jueves, 29 de diciembre de 2016

La estrella


@Martatorresmol

Siempre había pensado que la estrella de Navidad era grande. Dorada. Tan brillante que, si la veías, se te llenaban los ojos de luz. Y el corazón. Y el alma. Siempre había creído que la estrella de Navidad marcaba el camino. Que si se te cruzaba en un viaje, dejabas de estar perdido. Te protegía. Te salvaba. La lluvia dejaba de mojarte. El frío ya no te quemaba la piel. El hambre cesaba en su empeño de roerte las entrañas. La sed abandonaba por fin tus labios agrietados y tu garganta seca.

Eso le contaba su abuela todos los años, cuando el invierno empezaba a morder de verdad las puntas de los dedos y la oscuridad caía demasiado pronto para las ansias de juego de los niños del barrio. Hilaba aquel cuento exótico, lejano para ellos, de la estrella de Navidad, y la magia de su voz hacía olvidar las risas en la calle.

Aquella madrugada, mirando al cielo, entre los brazos temblorosos de su madre, la vio. Pero no era grande. Ni tan brillante como pensaba. Ni de luz blanca y cálida. En mitad del rugido del mar, de los gritos aterrados, de las plegarias susurradas y del centenar de cuerpos encajados distinguió unos destellos rojos. Olas después, perdió la cuenta de cuántas, una luz blanca trajo voces extrañas, ojos preocupados y manos amables. En mitad de la noche de huida, perdido en la inmensidad del desierto de agua, en aquella tumba flotante, con su madre susurrándole que estaban a salvo, descubrió la auténtica estrella de Navidad.

martes, 27 de diciembre de 2016

'La nave de los muertos', a bordo del Yorikke


Hay novelas que congelan la sonrisa. Porque te hacen sonreír, pero, al mismo tiempo, te hacen pensar que, si vas más allá de las palabras, no deberías hacerlo. Ése es el caso de ‘La nave de los muertos’, de B. Traven. Si te quedas en la superficie no ves más que la historia, contada con bastante gracia, de Gerard Gales, un marinero norteamericano que tras una noche de juerga en Amberes pierde su barco, en el que, además, se quedan todos sus papeles, motivo por el que el único sitio en el que puede embarcar de nuevo es en el Yorikke, que el protagonista define como la nave de los muertos. Y está bien. Leída así es una novela entretenida, magistralmente escrita. Con aventura, con risas, con vicisitudes, con viajes, con naufragio.... Pero lo que requiere de verdad ‘La nave de los muertos’, la lectura que de verdad te deja huella, es la que va más allá. La que traspasa las muletillas simpáticas, los personajes un tanto ingenuos, la historia que viaja de despropósito en despropósito. Si no fuera por eso, supongo que la aventura de Gales sería, simplemente, demasiado dura. Porque el protagonista no es más que un sin papeles. Alguien que no puede demostrar quién es, que pierde su identidad y, con ella, todos sus derechos. Alguien a quien la burocracia condena a una vida sin oportunidades y en la que no le queda otra que coger aquello que ofrecen, aunque sepa de antemano que es un engaño, que ser un esclavo. Escrita a principios del siglo XX, ‘La nave de los muertos’ es actual. Refleja hoy en día, como lo debió hacer en su momento, las absurdidades e injusticias de la sociedad occidental. Un mundo en el que un marinero sin papeles no es nadie, pero una millonaria sin ellos sigue siendo alguien importante merecedora de todo respeto y facilidades. Un mundo en el que sabemos que hay gente a la que engañan, que realizan actividades peligrosas sin ninguna protección y por las que no les pagan más que una migajas. Y da igual que sufran daños o, incluso, pierdan la vida. A la sociedad le da igual porque siempre habrá más personas en su situación dispuestas a sustituirlas. A reemplazar las piezas estropeadas. Porque eso son, para el mundo, los embarcados en el Yorikke. Piezas reemplazables. Inexistentes, en realidad. Algo muy crudo. Aunque Traven (periodista, viajero y fotógrafo, y se nota) lo cuente con una gracia magistral. Una historia imprescindible.


“¿Qué si era el segundo oficial? No, sir. No era el segundo oficial de esta bañera. Era un simple trabajador de cubierta, un mero obrero. Verá usted, señor, en realidad ya apenas quedan marineros y tampoco es que se necesiten. Un buque mercante tan moderno como éste ya no es exactamente un barco: es una máquina flotante. Y, aunque no tenga ni idea de barcos, seguro que no se le escapa que una máquina no necesita marineros para funcionar”.


