Sus historias, sus vidas, se habían quedado arrumbadas en su memoria. Algunas ni eso. Algunas, incluso, las habían olvidado. De no contarlas. De no pensar en ellas. No existían. Casi un millón de mujeres callando una época de sus vidas. Sus proezas y sus miserias. Todas ellas lucharon en la Segunda Guerra Mundial, en las filas del Ejército Rojo. Pilotaron aviones. Incluso tanques. Curaron a los heridos. Consolaron a los moribundos. Se destrozaron las manos lavando uniformes duros de sangre seca. Empuñaron armas. Dispararon a los enemigos. Muchas murieron. Otras sobrevivieron. Y callaron. Acabó la guerra, todos regresaron a sus casas, ellos contaron sus historias de la guerra y ellas... Ellas callaron.

2 'Medio sol amarillo', Chimamanda Ngozi Adichie
De mayor quiero ser como Chimamanda Ngozi Adichie. Yo, de mayor, quiero escribir como ella. Quiero saber convertir grandes historias en pequeñas historias. Sí, habéis leído bien. Convertir grandes historias en historias pequeñas. En historias cotidianas. Historias de verdad. De las que podrían pasar aquí al lado. Tras la puerta de delante. En las entrañas del umbral de mi felpudo. Sí, historias que pueda creer sin esfuerzo. Con personajes que pueda tocar. Historias que pudieran contarme, con sus lenguas de colores, todas y cada una de las mujeres que me rodean. Porque eso es exactamente 'Medio sol amarillo', una gran historia convertida en una historia tan pequeña, tan diminuta, tan microscópica, que te atraviesa la piel sin que te des cuenta.


'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey' | @martatorresmol

3 'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey', Mary Ann Shaffer y Annie Barrows
Querida Juliet,
Querida Mary Ann Shaffer:

No sabéis cuánto desearía, ahora mismo, estar en Guernsey, con vosotras. Me imagino sentada, en esa casa que las entrañables gentes de esa islita le han prestado a Juliet, tomando té y riendo, recordando los maravillosos días de verano que hemos pasado juntas. Vosotras estabais allí, en el Canal, tratando de averiguar los grandes misterios de Guernsey. Yo aquí, en otra isla, en el Mediterráneo, sin poder despegarme de vosotras. De la correspondencia de Juliet. Ésa que tan bien armas, Mary Ann. Tengo tantas preguntas... Ya sabéis, en las cartas nunca se cuenta todo. A veces por pereza. A veces por pudor. A veces porque escasea el papel. Podría pasarme la vida leyendo sobre las gentes de Guernsey, sobre cómo sufrieron la invasión alemana de la Segunda Guerra Mundial. Sobre cómo, entre todos, trataron de sortear la vigilancia y el control de los soldados alemanes...

4 'Pequeños fuegos por todas partes', Celeste Ng
En todas las familias arden fuegos. Sólo que a veces no los vemos. O fingimos que no existen, confiando en que se aburran y se apaguen. A veces son auténticos incendios que se sofocan con la misma celeridad que prendieron. A veces, incluso, están apagados y encendidos al mismo tiempo, dependiendo de la habitación desde la que se contemplen. Y otras... Otras son el fuego de Schrödinger. En todas las familias arden fuegos. Así debe ser. Debe haber llamas. Y humo. A ratos. Porque si no, alguien, desesperado, acaba por encenderlos. De verdad. Quemándolo todo. Tierra quemada. Y que todo brote de nuevo. Como hace Izzy, la pequeña y rara de los Richardson, en ese principio que es final en 'Pequeños fuegos por todas partes', la segunda novela de Celeste Ng. Una historia en la que la escritora vuelve a colarse en la cocina (física y metafórica) de una feliz familia estadounidense. O dos. Cuatro, ahora que lo pienso. Toda una comunidad, en realidad.


