miércoles, 26 de septiembre de 2018

'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey': las deliciosas cartas de Juliet Ashton


'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey' | @martatorresmol

Querida Juliet,
Querida Mary Ann Shaffer:

No sabéis cuánto desearía, ahora mismo, estar en Guernsey, con vosotras. Me imagino sentada, en esa casa que las entrañables gentes de esa islita le han prestado a Juliet, tomando té y riendo, recordando los maravillosos días de verano que hemos pasado juntas. Vosotras estabais allí, en el Canal, tratando de averiguar los grandes misterios de Guernsey. Yo aquí, en otra isla, en el Mediterráneo, sin poder despegarme de vosotras. De la correspondencia de Juliet. Ésa que tan bien armas, Mary Ann. Tengo tantas preguntas... Ya sabéis, en las cartas nunca se cuenta todo. A veces por pereza. A veces por pudor. A veces porque escasea el papel. Podría pasarme la vida leyendo sobre las gentes de Guernsey, sobre cómo sufrieron la invasión alemana de la Segunda Guerra Mundial. Sobre cómo, entre todos, trataron de sortear la vigilancia y el control de los soldados alemanes. Sobre cómo lo consiguieron, no exentos de gracia, creando la sociedad literaria del pastel de piel de patata. Una falsa sociedad literaria que, curiosamente, animó a sus integrantes a leer. Aunque sólo fuera para disimular, para que la coartada fuera creíble.

Me encantaría pasarme horas contigo, Juliet, colega de profesión, para que me contaras cómo fueron, realmente, aquellas presentaciones de su libro de columnas en las que te acusaron de enzarzarte y practicar el lanzamiento de objetos a tus lectoras más impertinentes. Pero lo que de verdad quiero es recorrer con vosotras la isla, conociendo a sus habitantes. Quiero saber si Dawsey de verdad es tan entrañable, humilde y recto (y curioso, que osó escribirte cuando se dio cuenta de que su ejemplar de Charles Lamb había sido, con anterioridad, tuyo) como parece en sus amables cartas, ésas que te sirvieron, Juliet, para intuir que en Guernsey, con sus niños enviados a Inglaterra y su ocupación nazi y su sociedad literaria y sus vecinos tan peculiares y simples a la vez, estaba todo el material que necesitabas para tu nueva novela. Bueno, tu primera novela, en realidad, ya que el libro por el que te hiciste famosa y con el que recorriste el país, 'Izzy Bickerstaff se va a la guerra', era un compendio de aquellos supuestamente frívolos artículos que escribías en la prensa. Ojalá pudieras explicarme los detalles de las citas con Markham Reynolds. A pesar de la educación y los millones tengo la sensación de que era muchísimo más capullo de lo que te atreviste a confesar en tus cartas al buenazo de Sidney (¿puede haber un editor que te adore más que él?) y a su hermana y buenísima amiga tuya Sophie.

Quiero llegar a Guernsey como vosotras, sintiendo que esa isla me acoge y sabiendo que buena parte de ella está esperándome. Adivinando desde el ferry quién sois cada una de vosotras. Juliet, entusiasta, con unos ojos enormes con ganas de captarlo todo, una sonrisa tan dulce como irónica, incapaz de quedarse quieta, lista como un pecado y parlanchina. Mary Ann, sonriente, calmada, de mirada afilada y gesto bromista. No me importa conocer ya el secreto de Elisabeth, ése que os tuvo a las dos enredadas páginas y páginas. Quién era, qué fue de ella, quién era el padre de la pequeña Kit, que ahora se ha pegado a tus faldas, Juliet, porque la llenas de cariño y, sobre todo, de alegría por la vida. Ni el misterio del manuscrito ¡vaya descubrimiento!, no me extraña que corriera tanto peligro. Hablando de manuscritos, Mary Ann... ¿Me explicarás el truco? ¿Me confesarás, entre té y té y paseo y paseo, cómo lo hiciste? ¿Cómo conseguiste a Juliet, Sidney, Dawsey, Eben, Clara, Amelia... Incluso a la insufrible Adelaide? ¿Cómo montaste esta historia tan delicada, divertida, íntima, graciosa, emocionante, tierna, cruda, chispeante, única y maravillosa?

