viernes, 29 de mayo de 2015

'Los pájaros amarillos', una terrible mentira piadosa en la guerra de Irak

Da igual si os gusta o no el género bélico. Si lo amáis o lo detestáis. Porque 'Los pájaros amarillos' no es una novela sobre combates y bombas y heridos y muertos y militares y traductores e inocentes y arena y decisiones y dolor. Al menos no es sólo una historia sobre todo eso, porque todo eso cabe en las apenas 200 páginas en las que Kevin Powers (que sirvió al ejército estadounidense en Mosul y Al Tafar) cuenta la historia del soldado Bartle, enviado a Irak con veintiún años, y su compañero Murphy, que sólo tiene dieciocho cuando llega al frente. De lo que vivieron allí (las dudas, los miedos, las preguntas sin respuesta, la incertidumbre) y de lo que pasó después, ya en estados Unidos. Es, sobre todo, la historia de una mentira piadosa. De las consecuencias que puede tener esconder la verdad, una verdad tan dolorosa que, en un momento de tensión en un país extraño y en guerra donde todo el mundo es un fantasma dispuesto a matarte, pueda parecer lógico esconderla, sin pensar en qué pasará en la otra punta del mundo, al otro lado del Atlántico, donde esa mentira se convertirá en una herida difícil de cerrar. 'Los pájaros amarillos' destila realidad, se nota que el autor vivió en carne propia la guerra, pero también un ligero tono poético que te envuelve desde las primeras frases hasta el momento en que esa mentira estalla ante tus ojos.

"La guerra intentó matarnos en primavera. La hierna verdeaba las llanuras de Nínive, el tiempo se volvía más cálido y nosotros patrullábamos las colinas bajas que estaban más allá de las ciudades y los pueblos. avanzábamos por ellas y entre los pastos movidos por la fe, abriendo caminos entre el herbazal azotado por el viento como si fuéramos pioneros. Cuando dormíamos, la guerra frotaba sus mil costillas contra el suelo..."

Título: 'Los pájaros amarillos'
Autor: Kevin Powers
Editorial: Sexto Piso
Páginas: 192
Precio: 18€

lunes, 25 de mayo de 2015

A veces basta soplar

@martatorresmol
A veces basta soplar.
Soplas y silbas.
Soplas y vuelan las semillas de los dientes de león.
Soplas y el azúcar desparramado corre por la mesa.
Soplas y las pompas de jabón bailan.
Soplas y parece que mueves las nubes.
Soplas, te ves en el espejo y te ríes.
Soplas y la llama del pastel se convierte en un deseo.
Soplas y resoplas.
Soplas y te sientes lobo.
Soplas y haces que la niebla de alguien desaparezca.
Soplas y el aliento frío te eriza la piel.
Soplas e imaginas que cura.
Soplas y parece que duele un poquito menos.
Soplas y quieres que cierre la herida.
Soplas y...
A veces no basta soplar.


viernes, 22 de mayo de 2015

'Vestido de novia', un perfecto cubo de rubik en una novela negra

Todo lo que cuente sobre esta novela podrá ser utilizado en mi contra. Y es que 'Vestido de novia', de Pierre Lemaitre, hay que leerla. No dejéis que nadie os cuente nada sobre ella. No dejéis que nadie os fastidie su lectura virgen. Porque entonces ya no será lo mismo. 'Vestido de novia' hay que leerlo a ciegas, descubriendo a cada página las mil vueltas que da una trama extenuante, que no te deja ni respirar y, mucho menos, soltar el libro. La protagonista es Sophie Duguet, viuda con trabajos temporales que va dejando un rastro de cadáveres a su paso y... Ya está. No debo contaros nada más de este angustiante thriller, pero a partir de ese momento la trama dará un giro tras otro hasta el final. Incluso cuando penséis que ya está, que todo ha encontrado su lugar, Lemaitre aún lo retorcerá un poco más. Y tendrá lógica. Y todas las piezas encajarán a la perfección, como un cubo de rubik aparentemente desastroso que queda perfecto en cinco segundos. Sólo os diré una cosa más sobre esta novela negra. Desconfiad. Desconfiad de cada palabra. No os fiéis de Lemaitre, ni de lo que os cuenta Sophie. Os estarán engañando todo el rato. Un engaño del que no querréis separaros hasta la última página.

