viernes, 15 de enero de 2010

Lágrimas con dos de azúcar


Desayuno en los bares. Siempre. Bueno, casi siempre. El primer café de la mañana no sabe igual en casa. Necesito la calma ajetreada de un bar. Los camareros yendo y viniendo, el murmullo de los clientes, el clinclineo de cucharas y tazas, la televisión de fondo… Tantos ruidos se mezclan para envolverme en un silencio en el que sólo estamos yo, mi libro, un café con leche con dos de azúcar y media tostada con tomate. En casa no es igual. Soy incapaz de desayunar tranquila. Una lavadora que poner. La cama por hacer. Tiempo para un barrido rápido. Un ajetreo silencioso que convierte el desayuno en un momento de estrés. Hace pocas mañanas he estado a punto llorar al ver frente a mí un café con leche, placer que parecía imposible. Bares cerrados porque era lunes. Bares cerrados por Navidad. Bares cerrados por vacaciones. Bares cerrados por defunción de la caja registradora. Una pesadilla de la que desperté en un solitario bar de carretera con un café con leche con dos de azúcar servido en vaso alto.

2 comentarios:

  1. después del café de la mañana la vida se ve de otro color, a mi también se me hubiese puesto un nudo en la garganta si me hubiesen intentado privar de él

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  2. Yosoy de los pocos que desayuna en casa, pues. Tomo mi primer café a las 7 de la mañana, antes de meterme de lleno en el "entusiasmo" infantil. Es mi momento de paz y silencio. Sin este café no funciono.

    Aunque reconozco que el café de media mañana, en la sala de profes, me encanta. Pero es más por la "socialización" que por el mismo café.

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