viernes, 21 de junio de 2013

La vida a un euro

Fotos: Marta Torres/Diario de Ibiza
Marta Torres/Eivissa Esla, embarazada de ocho meses y medio, se sienta en el borde del maletero del coche junto a su suegra, Rosario. Frente a ellas, una sábana en el suelo llena de las cosas que han llevado para vender al mercadillo de Sant Jordi: collares de cuentas, cargadores de móvil, gafas, algún ratón de ordenador, una impresora, el cuerpo de un quinqué, un jabonero, libros, una flauta, una sillita de bebé para el coche, mucha ropa y algunos pares de zapatos. Prácticamente todo a un euro. Hoy no es una buena mañana. El lugar que consiguió Rosario está un poco apartado del centro, apenas pasa gente. «Este chico no ha vendido nada», comenta Rosario, señalando al joven que tienen al lado y que lee tranquilo sentado en una silla.
Rosario hace meses que va cada sábado al mercadillo. Esla le acompaña, pero su suegra no está muy de acuerdo. «Le he dicho que se quedara en casa, que ya está a punto y que no puede pasarse aquí toda la mañana», comenta la mujer. El nacimiento de Zaira está previsto para la segunda semana de mayo y Rosario quiere que su nuera esté tranquila. Lo poco que sacan en el mercadillo sirve para alguna compra de la semana. Eso sí, nada de gastar en los puestos de los vecinos. «No compramos ni gloria», afirma Rosario, que explica que Esla no trabaja y que su hijo lleva ya dos años en paro y no encuentra trabajo. «Está dispuesto a trabajar de lo que sea, de seguridad, de repartidor...», asegura.
En este tiempo, Rosario ha aprendido bien cómo funciona el mercadillo. Los que compran las prendas de segunda mano son,  principalmente, africanos y suramericanos. «Los españoles dan vueltas, pero ya está», asegura la andaluza, que explica por qué toda la ropa está a un euro: «Si la pones a dos euros, te regatean».

 
Hace sólo unos minutos, Rosario estaba en el puesto de Isabel y Estela, tía y sobrina. «Si no llueve, vengo todos los sábados», comenta Isabel, que acumula doce años en el mercadillo de Sant Jordi. Frente a su coche, más de una docena de plantas que cuida en su casa y que luego vende. Cada sábado se levanta a las cinco de la mañana para prepararlo todo y meterlo en el coche. Y eso después de una tarde de viernes trasplantando y limpiando las macetas. «Esto es un vicio», asegura recorriendo con la mirada la explanada del hipódromo de Sant Jordi, atestada de coches y sábanas con montones de objetos en venta, mientras se toma un descanso. Café con leche que acaba de servirse en un vaso de plástico y en el que moja unas galletas.
Hace poco que a sus sábados se ha sumado su sobrina, que está sin trabajo y que vende ropa de la familia. Seguirá allí mientras no encuentre nada. «Es muy complicado», comenta Estela, que reitera en varias ocasiones que de verdad quiere trabajar. Como es una de las habituales, Isabel no tiene que pelearse para conseguir un espacio en el hipódromo, se lo guardan siempre. Isabel explica que cada semana es diferente y que no siempre saca lo mismo en el mercadillo. «Hay semanas que 25 euros, otras que 60 y algunas que 100 euros. Lo que saco aquí me hace un apaño», afirma. Para la compra de la semana, básicamente.
En la entrada del mercadillo, en uno de los primeros puestos, aún bajo el porche del hipódromo, una mujer vende por un euro los peluches de los niños de su familia. No quiere que le hagan fotos. Tampoco las quiere Ahmed, que le compra un juguete. Lleva tres años parado después de más de doce dedicado a la construcción en la isla. Es uno de los habituales de Sant Jordi. «Es la única manera que tengo de comprarle ropa a los niños y algún regalo para sus cumpleaños», explica comprobando que el dragón de peluche esté en perfectas condiciones.


