miércoles, 26 de diciembre de 2018

Mis mejores lecturas de 2018


'La guerra no tiene rostro de mujer', Svetlana Alexiévich | @martatorresmol

1 'La guerra no tiene rostro de mujer', Svetlana Alexiévich
Ella les dio voz. Hasta que ella llegó, estaban mudas. Sus historias, sus vidas, se habían quedado arrumbadas en su memoria. Algunas ni eso. Algunas, incluso, las habían olvidado. De no contarlas. De no pensar en ellas. No existían. Casi un millón de mujeres callando una época de sus vidas. Sus proezas y sus miserias. Todas ellas lucharon en la Segunda Guerra Mundial, en las filas del Ejército Rojo. Pilotaron aviones. Incluso tanques. Curaron a los heridos. Consolaron a los moribundos. Se destrozaron las manos lavando uniformes duros de sangre seca. Empuñaron armas. Dispararon a los enemigos. Muchas murieron. Otras sobrevivieron. Y callaron. Acabó la guerra, todos regresaron a sus casas, ellos contaron sus historias de la guerra y ellas... Ellas callaron.

2 'Medio sol amarillo', Chimamanda Ngozi Adichie
De mayor quiero ser como Chimamanda Ngozi Adichie. Yo, de mayor, quiero escribir como ella. Quiero saber convertir grandes historias en pequeñas historias. Sí, habéis leído bien. Convertir grandes historias en historias pequeñas. En historias cotidianas. Historias de verdad. De las que podrían pasar aquí al lado. Tras la puerta de delante. En las entrañas del umbral de mi felpudo. Sí, historias que pueda creer sin esfuerzo. Con personajes que pueda tocar. Historias que pudieran contarme, con sus lenguas de colores, todas y cada una de las mujeres que me rodean. Porque eso es exactamente 'Medio sol amarillo', una gran historia convertida en una historia tan pequeña, tan diminuta, tan microscópica, que te atraviesa la piel sin que te des cuenta.


'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey' | @martatorresmol

3 'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey', Mary Ann Shaffer y Annie Barrows
Querida Juliet,
Querida Mary Ann Shaffer:

No sabéis cuánto desearía, ahora mismo, estar en Guernsey, con vosotras. Me imagino sentada, en esa casa que las entrañables gentes de esa islita le han prestado a Juliet, tomando té y riendo, recordando los maravillosos días de verano que hemos pasado juntas. Vosotras estabais allí, en el Canal, tratando de averiguar los grandes misterios de Guernsey. Yo aquí, en otra isla, en el Mediterráneo, sin poder despegarme de vosotras. De la correspondencia de Juliet. Ésa que tan bien armas, Mary Ann. Tengo tantas preguntas... Ya sabéis, en las cartas nunca se cuenta todo. A veces por pereza. A veces por pudor. A veces porque escasea el papel. Podría pasarme la vida leyendo sobre las gentes de Guernsey, sobre cómo sufrieron la invasión alemana de la Segunda Guerra Mundial. Sobre cómo, entre todos, trataron de sortear la vigilancia y el control de los soldados alemanes...

4 'Pequeños fuegos por todas partes', Celeste Ng
En todas las familias arden fuegos. Sólo que a veces no los vemos. O fingimos que no existen, confiando en que se aburran y se apaguen. A veces son auténticos incendios que se sofocan con la misma celeridad que prendieron. A veces, incluso, están apagados y encendidos al mismo tiempo, dependiendo de la habitación desde la que se contemplen. Y otras... Otras son el fuego de Schrödinger. En todas las familias arden fuegos. Así debe ser. Debe haber llamas. Y humo. A ratos. Porque si no, alguien, desesperado, acaba por encenderlos. De verdad. Quemándolo todo. Tierra quemada. Y que todo brote de nuevo. Como hace Izzy, la pequeña y rara de los Richardson, en ese principio que es final en 'Pequeños fuegos por todas partes', la segunda novela de Celeste Ng. Una historia en la que la escritora vuelve a colarse en la cocina (física y metafórica) de una feliz familia estadounidense. O dos. Cuatro, ahora que lo pienso. Toda una comunidad, en realidad.


'Memorias de Adriano', Marguerite Yourcenar | @martatorresmol

5 'Memorias de Adriano', Marguerite Yourcenar
Despacio. Lento. Pausado. Es el ritmo que pide 'Memorias de Adriano', de Marguerite Yourcenar. La tentación, tras ese primer encuentro con el emperador, tumbado en la cama, al lado del médico, siendo consciente de que la vida se le apaga, es devorarlo. Adentrarse en esa larga, larguísima, carta dirigida a Marco Aurelio, al que adoptó como nieto, en la que desgrana sus memorias y no parar, ni para dormir ni para respirar, hasta arrumbar hacia Bayas con él, para acompañarlo, junto al mar, en sus últimos estertores. Pero la historia de este emperador nacido en Itálica, amante del mundo heleno, que busca la paz pero no la idolatra, que fue el primero en instalarse pacíficamente en Bretaña, que sólo luce la toga en Roma, requiere tiempo. Para degustarla. Para asimilarla. Para imaginar esas campañas romanas por media Europa hasta el más pequeño detalle. Para perderse en las reflexiones del emperador. Para volver atrás y releer algunas de las frases de Yourcenar. Por lo que dicen. Y por bellas. Porque si algo desbordan estas falsas memorias es la belleza.

De lleno en un puerto del Cantábrico. Con las gaviotas graznando. Ronroneos de motor. Boniteros en el horizonte. Sensación de tormenta cercana. Olor a algas pudriéndose. Y el jaleo de marineros y pescadores a punto de enrolar. Quién sabe para cuántos días. Quién sabe si volverán. Ahí te planta Ignacio Aldecoa en las primeras páginas de 'Gran Sol'. Te mete de lleno en un ambiente que roza la fiesta. Roza el drama. Roza el nerviosismo. Roza la bronca. Un instante que lo roza todo y que, al mismo tiempo, parece no tocar nada. Un instante decisivo camuflado por la cotidianeidad. Si no fuera por ese vestido (conversaciones con las mujeres, vinos en la taberna, frías despedidas...) seguramente ninguno de los protagonistas embarcarían en el 'Aril', rumbo a Gran Sol, junto al barco hermano, el 'Uro', a pescar, a dejarse la salud. Quién sabe si también la vida.


'El vestido azul', Michèle Desbordes | @martatorresmol

Hay libros que duelen. Que te atacan, prácticamente. Van directos a tu línea de flotación. Y sólo te dejan dos opciones. Rebelarte, enfrentarte a ellos, iniciar una pelea. O rendirte. Dejar que entre el agua y abrazarlos. Acariciarlos mientras te tomas una copa de vino y confiar en que el boquete emocional no sea tan grande. 'El vestido azul', de Michèle Desbordes, es uno de esos libros. Al menos para mí. Porque esta historia, que se lee en dos tirones, uno si las obligaciones lo permiten, te mete de lleno en una de las cosas que más me han aterrado siempre, desde niña, desde que leí un relato que no debería haber leído hasta unos años más tarde: una mujer cuerda encerrada en un manicomio.

¿Qué sería alguien capaz de hacer por un hijo? ¿Hasta dónde podría llegar? Son algunas de las preguntas que plantea 'La cena', de Herman Koch, una novela que he leído sin pestañear y soportando las arcadas que me provocaba página tras página. Y no por los maravillosos platos que pasan por la mesa de ese restaurante de postín sino por sus comensales. Por todos y cada uno de ellos. Por lo que piensan, por lo que hacen, por lo que esconden y, sobre todo, por cómo quieren. O creen querer. Que no es lo mismo. Porque esa primera pregunta ("¿Qué sería alguien capaz de hacer por un hijo?") es, en realidad, una trampa. Una engañifa. 


'Un grupo de nobles damas', Thomas Hardy | @martatorresmol

La supuesta volubilidad femenina vista, analizada, comprendida, sonreída, incluso, por un grupo de hombres de mediados del siglo XIX. Así podría resumirse, en una frase, 'Un grupo de nobles damas'. Un libro de Thomas Hardy que requiere viajar hasta el siglo XIX y ponerse, como  si fuera un disfraz, una mentalidad de la época. Es necesario porque, de lo contrario, la confrontación con el autor y con esos hombres que desgranan, en una noche desapacible, historias de mujeres rebeldes, caprichosas, inseguras, enamoradizas, influenciables, cabezotas e ignorantes de lo que es mejor para ellas, con el objetivo de divertirse. Es necesario ponerse en el siglo XIX para disfrutar de la maravillosa forma de narrar de Hardy. Para no enfadarse con él.

