martes, 16 de mayo de 2017

Me criaron en una redacción de las que ya no existen


@Martatorresmol

Me criaron, (sí, porque en este oficio, cuando las cosas se hacen bien, te crían) en una redacción de las que ya han desaparecido. En la que las cabezas de los periodistas sobresalían en la eterna niebla de tabaco. Donde los teléfonos sonaban sin descanso hasta bien entrada la noche. En la que todos sabíamos en qué armario había siempre una botella de whisky. Y otra de ginebra. Para madrugadas largas, momentos difíciles, esperas en compañía. Una redacción en la que, temerariamente confiados, me arrojaron a la calle, a la gente, a los políticos, a las personas desesperadas, a kilómetros de carretera, a un sinfín de pasos, a pleno sol y a lluvias inclementes, a niños traviesos, a puertas cerradas y a gorilas. Una redacción en la que la libreta y el bolígrafo (pierdo la cuenta de los que llevo en el bolso) eran imprescindibles y la grabadora, si se utilizaba, era un simple apoyo; donde captar la esencia era más importante que la literalidad; donde los políticos se te enfrentaban, no se escondían detrás de responsables de comunicación. Una readacción en la que vivíamos pendientes de la información, de los temas, de la forma de contarlos, no de los clicks. Incluso de la palabra exacta, no de la más SEO. Ahogados, pero con tiempo. Tiempo para reflexionar. Tiempo para escribir. Tiempo para ir al bar a tomar un café.

Una redacción en la que aprendías de los que estaban a punto de jubilarse. Aprendías maneras. Aprendías que el 'off the record' es sagrado. Aprendías que, si era necesario, habías de esperar en el portal de casa de un político cuando éste no te contestaba al teléfono. Aprendías la importancia de llevarte bien con las secretarias. Que invertir tiempo personal con las fuentes ahorra luego horas laborales y facilita las llamadas a deshoras para temas nada agradables. Que a los cargos públicos hay que buscarles las cosquillas y no dorarles la píldora, porque para eso ya les sobra gente y porque te debes a quienes te leen. Aprendías que un café se le acepta a cualquiera, pero que hay que decir que no a ciertas cenas, regalos e, incluso, ofrecimientos aparentemente inocentes. Aprendías a no aceptar un no por respuesta, a no contentarte con una declaración complaciente, a entender entre líneas para hacer después la pregunta justa. A desentrañar silencios. A que hay que estar más pendiente de lo que no se dice que de lo que se dice. Aprendías a leer. A periodistas viejos. Y muertos. A los grandes. A los de cada día. A los pequeños. A los famosos. A los desconocidos. Aprendías que al poder hay que serle siempre incómodo y que el cariño y la dulzura hay que reservarlos para aquellos que vienen a contarte historias valiosas: para las señoras centenarias que te abren su vida, para los padres que sollozan porque a su hijo discapacitado no le facilitan los recursos a los que tiene derecho, para los enfermos que gastan sus últimas energías en denunciar carencias... Aprendías que el halago de un político debe sentarte siempre como una patada en el estómago y que las cosas que consiguieras cambiar con tu insistencia y tus páginas serían tus únicos galones. Que la honestidad era un valor que debías tatuarte cada día y que por muchas caras que tenga la verdad debes intentar dar voz a todas ellas. Intento transmitir eso a las nuevas generaciones que, de vez en cuando, asoman la nariz por la redacción. Lo intento aunque sé que es una batalla perdida. La mayoría prefieren estar delante de Facebook y Twitter que salir a la calle. Dicen que sí encantados a entrevistas por correo electrónico (ni siquiera por teléfono) porque entonces sólo tienen que cortar y pegar. Están tan pendientes de la grabadora que se pierden los detalles. No redactan, enlazan declaraciones. Se fían más de wikipedia que de lo que han visto con sus propios ojos. Una batalla perdida que vale la pena mantener por las escasas excepciones con las que te topas.

Me crié en una redacción que a ratos, cuando me pongo a pensar, echo de menos. Una redacción caótica. Sin móviles. Sin redes sociales. Una redacción en la que valían las notas de la libreta, no las grabaciones. Una redacción en la que todos tenían claro lo que eran: periodistas. Y que estaban allí por un único motivo: hacer periodismo.


9 comentarios:

  1. Con el tiempo se pierde la esencia de la vida y de las profesiones. Ahora importa más lo que se dice que cómo lo dicen. Nunca olvides los inicios, son la mejor escuela.
    Besos

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    1. Marga, ésa es otra, que algunos lectores se nos despistan. Sobre todo en la web, leen el titular y poco más. Cada vez que veo a alguien leyéndome en papel me dan ganas de darle un beso.

      Besos

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  2. Esos comienzos nunca se olvidan. Ha sido maravilloso leerte!
    Besotes!!!

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    1. Margari, los comienzos, es cierto, son especiales. Y hay ciertas cosas que no deberíamos olvidar nunca. Muchas gracias.

      Besos

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  3. Los principios son importantes y se suelen recordar con cariño y con esa sensación de deseo de sentir aquellas emosiones de nuevo

    Un abrazo ;)

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    1. Nieves, no es tanto por el principio, sino por las formas de hacer, por el desencanto al ver ciertos comportamientos de compañeros o que se valoran las cosas no por el trabajo bien hecho sino por las visitas que tengan en la web...

      Abrazos

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  4. La esencia del periodismo Dorothy. Qúe bonita entrada. BEsos

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    1. Muchas gracias Marisa. Hay etapas en las que hace falta recordar ciertas cosas.

      Besines

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  5. Quizás sea en el periodismo en donde se ve más claramente cómo un oficio pierde su esencia y esa pérdida es un reflejo de la sociedad en la que nos estamos convirtiendo. Triste, porque el periodismo es necesario y ojala que, al igual que las librerías se están reinventando, el periodismo haga lo mismo y recupere todo eso que tú echas de menos. Y yo también.

    Un abrazo

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