martes, 26 de febrero de 2013

'Y las cucharillas eran de Woolworths', casarse rápido y arrepentirse despacio

Charles y Sophia son dos artistas jóvenes, muy jóvenes, que viven en la Inglaterra de los años 30. Están enamorados y han decidido casarse. El día de la boda, Sophia luce un vestido verde cuya falda se abre constantemente. Además, la ceremonia íntima que habían deseado se convierte en un evento lleno de familiares cuando la madre de Charles se entera de sus intenciones. Alguien que prestara atención a las señales habría cancelado la boda y hubiera decidido que lo mejor era seguir cada uno por su lado. Pero ellos no, siguen adelante. Si a ese mal presagio se le suma la miseria más absoluta y que la novia piensa que como método anticonceptivo basta decirle a su cuerpo que no quiere quedarse embarazada, ya tenemos todos los ingredientes para que esta historia no salga bien. Y no sale bien. Por suerte, Barbara Comyns, que explica en este libro (después de ´éste, 'Geishas rivales' y 'La formación de una marquesa' me declaro fan de la colección Rara Avis de Alba) algunas de las experiencias de su primer matrimonio, lo adereza todo con una pizca de humor inglés. En las páginas de 'Y las cucharillas eran de Woolworths' (el título hace referencia a los almacenes baratos en los que compran muchos de los elementos para su nuevo y paupérrimo hogar) hay amantes, niños no deseados, soledad, abortos obligados, frío, mucho frío, cortes de luz, amor, cortes de gas, ni un céntimo, artistas, sexo, alguna herencia imprevista, familiares indeseables, desamor, mudanzas cada vez con menos cosas, muebles reciclados, desencanto, cuadros demasiado caros, suciedad, tristeza, viajes en coches de otros... El humor que inunda los primeros capítulos, que te hace reír al imaginar esas escenas, se va diluyendo con el paso de las páginas, convirtiéndose cada vez más en un relato de miseria y de lo miserables que, en ocasiones, pueden ser los humanos incluso con aquellas personas a las que se supone que quieren. Un marido que pone la vida de su mujer en peligro para que aborte. Un amante que deja a la mujer que desea, enferma y sin un céntimo, en la calle para que su mujer no sepa nada. Abuelas que raptan a sus nietos. Amigos que no se preocupan por sus amigos. Todo un catálogo de personajes que se resume en la frase que encabeza la contraportada del libro: "Cásate deprisa... Arrepiéntete despacio".

"Charles y yo teníamos los dos veinte años cuando nos conocimos, y en cuanto cumplimos veintiuno decidimos casarnos en secreto. Al lado de la casa donde yo tenía una habitación alquilada había una iglesia, así que fuimos a pedirle al párroco que publicara las amonestaciones. No nos atrevíamos a llamar al timbre, porque nos daba vergüenza. Charles decía que nos invitarían a entrar y nos darían una copita de jerez y galletas de esas que se ponían en los funerales, que tienen una cruz o una calavera o algo así. Estábamos en la puerta, ensayando lo que íbamos a decir, y el párroco debió de oírnos, porque abrió de pronto, aunque no habíamos tocado al timbre. Nos clavó sus ojos hundidos y alzando la voz dijo: "Amonestaciones". Nos hizo algunas preguntas y escribió las respuestas en un cuaderno de tapas negras, y dijo que si queríamos órgano nos costaría más, y también nos costaría más si había confeti, porque lo dejaba todo perdido, así que le dijimos que podíamos prescindir de las dos cosas, y entonces él volvió a cerrar la puerta."

