lunes, 1 de febrero de 2021

Los libros de la vida de Joan Mayans



Marta Torres Molina | Diario de Ibiza

Entre Mascardi y Mazo. Ahí tiene Joan Mayans su primera novela publicada, 'El futur no és el que era'. Ni él mismo se libra del orden alfabético con el que tiene organizada su biblioteca. El ejemplar descansa en los estantes abrazado por una compilación de textos de Juan Mascardi —«un amigo mío, periodista, argentino»— y un libro de poemas de Eduardo Mazo. Habla mejor del momento en que lo compró que de su contenido: «Era un día de Sant Jordi, ya tarde. En las Ramblas no quedaba ni el gato, además, había sido un día de lluvia y eso, en el Día del Libro, es casi trágico. Sentado en un pupitre de colegio Mazo estaba vendiendo sus libros. Me pareció una escena tristísima y le compré un ejemplar».

Mayans recuerda lecturas de muy pequeño. Los primeros recuerdos que tiene como lector son de los últimos años de la escuela (la EGB de entonces), cuando descubrió la colección ‘Elige tu propia aventura’, muy popular entre los niños y adolescentes de los años 80. Pudo comprar bastantes cuando, en sexto o séptimo curso, ganó en un concurso un vale de diez mil pesetas (60 euros) de la librería Hipérbole. También recuerda haber leído alguna historia de Julio Verne. «Pero el primer momento en que tengo conciencia de una lectura más ordenada y orientada fue en el instituto, con buenos profesores de literatura», explica Joan Mayans, que aprovechó la Navidad para presentar su novela (ganadora del Premio Pollença de Narrativa en 2019) en Ibiza.

En el instituto leyó ‘Martin Eden’, de Jack London, que no descarta releer. Sumergido en la historia de ese hombre humilde que llega a dejarse la vida para ser escritor fue la primera vez de Mayans fantaseó con dedicarse a escribir.

«Con Eduardo Mendoza descubrí que leyendo puedes reírte. Me había reído leyendo cómics, pero no literatura», explica sobre el momento en que devoró las páginas de ‘El misterio de la cripta embrujada’ o ‘El laberinto de las aceitunas’. En esa misma época también se adentró en el mundo de la distopía con George Orwell, Ray Bradbury y Aldous Huxley y en que la «política ficción» y el suspense de Frederick Forsyth lo mantenían despierto, pegado a las páginas «hasta las tantas». Le pasó con ‘Odesa’ y con ‘Los perros de la guerra’, explica Joan Mayans, que confiesa que aún hoy no sabe si en lo que explicaba en sus libros sobre la Guerra Fría «exageraba o se quedaba corto».

Al mudarse a Barcelona para estudiar se reencontró con Mendoza aunque fue una época de su vida en la que se centró en las lecturas de la carrera: «Me parecía que leer cualquier otra cosa era perder el tiempo». Entre la poca literatura que leyó, destaca ‘La ciudad de los prodigios’, que le pareció «la mejor forma de explicar Barcelona» y que le acompañó en el descubrimiento de la nueva ciudad en la que estaba viviendo y que le plantó delante a Mendoza «en todas las dimensiones».

Un libro que lo marcó «como persona» fue ‘Crónicas del ángel gris’, de Alejandro Dolina. «Fue un zarandeo muy bestia», explica Mayans, que detalla que no se trata de una novela sino, más bien, de «narraciones empalmadas» que plantean la dicotomía entre los llamados Hombres Sensibles y los Refutadores de Historias. «El estilo es fantástico», apunta el escritor, que con ‘Oración por Owen', de John Irving, se encontró con el mejor libro que había leído nunca. «La estructura, el ritmo... Es absolutamente único. Brutal», indica Mayans, que en los últimos años, coincidiendo con su mayor dedicación a escribir, ha tratado de leer «de forma más ordenada», convirtiendo la lectura «en una forma de aprender». «Escribir y leer, para mí, van de la mano», afirma. Con este planteamiento de la lectura confesa que disfrutó mucho de ‘Una vacante imprevista’, de J. K. Rowling, por la forma en la que es capaz de «crear una comunidad». «Fue un curso de literatura acelerado», añade Mayans, a quien esto no le sorprendió porque está rodeado de pottermaníacos y sabe de lo que es capaz la escritora: «En vez de ambientado en Hogwarts lo está en un pueblo del Reino Unido donde juega con una docena de personajes. Te sumerges en la narrativa, cada personaje oculta algo. Y la estructura... Te atrapa de una forma bestial».