Querida Penelope... ¿qué voy a hacer contigo? De verdad que aún no lo sé. Llevo desde ayer por la noche pensando. Dándole vueltas a tu 'La librería', esa pequeña historia que escribiste pasados los 60 y en la que te dibujaste a ti, a ese pueblo en el que te refugiaste o al que huiste, y a esos vecinos que no dudaron en darte la espalda cuando les convino. He dicho "dibujaste", sí. No me he equivocado. De lo que tengo la cabeza llena, ahora mismo, es de imágenes, no de palabras o de frases, de imágenes. No me extraña que Isabel Coixet, al leerte, decidiera llevarte al cine. Es tan de cine este librito tuyo... Perdóname por lo de "librito" y por lo de "pequeña historia". A veces lo pequeño es muy grande. A veces lo grande se disfraza de pequeño. Sé que entiendes a qué me refiero. Una mujer como tú seguro que lo sabe. Es algo que compartes con la Ginzburg. Ella también me entendería. 


domingo, 16 de diciembre de 2018

Autorretrato en Esqueria, en Naxos, en Ítaca


Autorretrato en Nausícaa, Ariadna, Penélope | @martatorresmol

Ahí está Nausícaa, destejiendo a la luz de la luna. Desenredando, uno a uno, los hilos que, con la precisión de un reloj de arena, ha enlazado durante el día. No, no es Penélope. Es Nausícaa. Lo fue, al menos, en algún momento. Nació como tal. Creció como tal. Aún no sabe cuándo se convirtió en Penélope. Y empezó a tejer. Y a destejer. Por las mañanas, cuando con los dedos entumecidos se quita la ropa y deja que el sol resbale por su piel desnuda... cuando se agarra al alféizar y respira, dejando que el aire salado la penetre... entonces, por un instante, siente el eco de aquella princesa irónica y deslenguada que lavaba, en cueros, los vestidos de su corte... le parece oír, en la distancia, el alegre cacareo de las esclavas en el río y los gritos, emocionados, al descubrir al navegante náufrago... lejos... demasiado lejos... Hace tanto ya que teje y desteje... Siempre con el mismo hilo. Ése que huele a sangre y a sudor. Un olor cálido y espeso. Pegajoso. Mareante. Casi venenoso. A veces, a mediodía, al pasar el hilo entre sus dedos el olor a bestia sube hasta su nariz, tan intenso, que siente náuseas. Es el hilo del laberinto. El del monstruo. Y el del héroe que también fue monstruo. Es el hilo del abandono. De la cobardía. Lo único que le quedaba al despertar, sola, en Naxos. Sí, porque esta Nausícaa fue también, una vez, Ariadna en Naxos. Era lógico que la princesa del ovillo acabara transformándose en la reina que teje y desteje. Y que espera. Que resiste. Esperar es valiente. Heroico. Es una decisión. Esperar es confiar. Es vencer a la ansiedad. Aguantar sus mordiscos. Sus cantos de sirena negra. Mirar el horizonte azul todos los días sin atisbar las velas ansiadas. Cada noche, mientras hunde sus dedos en el telar, arrancando las hebras, pegajosas, húmedas, sangre y sudor, la acechan los monstruos. Ella, Nausícaa, Ariadna, Penélope, les mira a los ojos. Les escucha. Les deja hacer. Esperar, esa cobardía, eso tan fácil... Esperar es para valientes. Tejer y destejer, Nausícaa, Ariadna, Penélope, tejer y destejer es heroico.


domingo, 2 de diciembre de 2018

'No soy un monstruo'


'No soy un monstruo' | @martatorresmol

No es la primera vez que le pido perdón a un libro. Lo he hecho muchas veces. Incontables. Por haberlos perdido. Por haberlos olvidado. Por haberlos prestado. Por haberlos tenido demasiado tiempo esperando. Por no haberlos protegido. De la lluvia. De la arena. De mis manos tiznadas de tinta a primera hora de la mañana. De las minúsculas inmundicias de mis bolsos y capazos. Pedirle perdón a un libro no es algo nuevo para mí. Y hoy le tengo que pedir perdón a 'No soy un monstruo'. Y, ya puesta, a Carme Chaparro. Porque no les he leído como debería. Como toca. A ciegas. Empecé a leer el libro sabiendo quién... Bueno, sabiendo quién. Punto. Cogí la novela de la biblioteca de mi madre. Y el marcapáginas que ella había utilizado estaba, justo, en la "nota del editor". Y, la curiosidad mató a la lectora, no pude evitar leer la primera frase de esa nota. Y ya está. Lo supe. Me pasé las más de 300 páginas buscando los indicios que a un lector virgen le podrían haber hecho sospechar. Por eso le pido perdón a 'No soy un monstruo'. Y a Carme Chaparro.

Un niño desaparecido en un centro comercial. Iba de la mano de su madre y, de repente, ya no estaba ahí. Así empieza la novela. Con un niño desaparecido (Kike) y con una periodista (Inés) que tiene que salir a toda velocidad de una singular investigación de campo para su segunda novela para llegar a ese centro comercial y entrar en directo en el informativo. Y con una inspectora (Ana) con carácter que lo último que quiere es tener que enfrentarse, otra vez, a un niño pequeño desaparecido en un centro comercial. Angustia. Desde la primera hasta la última página. Sobre todo cuando eres de los que sufres especialmente con los niños. Y en esta novela hay tres niños que sufren. Y tres madres que sufren. Cuatro, si contamos a la mujer del bolso (Lucía), esa madre que, en un monólogo hipnótico, explica en una reunión de anónimos, la durísima decisión que tuvo que tomar una noche de lluvia. Supongo, si no lees por error la nota del editor, que 'No soy un monstruo' es de esas novelas en las que vas buscando al malo, al monstruo, que se puede esconder en la piel de cualquiera. De quien menos esperas. O de quien más. Es imposible no meterse en la de Ana, no entenderla, no compartir su desesperación al no hallar, a pesar de las pruebas, ese clic que indica que la última pieza de ese puzle de desaparecidos y muertos (los hay) encaja perfectamente en esas últimas páginas trepidantes, de las que no te puedes despegar. Espero, de hecho, encontrar a Ana en otra novela. La inspectora me ha sabido a poco. Igual que Joan, el informático.

"Hoy iba a intentarlo otra vez.
No servía cualquier niño.
Tenía que escoger muy bien. Si no, tantos meses de espera, tanto trabajo y tanto darle vueltas al plan en la cabeza no valdrían de nada.
Ni lo que vendría después, claro. El éxito o el fracaso de todo dependía del niño que escogiera esa tarde.
Por eso no servía cualquiera.
Así que era necesario fijarse bien. Estaba en el momento clave del plan maestro y no podía fallar. Ahora no."

Título: 'No soy un monstruo'
Autora: Carme Chaparro
Editorial: Espasa
Páginas: 332
Precio: 19,90€
Procedencia: biblioteca mamá

lunes, 19 de noviembre de 2018

Pongan un librero en su vida


@martatorresmol

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Hay algo romántico en levantar, cada mañana, la persiana de una librería. Es un gesto valiente. Utópico. Heroico. Tierno. Legendario. Casi místico y mítico. Épico, incluso. La cotidianeidad de un librero tiene algo de romántico y mucho de lucha contra gigantes que nunca fueron molinos. De bregar con cíclopes incapaces de ver qué hay más allá del ganado y buscar tesoros de papel en todo tipo de islas. Un librero sabe que un sombrero puede ser, en realidad, una boa devorando un elefante y que hay mujeres que prefieren oír a su perro ladrarle a un grajo que a un hombre jurarles que las adora. Entiende que el monstruo no es la bestia hecha de pedazos de cadáveres sino su creador, que las ballenas blancas, los leviatanes, únicamente existen porque hay capitanes que las persiguen y que ¡El horror! ¡El horror! puede aguardar en cualquier rincón, no sólo al final del río Congo. Un librero conoce el misterio de los cuadros que envejecen detrás de un biombo y guarda, con celo, el secreto de todas las Sherezades del mundo. De la misma forma que todo lector que lo fue de niño tiene alma de Bastian Baltasar Bux, todo librero guarda en su interior un señor Koreander. Es una verdad mundialmente reconocida que cualquier persona, poseedora de una pequeña fortuna, necesita una librería. Pongan un librero en su vida.


jueves, 15 de noviembre de 2018

El primer librero de mi vida


@martatorresmol

Nunca supe cómo se llamaba el primer librero de mi vida. Sólo sé que era un señor muy serio, con gafas de las que parecen hechas para mirar por encima de los cristales mientras juegan a resbalarse por el caballete de la nariz. Era mayor. Muy mayor. Eso le pareció a mi yo de ocho años. Aquel señor de edad venerable podría haber rondado, desde la perspectiva que dan los años, los cuarenta. Nunca lo sabré.  Sólo sé que su librería estaba en Segovia. En el centro. Cerca del acueducto. En alguna de las calles que se perdían a mano derecha, acercándose al Alcázar. Sé, también, que abría los sábados por la tarde. Una rareza en aquellos tiempos en los que la gente, el comercio, descansaba los fines de semana. Días casi sagrados. El sábado antes de comer las persianas caían a plomo sobre sus candados, con la fuerza de una promesa, y no volvían a levantarse, perezosas, hasta el lunes. Días en los que sólo se podía comprar el pan. Y porque las panaderías hacían el agosto con la gula dominical. Y la prensa en aquellos quioscos que, como mucho, descansaban los lunes. Pero aquel señor serio tenía abierto aquel sábado por la tarde. Hacía frío. O eso me parecía a mí, niña del Mediterráneo. No tanto como en León, donde por primera vez sentí cómo mi nariz se arrugaba despacio, congelada. En el hotel nos habían dicho que, si había una librería abierta en todo Segovia, sería la suya. Y allí estaba.

Recuerdo, borrosa, una luz tímida. Unas pequeñas estanterías pobladas de libros de bolsillo, con sus portadas descoloridas, flanqueando una puerta estrecha. Y abierta. A pesar del helor de aquella calle umbría. Unos volúmenes gordos, pesados, la sostenían. Dentro olía a papel. A ese papel viejo que amarillea en las puntas y que ahora conozco tan bien. Mezclado con piel antigua. Cuero reseco. Un olor que en ese momento era nuevo. Un descubrimiento. Las paredes, que entonces me parecían gigantescas, estaban forradas de libros. Ni un espacio vacío. Volúmenes amontonados en el suelo. En varias mesas. Junto a la caja registradora. Detrás del mostrador. En las escaleras que se perdían en un primer piso al que nunca subí. Y ahí estaba él. Mirando curioso a aquellos extraños que un sábado por la tarde se habían aventurado en sus dominios. Por mi culpa.

