jueves, 28 de diciembre de 2017

Las doce mejores lecturas de 2017




'Hombres buenos', una auténtica novela de aventuras
He vuelto. He regresado de París. De la España de fines del XVIII. De un viaje, más bien una misión, lleno de peripecias y peligros. He regresado de todos ellos. Pero sobre todo he vuelto de un lugar y un tiempo mucho más lejano. He vuelto de las lecturas de infancia. De aquellos libros de aventuras en los que me sumergía algunas tardes, aún con el uniforme del colegio pero descalza, para creerme por un rato viajera, pirata, científica, diosa griega, marinera, reina, guerrera, espadachina, mosquetera, princesa, niña demasiado curiosa, heroína, hada, hechicera... Porque eso es 'Hombres buenos', de Arturo Pérez-Reverte, una auténtica novela de aventuras.




'Voces de Chernóbil', si duele leerlo...
No sé si habrá alguien que sea capaz de leer de un tirón, sin pararse a respirar, 'Voces de Chernóbil', de la Premio Nobel de Literatura de 2015 Svetlana Alexiévich. De hecho, si hay alguien capaz de leer este libro (por qué me parece que esa palabra se le queda pequeña...) de un tirón seguramente pensaría que lo ha leído sin entender o que no tiene empatía ni sentimientos. Y no tengo claro cuál de las opciones me gusta menos. Yo he tenido que parar en tres ocasiones, dejar mi edición de bolsillo reposando unos días sobre la mesilla de noche y volver después de lecturas menos contundentes. Si duele leerlo no quiero ni pensar en lo que le tuvo que doler a la periodista escribirlo.

'Los últimos días de nuestros padres', donde los libros deben doler
Hay historias que duelen. Libros que duelen allí donde deben doler los libros. Porque un libro que no duele (o que no conmueve o que no te hace reír, o mejor aún, sonreír, o que no te hace pensar o que no te obliga a mirarte por dentro) es un libro que ha pasado por tus ojos, pero no por ti. Y 'Los últimos días de nuestros padres', de Joël Dicker, es de los que no te dejan salir de él sin una cicatriz lectora más. De los que desearías no haber leído para poder tener el placer de volver a leer, virgen aún de sus páginas.

'Las voces del Pamano', siento haber tardado tanto
Confieso que he tardado demasiado en leer 'Las voces del Pamano'. Pido perdón por los casi tres años que he tenido este libro sobre mi viejo escritorio de la biblioteca, cubriéndose de polvo es una esquina lacada en blanco, sobre el cuero dorado. Siento infinitamente haberlo olvidado, o haber fingido que lo olvidaba, porque 'Las voces del Pamano', de Jaume Cabré, no se lo merece. Y, sin embargo, ahí ha estado, esperando como espera quien te quiere (o te desea) de verdad. Aguardando el momento justo, para abrirse y entregarme, sin rencores ni reproches, una historia de ésas que no se olvidan, que te acompañan, que se hacen un poco tuyas.




'Las últimas palabras', cuando un libro se esculpe
En estas islas, el archiduque Luis Salvador de Austria es bien conocido. Una figura recurrente. Alguien de quien se habla como si fuera un antepasado, con familiaridad, con cercanía, desproveyendo a la palabra archiduque que precede siempre a su nombre de toda grandeza e importancia.Un hombre al que da voz la académica Carme Riera en 'Las últimas palabras', un libro en el que la escritora fabula, imagina, intuye, proyecta (escoged el verbo que más os guste).

'Todos nuestros ayeres', las pequeñas cosas son las que hacen bailar las cortinas
Si el destino se anuncia con música de charanga, mejor ponerse en guardia. Es una villanía maldecir a un perro. Sin la vergüenza la humanidad sería mucho mejor. Llega un momento de la vida en el que son los hijos los que educan a los padres. A los muertos se les debe juzgar como si estuvieran vivos. El valor no te lo encuentras un día en el bolsillo. Los cerdos son felices en cualquier lado. Una casa sin visitas es triste. Todo hombre, mirado muy de cerca, acaba dando pena. Son sólo algunas de las enseñanzas que supura 'Todos nuestros ayeres', de Natalia Ginzburg, maravillosamente traducida por Carmen Martín Gaite. Una novela que baila en la cotidianeidad, como las cortinas en una casa por cuyas ventanas se cuela el aire.




