jueves, 15 de noviembre de 2018

El primer librero de mi vida


@martatorresmol

Nunca supe cómo se llamaba el primer librero de mi vida. Sólo sé que era un señor muy serio, con gafas de las que parecen hechas para mirar por encima de los cristales mientras juegan a resbalarse por el caballete de la nariz. Era mayor. Muy mayor. Eso le pareció a mi yo de ocho años. Aquel señor de edad venerable podría haber rondado, desde la perspectiva que dan los años, los cuarenta. Nunca lo sabré.  Sólo sé que su librería estaba en Segovia. En el centro. Cerca del acueducto. En alguna de las calles que se perdían a mano derecha, acercándose al Alcázar. Sé, también, que abría los sábados por la tarde. Una rareza en aquellos tiempos en los que la gente, el comercio, descansaba los fines de semana. Días casi sagrados. El sábado antes de comer las persianas caían a plomo sobre sus candados, con la fuerza de una promesa, y no volvían a levantarse, perezosas, hasta el lunes. Días en los que sólo se podía comprar el pan. Y porque las panaderías hacían el agosto con la gula dominical. Y la prensa en aquellos quioscos que, como mucho, descansaban los lunes. Pero aquel señor serio tenía abierto aquel sábado por la tarde. Hacía frío. O eso me parecía a mí, niña del Mediterráneo. No tanto como en León, donde por primera vez sentí cómo mi nariz se arrugaba despacio, congelada. En el hotel nos habían dicho que, si había una librería abierta en todo Segovia, sería la suya. Y allí estaba.

Recuerdo, borrosa, una luz tímida. Unas pequeñas estanterías pobladas de libros de bolsillo, con sus portadas descoloridas, flanqueando una puerta estrecha. Y abierta. A pesar del helor de aquella calle umbría. Unos volúmenes gordos, pesados, la sostenían. Dentro olía a papel. A ese papel viejo que amarillea en las puntas y que ahora conozco tan bien. Mezclado con piel antigua. Cuero reseco. Un olor que en ese momento era nuevo. Un descubrimiento. Las paredes, que entonces me parecían gigantescas, estaban forradas de libros. Ni un espacio vacío. Volúmenes amontonados en el suelo. En varias mesas. Junto a la caja registradora. Detrás del mostrador. En las escaleras que se perdían en un primer piso al que nunca subí. Y ahí estaba él. Mirando curioso a aquellos extraños que un sábado por la tarde se habían aventurado en sus dominios. Por mi culpa.

Había acabado mi libro de cuentos. Ése que me había acompañado en el barco. En cada noche de hotel. En cientos de kilómetros mesetarios. Había acabado mi libro de cuentos y necesitaba otro. No quería otro. No deseaba otro. No. Ne-ce-si-ta-ba otro. Cómo me pondría de pesada para que mis padres preguntaran en el hotel dónde podían encontrar una librería abierta. Pero aquella cueva no se parecía en nada a las librerías que yo conocía. El quiosco del paseo, donde los cuentos troquelados, cruzados con una goma para que el viento no se los llevara, se exponían junto a las revistas, los diarios, el tabaco y las chucherías. O la librería del barrio. Aquella en la que mientras esperabas a que tu madre pagara te divertías jugando entre los cientos de disfraces y complementos que abarrotaban el espacio.

No. Aquella cueva era diferente. Impresionaba. Sabía que aquel umbral había que cruzarlo como el de una iglesia. En silencio. Con respeto. Allí no valía correr entre las estanterías. Ni esconderse debajo de las mesas. Ni sentarse en el escalón de la entrada. El capricho era mío. Eso me recordaba el billete de cien pesetas que llevaba en el bolsillo del abrigo. Yo debía preguntar. Yo debía pedir. Yo debía pagar. A aquel señor tan serio que miraba por encima del cristal de sus gafas. Recuerdo que le pedí un libro de cuentos. Tan flojito, que acercó su nariz de tobogán a mi cara asustada para que repitiera. Y entonces se perdió.

Desapareció, despacio, entre unos expositores de fotos y postales para aparecer, lo que me pareció una eternidad después, a mi espalda. Llevaba un libro en las manos. Gordo. Usado. De papel ocre y esquinas gastadas. "Enid Blyton", leí. En la portada, una niña durmiendo, un caballo con alas, una estrella de mar, una sirena... Era precioso... Lo cogí. Y le di mi billete al señor, que lo miró. Recuerdo el nudo en el estómago al pensar que igual aquellas cien pesetas, un millón para mí, no bastaban para pagar aquel libro. Aunque estuviera usado. Me devolvió el billete. Y me obligó a preguntarle el precio que no era, ni de lejos, cien pesetas. Volví a darle el billete. Volvió a devolvérmelo. Cascarrabias, me dijo que tenía que intentar pagar menos. Que los libros viejos se enfadan cuando creen que no los quieren y que siempre había que pelear, aunque fuera un poco, por ellos. Aquel libro, con su caballo con alas, su estrella de mar y su sirena, me acompañó en cada cama de hotel. En las noches en casa de la tita Piedad. En cientos de kilómetros mesetarios. En el barco de regreso. Aquel librero serio, de gafas a media nariz, y aquella librería oscura, la primera de mi vida, siguen, en el fondo, conmigo. Cada vez que cruzo el umbral de los únicos templos que reconozco. Cada vez que miro a un librero a los ojos. Aunque no lleve gafas.

7 comentarios:

  1. Acabo de leer este relato en el autobús, es de noche todavía, y en los auriculares sonaba Home to Donegal, que salió aleatoriamente.
    Como siempre el relato es precioso, escribes como si dibujaras, se ve y se siente lo que cuentas.
    Nunca he tenido librero pero la señora de la librería donde compraba material escolar y algún libro (empecé tarde con la verdadera pasión por la lectura) era una embaucadora interesada.
    Besos Dorothy Ende

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  2. Me encanta, Marta!!! Pero una duda..., no es un relato inventado, verdad? La niña eres tú? Es que es curioso como recuerdas todo con tan solo ocho años, todos los detalles y como se te ha quedado grabado en la mente. En cualquier caso es genial, me encanta leerte.
    Besos

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  3. Precioso relato, he vuelto a recordar a mí primer librero!! Gracias.

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  4. Pero es real? Porque si no lo es, consigues hacerlo todo tan real, tan creíble... Y si lo es, qué bien lo cuentas! Y qué recuerdo tan bonito.
    Besotes!!!

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  5. Entrañable. Gracias por compartirlo.
    Un abrazo

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  6. Precioso relato. Da lo mismo si son tus recuerdos o los has inventado, pero es muy evocador. Y muy entrañable.
    Nada más. Besos

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  7. Si algún día escribes un libro lo pienso comprar la primera, escribes maravillosamente bien.

    Un besazo Dorothy.

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