Precisamente sobre estructura aprendió y disfrutó con ‘Las voces del Pamano’, de Jaume Cabré, compleja (aunque no tanto como su ‘Yo confieso’). Y esta sensación de «desordenar las piezas para que tú las montes» la tuvo con ‘La mort lenta’, del jovencísimo (24 años) Xavier Mas Craviotto, que no sólo le impactó muchísimo: «Es magnífico, muy corto, con una mirada absolutamente podrida de la vida que te cuesta entender que pueda tener un autor tan joven».

El libro que más le ha motivado para escribir, espoleado, el que le marca un reto, el que le provoca y le mueve ha sido ‘Primavera, estiu, etcètera’, de Marta Rojals. «Te hace un clic en la cabeza, te cambia la forma de mirar y la forma de vivir», afirma Mayans, que confiesa sin problema que sintió auténtica «envidia» por quien había sido capaz de escribir aquello. Especialmente el capítulo once: «Lo leí varias veces, es antológico».

De hecho, venció la vergüenza que siente de hablar con otros escritores y le escribió a Rojals para explicarle que aquel capítulo había sido un detonante, una palanca. Rojals, extremadamente celosa de su intimidad, le contestó: «Me dijo que para ella también era un capítulo especial porque al terminarlo supo que acabaría el libro». Él se ofreció a enviarle un ejemplar de su libro, pero ella le dijo que no, que lo compraría, que los escritores se tienen que ayudar entre ellos. Mayans quedó «muy contento» con aquella conversación. No sabe si la escritora catalana ha comprado finalmente ‘El futur no és el que era’. Quién sabe si lo tendrá ya en su biblioteca. Abrazado por dos libros de escritores de la letra M.


lunes, 25 de enero de 2021

Los chicos de la Nickel (Colson Whitehead)

 


"Hasta muertos creaban problemas, los chicos". Los chicos. Niños rotos. Adolescentes rotos. Vidas rotas. Esos son los chicos que, según la primera frase de 'Los chicos de la Nickel', de Colson Whitehead, crean problemas. En realidad, el único problema que pueden crear estos chicos es que todo lo que pasa en la Nickel salga de la Nickel, el reformatorio en el que se ambienta esta novela. Premio Pulitzer. Dos veces lo ha ganado Whitehead. Y se entiende. Una maravilla. Brutal. Por la historia. Por los personajes. Por la delicadeza con la que está escrita. Por los giros que da la trama. Dos. Uno cuando la vida de Elwood Curtis se tuerce para siempre. El segundo, casi al final, cuando cambia de sentido la de Jack Turner, su gran amigo en ese pozo del horror al que ha condenado un juez a estos dos chicos negros. Una historia dura, basada en casos reales, en cementerios ilegales llenos de cuerpos de chicos negros, violados, torturados y asesinados, que Whitehead desgrana buscando los escasos rayos de luz.

La vida de Elwood es todo lo buena que puede ser la vida de un chico negro en los años 50. Huérfano, criado por una abuela que le adora, lector incansable, es un buen estudiante que se saca su propio dinero trabajando en un estanco después de clases y que tiene un sueño, alentado por Martin Luther King: ir a la universidad. Todo le conduce a ello hasta la misma mañana en que debe comenzar el curso universitario. Esa mañana en la que, con sus mejores galas, decide hacer autostop para llegar al campus. En ese momento, en un Plymouth verde, todos sus sueños empiezan a evaporarse. Algo que no hubiera pasado si no fuera por su color de piel. Y acaba en la Nickel. Y ahí es, de verdad, donde empieza la novela. Toda la vida anterior de Elwood, el amor de su abuela, el cariño del señor Marconi en el estanco, la confianza del profesor Hill, los días amables, la voz de King en el tocadiscos... Todo eso que has leído con una sonrisa, compartiendo las ganas y la fuerza de Elwood, sólo sirve para ver que el día más ilusionante de tu vida puede convertirse en un segundo en el peor día de tu vida. Porque lo cambia todo.