A sólo unos metros, Marie, francesa que está a la espera de que empiece la temporada, intenta hacerse entender. Un grupo de ecuatorianas revuelve en el montón de ropa que tiene a sus pies. Todas las prendas son de la talla 38, la suya. En la mañana de mercadillo le acompaña su sobrina, Sara. «Es una manera de hacer sitio en los armarios, de deshacerse de las cosas que ya no te pones. También es más ecológico», explica Marie medio en inglés medio en francés animando a las mujeres a probarse lo que quieran. «Hay cosas muy bonitas», comenta Adela, una de ellas. Vienen todas las semanas a Sant Jordi. «Es una manera barata de tener mucha ropa. Hay mucha porquería, pero siempre encuentras ropa preciosa por menos de cinco euros», añade Adela, que trabaja limpiando casas desde hace cinco años.
 

José, como Isabel, es uno de los enfermos del mercadillo. Su puesto es un poco especial. En él vende objetos de segunda mano que asegura que son antigüedades. Hay relojes que parecen salidos de Versalles, flexos dignos de ‘Cuéntame...’, quinqués de cristal transparente, lupas como las que utilizaría Sherlock Holmes, y cámaras de fotos. Muchas cámaras de fotos. Alguna, incluso, como las que se ven en las películas del Oeste, de madera y que desprenden una nube de humo al disparar. Todo el que pasa por el puesto de José no puede evitar detenerse unos instantes a curiosear.
«En parte son cosas que compro en el mismo mercadillo, otras mías, que adquiero por internet, en subastas y en tiendas de antigüedades y de segunda mano. Lo de las cámaras confiesa que es un hobby «desde pequeñito». Las trata con mimo y algunas, incluso, las muestra en una vitrina, protegidas del polvo por un cristal. Sant Jordi no es precisamente el lugar «ideal» para vender sus cámaras, pero reconoce que es tan aficionado a pasar la mañana en el mercadillo como a la fotografía. «Me gusta estar aquí», asegura. Los días son desiguales. Un sábado puede ganar 300 euros, pero otros mucho menos. Lo que le apasiona del mercadillo es «estar con la gente». Allí conoce otros aficionados a la fotografía y las antigüedades. «Socializo», resume mostrando sus tesoros: cámaras Leika de los años 30 y una de madera del siglo XIX que parece mentira encontrar en el mercadillo. «Todas funcionan, el problema es que ya no se encuentra película para ellas», lamenta.


A unos 30 kilómetros de distancia y con un día de diferencia, se celebra cada domingo el mercadillo de Cala Llenya. Rocío y Liliana, muy sonrientes, venden la ropa que ya no se ponen, la de sus niños y la de sus familiares. Por un euro. Rocío es la veterana. Lleva tiempo viniendo con cierta regularidad desde que unos amigos se lo comentaron. Liliana se ha apuntado hace poco. Ambas tienen trabajo. «Somos afortunadas», apunta Liliana. «Esto una manera de limpiar los armarios y, al mismo tiempo, sacar algo. Además, hay muy buen ambiente», comenta Rocío. La ropa que tienen en la mesa (también hay algún libro, jarras de cerveza y hasta una pala de pádel), en maletas, está casi nueva. «Ropa niña: 1 euro», se lee en un folio manuscrito. «Como la pongas a dos euros ya intentan que la rebajes», asegura mientras despacha dos coloridos vestidos de niña a una mujer árabe.


María no regatea, lo tiene claro. Si un pantalón son tres euros, dos pantalones cuestan seis. Es una de las históricas del mercadillo. Está desde el principio y no se pierde una semana. Está jubilada, aunque sus vivos ojos desmienten su edad, y vende ropa que le dan sus amigos cuando no la quieren. Ella se la lleva a casa, la lava, la plancha, la dobla con cuidado y se la lleva a Cala Llenya. «Me gusta que todo esté bien», justifica. Llegó al mercadillo porque vio unos carteles y decidió animarse. La vida en el puesto no le es extraña: «Vendí en el mercadillo de es Canar hace muchos años». En su puesto, a la sombra de un algarrobo, además de ropa hay pulseras, pendientes y objetos de decoración. «A la vejez viruelas... He regresado a la vida de hippy», bromea.


