sábado, 27 de marzo de 2010

Las bellas asignaturas inútiles de Josep Maria Pou

Una clase con altos ventanales, suelo de madera y un viejo piano. Es una de esas cosas que me atraen desde siempre. Como las islas desiertas. Como las casas con alfombra y chimenea. Como una casita con pozo en mitad del bosque. Cada uno tiene sus cosas. Así que al alzarse el telón, encenderse las luces y ver la escenografía de 'Els nois d'història' hubiera tamborileado con los tacones en el suelo si esa cosa llamada educación (en los teatros el único ruido permitido más allá del escenario debe ser el de las risas, y no siempre) no me lo hubiera impedido. Pero taconeé y aplaudí mentalmente con muchas ganas. A los cinco minutos ya estaba completamente seducida por el profesor Héctor (Josep Maria Pou) y sus ocho alumnos de estudios generales. Una materia que se me antoja el paraíso. Literatura, música, cine, poesía. Esas "materias inútiles" que no sirven para aprobar exámenes. Como si estuviera mirando por el ojo de la cerradura, las clases que se sucedían por el escenario no me parecían ningún teatro. Alumnos que se pisan los diálogos al hablar, cuerpos nerviosos, risas y miradas incluso cuando la atención del público está en el otro lado del escenario. Quería ver 'Els nois d'història' desde hacía mucho tiempo, no sé si muchos meses o algo más de un año, desde que vi una entrevista con Pou antes del estreno de la obra, escrita por Alan Bennett. Y no me defraudó. A pesar de que eché de más algunos grados de comicidad y eché de menos algo más de crudeza aplaudí hasta que dejé de sentirme las palmas de las manos.

viernes, 12 de marzo de 2010

Mala leche en el Ejército de la Nueva Tierra

Cada vez que me acuerdo de 'Los hombres que miraban fijamente a las cabras' me asoma el colmillo derecho por la media sonrisa. Lo siento. Me gustan la mala leche con guasa, el cinismo moderado y la ironía controlada. Y la película de Grant Heslov tiene una buena dosis de las tres, además de algunos momentos en los que es imposible aguantar la carcajada. La historia, basada en un libro de Jon Ronson, ronda el absurdo. Y tengo debilidad por el absurdo. Un periodista de comarcas que decide superar su divorcio marchándose a Irak. Un militar sin ejército en una misión secreta. Una unidad especializada en lucha paranormal con tintes hippies (el Ejército de la Nueva Tierra). Lo dicho, todo muy absurdo. Pero genial. Es cierto que tiene algunos fallos de guión (parece que se han pasado con la tijera en los flashbacks), pero los actores, tanto los principales (George Clooney, Ewan McGregor y el recién oscarizado Jeff Bridges) como los secundarios me hicieron creerme este disparate.

martes, 9 de marzo de 2010

Alfombra roja y tecla retorcida

Hoy me he levantado con la tecla retorcida. Bueno, ya me acosté con la tecla retorcida, pero no tenía ganas de volver a encender el ordenador, así que como el retorcimiento de colmillo, digo de tecla, sigue intacto, me vais a permitir que vomite un poquito de bilis. Llevo dos días, desde el domingo por la noche, escuchando a expertos en moda, contertulios de tres al cuarto y otros personajillos televisivos despreciando a algunas de las candidatas (Gabourey Sidibe), ganadoras (léase Mo'Nique) e invitadas a los Oscars que deslucieron la elegancia de la alfombra por sus medidas, tan lejanas al 90-60-90. Que si iban muy azules, que si debían haber llevado manga larga, que si tendrían que haber elegido trajes más discretos... Y eso que ninguna de ellas escogió un modelito al estilo cisne muerto de Björk, que si no, estoy segura de que las queman en la hoguera. En fin, que critiquen la ropa me parece no sólo correcto, sino lo normal en estos casos, que para eso está la alfombra roja, pero que directamente digan que no comentan sus estilismo por claro, con esos cuerpos no se puede vestir bien, saca la bestia que llevo dentro. Pues eso, con la tecla retorcida.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Una feliz maraña de enredos


Tengo el pelo lleno de enredos. Intento peinarme con los dedos. Imposible. El peine de viento es implacable. Insisto con las manos. Oigo pequeños clacs cristalinos cada vez que se rompe alguna de mis escasas serpentinas de queratina. Debería dolerme, pero no. Cierro los ojos para concentrarme en los clacs, difíciles de escuchar entre el oleaje. En realidad me gusta. Y me gusta más cuando paso la lengua por los labios. Los noto salados. Tengo los bajos del patalón y una manga mojadas. No me importa, ni siquiera cuando me doy cuenta de que si arrugo la cara me tira la piel, como si fuera una máscara de sal a punto de cuartearse. Sé que es hora de irse, pero me resisto. El pelo convertido en una maraña de enredos, digno nido de pájaros carnívoros, y la piel agridulce. Como cuando era niña. Y jugaba.
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