domingo, 30 de enero de 2011

"¡Sapo! ¡Tilonorrinco! ¡Iris!"

Hay historias imán. Historias a cuyas páginas no puedo acercarme sin quedarme largo rato de pie, apoyada en las estanterías de mi biblioteca, casi sin respirar, hasta haber vuelto a devorar todas sus palabras. Con la misma ansia de la primera vez. Y de la segunda. Y de la séptima... Ya conté una vez cómo los 'Siete pisos' de Dino Buzzati parecen llamarme algunas noches de lluvia. Algo parecido me pasa con 'La lengua de las mariposas', ese entrañable y durísimo relato de Manuel Rivas, uno de mis gallegos favoritos. Lo he leído ni recuerdo las veces. He visto la película. Conozco a la perfección al maestro con cara de sapo y siento como mías la vergüenza y la rabia del niño con nombre de pájaro. Me muero de ganas, como ellos, de ver un día la lengua enroscada de las mariposas. He tocado la tela del traje nuevo de don Gregorio y me he arañado las manos buscando entre hierbas y matas mantis, caballitos del diablo, ciervos volantes y mariposas que brillan sobre el estiércol. Puedo repetir, equivocándome apenas en un par de palabras, el último párrafo de la historia. Y a pesar de eso, cada vez que don Gregorio y Pardal me llaman desde su rincón, se me abre un enorme agujero negro en algún lugar entre el estómago y el corazón al volver a leer los gritos del niño a su maestro, ya preso: "¡Sapo! ¡Tilonorrinco! ¡Iris!".

miércoles, 26 de enero de 2011

Noches sin cíceros

No entiendo por qué hace tiempo que no me tiemblan las piernas, que mis polillas no se convierten en mariposas. No entiendo por qué hace tantas madrugadas que no siento la necesidad de medir en cíceros ninguna espalda dormida ni de repasar con las yemas de los dedos un tatuaje palpitante. Me he abierto la piel, he apartado las costillas y le he preguntado un millón de veces por qué. Un millón de veces me ha contestado, desdeñoso, con su latido monocorde. Y de repente nos encontramos. Y me besas en la mejilla. Y se te olvida que ya no deberías acariciarme la nuca. Y me llamas como solo tú me llamas. Y enroscas un mechón de mi pelo en tu índice. Y entonces... Entonces, por desgracia, lo entiendo todo.

lunes, 24 de enero de 2011

108 años de hilvanes y pespuntes

Ya ha salido publicado en Diario de Ibiza, pero para los que no sois de la isla, aquí os dejo la historia de Antònia Marí Ramón, una mujer increíble que se separó cuando nadie se separaba, que cometió el "disparate" de montar en bici cuando debería haber ido solo de paquete, que no durmió para sacar adelante a su hija sin necesidad de un hombre, que hizo oídos sordos a las críticas y que tuvo conciencia de su condición de mujer y de su discriminación en una época en la que solo se esperaba de ella que se preocupara por las ondas de su pelo. El viernes cumplió 108 años.

