viernes, 20 de diciembre de 2019

La hora de las mujeres sin reloj


'La hora de las mujeres sin reloj', Mamen Sánchez | @martatorresmol

Una sonrisa. De las que te despierta un rayo de sol en los párpados. Un gato jugando con un ovillo de lana. La aleta de un delfín asomando entre las olas delante de casa. El dorado perfecto de un bizcocho. Eso es lo que te queda de las novelas de Mamen Sánchez. O al menos es lo que me ha quedado a mí en las dos que he leído. Hace años, cuando leí 'La felicidad es un té contigo'. Y ahora, bueno, este verano, cuando en los pocos momentos de relax que me permití (en breve os contaré por qué) leí 'La hora de las mujeres sin reloj'. Una novela que fluye. Y a la que te gustaría mudarte. Sí, porque si pudiera, me convertiría en Maya Millas. Pero no para ser como ella, sino para hacer las cosas bien. Como se supone que hay que hacerlas. Porque Millas, esa periodista que ansía escribir una biografía autorizada de Estela Valiente, conocida escritora que desapareció de la vida pública hace años, pretende usar el engaño. Y eso... eso, en la forma que ella lo hace, no me gusta.

Sobre todo porque Estela Valiente y su hermana Alicia, la dulce Alicia, que renunció a su vida para cuidar de su adorada hermana, son dos auténticos bombones. Como personajes. Y como personas. Lo mismo que su finca, 'Los Rosales', esa casa refugio, casi castillo, que funciona como un personaje más. Protege, cuenta, respira, ve, guarda secretos, acoge, abraza, esconde, vigila. Y sí, es verdad, también se equivoca dejando que Maya Millas se cuele en sus entrañas para descubrir, de mano de la ingenua y confiada Alicia, los secretos de la premiada Estela, esa mujer que triunfó con 'De puertas adentro', que ganó el Premio Nobel de Literatura y de la que no se supo nunca nada más porque se retiró a esa madriguera, jamás publicó una sola línea más y pasa los días en su torre, contestando las cartas de lectores que, décadas después, sigue recibiendo. Y así, colándose, poco a poco, en la vida de las hermanas Valiente, Maya Millas va saltando de secreto en secreto hasta llegar a uno que puede poner patas arriba la fugaz carrera de Estela. Un secreto que tiene que ver con Tony Cienfuegos, amigo de infancia y juventud de la escritora, ya fallecido y autor de la también exitosa 'La casa de ladrillos rojos' (atención al guiño de esta historia a la real de Harper Lee y Truman Capote). No es nada que no se intuya, pero el camino hasta llegar al misterio es tan agradable que eso, saber, intuir, estar convencida de que lo que crees es, da igual. Porque el camino de las entrañables hermanas Valiente, que de tontas no tienen un pelo y que son como unas Zipi y Zape al borde de la edad madura y que juegan a las cartas con sus amigas del pueblo, es hipnótico, divertido y emocionante. De los que te pintan una sonrisa en la cara. Como cuando descubres una nube que se parece a Fújur. Encuentras un as de corazones tirado en la acera. O el pelo, bailando con el viento, te hace cosquillas en la espalda.

"Alicia era dulce como las uvas pasas. Estela estaba recubierta de la piel amarga de las nueces verdes. Ambas habían nacido en aquella casa, con un intervalo de doce meses justos entre la una y la otra. Bendita madre la suya, que no tuvo tiempo ni para respirar entre embarazo y embarazo. Contaba que nada más parir a Estela, en cuanto la niña dio su primer alarido a la vida, apareció Alicia en pañales, gateando como un animalillo asustado, y después de un redoble de tambor (imaginario), se agarró al borde de la cama y se puso de pie. Dio tres pasos de equilibrista, balanceándose con los puñitos cerrados, hacia la cabecera, y en sus ojos había un no sé qué de curiosidad, una interrogación que se le quedó alojada entre ceja y ceja desde aquel día, y que salía a la superficie cada vez que miraba a su hermana".

Título: 'La hora de las mujeres sin reloj'
Autora: Mamen Sánchez
Editorial: Espasa
Páginas: 336 
Precio: 8,95€
Procedencia: regalo familiar


sábado, 7 de diciembre de 2019

'Zorba el griego'


'Zorba el griego', Nikos Kazantzakis (Acantilado) | @martatorresmol

Hay libros que te esperan. Que son pacientes. Que saben, porque los libros siempre saben, escoger el momento. 'Zorba el griego' me encontró en Barcelona. En Rambla de Catalunya. Yo ni había pensado en él. De hecho, rumbo a Creta, la fascinante isla en la que se ambienta (os debo una entrada sobre ella), llevaba otro libro conmigo. Otro que pasa en Grecia, aunque no en Creta. Pero la obra más popular de Nikos Kazantzakis se me metió en la maleta en un paseo por la que durante unos años fuera mi ciudad. Entre vuelo y vuelo. Así que Zorba, ese viejo apasionado por la vida y sus placeres, volvió a Creta. A sus puertos venecianos, sus montañas nevadas en pleno verano, sus iglesias blancas en acantilados casi negros, su mar de infinitos azules, sus sinuosas carreteras pobladas de cabras... No se me ocurre mejor lugar para leer esta historia que junto al mar (la Mar) en un pequeño pueblo de pescadores de casas blancas al que no llegan las carreteras o en uno de esos viejos y bulliciosos puertos mientras el día se apaga y el faro se enciende.

La historia comienza en otro puerto,  El Pireo, en Atenas. Con un encuentro. Un joven e ingenuo intelectual dispuesto a recuperar una mina de lignito en Creta tropieza, es un decir, con Alexis Zorba, ese viejo disfrutón que no se separa jamás de su santur. El joven está a punto de zambullirse de nuevo  en su ejemplar de ‘La Divina Comedia’ (qué belleza) cuando se percata de que alguien, un viejo, le mira a través de los cristales del café. Un viejo que se abalanza sobre él para pedirle trabajo. De lo que sea. Porque ese viejo asegura que sabe de todo. Que ha trabajado de todo. Que sirve para todo. Y ahí, en ese tropiezo entre la juventud y la vejez, entre la bisoñez y la experiencia, entre el cerebro y el corazón está la clave del libro. Y de la vida. Porque de eso exactamente, de la vida, trata 'Zorba el griego'. De un hombre que la devora a bocados que no le caben entre las mandíbulas. Y de otro que la contempla, metida en una burbuja de cristal, para no quebrarla.

Pero la vida rompe cosas. Y personas. A veces lo destroza todo. Y lo desordena. Y lo vuelve patas arriba. La vida se rompe. Y te rompe. Y a pesar de todo, sigue. Se recompone. O no. Pero sigue adelante. Con los bailes. Con el amor. La pasión. La amistad. Los placeres. La música. El sol. La caricia del mar. Los juegos. Las risas. Los enredos. Y eso, eso es lo que sabe tan bien ese viejo del santur que blasfema, que se enamora y corteja a las mujeres, que tiene sueños de ingeniero, que despilfarra, que bebe, que baila y que es capaz de ver en los ojos de los demás lo que ni ellos mismos saben. Aún. Y eso es lo que, con sus formas desbordantes y sin pretenderlo, le descubre a su jefe desde el primer instante. Desde ese encuentro en el café, hasta la última carta que le escribe muchos años después de esa aventura en Creta. Esos días en los que, mientras su jefe anda preocupado por poner en marcha la mina y metido en sus libros, Zorba seduce a Madame Hortense, la vieja prostituta de cuyas carnes jóvenes se enamoraron tres marinos; anima el fuego entre la viuda y el joven intelectual; le reprende por su forma de llevar la mina, y de acercarse a los trabajadores; viaja en busca de unos materiales que nunca trae, le prometen con su Bubulina, idea un desastroso sistema para reconvertir la mina, trata de impedir un asesinato, toca el santur y baila. Baila. Vive. Vive hasta el final. Y a pesar de todo. Porque de eso, de la vida, de devorarla a bocados que no caben entre las mandíbulas o de contemplarla como una bellísima burbuja de cristal.


"Lo vi por primera vez en el Pireo. Había ido al puerto a tomar el barco rumbo a Creta. Era casi el alba. Llovía. Soplaba un fuerte siroco y las salpicaduras del mar llegaban hasta el pequeño café. Con las puertas de cristal cerradas, el aire olía a hedor humano y a salvia. Afuera hacía frío y las ventanas se habían empañado. Cinco o seis marineros trasnochados, con sus camisetas marrones de lana de cabra, tomaban café e infusiones de salvia y miraban el mar a través de los enturbiados cristales".


Título: 'Zorba el griego (Vida y andanzas de Alexis Zorba)
Autor: Nikos Kazantzakis
Traductora: Selma Ancira
Editorial: Acantilado
Páginas: 384
Precio: 22€
Procedencia: comprado

martes, 5 de noviembre de 2019

"El clown es un navegante de las emociones"


Fanny Guerrero, caracterizándose como Flip | Educaclown

Fanny Guerrero Torcque ‘Flip’. 

Payasa. Fanny Guerrero trabajaba para una empresa de alta cosmética cuando, en un aeropuerto, se fijó en una imagen de un clown de hospital. En ese mismo momento supo que aquello era lo que quería hacer. Así que un día se plantó en Sonrisa Médica y preguntó qué tenía que hacer. Se formó y trabajó diez años en hospitales antes de darse cuenta de que había otra gente, invisible, que también necesitaba el clown y la risa. Cofundó Educaclown (www.educaclown.org), ONG que trabaja con centros de menores, y pasó de ser payasa de hospital a payasa social. Hacen actuaciones en congresos y otros eventos y el dinero que les pagan lo dedican a su intervención

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Ser payasa es una cosa muy seria, ¿no?
Sí, muchísimo. Hacer reír es algo muy serio. Una cosa es hacerse el gracioso o tener un repertorio de chistes, eso lo podemos tener todos, pero ser payaso es un oficio. Tienes que estar presente para el otro, es una profesión que exige mucho trabajo, hacemos muchos cursos, y no puedes perder el niño que llevas dentro. Ser payasa es muy serio.