Había acabado mi libro de cuentos. Ése que me había acompañado en el barco. En cada noche de hotel. En cientos de kilómetros mesetarios. Había acabado mi libro de cuentos y necesitaba otro. No quería otro. No deseaba otro. No. Ne-ce-si-ta-ba otro. Cómo me pondría de pesada para que mis padres preguntaran en el hotel dónde podían encontrar una librería abierta. Pero aquella cueva no se parecía en nada a las librerías que yo conocía. El quiosco del paseo, donde los cuentos troquelados, cruzados con una goma para que el viento no se los llevara, se exponían junto a las revistas, los diarios, el tabaco y las chucherías. O la librería del barrio. Aquella en la que mientras esperabas a que tu madre pagara te divertías jugando entre los cientos de disfraces y complementos que abarrotaban el espacio.

No. Aquella cueva era diferente. Impresionaba. Sabía que aquel umbral había que cruzarlo como el de una iglesia. En silencio. Con respeto. Allí no valía correr entre las estanterías. Ni esconderse debajo de las mesas. Ni sentarse en el escalón de la entrada. El capricho era mío. Eso me recordaba el billete de cien pesetas que llevaba en el bolsillo del abrigo. Yo debía preguntar. Yo debía pedir. Yo debía pagar. A aquel señor tan serio que miraba por encima del cristal de sus gafas. Recuerdo que le pedí un libro de cuentos. Tan flojito, que acercó su nariz de tobogán a mi cara asustada para que repitiera. Y entonces se perdió.

Desapareció, despacio, entre unos expositores de fotos y postales para aparecer, lo que me pareció una eternidad después, a mi espalda. Llevaba un libro en las manos. Gordo. Usado. De papel ocre y esquinas gastadas. "Enid Blyton", leí. En la portada, una niña durmiendo, un caballo con alas, una estrella de mar, una sirena... Era precioso... Lo cogí. Y le di mi billete al señor, que lo miró. Recuerdo el nudo en el estómago al pensar que igual aquellas cien pesetas, un millón para mí, no bastaban para pagar aquel libro. Aunque estuviera usado. Me devolvió el billete. Y me obligó a preguntarle el precio que no era, ni de lejos, cien pesetas. Volví a darle el billete. Volvió a devolvérmelo. Cascarrabias, me dijo que tenía que intentar pagar menos. Que los libros viejos se enfadan cuando creen que no los quieren y que siempre había que pelear, aunque fuera un poco, por ellos. Aquel libro, con su caballo con alas, su estrella de mar y su sirena, me acompañó en cada cama de hotel. En las noches en casa de la tita Piedad. En cientos de kilómetros mesetarios. En el barco de regreso. Aquel librero serio, de gafas a media nariz, y aquella librería oscura, la primera de mi vida, siguen, en el fondo, conmigo. Cada vez que cruzo el umbral de los únicos templos que reconozco. Cada vez que miro a un librero a los ojos. Aunque no lleve gafas.

domingo, 11 de noviembre de 2018

'Pequeños fuegos por todas partes' (y en todas las familias)


'Pequeños fuegos por todas partes', Celeste Ng | @martatorresmol

En todas las familias arden fuegos. Sólo que a veces no los vemos. O fingimos que no existen, confiando en que se aburran y se apaguen. A veces son auténticos incendios que se sofocan con la misma celeridad que prendieron. A veces, incluso, están apagados y encendidos al mismo tiempo, dependiendo de la habitación desde la que se contemplen. Y otras... Otras son el fuego de Schrödinger. En todas las familias arden fuegos. Así debe ser. Debe haber llamas. Y humo. A ratos. Porque si no, alguien, desesperado, acaba por encenderlos. De verdad. Quemándolo todo. Tierra quemada. Y que todo brote de nuevo. Como hace Izzy, la pequeña y rara de los Richardson, en ese principio que es final en 'Pequeños fuegos por todas partes', la segunda novela de Celeste Ng. Una historia en la que la escritora vuelve a colarse en la cocina (física y metafórica) de una feliz familia estadounidense. O dos. Cuatro, ahora que lo pienso. Toda una comunidad, en realidad.

Esa comunidad es Shaker Heights, un lugar tan perfecto, tan cuadriculado, tan correcto... Que visto desde fuera da algo de miedo. Sólo los cuadriculados, los perfectos, los correctos... Pueden encajar. Y Pearl y su madre Mia, las protagonistas, no lo son. Mia es fotógrafa, artista, y lleva desde que nació Pearl cambiando de lugar de residencia cada vez que finaliza un proyecto. Así que la estampa de ambas montando muebles de mercadillo y rescatados de la basura para establecerse en una de las casitas de alquiler de los Richardson, toda una institución en la zona, no deja indiferente al vecindario. Un lugar en el que, por primera vez, se plantean echar raíces. Una idea que, desde el otro lado de la página, se ve claro que está condenada al fracaso. Su mesa coja, su ropa de segunda mano y su colchón en el suelo no encajan entre jardines de césped milimetrado y muebles, y familias, de diseño. Mia y Pearl son de verdad, tienen un gran secreto, pero son de verdad. Y eso, en Shaker Heights es una novedad. Algo imperdonable. Y eso es lo que nos muestra, desde las cocinas y las salas de estar, con esa facilidad suya para colarse en lo más íntimo de los hogares, Celeste Ng. Así es como vemos que en todas las familias arden fuegos. Que deben arder y apagarse. Porque si no, alguien necesitará quemarlo todo. Para volver a empezar.

"Aquel verano, en Shaker Heights, todo el mundo hablaba de ello: Isabelle, la pequeña de los Richardson, había perdido definitivamente la cabeza y había quemado la casa. En la primavera, los chismes habían girado en torno a Mirabelle McCullough -o May Ling Chow, según de qué lado estuviese uno-, y ahora por fin había algo nuevo y excitante que comentar. Aquel sábado de mayo poco después del mediodía, los clientes que empujaban los carritos de la compra en Heinen's oyeron de pronto un aullido de sirenas: los coches de bomberos se alejaban en dirección al estanque de los patos. A las doce y cuarto había cuatro aparcados desordenadamente en Parkland Drive, delante de la casa de los Richardson, cuyos seis dormitorios estaban en llamas; y hasta a un kilómetro de distancia se distinguía el humo que ascendía en un nubarrón detrás de los árboles."

Título: 'Pequeños fuegos por todas partes'
Autora: Celeste Ng
Traductor: Pablo Sauras
Editorial: Alba
Colección: Contemporánea 
Páginas: 360
Precio: 19,50€
Procedencia: comprado

jueves, 1 de noviembre de 2018

'The Primitals': ¡Uonaná Temé! (vosotros ya me entendéis)


'The Primitals'

Cantar a gritos. Y bailar. Con la música a tope. Es la única posibilidad que te deja 'The Primitals'. Sales del teatro y no hay otra. Cantas y bailas. En tu casa. En el coche. En el bar de siempre. O en otro. Cantas y bailas o revientas. Porque necesitas soltar toda la energía con la que estos cuatro pedazo de aborígenes te han bombardeado. Ni siquiera hablan. Sólo cantan. A capela. Durante más de noventa minutos que, aunque a priori parezca mentira, se hacen cortos. Cortísimos. Un suspiro. Hay un rey. Y una guerra. Y peleas. Y otro que quiere ser rey. Y un hechicero. Y enamoramientos. Pero eso... Eso es lo de menos. Da igual. Podrían hacer macramé o contar hormigas culonas y seguirían consiguiendo que te duela la mandíbula de tanto reír. Y de cantar. Y los brazos de dar palmas. Y de aplaudir. Y sí, entre carcajada y carcajada hay espacio para la emoción. Porque no todo el mundo puede pasar del rock a la ópera y no dar ni una nota en falso. Porque estos cuatro pedazo de aborígenes a los que se les escapa alguna palabra en castellano actúan de fábula. Y cantan igual de bien. Hacía mucho que no me lo pasaba tan bien en el teatro. Quizás desde 'Zenit'. O desde 'Tierra del fuego', que me dejó (y aún sigo) noqueada. Chicos: ¡Uonaná temé! O como demonios se escriba. Vosotros ya me entendéis.

lunes, 29 de octubre de 2018

'La novia gitana', el secreto de Carmen Mola


'La novia gitana', Carmen Mola. | @martatorresmol

No sé quién es Carmen Mola. No me interesa saberlo. La de libros estupendos que nos perdemos por prejuicios con los escritores y la de libros regulares o directamente infames que devoramos porque nos encanta un autor. Así que, sea quien sea Carmen Mola: ¡Chapeau! Si escribe otro libro, lo leeré. Seguramente lo leeré igual que su 'La novia gitana'. Lo compraré (o me lo comprarán) en una de esas librerías de aeropuerto saturadas de bestsellers y lo comenzaré a leer minutos después, en la cola para embarcar. O ya sentada, mientras el resto del pasaje trata de colocar sus equipajes y sus cuerpos. Es lo que tienen las vacaciones, que me atraen irremisiblemente hacia los bestsellers. Con resultados desiguales, todo hay que decirlo, que algún chasco me llevé en las últimas.