Los 108 años de una modista

Antònia Cala en su casa del Mercat Vell
Eivissa. Marta Torres/ Antònia Cala, sa Mestra Cala para todas las alumnas a las que durante décadas ha enseñado a coser, estaba destinada a ser modista. Con cinco años, antes de 1910, ya confeccionaba vestidos y pamelas para sus muñecas con restos de tela. «Ya me gustaba, me ha gustado toda la vida. He disfrutado cosiendo», comenta Antònia con una media sonrisa en la cafetería de la residencia de Can Blai, en Santa Eulària, donde hoy han organizado una fiesta de cumpleaños para celebrar que Antònia, la abuela de Balears, la octava mujer más mayor de España, cumple 108 años.
Al final del pasillo, en el hueco de la escalera de la casa familiar, en Dalt Vila, Antònia y sus hermanas guardaban sus muñecas. Tenían 16: la monja, el cura, la señora, la payesa, la criada… «Las mías eran la modista y la sombrerera», recuerda sa Mestra Cala. Aunque de vez en cuando se divertía como el resto de los niños, convirtiendo cartones en carretons, lo que más le gustaba era confeccionar ropa para los muñecos. «Con cinco años ya estaba siempre cosiendo», insiste. Como cualquier niña, sentía que estaban vivas, así que se las llevaba con ella cuando se mudaban por unos días al campo en el que se sembraban e incluso les daba de comer. «Siempre guardaba un poco de lo que me ponían en el plato para dárselo a ellas. Les ponía la mesa y hacía como que comían, aunque las cucharas iban todas a mi boca. Lo mismo pasaba con la ropa y los sombreros. Se suponían que la hacían ellas, pero era yo quien la cosía», detalla Antònia, que a sus 108 años es capaz de recordar hasta los detalles más insignificantes de su vida. «He sido muy observadora», confiesa con una pícara sonrisa que deja entrever la joven espabilada que fue hace tiempo. Ni su memoria ni su locuacidad ni su risa harían pensar que es una de las personas más longevas de España. La silla de ruedas a la que la atan sus piernas cansadas es lo único que recuerda que ha superado el siglo de vida.
Las hermanas Cardona –«nietas del obispo»– eran vecinas de la familia, que se mudó a Dalt Vila a principios del siglo XX, cuando a la madre de Antònia le surgió la posibilidad de trabajar como profesora. Sentada en la puerta del colegio, la niña veía pasar a las «señoras elegantes». Se fijaba en sus ropas y sombreros. Con apenas siete años confeccionó un vestido exactamente igual a uno que vio en la calle. «También elaboraba pamelas. Hacía la estructura con alambres y luego la forraba con tela», comenta Antònia doblando con sus manos unos alambres invisibles.
Pero no solo con la costura se divertía Antònia de niña. La centenaria ríe a carcajadas recordando la ocasión en que se le ocurrió bautizar a su perro, Rico Panal, en la iglesia del Convent. «Pura Fajarnés iba a ser la madrina», apunta sa Mestra Cala, que apenas puede hablar de la risa que le provoca rememorar la escena, especialmente, la cara del cura cuando las vio en el templo dispuestas a bautizar al perro. Y aunque no hubo ceremonia, sí convite: rodajas de boniato crudo por las que Rico Panal babeaba.
Antònia aún se maravilla de cómo sus padres podían sacar adelante a sus once hijos. «El día del Corpus todo el mundo tenía que estrenar zapatos y ropa», señala. Su labor como modista comenzó a los trece años. Antònia quería hacerse un vestido para Pascua con un corte de mezclilla que había comprado su madre. Pero esta no quería dejar que se lo hiciera hasta que se hubiera cosido una blusa. Tanto insistió Antònia que al final su madre cedió «porque la tela no era muy buena», afirma. El día que sa Mestra Cala empuñó las tijeras para cortarse su primer vestido lo hizo con público. «Cuñadas y vecinas vinieron a ver cómo destrozaba la tela, pero no me puse nerviosa», señala con un punto de orgullo. Se pasó un poco con las tijeras, pero lo solucionó poniéndole un vivo de color rojo. «Siempre he tenido mucho gusto», afirma, coqueta, con naturalidad. Desde ese momento sus amigas comenzaron a pedirle que les cosiera sus vestidos.