'Viaje a la aldea del crimen', habla el maestro
Cuando un maestro habla, el buen alumno escucha. Cuando un maestro escribe, la buena alumna lee. Devora. Analiza. Relee. Piensa. Subraya. Admira. Sueña. Mira al fondo de sus textos. Compara. Frunce el ceño. Vuelve a leer al maestro. Mastica lo que se se esconde entre líneas. Digiere. Y concluye. Cuando sea mayor quiero escribir como Ramón J. Sender. Quiero saber mirar y entender como lo hacía él para sus crónicas. Es la conclusión que saco de esa lección de periodismo que es 'Viaje a la aldea del crimen'.

'Voy', Gabi Martínez busca a Gabi Martínez
Llegué a 'Voy' por motivos laborales. Iba a escribir que por obligación, pero no, porque llegar a un libro, aunque sea por trabajo, no es nunca una obligación. Es más, incluso puede llegar a ser, como en este caso, un auténtico placer. Lo leí, lo devoré, en un par de noches. Horas que Gabi Martínez, al que debía entrevistar, le robó a mi sueño. Lo leí a velocidad de vértigo. Parpadeando, incrédula, ante semejante osadía. Sí, porque si hay un adjetivo que defina a este libro, a esta falsa novela, a este documental de papel, a este diario personal, es, sin duda, osado. Valiente, también. Temerario, incluso.

'Patria', el perdón
He disfrutado y sufrido mucho con esta novela. Perdón, con este novelón. Porque sí, es un novelón. De los que te pillan (lo siento, pero son los libros los que te escogen, no tú a ellos, por mucho que creas) y ya no te sueltan. Entiendo el éxito de 'Patria', de Fernando Aramburu. Tiene todos los ingredientes para ello.




'Tres días y una vida', la culpa
La culpa puede decidir una vida. Puede decidir por ti. Escoger por ti. Descartar por ti. Hacer como que olvida por ti. Fingir por ti. Mentir por ti. La culpa puede comerte. Darte un buen mordisco, un bocado atroz, que te deje medio muerto y una cicatriz que te impida olvidar. Y seguir comiéndote, poco a poco, royéndote y lamiéndote, el resto de tu vida. La culpa... Ésa es la protagonista de 'Tres días y una vida', de Pierre Lemaitre, que sigue fascinándome por su capacidad para tenerte con el corazón en la boca durante todas y cada una de sus páginas.

'Rendición', esa aterradora transparencia
Aún no me he recuperado de ‘Rendición’, de Ray Loriga. No me encuentro. No me siento bien. Estoy riendo, tomando unos vinos, callejeando, buceando bajo las olas y de repente... ¡Zas! Ahí aparece de nuevo. Ese hachazo inesperado de inquietud. De pesadumbre. De ansiedad. Porque ‘Rendición’ es eso: un sablazo que te parte en dos pero que no acaba contigo, para que veas y sientas cómo te desangras. Tiene algo este Loriga tan adulto del McCarthy crudo y descarnado de ‘La carretera’.




'Nos vemos en esta vida o en la otra', el 11-M
El 11-M. Las 191 vidas sesgadas. Y todas las que quedaron destrozadas para siempre. La sensación de inseguridad plantada de por vida en el país. Eso es, seguramente, lo que recordamos la mayoría de aquel fatídico 11 de marzo en el que nos pasamos la mañana entre el horror por lo que había pasado y la necesidad de saber quién estaba detrás. 'Nos vemos en esta vida o en la otra', del periodista Manuel Jabois, vuelve al 11-M, bueno, no al 11-M, a un tiempo antes, al tiempo en el que empezó a fraguarse el atentado.



viernes, 22 de diciembre de 2017

Libros para sonreír en Navidad


"Libros felices", así llamamos mi amiga lectora (y ahora hermana sirena) Montse y yo a esas historias que son casi un bálsamo. Libros que te pintan una sonrisa en la boca, te calientan el alma y que, aunque sea sólo durante el instante que los tienes frente a las pestañas, hacen que el mundo, y la gente, parezca mucho mejor de lo que en realidad es. Alguno, es verdad, es de una tristeza que te sobrecoge, pero a pesar de ello hay algo, un detalle, un personaje, que te reconcilia con la humanidad. Libros, historias, ideales para Navidad.