'Memorias de Adriano', Marguerite Yourcenar | @martatorresmol

5 'Memorias de Adriano', Marguerite Yourcenar
Despacio. Lento. Pausado. Es el ritmo que pide 'Memorias de Adriano', de Marguerite Yourcenar. La tentación, tras ese primer encuentro con el emperador, tumbado en la cama, al lado del médico, siendo consciente de que la vida se le apaga, es devorarlo. Adentrarse en esa larga, larguísima, carta dirigida a Marco Aurelio, al que adoptó como nieto, en la que desgrana sus memorias y no parar, ni para dormir ni para respirar, hasta arrumbar hacia Bayas con él, para acompañarlo, junto al mar, en sus últimos estertores. Pero la historia de este emperador nacido en Itálica, amante del mundo heleno, que busca la paz pero no la idolatra, que fue el primero en instalarse pacíficamente en Bretaña, que sólo luce la toga en Roma, requiere tiempo. Para degustarla. Para asimilarla. Para imaginar esas campañas romanas por media Europa hasta el más pequeño detalle. Para perderse en las reflexiones del emperador. Para volver atrás y releer algunas de las frases de Yourcenar. Por lo que dicen. Y por bellas. Porque si algo desbordan estas falsas memorias es la belleza.

De lleno en un puerto del Cantábrico. Con las gaviotas graznando. Ronroneos de motor. Boniteros en el horizonte. Sensación de tormenta cercana. Olor a algas pudriéndose. Y el jaleo de marineros y pescadores a punto de enrolar. Quién sabe para cuántos días. Quién sabe si volverán. Ahí te planta Ignacio Aldecoa en las primeras páginas de 'Gran Sol'. Te mete de lleno en un ambiente que roza la fiesta. Roza el drama. Roza el nerviosismo. Roza la bronca. Un instante que lo roza todo y que, al mismo tiempo, parece no tocar nada. Un instante decisivo camuflado por la cotidianeidad. Si no fuera por ese vestido (conversaciones con las mujeres, vinos en la taberna, frías despedidas...) seguramente ninguno de los protagonistas embarcarían en el 'Aril', rumbo a Gran Sol, junto al barco hermano, el 'Uro', a pescar, a dejarse la salud. Quién sabe si también la vida.


'El vestido azul', Michèle Desbordes | @martatorresmol

Hay libros que duelen. Que te atacan, prácticamente. Van directos a tu línea de flotación. Y sólo te dejan dos opciones. Rebelarte, enfrentarte a ellos, iniciar una pelea. O rendirte. Dejar que entre el agua y abrazarlos. Acariciarlos mientras te tomas una copa de vino y confiar en que el boquete emocional no sea tan grande. 'El vestido azul', de Michèle Desbordes, es uno de esos libros. Al menos para mí. Porque esta historia, que se lee en dos tirones, uno si las obligaciones lo permiten, te mete de lleno en una de las cosas que más me han aterrado siempre, desde niña, desde que leí un relato que no debería haber leído hasta unos años más tarde: una mujer cuerda encerrada en un manicomio.

¿Qué sería alguien capaz de hacer por un hijo? ¿Hasta dónde podría llegar? Son algunas de las preguntas que plantea 'La cena', de Herman Koch, una novela que he leído sin pestañear y soportando las arcadas que me provocaba página tras página. Y no por los maravillosos platos que pasan por la mesa de ese restaurante de postín sino por sus comensales. Por todos y cada uno de ellos. Por lo que piensan, por lo que hacen, por lo que esconden y, sobre todo, por cómo quieren. O creen querer. Que no es lo mismo. Porque esa primera pregunta ("¿Qué sería alguien capaz de hacer por un hijo?") es, en realidad, una trampa. Una engañifa. 


