viernes, 8 de diciembre de 2017

La India (II): la "lágrima de mármol"


Fotos: Marta Torres Molina


La India
27 de diciembre de 2010.

Agra.

La niña con nombre de flor y la que se guarda las chocolatinas para más tarde quedan atrás. Sólo faltan unos kilómetros hasta Agra, pero unos kilómetros en la India pueden ser una eternidad. El sol está casi de retirada cuando los campos salpicados de saris de colores ceden espacio a calles abarrotadas y caóticas en las que peatones, motocicletas (ya sabéis, tres), dromedarios, camiones, rickshaws y vacas encuentran, milagrosamente, su camino. Algo parecido nos ocurre a nosotros. Tardamos casi una hora en llegar a la entrada de la zona de circulación restringida que rodea el Taj Mahal. Sabedores del valor del mausoleo, de cómo la contaminación mancha el blanco mármol que lo recubre, los vehículos no eléctricos están prohibidos a su alrededor.



Llegamos a la entrada principal. Frente a la que se agolpan centenares de personas. Estamos ya en la cola cuando alguien nos saca de ella y nos conduce a otra mucho menos concurrida en la que sólo vemos occidentales. Frunzo el ceño. Algo en esta separación me disgusta. Pero uno de nuestros anfitriones me explica que es por el precio de la entrada. El acceso es gratuito para los indios, ya que la mezquita del recinto aún se utiliza. Los turistas, en cambio, pagan. Aguardamos en el césped a que ellos consiguen atravesar el mar de gente, algo que logran en un tiempo de récord. Les vemos señalándonos y, sorprendentemente, les van dejando pasar. La hospitalidad india... Ningún indio concibe dejar a sus invitados mucho tiempo abandonados a su suerte. Ahí está el truco. Caminamos por el césped hasta el edificio rojo que precede al jardín en el que se ubica la famosa tumba Mumtaz Mahal. He visto esa estampa miles de veces. Ese arco tras el que aparece el que seguramente es el edificio más famoso de India. He soñado tantas veces estar aquí...



Me dejo guiar por la multitud que atraviesa el oscuro pasillo. Y ahí está... Esa cúpula blanca recortada en el cielo. Noto la presión de la gente. Los empujones. Y, aunque debe haber un murmullo ensordecedor, no lo escucho. No sé cuánto tiempo permanezco ahí, en ese pasillo, dejando que la gente resbale por mi lado, con la mirada fija en esa tumba con la que sueño desde que era niña. Recuerdo que apenas tenía doce o trece años cuando entré en una agencia de viajes y pedí todos los folletos de la India que tuvieran. Se ríeron, pero me los dieron. Llegué a casa con una decena de ellos. Los leí. Los releí. Me aprendí los textos de memoria. Soñaba con el Taj Mahal. Con estar algún día donde estoy ahora. Por eso me quedó ahí. Parada. Detenida. Disfrutando.



Hasta que vienen por mí. El sol está a punto de ponerse. El guía nos espera. Hay mucha gente. Y no podemos demorarnos más que unos minutos junto al canal en el que se refleja el Taj Mahal. El susurro del agua se mezcla con las conversaciones de los visitantes y los disparos de las cámaras. El paseo por el jardín es una delicia. Los hibiscos rojos, el verde omnipresente hacen que la muestra de amor /y de poder) del emperador mogol Sha Jahan destaque aún más. En un rincón tranquilo, apartado de los ríos de gente, el guía, un indio que chapurrea algo de castellano, palabras que mezcla con el inglés, explica la historia del impresionante monumento que el premio Nobel de literatura Rabindranath Tagore definió como "una lágrima de mármol detenida en la mejilla del tiempo".