No ha sido el caso. 'La novia gitana' me tuvo enganchada a sus páginas apenas dos días. Y es precisamente por eso, para no tener que dejar de leer, por lo que busco bestsellers en vacaciones. No quiero ni pensar qué habría pasado si la hubiera comenzado y me hubiera tenido que ir a trabajar. Me habría pasado las horas pensando en Susana Macaya, esa novia gitana, preciosa, a la que asesinan de un modo atroz en su despedida de soltera, y en ese niño encerrado en un zulo con un perro muerto que no puede más que observar el baile de los gusanos que se lo comen. Dos historias que, aparentemente, no tienen nada que ver una con la otra pero que, a poca novela negra que se haya leído, ya se intuye por dónde van los tiros. Sobre todo cuando descubrimos, con horror, el modo en el que han matado a esa mujer que estaba a punto de casarse. Pero todo ello no es más que una excusa. La muerte de la novia gitana es la forma que tenemos para conocer a la inspectora Elena Blanco. Una mujer directa, aparentemente fría, que disfruta cantando temas de Mina en un karaoke y que se refugia de algo que no sabemos en litros de grapa. Elena Blanco es un imán. Una trampa. Pasada la mitad de la novela ya no quería seguir leyendo para descubrir al asesino de Susana Macaya, sólo quería seguir leyendo para conocer el secreto de la inspectora. Y es ese secreto el que te deja paralizada en las últimas páginas. Con retortijones en el estómago cada vez que lo recuerdas. Dándole vueltas cada vez que, incluso con otro libro ya entre las manos, vuelves a ese final.

Hay quien compara a Carmen Mola con Pierre Lemaitre. O con Luca d'Andrea. Lo primero lo entiendo. Sólo 'Vestido de novia' me ha dejado en los últimos años con la cabeza tan loca y tan mal cuerpo como 'La novia gitana'. Lo segundo no. La novela de Carmen Mola me parece bastante mejor que la del italiano. Al leer la última página algo me daba vueltas a la cabeza. Algo... Algo que vez pero que no llegas a poder coger. Hasta que cayó, de golpe, y se me plantó delante de los ojos. A lo que de verdad se parece ese final tan crudo e inquietante de la novela de Carmen Mola no está en ninguna novela. Está en una película. Una que cada vez que engancho en la televisión me hace apagarla, como un acto reflejo, y cuaja mis sueños con pesadillas e inquietudes. El final de 'La novia gitana' (y lo que se nos viene en la presumible segunda novela protagonizada por Elena Blanco) es gemelo, por las sensaciones que me provoca, a 'Los sin nombre', de Jaume Balagueró. Nunca una película, salvo '¿Quién puede matar a un niño?', me ha dado tanto miedo. Y, a pesar de eso, leeré esa segunda novela de Carmen Mola. Sea quien sea.

"Al principio parece un juego. Alguien ha encerrado al niño en un lugar oscuro y él tiene que intentar salir de allí por sus propios medios. Lo primero sería encontrar el interruptor de la luz, pero el niño no lo busca porque piensa que la puerta se va a abrir en cualquier momento.
La puerta no se abre.
También puede ser un concurso de resistencia, gana el que pasa más tiempo en silencio, el que no pide ayuda. El niño pega la oreja a la puerta de madera, desportillada. Oye un ruido ensordecedor, una moto que arranca y se aleja. Entonces comprende que está solo. Si empezara a gritar, notaría el eco de su voz en ese espacio lóbrego, lleno de polvo y humedad; pero está tan asustado que no le sale ni el llanto".

Título: 'La novia gitana'
Autora: Carmen Mola
Editorial: Alfaguara
Páginas: 408
Precio: 19,90€
Procedencia: regalo 

lunes, 15 de octubre de 2018

Día de las escritoras: Marguerite Duras


'El Amante', Marguerite Duras | @martatorresmol

"Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí". Fue justo ahí, en las primeras frases del tercer párrafo de 'El amante', cuando me enamoré de Marguerite Duras. Hay amores eternos. Y son de papel. No era más que una adolescente que llegaba al libro persiguiendo aquella sensualidad que la había dejado ojiplática frente a la pantalla. No sé las veces que vi la película. La pubertad es obsesiva. Seguramente era demasiado pronto para aquella historia. Una adolescente, sólo un par de años mayor que yo, seducida y rendida ante un chino alto, guapo y rico de veintiséis. La vi muchas veces. Algunas en bucle. En casa no hubo límites para ver, escuchar o sentir. Aún hoy me estremezco al recordar la escena del río. El transbordador en el Mekong. El coche. La niña del sombrero. El chino del Norte. Cuando la obsesión se estabilizó llegué al libro. Buscando más. Y no hubo marcha atrás. Me enamoré de Duras. De sus frases cortas. Directas. De un par de palabras, a veces. De su huida constante de la subordinación. De sus historias. Tan reales. Tan de verdad. De sus personajes. Perdón, de sus personas. Sobre todo de sus personas. De sus mujeres. He sido buena parte de ellas. Sólo Duras entiende a quienes tenemos la costumbre de manchar el sexo con amor o de enturbiar el amor con sexo. Ahí, en las primeras frases del tercer párrafo de 'El amante', me enamoré de Duras sin saber lo que se me venía encima. Leerla es fácil. Es como dejarse acariciar por la brisa perezosa de las tardes de verano. Pero digerirla es difícil. El libro se queda contigo. Al principio no lo notas. Pero poco a poco empieza a pesar. Brota. Le crecen ramas gruesas y retorcidas, que no te dejan respirar. Te ahogan. Y entonces lo entiendes todo. Y las ramas te dejan tranquila. Duermen, plácidas, hasta que vuelves a abrir un libro suyo. Siempre he pensado que quiero a Jane Austen porque la necesito para compensar a Marguerite Duras. Porque hay días en los que también necesito creer en los finales felices. En las Lizzy Bennet y los Fitzwilliam Darcy. Y eso, con Duras, no es posible. Es real, dura, cruda incluso. En su Odisea, Ulises jamás pisaría de nuevo Ítaca y, a pesar de eso, Penélope seguiría esperando. Ella esconde la dulzura en los rincones de las frases. Un regalo para quienes la amamos sin condiciones. Porque nos conoce. Porque nos entiende. Porque escribe personajes como nosotras.

"Podría engañarme, creer que soy hermosa como las mujeres hermosas, como las mujeres miradas, porque realmente me miran mucho. Pero sé que no es cuestión de belleza sino de otra cosa, por ejemplo, sí, de otra cosa, por ejemplo de carácter. Parezco lo que quiero parecer, incluso hermosa si es eso lo que quieren que sea...".

Título: 'El amante'
Autora: Marguerite Duras
Traductora: Ana María Moix
Editorial: Tusquets
Páginas: 152
Precio: 855 pesetas
Procedencia: comprado

domingo, 7 de octubre de 2018

'¡Melisande! ¿Qué son los sueños?': cuando alguien sueña contigo y se despierta


'¡Melisande! ¿Qué son los sueños?' | @martatorresmol

Imagina que alguien está soñando contigo. Imagina que ese alguien, de repente, se despierta. Él te pierde. Y tú le pierdes.Y no queda más remedio que confiar en que, en algún momento, esa persona vuelva a soñar contigo. Para reencontraros. Para saber realmente qué erais. Qué sois. O qué seréis. Y así, esperando, está Hoo, el protagonista de '¡Melisande! ¿Qué son los sueños?', de Hillel Halkin. Y mientras espera, Hoo escribe una carta a Mellie, la mujer que se despertó mientras soñaba con él. Una carta que se descontrola, que cobra vida propia, que se extiende. La carta de una vida. De dos. Una carta que no tiene formato de carta. Que se esconde. Que juega a disfrazarse de novela. Que juega con el lector. Hasta que cae rendida. El disfraz se resbala. Y entonces lo vemos. Vemos la carne de esa larga carta de amor.

Hoo viaja hasta el principio. Hasta los años 50. Hasta el momento en el que él, Ricky y Mellie, adolescentes, se conocen en la revista del instituto. Al momento que marcó sus vidas y en el que comenzaron una amistad que, entonces, no sabían dónde les llevaría. El tres es un número caprichoso. Difícil. Para la amistad. Y para el amor. Pero eso, en ese momento, en el Nueva York de los años 50, aún no lo saben. Aún no saben que se separarán, que se enfadarán, que se enamorarán, que se pelearán, que fingirán haberse olvidado, que se harán daño. Y por todo eso pasa esta carta que se cree novela. Por décadas de amistad. Y de amor. Y de cambios sociales. El macarthismo. Los abortos clandestinos. La guerra de Vietnam. A veces es dura. Otras cruel. Tierna. Apasionada. Divertida. Irónica. Cínica, incluso. Poética. Pero sobre todo es hipnótica. Es una ventana abierta por la que no quieres dejar de mirar. Aunque a veces los visillos entelen la vista. 

"Aquel verano mis padres se fueron de viaje a Europa. Los vi zarpar en el Queen Elizabeth. Tenía el apartamento todo para mí. Solía despertarme y quedarme tumbado en la cama viendo cómo los rayos del sol se filtraban a través de las venecianas. Me vestía y, al salir, me topaba con un gran golpe de luz y calor y desayunaba buñuelos o un brioche con pasas y café en una pequeña cafetería mientras leía el periódico, sintiéndome como un turista en una ciudad extranjera que hubiera visitado tantas veces que ya no necesitara ir a ninguna parte. Fue un verano dedicado a no hacer nada mientras esperábamos a hacer de todo, cosa que ocurriría en esos misteriosos lugares llamados Amherst y Swarthmore y Oberlin y Bard a los que iríamos en otoño".

