domingo, 16 de diciembre de 2018

Autorretrato en Esqueria, en Naxos, en Ítaca


Autorretrato en Nausícaa, Ariadna, Penélope | @martatorresmol

Ahí está Nausícaa, destejiendo a la luz de la luna. Desenredando, uno a uno, los hilos que, con la precisión de un reloj de arena, ha enlazado durante el día. No, no es Penélope. Es Nausícaa. Lo fue, al menos, en algún momento. Nació como tal. Creció como tal. Aún no sabe cuándo se convirtió en Penélope. Y empezó a tejer. Y a destejer. Por las mañanas, cuando con los dedos entumecidos se quita la ropa y deja que el sol resbale por su piel desnuda... cuando se agarra al alféizar y respira, dejando que el aire salado la penetre... entonces, por un instante, siente el eco de aquella princesa irónica y deslenguada que lavaba, en cueros, los vestidos de su corte... le parece oír, en la distancia, el alegre cacareo de las esclavas en el río y los gritos, emocionados, al descubrir al navegante náufrago... lejos... demasiado lejos... Hace tanto ya que teje y desteje... Siempre con el mismo hilo. Ése que huele a sangre y a sudor. Un olor cálido y espeso. Pegajoso. Mareante. Casi venenoso. A veces, a mediodía, al pasar el hilo entre sus dedos el olor a bestia sube hasta su nariz, tan intenso, que siente náuseas. Es el hilo del laberinto. El del monstruo. Y el del héroe que también fue monstruo. Es el hilo del abandono. De la cobardía. Lo único que le quedaba al despertar, sola, en Naxos. Sí, porque esta Nausícaa fue también, una vez, Ariadna en Naxos. Era lógico que la princesa del ovillo acabara transformándose en la reina que teje y desteje. Y que espera. Que resiste. Esperar es valiente. Heroico. Es una decisión. Esperar es confiar. Es vencer a la ansiedad. Aguantar sus mordiscos. Sus cantos de sirena negra. Mirar el horizonte azul todos los días sin atisbar las velas ansiadas. Cada noche, mientras hunde sus dedos en el telar, arrancando las hebras, pegajosas, húmedas, sangre y sudor, la acechan los monstruos. Ella, Nausícaa, Ariadna, Penélope, les mira a los ojos. Les escucha. Les deja hacer. Esperar, esa cobardía, eso tan fácil... Esperar es para valientes. Tejer y destejer, Nausícaa, Ariadna, Penélope, tejer y destejer es heroico.


4 comentarios:

  1. Deja, Nausicaa que la rosada aurora acaricie el terciopelo de tu piel desnuda. Deja que el suave viento de Levante ablande el hilo de tu ovillo y espera, espera. Ya verás como Ulises acaba llegando. No deshagas más que lo necesario.
    Suaves besos invernales.

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  2. Sorokin, lo de destejer y tejer va a días. A veces se avanza y a veces la urdimbre se queda en los huesos.
    (Precioso comentario, el suyo)

    Besos

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  3. Uy, pues después del comentario de Sorokin a ver quién dice aquí nada. Y digo yo: ¿estará Ulises pensando si Nausicaa espera o se ha rendido? Y ¿habrá alguien en algún lugar también tejiendo y destejiendo por ella sin que lo sepa? ¿Se merece Ulises ese sudor y esas lágrimas? Sería fácil decir que no, ¿verdad? Lo difícil es reconocer que sí y aguantar.
    Me ha impactado mucho tu texto, ha salido de tan profundo... Siempre he admirado muchísimo a la gente capaz de contar así de bien algo que a menudo es difícil explicar con palabras sencillas, ya no digo nada si encima tiene calidad literaria.
    Besos, Dorothy Homero

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  4. Hola, soy nueva por tu blog ♥
    Esto me sonaba antes de llegar al final. Y es porque mi mamá me lo llegó a contar en algún momento de mi vida. Mi comentario no es tan profundo como los anteriores, sólo he de decir que el recuerdo me ha conmovido.
    Nos seguimos leyendo.
    Felices fiestas ♥

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