Título: ‘La nave de los muertos’ 
Autor: B. Traven 
Traductor: Roberto Bravo de la Varga 
Editorial: Acantilado 
Páginas: 352 
Precio: 20,90€  
Procedencia: comprado

viernes, 23 de diciembre de 2016

Papel de regalo. Almendras y miel. Navidad

@Martatorresmol

Sonreír. Reír. A carcajadas. Bailar. Sentir las caderas. Brillar. Rojo de labios. Cuernos de reno. Vino para calentar el corazón. Abrazos. Besos. Papel de regalo. Reencontrarse. Deliciosa multitud en la cocina. Cortar el jamón con un vestido largo. Y tacones. Calor. Bromas. Almendras y miel. Ausencias. La caseta vacía. Respirar hondo. Contener las lágrimas. Seguir. Canturrear. Pensar en ti. Calcular la distancia en olas. Dos mares y medio continente. Brindar. Libros nuevos. Cerrar los ojos. Navidad.

¡Feliz Navidad!

martes, 20 de diciembre de 2016

'Un monstruo', cuando un monstruo es un monstruo




Debería decir que este cuento no es para niños. Que es para adultos. Pero no lo voy a decir. Porque ‘Un monstruo’, de Pep Bruno y Leire Salaberria, habla de los monstruos de verdad, de los que existen, de los que hacen que tengas miedo y que todos, niños y adultos, tenemos. Y tememos. Porque todos tenemos monstruos y si pensamos que no es así no es porque seamos muy valientes, es porque somos unos temerarios que hemos cerrado los ojos ante nuestros propios monstruos. ‘Un monstruo’ no llega a las 30 páginas. Y apenas tiene una frase en cada doble página. Las ilustraciones son sencillas, pocos colores y matizados, como cubiertos con una pátina sepia que hace que destaque aún más el monstruo, de color rojo y muy parecido a un demonio. Porque cada uno de nuestros monstruos es único (el mío siempre ha sido un vacío negro), pero lo del demonio lo entendemos todos. Nadie tiene nombre en este cuento, en el que la voz que habla es la de un niño. Un niño que teme al monstruo. Porque a los monstruos, en contra del buenismo imperante en la sociedad actual, hay que temerles. Sólo sabiendo que están ahí, conociéndolos, es posible protegerse de ellos y, sobre todo, prepararse para enfrentarse a ellos cuando sea necesario. Hay que intentar que no nos coman. Y cuando vemos un monstruo, hay que decir que está ahí. Y avisar a los demás. Y reconocer que le tenemos miedo. Porque sí. A veces, los monstruos nos comen. Y entonces ya es demasiado tarde.


“Después de unos meses de espera, mis vecinos trajeron un monstruo a casa. Al principio, parecía un osito de peluche.”



Título: ‘Un monstruo’ 
Autor: Pep Bruno 
Ilustradora: Leire Salaberria 
Editorial: Alba 
Páginas: 28 
Precio: 14,95€ 
Procedencia: biblioteca



miércoles, 7 de diciembre de 2016

'La tierra que pisamos', lo extraño


A veces tiene que llegar lo extraño, lo de fuera, para mostrarnos cómo somos. No cómo hemos fingido ser o cómo creemos que somos. No, para descubrirnos a nosotros mismos cómo somos. Qué somos. Cuáles son nuestros valores. Con qué y con quién están nuestras lealtades. Para cuestionar aquello que hemos asimilado sin preguntas y que nos ha moldeado. Y eso es precisamente lo que cuenta Jesús Carrasco en ‘La tierra que pisamos’, una novela más lenta, más reflexiva, que ‘Intemperie’. Una historia que no te golpea con las palabras, sino con lo que éstas van dejando dentro de tu cabeza, como semillas que, depende de ti, brotarán o no. ‘La tierra que pisamos’ pasa en una España ficticia que imaginamos a principios del siglo XX, una España ocupada por militares venidos de países del norte y en la que los lugareños son prácticamente parias, poco más que esclavos a su servicio. Ambientada en un pueblo extremeño, ‘La tierra que pisamos’ mantiene esa sequedad, esa aridez, esa falta de oxígeno que también (y tan bien) marcan ‘Intemperie’. Lo mismo que las palabras, exactas. Y las frases. Cortas. Y los párrafos. Medidos. Y los capítulos. Adelante y atrás. Creo que es eso lo que hace que página a página no podamos desprendernos de la sensación de que ambas novelas están ligadas. Esa frialdad angosta está presente desde el primer momento, desde que Eva Holman, mujer de uno de esos militares extranjeros, inválido y retirado, descubre a un intruso en el huerto de su casa. Es un hombre. Callado. Que duerme entre las hortalizas, pegado a la tierra. Que lleva un abrigo de buena calidad. Al que el perro sigue amistosamente durante todo el día. Un hombre que se esconde. Que Eva esconde. Y al que da de comer. Y al que limpia la ropa. Y al que protege. Sin saber por qué. Que la separa de los que consideraba los suyos. Un extraño que, sin una palabra, sin apenas una mirada, sin un contacto físico, cambia su manera de ver y entender su propio mundo, su lugar en él, sus relaciones. El hombre no cruza jamás el umbral de la finca, pero se cuela hasta el tuétano en la vida de Eva, quien, a sus años, se resiste a su propio cambio, a algo que no puede evitar. El extraño, con un pasado que Eva va descubriendo, duerme, durante semanas, entre las hortalizas, con la cara y el cuerpo pegados a esa tierra que es la suya, no de quienes la ocupan. Que reclama en silencio. Que guarda lo poco que aún queda de él mismo. De su pasado. De su memoria. De su vida. Esa tierra sobre la que, como Eva, nunca nos hemos preguntado nada.