Título: '¡Melisande! ¿Qué son los sueños?
Autor: Hillel Halkin
Traductora: Vanesa Casanova
Editorial: Libros del Asteroide
Páginas: 264
Precio: 18,95€
Procedencia: comprado


miércoles, 26 de septiembre de 2018

'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey': las deliciosas cartas de Juliet Ashton


'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey' | @martatorresmol

Querida Juliet,
Querida Mary Ann Shaffer:

No sabéis cuánto desearía, ahora mismo, estar en Guernsey, con vosotras. Me imagino sentada, en esa casa que las entrañables gentes de esa islita le han prestado a Juliet, tomando té y riendo, recordando los maravillosos días de verano que hemos pasado juntas. Vosotras estabais allí, en el Canal, tratando de averiguar los grandes misterios de Guernsey. Yo aquí, en otra isla, en el Mediterráneo, sin poder despegarme de vosotras. De la correspondencia de Juliet. Ésa que tan bien armas, Mary Ann. Tengo tantas preguntas... Ya sabéis, en las cartas nunca se cuenta todo. A veces por pereza. A veces por pudor. A veces porque escasea el papel. Podría pasarme la vida leyendo sobre las gentes de Guernsey, sobre cómo sufrieron la invasión alemana de la Segunda Guerra Mundial. Sobre cómo, entre todos, trataron de sortear la vigilancia y el control de los soldados alemanes. Sobre cómo lo consiguieron, no exentos de gracia, creando la sociedad literaria del pastel de piel de patata. Una falsa sociedad literaria que, curiosamente, animó a sus integrantes a leer. Aunque sólo fuera para disimular, para que la coartada fuera creíble.

Me encantaría pasarme horas contigo, Juliet, colega de profesión, para que me contaras cómo fueron, realmente, aquellas presentaciones de su libro de columnas en las que te acusaron de enzarzarte y practicar el lanzamiento de objetos a tus lectoras más impertinentes. Pero lo que de verdad quiero es recorrer con vosotras la isla, conociendo a sus habitantes. Quiero saber si Dawsey de verdad es tan entrañable, humilde y recto (y curioso, que osó escribirte cuando se dio cuenta de que su ejemplar de Charles Lamb había sido, con anterioridad, tuyo) como parece en sus amables cartas, ésas que te sirvieron, Juliet, para intuir que en Guernsey, con sus niños enviados a Inglaterra y su ocupación nazi y su sociedad literaria y sus vecinos tan peculiares y simples a la vez, estaba todo el material que necesitabas para tu nueva novela. Bueno, tu primera novela, en realidad, ya que el libro por el que te hiciste famosa y con el que recorriste el país, 'Izzy Bickerstaff se va a la guerra', era un compendio de aquellos supuestamente frívolos artículos que escribías en la prensa. Ojalá pudieras explicarme los detalles de las citas con Markham Reynolds. A pesar de la educación y los millones tengo la sensación de que era muchísimo más capullo de lo que te atreviste a confesar en tus cartas al buenazo de Sidney (¿puede haber un editor que te adore más que él?) y a su hermana y buenísima amiga tuya Sophie.

Quiero llegar a Guernsey como vosotras, sintiendo que esa isla me acoge y sabiendo que buena parte de ella está esperándome. Adivinando desde el ferry quién sois cada una de vosotras. Juliet, entusiasta, con unos ojos enormes con ganas de captarlo todo, una sonrisa tan dulce como irónica, incapaz de quedarse quieta, lista como un pecado y parlanchina. Mary Ann, sonriente, calmada, de mirada afilada y gesto bromista. No me importa conocer ya el secreto de Elisabeth, ése que os tuvo a las dos enredadas páginas y páginas. Quién era, qué fue de ella, quién era el padre de la pequeña Kit, que ahora se ha pegado a tus faldas, Juliet, porque la llenas de cariño y, sobre todo, de alegría por la vida. Ni el misterio del manuscrito ¡vaya descubrimiento!, no me extraña que corriera tanto peligro. Hablando de manuscritos, Mary Ann... ¿Me explicarás el truco? ¿Me confesarás, entre té y té y paseo y paseo, cómo lo hiciste? ¿Cómo conseguiste a Juliet, Sidney, Dawsey, Eben, Clara, Amelia... Incluso a la insufrible Adelaide? ¿Cómo montaste esta historia tan delicada, divertida, íntima, graciosa, emocionante, tierna, cruda, chispeante, única y maravillosa?

Un abrazo muy fuerte a cada una de vosotras.
(Y un puñado para la gente de Guernsey).

 Dorothy

P.D.: Escribís unas notitas encantadoras (vosotras ya me entendéis).


"Querido Sidney:
Susan Scott es maravillosa. Hemos vendido más de cuarenta ejemplares del libro, lo cual me resulta muy grato, pero mucho más emocionante desde mi punto de vista ha sido la comida. Susan se las arregló para hacerse con unos cupones de racionamiento y conseguir así azúcar glas y huevos de verdad para el merengue. Si todos sus almuerzos literarios van a alcanzar cotas tan altas, no me importaría ir de gira por todo el país. ¿Tú crees que una bonificación generosa haría que nos consiguiera mantequilla? Intentémoslo: el dinero lo puedes deducir de mis derechos de autor.
Y ahora viene la mala noticia. Me preguntaste qué tal iba mi nuevo libro. Simplemente no va, Sidney."

Título: 'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey'
Autora: Mary Ann Shaffer / Annie Barrows
Traductora: Cristina Martín Sanz
Editorial: Salamandra
Páginas: 304
Precio: 19€
Procedencia: comprado


miércoles, 19 de septiembre de 2018

'Un grupo de nobles damas': Ay, las mujeres...


'Un grupo de nobles damas', de Thomas Hardy. | @martatorresmol

La supuesta volubilidad femenina vista, analizada, comprendida, sonreída, incluso, por un grupo de hombres de mediados del siglo XIX. Así podría resumirse, en una frase, 'Un grupo de nobles damas'. Un libro de Thomas Hardy que requiere viajar hasta el siglo XIX y ponerse, como  si fuera un disfraz, una mentalidad de la época. Es necesario porque, de lo contrario, la confrontación con el autor y con esos hombres que desgranan, en una noche desapacible, historias de mujeres rebeldes, caprichosas, inseguras, enamoradizas, influenciables, cabezotas e ignorantes de lo que es mejor para ellas, con el objetivo de divertirse. Es necesario ponerse en el siglo XIX para disfrutar de la maravillosa forma de narrar de Hardy. Para no enfadarse con él. Para disfrutar de esos narradores de la reunión del Club de Naturaleza y Arqueología de Wessex, de esa noche junto a la chimenea, del resplandor de sus llamas en los cráneos barnizados y de las sombras chinescas de los fósiles de ictiosaurios e iguanadones.

Un deán rural, un médico anciano, un coronel, un caballero conocido como Chispas, un historiador, un ratón de biblioteca... Todos ellos desgranan, algunos de ellos con pudor, las historias, supuestamente reales, de diez mujeres. Mujeres que tenían las ideas muy claras. Que no estaban dispuestas a asumir, por imposición de su familia, a maridos que no querían. Como Betty, futura condesa de Wessex, que sale huyendo del carruaje para entrar en una vivienda asolada por la viruela con el único objetivo de contagiarse y espantar, así, a su marido forzado. O como la bellísima Barbara de la casa Grebe, que abraza todas las noches la estatua de mármol del hombre al que amó y que ella misma echó de su vida. O la marquesa de Stonehenge, que paga el precio de las decisiones de juventud, lo mismo que la tierna Dorothy, con dos madres y sin ninguna al mismo tiempo. Ellas y todas las demás (lady Icenway, la dama del terrateniente Petrick, lady Baxby, lady Penelope, la duquesa de Hamptonshire y la honorable Laura), actúan como quieren, como sienten y, aunque sus acciones no sean muy comprendidas por esos hombres del club, esos hombres que lo ven todo desde su perspectiva masculina del siglo XIX, que no pueden evitar cierto tono de moralina al hablar de esas mujeres que huyen, que mienten, que se hacen pasar por otras, que callan, que hablan y que no dudan en poner su vida en peligro para evitar lo que no quieren (o para conseguir lo que anhelan), vale la pena conocerlas. Porque muestran lo limitadas que estaban las mujeres hace menos de dos siglos. Y porque leer a Hardy es un placer. Hay que conocerlas a todas ellas. Desde la que salta por la ventana a la que huye de un carruaje en mitad de la nevada.

"Sucedió un invierno de hace mucho tiempo, cuando el siglo XVIII apenas había pasado de su primer tercio. Norte, sur y oeste, todas las ventanas cerradas, todas las cortinas corridas; sólo una ventana del flanco este de la planta superior estaba abierta y una muchacha de unos doce o trece años se encontraba inclinada sobre el alféizar. Bastaba verla para comprender que no se había asomado a contemplar el paisaje, pues se cubría los ojos con las manos. Se hallaba la muchacha en la última de una serie de habitaciones, a las que sólo se accedía a través de un amplio dormitorio anexo. Llegaban de esta estancia las voces de una disputa, mientras el resto de la mansión se sumía en el silencio. Para no oír aquellas voces la muchacha había salido de la cama, se había cubierto con una mano y asomado a respirar el aire de la noche".