'Un grupo de nobles damas', Thomas Hardy | @martatorresmol

La supuesta volubilidad femenina vista, analizada, comprendida, sonreída, incluso, por un grupo de hombres de mediados del siglo XIX. Así podría resumirse, en una frase, 'Un grupo de nobles damas'. Un libro de Thomas Hardy que requiere viajar hasta el siglo XIX y ponerse, como  si fuera un disfraz, una mentalidad de la época. Es necesario porque, de lo contrario, la confrontación con el autor y con esos hombres que desgranan, en una noche desapacible, historias de mujeres rebeldes, caprichosas, inseguras, enamoradizas, influenciables, cabezotas e ignorantes de lo que es mejor para ellas, con el objetivo de divertirse. Es necesario ponerse en el siglo XIX para disfrutar de la maravillosa forma de narrar de Hardy. Para no enfadarse con él.

Querida Penelope... ¿qué voy a hacer contigo? De verdad que aún no lo sé. Llevo desde ayer por la noche pensando. Dándole vueltas a tu 'La librería', esa pequeña historia que escribiste pasados los 60 y en la que te dibujaste a ti, a ese pueblo en el que te refugiaste o al que huiste, y a esos vecinos que no dudaron en darte la espalda cuando les convino. He dicho "dibujaste", sí. No me he equivocado. De lo que tengo la cabeza llena, ahora mismo, es de imágenes, no de palabras o de frases, de imágenes. No me extraña que Isabel Coixet, al leerte, decidiera llevarte al cine. Es tan de cine este librito tuyo... Perdóname por lo de "librito" y por lo de "pequeña historia". A veces lo pequeño es muy grande. A veces lo grande se disfraza de pequeño. Sé que entiendes a qué me refiero. Una mujer como tú seguro que lo sabe. Es algo que compartes con la Ginzburg. Ella también me entendería. 


domingo, 16 de diciembre de 2018

Autorretrato en Esqueria, en Naxos, en Ítaca


Autorretrato en Nausícaa, Ariadna, Penélope | @martatorresmol

Ahí está Nausícaa, destejiendo a la luz de la luna. Desenredando, uno a uno, los hilos que, con la precisión de un reloj de arena, ha enlazado durante el día. No, no es Penélope. Es Nausícaa. Lo fue, al menos, en algún momento. Nació como tal. Creció como tal. Aún no sabe cuándo se convirtió en Penélope. Y empezó a tejer. Y a destejer. Por las mañanas, cuando con los dedos entumecidos se quita la ropa y deja que el sol resbale por su piel desnuda... cuando se agarra al alféizar y respira, dejando que el aire salado la penetre... entonces, por un instante, siente el eco de aquella princesa irónica y deslenguada que lavaba, en cueros, los vestidos de su corte... le parece oír, en la distancia, el alegre cacareo de las esclavas en el río y los gritos, emocionados, al descubrir al navegante náufrago... lejos... demasiado lejos... Hace tanto ya que teje y desteje... Siempre con el mismo hilo. Ése que huele a sangre y a sudor. Un olor cálido y espeso. Pegajoso. Mareante. Casi venenoso. A veces, a mediodía, al pasar el hilo entre sus dedos el olor a bestia sube hasta su nariz, tan intenso, que siente náuseas. Es el hilo del laberinto. El del monstruo. Y el del héroe que también fue monstruo. Es el hilo del abandono. De la cobardía. Lo único que le quedaba al despertar, sola, en Naxos. Sí, porque esta Nausícaa fue también, una vez, Ariadna en Naxos. Era lógico que la princesa del ovillo acabara transformándose en la reina que teje y desteje. Y que espera. Que resiste. Esperar es valiente. Heroico. Es una decisión. Esperar es confiar. Es vencer a la ansiedad. Aguantar sus mordiscos. Sus cantos de sirena negra. Mirar el horizonte azul todos los días sin atisbar las velas ansiadas. Cada noche, mientras hunde sus dedos en el telar, arrancando las hebras, pegajosas, húmedas, sangre y sudor, la acechan los monstruos. Ella, Nausícaa, Ariadna, Penélope, les mira a los ojos. Les escucha. Les deja hacer. Esperar, esa cobardía, eso tan fácil... Esperar es para valientes. Tejer y destejer, Nausícaa, Ariadna, Penélope, tejer y destejer es heroico.


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