Un abrazo muy fuerte a cada una de vosotras.
(Y un puñado para la gente de Guernsey).

 Dorothy

P.D.: Escribís unas notitas encantadoras (vosotras ya me entendéis).


"Querido Sidney:
Susan Scott es maravillosa. Hemos vendido más de cuarenta ejemplares del libro, lo cual me resulta muy grato, pero mucho más emocionante desde mi punto de vista ha sido la comida. Susan se las arregló para hacerse con unos cupones de racionamiento y conseguir así azúcar glas y huevos de verdad para el merengue. Si todos sus almuerzos literarios van a alcanzar cotas tan altas, no me importaría ir de gira por todo el país. ¿Tú crees que una bonificación generosa haría que nos consiguiera mantequilla? Intentémoslo: el dinero lo puedes deducir de mis derechos de autor.
Y ahora viene la mala noticia. Me preguntaste qué tal iba mi nuevo libro. Simplemente no va, Sidney."

Título: 'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey'
Autora: Mary Ann Shaffer / Annie Barrows
Traductora: Cristina Martín Sanz
Editorial: Salamandra
Páginas: 304
Precio: 19€
Procedencia: comprado


miércoles, 19 de septiembre de 2018

'Un grupo de nobles damas': Ay, las mujeres...


'Un grupo de nobles damas', de Thomas Hardy. | @martatorresmol

La supuesta volubilidad femenina vista, analizada, comprendida, sonreída, incluso, por un grupo de hombres de mediados del siglo XIX. Así podría resumirse, en una frase, 'Un grupo de nobles damas'. Un libro de Thomas Hardy que requiere viajar hasta el siglo XIX y ponerse, como  si fuera un disfraz, una mentalidad de la época. Es necesario porque, de lo contrario, la confrontación con el autor y con esos hombres que desgranan, en una noche desapacible, historias de mujeres rebeldes, caprichosas, inseguras, enamoradizas, influenciables, cabezotas e ignorantes de lo que es mejor para ellas, con el objetivo de divertirse. Es necesario ponerse en el siglo XIX para disfrutar de la maravillosa forma de narrar de Hardy. Para no enfadarse con él. Para disfrutar de esos narradores de la reunión del Club de Naturaleza y Arqueología de Wessex, de esa noche junto a la chimenea, del resplandor de sus llamas en los cráneos barnizados y de las sombras chinescas de los fósiles de ictiosaurios e iguanadones.

Un deán rural, un médico anciano, un coronel, un caballero conocido como Chispas, un historiador, un ratón de biblioteca... Todos ellos desgranan, algunos de ellos con pudor, las historias, supuestamente reales, de diez mujeres. Mujeres que tenían las ideas muy claras. Que no estaban dispuestas a asumir, por imposición de su familia, a maridos que no querían. Como Betty, futura condesa de Wessex, que sale huyendo del carruaje para entrar en una vivienda asolada por la viruela con el único objetivo de contagiarse y espantar, así, a su marido forzado. O como la bellísima Barbara de la casa Grebe, que abraza todas las noches la estatua de mármol del hombre al que amó y que ella misma echó de su vida. O la marquesa de Stonehenge, que paga el precio de las decisiones de juventud, lo mismo que la tierna Dorothy, con dos madres y sin ninguna al mismo tiempo. Ellas y todas las demás (lady Icenway, la dama del terrateniente Petrick, lady Baxby, lady Penelope, la duquesa de Hamptonshire y la honorable Laura), actúan como quieren, como sienten y, aunque sus acciones no sean muy comprendidas por esos hombres del club, esos hombres que lo ven todo desde su perspectiva masculina del siglo XIX, que no pueden evitar cierto tono de moralina al hablar de esas mujeres que huyen, que mienten, que se hacen pasar por otras, que callan, que hablan y que no dudan en poner su vida en peligro para evitar lo que no quieren (o para conseguir lo que anhelan), vale la pena conocerlas. Porque muestran lo limitadas que estaban las mujeres hace menos de dos siglos. Y porque leer a Hardy es un placer. Hay que conocerlas a todas ellas. Desde la que salta por la ventana a la que huye de un carruaje en mitad de la nevada.