¿Es una forma de ver el mundo?
Totalmente, ves el mundo y a las personas a través de una nariz roja. Lo primero que hacemos al salir a escena es establecer contacto visual con el público, mirar a la gente a la cara, a los ojos, pero de verdad. A partir de ahí estableces un vínculo. Tú tienes que ser siempre muy sincera. Si voy de graciosa, nunca llegaré a ti, pero si te explico mi verdad, que un día estoy muy feliz pero que otro estoy en la mierda, y te hablo de mi fracaso desde la verdad, empatizarás conmigo y funcionará.

Eric de Bont, profesor de clown, siempre decía que el clown triunfa cuando fracasa.
Así es. Somos hijos del mal. Te ríes cuando la otra persona se cae o se estampa contra una pared. Tienes que trabajar mucho contigo mismo, ser muy sincero contigo para poder serlo con el público. Muchas veces es un fracaso. Si el público ve que es de verdad, aunque lo exageres, porque el punto de juego es importante en el clown, funciona. El fracaso, para nosotros es fantástico. El clown que sale a escena pensando que es el mejor y que la gente se reirá con él, está muerto.

Mirar a los ojos al público... Cuando hacen eso, muchos tratan de mirar hacia otro lado, no sea que les digan algo.
Sí. Una cosa es un espectáculo de clown y otra muy diferente una píldora de humor que haces en un congreso entre ponencias. Ahí lo que haces se intuir al público en general. En el fondo, todos somos niños y jugamos a ser ejecutivos, directivos, universitarios, fontaneros... Cuando tú haces el ejercicio de desnudarte y empiezas a jugar, el público responde. Y juega. Siente que tiene el permiso para hacerlo. Siempre hay alguien que no, sobre todo en los congresos, pero en grupos más pequeños no me he encontrado a nadie que no esté dispuesto a jugar. Tenemos muchas ganas. Nos lo tomamos todo de una forma tan seria...

¿Tenemos demasiado sentido del ridículo?
Me hace gracia cuando la gente me dice que es vergonzosa. Lo primero que trabajamos en los cursos es la confianza. Todos somos iguales. Si confías en tu compañero, en el grupo o en tu equipo de trabajo, ya no tienes miedo a meter la pata. Eso es fantástico. Tus compañeros se reirán y tú, como payaso, quieres que lo hagan. Se ve el fracaso desde otro punto. Esto ayuda mucho en empresas o sectores muy rígidos en los que se piensa que el jefe nunca se equivoca. Ver a tu jefe haciendo de pato enfadado, por ejemplo, es muy divertido. Hicimos una inauguración de un hotel en Palma y, al año, nos volvieron a contratar. Nos decían que un tiempo después pasaban ante el camarero o el director, hacían el pato enfadado y todos se reían. Es un código interno. Se trata de quitarnos las máscaras de lo que somos en el trabajo y ponernos la máscara de la nariz roja, que es el niño que quiere jugar. Evidentemente, si eres el camarero tienes que servir cafés y si eres el director tienes que mandar, por mucho de pato enfadado que hayan hecho todos juntos.

¿Para quitarnos las máscaras nos tenemos que poner la de la nariz roja, que es otra máscara?
Sí. Yo la llevo ya muy incorporada, no me hace falta la nariz física, pero le pones una nariz al público y cambia. La energía cambia porque te permites jugar. No haría falta, lo veo entre los que nos dedicamos a esto, pero entiendo que a la gente le cuesta y necesita la nariz. La gente enloquece cuando se la pone. ¡La de personas que necesitan jugar y reír en el mundo!

Empezó por aquel clown de hospital que vio en un anuncio del aeropuerto, supongo que lo hizo.
Sí, fui clown de hospital diez años. Al final, sin embargo, me di cuenta de que había una parte muy importante de gente que no se veía. Los niños que han sufrido abusos y malos tratos, las mujeres en situación de prostitución... Parece que no existen. Nos afecta mucho ver a un niño en una guerra, es lógico, pero no hay que irse lejos ni a una guerra para ver que hay mucha gente que lo está pasando muy mal. Lo que ocurre es que la parte emocional del dolor no se ve, aunque hace mucho daño y puede llegar a ser peor. Así que empezamos a trabajar en centros de menores y montamos el proyecto Educaclown. Fue hace cuatro años y no hemos parado. En la ONG creemos que el teatro, el humor, el clown... Son un bien social. Derecho a jugar y a reír lo tenemos todos. Y con esto consigues que el niño esté mucho mejor, se relacione con los otros, que libere estrés... Empecé de payasa de hospital y he acabado como payasa social. Sigo haciendo hospital en otros países, voy a centros de menores, hago píldoras de humor y doy clases de motivación, cohesión de grupos, liberación de estrés... Si nos contratan, el dinero lo destinamos íntegramente a pagar la parte social en los centros de menores.

Hablamos del clown relacionado con la risa, pero hay espectáculos de clown con los que he llorado muchísimo. ¿Está bien?
Sí, el clown es un navegante de las emociones. Somos sinceros. Y te puedo contar absolutamente todo. Si te explico mi verdad, tú conectarás conmigo. Puedes reírte, pero también puede ser algo muy triste que te haga llorar. Son emociones. La tristeza y la alegría lo son. Por eso para mí el clown es una forma de vida. Es estar en tu vida desde tu verdad y a partir de ahí hacer tu espectáculo como quieras. Para mí, es muy mágico. En general, trabajamos la risa, pero muchos clowns tienen historias complicadas.

¿Cómo lleva que payaso se emplee como insulto?
Cada cual ve el mundo con sus colores. A mí, que me digan payasa es lo mejor que me puede pasar en la vida. No hay nada mejor. Para otra gente lo mejor será que le llamen asesor financiero. Es verdad que se emplea como insulto, de forma peyorativa. El payaso, el bufón... Pero es él quien dice la verdad, riendo riendo, pero la dice. Desde el humor se pueden decir muchas cosas. Y, además, para ser clown tienes que ser inteligente, guapa, simpática, maravillosa, espectacular... [carcajada] No me afecta el uso de la palabra payaso. Es cultural y cada vez va a menos. ¡Con tantas películas de miedo!

¡Es verdad! Ahora parece que todos los payasos son chungos. It, el Joker...
Mira, no tengo televisión. Y no he visto ninguna de esas películas en el cine. A mí es que las pelis de miedo me dan mucho miedo. Sea payaso o cualquier otro personaje. No creo que la figura del payaso quede desvalorizada. He trabajado con niños que han sufrido abusos y también en quirófano, que supone una situación de mucho estrés para ellos. Me he quitado la nariz y he cogido a esos niños en brazos cuando he sentido que era necesario. Al final el clown lo hace la persona que está detrás de la nariz roja. Y antes que payasa soy persona.

viernes, 1 de noviembre de 2019

La noche de las velas


@martatorresmol


Las velas ardían en el fregadero de la cocina la Noche de Difuntos. Se encendían en el minuto justo en el que un día alcanzaba al otro. En silencio. Las llamas llenaban la casa de sombras. Alguna vez mi abuela me pilló de madrugada, pegada al borde de la pica, mirando hipnotizada aquella candela que se derretía, un mensaje de cera para decirles a nuestros muertos que les recordábamos, que les queríamos, que les echábamos de menos... Cada vela tenía la vida del ser querido al que representaban. Unas, las de quienes se fueron en plena juventud, se consumían rápido. Otras lanzaban su último aliento al amanecer, apurando todas las horas, como hicieron en vida, de una noche en la que, decía mi abuela, vivos y muertos podían sentirse unos a otros. Mi otra abuela no encendía velas en el fregadero de la cocina. Limpiaba los nichos de sus muertos, que son los míos. Encalaba subida a una escalera que pasaba de mano en mano en el cementerio viejo de la isla. Quitaba el polvo. Sacaba lustre a las lápidas. Reponía las flores. Sin dejar de hablar. De recordar. De explicar las vidas de aquellos que ya no estaban. El que se fue a Cuba. La que se enamoró de un marino. El que se fue a Rusia, a la guerra, y regresó en cuerpo pero nunca en alma. El que volvía de sus viajes con los bolsillos rebosando regalos y la cabeza, historias. Encendía velas en la capilla del camposanto. Sin dejar de rememorar a sus muertos, que son los míos, entre susurros. La que lloraba porque no la dejaban ir al colegio. La que contaba unas historias junto al fuego. El que estuvo a punto de morir en un duelo. Aquellas velas también tenían su propio ritmo. Mi abuela cerraba los ojos y rezaba. Yo miraba, embobada, aquel mar de pequeños fuegos. Unos agotándose en unos minutos. Otros demorándose. Cada una consumiéndose al ritmo de la vida por la que se iluinaban. Esta Noche de Difuntos encenderé una vela en la cocina. Pensando. La ilusión de saber que venías. Las veces que imaginamos tu carita. Los instantes que queríamos vivir contigo. Arderá. Apenas un suspiro. Te recordamos, te queremos, te echamos de menos, pequeño.

martes, 29 de octubre de 2019

"Sabía que publicar el libro finalista del Planeta supondría una confrontación con la iglesia"




Antonio Roig Roselló, escritor y excarmelita. ‘Todos los parques no son un paraíso. Memorias de un sacerdote’ es la novela con la que Antonio Roig Roselló (Ibiza, 1939) quedó finalista del Premio Planeta en 1976. En ella contaba sus experiencias homosexuales en Londres y tras su publicación, en 1977, fue suspendido a divinis por el arzobispo de Valencia.