Poco después, Catalineta de Cas Veí, modista que tenía su taller junto a la iglesia de l’Hospitalet, le ofreció trabajo como costurera a su hermana Catalina, que declinó la oferta. Su madre le propuso que contratara a Antònia. «No lo tenía muy claro porque me veía como a una niña, siempre jugando en la calle», confiesa. Sin embargo, los temores desaparecieron cuando le enseñó el vestido que se había hecho. Tres pesetas a la semana era su sueldo, un dinero que permitía comprar ropa y zapatos para toda la familia.
En 1929, cuando Antònia tenía 26 años, se marchó a Barcelona, donde vivía uno de sus hermanos mayores, para estudiar sastrería, lencería, corsetería y corte y confección. «Era cuando se estaba celebrando la Exposición Universal», indica la modista, que también aprendió a confeccionar ropa para curas y obispos. A sa Mestra Cala le gustó vivir en Barcelona. También disfrutó de su vida en Palma, donde pasó los años de la Guerra Civil. Con un poco de miedo, una noche se embarcó rumbo a Mallorca para llevar a una sobrina con su madre, a las que el inicio de la contienda había pillado separadas. «Mi hermana decía que por nada del mundo se montaba en el barco, tenía miedo a que le cayera una bomba encima, así que la acompañé yo», recuerda. «Tuvimos suerte. Nos encontramos con un primo hermano que nos dejó dormir en su camarote», añade.
A pesar de lo complicado que era encontrar trabajo en plena guerra, Antònia se propuso conseguir un empleo en Palma. Un día, paseando por la calle Colón, vió un letrero: «Se buscan oficialas de costura para guerreras de soldados». La ibicenca no había cosido jamás una de aquellas piezas ajustadas y abrochadas desde el cuello a la pelvis, pero eso no le pareció un inconveniente. «Me dieron las telas para confeccionar doce guerreras en tres días. Era mucho trabajo. No sabía si podría hacerlo», confiesa. En el mismo edificio en el que se había instalado con su hermana María, vivía un joven que estaba haciendo la mili. «Le pedí que me dejara su guerrera. Quería ver todas las piezas, los trocitos con los que estaba formada para aclararme», detalla. Aquellos tres días no hizo otra cosa que coser: «Trabajaba en la mesa de costura, giraba la silla para comer y volvía a las guerreras». Eso sí, no se dio cuenta de que había telas de varios colores y dos de las chaquetas, involuntariamente, le quedaron bicolor. «Cuando fui a entregarlas las puse debajo del montón. Había mucha gente y la supervisora, muy enfadada, les decía a todas las que le enseñaban las prendas que estaban muy mal hechas. Yo estaba sofocada, pero al mirar la primera de las que llevaba dijo que menos mal que había una que sabía coser. No miró las últimas. Solo me dijo que los ojales eran muy pequeños, pero cuando vio lo bien hechos que estaban y que abrochaban bien no dijo nada más», cuenta.
Con guerra y todo, Antònia pronto se convirtió en la modista de referencia de todas las ibicencas que vivían en Palma. «Me gustaba mucho hacer vestidos elegantes. Ahora nadie viste bien. Antes las mujeres eran muy femeninas, ahora van como farcells», lamenta. En aquella época, Antònia hizo lo imposible por trabajar. «Iba a una mercería de la ciudad a comprar y la dependienta me preguntó que quién me vestía. Cuando le dije que yo misma, me contestó que le gustaría que le hiciera un traje, pero que tenía el taller muy lejos», señala. Así que allí mismo, en la tienda, le tomó las medidas y se ofreció a llevarle las pruebas del vestido. «En aquella época me pasaba la vida en el tranvía y tenía siempre la casa llena de chicas a las que preparaba para el título de costura», recuerda la centenaria, que para las clases se mudó a un entresuelo en Palma. Ella jamás hubiera regresado a la isla, se hubiera quedado allí, creando vestidos para sus clientas y trabajando con sus hermanas, a las que encargaba algunas labores del taller. «Era la octava hija, la que decían que no debería haber llegado, y era la que sacaba la familia adelante», reflexiona.