“Hoy me ha despertado un ruido en mitad de la noche. No un ronquido de Iosif, que, raro en él, a esa hora dormía a mi lado en silencio, medio hundido en la lana del colchón. He permanecido tumbada, con la mirada detenida en las vigas de haya que sustentan el techo, apretando fuertemente las sábanas en busca de una firmeza que el lino, tan sutil, me ha negado.”


Título: ‘La tierra que pisamos’ 
Autor: Jesús Carrasco 
Editorial: Seix Barral 
Páginas: 272
Precio: 18€ 
Procedencia: préstamo Marian

viernes, 2 de diciembre de 2016

'Flores para la señora Harris', la deliciosa historia de la señora de la limpieza y un vestido de Dior


‘Flores para la señora Harris’, de Paul Gallico, es una absoluta delicia. Un cuento que te mantiene en vilo, que te hace sonreír y que, aunque creas que sabes cómo va acabar. No es así. Porque no lo sabes. Porque no acaba de la manera que crees. Y eso es, precisamente, lo que lo hace aún más especial. Más tierno. Más conmovedor. ‘Flores para la señora Harris’ es un cuento ideal para estas fechas. No ocurre en Navidad, no hay ni atisbo de ella, pero tiene algo que te calienta por dentro como lo hace la Navidad cuando eres completamente feliz. O como el caldo de pollo cuando no lo eres del todo. La señora Harris, Ada, es una señora de la limpieza británica, muy británica. Le gustan las flores, cuida a sus clientes como si fueran sus sobrinos y los abandona dejándoles la llave en el buzón cuando hacen algo que ella considera intolerable. La señora Harris es viuda, pero alegre y pizpireta. Educada y con un punto de descaro con el que consigue meterse a todo el mundo en el bolsillo. Sus únicas aficiones son el té y la quiniela que, cada semana, rellena con su mejor amiga, la señora Butterfield. Su vida transcurre en una agradable y aburrida rutina hasta que un día, en casa de una de sus clientas se enamora. De dos vestidos de Dior. Están colgados fuera del armario porque su dueña no sabe cuál ponerse para un gran evento y la señora Harris se queda completamente embelesada. No puede olvidarlos. Los colores, el tacto, las texturas… Y en ese mismo momento decide que ella, sí ella, una señora de la limpieza británica que cobra tres chelines la hora, tendrá un vestido de la maison francesa. Y ahí es donde comienza de verdad el cuento. En el momento en el que la señora Harris, con una voluntad férrea, decide ahorrar en flores, en té, en el cine y en ales del pub para reunir las cerca de 500 libras que cuesta a mediados de siglo XX un vestido de fiesta de Dior más el dinero necesario para el viaje a París. La novela, un cuento largo, en realidad, está escrita con la misma gracia y delicadeza con la que están trazados los personajes. Todos. Encantadores. Sin artificios. Ni en la forma ni el fondo. Algo que me hizo intuir (porque los huelo) que Gallico, del que no sabía nada, podía ser periodista. Personajes y ambientes reales, que casi tocas y vives, convertidos en personajes y ambientes de esos cuentos que calientan el alma.


“La mujer menuda y delgada de mejillas sonrosadas, cabello canoso y ojos sagaces, casi traviesos, tenía la cara apoyada en una ventanilla del avión Viscount de British European Airways, en el vuelo matutino de Londres a París. Mientras el aparato, con un rugido repentino, despegaba de la pista, a ella también se le levantó el ánimo. Se notaba nerviosa, pero en absoluto asustada, porque estaba convencida de que ya no le podía pasar nada. Sentía la felicidad de quien sabe que al fin se ha embarcado en una aventura al final de la cual le aguarda lo que más desea”.


Título: ‘Flores para la señora Harris’ 
Autor: Paul Gallico 
Traductor: Ismael Attrache 
Editorial: Alba 
Colección: Rara Avis 
Páginas: 168 
Precio: 16€ 
Procedencia: biblioteca trabajo

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