Autora: Barbara Comyns
Editorial: Alba
Colección: Rara Avis
Páginas: 240
Precio: 20€

sábado, 23 de febrero de 2013

El dolor en una partitura*

Marta Torres
Le dolía. Y a pesar de eso no podía despegarse de ellos. De la guitarra. De su mesa. De sus papeles. De su vaso de whisky. Cada nota. Cada palabra. Le dolían. un pinchazo en el corazón. Otro en la cabeza. Una puñalada en el alma. Un hachazo en las entrañas. No le detenían. Paraba un momento, tomaba aire y seguía. A veces ni eso. Continuaba inclinado sobre su vida en una partitura. Acariciando sus guitarras. Escuchándola en su mente. Sentía el frío colándose en su interior. Fingía ignorarlo. Quizás desaparecería, harto de que no le hiciera caso. No sabía, aún, que el frío y el dolor se alimentaban de cada nueva palabra, de cada nueva nota, de cada nuevo verso, de cada nuevo compás. A sus pies, desprendidos de su alma abierta en canal, sobre un charco de alcohol, un corazón con varios remiendos, vasos rotos, pedazos de las ciudades en las que había vivido, el humo de todos los bares que pisó en su vida, recuerdos de escenario, algunas miradas, partituras olvidadas, las mentiras que le dijeron, mariposas mutando en polillas...

*A Zakk,
por el daño que le hice
por el daño que me hizo

jueves, 21 de febrero de 2013

'La villa de los misterios', el camino de Ariadna

Ya sabéis que me siento un poco Ariadna, la Ariadna ciega de amor que duerme en Naxos. Lo sabéis. Y no sólo vosotros. Pero hay otra Ariadna. Una Ariadna que confunde a Dioniso con la muerte y se aferra a él, descubriendo, en realidad, la vida feliz y sin complicaciones junto a un dios alegre que incluso le busca un hueco en el Olimpo. Lo sabéis vosotros. Y lo sabe también alguna otra persona (gràcies, Joan, per pensar-hi, per enviar-me'l, per tornar voluntàriament tot i la forma en la que et vaig fer fora de la meua vida). 'La villa de los misterios', de Linda Fierz-David (la primera mujer admitida en la universidad de Basilea y coleccionista de libros raros) es un libro para leer con calma, con detenimiento. Fijándose en las palabras y en los dibujos que pueblan la conocida ruina de Pompeya. Unos dibujos que, lejos de ser meramente decorativos explican una historia, un camino. El recorrido de cualquier mujer para convertirse en eso, en una mujer, en una persona madura, adulta. Una iniciación. Un paseo desde la entrada, a la que la una chica llega en su estado original, a la última de las escenas, en la que es ya una mujer, consciente de su poder y poseedora del conocimiento y la serenidad necesarias para afrontar la vida. La autora usa esta narración del desarrollo emocional anímico de las mujeres de la antigüedad que se sigue en las escenas de la villa (si alguna vez voy a Pompeya ni que decir tiene que no me la perderé) para, aplicando ideas procedentes de Jung, comparar ese desarrollo, en cierta manera, con el que aún debían emprender las mujeres en las primeras décadas del siglo XX, ideas y reflexiones, algunas, que servirían también para la mujer actual. Fierz-David usa la mitología para explicar todo el proceso, que se produce alrededor de Dioniso y Ariadna, una mujer que, sin duda, ha vivido ese desarrollo de la forma más cruel. Crueldad que, en cierta manera, no se ahorra a las mujeres que seguían el proceso de iniciación que, según los frescos de la villa, aguantaban durante largo tiempo pesadas antorchas. A veces con luz. La del conocimiento. Y a veces sin ella. Sin la luz del conocimiento. En la villa, Dioniso, el dios que salva a los hombres de la desilusión, duerme, siempre fiel, sobre Ariadna, inspiradora de una iniciación que tiene un único objetivo. que ninguna mujer se despierte nunca en Naxos.

"Para cada una de las mujeres que entraban en la sala de  Iniciación de la Villa de los Misterios, Ariadna era un prototipo. Y para cada una de ellas, esta sala podría convertirse en Naxos si se encaminaba sin reservas, pasando por el estrecho portal, al vaso de transformación. Pero ninguna mujer se convirtió en una Ariadna, porque, como vimos antes, el prototipo fue concebido como invisible."