Título: 'Un grupo de nobles damas'
Autor: Thomas Hardy
Traductora: Catalina Martínez Muñoz
Editorial: Alba
Colección: Alba Clásica
Páginas: 312
Precio: 18€
Procedencia: comprado

domingo, 9 de septiembre de 2018

'El vestido azul', la espera de Camille Claudel


'El vestido azul', Michèle Desbordes (Periférica) | @martatorresmol

Hay libros que duelen. Que te atacan, prácticamente. Van directos a tu línea de flotación. Y sólo te dejan dos opciones. Rebelarte, enfrentarte a ellos, iniciar una pelea. O rendirte. Dejar que entre el agua y abrazarlos. Acariciarlos mientras te tomas una copa de vino y confiar en que el boquete emocional no sea tan grande. 'El vestido azul', de Michèle Desbordes, es uno de esos libros. Al menos para mí. Porque esta historia, que se lee en dos tirones, uno si las obligaciones lo permiten, te mete de lleno en una de las cosas que más me han aterrado siempre, desde niña, desde que leí un relato que no debería haber leído hasta unos años más tarde: una mujer cuerda encerrada en un manicomio.

Esa mujer es Camille Claudel, amante de Rodin. Una mujer fuerte, inteligente, creativa, llena de talento, valiente, rebelde... Una mujer que no teme a sus sentimientos. Ni al que dirán. No teme, siquiera, a ese hombre mayor, ese artista consagrado, ese profesor, ese escultor cuya estela brilla tanto que apaga la suya. No teme, tampoco, a su hermano. A Paul. Al poeta, al cónsul, al cómplice de infancia que le ayudaba a llenarse las manos de barro para dar forma a su rostro, al hombre que la encarcela. Que la encierra de por vida. Que la condena a pasar treinta años de su vida en un psiquiátrico. Un lugar en el que Camille pierde la fuerza, las ganas, las ilusiones, la vida. Donde sus vestidos y sus mejillas pierden todo el color. Se difuminan. Desaparecen. Un lugar en el que la soledad se la come. En el que se aferra a su cuaderno, ése en el que anota las fechas de las escasas visitas que recibe, y a sus recuerdos. A la mujer fuerte, inteligente, creativa, llena de talento, valiente, rebelde, que fue y que ahora no encuentra, por más que la busca, ni entre los pliegues de sus vestidos desteñidos.

Lo que más duele no es que Camille no tema a su carcelero. Es que lo quiere. Adora a su hermano. Le espera. Da igual el tiempo que haya pasado. Meses. Años. No importa. Camille se va llenando de arrugas. Le cuesta caminar. Y sigue esperando. Con la fecha anunciada por carta grabada a fuego en su cabeza. Su cabeza cuerda. La cabeza de una mujer víctima de su tiempo. Y de los hombres que, supuestamente, la querían. Y eso... Eso duele. Te ataca. Va directo a tu línea de flotación. Y sólo te deja dos opciones.


"Era cuando ella lo esperaba. Era, sin duda, en los días en que ella lo esperaba cuando, habiendo recibido la carta que anunciaba su visita y, tomando una de las sillas del corredor, se instalaba fuera para esperarlo, arrastraba la silla por la hierba junto a la escalera de entrada y se sentaba a la sombra de los robles, y un poco de sol atravesaba las ramas, jugando sobre la grava y el boj, las flores a los pies del árbol. Él la encontraba allí cuando llegaba, sentada en aquella silla delante del pabellón, inmóvil y con las manos cruzadas sobre el regazo, con aquellos vestidos grises o marrones, siempre los mismos, y aquel sombrero con el que se la ve en las fotos, del mismo color indefinible, y que en los primeros años le enviaba su madre, asegurándole que le haría falta (...)".

Título: 'El vestido azul'
Autora: Michèle Desbordes
Traductor: David M. Copé
Editorial: Periférica
Páginas: 152
Precio: 16€
Procedencia: préstamo Marian

domingo, 2 de septiembre de 2018

'Las tres hijas de madame Liang'


'Las tres hijas de madame Liang', Pearl S. Buck | @martatorresmol

Tres líneas. Cuatro, quizás. Cinco, a lo sumo. Es lo que necesita Pearl S. Buck para que quieras saber más sobre madame Liang. Para que quieras, en realidad, saberlo todo. De dónde viene. Cómo ha llegado a ser la mujer independiente y fuerte que intuyes en esos pocos caracteres. Y a dónde va su historia. Sobre todo a dónde va su historia. Porque algo en ese silencio de la medianoche de Shangai que envuelve a la protagonista de 'Las tres hijas de madame Liang', en su casa que es también un restaurante de lujo, acabando de hacer las cuentas del día, en una época (la Revolución Cultural, uno de los momentos más convulsos del régimen comunista de Mao) que sabemos complicada, nos dice que las páginas que están por venir no serán fáciles.

La prolífica escritora nos mete de lleno, con sus descripciones, en ese ambiente raro que rodea a la señora Liang. Su situación es una excepción. Su restaurante no debería existir. A él llegan productos que la sociedad china no puede, siquiera, soñar. Su Shangai es un Shangai atípico, escondido, de contrabando. Ella representa todo lo que el pueblo chino, en la época, no podía ser. Pero existe porque a muchos de los que están arriba les cuesta renunciar al buen comer, al buen beber, al lujo, a cierta libertad, incluso. Y ahí está ella, consciente de que está en la cuerda floja. Sabedora de que, en cualquier momento, quienes le permiten casi todo pueden darse la vuelta y quitárselo todo. Los privilegios. Su medio de subsistencia. Su vida.

Por eso, cuando sus hijas (Grace, Joy y Mercy), a las que ya se preocupó, hace ya años, de sacar de una China que estaba cambiando, que cerraba cada vez más el cerco de libertad, su alegría traza una oscura y larga sombra. Como madre quiere verlas, desea que estén  junto a ella, ver crecer a sus futuros nietos, malcriarlos. Pero como buena lectora de la realidad que vive su país, como mujer que duerme todas las noches con miedo a que los guardias rojos irrumpan en su casa en cualquier momento, como ciudadana que ha perdido ya la cuenta de los vecinos y amigos que han desaparecido, prefiere que se queden en Estados Unidos. Madame Liang necesita decirles que se queden allí, pero no puede. Tiene que tragarse las palabras. No sabe si alguien lee sus cartas. No sabe si todas llegan. Y ahí está Pearl S. Buck, convirtiendo cada página en un ejercicio de claustrofobia, gritando todo lo que madame Liang calla, haciendo que nos llevemos las manos a la cabeza, viendo venir la catástrofe. Y sin poder hacer nada.

"Era más de medianoche. Madame Liang dejó a un lado el pincel con que escribía y cerró el cuaderno de contabilidad. La casa estaba en silencio. Abajo, en el restaurante, los clientes se habían marchado, a excepción de unos cuantos que, reacios, no se irían hasta que las luces vacilaran y se apagaran. Se levantó de la silla de ébano tallada, a juego con el enorme escritorio chino que en un tiempo perteneciera a su padre en su distante provincia natal donde pasó su infancia, y se acercó a la ventana. Las cortinas de raso rojo, hasta el suelo, estaban corridas y no las descorrió. Aunque estaba segura en su privilegiada posición de dueña del más elegante restaurante del moderno Shanghai, no hubiera sido prudente, no obstante, el que su silueta se destacara al contraluz."

Título: 'Las tres hijas de madame Liang'
Autora: Pearl S. Buck
Traductora: María del Carmen Azpiazu
Editorial: Luis de Caralt para Círculo de Lectores
Páginas: 256
Precio: 2€
Procedencia: mercadillo solidario

domingo, 26 de agosto de 2018

Quiéreme la lengua


@martatorresmol


Quiéreme la lengua.
Las dudas de mis puntos suspensivos,
los silencios de mis paréntesis,
y los de los corchetes, ya puestos.

Quiéreme la lengua.
Cuando se tropiece,
cuando te grite,
cuando balbucee,
cuando enmudezca,
cuando me la muerda,
cuando se desboque,
cuando te la saque,
cuando te rete.

Quiéreme la lengua.
La desnudez de mis espacios en blanco,
la ira retorcida de todas las exclamaciones
y de buena parte de los interrogantes.

miércoles, 22 de agosto de 2018

'Travesuras de la niña mala': la chilenita Houdini


'Travesuras de la niña mala' @martatorresmol

Vamos a quitarnos la tirita: no me ha gustado 'Travesuras de la niña mala'. Y me apena. Es el primer libro de Mario Vargas Llosa que no me ha gustado. Que no me ha gustado mucho, de hecho. No me lo esperaba. No sólo porque es un escritor con el que disfruto, sino porque encontré a ese escritor en las primeras páginas, pero se fue perdiendo por el camino. Leí la primera mitad prácticamente del tirón, deseando rascar minutos, de donde fuera, para descubrir cómo seguía la desventura de amor entre los protagonistas, Ricardo (un chico bien de la clase media del limeño barrio de Miraflores) y Lily, 'la chilenita' (una belleza adolescente recién llegada al barrio).

Ese inicio, en plena adolescencia, con el descubrimiento del amor, el sexo y la adultez... Es delicioso. Prometedor. Te hace pensar en esas historias de amor (el propio Vargas Llosa afirmó que ésta era la primera historia de amor que escribía) que empiezan o se insinúan en los albores de la juventud y que, cosas de la edad, de lo que queda aún por vivir, del destino y de los destinos de cada uno, se esfuman, aparentemente, porque, en realidad, se enquistan. Se quedan ahí, en el corazón, en la piel y en la cabeza, dispuestas a complicarnos la vida en cualquier momento. Y sí, así es. La historia de amor entre la chilenita y Ricardo es de las que se enquistan. Y se operan. Y vuelven a enquistarse. Y vuelven a operarse. Y regresa de nuevo. Y ahí, creo, está mi pero. El porqué no me ha gustado.

