lunes, 1 de mayo de 2017

Carta a los libros de mi vida*


@Martatorresmol
Llegaste a mí por el título: 'Nacida en domingo'. "Como nuestra hija nacida en domingo que va camino de arruinarnos a base de cuentos", creo que pensaron mis padres al toparse con él en la librería. Porque en casa, por suerte, hubo un no para muchas cosas, pero nunca para un cuento. Ni para dos. Ni para tres. Como nunca hubo un no después para un libro. Ni para dos. Ni para tres. Y así, con siete años, con aquella niña en aquel internado que sueña con una madre de cálidos ojos dorados que la adopte, descubrí que los libros sin dibujos pueden estar llenos de colores. Te leí decenas de veces. Una tras otra. Te llenaste de arrugas. Te protegí con celo. De vez en cuando aún te busco en una de las estanterías bajas de la biblioteca de mis padres. Seco, amarillento y ajado crujes (déjame pensar que es de placer) con cada caricia a tus viejas páginas.
Otros llegasteis después. Todos juntos. En un mismo paquete perfectamente colocado junto a mis zapatos más brillantes una mañana de Reyes. Otros niños quizás se hubieran decepcionado al veros. Para mí aquel paquete fue el cofre del tesoro: 'Viaje al centro de la Tierra', '20.000 leguas de viaje submarino', 'La vuelta al mundo en 80 días', 'Un capitán de quince años', 'La isla del tesoro', 'Las aventuras de Huckleberry Finn', 'Lord Jim', 'Colmillo blanco'. Con vosotros aprendí que puedes viajar sin levantar los ojos de las páginas. Y luchar. Y ver mundos fascinantes. Y conocer gente que te cae mal. Y tener miedo. Y navegar. Y naufragar. Y desesperarte. Y reír. Y avergonzarte. Y correr. Aprendí que se te puede desbocar el corazón sin salir de la biblioteca de casa hasta el punto de tener que parar y tomar aire para seguir.
Fuiste el primer libro que compré con mi dinero. Con mi paga infantil que apenas daba para un cine y una piruleta de corazón. 195 pesetas marcaba un papel bajo aquel título que me hipnotizó: 'La historia interminable'. Fui a la papelería de delante del colegio a comprar pegamento para la clase de trabajos manuales y ahí estabas. Vi tus letras en grana y verde esmeralda y no pude resistirme. Por ti sacrifiqué gustosa mi paga, mi sábado de cine y risas, mi piruleta de corazón. Fui Bastian Baltasar Bux ese sábado. Y otras muchas veces. Y desde entonces lo sigo siendo un poco cada día. Mis libros son ese desván en el que me siento protegida. Son el dragón blanco al que aferrarme y volar. Son los que me protegen del abismo cuando me acerco demasiado a la Nada y los que me salvan de las arenas movedizas que engullen a Ártax, los que hacen que cada noche Fantasía siga creciendo un poco más y los que se comen mis miedos para que pueda enfrentarme a las esfinges.
Inmenso. Mastodóntico. Cuajado de ilustraciones. Durante un primer minuto no te entendí. Lo siento. Fue sólo un minuto tonto. Un minuto estúpido en el que me pregunté cómo a mí, toda una adolescente que devoraba las obras de Shakespeare (ahora volveré a ti), me regalaban un libro aparentemente infantil: 'Cuentos maravillosos del mundo entero'. Todas las veces que mis pestañas se han congelado frente a ti, frente a tus historias y los detalles de tus dibujos, todas las veces que te he colocado con mimo en cajas de mudanzas, todas las veces que me he desesperado al pensar que te había perdido... Espero que todas esas veces puedan compensar aquel primer minuto. Me enseñaste que en el Amazonas la inteligencia de un anciano vence a la soberbia de una serpiente, que en el norte de Europa hay mujeres hermosas escondidas en pieles de foca que abandonan el mar por amor, que la muerte puede ser buena compañera de la vida si eres capaz de entenderla... Me cogiste de la mano y me condujiste a Bettelheim, a la verdad escondida en los cuentos de hadas, a hermanastras que se cortan los pies para que les quepa un zapato, a madastras que envenenan manzanas y mueren bailando, a sirenas que renuncian a su cola de pez y no son felices, a bestias que devoran bellas...