Título: 'La villa de los Misterios'
Autora: Linda Fierz-David
Editorial: Atalanta
Páginas: 271
Precio: 20€

martes, 19 de febrero de 2013

These shoes are made for dancing (over the pain)


Hay cosas que sólo se curan de noche. Con los zapatos más altos de tu armario y una copa en la mano que anestesie por unas horas ese dolor que lleva días machacándote cada vez que tu mundo para, cada vez que bajas el ritmo, cada vez que te quedas sola. Caminas por la ciudad y el dolor está ahí. Conduces y sigue ahí. De noche, en tu rinconcito del sofá, es un dinosaurio imposible ignorar. No sirven los libros. No sirven las películas. Sólo la noche. La música. El alcohol. Las risas. Las amigas. El coqueteo que sabes que no llevarás a ningún lado. Por unas horas, todo eso grita más que el dolor, que, cansado, aprovecha para dormir, acurrucado en el ventrículo izquierdo, a la espera de que la noche se acabe, no quede una gota de alcohol, la música se calle y vuelvas a estar a solas con él. Quizás en el coche, de vuelta a casa. Quizás mientras te desvistes en la penumbra. Quizás cuando ya estás en la cama, sintiéndote a salvo.

sábado, 16 de febrero de 2013

'Besos que fueron y no fueron', una delicia besucona



¿De dónde vienen los besos? ¿Lo sabéis? ¿No? Yo aún tampoco, pero me he divertido mucho intentando descubrirlo con 'Besos que fueron y no fueron', un libro delicioso, enorme, precioso, colorido, divertido, tierno y apasionado de Roger Olmos y David Aceituno. Teorías y tipos de besos hay muchos. Hay quien dice que los cocina Madame Bechamel, con su delantal de corazones, usando besos crudos sinceros y de temporada que prepara a fuego lento, como todo buen beso debe prepararse. Hay besos escondidos, como los de Peter Pan y Wendy, que tiene la comisura llena de los besos que algún día dará; en algún lugar, en alguna calle, hay una máquina expendedora de besos para quien no tenga quien se los dé, que es lo que le gustaría al Hada Malvada. Hubo un beso que duró años y que resistió a la lluvia, las décadas, que enfrió los cafés y vio cambiar las modas y un vertedero pestilente y pegajoso al que van los besos que no se dieron. Por si no lo sabíais, hay, ni más ni menos, que 618.239 maneras de pedir un beso y de todas ellas los susurros con la luz apagada son la más común, hay un gigantesco árbol genealógico de los besos, hay besos con poderes (ruborizar, hacer sonreír, detener el tiempo...), y besos, como los de las sirenas, que saben a sal. Hay besos tímidos, que se esconden en el cine y en los ascensores, besos escritos, besos que nadie ha visto nunca darse a los cocodrilos, besos en canciones, besos esperados durante años, besos que hacen que los piratas más temibles se corten la barba, últimos besos que se quedan prendidos en los dedos y en el 'te quiero' que nunca llegó a pronunciarse, besos secretos que estaban predestinados a darse... Y todos ellos (y algunos más) aparecen en las jugosas páginas de este libro en el que, además, los catedráticos de Teoría del Beso debaten sobre si existe el beso perfecto (algunos creen que es como el monstruo del Lago Ness: "que se hable de él no implica que exista"), dan una lista de cosas que hacen que los besos huyan y un manual de instrucciones para distinguir los besos verdaderos de los falsos. Si queréis saber cómo besáis sólo tenéis que hacer el test final. Si os gustan las fresas, suena rock and roll en vuestra cabeza cuando andáis enredados en otros labios, sois capaces de besar con una mirada y lleváis siempre un beso en la manga, no tenéis de qué preocuparos. Sois buenos besando.

Y, como hace un par de años descubrí que los besos que no se dan son besos perdidos y huérfanos que se quedan sin dueño y se enquistan en la memoria, os dejo un beso. Para todos. Para cada uno de vosotros.



"... Hay besos en la estantería del alquimista
que fabrica besos, en algunas de sus pócimas secretas,
y en algunos libros hay también
durmiendo entre páginas encerradas.
Los besos se esconden dentro y fuera:
en la vuelta de la esquina: el viento se parece, por ejemplo
a un beso en la mejilla,
y la luz del sol, cuando es muy fuerte,
es también un beso en los ojos que guiñamos.
Hay besos escondidos en fotografías enmarcadas,
besos que se ocultan en prendas de ropa
incluso después de lavadas.
Y, cómo no, hay también besos que se olvidan,
a los que  se les borra el nombre y el rostro
o se les confunde: besos un poco menos
verdaderos, pero besos al fin y al cabo.
Hay besos en cajas y cajones, en archivos, 
y en páginas de libros hay también besos escondidos,
esperando a que alguien los descubra y les dé vida."