Carlos y Peter, son de los más novatos en la explanada. Hace apenas un mes que llegaron a la isla en busca de trabajo. Carlos se dedica a la decoración y Peter es mayordomo. Él fue la causa de cambiar la Península por Eivissa. «Nos dijeron que aquí, en verano, se necesitan mayordomos y nos vinimos», explica Carlos comiéndose una manzana. Él es un apasionado de los años 60 y 70 y en su puesto, dos lámparas de estilo árabe aparte, hay lámparas de esos años, flexos, tazas, un jarrón de Lladró, ceniceros... Piezas que, en ocasiones, sólo valoran los que entienden un poco de decoración. «Quien sabe algo es consciente de que son piezas de firmas españolas de los años 50 que se han disparado ahora con la moda de lo vintage y lo retro», justifica señalando un flexo blanco que vende por 35 euros.Carlos y Peter esperan que llegue su hora buena, a última hora de la mañana. «A primera hora vienen muchos inmigrantes a la búsqueda de cosas necesarias y baratas, ropa y electrodomésticos. La gente con más poder adquisitivo viene más tarde», asegura dándole el último mordisco a la manzana.

44 comentarios:

  1. Menudo reportaje más espectacular nos traes hoy, me has atrapado desde las primeras líneas.
    En mi ciudad hay dos mercadillos...pero el que más me gusta es el de mi pueblo, hay multitud de cosas interesantes...y de vidas interesantes detrás.
    Me ha encantado.
    Un beso!

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    1. Lesincele, es que la gente, cuando la escuchas, descubres que tiene una vida fascinante detrás. Aquí mercadillos hay muchos, pero de segunda mano sólo estos dos. Los demás son en plan hippy o de artesanos y los precios están por las nubes.

      Un besazo
      ¡Y gracias por el entusiasmo!

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  2. Por desgracia esa es la tónica general en toda España. La gente se tiene que echar a la calle para vender lo que sea, porque ya no sirve eso de "estoy dispuesto/a a trabajar en lo que sea" primero tendría que haber lo que sea para que se pueda trabajar.
    ¿Como terminaremos? ¿Cuanto tiempo nos podremos llevar vendiendo a 1€? ¿Seremos capaces de reaccionar o seguiremos agachando la cabeza día tras día?
    Muy buena entrada. Un reportaje en toda regla.
    Un saludo.

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    1. Mariuca, hace unos años en estos mercadillos había gente que quería deshacerse de cuatro cosas viejas, pero ahora la gente va todas las semanas y lleva no sólo lo suyo, sino lo que le dan familiares y amigos para ayudarles a sacarse unos euros. Lo triste es que acabaremos vendiendo a diez céntimos y dando las gracias por ello.

      Un abrazo

      PD: Es un reportaje reportaje. Se publicó hace unas semanas en el diario en el que trabajo.

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  3. Cada vez es más duro mantener la esperanza y más difícil para más gente salir adelante. Pero creo que de todas formas seguiremos luchando.
    Un besote, genial reoprtaje, Marta.

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    1. Norah, es que luchar es lo único que te queda. No puedes hacer otra cosa. La pena es que llega un momento en que luchas sin esperanza, me temo.

      Un besazo
      Gracias

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  4. Felicidades por tan buen artículo, reportaje.

    Es culpidor ver como la gente se ve obligada a deshacerse de lo suyo para casi regalarlo y salir adelante.

    Lo malo es cuando se acaben las reservas, esa ropa que no usan....

    Duro, muy duro.

    Salut!!

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    1. Sese, supongo que cuando se acaben esas reservas con las que consiguen unos euros para ir tirando semana tras semana tendrán que inventarse algo nuevo que jamás pensaron que tendrían que hacer. Es muy duro.

      Bon cap de setmana
      I gràcies

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  5. Hay muchos tipos de vida, pero la mayoría esconden, por muy normales que aparenten ser, interesantes historias. Aquí nos has presentado algunas de ellas... Felicidades por tu reportaje.
    Un beso.

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    1. Caminante, casi todo el mundo tiene algo interesante que contar, sólo hay que darles confianza y dejar que hablen.

