martes, 5 de noviembre de 2019

"El clown es un navegante de las emociones"


Fanny Guerrero, caracterizándose como Flip | Educaclown

Fanny Guerrero Torcque ‘Flip’. 

Payasa. Fanny Guerrero trabajaba para una empresa de alta cosmética cuando, en un aeropuerto, se fijó en una imagen de un clown de hospital. En ese mismo momento supo que aquello era lo que quería hacer. Así que un día se plantó en Sonrisa Médica y preguntó qué tenía que hacer. Se formó y trabajó diez años en hospitales antes de darse cuenta de que había otra gente, invisible, que también necesitaba el clown y la risa. Cofundó Educaclown (www.educaclown.org), ONG que trabaja con centros de menores, y pasó de ser payasa de hospital a payasa social. Hacen actuaciones en congresos y otros eventos y el dinero que les pagan lo dedican a su intervención

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Ser payasa es una cosa muy seria, ¿no?
Sí, muchísimo. Hacer reír es algo muy serio. Una cosa es hacerse el gracioso o tener un repertorio de chistes, eso lo podemos tener todos, pero ser payaso es un oficio. Tienes que estar presente para el otro, es una profesión que exige mucho trabajo, hacemos muchos cursos, y no puedes perder el niño que llevas dentro. Ser payasa es muy serio.

¿Es una forma de ver el mundo?
Totalmente, ves el mundo y a las personas a través de una nariz roja. Lo primero que hacemos al salir a escena es establecer contacto visual con el público, mirar a la gente a la cara, a los ojos, pero de verdad. A partir de ahí estableces un vínculo. Tú tienes que ser siempre muy sincera. Si voy de graciosa, nunca llegaré a ti, pero si te explico mi verdad, que un día estoy muy feliz pero que otro estoy en la mierda, y te hablo de mi fracaso desde la verdad, empatizarás conmigo y funcionará.

Eric de Bont, profesor de clown, siempre decía que el clown triunfa cuando fracasa.
Así es. Somos hijos del mal. Te ríes cuando la otra persona se cae o se estampa contra una pared. Tienes que trabajar mucho contigo mismo, ser muy sincero contigo para poder serlo con el público. Muchas veces es un fracaso. Si el público ve que es de verdad, aunque lo exageres, porque el punto de juego es importante en el clown, funciona. El fracaso, para nosotros es fantástico. El clown que sale a escena pensando que es el mejor y que la gente se reirá con él, está muerto.

Mirar a los ojos al público... Cuando hacen eso, muchos tratan de mirar hacia otro lado, no sea que les digan algo.
Sí. Una cosa es un espectáculo de clown y otra muy diferente una píldora de humor que haces en un congreso entre ponencias. Ahí lo que haces se intuir al público en general. En el fondo, todos somos niños y jugamos a ser ejecutivos, directivos, universitarios, fontaneros... Cuando tú haces el ejercicio de desnudarte y empiezas a jugar, el público responde. Y juega. Siente que tiene el permiso para hacerlo. Siempre hay alguien que no, sobre todo en los congresos, pero en grupos más pequeños no me he encontrado a nadie que no esté dispuesto a jugar. Tenemos muchas ganas. Nos lo tomamos todo de una forma tan seria...

¿Tenemos demasiado sentido del ridículo?
Me hace gracia cuando la gente me dice que es vergonzosa. Lo primero que trabajamos en los cursos es la confianza. Todos somos iguales. Si confías en tu compañero, en el grupo o en tu equipo de trabajo, ya no tienes miedo a meter la pata. Eso es fantástico. Tus compañeros se reirán y tú, como payaso, quieres que lo hagan. Se ve el fracaso desde otro punto. Esto ayuda mucho en empresas o sectores muy rígidos en los que se piensa que el jefe nunca se equivoca. Ver a tu jefe haciendo de pato enfadado, por ejemplo, es muy divertido. Hicimos una inauguración de un hotel en Palma y, al año, nos volvieron a contratar. Nos decían que un tiempo después pasaban ante el camarero o el director, hacían el pato enfadado y todos se reían. Es un código interno. Se trata de quitarnos las máscaras de lo que somos en el trabajo y ponernos la máscara de la nariz roja, que es el niño que quiere jugar. Evidentemente, si eres el camarero tienes que servir cafés y si eres el director tienes que mandar, por mucho de pato enfadado que hayan hecho todos juntos.

¿Para quitarnos las máscaras nos tenemos que poner la de la nariz roja, que es otra máscara?
Sí. Yo la llevo ya muy incorporada, no me hace falta la nariz física, pero le pones una nariz al público y cambia. La energía cambia porque te permites jugar. No haría falta, lo veo entre los que nos dedicamos a esto, pero entiendo que a la gente le cuesta y necesita la nariz. La gente enloquece cuando se la pone. ¡La de personas que necesitan jugar y reír en el mundo!

