martes, 2 de enero de 2018

Releer no es volver a leer


@martatorresmol

Releer no es volver a leer. El libro es el mismo, es cierto. También las palabras. Y los puntos. Y las comas. Y los espacios en blanco. Los personajes no aprovechan que una ya cerró sus tapas para hacer lo que les venga en gana y no lo que el autor ideó para ellos. El libro es el mismo. Pero una ya no es la misma. La Marta que leyó 'Moby Dick' hace años no es la misma que lo leyó hace nada. Una vez se sintió Ahab y la otra, ballena. Y no necesariamente en ese orden. Releer no es leer el mismo libro. La mirada que recorre cada letra no es la misma. Y eso lo cambia todo. Por eso vale la pena releer. Y éste ha sido un año de releer mucho.

'Moby Dick', todos tenemos nuestra ballena blanca
Así, en esa especie de naufragio mental, volví de nuevo a 'Moby Dick', de Melville. Volví a embarcarme en el Pequod. A ponerme a las órdenes de Ahab. Secuestrada en su locura de dar caza a Moby Dick. Su leviatán. Su monstruo. El que hace años masticó su pierna. Y es en esa encalladura en mi viejo orejero cuando leo claro. Más allá de la aventura, del mar, de las descripciones de ballenas, de marinos y marineros, del peligro, de la incertidumbre, de los arpones, de los cabos, de las olas, del ambiente opresivo del ballenero, de la persecución...

'Billy Budd, marinero', a bordo del Bellipotent
'Billy Budd, marinero', se fue en una noche entre los corales de mis sábanas y dos mañanas a pelo en la arena. Es una historia interesante. De ésas que te hacen parar y pensar. Y darle vueltas. Y es en esas reflexiones cuando te conviertes, sin quererlo, en el capitán Vere, el auténtico protagonista de esta historia, aunque su nombre no aparezca en el título. No sé hasta qué punto Melville (ese hombre que navegó "océanos y bibliotecas") pulió esta pequeña novela. Si el manuscrito que encontró su biógrafo casi tres décadas después de su muerte estaba acabado o era el esbozo de una novela más extensa. Da igual.

'El arte de la guerra', arte para la guerra diaria
Sentarme en el orejero con las piernas cruzadas, las páginas apoyadas en mi pecho y pensar. Porque eso es lo que te pide cada una de las sentencias que Sun-Tzu (no está claro quién fue o si fue una persona o un colectivo) plasmó en 'El arte de la guerra', que pienses en ellas. Se concibieron para la guerra, para ejércitos que luchaban cuerpo a cuerpo en escenarios complicados con generales que cambiaban su estrategia en cada combate y en cuyas filas contaban con antiguos enemigos y que se veían obligados a sacrificar sus bienes para que el adversario no se hiciera con ellos. Sí, esas sentencias se crearon y se juntaron para la guerra, pero... ¿Cuántas guerras luchamos cada día?

Es el mismo ejemplar que compré siendo quinceañera, cuando comencé a componer mi pequeña biblioteca. La misma que me ha acompañado. Por ciudades y en mudanzas. Con sus naufragios, sus pérdidas y sus renuncias. Compré 'Como agua para chocolate', de Laura Esquivel, en el otoño del 94. Una edición insultantemente barata de una de esas colecciones que llenaban los quioscos en septiembre. Casi un cuarto de siglo y no he dejado de quererlo. Ni una sola de las muchas veces que lo he leído. Ni una sola de las pocas veces que he osado preparar alguna de las doce recetas que narran esta historia.

"El gran logro de Conrad es haber transformado la experiencia de su vida marinera en metáfora convincente de la existencia humana". Así lo asegura Jules Cashford en 'Joseph Conrad: homo duplex', el pequeño ensayo que cierra 'El copartícipe secreto', de Joseph Conrad, una frase con la que no puedo estar más de acuerdo. Porque da igual dónde estén ambientadas y quiénes sean los protagonistas de sus obras, siempre tienes algo a lo que agarrarte. O que te agarra.

Hay quien expone estampitas de vírgenes y enciende velas a reproducciones de santos. Yo expongo a esa 'Afrodita' de la cocina y prendo velas de gardenia a viejas fotos familiares en blanco y negro. Me encomiendo a ella, a esa diosa del placer, de los placeres, de la comida y el sexo, porque en este libro de Isabel Allende ambos están unidos. Se cogen de la mano, se besan, se mezclan uno con el otro. Cada vez que paso sus páginas, a veces despacio, recreándome en palabras al azar, a veces rápido, buscando una receta,  el libro suena. Me gusta pensar que me susurra y gime de placer.

6 comentarios:

  1. Pues no, no es releer. Es vivir una aventura nueva, como cuando ves una buena peli otra vez, siempre son distintas y se sienten distintas. ¿Guerras diarias? Muchas, a veces demasiadas. Y hoy vi ese libro del arte de la guerra en una edición muy chula, que estaba yo en la librería haciendo encargos de reyes magos y me acordé de ti. Está claro que para ti es tu flotador. Siento curiosidad.
    Qué decir de esa Allende y Esquivel que nos llenan todos los sentidos. Festival de sensaciones.
    Besotes Dorothy Torres

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    1. Norah, uno de mis flotadores, sí. No recuerdo ya las ediciones que he tenido porque los acabo regalando todos y necesito comprarme otro. Hace unas semanas regalé el último que había comprado. Léelo poco a poco. Tenlo en la mesita de noche y lee un pedazo cada noche. En una semana lo tienes listo. Es muy finito. Ahora estoy en un momento de releer, por la falta de concentración, pero tengo tantos libros buenos recién llegados a casa que no sé si lo haré.

      Un besazo, Norah.

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  2. Estoy de acuerdo: cada lectura es diferente.Bonito recorrido por tus relecturas.
    Abrazo!

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    1. A mí me viene genial releer, sobre todo en épocas en las que me cuesta concentrarme.

      Abrazos.

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  3. Cada momento, cada estado de ánimo, hace que la lectura de un libro se sienta de una u otra manera. Al releer en otro momento, con otro estado de ánimo, ese libro ya no es el mismo que la primera vez.
    Un abrazo

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  4. Es cierto, cada lectura tú eres una persona nueva, con tus experiencias añadidas en el tiempo que ha pasado entre desde la última vez que lo leíste. Yo, por ejemplo, leí "Pedro Páramo" en España y me gustó, pero lo volví a leer en México y me di cuenta de todo lo que había perdido la primera vez: no era una historia de aparecidos, era la mera realidad mexicana, algo que se notaba y se veía, que se sentía en la piel.

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