Antònia regresó a Eivissa cuando se casó. «Ha sido la mayor animalada de mi vida», confiesa sa Mestra Cala, que pocos años después, con una hija pequeña decidió separarse. «Una noche me pegó. Le dije que si volvía a pasar yo me iba. Y así fue», afirma. Hasta al teniente envió su marido para intentar que volviera. Pero no lo hizo. A pesar de esto, asegura que mantuvo una buena relación con él hasta que murió. Antònia, a sus 108 años asegura que no sabe lo que son la envidia ni el rencor. «Entonces no se estilaba separarse, unos me decían que era una valiente y otros que era rara», confiesa. Pero esa no era la primera vez que sa Mestra Cala se sentía diferente. Cuando vivía en Mallorca aprendió a montar en bicicleta –«entonces era un disparate»– y en ella iba a la playa bajando por unos caminos con tanta pendiente que aún hoy, más de 70 años después, se sorprende de no haberse caído jamás. Para poder montar se confeccionó una falda pantalón «muy moderna». Antònia lamenta no haber conducido nunca, aunque está convencida de que le hubiera gustado.
El momento más feliz de su vida es, sin duda, el nacimiento de su hija Lidia. Aunque reconoce que al ver que era una niña lamentó por adelantado lo que iba a sufrir. «Las mujeres somos mártires», afirma convencida. «Lidia era una hermosura, decían que era la chica más guapa de Eivissa. Era elegante, sabía coser y tenía muy buen gusto», recuerda a su hija, que falleció sin haber cumplido los 50 años.
Después de la separación, buscó una planta baja «con jardín y un pozo» para vivir con su hija y montar la escuela de costura. «Venían chicas en bicicleta de toda la isla. A veces traían solo una tortilla para comer. Hacía frío y les ofrecía un plato de sopa», relata la centenaria, que recuerda un incidente con una vecina: «Me preguntó si tenía pensado poner una casa de citas. Le respondí que aquellas chicas no servían para eso, pero que si ella bajaba igual sí la ponía. He tenido carácter». Aquella época fue dura. Tenía que ganar para ella y para su hija. Veía anochecer y amanecer cosiendo. La mitad de las noches las pasaba en blanco junto a la máquina de coser. Las otras, se acostaba a las tres y media de la madrugada y se levantaba a las siete. «Me tomaba el café, pero café fuerte, en vasos de agua. Seguro que no hay ninguna persona que haya bebido tanto café como yo», afirma convencida esta mujer que dejó de coser hace apenas unos años.
A los 99 años volvió a coger aguja e hilo para confeccionar el traje de novia de su nieta, Yolanda, nacida 1973. «Era blanco con detalles dorados. Un vestido de reina», describe Antònia la última prenda que surgió de sus manos. «Siempre me ha gustado hacer trajes de novia. Cogía unas agujas y cuatro papeles y los diseñaba. A la gente le gustaban mucho. Nunca hice dos iguales», comenta esta mujer que garantiza que no conoce el secreto de la longevidad. «Serán cosas del Bon Jesús, yo jamás habría pensando llegar a los 108 años. Igual es por las calamidades, porque las he vivido con comprensión, resignación y paciencia. Si algo está en tu destino, por más que huyas acabará llegándote y si no lo está, ya puedes agarrarlo con fuerza, que se te escapará igual», concluye Antònia Cala buscándose, con 80 años menos, en una fotografía en la que posa con sus alumnas de costura.