Elwood llega al reformatorio convencido de que estará fuera en nada. De que su abogado demostrará lo que ha pasado y le sacará de ahí. Y que, en el peor de los casos, educado y bueno, sabrá seguir las reglas, avanzar escalones y salir de allí. Pero las normas en un lugar como la Nickel no son las del mundo exterior. Allí, ser bueno, ser justo, dar la cara por los más débiles, denunciar los abusos, puede acarrear una segunda condena. Golpes. Castigos. Humillaciones. En la Nickel la única luz es la amistad que puedas trabar con alguien como tú. Y la única esperanza es pasar desapercibido. No destacar. No llamar la atención de los carceleros. Aguardar que llegue la hora en que se abra la puerta. O huir. "Hasta muertos creaban problemas, los chicos".

"Elwood recibió el mejor regalo de su vida la Navidad de 1962, por más que las ideas que ese regalo metió en su cabeza fueran su perdición. 'Martin Luther King at Zion Hill' era el único álbum que poseía, y siempre estaba puesto en el tocadiscos. su abuela, Harriet, tenía algunos discos de góspel que solamente se decidía a poner cuando el mundo descubría una nueva manera de fastidiarla, y a Elwood no le dejaban escuchar a los grupos de la Tamla Motown ni esa clase de música popular porque eran de carácter licencioso. El resto de los regalos de aquel año fueron prendas de ropa —un jersey de color rojo, calcetines— y ni que decir tiene que las llevó hasta gastarlas, pero nada aguantó tan bien el uso y de forma tan constante como aquel disco. Las rayas y ruiditos que este fue acumulando al paso de los meses eran otras tantas marcas de su proceso de concienciación, hitos de los diversos momentos en que las palabras del reverendo se abrieron paso en su intelecto. El crepitar de la verdad".

Título: Los chicos de la Nickel
Autor: Colson Whitehead
Traductor: Luis Morillo Fort
Páginas: 224
Procedencia: Bookish
Precio: 18,90€


lunes, 11 de enero de 2021

La ciudad de la alegría (Dominique Lapierre)

 



"La India te abraza o te escupe". Es una de las cosas que me dijeron al poco de aterrizar en ese fascinante país. Y así lo viví. La India no es para todos. Conozco mucha gente que, después de años queriendo ir tomaron un vuelo de regreso unos días después de llegar. Sus cuerpos no podían más. Sus ojos no podían más. Sus almas no podían más. La India es dura, pero también es maravillosa. Y eso, exactamente eso, la crudeza, la crueldad, incluso, del día a día en Calcuta, y la solidaridad, la generosidad y la felicidad en uno de los barrios más pobres de esa ciudad es lo que relata Dominique Lapierre en su popularísima 'La ciudad de la alegría'. Uno de mis grandes pendientes. Porque fui una niña y una adolescente que, inspirada por la magia de cuentos e historias lejanas, soñaba con ese exótico país. Y porque cuando vi la película (protagonizada por Patrick Swayze y Om Puri) me quedé enamorada con aquella historia hasta el punto de no querer abrir el libro. Por si acaso. Por si me destrozaba las imágenes de la pantalla, la historia, la esencia. Cuántos libros no habre leído, o habré leído décadas después de ver las películas por esos porsiacasos.... 

Miedo infundado, en este caso. Porque libro y película son completamente independientes. Diferentes. Diría, casi, que aunque tienen las manos cogidas, se dan la espalda. La película mira a la historia, a la emoción. El libro apunta a las vidas reales de quienes viven en un slum, las relaciones que se establecen entre ellos y cómo asumen su cotidianeidad mientras intentan que a sus familias les falte lo menos posible. El libro comienza con dos personajes que están muy lejos de cruzarse. De hecho, no lo hacen hasta muy muy avanzado el libro. El primero, Hasari Pal y su familia. Un campesino que se ve obligado a huir a la ciudad para tratar de subsistir en la más absoluta miseria. Viven en la calle, rebuscan en la basura y hasta vende su sangre para conseguir que los suyos tengan algo que llevarse a la boca la mayoría de los días. Así hasta que la suerte se le presenta en forma de hombre-caballo, uno de los miles de conductores de rickshaw que se dejan los pulmones sobre el asfalto de las calles de Calcuta, que le apadrina para convertirse en uno de ellos. El otro protagonista es Paul Lambert, un cura católico blanco que llega a la ciudad con el objetivo de ayudar a los más necesitados y que, ante el asombro de sus homólogos indios, decide instalarse en el corazón mismo de la miseria, en un slum, en un lugar donde las casas apenas tienen unos metros cuadrados, donde cuando llueve las calles se llenan de excrementos, donde se vive pared con pared con los leprosos, donde hay que hacer horas de cola para ir al baño y para echarse un par de cubos de agua encima, que es en lo que consiste la ducha diaria, donde se compran fetos para experimentación y donde los niños emprenden cada mañana el camino del vertedero con la esperanza de conseguir algo con un mínimo valor. Un lugar que, irónicamente, se llama la ciudad de la alegría. Más adelante entrará también en la trama Max Loeb, un médico estadounidense de buena familia que, admirador de la labor de Lambert, decide pasar una temporada en la India, país que le recibe abrazándolo en mugre y atendiendo el complicado parto de una leprosa. Situaciones, ambas, que le generan tanto asco como fascinación.