'Flores para la señora Harris', una señora de la limpieza y un vestido de Dior
Esta historia de Paul Gallico es una absoluta delicia. Un cuento que te mantiene en vilo, que te hace sonreír y que, aunque creas que sabes cómo va a acabar, no es así, porque no lo sabes. Porque no acaba de la manera que crees. Y eso es, precisamente, lo que lo hace aún más especial. Más tierno. Más conmovedor...

'Ciudad de ladrones', un pastel de bodas en el sitio de Leningrado
A pesar del hambre, del frío, de la sangre y de todos los horrores que apadrina la guerra, esta novela de David Benioff (a muchos os sonará como guionista de 'Juego de tronos') es una maravilla. A mí me resulta imposible pensar en Lev y Kolya sin que se me escape una sonrisa.

'El consuelo', cachivaches y moldes de galletas
Creo que es una de las novelas más mágicas que he leído. Una maravilla. Lloré un mar sobre el orejón izquierdo de mi butaca de la biblioteca. Y me reí, por dentro, con esa risa que te calienta el cuerpo y el alma. Aún pienso, a veces, en el niño que suspende aunque lo sabe todo, la princesa de la mandíbula rota que nunca habla, el chico que educa a su burro sin usar la fusta, el anciano antipático con el corazón lleno de peluches...



'El frío modifica la trayectoria de los peces', un cuento de hielo
Bello. Entrañable. Carcajadas internas. Una lágrima gorda y cálida cayendo por la mejilla. Precioso. Peces que hacen nudos en el agua. Whisky de muchos años. Una helada que cambia un barrio. Una pareja que sale del armario. Un policía con las dos manos enyesadas. Un niño que clama al cielo para que su familia no se desmorone...

'El proyecto esposa', te enamoras de quien te enamoras
Aplicar la ciencia para resolver un problema sentimental. Es lo que hace el profesor Tillman para intentar poner fin a su soltería a los 40 años. ¿Cuántas veces habéis dicho que nunca estaríais con alguien que...? Pues más o menos eso le pasa al protagonista con su estricta lista sobre las condiciones que debe cumplir su posible pareja. Desternillante.

'La felicidad es un té contigo', un gentleman en el Albaicín
Aún no tengo muy claro cómo acabó este libro en mis manos. Si fuera por el título no lo habría leído nunca, porque da la sensación de lectura almibarada. Si fuera por la portada no lo habría leído nunca, porque da la sensación de lectura almibarada. Pero al final caí y me reí de lo lindo con ese gentleman perdido por el Albaicín.



Trilogía de Corfú, quiero ser una Durrell
Desde que conocí a los Durrell en la desternillante 'Mi familia y otros animales' quiero ser una de ellos. Me gustan todos. Desde el pequeño Gerry y su afición desmedida por todo tipo de animales a su madre, esa dama inglesa que intenta mantener la compostura y que se indigna cuando, en la frontera, definen a su familia como "un circo ambulante y su compañía". Seguí riéndome con ganas en la segunda parte, 'Bichos y demás parientes', que tiene un comienzo increíble: Larry, Margo y Leslie pidiéndole a la señora Durrell que impida que Gerald escriba la segunda parte de la trilogía. A punto estuve de ir a Corfú poco antes de devorar 'El jardín de los dioses', la tercera entrega, cuyo final alargué, deseando que durara para siempre.




'Que empiece la fiesta', ahí empezó mi romance con Ammaniti
Con este libro me enamoré de Niccolò Ammaniti. Con esta historia, una crónica que roza la sátira de la sociedad italiana más adinerada, descubrí a este escritor y periodista que me tiene loca. Y eso que en esta hilarante novela emplea un registro poco habitual en él y que aún no había descubierto sus auténticas joyas.

