domingo, 30 de octubre de 2016

Un callejón, una cerradura


@Martatorresmol

Camina decidida. En la noche, huérfana de luna. Por ese callejón de hormigón pútrido. De asfalto carcomido. Aguanta el gesto ante los buhoneros del placer disuelto en cuchara, del acelerón de billete enrollado, del olvido de humo. Se le echan encima. Pegajosos. Sombras negras que le susurran al oído. Sibilantes. Sus infectas voces se mezclan con los reclamos soeces de las sirenas de una noche. La perturban. Se le cuelan por el espinazo. Fríos. Como las gotas de lluvia. Cada pocos pasos, el brillo de la hoja de una navaja. La llama de un mechero. El punto de luz de un cigarro. Chispazos de ojos que le congelan la sangre. Aguza el oído por encima del tamtam de sus pasos. Otros pasos, unos metros por detrás, al mismo ritmo que los suyos. Viento. Fósiles de antiguos carteles medio despegados peleándose con la corriente. Rodaduras en otras calles. Frenazos. Un claxon solitario y obsceno que enmudece ese otro caminar que debería inquietarla. Que acosa el suyo. Lo pisa mientras ella sigue pendiente del viento, los pasos, de las voces, los pasos, del asfalto carcomido, los pasos, del brillo de una navaja, los pasos. Los suyos, ahora, más rápidos, directos a la luz de las farolas que riega la concurrida avenida en la que está su portal.

Mete la llave en la cerradura de casa. Miedo. Un hilo de luz al entreabrir la puerta. Terror. Le escucha trasteando en la cocina. Pavor. Se hace el silencio. Y entonces sí. El cuerpo se le paraliza. Se le seca la garganta. Tiembla. Y espera. Sólo espera.

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