'La ciudad de la alegría' es una descripción desnuda de la India, y de los indios, más pobres. Una crónica novelada de cómo viven, de cómo salen adelante, de cómo se relacionan entre ellos, de cómo dan lo que no tienen cuando hay que echar una mano al vecino, de jornadas interminables de trabajo para conseguir unas pocas monedas, de usureros que sacan las tripas (a veces en sentido literal) a los más pobres para que puedan pagar entierros o dotes para las bodas de sus hijas, de cómo se duermen todas las noches arrullados por los chillidos de las ratas, de las risas de los niños alzándose por encima de la miseria, del rojo betel escondiendo la sangre de pulmones destrozados, de perros que convierten en festín los miembros amputados en una camioneta, las miradas de desprecio de quienes no viven en l slum, la corrupción en cada rincón de la administración, la bondad y el trabajo incansable de la madre Teresa, el monzón que todo lo da y todo lo quita... Un viaje a esa India tan cruda como subyugante que, como bien me dijeron, te abraza o te escupe.

"Su espesa pelambrera rizada y sus patillas, que se juntaban con las guías caídas de los bigotes, su pecho corto y robusto, sus largos brazos musculosos y sus piernas un poco arqueadas le daban un aire de guerrero mongol. Sin embargo, Hasari Pal, de treinta y dos años, no era más que un campesino, uno de los 548 millones de habitantes de la India que pendían su alimento a la diosa tierra. Había construido su choza de dos habitaciones con adobe cubierto de bálago un poco apartada del pueblo de Bankuli, uno de los 36.543 municipios de la Bengala Occidental, un estado del noreste de la India tres veces más extenso que Bélgica y tan poblado como Francia. Su esposa, Aloka, de corta estatura, piel clara y aire seráfico, con la aleta de la nariz atravesada por un aro de oro y los tobillos adornados con varias ajorcas que tintineaban a cada paso, le había dado tres hijos. La mayor, Amrita, de doce años, había heredado los ojos almendrados de su padre y la bonita piel afrutada de su madre. Manooj, de diez años, y Shambu, de seis, eran dos buenos mozos de cabellos negros y alborotados, más dispuestos a cazar lagartos con sus hondas que a empujar el búfalo en el arrozal familiar. Como a menudo era tradicional en la India, también vivía en casa del campesino su padre, Prodip, un hombre enjuto y arrugado, con la cara cruzada por un delgado bigote gris, y su madre, Nalini, anciana encorvada y con más arrugas que una nuez. Hasari Pal albergaba también a sus dos hermanos menores, a sus mujeres y a sus hijos, es decir, en total, dieciséis personas."

Título: La ciudad de la alegría
Autor: Dominique Lapierre
Traductor: Carlos Pujol
Editorial: Seix Barral
Páginas: 402
Procedencia: segunda mano
Precio: 1€

viernes, 11 de diciembre de 2020

Salmón marinado (de Dorothy)




Me encanta el salmón. Bueno, el pescado en general, pero el salmón es uno de mis favoritos. Me gusta casi tanto como la roja (cabracho, cap-roig, escòrpora...), el rodaballo, el rape y el mero, que son los que más. El salmón estaría, por versatilidad y por precio, a la altura del bacalao en mi ranking de pescados. Está rico de cualquier forma (a la plancha, en papillote, en tartar, carpaccio...) y acepta multitud de acompañamientos y salsas. Una de las formas en las que más me gusta tomarlo es marinado, pero el precio no es precisamente económico. Por eso hace ya un tiempo que decidí hacerlo yo. Aunque el pescado no es un producto barato, sale muy a cuenta prepararlo en casa. La receta no puede ser más sencilla y, además, permite todo tipo de juegos para que no siempre tenga el mismo sabor. Sólo hace falta un poco de imaginación y ganas de experimentar. 