'La hija de Homero', Nausícaa y 'La Odisea'
Yo, a Robert Graves, siempre le pongo ojitos. Pero esta novela me fascinó. Por esa princesa lista como el hambre, educada y un tanto respondona, Nausícaa ('la que quema las naves'), por sus referencias a 'La Odisea' y por sus similitudes con Penélope. Y sí, también es de las que te deja una sonrisa en la boca.

'La nieta del señor Linh', esos abismos de Claudel
Ese anciano recién llegado a Francia que huye de una guerra, ese anciano que no sabe una palabra de francés, ese anciano que sostiene a su pequeñísima nieta, Sang Diu, contra su pecho... La historia es descorazonadora, pero tiene algo, una llamita, que te hace creer, a pesar de todo, en el ser humano.


lunes, 18 de diciembre de 2017

'Tres abuelas y un cocinero muerto', pobres abuelas


Hay algo buenísimo en pagar por los libros (además de remunerar económicamente a los autores por su trabajo): seleccionas más, te lo piensas más, aciertas más. De hecho, estoy convencida que por eso al final no compré 'Tres abuelas y un cocinero muerto', de Minna Lindgren, las dos veces que estuve a punto de hacerlo. La primera, hace años, al verla en el catálogo de Círculo de Lectores. La segunda, hace relativamente poco en la librería de un aeropuerto. Eso de que la autora es "la Agatha Christie del norte" me olió a hipérbole mayúscula, pero la historia me hizo gracia: tres nonagenarias, internas en una especie de residencia que tratan de descubrir al asesino del cocinero. La primera vez que me topé con esta novela tenía muy cerca en la memoria a otros ancianos aficionados a resolver crímenes: los divertidos, cascarrabias, molestos y metomentodos jubilados de Marco Malvadi en la 'Trilogía del BarLume'. Una novela (tres en realidad) con la que disfruté tanto que la idea de volverme a encontrar con ancianos con espíritu de detectives privados me parecía muy atractiva. Al final, las dos veces opté por otros títulos. Pero el otro día lo vi en una de las estanterías de la biblioteca y caí.

Lo de que Lindgren sea la Agatha Christie que viene del norte no es que sea una exageración, es que la pobre Agatha debe estar revolviéndose (una vez más) en su tumba de Cholsey, porque en las 400 páginas de este libro de la 'Trilogía de Helsinki' (sí, se ve que hay dos más) no he encontrada nada que recuerde a la reina del crimen. Ni los espacios en blanco. Y hay unos cuantos, porque no sólo me ha parecido aburrida sino que creo que le sobran la mitad de las páginas. La trama se dispersa, se pierde, se enreda... Y no en el buen sentido, porque hay varias historias que no tienen ninguna relevancia, no conducen a nada. Además, la idea original, averiguar quién asesinó al cocinero, queda tan diluida que en más de una ocasión he tenido que recordar que habían asesinado al cocinero. Es una pena porque las tres protagonistas, las abuelitas detectives, Siiri, Irma y Anna-Liisa, son para comérselas. Están muy bien definidas, tienen mucha fuerza, caen simpáticas, te hacen pensar sobre el papel que ocupan en la sociedad las personas mayores, cómo se les aparta. Pero todo eso a mí no me ha servido para nada. De un libro como éste esperas que te enganche, que te haga desear tener un rato libre para seguir descubriendo al asesino, no que te dé pereza abrirlo cada vez que lo ves sobre la mesa. Lo he acabado, ha sido un maratón de domingo por la tarde. Era la fecha tope que le había dado. Si en esa tarde no lo acababa, hasta nunca.

"Cada mañana al despertarse Siiri Kettunen descubría que aún no había muerto. Entonces se levantaba, se lavaba, se vestía y tomaba algo para desayunar. Iba despacio, pues lo que es tiempo tenía de sobra. leía el periódico con detenimiento, escuchaba los programas matutinos de la radio y de ese modo sentía que seguía perteneciendo a este mundo. A eso de las once solía ir de paseo en tranvía, pero aquel día no tenía fuerzas".