miércoles, 19 de enero de 2011

Otro Zarraluki, por favor

Cada vez que empiezo a leer un libro de Pedro Zarraluki me acuerdo de lo mucho que me gusta. Hasta ese momento es un escritor en el que no pienso. Sólo cuando me tropiezo con una de sus novelas en la estantería de una librería me acuerdo de él, me vienen a la cabeza las sensaciones que me provocaron sus novelas y, sobre todo, sus personajes, y no puedo evitar llevármelo a casa. En 'Todo eso que tanto nos gusta' ha vuelto a sorprenderme, y mira que lo sabía, la facilidad con la que surgen los personajes de las manos y la cabeza de Zarraluki. Y es que no es fácil encontrar libros en los que, en una sola frase (dos a lo sumo) sepas cómo viste, cómo se mueve, cómo respira, qué piensa... 'Todo eso que tanto nos gusta' llegó a mis manos de casualidad. Era el único libro decente entre decenas de Dan Browns y Nora Roberts en el exiguo apartado de libros en español del aeropuertode Zurich. En el momento en que mi madre me dijo "¿Y éste?" no necesité nada más. En los escasos segundos que transcurrieron hasta que lo tuve en mis manos tuve la certeza de que me gustaría. Y así ha sido a pesar de que 'Todo eso que tanto nos gusta' no es más que la historia de dos hombres, un padre en edad de jubilarse y un hijo en edad de divorciarse, buscando una nueva vida. El primero conscientemente. El segundo, arrastrado por el primero. Más allá de eso, la cotidianeidad que tan bien se le da al escritor catalán: una taxista a punto de casarse, una prostituta con buen corazón, una dura propietaria de hostal, una italiana guapa y millonaria que colecciona obras de arte, un médico de pueblo, una mujer reconquistando a su marido, un hombre que viaja con los libros...
Título: Todo eso que tanto nos gusta
Autor: Pedro Zarraluki
Editorial: Destino
Colección: Áncora y Delfín
Páginas: 304
Precio: 20 euros

viernes, 14 de enero de 2011

Bye, bye, Mr. Masoch!

Hoy, por fin, me he despedido de él. Lo he echado de mi vida entre esqueletos de yogures supuestamente griegos, corazones de pera y revistas caducadas. Lanzando la bolsa de basura con despreocupación y a cámara lenta le he dicho adiós al trozo de Mister Masoch que aún permanecía aferrado a mí. Hace años conseguí desincrustármelo de cerebro y hábitos. Pero una, que es melancólica y un poco tonta, decidió guardar aquella masa tan transparente como peligrosa en un bote de conservas con mucho corazón. Hace unos días me asusté. Empecé a mirar con ojos aviesos el envase. Buscando restos de aquella masa invisible a través del cristal. ¿Y si la rosca se ha pasado? ¿Y si los vapores de Mister Masoch han conseguido escapar? Uy uy uy uy uy... Así que por si acaso, por si el espíritu del austríaco estaba a punto de abandonar la celda de clausura al que lo confiné, hoy he dicho (con permiso de María Jiménez): "¡Se acabó!".

jueves, 6 de enero de 2011

Jesús Bee Gee y Diablo Clooney

Lo siento. Soy una chica fácil cuando de libros se trata. Así que aunque intenté resistirme, 'Jesús me quiere', la segunda novela editada en España del alemán David Safier, acabó en mi bolso. Y no solo eso. Sino que la devoré en apenas cuatro de las horas que estuve esperando un vuelo de regreso en el aeropuerto de Zurich. Y la verdad es que la espera se me hizo mucho más corta con la historia de Marie (una treintañera que deja plantado a su novio en el altar) y Joshua (un carpintero con aspecto de Bee Gee que no es otro que el mismo Jesús que acabó sus días en la cruz hace aproximadamente dos milenios). Después de leer hace apenas unas semanas 'Maldito karma' ya imaginaba que me divertiría, pero no confiaba en pasármelo mejor que con las reencarnaciones de Kim Lange. Y sí, 'Jesús me quiere' , es (teniendo en cuenta lo que es: una novelita sin más pretensiones que hacer reír) mucho mejor. Al hilarante volumen no le falta detalle: a Jesús le gusta la pizza y bailar salsa bebiendo mojitos, cualquiera puede ser uno de los cuatro jinetes del apocalipsis, los curas disfrutan del sexo, Jesucristo puede ser el peor hombre del mundo del que enamorarse y el diablo tiene el aspecto de George Clooney. Solo lamento no haber esperado a un día peor para leerlo.

Título: Jesús me quiere
Autor: David Safier
Editorial: Seix Barral
Colección: Biblioteca Formentor
Páginas: 304
Precio: 16 euros
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