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Le expulsaron de la Iglesia tras la edición de ‘Todos los parques no son un paraíso’. Visto lo ocurrido, ¿publicarla fue valentía o inconsciencia?
Un poco de todo. Tuve tiempo para meditar. Se publicó en el 77, pero lo escribí antes, sin pensar en la publicación, para mí, para aclararme. Algunas páginas las escribí llorando. A veces debía dejar de escribir porque no me atrevía a seguir. Al acabarlo fue cuando me di cuenta de que igual estaría bien pensar en publicarlo. ¿Fue una inconsciencia o una valentía? Pues se escribió en la época de Franco y venía de una orden estricta como son los carmelitas. Tenía muy poca visión del exterior y entre el 72 y el 75 había estado en Inglaterra y eso me dio otra visión y necesitaba aclararme. Eso hay que tenerlo en cuenta al leer el libro. Era tan difícil de asumir que le pedí a una persona que sabía que podía ser sincera hasta la crueldad que escuchase el libro y me dijera qué pensaba.
¿Escuchar el libro?
Sí, escuchar el libro. No lo quería soltar nunca. Tenía miedo de que desapareciese. Cuando estuvo escrito se lo expliqué a los hermanos que vivían conmigo y les dije que quería presentarlo en un día de retiro. Que si lo entendían serían capaces de perdonar. Pero no lo quería soltar, así que este compañero lo escuchó en dos tardes. Y su veredicto fue lo que me faltaba para embarcarme en la publicación del libro.
¿Qué le dijo?
Que si él tuviera dinero lo publicaría, pero que me iba a generar muchos problemas. Yo pensé que esos problemas los podía asumir y que si él estaría dispuesto a afrontar la publicación es que no había escrito un disparate. Los miembros de mi comunidad, al proponerles la presentación del libro, me decían, quizás con un poco de sorna, que lo presentara a un premio literario. Y es lo que hice. Fue el primer Planeta sin Franco.
Le suspendieron a divinis. ¿Cree que ahora le habría pasado lo mismo?
Un libro como ése, va a sonar un poco vanidoso, no se ha escrito nunca y no se va a volver a escribir. De hecho, no lo he vuelto a leer. Cuando he necesitado entrar dentro de mis sentimientos he cogido el segundo libro que publiqué: ‘Variaciones sobre un tema de Orestes’. El primero, que hay quien dice que es su libro de cabecera, jamás he podido volver a leerlo. Quedará para siempre. Es muy fuerte decir eso, lo sé, pero piensa que se publicó en 1977 y se acaba de hacer una edición en digital.
¿Era consciente de las consecuencias que tendría?
En el libro, de una manera subliminal, hay unas tesis que no quería que pasaran desapercibidas. Yo lo veía. Sabía que iba a entrar en una confrontación que iba a trascender a todos y que ellos tendrían que hacer lo que debían hacer, lo que estaban obligados a hacer, incluso. Lo que no pensaba es que hubiera ensañamiento y crueldad. Y los hubo.
¿Ensañamiento?
Sí. Que me expulsen el día 4 de enero y que me den 24 horas, en pleno invierno, para marcharme. Sin trabajo ni nada. Me dijeron que podía quedarme con mi libro y pensé que era ironía. Pero no. Ése era todo el capital que tenía. Me extendieron un cheque de 50.000 pesetas, que rechacé. Y me quedé en la calle.
¿Cómo se sobrevive en la calle un 4 de enero con sólo un libro como capital?
Pues ocurrió lo que no pensaba: mis amigos se fueron y aparecieron otros. Los homosexuales, en ese momento, no me ayudaron. Quizás no lo entendieron. Cuando terminó todo, me fui a Barcelona para poner un poco de tierra por medio y para resolver temas de la publicación con la editorial. Tenía claro que tenía que vivir en Valencia. Allí había ocurrido todo, no quería esconderme, quería que mi vida diaria fuera un recordatorio. Para mi sorpresa, un día que cogí el metro estando en Barcelona me entregaron una hojita y, al mirarla, vi que era del Front d’Alliberament Gai. De ahí me fui a pasar un tiempo a Inglaterra. El libro comenzó a dar sus frutos y me llamaron de una academia muy prestigiosa, el Centro Internacional de Lengua y Cultura Española. Empecé a trabajar allí en el 79, después de un tiempo sin empleo, y allí me jubilé.
¿No perdió la fe?
Yo, íntimamente, no. Lo digo siempre. Conozco un sacerdote que ha seguido con su vida y dice claramente que es ateo. Y eso que había sido experto en las Sagradas Escrituras. Yo nunca he dudado del amor de Dios y me mantengo ahí, por eso no he renunciado de mi sacerdocio.
¿Cree que si hubiera relatado experiencias heterosexuales en vez de homosexuales el resultado hubiera sido el mismo?
No sé cómo se podría enfocar hablando de otras personas. Una de las facetas que tuve en mi vida como sacerdote fue la de orientador de cursos matrimoniales. Conservo muy buen recuerdo y me guardaba mucho de hablar de mi experiencia. Pero podía entender el amor. Lo tremendo para mí en la Iglesia es que no se trataba de la dinámica del amor o vivencias universales en las que cupiéramos todos.
¿Le han entendido?
Me procurado relatar las cosas en los tres libros que escribí, que forman una trilogía, para conocer mi propio pensamiento. No tengo internet en casa, pero me voy encontrando personas que han escrito de mí, de mi trayectoria, de una forma muy inteligente. Me gustaría destacar a David Vilaseca, profesor de la Universidad de Londres. Quise conocerlo, pero había fallecido en un accidente de bicicleta. Escribió ‘La risa kafkiana de Antonio Roig’, que me produjo emoción porque hablaba de la risa y de Kafka. En una de sus publicaciones hace un estudio de varios personajes o corrientes. De Terenci Moix destaca los aspectos eróticos y sexuales y cuando habla de mí, me emociona pensarlo, ¿sabe qué dice de mí, un fraile ingenuo, frágil e ignorante para muchos, un profesor de la Universidad de Londres?
No, dígame.
Destaca los tintes políticos y revolucionarios. Eso es lo que él ha leído en mis libros y por eso me produce sorpresa cuando veo que se confronta mi pensamiento de forma superficial. Muchas veces habría que leer un poco mejor. En su momento no sabía nada de política. Acabé la carrera de Psicología, que estudié porque entendí que debía hacerlo, a los 52 años. Al llegar al último curso, había optativas y escogí Psicología Política. El profesor me puso la máxima calificación: matrícula de honor. La trilogía hay que enmarcarla en la Transición, aunque la escribí en un estado naïf, ingenuo, sin saber nada de política. Mi historia sin la Transición no se hubiera entendido. Ten en cuenta que he corrido peligro físico y me he sentido protegido por la policía.
Ahora algunos ponen en duda la Transición.
Sí, pero se escuchaban muchas ideas y no había la violencia que hay ahora. Había unos pactos que hoy día se echan en falta. Cuando se pacta se tiene que escuchar al otro y bajar un poco para que el otro suba un poco. Es lo que le pasó a mi historia, que no me escucharon. Pasó algo muy grave que he descubierto ahora, con la sentencia del Procés y los disturbios en Barcelona. He aprendido que el último plazo de la sentencia es entregarla al sentenciado. Pues a mí, el señor arzobispo de Valencia José María García Lahiguera me suspendió a divinis, pero no puso en mis manos ningún papel, no tengo una sentencia. Eso no se puede hacer. Para algo tan grave. Cuando los periódicos de Valencia dieron la noticia de que el arzobispo había pasado un trámite más para la canonización, alguien escribió que el mayor obstáculo que tendría para eso es la forma en que tramitó el asunto del reverendo padre carmelita Antonio Roig. Pues ese comentario ya ha desaparecido, la mano larga de alguien está intentando limpiar cosas. Imagina el consuelo que me daría, al llegar la noche, acostarme y ver un rostro decir; «tengo que hacerte eso, pero me duele en el alma». Pues no. No veo nada. Se me condena. Da igual la sentencia. No la tengo.
¿La iglesia tiene la mano larga?
El poder, en general, tiene la mano larga. Las manos. Porque tiene varias: la mano que se ve y la invisible. El poder está en todas partes y tenemos que andarnos con mucho cuidado. Es una alegría venir aquí, a casa, y que se me escuche. Lo agradezco con toda el alma. Me gusta llegar al público. Quienes vengan me pueden preguntar todo lo que quieran.
¿Todo?
Sí, si algo no lo sé, diré que no lo sé. También hay cosas que no he dicho nunca.
Publicó tres libros, el último ‘Vidente en rebeldía. Un proceso en la iglesia’, en 1979. ¿Tiene previsto publicar más?
Tengo escritos media docena de libros y me gustaría que se publicaran. Sobre todo alguno de ellos. Uno tiene dos vertientes. La primera quién es Dios para mí, que tengo 80 años. Hago esa reflexión en forma de cuento, con vivencias personales. El título es ‘La casa de las escaleras’. Arranca en mi infancia, en mi casa. En la parte de arriba vivía una hermana que tenía tuberculosis y en la de abajo vivía mi madre, que había perdido ocho hijos y a la que le pesaban las piernas. Yo era el intermediario entre arriba y abajo. Además, he hecho un guiño a ‘La subida al monte Carmelo’, de San Juan de la Cruz. En mis libros no hay nada gratis. La segunda vertiente es la de un hombre de 80 años que reflexiona sobre el sexo. Ése es el libro. Me encantaría publicarlo porque es mi legado, mi testimonio. Nunca voy a renegar de él. No soy un converso, soy una persona que cree que el sexo hay que integrarlo, no reprimirlo.
¿También en la Iglesia?
¡Claro! Mira, hay una frase de Pascal a la que le tengo mucho cariño: «El hombre no es ni ángel ni bestia, y para su desgracia, el que quiere hacer de ángel hace de bestia». Ahí puede la Iglesia poner el sexo.

lunes, 21 de octubre de 2019

El hereje, de Miguel Delibes


'El hereje', de Miguel Delibes | @martatorresmol

Hace unos meses, una mujer que asiste a un club de lectura me dijo que una novela de Noah Gordon (no me preguntéis cuál, no me acuerdo) le había recordado a 'El hereje', de Miguel Delibes. Me sorprendió. Y me quedé dándole vueltas a esa idea. Había leído 'El hereje' hacía mucho, cuando aún iba al instituto y tuve una época en la adolescencia en la que tras leer 'El médico' (había visto a mi padre ventilárselo en dos tardes) devoré todo lo que había de Gordon en la biblioteca de casa. Habiéndolos leído a los dos no tenía la sensación de que tuvieran alguna similitud, pero... Tengo en cuarentena muchas de las lecturas que hice en la adolescencia y la preadolescencia. Leía muchísimo, lo que me llamaba la atención de aquellas enormes estanterías a reventar de libros. Muchos de los títulos, comprendí, con los años, debería haberlos leído un poco más adulta. O más madura. Con más vida a mis espaldas. Más piedras en la mochila. Más viajes en el alma. Más tiritas en el corazón. Más arrugas en las fronteras de los ojos. Más...