Mumtaz Mahal ("la joya de palacio") se llamaba, en realidad, Arjumand Banu Begam y, al parecer, el emperador se quedó prendado de su mirada. "Intensa y dulce. La mirada de una mujer con carácter, como la de la bonita lady rubia", explica el guía, señalándome. La lady rubia (cuántas veces me arrepentiré en este viaje de haber vuelto a mi rubio después de años tiñéndome de morena), o sea, yo, explota en una carcajada. En todos los grupos debe haber una "bonita lady" con la mirada de Mumtaz Mahal. La joven se convirtió, cuando rondaba la veintena, en la cuarta esposa del emperador mogol. La cuarta y la única, en realidad. Porque aunque él tuviera otras tres, desde que Mumtaz Mahal entró en su vida únicamente eran sus esposas sobre el papel. El emperador se enamoró perdidamente de ella, a pesar de que era una mujer con carácter, algo que (pronto lo descubriré) no es especialmente valorado en la India. Mumtaz Mahal murió el 17 de junio de 1631, en el parto de su décimocuarto hijo. Acompañó al emperador en todas sus campañas militares, a pesar de sus embarazos. Fue en una de ellas, en Burhanpur, donde encontró la muerte, dejando a su marido sumido en una profunda depresión que le mantuvo un año apartado del mundo. Tras ese año, vestido de luto, canoso y encorvado, acabó la campaña militar de Burhanpur, exhumó el cuerpo de su esposa y lo trasladó, en un ataúd de oro, a Agra, que enterró en un pequeño edificio junto al río Yamuna, junto al que empezó a planificar la construcción del mausoleo de su adorada esposa, que tardó 22 años en estar acabado. La tumba más bella del mundo. 



Cuando acaba de explicar la romántica historia el guía habla. Gesticula. Hilvana fechas. Nunca me interesaron las fechas, prefiero las historias. Pero, como pronto descubriré, las fechas son básicas para los guías de este país. Son casi una competición. El que más fechas sabe, mejor guía es. O eso creen. Cualquiera hoy en día puede encontrar la mayoría de los datos con un par de clics, pero nada puede sustituir la magia de la palabra, de alguien que te cuenta una historia, de una voz. Acabada la historia de Mumtaz Mahal y el emperador, a la tercera fecha, desconecto. Apenas le miro. El mármol cambia de color a cada segundo. El sol, que roza ya el horizonte, juega con él transformándolo, cubriéndolo de reflejos y matices. La vista se me pierde en el hormigueo de gente que corre del mausoleo a la mezquita, donde está a punto de comenzar la oración.



Es entonces cuando el lugar parece más mágico. Está casi en silencio. Se han apagado ya las fuentes. Apenas se oye el murmullo de los últimos turistas, que, a las puertas del mausoleo, se dan codazos para ver la puerta de la tumba de la cuarta esposa del emperador, y el sonido casi monocorde de la oración se adueña de la pequeña plaza que queda entre el monumento y la mezquita. Me asomo al mirador. Da al Yamuna, el río que recorre Agra. Una ligera bruma difumina el horizonte y da un aspecto fantasmal a la superficie del agua. Sólo cuando los fieles salen de la mezquita me doy cuenta del tiempo que llevo asomada a ese balcón que mira al norte. Es casi de noche y no hay ni una sola luz en todo el recinto, que cruzo a oscuras. Antes de volver a cruzar el edificio de la entrada orientada al sur echo la vista atrás. A pesar de la oscuridad, la cúpula y los alminares blancos del edificio destacan en la noche.



Es entonces, de vuelva al ruido y la marea de gente de las calles de la India, cuando soy consciente de dónde he estado. Debo sonreír, porque en el camino de regreso al aparcamiento recuerdo gente sonriéndome. En la India funciona así, si sonríes, te sonríen. Comemos en el microbús algo que alguien se ha preocupado de ir a buscar a algún hotel cercano. Sentados en esos  asientos con tapetes de ganchillo el cansancio nos sale en forma de risa tonta que apenas podemos contener en el lujoso hotel en el que paramos unas horas, a tomar un chai, para hacer tiempo a que sea la hora de tomar el tren a Bhopal. El té (y los primeros lavabos decentes desde que partimos de Delhi) nos calman. Cuando conseguimos dejar de reír, uno de nuestros anfitriones nos explica un poco cómo será el día de mañana. Nos prepara, en cierta forma, para los primeros actos de la boda de Kapil y Manisha. Cuando lleguemos a Indore, a mediodía, no tendremos ni un segundo para respirar porque, entre otras cosas, aún hay que comprar las kurtas. ¿Kurtas? ¿No saris? Reconozco que me llevo una pequeña decepción. Quería llevar un sari. La desilusión se me nota en la cara. Soy demasiado transparente. Me explican que, no acostumbradas a llevar saris, han pensado que iremos más cómodas con las kurtas, una especie de vestido acampanado y llamativo por las rodillas con unas mallas a juego. Esos son los planes, pero algo me dice que la India me va a mimar también en eso. Es casi medianoche cuando llegamos a la estación de tren. Para llegar al andén tenemos que caminar con cuidado para no pisar a ninguna de las centenares de personas que duermen en la estación. Son muchísimas. Y tienen poco más que una esterilla sobre la que esperar a que salga el sol para convertirse, de nuevo, en deambulantes. Los andenes, donde el olor es fuerte y desagradable, están algo más tranquilos. Muchas mujeres aguardan con enormes hatos. suben a los trenes en grupo, chillándose unas a otras para meterse prisa. No se vayan a quedar. Entre tren y tren adultos y niños bajan a las vías a hacer sus necesidades. De ahí el olor. Algunos vagones llevan gente sobre el techo. Siempre se venden más billetes que plazas y, además, hay quien se cuela. Nuestro tren se retrasa. Algo habitual en un país en el que los horarios de todo son orientativos. Aún no lo sabemos, pero dentro de un par de días, antes de cerrar cada cita preguntaremos "¿horario occidental o indio?". Pasa bastante de la medianoche cuando, por las vías, se acerca nuestro tren a Bhopal.




