sábado, 25 de abril de 2009

Un cuento, dos libros, tres rosas


Tres rosas, dos libros: No me esperaba ninguna rosa para Sant Jordi. Y no hablo de rosas con significado, sino de ésas que alguien te regala porque sí, sólo porque es Sant Jordi y estás cerca. Así, no es de extrañar la ilusión con la que recibí las que Ben me puso frente a los ojos con un “for you”. Una enorme y roja, una mediana y rosa y una pequeña, apenas un capullo, encarnada. Las tres, recién cortadas por Alba en su jardín, habían presidido la mesa en la que presentó su último ( y magnífico) poemario: 'Memoría'. Todavía huelen. Y huelen de verdad, sobre todo la roja. Huelen a rosas auténticas. Podrías cerrar los ojos y saber que jamás han pasado por una cámara frigorífica, ni les han cortado los tallos para que sean más esbeltas, ni les han quitado los pétalos menos hermosos… Así son mis tres preciosas rosas de Sant Jordi que, hasta que los devore, hacen compañía a los dos nuevos libros que no caben en casa. A las diez de la mañana ya tenía en mis manos 'Ni de Eva ni de Adán', de mi adorada Amélie Nothomb, que me obliga a cerrar los ojos cada vez que paso por delante. Es la única manera de no devorarlo en plan aquí te pillo. Quiero tiempo. Pasadas las diez de la noche una gran amiga, que me conoce mejor que yo misma, me regalaba (siguiendo la tradición que mantenemos desde hace años) el libro que quería y del que, pobrecito, me había olvidado por culpa de la Nothomb. Por suerte ella no se olvidó y la noche más noche de Murakami espera su turno para salir de la montaña de libros pendientes.

Un cuento:
—Cariño, ¿cuántos años llevamos juntos?
—…
—Es que me lo preguntan para una encuesta de refrescos.
—Mira la estantería.
—¿Cómo?
—Mira la estantería. ¿Cuántos libros hay?
—Un, dos, tres… siete.
—No me cuadra. Tiene que haber más.
—…
—¿Has mirado detrás de la puerta de la entrada?
—¡Ah! Es verdad. 'El corazón de las tinieblas'. Está ahí de tope. Y… ¿no teníamos otro rellenando el hueco de detrás del váter?… ¡Ajá! 'Los viajes de Gulliver'. Tenemos una fuga de agua. Está un poco mojado. ¡Nueve! Tenemos nueve libros!
—Pues llevamos nueve años juntos. Bueno, diez, que hoy es Sant Jordi y la mesa está coja.

sábado, 18 de abril de 2009

Quiero ser una Durrell


No me hace falta ningún test de facebook para saber a qué familia de científicos del siglo XX debería pertenecer. Lo tengo claro. Me hubiera gustado ser una Durrell. A esa conclusión he llegado medio segundo después de leer la última palabra de la divertidísima 'Mi familia y otros animales', del naturalista británico Gerald Durrell. Me encantaría tener doce años menos, viajar en el tiempo y ser una más de la tribu familiar que llegó a Corfú para pasar una temporada. Desde la primera hasta la última, no hay una frase prescindible en estas memorias de adolescencia en las que las desternillantes escenas caseras se combinan con precisas descripciones de todos los bichos que el pequeño Gerry va adoptando como mascotas: una salamanquesa llamada Gerónimo; Alecko, un gavión con muy malas pulgas, una pareja de urracas, una escorpión cargada de huevos, dos culebras, unos peces rojos, una tortuga de tierra, el escurridizo galápago Old Pop, un murciélago semidisecado y los cuatro perros de la familia (el fiel Roger, los traviesos Widdle y Puke y la pesada Dodo). Me he reído con todos ellos. Con el repelente y miedoso Larry, el aventurero Leslie, la repipi Margo, el siempre dispuesto aunque un poco bruto Spiro y la condescendiente mamá Durrell, que se toma con filosofía los desastres provocados por la afición desmesurada del pequeño Gerry por los bichos de toda clase. Una mujer tan inglesa que no puede más que indignarse cuando, al cruzar la frontera suiza con todos sus animales, el oficial les describe en el pasaporte como 'un circo ambulante y su compañía'. Desgraciadamente no puedo ser una Durrell. Pero por suerte me quedan todavía dos volúmenes de la trilogía de Corfú por devorar: 'Bichos y demás parientes' y 'El jardín de los dioses'.