Después de la tercera aparición de ella. Después del tercer nombre. Del tercer fingir que ella no es ella. He salido de la historia. No es que no esté bien escrita, que lo está, es que los personajes han empezado a caerme mal. Se me han hecho pesados. He dejado de empatizar con ellos. Con su historia de amor. Porque justo en el momento en el que la chilenita, que es toda una Houdini emocional, reaparece de nuevo haciendo como que no es ella, convertida en la esposa de un ricachón aficionado a los caballos en Gran Bretaña (antes apareció como una aprendiz de revolucionaria en París, la camarada Arlette, y después como madame Arnoux, la esposa de un diplomático que la rescató de la Cuba revolucionaria) y Ricardo vuelve a caer rendido a sus pies a pesar de que ella le engaña, le miente, le trata mal, se comporta de un modo glacial (incluso en la cama), parece no importarle qué le pase o qué sienta y no tenga reparos en reconocer que sus relaciones son por mero interés económico...

Justo en ese momento me caí de la novela. La acabé. Con la vana esperanza de que en algún momento saliera de ese círculo de desaparición, inquietud, reaparición, nuevo nombre, nuevo enganche, desaparición. Pero no. Tardé casi dos semanas en acabar la historia de la pereza que me daba retomar una lectura que, hasta la página 150, me tuvo atrapada. No sólo con la historia principal, esa supuesta historia de amor que al final me acabó pareciendo una historia entre una parásito y un tonto, sino con alguna pequeña historia interna, como la de Juan Barreto. Ese amigo peruano, hippy, artista, que vive a caballo entre París e Inglaterra, libre, que vivió en la calle y que mantiene una entrañable amistad con Mrs. Stubard, una deliciosa ancianita muy, pero que muy, abierta de mente. Con ellos me quedo.

"Aquél fue un verano fabuloso. Vino Pérez Prado con su orquesta de doce profesores a animar los bailes de Carnavales del Club Terrazas de Miraflores y del Lawn Tenis de Lima, se organizó un campeonato nacional de mambo en la Plaza de Acho que fue un gran éxito pese a la amenaza del Cardenal Juan Gualberto Guevara, arzobispo de Lima, de excomulgar a todas las parejas participantes, y mi barrio, el Barrio Alegre de las calles miraflorinas de Diego Ferré, Juan Fanning y Colón, disputó unas olimpiadas de fulbito, ciclismo, atletismo y natación con el barrio de la calle San Martín, que, por supuesto, ganamos.Ocurrieron cosas extraordinarias en aquel verano de 1950."

Título: 'Travesuras de la niña mala'
Autor: Mario Vargas Llosa
Editorial: Alfaguara
Páginas: 384
Precio: 18,50€
Procedencia: biblioteca familiar



miércoles, 15 de agosto de 2018

¿Tú me completas? ¿En serio, Stradivarius?


@Martatorresmol


Marta Torres Molina | Ibiza
(Publicado originalmente en Weloversize)

A ver, Stradivarius, ni siquiera sé por dónde empezar con este mensaje de una de vuestras camisetas. Si por el horror de mantener la idea de que alguien nos completa y el daño que, históricamente, esto ha hecho a las mujeres. O por la homofobia que transpira ese mensaje dando por hecho que lo que completa a una mujer es hombre, o viceversa. Hay tantísimo terror en una sola camiseta... ¡Y sin hablar de las tallas! Eso, mejor, lo dejamos para otro día, que hoy con el mensajito ya tenemos suficiente.

Describo la camiseta en cuestión: blanca, con un mensaje en letras negras y el inglés que reza “You complete me” (“Tú me completas”) y sobre éste dos corazones rojos, uno con el símbolo masculino (la flecha) y otro con el símbolo femenino (la cruz, que no acabamos de sacudirnos de encima por más pasitos que damos).

La vi hace un tiempo y aún estoy hiperventilando. En ese mismo momento me dirigí a una de las dependientas de la tienda, en Ibiza, para preguntarle si eran conscientes del mensaje de la prenda. Respuesta: encogimiento de hombros. No encontraremos a esta dependienta en el camino para la igualdad, ya os lo advierto.

¿Por qué debe indignarnos tanto esa camiseta? Pues en primer lugar porque da por hecho que una persona no está completa si no cuenta con otra persona a su lado. Perpetúa el mito de la media naranja, ése que nos han metido a las mujeres con calzador desde que éramos niñas y que establece que ninguna persona, pero especialmente las mujeres están completas hasta que no encuentran a otra que las quiere y a la que quieran. Nadie, ni mujeres ni hombres, necesitamos a nadie para ser un todo. Ya lo somos. Y la idea de que necesitamos que nos completen es la causa de que muchas personas se aten a otras que no les convienen, que no las tratan bien, que les hacen daño. Y todo porque si no, no son personas completas. Con pareja o sin pareja todos y cada uno de nosotros somos personas completas.

Pero sigamos. Porque el mensajito se las trae. Segunda pregunta que le hice a la misma dependienta: “¿Es el único modelo de esta camiseta o hay otros?”. Ahí sí, ahí lo tuvo claro. Era modelo único. Para llenarle al Amancio de Stradivarius el pelazo que no tiene con chicles, como diría La Vecina Rubia. Porque resulta que el mensaje de esa camiseta se carga todo aquello por lo que lleva décadas luchando el colectivo LGTBI. Lo único que puede completar a una mujer (lo que me fastidia escribir esto) es un hombre. Y lo único que puede completar a un hombre (lo que me fastidia escribir esto también) es una mujer. De esta camiseta quedan fuera todas las personas no heterosexuales. Estrictamente heterosexuales. Una camiseta de Stradivarius yendo por detrás de las leyes, de los avances sociales y de la lucha por la igualdad de las mujeres y de la libertad sexual. ¡Enhorabuena!

Cantad conmigo: “Terror en el Stradivarius, 
horror en la ultrafranquicia, 
la igualdad ha desaparecido, 
y nadie sabe cómo haa sido nooooo, ooooooh”

lunes, 6 de agosto de 2018

'Los perros duros no bailan': Mina lee a Negro


'Los perros duros no bailan'  @martatorresmol

Creo que mi humana no se ha dado cuenta. No la he visto aguzar las orejas. Coco, el caniche listillo que vive detrás del campo de fútbol, dice que las personas no lo hacen, pero la mía sí. Yo la he visto. Pero esta vez no. No tendría motivo. En realidad, estas dos noches no he hecho nada diferente de lo que hago cada final del día: pegarme a ella en la cama mientras lee. Es uno de nuestros momentos del día, como correr por la playa al amanecer, jugar con la cuerda o compartir el desayuno. Ella lee, tumbada boca abajo, y yo me estiro a su lado, haciéndole cosquillas en las pantorrillas con la cola. La trufa, siempre cerca del libro. Se lo vi hacer a ella al poco de adoptarla (los humanos se creen que nos adoptan, pero siempre ha sido al revés). Yo no había olido un libro en mi vida. Ahora entiendo por qué lo hace. Cada uno huele diferente. Algunos a mar. A casa cerrada. A verano. A bosque. A buhardilla en días de lluvia. Éste... Éste olía a perro. A perros. A sangre. A sudor. Así que me he pasado dos noches acercando mucho la trufa a las páginas de 'Los perros duros no bailan', de un bípedo que se llama Arturo Pérez-Reverte.

Menos mal que a mi humana no le dio mucho tiempo a leerlo fuera de casa, lo ha leído casi entero de noche, en la cama, en dos tirones. La rabia (no de la canina) que me hubiera dado perderme algo. Se lo metía por la mañana en el bolso y me pasaba el día sufriendo. ¡El alivio que sentí las dos noches al ver que seguía por donde lo habíamos dejado! La aventura de Negro, Teo y Boris el Guapo, me tenía completamente atrapada. No quiero ni imaginar que alguno de los de la pandilla pudiéramos acabar así, separados de nuestros humanos, en jaulas inmundas y muertos de miedo. O muertos, simplemente. Obligados a enfrentarnos hasta la muerte. Desangrados mientras los billetes de unos desalmados pasan de mano en mano. Porque eso es lo que les pasa a Teo y a Boris... Bueno... A Boris no eso exactamente. Los guapos, incluso si son perros, tienen otros infiernos. Porque de eso va, al fin y al cabo, esta apasionante historia. De infiernos. Y de libertades. Porque para Teo la libertad no es lo mismo que para Negro. Y de la lealtad. Entre amigos. Entre perros. Entre humanos y perros. Y de cómo a veces hay que hacer lo que hay que hacer, incluso sabiendo que esa decisión, que es la única posible, te perseguirá hasta que la palmes. Mordiéndote. Cruel. Fiera. Por muy bregado que estés. Aunque seas como Negro, un mestizo con un oscuro pasado y la piel llena de cicatrices. Aún no me he podido quitar su olor de mi trufa. Y llevamos ya algunas noches. Y dos libros más. Ninguno de ellos, por desgracia, huele a perro. A sudor. O a sangre.

"Mi amo creía que peleaba por él, pero se equivocaba. Siempre peleé por mí. Debido a mi raza y a mi carácter, soy un luchador nato: en aquel tiempo pesaba cincuenta kilos, medía setenta y cuatro centímetros de las patas a la cruz y poseía una boca con fuertes colmillos en la que habría cabido la cabeza de un niño. Nací mestizo, cruce de mastín español y fila brasileño. Cuando cachorro tuve uno de esos nombres tiernos y ridículos que se les ponen a los perrillos recién nacidos, pero desde aquello pasó demasiado tiempo. Lo he olvidado. Hace mucho que todos me llaman Negro."