Título: 'Tres abuelas y un cocinero muerto'
Autora: Minna Lindgren
Editorial: Suma de letras
Páginas: 400
Precio: 18,90€
Procedencia: biblioteca

jueves, 14 de diciembre de 2017

'Más allá del olvido', el recuerdo


@martatorresmol

Hay instantes, momentos, encuentros, da igual si muy cortos o medio largos, que se nos enquistan. Se nos meten dentro. No importa los años que pasen, siguen ahí, como si hubieran sido ayer. Y seguirán. Instantes, momentos, que nos persiguen. Que nos vuelven del revés de vez en cuando, justo cuando estamos más tranquilos, pensando que ya se han quedado atrás. Es entonces cuando nos asaltan, cuando vuelven, cuando, ayudados por el destino, juegan con nosotros. Y eso, un instante juguetón y travieso, es 'Más allá del olvido', del premio Nobel Patrick Modiano.

El instante, un instante de varias semanas, ocurre en París. En un París que imaginamos en blanco y negro. Un joven y pacato aspirante a escritor que malvive en una pensión y vendiendo libros conoce en un bohemio barrio a una pareja. Ella es Jacqueline, de la que queda embelesado, una joven que a pesar del frío del invierno en París lleva siempre una cazadora de piel demasiado fina y que sueña con vivir en Mallorca. Él es Gérard van Bever, un adicto al juego que parece ignorar la afición al éter de su chica. Algo en esa pareja, algo que intuimos pero que no sabemos exactamente qué es, le engancha. Desea estar con ellos, saber más de su vida, de su relación, qué hacen... Nunca sabe cuándo se verán. Ni siquiera cuando su relación con Jacqueline se hace más intensa y se ve metido, por gusto, por satisfacer los deseos de la chica que sueña con vivir en Mallorca, en un robo. Él les espera, les busca, les aguarda, pero nunca sabe cuándo aparecerán. Ni en qué estado. Ni si aparecerán. Ni, tampoco, en qué momento desaparecerán. O volverán a aparecer.

Modiano es parco, tacaño. Nos da los datos justos. No desperdicia ni una sola palabra. Hay que completar cada escena, cada frase, cada pensamiento de los protagonistas. Modiano sugiere. Expone. Te toca a ti hilvanar. Rellenar los huecos que dejan esos personajes raros y misteriosos, casi descarnados de sentimientos y emociones, que se le da tan bien tejer al Nobel francés. Él es avaro para que tu cerebro no lo sea. Para que le des vueltas a qué pasó con los años. Qué sentían de verdad los personajes. Si en algún momento se olvidaron de aquel instante. O los unos de los otros. O si le dieron la vuelta al olvido. Para que te plantees que, quizás, más allá del olvido está, de nuevo, el recuerdo.

"Ella era de estatura media, y él, Gérard van Bever, ligeramente más bajo. La tarde de nuestro primer encuentro, aquel invierno de hace treinta años, yo los había acompañado hasta un hotel del Quai de la Tournelle y luego me habían hecho pasar a su habitación. Dos camas, una cerca de la puerta, la otra bajo la ventana. La ventana no daba al muelle, creo que se trataba de una buhardilla".

Título: 'Más allá del olvido'
Autor: Patrick Modiano
Traductora: María Fasce
Editorial: Alfaguara
Páginas: 168
Precio: 16€
Procedencia: biblioteca

viernes, 8 de diciembre de 2017

La India (II): la "lágrima de mármol"


Fotos: Marta Torres Molina


La India
27 de diciembre de 2010.

Agra.

La niña con nombre de flor y la que se guarda las chocolatinas para más tarde quedan atrás. Sólo faltan unos kilómetros hasta Agra, pero unos kilómetros en la India pueden ser una eternidad. El sol está casi de retirada cuando los campos salpicados de saris de colores ceden espacio a calles abarrotadas y caóticas en las que peatones, motocicletas (ya sabéis, tres), dromedarios, camiones, rickshaws y vacas encuentran, milagrosamente, su camino. Algo parecido nos ocurre a nosotros. Tardamos casi una hora en llegar a la entrada de la zona de circulación restringida que rodea el Taj Mahal. Sabedores del valor del mausoleo, de cómo la contaminación mancha el blanco mármol que lo recubre, los vehículos no eléctricos están prohibidos a su alrededor.