"Sucedió un invierno de hace mucho tiempo, cuando el siglo XVIII apenas había pasado de su primer tercio. Norte, sur y oeste, todas las ventanas cerradas, todas las cortinas corridas; sólo una ventana del flanco este de la planta superior estaba abierta y una muchacha de unos doce o trece años se encontraba inclinada sobre el alféizar. Bastaba verla para comprender que no se había asomado a contemplar el paisaje, pues se cubría los ojos con las manos. Se hallaba la muchacha en la última de una serie de habitaciones, a las que sólo se accedía a través de un amplio dormitorio anexo. Llegaban de esta estancia las voces de una disputa, mientras el resto de la mansión se sumía en el silencio. Para no oír aquellas voces la muchacha había salido de la cama, se había cubierto con una mano y asomado a respirar el aire de la noche".

Título: 'Un grupo de nobles damas'
Autor: Thomas Hardy
Traductora: Catalina Martínez Muñoz
Editorial: Alba
Colección: Alba Clásica
Páginas: 312
Precio: 18€
Procedencia: comprado

domingo, 9 de septiembre de 2018

'El vestido azul', la espera de Camille Claudel


'El vestido azul', Michèle Desbordes (Periférica) | @martatorresmol

Hay libros que duelen. Que te atacan, prácticamente. Van directos a tu línea de flotación. Y sólo te dejan dos opciones. Rebelarte, enfrentarte a ellos, iniciar una pelea. O rendirte. Dejar que entre el agua y abrazarlos. Acariciarlos mientras te tomas una copa de vino y confiar en que el boquete emocional no sea tan grande. 'El vestido azul', de Michèle Desbordes, es uno de esos libros. Al menos para mí. Porque esta historia, que se lee en dos tirones, uno si las obligaciones lo permiten, te mete de lleno en una de las cosas que más me han aterrado siempre, desde niña, desde que leí un relato que no debería haber leído hasta unos años más tarde: una mujer cuerda encerrada en un manicomio.

Esa mujer es Camille Claudel, amante de Rodin. Una mujer fuerte, inteligente, creativa, llena de talento, valiente, rebelde... Una mujer que no teme a sus sentimientos. Ni al que dirán. No teme, siquiera, a ese hombre mayor, ese artista consagrado, ese profesor, ese escultor cuya estela brilla tanto que apaga la suya. No teme, tampoco, a su hermano. A Paul. Al poeta, al cónsul, al cómplice de infancia que le ayudaba a llenarse las manos de barro para dar forma a su rostro, al hombre que la encarcela. Que la encierra de por vida. Que la condena a pasar treinta años de su vida en un psiquiátrico. Un lugar en el que Camille pierde la fuerza, las ganas, las ilusiones, la vida. Donde sus vestidos y sus mejillas pierden todo el color. Se difuminan. Desaparecen. Un lugar en el que la soledad se la come. En el que se aferra a su cuaderno, ése en el que anota las fechas de las escasas visitas que recibe, y a sus recuerdos. A la mujer fuerte, inteligente, creativa, llena de talento, valiente, rebelde, que fue y que ahora no encuentra, por más que la busca, ni entre los pliegues de sus vestidos desteñidos.

Lo que más duele no es que Camille no tema a su carcelero. Es que lo quiere. Adora a su hermano. Le espera. Da igual el tiempo que haya pasado. Meses. Años. No importa. Camille se va llenando de arrugas. Le cuesta caminar. Y sigue esperando. Con la fecha anunciada por carta grabada a fuego en su cabeza. Su cabeza cuerda. La cabeza de una mujer víctima de su tiempo. Y de los hombres que, supuestamente, la querían. Y eso... Eso duele. Te ataca. Va directo a tu línea de flotación. Y sólo te deja dos opciones.


"Era cuando ella lo esperaba. Era, sin duda, en los días en que ella lo esperaba cuando, habiendo recibido la carta que anunciaba su visita y, tomando una de las sillas del corredor, se instalaba fuera para esperarlo, arrastraba la silla por la hierba junto a la escalera de entrada y se sentaba a la sombra de los robles, y un poco de sol atravesaba las ramas, jugando sobre la grava y el boj, las flores a los pies del árbol. Él la encontraba allí cuando llegaba, sentada en aquella silla delante del pabellón, inmóvil y con las manos cruzadas sobre el regazo, con aquellos vestidos grises o marrones, siempre los mismos, y aquel sombrero con el que se la ve en las fotos, del mismo color indefinible, y que en los primeros años le enviaba su madre, asegurándole que le haría falta (...)".