      Un besazo
      ¡Gracias!

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  6. Gran reportaje! Y lo peor de todo esto es que cada vez es mas difícil levantarte cada día y tener esperanza...
    Besotes!!!

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    1. Margari, es muy difícil levantarse cada día con esperanza tal y como está todo.

      Besines
      Gracias

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  7. Un reportaje muy interesante.
    Abrazo!

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  8. me gusta tu blog es ameno y divertido

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  9. Dorothy no sé si sonreír por ver la capacidad de la gente por buscarse la vida o bien dar paso al nudo que se me colocó en la garganta. Lo de los peluches me ha tocado la fibra.. Me ha gustado mucho leerte. El mundo está lleno de miserias en las que la gente sobrevive mientras que otros.. uffff... lo dejo, no sigo porque me pongo mala. Besos y gracias.

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    1. Marisa, sonríe por el humor con el que se toman sus mañanas de mercadillo y estremécete por la situación que esconden esas sonrisas. Lo de los peluches es tremendo.

      Un besazo

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  10. Me encanta tu enfoque del mercadillo, contándonos las historias que desconocemos, esas que estás tras los artículos del puestecillo.

    Felicidades por el reportaje.
    Ha sido fantástico pasear esta mañana de Sábado por este mercadillo tan bonito y peculiar.

    Besos Dorothy :)

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    1. Nieves, en esos mercadillos hay miles de historias, algunas seguro que más interesantes que éstas, pero éstas son las que encontré.

      Besines

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  11. A mí también me ha gustado esta visión más humana de estos mercadillos que nos traes hoy. Sobre todo en mi caso, que sólo me paso de vez en cuando buscando gangas (más de un libro ha caído ya) y les tengo un poco de "manía". El de mi pueblo lo tengo justo pegado a mi ventana y los miércoles es imposible pegar ojo por la mañana. Para los vampiros como el menda, casi una tortura.

    Besotes, Dorothy ;)

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    1. Rober, los tapones para los oídos se hicieron para casos como ése. A mí no es que me emocionen estos mercadillos. Voy de vez en cuando a cotillear, pero no me apasionan. En mi caso suelen caer libros y pulseras. Y gafas de sol viejitas.

      Besines

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  12. Bueno, con esta entrada dan ganas de pensar que hay esperanza,que a veces somos buenos y comprensivos con los demás. Yo no voy mucho a los de mi ciudad, hay uno muy conocido, pero plagado de delincuentes y con la policia evitando líos, se respira la tensión. hay otro más pequeñín, m`´as desconocido, a ese sí que voy. Un besote!

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    1. Meg, cuanto más pequeños son, más encanto tienen. Cuando son muy grandes y no están muy cuidados dan más pena que ganas de comprar.

      Un besazo

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  13. Me ha encantado tu entrada de hoy, ¡de verdad!. Consigues enganchar al lector, cosa difícil y que pocos blogs consiguen. La verdad es que no me extraña que se hagan este tipo de mercadillos, todos tenemos demasiado de todo en casa y cuando hay necesidad, pues hay que hacer algo con ello... Desde luego, a mi la situación actual me ha hecho cambiar mi forma de consumir, compro muchísimo menos de todo, especialmente de ropa.
    Un saludo!

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    1. Humanidades, yo he ido alguna vez a vender cosas que tenía por casa. No he sacado mucho, pero para hacer la compra de la semana, sí. Fue hace años... Ahora hay peleas para conseguir sitio y es muy descorazonador, por lo que vi. Yo este verano apenas he comprado nada. He sacado todo lo que había en los armarios y he recuperado cosas que ni me acordaba que tenía. Estamos aprendiendo a comprar con cabeza.

      Un besazo

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  14. Se me ha encogido el alma... y caído, hasta los pies. Bss

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    1. MariCari, si se te ha caído a los pies, al menos puedes recogerla y volvértela a poner.

      Besines

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  15. Cuántas vidas nómadas, abiertas a lo imprevisible. Ojalá que consigan seguir adelante.
    Un beso

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    1. Mere, si han tomado la decisión de estar ahí, seguro que salen adelante.