Unos meses más tarde, en la misma librería en la que me la había encontrado, en el maravilloso rincón de los libros de segunda mano me encontré una edición de 'El hereje'. De las que me gustan. Tapa dura. Sobrecubierta. Tira trenzada de hilo para marcar las páginas. De 1999 (un año después de que Delibeslo publicara). Y nuevo. Apuesto mi templo hindú para dioses literarios a que ese libro no se había leído jamás. Creo en las señales, así que me lo llevé. Y no pasó siquiera por ese purgatorio que es la siempre creciente montaña de libros crecientes. Entiendo lo que quiso decir aquella lectora de la librería, pero no. Hay años luz de diferencia entre Delibes y Gordon. Gordon te lleva en tren por sus historias. Las ves a través de la ventanilla, las entiendes, te emocionan, te gustan. Llegas a la última página y te bajas del tren. Delibes te pasea a pie por sus páginas. En burro. O, como mucho, a caballo. Te metes en la historia, conoces a los personajes, los hueles, te manchas los pies de barro, te mojas cuando llueve. Cuando llegas al final del camino. Cuando te bajas del burro o, incluso, del caballo, te duele todo. Cansada, pero feliz.

'El hereje' comienza en barco. En mitad del mar en el siglo XVI. En un barco en el que el protagonista, Cipriano Salcedo, no lo pasa bien. No es por las olas ni porque se maree ni por los olores de la vida abordo. Es por el cargamento que lleva. Unos libros prohibidos por la iglesia católica que le pueden suponer un problema con el Santo Oficio. Justo en el momento en que avistan el puerto y Cipriano respira tranquilo al ver a su criado esperándole, como habían quedado, Delibes nos hace dar una voltereta hasta la Valladolid de unos años antes, la de 1517, el año en el que Lutero desencadena el cisma de la iglesia católica y el año en el que nace Cipriano Salcedo. La novela recorre de forma magistral la vida de ese niño (los problemas del parto de su madre, su relación con su nodriza, el desapego de su padre, el descubrimiento de la fe, los años como estudiante, el éxito empresarial, la obsesión por una mujer, el noviazgo con otra, el enamoramiento final de una tercera, las dudas sobre el camino de esa fe, las intrigas...) hasta que es adulto mostrando (y uso este verbo porque de verdad lo ves) cómo funcionaba la sociedad de la época. Cómo se expresaban o escondían los sentimientos, la relación entre los integrantes de las diferentes clases sociales, la forma en la que se vivía acorde a lo que estaba bien visto, los problemas que podía suponer no ajustarse a lo establecido, el miedo a lo que podía hacer la iglesia si te apartabas del camino marcado, la valentía de quienes intentaban ir más allá, los riesgos y la aventura de militar fuera de los dogmas, la doble moral, los tratamientos médicos... Sencillamente, fascinante.

"El 'Hamburg', una galeaza a remo y vela, de tres palos, línea enjuta y setenta y cinco varas de eslora, dedicada al cabotaje, rebasó lentamente la bocana y salió a mar abierta. Amanecía. Se iniciaba el mes de octubre de 1557 y la calima sobre la superficie del mar y la estabilidad de la nave presagiaban bonanza, una jornada calma, tal vez calurosa, de sol vivo y suave viento del norte. Era el 'Hamburg' un pequeño barco de carga, dotado con cincuenta y dos marineros, al que su capitán, Heinrich Berger, con un agudo sentido de la economía personal, superponía en el buen tiempo dos pequeñas tiendas de campaña sobre las cuadernas de toldilla para alojar a cuatro posibles pasajeros de confianza, mediante un módico estipendio.
En la primera de estas tiendas, viniendo de proa, viajaba ahora un hombre menudo, aseado, de barba corta, al uso de Valladolid, de donde procedía, tocado de sombrero, con calzas, jubón y ropilla de Segovia, que, acodado en el pasamanos de babor, oteaba con un anteojo el puerto que acababan de abandonar."

Título: 'El hereje'
Autor: Miguel Delibes
Páginas: 430
Precio: 3€ 
Procedencia: librería segunda mano

domingo, 13 de octubre de 2019

Olga


'Olga', Bernard Schlink | @martatorresmol

A los libros con nombre de persona hay que temerles. No se suele salir de ellos indemne. Y a pesar de eso son como un abismo. Hay algo en los libros con nombre de persona que te empuja a asomarte a ellos. Poner los pies en el borde, cerrar los ojos, sentir el viento y la adrenalina. Y que pase lo que tenga que pasar. Y con 'Olga', de Bernhard Schlink, lo que pasa es que te rompe. Te da un toquecito, al principio, no te das cuenta, pero consigue que poco a poco, página a página, te vayas resquebrajando. Porque la historia de Olga, nacida a finales del siglo XIX, es de las que te tocan. De esas que te gustaría que tuvieran un final feliz porque Olga se lo merece, pero con las que sabes que no hay final feliz posible. Porque a Olga, la felicidad, le ha sido esquiva toda la vida. Desde que era una niña.

Olga es huérfana. Cuando sus padres enfermaron se quedó con una vecina que la quería, pero murieron pocos días después y, en vez de permanecer con aquella mujer que hubiera sido feliz cuidándola, se tuvo que ir con su abuela, una mujer fría, que pretende cambiarle el nombre por uno más alemán y que nunca aprobó el matrimonio de sus padres. Olga es lista. Y tiene ideas propias. Y los pómulos altos. Y cree en las personas. Y sabe salir adelante. Y quiere. Quiere mucho. A quien quiere. Y abraza las pequeñas felicidades con las que, como si fuera un error, el destino salpica su vida. Los juegos con sus amigos Viktoria y Herbert. Los besos del amor de su vida. Sus pequeños logros en la escuela. El niño que la quiere como si fuera su madre. Olga es de esas personas que no tira la toalla. Y aunque sabe la verdad, siempre deja un resquicio en su cabeza y su corazón para lo que sueña cada noche. Una mujer que escribe durante años a su amor, perdido durante una expedición al Ártico, aunque sabe que debe dormir bajo el hielo hace mucho. Una mujer que toma decisiones duras en silencio. Una pequeña heroína, de las que hubo y hay tantas, una heroína de lo cotidiano, que libra sus batallas personales mientras el mundo, la sociedad, los países, libran otras.

Una mujer a la que Schlink presta su voz. Él nos cuenta, con tanta crudeza como ternura, su infancia, él escribe sus cartas que navegan hacia el Ártico, hacia nadie, él se mete en la piel del niño al que Olga crió y al adulto en el que se convierte para contar, en tres partes, desde tres puntos de vista, una historia de la que es muy difícil salir indemne y que debería llevar, en esas fajas que no sirven más que para ensuciar portadas, un mensaje: "Este libro rompe".

"-No te va a estorbar nada, lo que más le gusta es mirarlo todo.
Al principio, la vecina con quien la madre había dejado a su hija no se lo creía, pero realmente fue así. La niña, que tenía un año, entró en la cocina y se dedicó a observarlo todo: la mesa y las cuatro sillas, el aparador, el horno con las sartenes y los cucharones, el fregadero, con el espejo encima y la palangana, la ventana, las cortinas y, finalmente, la lámpara que colgaba del techo. Entonces dio unos pasos y se detuvo ante la puerta abierta del dormitorio, desde donde siguió su examen: la cama, la mesita de noche, el armario, la cómoda, la ventana, las cortinas y, finalmente, una vez más, la lámpara. Parecía sumamente interesada, aunque el piso de la vecina tenía casi la misma distribución y el mismo mobiliario que el de sus padres."

Título: 'Olga'
Autor: Bernard Schlink
Traductor: Carles Andreu
Editorial: Anagrama
Páginas: 256
Precio: 19,90€
Procedencia: Bookish

lunes, 19 de agosto de 2019

Lena y Karl


Lena y Karl, de Mo Daviau (Blackie Books) | @martatorresmol

Una curva de Gauss. Empieza flojito, pega un subidón y luego vuelve a caer. Me costó entrar en 'Lena y Karl', de Mo Daviau. La he disfrutado, pero... Me costó entrar, luego me pareció genial, divertidísima, y el final no me ha convencido. Lo mejor de esta novela son, sin duda, los personajes: Lena, Karl, Wayne y Glory. Son maravillosos, de esos personajes tan originales que sabes que te costará olvidar, de los que te gustaría tener en tu grupo de amigos. Y no sólo porque te permitirían viajar en el tiempo, uno de los grandes sueños del ser humano, sino porque son un amor. Porque de eso va esta novela, de viajes en el tiempo.

Un día, Wayne, excomponente de un grupo indie de éxito en los 90 que regenta un bar, descubre un agujero de gusano que permite viajar en el tiempo  en un armario de su casa. Él y su amigo Wayne deciden sacarle partido organizando viajes al pasado, pero un único tipo de viajes: a ver conciertos. ¿Os hubiera gustado estar en Woodstock? Pues ellos te llevan. Todo va bien hasta que Karl, que es un poco torpe, se equivoca en la fecha y envía a Wayne al 980, desde donde no puede volver. Y entonces empieza lo divertido, porque entonces entra en escena Lena, la científica a la que Karl pide ayuda para tratar de recuperar a su amigo. Lena es un bombón como personaje. En todas sus versiones, ya que lo que tienen los viajes en el tiempo es que mueves un papel de sitio y cambia todo el futuro. Cambias tú, los que tienes cerca y, como te descuides, hasta haces que desaparezca alguien a quien quieres. Del futuro y de tu memoria. Eso, que no llegó a pasar con la familia de Marty McFly en 'Regreso al futuro', aquí pasa. Y entonces tú, que toda la vida has fantaseado con la posibilidad de viajar atrás en el tiempo, de asistir a algunos momentos históricos, de ver cómo era el día a día de la gente de otras épocas... Te das cuenta de que, seguramente, si apareciera un agujero de gusano en tu armario, te plantearías seriamente tapiarlo.

Sí, porque un viaje en el tiempo no sólo puede hacer que alguien desaparezca sin que tú lo quieras, puede hacer que tú, como Lena, cambies. Y eso, a veces, es una pena. Porque la Lena que, entre viaje al pasado y viaje al pasado, entre concierto y concierto, se enamora de Karl, no es la misma que, en el futuro, se reencuentra con él en una sociedad que... horroriza y que te hace desear recuperar el agujero de gusano y viajar al 980, con Wayne, a una época de naturaleza salvaje y pescado exquisito. Aunque... cuando viajar en el tiempo sea como viajar en avión, no habrá época a salvo de los humanos del futuro. Y eso, además de que hay personas destinadas a encontrarse por más viajes en el tiempo que se hagan, es lo que te hace pensar, entre risas, 'Lena y Karl'. Por cierto, si pudierais viajar al pasado y ver a un grupo en directo, ¿cual escogeríais?