Título: 'El vestido azul'
Autora: Michèle Desbordes
Traductor: David M. Copé
Editorial: Periférica
Páginas: 152
Precio: 16€
Procedencia: préstamo Marian

domingo, 2 de septiembre de 2018

'Las tres hijas de madame Liang'


'Las tres hijas de madame Liang', Pearl S. Buck | @martatorresmol

Tres líneas. Cuatro, quizás. Cinco, a lo sumo. Es lo que necesita Pearl S. Buck para que quieras saber más sobre madame Liang. Para que quieras, en realidad, saberlo todo. De dónde viene. Cómo ha llegado a ser la mujer independiente y fuerte que intuyes en esos pocos caracteres. Y a dónde va su historia. Sobre todo a dónde va su historia. Porque algo en ese silencio de la medianoche de Shangai que envuelve a la protagonista de 'Las tres hijas de madame Liang', en su casa que es también un restaurante de lujo, acabando de hacer las cuentas del día, en una época (la Revolución Cultural, uno de los momentos más convulsos del régimen comunista de Mao) que sabemos complicada, nos dice que las páginas que están por venir no serán fáciles.

La prolífica escritora nos mete de lleno, con sus descripciones, en ese ambiente raro que rodea a la señora Liang. Su situación es una excepción. Su restaurante no debería existir. A él llegan productos que la sociedad china no puede, siquiera, soñar. Su Shangai es un Shangai atípico, escondido, de contrabando. Ella representa todo lo que el pueblo chino, en la época, no podía ser. Pero existe porque a muchos de los que están arriba les cuesta renunciar al buen comer, al buen beber, al lujo, a cierta libertad, incluso. Y ahí está ella, consciente de que está en la cuerda floja. Sabedora de que, en cualquier momento, quienes le permiten casi todo pueden darse la vuelta y quitárselo todo. Los privilegios. Su medio de subsistencia. Su vida.

Por eso, cuando sus hijas (Grace, Joy y Mercy), a las que ya se preocupó, hace ya años, de sacar de una China que estaba cambiando, que cerraba cada vez más el cerco de libertad, su alegría traza una oscura y larga sombra. Como madre quiere verlas, desea que estén  junto a ella, ver crecer a sus futuros nietos, malcriarlos. Pero como buena lectora de la realidad que vive su país, como mujer que duerme todas las noches con miedo a que los guardias rojos irrumpan en su casa en cualquier momento, como ciudadana que ha perdido ya la cuenta de los vecinos y amigos que han desaparecido, prefiere que se queden en Estados Unidos. Madame Liang necesita decirles que se queden allí, pero no puede. Tiene que tragarse las palabras. No sabe si alguien lee sus cartas. No sabe si todas llegan. Y ahí está Pearl S. Buck, convirtiendo cada página en un ejercicio de claustrofobia, gritando todo lo que madame Liang calla, haciendo que nos llevemos las manos a la cabeza, viendo venir la catástrofe. Y sin poder hacer nada.

"Era más de medianoche. Madame Liang dejó a un lado el pincel con que escribía y cerró el cuaderno de contabilidad. La casa estaba en silencio. Abajo, en el restaurante, los clientes se habían marchado, a excepción de unos cuantos que, reacios, no se irían hasta que las luces vacilaran y se apagaran. Se levantó de la silla de ébano tallada, a juego con el enorme escritorio chino que en un tiempo perteneciera a su padre en su distante provincia natal donde pasó su infancia, y se acercó a la ventana. Las cortinas de raso rojo, hasta el suelo, estaban corridas y no las descorrió. Aunque estaba segura en su privilegiada posición de dueña del más elegante restaurante del moderno Shanghai, no hubiera sido prudente, no obstante, el que su silueta se destacara al contraluz."

Título: 'Las tres hijas de madame Liang'
Autora: Pearl S. Buck
Traductora: María del Carmen Azpiazu
Editorial: Luis de Caralt para Círculo de Lectores
Páginas: 256
Precio: 2€
Procedencia: mercadillo solidario

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