lunes, 22 de julio de 2019

Una niña sin perro



Nixon | @martatorresmol

Me pasé la infancia deseando un perro. Pidiendo un perro. Soñando que tenía un perro. Siendo buena para que me dejaran tener un perro. Cada noche de Reyes me iba a dormir imaginando que, al amanecer, encontraría una tambaleante caja con agujeros en mis zapatos. Eso nunca pasó. Fui una niña sin perro. Y una adolescente sin perro. Durante todos aquellos años repasé, con lágrimas muchas veces, todo lo que haría con mi inexistente perro. Algunos niños tienen amigos imaginarios. Yo tenía un perro imaginario. Niña solitaria y lectora, fantaseaba con tenerlo a mi lado mientras leía en las tardes de invierno y saltando juntos olas en verano. Para compensar tuve todo tipo de animales: peces, periquitos, canarios, tortugas (una de ellas carnívora y con muy mala leche), hámsters, una iguana... No eran un perro.

Cuando Nixon llegó yo superaba los 20 y ya no vivía en casa. Fue amor a primera vista. Un adorable cachorro torpón que arrastraba la panza y necesitaba armarse de valor para bajar un escalón. Aún no lo sabíamos, pero era mi perro. Mis padres se mudaron. Y Nixon se mudó conmigo. Nunca me he sentido tan segura como junto a aquel perrazo. Sé (hubo un par de amagos) que se hubiera dejado matar para defenderme. Le gustaban las pelotas, los globos, las cuerdas, el jamón serrano, dormir a mis pies y apoyar su cabezota en mi cadera cuando me acurrucaba a leer.

La noche que se fue, tras 14 años juntos, fue de las peores de mi vida. El dolor de perder a un perro, a un compañero de vida, es difícil de superar. Por mucho tiempo que pase. Por eso, porque no quería pasar por ese dolor otra vez, decidí volver a ser una niña sin perro. Advertí a quienes me quieren de que lo último que deseaba en la mañana de Reyes o en la de mi cumpleaños era una tambaleante caja con agujeros.

Mina | @martatorresmol

Me hablaron de Mina (que entonces se llamaba Pika), pero no quise saber nada. Me dijeron que necesitaba una familia. No quería.  Me plantaron su foto delante. Y no pude seguir diciendo que no. Fue amor a primera vista. Tenía 9 meses y sólo quería que le rascara la barriga. Estuve un mes paseándola. Compartiendo con ella rocas y puestas de sol junto al mar. La noche antes de adoptarla la pasé llorando. Tenía la sensación de que le estaba fallando a Nixon. Estúpido, pero real. Fui a buscarla y se subió al coche de un salto. Sin mirar atrás. Y todo ha sido igual de fácil desde entonces. Ese día descubrí, al ver su cartilla, que Mina nació pocos días después de que Nixon muriera.

El día 28 hará dos años que Mina llegó a casa. Adoptarla fue de las mejores decisiones que he tomado. Es leal, lista como un pecado, hipercariñosa, juguetona. Le encantan las cuerdas (no ganamos para tantas como destroza), que le rasque la barriga y bañarse en la playa. Soy una niña con perro.


3 comentarios:

  1. Ay qué bonito! Me han encantado. Sé lo duro que resulta perderlos, así que disfruta de Mina. Besos

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    Respuestas
    1. Marisa, es un dolor tan grande... Mina es increíble. Una compañera estupenda. Gracias.

      Un besazo

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  2. Justo hoy un perrito se ha metido a la bodega donde trabajo, lleva dos días por aquí me dicen. Quizá se quede no depende de mi pero,...
    Saludos.

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