Título: 'Besos que fueron y no fueron'
Autores: Roger Olmos y David Aceituno
Editorial: Círculo de Lectores
Páginas: 96
Precio: 14,95€

jueves, 14 de febrero de 2013

Historia de un corazón en un columpio

Marta Torres
Corre descalza por el bosque. Las ramas le arañan la cara. El pelo enredado, intentando seguirla. Le duele cada piedra que pisa. Cada tronco. Cada corteza. Da igual. Tiene prisa. No quiere perderlo. Apenas puede respirar. Le quema la boca, la garganta, los pulmones. Cuando llega no hay nada. Aún. Es pronto. Demasiado. Es como no haber llegado. No puede esperar. Sus ojos amenazan con derretirse. Le parece escuchar un gruñido en su caja torácica. Se hace la sorda. Traga aire y continúa. Pasos diminutos. Un remolino con los brazos abiertos. Tres saltos. Observa en cuclillas el lento paso de un caracol. Nueve zancadas. Tres, no, cuatro para atrás. Penélope tejiendo y destejiendo su camino para estirar el reloj. Llega bailando. Sonriente. Las comisuras se le congelan. Es tarde. Sólo quedan los cadáveres de la fiesta. Trozos de pastel mordisqueados. Platos pegajosos. Refrescos sin burbujas. Matasuegras pisoteados. Confeti sucio. Es muy tarde. Es como no haber llegado. Se tumba en el suelo. La cabeza sobre un globo moribundo. Los pies enredados en serpentinas descuartizadas. Los ojos licuándose. En el columpio, aún balanceándose, por si alguien alguna vez llega a tiempo, su corazón.

martes, 12 de febrero de 2013

'Gente de verdad', cuando los artistas van de colonias

Una casa victoriana de Nueva Inglaterra. Centenares de hectáreas de campo para perderse. Y decenas de artistas compartiéndolos. Ése sería el resumen más escueto de 'Gente de verdad', divertidísima novela de Alison Lurie. Porque, ¿qué pasa cuando artistas y escritores de todo tipo y condición comparten casa, jardín, comedor, piscina y excursiones? Pues, sencillamente, pasa lo que pasaría en cualquier campamento de verano de adolescentes: de todo. Enfados, amores, desengaños, malentendidos, amistades, reconciliaciones, peleas, borracheras, amnesias, escapadas, sexo, decepciones... La protagonista de 'Gente de verdad' es Janet, una conocida escritora de cuentos que deja a su marido (no sin protestar, obviamente) y sus hijos en casa para retirarse a escribir durante un mes en Iliria, una residencia temporal para artistas que regenta Caroline Kent y en la que coinciden los personajes más curiosos: un poeta hippy, un escritor alcohólico de ideas marxistas, un reconocido crítico literario, un escultor de aspecto poco refinado que firma entre el ombligo y la ingle no diré con qué (imaginadlo) sus conquistas sexuales... Janet confía en encontrarse allí con Kenneth, un pintor de corte clásico del que lleva tiempo enamoradiscada y con el que nunca jamás ha pasado absolutamente nada. El libro es una especie de diario de la primera semana que pasa en el casa. En él Janet alterna el relato de lo que pasa en el día a día, un relato sincero y cuajado de ironía, un relato como los que, temerosa del qué dirán y de cómo afectará lo que escriba a su familia, es incapaz de crear con algunas conversaciones entre los protagonistas y las muchísimas  reflexiones sobre su propio trabajo como escritora y su papel como mujer. Y es que Janet siente que en su casa no quieren que sea escritora y que en Iliria todos olvidan que es mujer. Es precisamente este último punto, el de la mujer que ansía ser deseada y siente que no lo es, el que se dispara cuando llega a pasar unos días a la casa de retiro Anna May, sobrina de la dueña, una belleza joven que altera la testosterona de los habitantes masculinos y hace sentir aún más invisibles a las habitantes femeninas, dando pie a situaciones, como ya he dicho antes, de campamento adolescente. Pero con artistas consagrados que superan (a veces por mucho) la cuarentena.