"Más o menos un año antes de que empezaran los viajes en el tiempo, antes de perder a Wayne y de encontrar a Lena, Wayne DeMint entró por primera vez en mi bar. Descubrió que yo era el guitarrista de The Axis y posó sus nalgas, enfundadas en unos pantalones caqui, sobre el taburete de la barra. Una noche tras otra, una cerveza tras otra, se dedicó a compartir conmigo y con quienquiera que estuviera ahí todo lo que aparecía en sus sueños: gatitos que lloraban, bukkakes, piratas desdentados con bayonetas ensangrentadas, su madre muerta cortada a pedazos. Cuando llegaba la hora de cerrar, siempre quería quedarse, como un niño que no quiere apagar la tele e irse a la cama. '¡Pasaré el mocho!', se ofrecía, por lo que casi cada noche me sentaba a ver cómo Waayne esparcía agua de fregona por la tarima del suelo. Poníamos la jukebox a todo volumen y hablábamos de grupos, del amor verdadero, del fracaso y del pasado. Sobre todo del pasado".

Título: 'Lena y Karl'
Autora: Mo Daviau
Traductor: Carles Andreu
Editorial: Blackie Books
Páginas: 320
Precio: 21€
Procedencia: Bookish

martes, 6 de agosto de 2019

La red púrpura


La red púrpura (Carmen Mola) | @martatorresmol


Ya dije cuando leí 'La novia gitana' que aquel final me recordaba (fuertemente, que diría un personaje de Forges) a 'Los sin nombre', de Jaume Balagueró. Acabada 'La red púrpura', la segunda parte, esa sensación es, aún, mucho más intensa. Por eso, supongo, ese momento poco antes del final en el que imagino a la mayoría de los lectores comiéndose los muñones (las uñas las perdieron muchas páginas antes) lo pasé la mar de tranquila, convencida de que pasaría lo que, finalmente, pasó. Y eso, la sospecha desde las últimas páginas de la anterior entrega de que el final sería el que es (perdón por el trabalenguas, pero no es plan de destripar nada) es el único pero que le pongo a los dos libros de Carmen Mola (a ver si algún día sabemos quién es). El único, porque, independientemente de ese detalle, la segunda entrega de los casos y la vida de la inspectora Elena Blanco es, para mí, mucho mejor que la anterior.

Sigue siendo igual de cruda, de dura, de descarnada y de gore. Sí, porque los detalles, como en el primer libro, son de los que te hacen entornar los ojos y leerlos a toda prisa. Un vano intento de que no se te queden pegados como un chicle al cerebro. Si en la primera entrega eran los gusanos la imagen que te perseguía una vez terminada la lectura, en ésta es la violencia humana, el desprecio por la vida del otro, o del dolor. Porque cuesta creer que alguien disfrute viendo cómo una persona le hace daño a otra, hasta que no puede más, hasta que pierde la conciencia, hasta que empieza a desear que todo, incluso su propia vida, acabe. La tensión, sin embargo, no viene sólo de esa red que secuestra mujeres para torturarlas hasta la muerte mientras decenas de depravados con dinero babean de placer con cada grito, desmayo o gota de sangre. La propia Elena Blanco, su secreto, es lo que más inquietud genera. Ella sabe, porque lo sabe desde ese primer vídeo en el que dos hombres torturan y asesinan a una joven, que Lucas, su hijo, el niño que soltó su mano en la multitud de la plaza Mayor y nunca más volvió, tiene algo que ver. Lo sabe, lo teme, lo esconde. Incluso a sus compañeros. Aunque se ponga en peligro a ella misma. Así que en esta segunda entrega los nervios, las ganas de saber qué pasa, la incertidumbre, la tensión, las cloacas de la condición humana... Son aún más intensos que en la primera entrega. Y sí, el final era el que pensaba. El que imaginaba. El mismo con el que Jaume Balagueró me dejó noqueada la primera vez que vi 'Los sin nombre', una de las dos películas más aterradoras que he visto.

"La pantalla muestra un espacio casi vacío, desangelado. Sólo hay una silla de madera en el centro de la estancia y un monitor grande en una pared tosca, de ladrillo. No hay ningún indicio de lo que va a ocurrir allí, pero, poco a poco, más y más ordenadores se irán conectando. Dentro de unos minutos serán casi cien; sus propietarios no se conocen entre ellos, aunque disfrutarán del mismo espectáculo. La mayoría está en España, pero también los hay en Portugal, en México, en Brasil... Muchos son hombres de entre treinta y cinco y cincuenta años; aunque hay alguna mujer, varios jubilados, hasta un menor de edad... Todos han pagado los seis mil euros que les han exigido, en bitcoins y de forma segura, sin dejar huella".

Título: 'La red púrpura'
Autora: Carmen Mola
Editorial: Alfaguara
Páginas: 432
Precio: 19,90€
Procedencia: biblioteca mamá

miércoles, 31 de julio de 2019

Recursos inhumanos


'Recursos inhumanos', de Pierre Lemaitre | @martatorresmol

Superados los 50 y sin trabajo. Ésa es la situación en la que se encuentra Alain Delambre, protagonista de 'Recursos inhumanos', de Pierre Lemaitre. Una situación que le lleva al delirio, a la locura, a una situación que no tiene vuelta atrás. Porque Alain Delambre, hace no mucho un hombre de éxito, con una familia estupenda, una vida social envidiable y un hogar grande, luminoso y bien situado, no es de los que dan marcha atrás. Y eso, en momentos desesperados, puede llegar a ser temerario. Lo que avergüenza a Delambre, antiguo director de recursos humanos de una gran empresa, no es no llegar a fin de mes, haberse tenido que mudar a un minipiso o trabajar en lo más bajo del escalafón de otra empresa. No. Lo que avergüenza a Delambre es la pérdida de estatus. Haber dejado de ser el hombre importante que creía que era. No poder solucionar, con un golpe de tarjeta, cualquier problema. Que su mujer no pueda permitirse un capricho. Tener que pactar hasta el más mínimo gasto de la casa. Que le miren con cierta pena.

Y eso, todo eso, es un peligroso caldo de cultivo. Sobre todo en las manos de Lemaitre, que ya sabemos, desde la primera línea de este ¿thriller laboral?, que no le tiene preparado nada bueno a su protagonista. Incluso sabiendo eso, es inevitable llevarse las manos a la cabeza y gritar internamente "...¡No!..." cada vez que, un par de párrafos antes, intuimos la decisión que va a tomar. Porque en esa obsesión por ir hacia adelante, por salir de esa situación, por recuperar su posición social... Delambre no sólo no consulta con nadie, sino que engaña a quienes tiene a su alrededor. Hace de trilero, él, que era tan listo y ahora es incapaz de leer entre líneas, de entender lo que le está pasando. La vergüenza, la desesperación, un trabajo para el que está demasiado cualificado, una pelea, un despido... El caldo de cultivo para la desgracia que se avecina. Porque todo ello hace que Delambre pierda por completo la cabeza hasta el punto de, cuando se mete en el proceso de selección para un puesto directivo, pedirle dinero a su hija para investigar a los demás aspirantes. Todo está completamente controlado. O eso se cree él. Porque ahí, en ese momento, en el instante en el que se da cuenta de que no, de que se le ha escapado lo más importante, explota la locura de esta novela en la que, sin dejar de ser el Lemaitre que todos conocemos, ese que nos tiene en vilo leyendo sin respirar ni parpadear, no deja de sorprender. Página tras página. Hasta la última. Y entonces, una vez recuperado el aliento, te da por pensar en esa jungla que es el mercado laboral, la desesperación de no tener un empleo, de no poder llegar a fin de mes, de tener la sensación de que has fracasado, de no soportar que te miren con pena... Quizás, en esa situación, no es tan increíble convertirse en Alain Delambre. O, al menos, considerarlo con fuerza.

"Nunca he sido un hombre violento. No me viene a la memoria ningún momento en el que haya querido matar a nadie. Sí que he tenido ataques de ira de vez en cuando, pero nunca la voluntad de hacer daño. De destruir. Así que, claro, estoy sorprendido. La violencia es como el alcohol o el sexo: no se trata de un fenómeno, es un proceso. Estamos en ellos casi sin notarlo, simplemente porque estamos maduros, porque nos llegan en el momento justo. Me daba perfecta cuenta de que estaba enfadado, pero nunca habría imaginado que aquello se transformaría en furia despiadada. Y es eso lo que me da miedo. Y que todo esto lo haya pagado Mehmet... Mehmet Pehlivan. Es turco."

Título: 'Recursos inhumanos'
Autor: Pierre Lemaitre
Traductor: Juan Carlos Durán Romero
Editorial: DeBolsillo
Páginas: 400
Precio: 9,95€
Procedencia: comprado en el aeropuerto

lunes, 22 de julio de 2019

Una niña sin perro



Nixon | @martatorresmol

Me pasé la infancia deseando un perro. Pidiendo un perro. Soñando que tenía un perro. Siendo buena para que me dejaran tener un perro. Cada noche de Reyes me iba a dormir imaginando que, al amanecer, encontraría una tambaleante caja con agujeros en mis zapatos. Eso nunca pasó. Fui una niña sin perro. Y una adolescente sin perro. Durante todos aquellos años repasé, con lágrimas muchas veces, todo lo que haría con mi inexistente perro. Algunos niños tienen amigos imaginarios. Yo tenía un perro imaginario. Niña solitaria y lectora, fantaseaba con tenerlo a mi lado mientras leía en las tardes de invierno y saltando juntos olas en verano. Para compensar tuve todo tipo de animales: peces, periquitos, canarios, tortugas (una de ellas carnívora y con muy mala leche), hámsters, una iguana... No eran un perro.