Empezó por aquel clown de hospital que vio en un anuncio del aeropuerto, supongo que lo hizo.
Sí, fui clown de hospital diez años. Al final, sin embargo, me di cuenta de que había una parte muy importante de gente que no se veía. Los niños que han sufrido abusos y malos tratos, las mujeres en situación de prostitución... Parece que no existen. Nos afecta mucho ver a un niño en una guerra, es lógico, pero no hay que irse lejos ni a una guerra para ver que hay mucha gente que lo está pasando muy mal. Lo que ocurre es que la parte emocional del dolor no se ve, aunque hace mucho daño y puede llegar a ser peor. Así que empezamos a trabajar en centros de menores y montamos el proyecto Educaclown. Fue hace cuatro años y no hemos parado. En la ONG creemos que el teatro, el humor, el clown... Son un bien social. Derecho a jugar y a reír lo tenemos todos. Y con esto consigues que el niño esté mucho mejor, se relacione con los otros, que libere estrés... Empecé de payasa de hospital y he acabado como payasa social. Sigo haciendo hospital en otros países, voy a centros de menores, hago píldoras de humor y doy clases de motivación, cohesión de grupos, liberación de estrés... Si nos contratan, el dinero lo destinamos íntegramente a pagar la parte social en los centros de menores.

Hablamos del clown relacionado con la risa, pero hay espectáculos de clown con los que he llorado muchísimo. ¿Está bien?
Sí, el clown es un navegante de las emociones. Somos sinceros. Y te puedo contar absolutamente todo. Si te explico mi verdad, tú conectarás conmigo. Puedes reírte, pero también puede ser algo muy triste que te haga llorar. Son emociones. La tristeza y la alegría lo son. Por eso para mí el clown es una forma de vida. Es estar en tu vida desde tu verdad y a partir de ahí hacer tu espectáculo como quieras. Para mí, es muy mágico. En general, trabajamos la risa, pero muchos clowns tienen historias complicadas.

¿Cómo lleva que payaso se emplee como insulto?
Cada cual ve el mundo con sus colores. A mí, que me digan payasa es lo mejor que me puede pasar en la vida. No hay nada mejor. Para otra gente lo mejor será que le llamen asesor financiero. Es verdad que se emplea como insulto, de forma peyorativa. El payaso, el bufón... Pero es él quien dice la verdad, riendo riendo, pero la dice. Desde el humor se pueden decir muchas cosas. Y, además, para ser clown tienes que ser inteligente, guapa, simpática, maravillosa, espectacular... [carcajada] No me afecta el uso de la palabra payaso. Es cultural y cada vez va a menos. ¡Con tantas películas de miedo!

¡Es verdad! Ahora parece que todos los payasos son chungos. It, el Joker...
Mira, no tengo televisión. Y no he visto ninguna de esas películas en el cine. A mí es que las pelis de miedo me dan mucho miedo. Sea payaso o cualquier otro personaje. No creo que la figura del payaso quede desvalorizada. He trabajado con niños que han sufrido abusos y también en quirófano, que supone una situación de mucho estrés para ellos. Me he quitado la nariz y he cogido a esos niños en brazos cuando he sentido que era necesario. Al final el clown lo hace la persona que está detrás de la nariz roja. Y antes que payasa soy persona.

viernes, 1 de noviembre de 2019

La noche de las velas


@martatorresmol


Las velas ardían en el fregadero de la cocina la Noche de Difuntos. Se encendían en el minuto justo en el que un día alcanzaba al otro. En silencio. Las llamas llenaban la casa de sombras. Alguna vez mi abuela me pilló de madrugada, pegada al borde de la pica, mirando hipnotizada aquella candela que se derretía, un mensaje de cera para decirles a nuestros muertos que les recordábamos, que les queríamos, que les echábamos de menos... Cada vela tenía la vida del ser querido al que representaban. Unas, las de quienes se fueron en plena juventud, se consumían rápido. Otras lanzaban su último aliento al amanecer, apurando todas las horas, como hicieron en vida, de una noche en la que, decía mi abuela, vivos y muertos podían sentirse unos a otros. Mi otra abuela no encendía velas en el fregadero de la cocina. Limpiaba los nichos de sus muertos, que son los míos. Encalaba subida a una escalera que pasaba de mano en mano en el cementerio viejo de la isla. Quitaba el polvo. Sacaba lustre a las lápidas. Reponía las flores. Sin dejar de hablar. De recordar. De explicar las vidas de aquellos que ya no estaban. El que se fue a Cuba. La que se enamoró de un marino. El que se fue a Rusia, a la guerra, y regresó en cuerpo pero nunca en alma. El que volvía de sus viajes con los bolsillos rebosando regalos y la cabeza, historias. Encendía velas en la capilla del camposanto. Sin dejar de rememorar a sus muertos, que son los míos, entre susurros. La que lloraba porque no la dejaban ir al colegio. La que contaba unas historias junto al fuego. El que estuvo a punto de morir en un duelo. Aquellas velas también tenían su propio ritmo. Mi abuela cerraba los ojos y rezaba. Yo miraba, embobada, aquel mar de pequeños fuegos. Unos agotándose en unos minutos. Otros demorándose. Cada una consumiéndose al ritmo de la vida por la que se iluinaban. Esta Noche de Difuntos encenderé una vela en la cocina. Pensando. La ilusión de saber que venías. Las veces que imaginamos tu carita. Los instantes que queríamos vivir contigo. Arderá. Apenas un suspiro. Te recordamos, te queremos, te echamos de menos, pequeño.

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