viernes, 1 de noviembre de 2019

La noche de las velas


@martatorresmol


Las velas ardían en el fregadero de la cocina la Noche de Difuntos. Se encendían en el minuto justo en el que un día alcanzaba al otro. En silencio. Las llamas llenaban la casa de sombras. Alguna vez mi abuela me pilló de madrugada, pegada al borde de la pica, mirando hipnotizada aquella candela que se derretía, un mensaje de cera para decirles a nuestros muertos que les recordábamos, que les queríamos, que les echábamos de menos... Cada vela tenía la vida del ser querido al que representaban. Unas, las de quienes se fueron en plena juventud, se consumían rápido. Otras lanzaban su último aliento al amanecer, apurando todas las horas, como hicieron en vida, de una noche en la que, decía mi abuela, vivos y muertos podían sentirse unos a otros. Mi otra abuela no encendía velas en el fregadero de la cocina. Limpiaba los nichos de sus muertos, que son los míos. Encalaba subida a una escalera que pasaba de mano en mano en el cementerio viejo de la isla. Quitaba el polvo. Sacaba lustre a las lápidas. Reponía las flores. Sin dejar de hablar. De recordar. De explicar las vidas de aquellos que ya no estaban. El que se fue a Cuba. La que se enamoró de un marino. El que se fue a Rusia, a la guerra, y regresó en cuerpo pero nunca en alma. El que volvía de sus viajes con los bolsillos rebosando regalos y la cabeza, historias. Encendía velas en la capilla del camposanto. Sin dejar de rememorar a sus muertos, que son los míos, entre susurros. La que lloraba porque no la dejaban ir al colegio. La que contaba unas historias junto al fuego. El que estuvo a punto de morir en un duelo. Aquellas velas también tenían su propio ritmo. Mi abuela cerraba los ojos y rezaba. Yo miraba, embobada, aquel mar de pequeños fuegos. Unos agotándose en unos minutos. Otros demorándose. Cada una consumiéndose al ritmo de la vida por la que se iluinaban. Esta Noche de Difuntos encenderé una vela en la cocina. Pensando. La ilusión de saber que venías. Las veces que imaginamos tu carita. Los instantes que queríamos vivir contigo. Arderá. Apenas un suspiro. Te recordamos, te queremos, te echamos de menos, pequeño.

10 comentarios:

  1. Desde hace un año y nueve meses subo todas las mañanas coincidiendo con mi paseo diario por la villa medieval de mi pueblo allá en las alturas del mismo. Y visito el cementerio vetusto , me encuentro poca gente a diario pero desde hace dos todo ha cambiado y las flores y los pintores campan por el. Ahora mismo el espectáculo de lucecitas rojas y blancas moviéndose al son del viento para mas de uno resultara macabro y para mi y mucha gente mas es algo muy bonito en la semi-oscuridad entre esos panteones de granito envejecido por el tiempo.
    Precioso tu relato.

    Un beso

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    1. Erik, te entiendo. Nunca me dieron miedo los cementerios. Quizás es que en los lugares pequeños los hemos tenido siempre más presentes que en las grandes ciudades, donde, relegados a las afueras, parece que no existen.

      Abrazos.

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  2. Entrañable relato y conmovedor final. Es muy duro y más frecuente de lo que la gente piensa porque no se suele contar.
    La madre de una amiga siempre ponía también las velas en el fregadero. En mi entorno eran más de lo del cementerio. Para mí siempre ha sido una fecha extraña.
    Besitos Dorothy Winterson

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    1. Norah, ojalá fuera sólo un relato... Sí, es bastante más frecuente de lo que parece, pero como vivimos en una sociedad en la que todo debe ser alegre y feliz... Se viven los embarazos como si nada pudiera salir mal, se celebran los nacimientos antes de tener a los bebés en brazos y se olvida que muchas cosas pueden salir mal. Es una fecha extraña, por mucho que la disfracemos, me temo.

      Un besazo.

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  3. Ay, precioso. Qué duro es, si me paro a pensarlo. Besos

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    1. Marisa, es muy duro. Muchísimo. Pero no queda otra que seguir adelante.

      Un besazo.

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  4. Ese final duele... Un fuerte abrazo.
    Besotes!!!

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  5. Un placer encontrarte
    y haberte conocido
    a vos y a tus letras!!!
    saludos desde Miami

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