martes, 14 de febrero de 2017

Todos los días...


@Martatorresmol

Se ajustó con mimo la corbata. No era su favorita, pero sabía que a ella le gustaría. Pasó la palma de la mano por la manga. Era un buen traje. Ya lo era cuando lo compró, hace años. Era un buen traje, pero tenía algunos brillos y la tela adelgazaba día a día. No podría seguir usándolo mucho más. Y era el único que podía ponerse. Tenía muchos en el armario, pero sólo éste, tras espantar el olor a naftalina, le servía. Suspiró, no sin cierta preocupación, con la vista fija en los puños de la chaqueta. Si alguien se fijaba, su aspecto cansado no le pasaría por alto. Antes de salir echó mano al sombrero, que había rescatado de un altillo, donde llevaba mucho arrumbado, y se miró al espejo. Algo anticuado. Pero elegante. Seguía teniendo buen porte, los años le habían respetado eso. Y la picardía que su mirada aún no había gastado casi hacía olvidar las profundas arrugas que surcaban su rostro. Salió de casa. Rumbo al mismo lugar de cada día. Por las mismas calles. Con la misma ilusión y la misma pesadumbre que, desde hacía meses, le animaba y le condenaba a arrastrar los pies.

La vio desde lejos. Detuvo sus pasos unos instantes para admirarla. Ahí estaba, en el mismo banco de todos los días. Su melena blanca, con ese flequillo rebelde al que nunca había querido renunciar, perfectamente peinada. Aún estaba lejos, pero casi podía olerla. Esa embriagadora mezcla de laca, crema de violetas y una colonia fresca, casi marina. Buscó la alianza en su dedo, le dio varias vueltas antes de quitársela y guardarla, maquinalmente, en el bolsillo más cercano al corazón, sobre el que se dio varias palmadas. Casi animándose a sí mismo.

Se acercó, decidido. Le sonrió. Con los labios. Y con los ojos. Señaló la esquina vacía del banco con el sombrero. Ella asintió. Entre curiosa y tímida, su mirada oscilando entre el elegante caballero y el estanque cercano. Él no dejó de mirarla. Ni un segundo. Se presentó. Ella rió. Le tendió la mano, que él se llevó a los labios. Ella le dijo su nombre. Él piropeó su flequillo rebelde, su risa, sus ojos huidizos y su olor a laca, a violetas y a mar. Ella se sonrojó. Él restó centímetros a la distancia que les separaba. Le pasó un dedo por la mejilla. Ella alabó su corbata. Su mirada pícara. Su voz. Él le cogió la mano, jugó con sus dedos y, sin dejar de mirarla, le preguntó si creía en el amor. Ella rió la ocurrencia, era demasiado pronto para contestar a eso. Le preguntó si estaba casado. Notó el calor del anillo en su pecho y le contestó, serio, que sólo se imaginaba casado con ella.  Él recorrió con un dedo la cara interna de la muñeca. Y besó luego, como un suspiro, la misma piel que había acariciado. Él se levantó del banco y se puso el sombrero. Ella le preguntó si le vería otro día. Él le contestó, con el corazón encogido, que todos los días.

Se alejó. El paso cansado. Recuperó la alianza del bolsillo. Volvió la vista al banco justo a tiempo de ver cómo una enfermera la ayudaba a levantarse y le tendía el brazo para dirigirse al interior de la residencia de ancianos. Se despidió de nuevo de su mujer, para sí. Hasta mañana, pensó. Hasta que volviera a acercarse al banco, sonreírle, señalarle la esquina vacía con el sombrero, presentarse, llevarse su mano a los labios, piropear su flequillo rebelde…

12 comentarios:

  1. Que bonito... pero que triste...

    Besitos y feliz día :)

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  2. Qué emotivo. Y qué bien que alguien más crea en el amor que perdura, en el enamoramiento verdadero que no desaparece con el tiempo. Y que no todo tiene que ser antes de los treinta ni acabarse a los cuarenta.
    Besos, Dorothy Sparks

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    1. Norah, creo en el amor, en la amistad, en la confianza, en la complicidad, en el deseo, en la pasión, en la admiración, en compartir, en discutir, en el olor del otro y en el contacto de la piel. A cualquier edad.

      Un beso, generosa Norah

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  3. Emotivo y muy bien construido relato. Lo he leído tres veces antes de comprender (es que soy un zopenco). Una vez entedido es, si cabe, más emocionante.
    Besos

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    1. Sorokin, tengo que hacerle cambios. Alguien a quien aprecio y de cuyo criterio me fío plenamenteme dijo algo parecido antes de publicarlo. Pero gracias.

      Saludos

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    2. No. No es eso lo que quería decir, sino todo lo contrario. Lo que hace el relato muy bueno es que pide la colaboración del lector, como debe ser todo buen relato. El hecho en sí, contado linealmente (tal como yo lo entiendo: él va a ver a su mujer, enferma de Alzhaimer y la reenamora todos los días, sabiendo que no lo reconoce) no tendría la fuerza que tiene como tú lo cuentas. No crteo que haya que cambiar nada, pero en fin, tú verás, es tu relato.
      Saluditos

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  4. Bonito y triste a la vez. Y con qué ternura lo has contado!
    Besotes!!!

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  5. Ay Dorothy... ¿por qué nos haces esto? Me ha encantado... Preciosa historia. Besos

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    1. Marisa... Muchas gracias...
      Me alegro de que te haya gustado.

      Besos

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  6. Me encanta! Yo creo que así es perfecta. Descubrir al final lo que les une hace que la primera parte del relato emerja, de golpe, con más fuerza. El único pero: no poder leerla otra vez por primera vez :)

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