Título: 'Los perros duros no bailan'
Autor: Arturo Pérez-Reverte
Editorial: Alfaguara
Páginas: 168
Precio: 16,90€
Procedencia: regalo de Sant Jordi

domingo, 22 de julio de 2018

'Medio sol amarillo': Biafra en una pequeña historia


De mayor quiero ser como Chimamanda Ngozi Adichie. Yo, de mayor, quiero escribir como ella. Quiero saber convertir grandes historias en pequeñas historias. Sí, habéis leído bien. Convertir grandes historias en historias pequeñas. En historias cotidianas. Historias de verdad. De las que podrían pasar aquí al lado. Tras la puerta de delante. En las entrañas del umbral de mi felpudo. Sí, historias que pueda creer sin esfuerzo. Con personajes que pueda tocar. Historias que pudieran contarme, con sus lenguas de colores, todas y cada una de las mujeres que me rodean. Porque eso es exactamente 'Medio sol amarillo', una gran historia convertida en una historia tan pequeña, tan diminuta, tan microscópica, que te atraviesa la piel sin que te des cuenta.

Medio sol amarillo es lo que llevan los rebeldes en sus uniformes. Es la figura principal de la bandera de Biafra, esa breve república que surgió, a finales de los años 60, de Nigeria. Y es la forma, medio sol amarillo, que cambia la vida de los protagonistas de esta apasionante historia de Chimamanda (permitidme que la tutee, ya es como una amiga, casi una hermana). La protagonista indiscutible es Olana, pero la escritora no nos la presenta hasta algo adentrada la novela. Olanna, hija de una familia bien de Nigeria, hace una gran entrada en la novela, cuando ya la estamos esperando, cuando nos morimos por saber si de verdad es tan guapa, tan inteligente, tan decidida, tan apasionada... como nos asegura Ugwu. El ingenuo Ugwu. Ese chico pobre que sale de su poblado para convertirse en el sirviente de Odenigbo. Un gran señor, un profesor de universidad ¡negro! con quien no sólo aprenderá sino, lo que es más importante para su familia, podrá comer carne casi todos los días. Olanna es la novia de Odenigbo. Y a Olanna estaremos esperando unas cuantas páginas. Pero cuando llega... Cuando llega se apodera de todo. Del corazón de Ugwu, de la vida de Odenigbo, del pensamiento de su hermana gemela Kainene, del odio de Mama, de la pasión de Richard, de las entrañas de Amala...

Todo eso, que ya es complicado de por sí, viene envuelto por el colonialismo. Y con la revolución. Y con la guerra. Y con culturas diferentes que pasan de convivir, de ser hermanos, a decapitarse, desangrarse, dispararse, sacarse las tripas literalmente. Todo y todos cambian. Las sonrisas escasean casi tanto como el arroz. La solidaridad es un bien preciado que muchos vapulean. Ayudarse unos a otros es una bendición y un riesgo al mismo tiempo. Nadie sabe nada de los demás. De aquellos a quienes más quiere. Quién sabe si estarán pudriéndose en una cuneta o escondidos de quienes les apuntan con sus fusiles. Los hogares ya no lo son. Son refugios, paraísos perdidos, víctimas de saqueos, pasto de las llamas, cuarteles del enemigo, cagaderos de los del otro bando. Ni siquiera tú eres tú. No puedes. Porque ya eres otra cosa. Porque ya peleas por un puñado de harina. Porque vendes una mirada pícara por una lata de sardinas. Porque defiendes con una violencia que no sabías que tenías lo que salvará a los tuyos, al menos, por unas horas más. Ya no hay libros. Ni intimidad. Ni tertulias. Ni copas. Ni sopa de pimentón mientras la música sale de un gramófono. Ni gasolina. Ni escuelas seguras.

Y sí, eso es una gran historia. La guerra es una gran historia. La lucha por la libertad es una gran historia. La independencia es una gran historia. Pero ninguna gran historia existiría sin todas las pequeñas, minúsculas, diminutas historias que la forman. Esas historias que Chimamanda cuenta tan bien. Como si fueran la suya propia. Defendiéndolas como una leona para que la gran historia no se las coma. Yo, de mayor, quiero escribir como ella. Quiero saber convertir grandes historias en historias pequeñas.

"El señor estaba un poco loco; se había pasado un montón de años leyendo libros en el extranjero, hablaba solo en su despacho, no siempre devolvía el saludo y llevaba el pelo demasiado largo. La tía de Ugwu se lo confesó en voz baja mientras avanzaban por el camino.
–Pero es buena persona –añadió–. Si trabajas bien, comerás bien; incluso comerás carne a diario.
Se detuvo para escupir. Arrojó el salivazo haciendo ruido y este fue a parar sobre la hierba.
Ugwu no podía creer que alguien, ni siquiera aquel señor con quien iba a vivir, comiera carne a diario. No obstante, no le llevó la contraria a su tía porque se encontraba demasiado concentrado en su expectación, demasiado ocupado imaginando su nueva vida lejos de la ciudad. Llevaban un rato caminando después de haberse bajado del camión en el parque móvil y el sol de la tarde le quemaba la nuca; pero no le importaba. Estaba dispuesto a caminar durante horas bajo un sol aún más abrasador. Nunca hasta entonces había visto algo parecido a las calles que se abrieron ante ellos una vez que hubieron cruzado la puerta del recinto de la universidad, unas calles cuyo pavimento liso y alquitranado lo incitaba a posar sobre él la mejilla. No sería capaz de describirle a su hermana Anulika las casas de una planta que allí estaban pintadas del color del cielo y se alineaban una junto a otra como hombres educados y bien vestidos, ni los setos que las delimitaban, podados tan rectos que parecían mesas tapizadas de hojas."

Título: 'Medio sol amarillo'
Autora: Chimamanda Ngozi Adichie
Traductora: Laura Rins Calahorra
Páginas: 544
Precio: 14,90€
Procedencia: comprado

viernes, 13 de julio de 2018

'Gran Sol', entre los grados 48 y 56 de latitud norte, 6 y 14 de longitud oeste


De lleno en un puerto del Cantábrico. Con las gaviotas graznando. Ronroneos de motor. Boniteros en el horizonte. Sensación de tormenta cercana. Olor a algas pudriéndose. Y el jaleo de marineros y pescadores a punto de enrolar. Quién sabe para cuántos días. Quién sabe si volverán. Ahí te planta Ignacio Aldecoa en las primeras páginas de 'Gran Sol'. Te mete de lleno en un ambiente que roza la fiesta. Roza el drama. Roza el nerviosismo. Roza la bronca. Un instante que lo roza todo y que, al mismo tiempo, parece no tocar nada. Un instante decisivo camuflado por la cotidianeidad. Si no fuera por ese vestido (conversaciones con las mujeres, vinos en la taberna, frías despedidas...) seguramente ninguno de los protagonistas embarcarían en el 'Aril', rumbo a Gran Sol, junto al barco hermano, el 'Uro', a pescar, a dejarse la salud. Quién sabe si también la vida.

Unas primeras páginas extrañas. Hipnóticas. Aún no conoces a Simón Orozco. Su silencio y su soledad. Ni a Macario Martín, ese hombre al que todos saben que deberían dejar en tierra, por sus formas, por sus vicios, por su comportamiento, pero al que nadie se atreve a dejar sin las pocas monedas que entran en casa. Ni a Gato Rojo, ese cascarrabias que se resiste a echar una mano en todo lo que ocurra fuera de su cuarto de máquinas. Ni a Domingo Ventura, Paulino Castro, Joaquín Sas... Todos los que comparten vida y miserias en ese pesquero en el que las literas nunca están secas y el rancho nunca está sabroso. No los conoces, pero no puedes apartarte de ellos. Y así te encuentras páginas más tarde, embarcada, rumbo a Gran Sol, convertida en una polizón que no pierde detalle. Porque Aldecoa no deja escapar ni uno. Los atrapó todos tiempo antes de escribir esta novela, en el mes que pasó en el 'Alir', compartiendo sal, sudor y tiempo con pescadores de altura. Y ahí están los silencios, los reproches, las preocupaciones calladas o disfrazadas de bravura infantil, las viejas rencillas, la camaradería, la tensión de los momentos de lanzar la red, las órdenes cumplidas a disgusto, las borracheras en tierra, las averías, los temporales, el miedo, el recuerdo de quienes se quedaron ya en el mar (la Mar)... Hay algo épico en 'Gran Sol', la épica de la naturalidad con la que todos en ese barco asumen que la muerte viaja con ellos, dormida, sí, pero quién sabe si se despertará antes de tocar, de nuevo, el puerto del hogar.

"La masa de niebla reposa azulenca sobre la mar, crece lívida, cierra el cielo ya blanca. Las vanguardias del banco de niebla se deslizan, ruedan, se deshacen, flotan, se ayuntan, muran. Los barcos de Simón Orozco penetran en la niebla. Suenan intermitentemente sus sirenas, casi tactos en la ceguera. La niebla mata los resplandores de los focos, que lucen mortecinos, cercanos y lejanos, fijos y errantes. el palo de proa del Aril es una línea borrosa desde el puente. La proa del Aril está al otro lado del horizonte, abriendo aguas que no se ven, cuyo rumor se escucha, cuya fuerza se siente en el hierro trémulo. El olor y el sabor de la mar se han extinguido en la niebla, que tiene olor y sabor propios; olor ácido y sabor dulce".


Título: 'Gran Sol'
Autor: Ignacio Aldecoa
Editorial: Alfaguara
Páginas: 304
Precio 2€
Procedencia: mercadillo

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