Ingredientes:
—1 lomo de salmón fresco de un kilo
—600 gramos de sal gorda
—400 gramos de azúcar
—Pimienta negra
—Eneldo fresco picado
—Sal ahumada

Preparación:
—Cortad el lomo de salmón en dos piezas de medio kilo más o menos, así haremos salmón marinado con dos sabores diferentes. Es muy importante no quitarle la piel y mejor si podéis escoger una pieza que sea gruesa, de unos tres dedos de ancho.

—Repasad el pescado con las manos para quitarle las espinas que pueda tener. Las del salmón son grandes y se tocan bien, no sufráis. Yo también repaso la zona de la piel, por si tiene muchas escamas, para quitárselas.

—Mezclad bien en un cacharro el azúcar y la sal gorda. Por si queréis hacer otras cantidades, la proporción que yo utilizo es siempre de un 60% de sal gorda y un 40% de azúcar del total del peso del pescado que se vaya a marinar. Es decir, que si el lomo pesa 650 gramos tendríamos que hacer la mezcla con 390 gramos de sal y 260 de azúcar. Sólo hay que hacer una regla de tres.

—Añadid pimienta negra recién molida, al gusto. Y, como vamos a hacer dos piezas de sabores diferentes, dividimos esa mezcla en dos recipientes. 

—En uno añadimos el eneldo fresco picado. La cantidad depende de si os gusta mucho el eneldo o no. Yo la pongo a ojo, pero para un lomo de medio kilo pondría medio vaso de eneldo fresco picado. He dicho fresco, sí. A ver, que a unas malas se puede poner el de bote pero no va a ser lo mismo. Yo aviso.

—A la otra mezcla le añadimos dos cucharadas de postre de sal ahumada. si os gustan los sabores fuertes, como a mí, siempre podéis añadirle una más.

—Este paso es en el que os digo que se puede jugar con los sabores. Podéis añadirle a la mezcla de sal y azúcar las especias que os gusten o, incluso, alguna fruta picada. Si ésta contiene mucha agua tendréis que aumentar la cantidad de sal y azúcar.

—Cubrid el fondo de los recipientes en los que vayáis a marinar el salmón con las mezclas y colocad el pescado encima con la piel abajo. Cubrid bien los lomos con las mezclas de marinada. Deben quedar completamente cubiertos. Tapad con film de forma que quede lo más prieto posible y colocad peso encima (sirven unos bricks o unos botes de conserva) y meted en la nevera. Cada ocho horas, más o menos, echadle un ojo y retirad el líquido, un almíbar, que se va formando al expulsar el salmón el agua y mezclarse con la sal y el azúcar.

—A ver... Yo lo dejo 36 horas y no le doy la vuelta al pescado. Me gusta hacerlo así porque me parece que queda más tierno y jugoso. Pero probad. La receta clásica y pura dice que a las 24 horas habría que desenterrar el pescado, darle la vuelta, esto es, con la piel hacia arriba, y volver a cubrirlo. También dice que debería marinar durante dos días completos. Id probando hasta dar con la combinación que más os guste.

—Pasado el tiempo de marinada, sacad el pescado y retiradle bien los restos de sal y azúcar. Para quitárselo todo, pasad el pescado levemente por el agua del grifo y secadlo luego perfectamente con papel de cocina.

—Guardad en un recipiente hermético en la nevera. Puede durar hasta dos semanas, pero ya os digo yo que no os va a durar tanto. 

lunes, 7 de diciembre de 2020

El director: secretos e intrigas de la prensa... (David Jiménez)

 



Dos tardes. Y no una porque tenía cosas que hacer. Es lo que me ha durado la lectura de 'El director: secretos e intrigas de la prensa  narrados por el exdirector de El Mundo', de David Jiménez. Apasionante. Trepidante. Interesantísimo. El libro es, realidad, un mirilla a través de la que observar, sin ser vistos, las entrañas de un gran medio, en el que, salvando las distancias y los tamaños, se cuecen más o menos los mismos conflictos, dudas y enfrentamientos que en uno pequeño. El libro, aunque sea una crónica de 300 páginas, se lee como una novela. Con sus protagonistas, sus tramas, sus problemas y su desenlace. Sí, porque tiene un principio y un final que, además, como a mí me gusta en las crónicas, forman un círculo en el que final y principio se funden. El volumen comienza con el propio autor llegando a la sede de El Mundo, en Madrid, donde el guardia de seguridad le impide el paso ya que se ha olvidado la cartera, donde lleva la acreditación. Y termina en el momento en el que firma su salida de este medio, mucho antes de lo que pensaba y sin haber tenido la oportunidad real de poner en marcha su proyecto. Ni por medios ni por tiempo ni por libertad.