8 comentarios:

  1. Apasionante relato viajero. "La" India (nótese que me niego a quitarle el artículo) es el agujero más negro que tengo en mi palmarés de viajes (junto con el África negra). Nunca tuve la oportunidad de ir, por eso me fascina que los que habéis estado contéis cosas tan interesantes.
    Saludetes

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    1. África negra es también uno de mis agujeros viajeros, que espero subsanar. La verdad es que el viaje a la India fue bastante especial, sobretodo a partir de ese tren a Bhopal, que es cuando nos alejamos de verdad de todo lo turístico, rumbo a la boda. Es un lugar realmente fascinante.

      Saludos.

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  2. Andaba buscando algo que leer y mira, me he tropezado con este maravilloso relato. Qué bien, tengo la sensación de haber estado allí contigo. Una de las cosas que nunca decepcionan son los viajes, pueden no ser lo que pensabas pero a cambio de sorprenderte, para bien. Nunca entiendo a la gente cuando dice que llega a algún sitio y vaya decepción porque no se lo esperaba así. Debo ser muy fácil de conformar, porque para mí las expectativas siempre se superan. Aún recuerdo cuando vi la estatua de la libertad en Nueva York, que no estaba ni en los planes, que fuimos a pasar por delante con el ferry de Staten Island, y cuando la vi me pareció tan bonita...me arrepentí al instante de no visitarla. Es una buena razón para volver a Nueva York.
    No imagino lo que debe ser ir al Taj Mahal, aunque algo he intuido a través de tu relato, al igual que tú yo también me hubiera quedado mucho tiempo asomada.
    Y la sonrisa creo que era de felicidad. Y el cansancio os hizo bajar la guardia. Nos cuesta tanto expresar emociones...
    Espero seguir descubriendo la India de tu mano y por supuesto ir a la boda.
    Besos Dorothy Sherezade

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    1. Gracias Norah...
      Me pasa un poco como a ti, que a pesar de que ahora todo lo hemos visto mil veces en fotos, documentales y en todos los formatos posibles, no me decepciona. No me ha pasado nunca. Supongo que es algo que les ocurre a quienes van a ver las cosas que se supone que tienen que ver y no a sentirlas o palparlas. Mira que llegamos ya por la tarde, que como era la hora de la oración en la mezquita había mucha gente, que anochecía... Y a pesar de eso me pareció impresionante. Hay mucha gente a la que no le gusta volver a los lugares en los que ya ha estado. A mí sí. Siempre tendré excusas para volver a Estambul, a Marruecos, a la India, a China... A la boda te llevo seguro. Tan seguro como que volverás a Nueva York.

      Un besote

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  3. Por aquí paso a leerte y saludarte.

    :) Besitos

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  4. Preciosa crónica, gracias por compartir. Qué bonito eso de devolver la sonrisa, y qué curiosa la magnitud de las fechas. Un beso.

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    1. Gracias, Rocío. La sonrisa, en la India, es omnipresente e imprescindible. Acabas sonriendo siempre, da igual cómo te sientas.

      Un beso.

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