"Aquella mañana, como tantas otras, se despertó llorando y con un nudo en la garganta, aunque no tenía ninguna preocupación concreta. En su vida, el llanto no es nada excepcional: las lágrimas la acompañan todas las noches desde que está loca."

Título: 'Vestido de novia'
Autor: Pierre Lemaitre
Editorial: Alfaguara
Páginas: 296
Precio: 18,50€

lunes, 18 de mayo de 2015

Coca de pimientos ibicenca

@martatorresmol
Soy más de salado que de dulce. De siempre. Y la coca de pimientos típica de mi isla es una de mis debilidades. Me gustaba desde pequeña, cuando la comía en las entregas de trofeos del club de tenis que regentaban mis abuelos. Eran compradas, pero compradas de los años 80, cuando a las panaderías no habían llegado las baguettes ni el pan congelado, cuando los panaderos preparaban todo con el mismo mimo con el que se cuida un hijo y sus panes y pasteles sabían igual que hechos en casa. Ahora eso es imposible. Las cocas de pimiento puestas a la venta no saben a nada. No tienen nada que ver con aquella delicia que llenaba la boca de sabor y el cerebro de endorfinas. Antonia, la señora que limpiaba en casa cuando era apenas una adolescente, me enseñó a prepararla. Han pasado muchos años desde entonces, pero sigo preparándola. Muy a menudo. Mucho. No exactamente igual que Antonia, porque he ido perfeccionándola, pero es una de las delicias que me reconcilian con el mundo. El olor de los pimientos asados llena la casa y soy un poquito más feliz.

Ingredientes:
-450 gramos de harina
-aceite
-medio vaso de vino blanco
-sal y pimienta
-seis pimientos rojos
-dos ajos
-aceitunas negras

Elaboración:
-Mejor si los pimientos los preparáis un par de días antes, así tienen más sabor. Calentad el horno al máximo. Lavad los pimientos y colocadlos en la bandeja del horno son un poco de sal y un chorrito de aceite. Bajad la temperatura hasta 180 grados. El tiempo dependerá del tamaño y grosor de los pimientos, pero cuando estén un poco negritos, dadles la vuelta. Cuando del otro lado tengan el mismo color, sacadlos del horno y, si le tenéis cariño a las yemas de vuestros dedos, esperad a que se enfríen para pelarlos.
-Pelad los pimientos y quitadles todas las semillas. Intentad no dejar ni una, que amargan un poco. Troceadlos a tiras, con los dedos, no importa que no sean iguales, y ponedlas en un envase de plástico.
-En un mortero, machacad los ajos con un pellizco de sal y añadidle aceite, como un vaso, más o menos. Echadlo sobre los pimientos (tienen que quedar más o menos cubiertos), dadles un par de vueltas, tapad y reservad en la nevera.
-Para la masa, mezclad la harina con un pellizco de sal y aceite (como un vaso de chupito). Añadidle el vino poco a poco y amasad bien. Lo mejor es mezclarlo en un bol grande y cuando la masa tenga cierta consistencia pasar a la encimera. Amasad bien, hasta que la preparación no se pegue a los dedos y tenga una consistencia elástica. Añadid un poco de agua si está seca o un pelín más de aceite si no está suficientemente elástica. Golpeadla contra la encimera, rompedla y volvedla a juntar, pellizcadla... ¡Todo sirve!
-Estirad la masa con un rodillo. Cuanto más fina quede, mejor. Engrasad con un pelín de aceite la bandeja del horno y colocad encima la masa. Calentad el horno.
-Cubrid la masa con los pimientos, intentando que no queden mucho huecos. Espolvoread un poco de pimienta y colocad las aceitunas como más os guste. Pensad que os pueden servir de guía para después hacer las porciones. Con una cuchara, echad por encima un poco del aceite con jugo de pimientos que queda en el recipiente. (¡No se os ocurra tirarlo! Es ideal para las tostadas y para aderezar ensaladas).
-Meted en el horno a 180 grados y en unos 20 minutos aproximadamente estará lista, aunque lo mejor que podéis hacer es no perderla de vista. cuando los bordes estén tostaditos, es el momento de sacarla.
-Esperad a que se enfríe y... ¡A disfrutar!

