domingo, 1 de julio de 2018

Somos niños de isla


@martatorresmol

Somos niños de isla. Es la respuesta. La única. Cualquier niño de isla lo sabría. Aunque ningún niño de isla haría una pregunta que necesitara esa respuesta. Estamos desnudos. La piel directamente sobre la arena. Sintiendo el calor que emana de la tierra. Apenas nos separan unos centímetros. Yo abrazo mis rodillas, los ojos cerrados, la cara vuelva al sol de mediodía. Pendiente sólo de los crujidos apenas perceptibles del agua evaporándose sobre mi cuerpo, dejando una costra de sal. Él está recostado, las largas piernas estiradas sobre la arena, la cara vuelta al sol del mediodía. Las gotas resbalan por su pelo, crean una mancha oscura a la sombra de su espalda. No debíamos estar aquí. Ni mojados. Ni desnudos. Volvíamos en coche. Cansados, sudados, llenos de polvo, algo acelerados. Conducía él. Siempre conducen ellos (o ellas). Así nosotros podemos avanzar. Pensar. Repasar notas. Escribir. El mar (la Mar) apareció por la ventana. En una isla es raro el día en que el mar no asoma por algún rincón. Quizás respiré algo más profundo de lo normal. Quizás cerré los ojos. Supongo que entendió. Giró por el primer camino. Uno de esos en los que los niños de isla apagamos la radio para escuchar el trino de los pájaros, el ulular de las lechuzas o, como éste y todos los mediodías, el cantar de las cigarras. No hizo falta decir nada. Aparcó a la sombra de unas sabinas y bajamos del coche. Al poner el primer pie en la arena corrimos hacia la orilla, quitándonos la ropa, riéndonos. Entramos al mar como cuando éramos pequeños, salpicándonos, fingiendo que no queríamos que el agua levantada por el otro nos rozara siquiera, gritándonos, abalanzándonos sobre las inexistentes olas, desesperados, mirándonos con los ojos abiertos bajo el mar, escupiendo carcajadas submarinas, columnas de burbujas, al vernos con los carrillos inflados, tratando de aguantar más que el otro sin respirar, sin salir a la superficie... Y ahora estamos aquí. Desnudos. Mi cadera y la suya separadas por apenas unos centímetros. Sabiendo que cualquiera que nos vea no entenderá. Pensará mal. Verá lo que no es. No sabrá que somos dos niños de isla. De ésos a los que sus madres les compraban un único bañador cada mes de mayo, sólo uno, porque sabían que en octubre seguiría nuevo. De ésos que sólo lo usaban para ir de casa a la playa. De ésos que se despojaban de él nada más tocar la arena. De ésos que jugaban desnudos sin ser conscientes de que lo estaban. De ésos que se criaron asilvestrados y que crecieron convencidos de que la desnudez nada tenía que ver con la ropa. Somos niños de isla. Ésa es la respuesta. La única. Aún somos niños de isla.

10 comentarios:

  1. ¿Ese sitio existe? Lo has contado tan bien que ahora creo que me sabe la piel a sal, me encanta eso y siempre me pedía la última para ir a la ducha después de la playa, porque soy niña de costa. Aunque no es tan intenso como ser niño de isla sí es diferente a ser niño que no tiene mar, siempre dije que cuando estaba en lugares de interior lo notaba y siempre me miraron con cara de tú lees demasiado y ves demasiadas películas, menuda imaginación.
    Qué más da que no te entiendan, pobres.
    Besos Dorothy Vicent.

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    1. Norah, ese sitio existe. Aquí, por suerte, estoy rodeada de ese sitio. Pero el sitio no es nada sin las sensaciones, sin mirar adentro y atrás. Entiendo lo de la ducha, pocas cosas me llevan más a ese sitio que las siestas (de leer, no de dormir) crujiente de sal. Nunca se lee demasiado. Y eso... Eso es una de esas cosas que a los niños sin mar les cuesta entender.

      Besos, Norah (ojalá escribiera sobre el Mediterráneo tan bien como Vicent)

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  2. So que soy de tierra muy adentro de esa en la que el sol te cae a plomo sin piedad alguna. Me imagino una Isla y me siento como claustrofobico, solo pensar que salgo corriendo enseguida me daré de bruces con esa cantidad enorme de agua. Imposible escapar.

    Que pensamientos....

    Me encantan los tuyos.

    Un abrazo.

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    1. Curioso... Yo siento claustrofobia tierra adentro. El mar (la Mar) nunca es una barrera, es una salida, un tránsito, un camino, una vía de escape...

      Somos, entre otras muchas cosas, nuestro entorno.

      Un abrazo.
      Gracias.

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  3. Pues a mi me encantaría ser "niña" de isla, por lo de niña y por lo de isla, por ambas cosas. Es un lujo vivir en las islas, rodeada de tanto mar (la Mar). Se me ponen los dientes tan largos con tus fotos de instragram...
    Besos

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    1. Marian, las islas tienen dos caras. Tienen tanto de paraíso como de prisión. Y si eres de fuera, cuando estás bien te abraza y cuando estás mal te ahoga. Son lugares extraños las islas. Yo adoro la mía y su mar, con sus defectos y sus peligros.

      Un beso.
      (Y gracias).

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  4. No me queda más remedio que envidiaros a los niños de vuestra isla. Yo, el tiempo más largo que he vivido en una isla fue un año. Pero era una isla diferente. No se veía el mar. Si caminabas lo suficiente, se veía un río. Un río ancho, anchísimo, pero para llegar al mar tenía que coger un coche o un autobús que, además, circulaban al revés, por la izquierda.
    Qué envidia me das

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    1. Sorokin, crecer en una isla como Ibiza en los años 80 y 90 fue un lujo. Ahora los niños no andan asilvestrados ni desnudos, son como los de cualquier otro lado. Aquí nuna estás a más de 15 minutos del mar. Para bien y para mal.

      Yo también me daría envidia ;)

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  5. Ay, me he imaginado junto al chico de las piernas estiradas en la arena. Besos Dorothy.

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    1. Marisa, no es mal sitio ése, te lo digo yo.

      Besines.

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