"De nuevo en Iliria.
Estoy en mi antigua habitación, con el gran mirador con vistas al césped y la bañera de mármol de casi dos metros.
Esto es precioso, un paraíso. Mucho más bonito de lo que recordaba. Me pregunto cómo pude olvidarlo. Pero eso pasa, al menos en parte. Prisionera en mi casa, en un día de invierno aburrido y gris cuando los niños acaban de llegar del colegio con resfriados, parece imposible que pueda existir un sitio como éste.
he hecho bien en volver. Tenía que venir, piense lo que piense Clark. Intenté explicárselo y él intentó entenderlo. Y dijo que lo comprendía. Sin embargo estuvo disgustado y frío los días anteriores a que me fuera y sé por experiencia que seguirá enfadado cuando vuelva."

Título: 'Gente de verdad'
Autora: Alison Lurie
Editorial: Alba
Colección: Contemporánea
Páginas: 182
Precio: 18€

sábado, 9 de febrero de 2013

Una lluviosa madrugada de febrero

Mimi Barber en el Teatro Pereyra

Hay lugares con alma. Sitios que hacen más soportable el larguísimo invierno isleño. Rincones en los que perderse un sábado de madrugada, en los que cerrar los ojos, abrir los oídos y dejarse mecer por la música. En directo. Un lujo. Lugares en los que las paredes hablan, en los que las mesas cuentan historias y las lámparas recuerdan los años en los que la ciudad comenzaba a salir tímidamente de las murallas, en los que los camareros sirven las copas como toca, los barmen agitan las cocteleras con gracia, las cortinas de terciopelo te descubren un mundo y los vecinos de mesa sonríen, coquetean y ejercen de caballeros. Lugares en los que las horas se agotan antes de que puedas darte cuenta entre risas, bailes y conversaciones (a veces a gritos, a veces a murmullos). Lugares en los que estrenar tops de verano en pleno invierno y en los que las caderas se balancean solas cuando callan los altavoces y se enciende el micrófono. Lugares que se llenan de magia una lluviosa madrugada de febrero.

jueves, 7 de febrero de 2013

'El cineclub de Meryl Streep', tres chicas en Maine


Hay libros que llegan en el momento adecuado. Mejores, peores, da igual, en el momento apropiado. Es lo que me ha pasado con 'El cineclub de Meryl Streep', de Mia March. Ya desde el primer momento me entró bien. Llegar al trabajo y encontrarme el sobre de Meg, (gracias, gracias, gracias...) que no me esperaba, me alegró un día difícil de una semana especialmente complicada. No sólo por el libro, sino especialmente por sus palabras. Cada día me sorprendo más de la gente que he conocido en este espacio. Lo empecé en seguida y, aunque Meg me advirtiera de que no se trataba de nada del otro mundo, debo decir que 'El cineclub de Meryl Streep', que explica el reencuentro de Kat, June e Isabel (primas y hermanas que nunca se llevaron bien) en el Three Captain's Inn, el hostal que regenta su tía Lolly en Boothbay Harbor, un pequeño pueblo de la costa de Maine, me ha encantado. Era lo que necesitaba en esos días. Una historia de chicas, de esperanza, de mujeres que se encuentran a ellas mismas y, sobre todo, encuentran la fuerza para luchar por ellas. Ha sido fácil, muy fácil, identificarme con esas chicas. No por sus historias personales, que no tienen nada que ver con la mía (Kat, que sueña con viajar para conocer la repostería del mundo pero está atada al hostal y a su novio; June, madre soltera que nunca supo que pasó con el padre de su hijo; Isabel, que acaba de descubrir de la forma menos sutil que su marido está enamorado de su vecina) sino por el entorno. Ese pueblo de costa, turístico, en el que las niñas crecieron conociendo personas y vidas de muy lejos, en el que los veranos eran un paraíso y que, con los años, se fue convirtiendo en una trampa, del que ansiaban salir en la adolescencia y al que acaban volviendo para descubrir quiénes son y redescubrir ese paraíso. Es el proceso que hacen las tres mujeres cuando Lolly, que está enferma, pide a sus sobrinas, de las que tuvo que cuidar cuando murieron sus padres, que pasen unos días en el hostal. Allí, tras la terrible noticia, Kat, June e Isabel olvidarán sus rencillas infantiles e iniciarán el proceso de tomar las riendas de sus vidas, ayudadas en sus reflexiones por los debates que se generan en el hostal tras las proyecciones de películas protagonizadas por Meryl Streep, la actriz favorita de Lolly, que quiere volver a verlas todas antes de su final. 'El cineclub de Meryl Streep' es una historia triste con un final triste (por suerte no lacrimógeno) y tres finales llenos de esperanza, un libro que, estoy segura, debía ser para mí. Lo empecé justo el día en que escribí 'Una Osa mayor imperfecta'. Y uno de los personajes tiene también una Osa Mayor de lunares en el muslo. ¿Casualidad? No creo en las casualidades, creo en las señales.