viernes, 15 de mayo de 2015

'La huida del teniente Alili Messaoud', historia de una aventura real

Era sólo una adolescente cuando supe quién era Alili Messaoud. A través de la prensa local. Todos en la isla nos quedamos alucinados con su historia: un teniente del ejército argelino que desertó huyendo en un helicóptero de transporte militar y aterrizó en Ibiza, un destino que no estaba en sus planes. 'La huida del teniente Alili Messaoud', de Manuel Vega Alocén, no es tanto la historia de aquella aventura como la historia que llevó a este hombre a tomar la difícil y peligrosa decisión de huir de una guerra cuyas injusticias y muertes ya le pesaban demasiado. Y la historia de lo que pasó después. Porque quince años después Alili sigue viviendo en la isla, mantiene el primer trabajo que consiguió aquí y su historia sigue fascinando a los que la descubren. Así, este libro explica cómo el niño Alili soñaba con volar, un sueño que sólo podía permitirse en el ejército, ya que su familia, humilde, no podía permitirse la formación como piloto comercial. También lo que sufrió durante los años en que veía día a día cómo se violaban los derechos humanos en su país, especialmente en 1997, año en el que tomó a decisión de huir. El libro, escrito en primera persona tras las largas conversaciones entre Vega y Messaoud acompañas con té de menta, se lee muy rápido. Y se entiende a la perfección. Casi se puede ver el viaje rasante, a poca distancia de la superficie del mar para evitar los radares, que protagonizó Alili. Y la cara de sorpresa de la pareja de bañistas que, al amanecer, se toparon con el helicóptero en la playa de Formentera en la que paró el teniente para orientarse. Y se huelen sus nervios a la hora de abordar en solitario y en secreto ese vuelo. El libro se lee muy rápido, de un tirón, en una tarde, aunque quizás peca de, en algunos puntos, ser un poco notarial, una sucesión de datos y hechos y no un relato. El propìo autor, sin embargo, insiste en que no quería escribir una novela, sino contar la auténtica historia de Alili.

"Me llamo Alili Messaoud. Tengo cuarenta y cuatro años. Y soy un apátrida. No siempre fue así. Hubo un tiempo en que tuve una patria, pero ya no la tengo. Hubo un tiempo en que lo tuve casi todo, y ahora ya no tengo casi nada. Hubo un tiempo no muy lejano en que trabajé en lo que más amo en este mundo: pilotar, pero ya no lo hago."

Título: 'La huida del teniente Alili Messaoud'
Autor: Manuel Vega Alocén
Editorial: Edicions Aïllades
Colección: Anacrèptica de narrativa
Páginas: 136
Precio: 17€

lunes, 11 de mayo de 2015

'También esto pasará', un dolor crudo y tierno

'También esto pasará'. Un título y, al mismo tiempo, un mensaje de una buena amiga. Esa amiga a la que quiero como una madre y con la que hace años comparto la ilusión de regalar libros en Sant Jordi. También esto pasará. Porque es verdad, todo pasa. Te duele más o menos. Te destroza más o menos. Te cambia más o menos. Pero todo pasa. Incluso cuando crees que no lo hará. Incluso cuando es algo grave e irreparable, como la muerte de un ser querido, que es lo que le pasa a Blanca, la protagonista de esta deliciosa y cruda novela de Milena Busquets. Porque cruda, dolorosa, pero también deliciosa y tierna. Y huele a verano. La novela comienza ahí, en el entierro de la madre de Blanca. Con un dolor profundo que no sabe cómo aplacar, que sólo parece remitir durante el sexo. Pero regresa. Blanca tiene dos hijos. Y dos ex con los que mantiene una buena relación. Tan buena que se acuesta con uno de ellos. Y un amante casado. Tres amigas que la miman y la animan. Y un desconocido con el que tontea en Cadaqués, el lugar de su infancia y al que regresa con toda la troupe para intentar hacer más llevadero el calor del verano y el duelo eterno por su madre, con la que la relación no fue nunca fácil. Parece una historia fácil, sencilla, simplona. Pero nada de eso. Desde la primera página, desde la primera frase, 'También esto pasará' destila tanta verdad que duele y te acaricia al mismo tiempo. Párrafo a párrafo. Que te llena de frío mientras te calienta como el sol de verano. Un verano que, en algunos momentos me ha llevado a la también deliciosa 'Los caballitos de Tarquinia', de mi adorada Marguerite Duras. 'También esto pasará' no se lee, se bebe con sed, de un trago, sin parar ni para respirar.