jueves, 16 de abril de 2009

Abrazos rotos y migas de pan


Los críticos decían a gritos (entre líneas por supuesto): “¡No vayas!”. ¿Tan horrorosa es la nueva de Almodóvar como para que la destrocen así?, pensé el día siguiente al preestreno. No es que me fíe mucho de los críticos, pero tampoco me apetecía ir al cine y sufrir viendo a mi adorado Lluís Homar desperdiciando su (inacabable) talento. “Te va a encantar”, me dijo días después una amiga que me conoce bien. “De verdad, a ti te va a gustar”, insistió. Así que me planté en el cine el primer día libre con el que me tropecé en el calendario. Y sí. Tenía razón. Me encantó. Aunque comprendí a los críticos. 'Los abrazos rotos' no es una película que todos puedan entender. No todos seríamos capaz de callar un secreto más de 18 años, como hace Blanca Portillo (inmensa, como siempre), que sabemos que se guarda muchos otros. No todos podríamos huir sólo por amor (¿o en realidad es miedo?), o seguir siendo nosotros tras una desgracia, o ser capaces de recuperar un proyecto frustrado hace muchos años, o buscar venganza como si la vida nos fuera en ello, o confesar algo que nos avergüenza… Lo mejor, sin embargo, lo que queda fuera de la pantalla. Lo que no vemos. Lo que Almodóvar no nos enseña, pero para lo que nos deja preparado (por si al salir del cine queremos seguir imaginando) un camino de migas de pan.

domingo, 12 de abril de 2009

Esperando 'Lilac wine'

http://www.youtube.com/watch?v=h4ZyuULy9zs
Ya os he dicho más de una vez que soy masoquista musical. Estoy triste, pues una canción triste para hundirme todavía un poquito más. He empezado el día con 'Strange Fruit' de Billie Holiday sonando en el ordenador del trabajo. Lo acabaré en el único lugar seguro que conozco. Donde nunca me pasa nada malo. Mi rinconcito de mi sofà. Arrebujándome bajo la manta, mojando los labios en una copa de vino, cerrando los ojos, echando la cabeza para atrás casi al borde del desnucamiento y escuchando una y otra vez el 'Lilac wine' de mi querida Nina Simone.

viernes, 3 de abril de 2009

Su nombre era Harvey Milk


Las dos horas se me pasaron volando. No me acordé ni de que tenía sueño, ni de que estaba cansada, ni siquiera del horroroso día que me esperaba más allá del sueño. Me metí en el cine y durante dos horas mi vida desapareció ante Harvey Milk. O ante Sean Penn, en realidad no sé cuál de los dos fue el mago que redujo mi persona a dos ojos y dos orejas hasta que los títulos de crédito aparecieron en la pantalla. Sean está espectacular como el republicano que luchó por los derechos de los gays (claro, por algo le dieron el Oscar). De hecho, en la primera escena ya me olvidé de que era Sean Penn y sé con toda certeza que hasta la próxima película que protagonice cada vez que vea su cara pensaré en Harvey Milk y no en el actor que hizo que ayer por la noche me llevara las manos a la cabeza al ver cómo en algún momento hubo alguien que pensó (en realidad no sé por qué me extraña, si todavía hoy hay quien piensa así) que los homosexuales no eran personas, ni podían dar clases, ni ser empresarios… Luchó contra eso y le costó la vida. Todavía resuena en mi cabeza la frase más repetida en la película: "Mi nombre es Harvey Milk y estoy aquí para reclutaros".
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