Llegamos a la entrada principal. Frente a la que se agolpan centenares de personas. Estamos ya en la cola cuando alguien nos saca de ella y nos conduce a otra mucho menos concurrida en la que sólo vemos occidentales. Frunzo el ceño. Algo en esta separación me disgusta. Pero uno de nuestros anfitriones me explica que es por el precio de la entrada. El acceso es gratuito para los indios, ya que la mezquita del recinto aún se utiliza. Los turistas, en cambio, pagan. Aguardamos en el césped a que ellos consiguen atravesar el mar de gente, algo que logran en un tiempo de récord. Les vemos señalándonos y, sorprendentemente, les van dejando pasar. La hospitalidad india... Ningún indio concibe dejar a sus invitados mucho tiempo abandonados a su suerte. Ahí está el truco. Caminamos por el césped hasta el edificio rojo que precede al jardín en el que se ubica la famosa tumba Mumtaz Mahal. He visto esa estampa miles de veces. Ese arco tras el que aparece el que seguramente es el edificio más famoso de India. He soñado tantas veces estar aquí...



Me dejo guiar por la multitud que atraviesa el oscuro pasillo. Y ahí está... Esa cúpula blanca recortada en el cielo. Noto la presión de la gente. Los empujones. Y, aunque debe haber un murmullo ensordecedor, no lo escucho. No sé cuánto tiempo permanezco ahí, en ese pasillo, dejando que la gente resbale por mi lado, con la mirada fija en esa tumba con la que sueño desde que era niña. Recuerdo que apenas tenía doce o trece años cuando entré en una agencia de viajes y pedí todos los folletos de la India que tuvieran. Se ríeron, pero me los dieron. Llegué a casa con una decena de ellos. Los leí. Los releí. Me aprendí los textos de memoria. Soñaba con el Taj Mahal. Con estar algún día donde estoy ahora. Por eso me quedó ahí. Parada. Detenida. Disfrutando.



Hasta que vienen por mí. El sol está a punto de ponerse. El guía nos espera. Hay mucha gente. Y no podemos demorarnos más que unos minutos junto al canal en el que se refleja el Taj Mahal. El susurro del agua se mezcla con las conversaciones de los visitantes y los disparos de las cámaras. El paseo por el jardín es una delicia. Los hibiscos rojos, el verde omnipresente hacen que la muestra de amor /y de poder) del emperador mogol Sha Jahan destaque aún más. En un rincón tranquilo, apartado de los ríos de gente, el guía, un indio que chapurrea algo de castellano, palabras que mezcla con el inglés, explica la historia del impresionante monumento que el premio Nobel de literatura Rabindranath Tagore definió como "una lágrima de mármol detenida en la mejilla del tiempo".



Mumtaz Mahal ("la joya de palacio") se llamaba, en realidad, Arjumand Banu Begam y, al parecer, el emperador se quedó prendado de su mirada. "Intensa y dulce. La mirada de una mujer con carácter, como la de la bonita lady rubia", explica el guía, señalándome. La lady rubia (cuántas veces me arrepentiré en este viaje de haber vuelto a mi rubio después de años tiñéndome de morena), o sea, yo, explota en una carcajada. En todos los grupos debe haber una "bonita lady" con la mirada de Mumtaz Mahal. La joven se convirtió, cuando rondaba la veintena, en la cuarta esposa del emperador mogol. La cuarta y la única, en realidad. Porque aunque él tuviera otras tres, desde que Mumtaz Mahal entró en su vida únicamente eran sus esposas sobre el papel. El emperador se enamoró perdidamente de ella, a pesar de que era una mujer con carácter, algo que (pronto lo descubriré) no es especialmente valorado en la India. Mumtaz Mahal murió el 17 de junio de 1631, en el parto de su décimocuarto hijo. Acompañó al emperador en todas sus campañas militares, a pesar de sus embarazos. Fue en una de ellas, en Burhanpur, donde encontró la muerte, dejando a su marido sumido en una profunda depresión que le mantuvo un año apartado del mundo. Tras ese año, vestido de luto, canoso y encorvado, acabó la campaña militar de Burhanpur, exhumó el cuerpo de su esposa y lo trasladó, en un ataúd de oro, a Agra, que enterró en un pequeño edificio junto al río Yamuna, junto al que empezó a planificar la construcción del mausoleo de su adorada esposa, que tardó 22 años en estar acabado. La tumba más bella del mundo. 