      Un besín

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  16. Cuántas historias se entrecruzan y confluyen en esos mercadilloss... Casi se escucha cómo cuentan sus historias, cómo van desgranando sus trucos y sus circunstancias. Esos peluches...

    Me ha gustado mucho. Supongo que las fotos son tuyas también. Un reportaje maravilloso, Dorothy.

    Un beso.

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    1. M., las fotos son mías también, sí. Gracias. Me alegro de que los oigas. Eres demasiado generoso con los halagos, me temo.

      Un beso

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  17. En Alemania abundan los mercadillos y tiendas de segunda mano. No se cortan, es el sentido práctico de su cultura. En mi ciudad publican cada semana los que estarán en la ciudad que suelen ser varios semanalmente y cerca de mi casa, en el Olimpiapark hacen uno gigante mensual. Y ves gente de todo tipo vender sus ropas y cosas.
    Saludos

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    1. Claudia, es verdad, aquí tenemos muchas manías con eso y cuando sales del país ves que la gente no tiene ningún problema. Si algo a ti no te hace falta, igual a otra persona sí y preferirá comprarla de segunda mano a buen precio que pagar una fortuna y que sea nuevo...

      Un abrazo

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  18. Muy interesante tu reportaje.
    En Bélgica pasa lo mismo que cuenta Claudia de Alemania: la gente no se corta un pelo para desprenderse de las cosas que ya no les sirven. Las ponen a la venta en los mercadillos aunque no necesiten el dinero. Por una parte, es una forma de limpiar armarios y por otra, una manera de relacionarse con la gente.
    Por supuesto, también hay rastros (flöhmarkts, marchés aux puces, quiero decir, que a veces el castellano es ambiguo) permanentes, como el de la Place du jeu de balle donde los vendedores son buhoneros profesionales, pero los mercadillos son una tradición.
    Besos

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    1. Sorokin, gracias. Sí, es lo que comenta Claudia, ese sentido práctico al que aquí vence el de la vergüenza. Incomprensible. A mí me gustan esos mercadillos de fuera de España, alegres y despreocupados, en los que las personas que venden sus cosas lo hacen con total naturalidad.

      Besines

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  19. Ayer vi " Blue Valentine" me encantó, es de esas películas que quieres ver mas de una ves. Gracias por recomendarla, creo que va a ser una de mis películas de cabecera.

    Un besote Dorothy :)

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    1. Nieves, me alegro un montón de que te gustara tanto.

      Un besazo

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  20. Es inevitable relacionar ese mercadillo con la "crisis-estafa". En fin, dicen que algo bueno sale de esta: el intercambio de ropa usada (por precios simbólicos), el aprovechamiento de objetos, el reciclaje... algo está cambiando.
    Muy buen reportaje!
    Petonssssss

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    1. Dona, algo está cambiando, sí. Nos lo pensamos todo más, aprovechamos otras vías, descubrimos otro consumo... Algo bueno tenía que traer todo esto.
      Muchas gracias.

      Petonassos

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  21. Vi este vídeo y me acordé de ti, acaba de salir (me lo enviaron de la discográfica), es de Arizona Baby. Te lo dejo por si no lo has visto todavía.
    Un beso
    http://youtu.be/gQlOSNovzEs

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    1. Eva, lo vi, lo vi... Pero me alegro mucho de que te acordaras de mí. No sé por qué, pero no has sido la única... ;)

      un besazo
      Y gracias

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  22. Conocer más a fondo las personas que atienden en un mercadillo nos da una visión más amplia y cercana de lo que hay que hacer para sobrevivir y del gran corazón y la esperanza de muchos. No hay derecho a vivir así y encima que la gente regatee por un artículo de 2€. Enhorabuena por el reportaje.
    Besotes

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    1. Marga, cuando veía a la gente regatear las cosas de dos euros se me caía el alma a los pies, pero luego pensaba... Igual es que necesitan ese regateo para poder comprar otra cosa. No sé. Es complicado.
      Muchas gracias.

      Un besazo

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