Cuando Nixon llegó yo superaba los 20 y ya no vivía en casa. Fue amor a primera vista. Un adorable cachorro torpón que arrastraba la panza y necesitaba armarse de valor para bajar un escalón. Aún no lo sabíamos, pero era mi perro. Mis padres se mudaron. Y Nixon se mudó conmigo. Nunca me he sentido tan segura como junto a aquel perrazo. Sé (hubo un par de amagos) que se hubiera dejado matar para defenderme. Le gustaban las pelotas, los globos, las cuerdas, el jamón serrano, dormir a mis pies y apoyar su cabezota en mi cadera cuando me acurrucaba a leer.

La noche que se fue, tras 14 años juntos, fue de las peores de mi vida. El dolor de perder a un perro, a un compañero de vida, es difícil de superar. Por mucho tiempo que pase. Por eso, porque no quería pasar por ese dolor otra vez, decidí volver a ser una niña sin perro. Advertí a quienes me quieren de que lo último que deseaba en la mañana de Reyes o en la de mi cumpleaños era una tambaleante caja con agujeros.

Mina | @martatorresmol

Me hablaron de Mina (que entonces se llamaba Pika), pero no quise saber nada. Me dijeron que necesitaba una familia. No quería.  Me plantaron su foto delante. Y no pude seguir diciendo que no. Fue amor a primera vista. Tenía 9 meses y sólo quería que le rascara la barriga. Estuve un mes paseándola. Compartiendo con ella rocas y puestas de sol junto al mar. La noche antes de adoptarla la pasé llorando. Tenía la sensación de que le estaba fallando a Nixon. Estúpido, pero real. Fui a buscarla y se subió al coche de un salto. Sin mirar atrás. Y todo ha sido igual de fácil desde entonces. Ese día descubrí, al ver su cartilla, que Mina nació pocos días después de que Nixon muriera.

El día 28 hará dos años que Mina llegó a casa. Adoptarla fue de las mejores decisiones que he tomado. Es leal, lista como un pecado, hipercariñosa, juguetona. Le encantan las cuerdas (no ganamos para tantas como destroza), que le rasque la barriga y bañarse en la playa. Soy una niña con perro.


lunes, 15 de julio de 2019

'Hotel silencio'


'Hotel Silencio', Audur Ava Ólafsdóttir (Alfaguara) | @martatorresmol

A veces, saltar de la sartén para aterrizar a las brasas es, en el fondo, confiar en convertirse en un ave fénix. Aunque sea en lo más profundo de uno mismo. Aunque quien da ese salto no sea consciente de ello. Y eso es, exactamente, lo que le pasa al protagonista de ‘Hotel silencio’, la última novela de Audur Ava Ólaffsdótir. Es de esos libros que te despistan al principio, que a medio camino intuyes hacia dónde van y que cierras con una sonrisa que sabes que no abandonará tu cara en un tiempo. Igual no soy muy objetiva. Le tengo cariño a la autora islandesa. Ella estuvo ahí en el inicio de algo muy bonito de lo que, aunque al final no salió bien, tengo buen recuerdo. Triste, melancólico, pero bueno.

Hay algo, bueno, hay mucho, en verdad, de cuento en esta historia que se lee de una sentada. El entorno (...en un país muy lejano...), el viaje que es algo más que un viaje, un elemento casi mágico (...esa caja de herramientas...), el héroe que no busca serlo, el mal... Y eso que al principio despista. Porque el inicio de 'Hotel Silencio' tiene el tono intimista que tan bien le conocemos a la islandesa. Un hombre, Jónas, cuyo mundo parece desmoronarse. Su mujer le ha dejado. La demencia de su madre parece haberse calzado las botas de siete leguas. Su hija no es su hija. El suicidio le pone ojitos, pero a Jónas le horroriza que su nohija, a la que adora, sea quien lo encuentra sin vida. Y con un trauma de por vida. Y entonces llega el giro de 180 grados de Ólafsdóttir que no esperas: se marcha a un país lejano completamente devastado por la guerra. Sólo billete de ida. Allí, cuando cumpla su objetivo, eso si una mina antipersona no lo mata antes, lo encontrará un extraño cuyo trauma, si es que lo tiene después de todo lo que ha visto en la guerra, le preocupa bien poco. Pero claro, ése es su plan, que se desbarata en el momento en el que pisa el que había planificado como último destino. Y es ahí, en ese momento, cuando el libro realmente despega. A partir de esa página no puedes dejar de leer. Imaginas, intuyes, el final. Pero no puedes parar. Porque ahí empieza ese tono de cuento que te hace pensar que todo saldrá bien. Había una vez, en un país muy muy lejano, un hombre con una caja de herramientas...".


"Sé que desnudo tengo un aspecto ridículo, pero me da lo mismo y me quito la ropa igualmente. Empiezo por los pantalones y los calcetines, después me desabrocho la camisa y dejo asomar la ninfea blanca sobre la piel rosada, en el lado izquierdo del torso, a medio cuchillo de distancia del músculo proteico que bombea ocho mil litros de sangre al día. Finalmente me quito los calzoncillos -procedo en ese orden-. No tardo nada. Entonces me quedo ahí de pie, sobre el parqué, completamente desnudo frente a la mujer".

Título: 'Hotel silencio'
Autora: Audur Ava Ólafsdóttir
Traductor: Fabio Teixidó
Editorial: Alfaguara
Páginas: 184
Precio: 18,90€
Procedencia: Bookish

lunes, 8 de julio de 2019

'La gatera'


'La gatera', Muriel Villanueva (Navona) | @martatorresmol

Este libro es un sueño. Bueno, como un sueño. Acabas de leerlo y no sabes muy bien qué ha sido verdad y qué no. 'La gatera', de Muriel Villanueva, es la historia de un piso. O de un gato. O una historia de amor. O de locura. O de una pérdida. Es la historia de Raquel, una joven que hereda de unos familiares dos pisos, uno junto al otro, separados apenas por el descansillo, y decide abandonar su vida en el pueblo para mudarse a la ciudad, a uno de esos pisos, y hacer todo aquello que decidió no hacer para dejar sola a su abuela, la mujer que, tras un desgraciado accidente, la cría. La abuela ya no está. No le queda nadie. Y así empieza el libro, con Raquel subiendo con su mochila la escalera de sus nuevas propiedades. En uno vivirá. El otro, pretende alquilarlo por un precio moderado. Lo que no se esperaba es que los pisos vinieran con inquilino. O con fantasma. Un gato que ronda por ellos y para el que decide abrir una gatera en la pared que los separa.

Ahí, en esa primera subida de escaleras empieza el sueño. Una historia dura, pero contada con ternura, en la que, poco a poco, iremos descubriendo la desgracia de Raquel, los monstruos que la rondan y que quién sabe si se han adueñado ya de ella. Vive sola, va a la universidad, se tropieza constantemente con un artista que le parece muy guapo, conoce a Arnau, se enamora, la novia del artista aporrea su puerta, Raquel tiene secretos, no recuerda algunas cosas, parece no ser ella... Esa ternura con la que había comenzado la historia se diluye (también se pierde, dicho sea de paso, la edición, ya que en los últimos capítulos hay algunas faltas y letras bailonas) al mismo ritmo que se pierde la cordura de la protagonista y crece y crece, sin mesura, la gatera para ese gato que viene y va.

"Entré en el portal con una sola mochila que pesaba como un muerto. Detrás de mí, la cuadrícula del barrio Ampliación, mareada de nubes, y una puerta pesada, de hierro pintado de negro y cristales limpios. Delante de mí, una alfombra larga y roja cortando en dos el amplio espacio blanco, una portera barriendo a la derecha y, al fondo, una escalera de aquellas de mármol con los escalones desgastados como charcos que se han secado al sol. Que empiezan vastas pero que en cuanto subes se van haciendo estrechas porque los techos son la hostia de altos y el cuadrado por donde trepa la escalera también es amplio y pretencioso pero la escalera chano chano para arriba para arriba arrimada a la pared, erosionada y callada, vacía".

Título: 'La gatera'
Autora: Muriel Villanueva
Editorial: Navona 
Páginas: 208
Precio: 20€
Procedencia: biblioteca mamá

domingo, 30 de junio de 2019

José Luis Angulo: "Voldemort es uno de los personajes más malvados que he doblado"



José Luis Angulo, doblador de Voldemort | Sergio G. Cañizares

A José Luis Angulo no le conocen por su cara. Pero sí por su voz. Suya es la que en España han tenido Gargamel de 'Los pitufos', el gato Isidoro y el popular Michael Knight de 'El coche fantástico', interpretado por David Hasselhoff, de quien es voz habitual. También ha doblado a Jean Claude van Damme, Bill Nighy o Samuel L. Jackson, así como al temible Lord Voldemort, a quien da vida Ralph Fiennes, en las películas de Harry Potter, un trabajo sobre el que habló a los asistentes a las últimas jornadas del niño mago organizadas por la asociación Dracs d'Eivissa.

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
¿Es fan de Harry Potter?
¡Claro que sí!

¿Y es de Slytherin?
En la película sí, pero unas niñas me han dicho que no podía serlo con esa maldad...

¿Lord Voldemort es el personaje más malo que ha doblado?
Uno de los más perversos y malvados, sí. Me encantan este tipo de personajes porque se prestan a cambiar la voz. Me atraen mucho. Cuando era joven siempre me daban galanes buenazos, ahora me encanta poner voz de malo.

Con Voldemort se habrá puesto las botas cambiando de voz: de un ser débil que no puede ni hablar a toda una fuerza del mal.
Exacto, eso me supuso poner un tipo de voz diferente en cada película porque el personaje iba evolucionando. En una tenía que poner ese tono que todo el mundo conoce: «¡Haaaarry Potter!» [pone la voz] Y en otras susurrar más. Me supuso un estudio del personaje a lo largo de la saga. Durante el doblaje tenía al lado a un supervisor, el de la saga en Italia y Francia, que me iba marcando un poco.

Veía las películas antes que nadie. ¿Su entorno no le preguntaba por los detalles?
Aunque lo hubieran hecho no podría haber respondido. En algunas películas, como ésta, no podemos dar ninguna información. Me sorprendo cuando algún compañero pone en sus redes sociales que está doblando a tal o cual personaje. Hay cosas que no se deberían decir.