Vuelvo a vosotros. A mis ejemplares de Shakespeare, de quien lo leí todo en poco más de tres años. Todo. Empecé por 'Romeo y Julieta' (el inevitable romanticismo de la adolescencia...), pero desde que la descubrí en 'Mucho ruido y pocas nueces' fui Beatriz. Osada e irónica por fuera, dulce y sentimental por dentro. Siempre dispuesta a un duelo dialéctico, lingüístico. Sobre todo si tiene como rival al hombre que ama. Soy Beatriz. No puedo evitarlo. Prefiero una sonrisa de medio lado decorando una barba acompañada de unos ojos pícaros y encendidos y una conversación que me busca (con cariño) las cosquillas a empalagosas palabras de amor. Es irremediable, fui y soy Beatriz. Como fui y soy Penélope desde aquella surrealista y maravillosa asignatura de la universidad, 'Leyendas medievales', en la que nos tumbábamos en penumbra sobre los bancos que debían ser mesas y escuchábamos y leíamos -"guarden los cuadernos, aquí está prohibido tomar apuntes"- la historia de la dama del unicornio, las aventuras del rey Arturo, la 'Divina Comedia', el amor de Tristán e Isolda... Y en el fondo de todo, los mitos clásicos -"todo, cualquier cosa que se les pase por la cabeza, cualquier cosa que sientan, dulce o depravada, da igual, no lo duden, antes estuvo en la mitología"-, la 'Ilíada', la 'Odisea' y Robert Graves. En aquella penumbra que se imponía al sol de las tres de la tarde te leí a pedazos. Y pensé que si la aventura de Ulises para llegar a casa no era fácil, tampoco lo era la que afronta Penélope durante años en Ítaca. Cada noche frente al telar. Cada día aguantando y resistiendo a quienes quieren sustituir a su marido en el trono. Y en su lecho. Su determinación. Su astucia. Su guerra silenciosa. Su lealtad y fidelidad infranqueables. En aquella penumbra, todos hablaban del héroe Ulises. Yo hablaba de la heroína Penélope.
En un tren descubrí al auténtico Joseph Conrad y a Kurtz. Y en el mismo tren descubrí a Melville, Ahab y 'Moby Dick'. 'El corazón de las tinieblas', qué pequeño eras antes de abrirte y qué grande te fuiste volviendo página a página, mientras nos adentrábamos en ese río que aún hoy, tras más de una decena de relecturas, sigo pensando que no era un río sino la Estigia, el último paso antes del infierno. Te conozco casi palabra por palabra y sé que podría volver a leerte mañana y seguirías sorprendiéndome. Asustándome. Estremeciéndome. "¡Ah, el horror! ¡El horror!". Sin salir de ese mismo tren (nunca he leído tanto, con tanta calma y con tanta fruición, como en aquellos trayectos de más de una hora entre el barrio de Les Corts y la Universitat Autònoma), contigo entre las manos, me enrolé en el Pequod y me puse a las órdenes de Ahab. Creía que entre tus páginas encontraría aventura, no esperaba toparme de bruces con una verdad que aún hoy, cuando pienso en ella, me revuelve: Moby Dick está ahí porque salimos a buscarla, nuestros monstruos están ahí porque los alimentamos, porque los perseguimos, porque los buscamos. Todos tenemos una ballena blanca, todos somos Ahab, todos podemos acabar en las profundidades.
Y por último tú. Tú. Siempre y eternamente tú. Desde los 17 años. Te tengo en un altar. Espiritual y físico. Hindú, pero un altar. "Pon dentro a tu dios, da igual cuál sea", me dijeron. Y ahí estás tú, 'A sangre fría'. "Si vas a ser periodista tienes que leer esto", me dijo mi padre. Y te leí. Y cuando llegué a la última página me temblaban las manos y me temblaba algo más que aún hoy no sé qué era. Sólo sé que sigo acercándome a ti como quien se acerca al Santo Grial, que sigo pasando tus páginas leyendo más allá de la historia de Dick y Perry, los asesinos de los Clutter, que sigo dándole vueltas a cómo Truman Capote consiguió hacer de un reportaje una de las mejores novelas que ha pasado por mis manos. Te tengo ahí, siempre a la vista, en el cielo de mi biblioteca, junto a mi casco de Marte, recordándome todos los días la periodista que quise y quiero ser.