"-'Memorias de África' es mi película favorita -dijo Lolly-. Fueron tantos los momentos que me conmovieron que no pensaba que podría volver a verla. sin embargo, ahora estoy preparada.
Cuando Meryl Streep comenzó la solemne narración -"Yo tenía una granja en África"-, todas guardaron silencio y ya no puedieron apartar los ojos de la pantalla. Lolly puso el vídeo en pausa cuando habían visto tres cuartas partes de la película. Se enjugó las lágrimas:
-Ésa es la parte en la que no he dejado de pensar durante todos estos años: después de todo lo que ha soportado, Meryl dice que, justo cuando piensa que ya no puede más, hace un último esfuerzo y entonces sabe que puede soportar cualquier cosa. -Su sonrisa parecía venir de muy lejos-. Es cierto -dijo, y volvió a poner el vídeo en marcha."

Título: 'El cineclub de Meryl Streep'
Autora: Mia March
Editorial: Emecé
Páginas: 410
Precio: 18,90€

martes, 5 de febrero de 2013

'Blancanieves', cruda preciosidad cañí


Me ha encantado 'Blancanieves', de Pablo Berger. Me ha gustado muchísimo. Pero no soy objetiva. No puedo serlo. No con esta película. Me gustó la primera vez, cuando no la vi. Por todo lo que ello significó. Y me ha gustado ahora, que sí la he visto. Por su historia. Por su estética. Por sus actores. Por los recuerdos que me evoca. 'Blancanieves' es una historia preciosa, pero cruda. Más aún que el ya de por sí durísimo cuento de los hermanos Grimm (el original, no el de Disney). No hay un hueco a la esperanza, a la alegría, a un atisbo de felicidad. No lo hay. Desde el primer momento, cuando Antonio Villalta, padre de Carmencita (Blancanieves) sufre una tremenda cogida hasta el último segundo, cuando una lágrima cae en una urna de cristal. Una historia con una estética preciosísima. Esos encajes, esos brocados, esos rostros desdentados, esas pieles recocidas por el sol, esos ojos claros, esos primeros planos de los toros, esas sombras en las paredes... Maravilloso de ver. Y de oír. Palmas, flamenco, palmas. Y una delicia de actores. Especialmente esa madrastra (Maribel Verdú), protagonista de las escasas pinceladas de humor de la película. Esa madrastra que disfruta de ser mala, le gusta ser mala, y se nota. Esa madrastra sin espejo que se da cuenta de la verdad que más teme en las revistas del corazón. Pero también la huérfana que huye de ella (Macarena Gómez), a la que es imposible no querer proteger; los enanitos, seis, que no saben contar; el apoderado sin alma (Josep Maria Pou), siempre con un engaño en forma de contrato; la abnegada abuela (Ángela Molina) que distrae a su nieta del abandono de su padre. Incluso el chófer y esclavo sexual de la madrastra (un irreconocible Pere Ponce), está fantástico. Una cruda preciosidad cañí que no consiguió que no te echara de menos.
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