Cuando acaba de explicar la romántica historia el guía habla. Gesticula. Hilvana fechas. Nunca me interesaron las fechas, prefiero las historias. Pero, como pronto descubriré, las fechas son básicas para los guías de este país. Son casi una competición. El que más fechas sabe, mejor guía es. O eso creen. Cualquiera hoy en día puede encontrar la mayoría de los datos con un par de clics, pero nada puede sustituir la magia de la palabra, de alguien que te cuenta una historia, de una voz. Acabada la historia de Mumtaz Mahal y el emperador, a la tercera fecha, desconecto. Apenas le miro. El mármol cambia de color a cada segundo. El sol, que roza ya el horizonte, juega con él transformándolo, cubriéndolo de reflejos y matices. La vista se me pierde en el hormigueo de gente que corre del mausoleo a la mezquita, donde está a punto de comenzar la oración.



Es entonces cuando el lugar parece más mágico. Está casi en silencio. Se han apagado ya las fuentes. Apenas se oye el murmullo de los últimos turistas, que, a las puertas del mausoleo, se dan codazos para ver la puerta de la tumba de la cuarta esposa del emperador, y el sonido casi monocorde de la oración se adueña de la pequeña plaza que queda entre el monumento y la mezquita. Me asomo al mirador. Da al Yamuna, el río que recorre Agra. Una ligera bruma difumina el horizonte y da un aspecto fantasmal a la superficie del agua. Sólo cuando los fieles salen de la mezquita me doy cuenta del tiempo que llevo asomada a ese balcón que mira al norte. Es casi de noche y no hay ni una sola luz en todo el recinto, que cruzo a oscuras. Antes de volver a cruzar el edificio de la entrada orientada al sur echo la vista atrás. A pesar de la oscuridad, la cúpula y los alminares blancos del edificio destacan en la noche.



Es entonces, de vuelva al ruido y la marea de gente de las calles de la India, cuando soy consciente de dónde he estado. Debo sonreír, porque en el camino de regreso al aparcamiento recuerdo gente sonriéndome. En la India funciona así, si sonríes, te sonríen. Comemos en el microbús algo que alguien se ha preocupado de ir a buscar a algún hotel cercano. Sentados en esos  asientos con tapetes de ganchillo el cansancio nos sale en forma de risa tonta que apenas podemos contener en el lujoso hotel en el que paramos unas horas, a tomar un chai, para hacer tiempo a que sea la hora de tomar el tren a Bhopal. El té (y los primeros lavabos decentes desde que partimos de Delhi) nos calman. Cuando conseguimos dejar de reír, uno de nuestros anfitriones nos explica un poco cómo será el día de mañana. Nos prepara, en cierta forma, para los primeros actos de la boda de Kapil y Manisha. Cuando lleguemos a Indore, a mediodía, no tendremos ni un segundo para respirar porque, entre otras cosas, aún hay que comprar las kurtas. ¿Kurtas? ¿No saris? Reconozco que me llevo una pequeña decepción. Quería llevar un sari. La desilusión se me nota en la cara. Soy demasiado transparente. Me explican que, no acostumbradas a llevar saris, han pensado que iremos más cómodas con las kurtas, una especie de vestido acampanado y llamativo por las rodillas con unas mallas a juego. Esos son los planes, pero algo me dice que la India me va a mimar también en eso. Es casi medianoche cuando llegamos a la estación de tren. Para llegar al andén tenemos que caminar con cuidado para no pisar a ninguna de las centenares de personas que duermen en la estación. Son muchísimas. Y tienen poco más que una esterilla sobre la que esperar a que salga el sol para convertirse, de nuevo, en deambulantes. Los andenes, donde el olor es fuerte y desagradable, están algo más tranquilos. Muchas mujeres aguardan con enormes hatos. suben a los trenes en grupo, chillándose unas a otras para meterse prisa. No se vayan a quedar. Entre tren y tren adultos y niños bajan a las vías a hacer sus necesidades. De ahí el olor. Algunos vagones llevan gente sobre el techo. Siempre se venden más billetes que plazas y, además, hay quien se cuela. Nuestro tren se retrasa. Algo habitual en un país en el que los horarios de todo son orientativos. Aún no lo sabemos, pero dentro de un par de días, antes de cerrar cada cita preguntaremos "¿horario occidental o indio?". Pasa bastante de la medianoche cuando, por las vías, se acerca nuestro tren a Bhopal.