* Gracias, Navegante, por rescatar esta entrada del naufragio.

12 comentarios:

  1. Qué buen relato de tus comienzos literarios. Te diré una cosa: tienen muchos puntos en común con los míos. Yo devoraba a Julio Verne a los diez años, pero tambien a Salgari: fui Sandokan y navegué con Honorata de VanGuld.
    Lord Jim, colmillo blanco y KIm de la India fueron otros de mis compañeros. Bastian Baltasar Bux me pilló ya de adulto bien adultado y de Shakespeare solo leo los sonetos. Leí traducciones horribles de Faulkner, que solo me gustó cuando lo pude leer en su lengua original, como a Lewis Carroll o a Steinbeck. Pero, aprovecho para confesar aquí otras tendencias inconfesables: devoraba ciencia ficción, a los once años en librinos de cinco pesetas. Después, Arthur C. Clarke y Ray Bradbury. En fin, que a pesar de eso y salvando edad y distancias, tenemos muchas lecturas en común.
    Y, sobre todo, el amor a los libros.
    Besos

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    1. Sorokin, en realidad comencé a escribirlo para un concurso, pero no tuve tiempo, no me convencía el tono, se alargaba demasiado... Así que ahí se quedó, a medias, hasta que alguien le (me) dio un empujón. Hay muchos más libros que me han impactado: 'Relato de un náufrago', de Gabriel García Márquez; 'Como agua para chocolate', de Laura Esquivel; 'La larga marcha', de Stephen King; 'Olvidado Rey Gudú', de Ana María Matute; 'No digas que fue un sueño', de Terenci Moix; 'El amante', de Marguerite Duras; 'Mecanoscrito del segundo origen', de Manuel de Pedrolo... ¡Son tantos!

      Saludos

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  2. Pero qué bonita forma de contarnos cómo fueron tus comienzos lectores. Y me recuerdas que tengo una deuda con Shakespeare. Sólo he leído su Hamlet. Y aunque me conquistó, no he vuelto a leer nada suyo. Y Capote está entre mis eternos pendientes. Tengo que ponerle remedio.
    Y gracias! Por esta maravillosa entrada.
    Besotes!!!

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    1. Margari, gracias... Shakespeare fue mi gran amor de adolescencia. ¡Lo disfruté tanto! Creo que esto se debe a que lo leí de un tirón, acostumbrándome con cada lectura a la forma de la dramaturgia, en la que siempre cuesta un poco entrar. Creo que Capote nos pierde a muchos periodistas, a ver qué tal...

      Besines
      ¡Gracias!

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  3. Me ha encantado el relato de tu relación con los libros.
    Un abrazo

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  4. Maravillosa carta, me quedo sin palabras :-)

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    1. Rocío, muchas gracias. Por tus palabras y por compartirlo.

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  5. Preciosa carta... Qué poco agradecemos a los libros lo que nos han dado (y dan). Me ha encantado ver tu recorrido lector, esos libros que te han hecho lectora. Gracias.

    Un abrazo

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    1. Ana, supongo que nuestras lecturas determinan en parte las personas que acabamos siendo. Gracias a ti por leerme.

      Abrazos

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