¿Hay que ser muy fiel a la voz original?
Como director procuro que sea así. No somos ellos, pero procuro que el margen de voz sea lo más parecido posible. Hay actores que tienen una voz asociada hace mucho e igual no se parece tanto, pero sí la personalidad. Cuando me llega una película procuro buscar la voz más parecida y, si en ella aparece, por ejemplo, Harrison Ford, siempre llamo a Salvador Vidal, el actor que suele doblarlo. Procuro ser muy fiel y, si tiene una característica especial, intento marcarla. El original te da muchas pistas.

¿Cuando le propusieron ser la voz de Voldemort era consciente de la dimensión de la saga?
No. Cuando dirijo un doblaje intento repartirme cosas muy pequeñas o ninguna. Para estar pendiente de la dirección. Pedí a unos compañeros que hicieran pruebas para Voldemort. Yo les daba indicaciones. Le pregunté al supervisor a quién elegía para el doblaje y me contestó: «Lo tengo muy claro, vas a hacerlo tú». No era consciente de la dimensión que tendría el personaje. Los importantes eran Harry, Hermione... Además, si te fijas, en las películas hablan mucho de él, pero no tenía mucha presencia. En las películas, Harry igual tenía 100 tapes y Voldemort, 20.

¿Con algún otro personaje se había visto rodeado de niños pidiéndole que les haga la voz?
Me sorprendió Sant Antoni. Había niños que me pedían que les dijera algo con la voz de Voldemort. Les preguntaba cómo se llamaban y les repetía su nombre con la voz de Voldemort. Flipan. Y a mí me encanta. Los alumnos de doblaje me dicen que me imitan a mí. Jamás había pensado que este personaje fuera tan importante como para que me imitaran. Es como cuando alguien imita a Ricardo Solans, que dobla a Sylvester Stallone. Le imitan a él, no a Stallone. Pues a mí me está pasando lo mismo con Voldemort y no doy crédito.

Dice que le gustan los personajes malvados, es lo que dicen siempre los actores.
Hacer un galán requiere, casi siempre, la misma fórmula: hablar con tu voz, interpretando, pero con tu voz. Un personaje un poco malo tiene un sarcasmo o una doble intención muy interesante. También me divierte hacer personajes cómicos, como Gargamel, de 'Los pitufos', o Estoico el Vasto, de 'Cómo entrenar a tu dragón'. Los personajes con un poco de trasfondo son muy interesantes porque una sola frase puede indicar muchas cosas cuando la dices como debes.

¿Cada vez le damos menos importancia a la voz?
Ahora es diferente, es cierto. No buscas una voz bonita, sino que se pegue a la original. Cuando empecé había actores que no tenían una voz bonita, pero aquí, si era un hombre o una mujer guapa, se buscaba una que lo fuera. Decían que debía tener voz de rubia. O de rubio.

¿Voz de rubia?
Sí, una voz preciosa. Aunque el original no la tuviera. Ahora no, es más real. A mí me decían que tenía voz de rubio y, al principio, no sabía qué significaba. ¡Cómo han cambiado las cosas! Ahora ya no se habla de voces de rubia o de morena.

¿Cómo era la voz de morena?
Pues, si hablamos de una mujer, más grave, más dura. La de rubia era como de ingenua.

El actor tiene el cuerpo, la voz y la mirada, pero el de doblaje sólo la voz. ¿Cómo se hace para conseguir lo mismo?
Cuando alguien viene al estudio siempre le explico que verá dos doblajes de otra forma. Es sorprendente. Dirigí 'Banderas de nuestros padres', y los actores de doblaje gritaban: «¡Vamos! ¡Adelante! ¡Desembarcad!». Ellos están logrando lo mismo que los actores del desembarco, pero quietos ante un atril. Yo necesito concentrarme antes, pero hay actores que logran el tono correcto aunque hace un minuto estuvieran hablando de fútbol con un compañero. Los admiro. No entiendo cómo lo consiguen. Es de aplauso.

Hablando de fútbol con un compañero o entretenidos con el móvil.
¡El móvil! Cuando dirijo un doblaje, permito que lo tengan aunque en la sala pone que no se puede. Los actores trabajan a través del móvil, y si van a estar tres horas encerrados grabando se lo dejo coger porque lo necesitan. A veces un estudio te dice que les llames inmediatamente. Ahora todo es «hay que entregar ya». Me refiero a las series. Con tantas plataformas y series te mandan un capítulo el lunes y te dicen que lo emiten el miércoles. Tienes que traducirlo, llamar a los actores, mezclarlo... Todo es inmediatez. A veces, les tomo el pelo a los de producción y les digo que como no pueden entregar el capítulo, que se entreguen ellos.

Con el boom de las series harán falta muchos actores de doblaje, ¿no?
Sí, pero eso tiene una doble cara.

¿Perdón?
Como hay que hacerlo todo tan rápido, se tira de los actores de doblaje de siempre. Una de las críticas que se hacen a las series es que se oyen siempre las mismas voces. ¿Por qué? Pues porque hay actores que tienen tanta práctica que son capaces de, en muy poco tiempo, hacer muchas piezas. Y muy bien. Un actor nuevo necesita mucho más tiempo para el mismo trabajo, así que como para las series hay que correr mucho, a no ser que el nuevo tenga práctica, que es difícil porque no ha dado tiempo, pues no se les suele llamar. Yo, lo que hago, es llamar a estos actores para las películas de cine. Ahí me puedo permitir el lujo de, si no sale a la primera, indicarles y repetir, que vayan cogiendo práctica. En una serie entiendo que mis compañeros directores llamen a los de siempre porque lo resuelven en un momento y los estudios exigen inmediatez.

¿No se les mezclan las voces en la cabeza?
Las tengo en la cabeza. Otras cosas de la vida real se me olvidan, pero cuando hago un reparto me van viniendo a la cabeza las voces de actrices o actores. Así como avanzo en los diálogos voy cambiando. Me vienen a la mente los nombres. No se me olvidan. Eso sí, cuando termino una película, la olvido. En Sant Antoni me preguntaban cosas sobre las cintas de Harry Potter y no podía contestar porque se me ha olvidado. Eso me lo decía un actor antiguo, Félix Acaso, ya fallecido, que los actores teníamos memoria de inmediatez. Lo compruebo todos los días. Actores que están haciendo un personaje y a los que, cuando les hago firmar la hoja al acabar el doblaje, me preguntan cómo se llamaba su personaje.

Si las voces no se le van de la cabeza, ¿le puedo pedir que me ponga la voz de Gargamel? ¿O la de David Hasselhoff?
¡Claro! [Dice «Seguid así, queridos pitufos» con la voz de Gargamel y, acto seguido, la emblemática frase «Kit, te necesito» de David Hasselhoff en 'El coche fantástico']. Eso no se olvida. Y cuando llega una temporada nueva, suponiendo que sea un personaje de una serie, también la recuerdas. ¿Sabes cuándo no me acuerdo de la voz?

¿Cuándo?
Cuando el personaje tiene una voz extraña. Pasado un año o, incluso, dos llega la siguiente temporada y no recuerdo qué voz le ponía. Quien tiene eso más claro no soy yo sino el técnico de sonido que me dice: «Angulo, ésta es la voz, no te compliques más». Las voces muy marcadas, como las de Lord Voldemort o Gargamel no se olvidan tan fácil.

Yendo por la calle, ¿le han reconocido por la voz?
Sí, muchas veces. En los taxis, sobre todo. Cuando le doy la dirección a los taxistas me preguntan si me dedico al doblaje. Siempre me sorprende. Hace poco me ocurrió también en una librería. Simplemente le pregunté a la librera si podía pagar con tarjeta y al traerme el datáfono me dijo si era doblador. No sé si me reconocen por la voz, no lo creo, tengo la sensación de que es más por la forma de hablar.

Igual es que, en general, hablamos muy mal.
Sí, eso es lo que creo, que me llevo la forma de hablar del trabajo a la vida real. Si no es así, no lo entiendo porque no es que salga a todas horas en la televisión. La gente tiene un oído impresionante, eso sí, pero creo que es por la forma de hablar, no por la voz propiamente dicha.

¿Cuáles han sido sus últimos proyectos?
Terminé la película 'Detective Pikachu', en la que tuve que hacer unos cambios de texto para que las voces coincidieran con los subtítulos, para que no hubiera muchas diferencias entre el texto y la voz. Y también 'The Rocketman' el biopic de Elton John. Trabajamos con mucha inmediatez. Cada vez tienes que trabajar com menos tiempo. Rodajes como los de las películas de Harry Potter duraban mes y medio. Eso, ahora, sería sorprendente. Incluso los supervisores, cuando los hay, cada vez más te relacionas con ellos a través de Skype. Hace poco también se estrenó 'El parque mágico', con Sílvia Abril y Andreu Buenafuente y 'Cómo entrenar a tu dragón 3' con Melendi.

Cuando en un doblaje se meten cantantes o humoristas, ¿hay que enseñarles antes de rodar?
Mira, hicimos 'Cavernícola' con Chenoa y ponía mucho interés. Al tiempo me la encontré en el estudio porque estaba en otro doblaje y al verme gritó: «¡Mi maestro!». Me hizo ilusión. Con Sílvia Abril no hubo problemas porque lo hacía muy bien y en el caso de Melendi, que es cantante, tiene el ritmo. Si no logran el tono adecuado, me pongo a su lado y les indico. Incluso les hago las voces para que las imiten. Melendi, por ejemplo, me preguntaba cómo lo haría yo y luego él lo repetía. Salió en 'El Hormiguero' y cuando Pablo Motos le preguntó cómo lo había hecho explicó que yo le había ayudado. Le agradecí la mención. Tengo mucha paciencia, no me preocupa que alguien no haya hecho nunca doblaje, ya me encargo de que parezca que lo ha hecho toda su vida.

Antes me he quedado con lo de los cambios. ¿No es más fácil cambiar los subtítulos que repetir el doblaje?
A mí, eso, también me sorprende. No sé por qué es así. Si algún día me lo explican prometo llamarte y darte la respuesta.