"Por alguna extraña razón, nunca pensé que llegaría a los cuarenta años. A los veinte, me imaginaba con treinta, viviendo el amor de mi vida y con unos cuantos hijos. Y con sesenta, haciendo tartas de manzana para mis nietos, yo, que no sé hacer ni un huevo frito, pero aprendería. Y con ochenta, como una vieja ruinosa, bebiendo whisky con mis amigas. Pero nunca me imaginé con cuarenta años, ni siquiera con cincuenta."

Título: 'También esto pasará'
Autora: Milena Busquets
Editorial: Anagrama
Colección: Narrativas hispánicas
Páginas: 176
Precio: 16,90€

viernes, 8 de mayo de 2015

Profesionales, no "nenas"

@Martatorresmol
Hace unos meses le colgué el teléfono a un concejal de un municipio de la isla porque en una llamada de trabajo en vez de llamarme por mi nombre repetía una y otra vez la palabra "nena" para referirse a mí. La alternaba con "nena". Le pedí en varias ocasiones que no lo hiciera. Y le dio igual. Siguió insistiendo con el "nena" y con el "guapa". Le colgué el teléfono. Si yo en vez de yo hubiera sido cualquiera de mis compañeros de la redacción eso no habría pasado. ¿Os imagináis llamándole "nene" o "guapo"? Evidentemente, no. De hecho, seguro que a más de uno le entra la risa floja al imaginarse la escena. Pues a mí no. A mi me da mucha rabia.

La misma rabia que sentí hace un par de semanas mientras escuchaba a los comentaristas de Teledeporte durante el partido de la tenista española Carla Suárez conrea la suiza Belinda Belcic en los octavos de final del torneo de Stuttgart. Empezaron a llamarla "Carlita", diminutivo que, según ellos mismos, no le hace mucha gracia. ¿Entonces? ¿Por qué lo hacen? El "Carlita" rápidamente pasó a un segundo plano porque comenzaron a llamarla "cariño": "¡Vamos cariño!", "¡Ánimo cariño!"... Imaginad a los comentaristas animando así a Rafa Nadal en su partido contra Fabio Fognini en el Conde de Godó. No se les ocurriría jamás. No se atreverían.

No importa lo que consiga una mujer. A dónde llegue en su trabajo. Para los neandertales del siglo XXI (cuidado, chicas, están en todas partes) la mujer sigue siendo mujer antes que profesional. Y se sienten con derecho a tratarnos con condescendencia, con paternalismo, a rebajarnos a nenas, guapas y cariños. Sinceramente, siento ganas de coger la raqueta de Carla Suárez y utilizarla para hacer un smash. Y no precisamente contra el campo contrario.

lunes, 4 de mayo de 2015

Escena con nieve y lavadora

@Martatorresmol
Tuvo su momento romántico. Estaba allí, con su querida lavadora (arma imprescindible para su obsesión por el suavizante) y la pestaña recién puesta a pesar de que eran las nueve de la mañana. Entonces llegó la nieve, emborronando la postal de Dalt Vila que veía desde el lavadero. Y así se quedó. Con el camisón de seda en una mano y el jabón para prendas delicadas en la otra deseando fingir una gripe y quedarse en casa, al fuego de la chimenea, peinando amorosamente el mohair de sus jerséis.
Pero fue sólo un espejismo. Los copos se cansaron rápido de un lugar en el que no podían cuajar. Al salir de casa tropezó con la cabeza negra de su perro adornada de topos blancos. El frío, lejos de matar la ciudad, la había revitalizado. Los niños se asomaban a las ventanas de los colegios. Los patios inundados de risas a horas de matemáticas. Abuelas con el carrito de la compra al ralentí. En el mercado la nieve volaba de boca en boca. La verdulera. El carnicero. La charcutera. El pescadero. Todos la habían visto. El vendedor de la ONCE la había olido. La playa nevada. Frío. Mofletes enrojecidos y gorros sacados a toda prisa del último rincón del armario. Y se acordó... El jersey de mohair colgaba de la cuerda de la ropa. Corrió a casa con la esperanza de que las hebras no se hubieran congelado. Partido. Soñando en poder peinarlo amorosamente de noche, frente a la chimenea.
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