miércoles, 6 de diciembre de 2017

'Ofrenda a la tormenta', cerrar el círculo en Baztán


Podría haber leído la trilogía de Baztán, de Dolores Redondo, de un tirón. Es como lo han hecho muchos lectores que conozco y es como me cuentan en mi biblioteca que lo han hecho la mayoría de quienes se los han llevado a casa. Lo entiendo, es lo que te pide el cuerpo. Es lo que deseé hacer cuando acabé 'El guardián invisible' y cuando leí la última frase de 'Legado en los huesos'. Pero no lo hice. No lo hago nunca. No me gusta estar atada y tengo la sensación de que series, sagas, trilogías, pentalogías y otras cadenas me secuestran como lectora. Así que no. Después de los crímenes del Basajaun dejé pasar muchos meses antes de adentrarme en los del Tarttalo y lo mismo antes de sumergirme en los de la Inguma.

Debo reconocer que en 'Ofrenda a la tormenta' me he reconciliado un poco con la protagonista, Amaia Salazar, aunque no del todo. Es un personaje duro, difícil. Admiro la valentía de la autora, Dolores Redondo, por haber creado un personaje así para protagonizar su trilogía y le agradezco las debilidades que, en esta ocasión, muestra Amaia. Sabíamos de su miedo, de su instinto, de su fuerza, de su independencia, de su obstinación y su tenacidad, pero no sabíamos hasta esta tercera entrega que también cede a la tentación. Y hay pocas cosas más humanas que dejarse caer en ella.

En la ¿última? (esa última frase del inspector Dupree del FBI...) entrega de los crímenes del Baztán Amaia Salazar y su equipo deben investigar una serie de muertes infantiles. Bebés. Niños de menos de dos años que, aparentemente, fallecen de muerte súbita, muerte de cuna. La investigación se dispara cuando el padre de un pequeño fallecido roba el cadáver de su propio hijo y lo mete en una mochila. La autopsia, que hasta entonces no se había hecho, desvela pelos blancos en la cara del bebé. Pelos que coinciden con el de su osito polar de peluche que, comprueban, huele a rayos. La mitología del valle navarro vuelve a hacer aparición en 'Ofrenda a la tormenta'. En este caso, es la Inguma, un espíritu que roba el aliento de los durmientes. Al tirar del hilo, eso que se le da tan bien a Amaia Salazar, descubre muchos bebés fallecidos de muerte súbita cuyos cadáveres, curiosamente, desaparecieron de sus tumbas. La investigación, cómo no, está enredada con los anteriores casos, con el temor a que la madre de Amaia siga viva y siga queriendo matarla, con los inquietantes comentarios del inspector Dupree, con una muerte inesperada en las tropas de Amaia, con el juez Marquina cumpliendo ¡por fin! mi vaticinio arrastrado desde el primer libro... Como sus predecesores, un libro para dos tardes de lluvia bajo mi manta de sirena. O para un par de madrugadas de tormenta amortiguada por el nórdico. Pero esa última frase...

"Sobre el aparador, una lámpara iluminaba la estancia con una cálida luz rosada que adquiría otros matices de color al filtrarse a través de los delicados dibujos de hadas que decoraban la tulipa.Desde la estantería, toda una colección de animalitos de peluche observaba con ojos brillantes al intruso, que, en silencio, estudiaba el gesto inquieto del bebé dormido."

Título: 'Ofrenda a la tormenta'
Editorial: Destino
Páginas: 544
Precio: 18,50€
Procedencia: biblioteca

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