¿A cuál de sus personajes les tiene más cariño?
Pues le tengo cariño, por lo que supuso, lo divertido que fue y el éxito que tuvo, a 'Isidoro, el gato'. Dirigía el doblaje e interpretaba al gato. Hacía una voz extraña que se parecía un poco a la de Gargamel. Tuvo tantísimo éxito... Los coches llevaban muñecos de Isidoro. Le tengo mucho cariño. También a Michael Knight de 'El coche fantástico', pero si tengo que elegir uno, me quedo con el gato Isidoro.

jueves, 27 de junio de 2019

'La hija de la española'


'La hija de la española', Karina Sainz Borgo (Lumen) | @martatorresmol

¡El horror! ¡El horror! no se encuentra, sólo, en los meandros más oscuros del río Congo. Puede estar a tu lado. Ser tu realidad. Esperarte a la vuelta de la esquina, en tu propio hogar, en un país que se va desmoronando y en el que los unos y los otros toman las calles y convierten a cualquiera en el enemigo. Da igual de qué lado estés. Da igual si ni siquiera tienes un bando. O si has decidido que tu bando sois únicamente tú y los tuyos, los pocos que aún te quedan. Estás ahí. Y no hay vía de escape. ¡El horror! ¡El horror! puede ser una señora con chancletas que te quita lo poco que aún te queda. Tus escasos tesoros. Aquello que, poco a poco, ha hecho de ti quien eres. ¡El horror! ¡El horror! es, sin duda, tener que dejarte a ti misma atrás, casi olvidarte, para sobrevivir. Una mariposa obligada a meterse en un capullo varias tallas más grande. Una metamorfosis tan dolorosa como necesaria.

Eso es lo que le pasa a Adelaida Falcón, la protagonista de 'La hija de la española', de la periodista Karina Sainz Borgo. En las páginas ella no lo dice explícitamente, pero la pesadilla que estremece a Adelaida, obligándola a tomar decisiones que a ella misma aterran y repugnan (ese cadáver cayendo por el balcón...), sucede en Venezuela. Su Venezuela. Ese país que, quienes la seguimos y la leemos, sabemos que le duele. Es Venezuela, pero podría ser cualquier país en descomposición, putrefacto, maloliente, con conflictos en las calles, supermercados vacíos y en el que las compresas son un lujo y enterrar a tus muertos una odisea. Desde la primera frase ("Enterramos a mi madre con sus cosas...") Adelaida te tiene con el estómago en un puño y el corazón lleno de polillas. Sufres. Te asustas. Te enfadas. Tomas decisiones que no querrías. Lloras. Vives a oscuras. En silencio. Se te rompe el alma cuando ves tus libros convertidos en munición de no sabes muy bien qué guerra, tu loza estallar en pedazos y las lentejuelas de la blusa de tu madre resbalar hasta el suelo, alejándose de un cuerpo que nunca debió lucirlas, escapando, como tú. Como Adelaida Falcón, un personaje que se te pega a la piel

¡El horror! ¡El horror! es tener que huir. De tu hogar. De los tuyos. De tus recuerdos. De lo que fuiste. De ti.

"Enterramos a mi madre con sus cosas: el vestido azul, los zapatos negros sin cuñas y las gafas multifocales. No podíamos despedirnos de otra manera. No podíamos borrar de su gesto aquellas prendas. Habría sido como devolverla incompleta a la tierra. Lo sepultamos todo, porque después de su muerte ya no nos quedaba nada. Ni siquiera nos teníamos la una a la otra. Aquel día caímos abatidas por el cansancio. Ella en su caja de madera; yo en la silla sin reposabrazos de una capilla ruinosa, la única disponible de las cinco o seis que busqué para hacer el velatorio y que pude contratar solo por tres horas. Más que funerarias, la ciudad tenía hornos. La gente entraba y salía de ellas como los panes que escaseaban en los anaqueles y llovían duros sobre nuestra memoria con el recuerdo del hambre".

Título: 'La hija de la española'
Autora: Karina Sainz Borgo
Editorial: Lumen
Páginas: 200
Precio: 18,90€
Procedencia: regalo Sant Jordi

lunes, 24 de junio de 2019

'La señora Harris en Nueva York'


'La señora Harris en Nueva York', Paul Gallico (Alba) | @martatorresmol

Era inevitable. Enamorada de la entrañable señora Harris tras conocerla en 'Flores para la señora Harris', no podía no leer su nueva aventura: 'La señora Harris en Nueva York'. En ella, su autor, el periodista Paul Gallico, la mete en otro buen berenjenal. Allende los mares, como ya se deduce en el título. Y enredando en ella, de pleno, a su amiga del alma, la señora Butterfield, a la que el ímpetu y las buenas intenciones llevadas al extremo de su amiga a punto están de costarle la salud, pobrecita mía. Para quienes no conozcan (o no tengan la memoria muy fresca) a la protagonista, recapitulemos. La señora Harris es una señora de la limpieza londinense. Pero de las buenas. Ella es muy humilde, pero muy íntegra. Y aunque su economía no le permita más capricho que alguna pinta en el pub con su inseparable compañera de fatigas y un sombrero de rebajas y pasado de moda de vez en cuando no tiene problemas en despedirse cuando alguno de sus adinerados clientes (muchos viven en Belgravia, nada menos) hace algo que no le parece bien. A la señora Harris la envuelve un halo de bondad y encanto que la saca de todos los fregados, que no son pocos, en los que se mete.

Ese encanto con el que conquistó a quienes leímos su aventura en París sigue intacto en esta segunda entrega en la que su buen corazón al borde la pone de la prisión en más de una ocasión. El deseo de la querida limpiadora no es, aquí, conseguir un vestido de Dior sino encontrar al padre del pequeño Henry, el niño que vive con sus vecinos. Abandonado por su padre, combatiente estadounidense, primero, y por su madre, una madre soltera sin recursos, después, el pequeño soporta palizas, insultos y falta de comida. Así que la señora Harris, harta de escuchar las vejaciones que sufre el pequeño, urde todo un plan para llevárselo de extranjis a Estados Unidos donde, está convencida, no será muy complicado encontrar a su padre. Así, los tres (Henry, la señora Harris y la sufrida señora Butterfield), acaban embarcados en un transatlántico, enrolando para su misión al embajador de Francia en Estados Unidos, recorriendo varios estados en busca del padre del niño, montando en Rolls Royce, comiendo helado, metiéndose en los barrios más conflictivos de Nueva York... Y, aunque desde el principio, a poco que se conozca a Gallico, una ya se hace una idea muy aproximada de cómo se resolverá todo, leer las aventuras de la señora Harris es siempre una delicia. Una lectura adorable.

"En el fondo de su corazón, la señora Harris sabía muy bien que, para ella, un viaje a Estados Unidos era tan improbable como uno a la luna. Era verdad que había llegado a cruzar el canal de la Mancha, y que gracias a los aviones el océano Atlántico sólo era una masa de agua que se podía sobrevolar a toda velocidad, pero las consideraciones prácticas de los gastos, la manutención, etcétera, hacían que un viaje así le resultara inalcanzable. Había conseguido ir a París y materializar su sueño después de dos años de ahorros y economías, pero ese esfuerzo había sido de los que se hacen una vez en la vida. Ahora era mayor y consciente de que ya no se veía capaz de intentar reunir la cantidad necesaria de libras para financiar semejante expedición".

Título: 'La señora Harris en Nueva York'
Autor: Paul Gallico
Traductor: Ismael Attrache
Editorial: Alba
Colección: Rara Avis
Páginas: 232
Precio: 16
Procedencia: comprado

lunes, 17 de junio de 2019

El peligro de compar libros en Natura




Seguro que a todas (y todos) nos gustan las tiendas Natura Selection. Huelen tan bien... Y tienen esa música tan relajante, esos productos tan bien colocados, esa luz suave, dependientas que te dejan deambular a tu aire... Están llenas de cosas suaves, bonitas, que hacen que se te vayan los ojos y las manos. No me digáis que habéis entrado una sola vez en estas tiendas y habéis salido sin oler una vela o acariciar una manta. No os creeré. Incluso la sección de libros es muy cuqui. Están todos ordenaditos, con las portadas mirándote a los ojos, a la altura perfecta para cogerlos y hojearlos... (Suspiro) ¡Es tan fácil acabar con uno de ellos rumbo a la caja registradora! ¡NOOOOOO! ¡ERROR! ¡ERROR! ¡ERROR! Respirad hondo. Cerrad los ojos. Y devolved el libro a donde estaba.

Si os gustan los libros. Si los queréis. Si los amáis. No compréis libros en esta tienda. Apuntaos el título y pedídselo a vuestro librero (o librera) de confianza. Sí, ya sé que seguramente es una compra por impulso y que si no os lo lleváis en ese momento igual ya no os acordáis de él. Pero comprar libros en Natura Selection es una actividad de riesgo. Os explico. Si es para vosotros, no tendréis problemas, pero si es para regalar, en serio, pedidlo en otro lugar. Esta cadena tiene una política de devolución de libros implacable: NO SE CAMBIAN LOS LIBROS. Así que si esa persona ya lo tiene (cosas que pasan), se lo va a tener que comer porque no se lo cambiarán.

Hablo por experiencia. Porque me han regalado uno hace uno de par de semanas, con toda la ilusión del mundo, y resulta que ya lo tenía. Cuando fui a la tienda Natura Selection de Ibiza, con mi ticket, tres días después de la compra para cambiarlo por otro, la dependienta me informó de tan rottenmeyeresca política de devolución con los libros. Ojiplática me quedé. No podía creérmelo. Al parecer, los responsables de esta cadena están convencidos de que, si devuelves un libro, es porque ya te lo has leído y quieres aprovecharte de ellos llevándote otro. Desde luego, quien haya pensado en tan singular política de devoluciones (atención, que cambian la ropa, la bisutería y hasta el menaje de cocina) no conoce a los lectores. Si queremos leer y devolver, tenemos unas bibliotecas públicas fantásticas en este país. Los lectores, si devolvemos un libro ¡y más si nos lo han regalado! es por causas de fuerza mayor: está roto o ya lo tenemos. Porque los lectores amamos los libros. Algunos, como yo misma, los amamos, incluso, como objeto. Así que no los devolveríamos sin más. Por capricho. Si no quieren que alguien los lea y los devuelva hay una solución muy sencilla: precintarlos en la caja y no aceptar devoluciones si el precinto está roto. Pero no. Es más fácil frustrar el bonito arte de regalar.

Ese libro está ahora en buenas manos. En las de alguien que no lo tenía y a quien le ha hecho ilusión. Pero yo, desde luego, no tengo intención de volver a comprar en ninguna tienda Natura Selection. Ni libros ni ninguna otra cosa.

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