Antes de llegar a ese despacho que no tiene mucho interés en decorar, David Jiménez se recorrió medio mundo cubriendo guerras, desastres como el de Fukushima o revoluciones. Su visión es la de un reportero, la de alguien más acostumbrado a moverse entre el barro que sobre la moqueta. La de alguien que tiene claro que lo importante en cualquier medio es la información y, sobre todo, contarla de una forma diferente, ir más allá, y todo ello sin tener en cuenta las presiones, vengan del lado que vengan. Es decir, lo que quiere cualquier periodista con vocación de reportero. Pero las cosas no son tan fáciles cuando estás al frente de un medio y cuando tienes que sortear el fuego amigo, disparado desde dentro de la empresa, para publicar aquello que crees que debe publicarse. El libro relata las presiones que recibe desde las altas instancias de la empresa para retirar informaciones que afectan a partidos, empresas del IBEX y políticos. También el comportamiento de estos últimos en situaciones digamos que complicadas y cómo se las gastan cuando el director no accede a sus peticiones, a hacerles el favor de no publicar algo, de retirar un nombre de una información, de retrasar su publicación... Pero también los juegos de poder internos. Las zancadillas, las lealtades, los vaivenes subterráneos de quienes quieren su silla o de quienes preferirían que fuera para otro. Más afín. O más colega. Porque una cosa no quiere decir la otra.  

Evidentemente, mi lectura es la de una periodista. Pero este libro no está escrito sólo para los que conocemos el oficio y el día a día en un diario tradicional, de los de papel, con redacciones ruidosas (teléfonos, impresoras, maldiciones, risas, trotes, gritos, murmullos de grabadoras en segundo plano...) y jornadas impredecibles. De hecho, creo que precisamente nosotros somos los últimos para los que está escrito. No hace falta saber de periodismo. Ni conocer los medios. David Jiménez hace en este libro lo que cualquier periodista hace cada día. Explicar lo que ve, lo que oye y lo que vive a personas que no han estado allí. Que no tienen porqué saber absolutamente nada sobre ese tema antes de embarcarse en la lectura de un artículo. Y que tienen que poder entenderlo todo cuando lleguen al último punto. Habrá quien piense que Jiménez se ha quedado corto. O que ha exagerado. O que le ha puesto mucha literatura (en fin, mucha de la buena literatura de la historia se ha hecho desde el periodismo). Yo sólo sé lo que he visto, oído y vivido en mis más de veinte años en este maravilloso y amado oficio mío. Y he sonreído al reconocer, aunque plasmados en estas páginas a mayor escala, muchas situaciones y conversaciones. Y personajes. Y formas de entender esta profesión. De practicarla. De pervertirla. De odiarla. De amarla. 

"El guardia levantó la mirada y preguntó el motivo de mi visita. Había pasado los últimos 18 años lejos de la redacción como corresponsal y el hombre no me reconocía como uno de los periodistas del diario. Me pidió la identificación y, al llevarme la mano al bolsillo, me di cuenta de que no la llevaba conmigo.
—Vaya —dije—, olvidé la cartera en casa.
—Si no tiene identificación no puede entrar. ¿Tiene una cita?
—Verá... Yo en realidad venía a...
Chismes, nuestro redactor jefe de crónica rosa, apareció en ese momento haciendo aspavientos:
—¡Es el nuevo director! ¡Es el nuevo director!
Una de las secretarias corría hacia nosotros para aclarar el malentendido, mientras el vigilante quería que se lo tragara la tierra y yo me preguntaba si aquello no sería una señal de que todo iba a ser más difícil de lo que había imaginado. Después de todo, el tipo al que habían parado en la entrada era el más improbable de los directores de periódico que hubiera tenido el país".

Título: El director
Autor: David Jiménez
Editorial: Libros del K.O.
Páginas: 295
Precio: 18,90€
Procedencia: regalo

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