miércoles, 18 de noviembre de 2009

Una moussaka en el faro del fin del mundo


Nixon estornuda al entrar en casa. Olisquea el aire y abre un poco la boca mirando algo que yo no veo y que imagino como la nube que sale de los pasteles de los dibujos antiguos. Lo agarro fuerte justo en el instante que empieza a dar un paso rumbo a la cocina, su paraíso prohibido. Me mira con pena, relaja las patas y camina calmado hasta la terraza. Sólo entonces me doy cuenta del aroma que sale de la cocina. Hace horas que la moussaka reposa esperando su destino en el faro del fin del mundo, cuya luz verde conduce cada mes a un lugar diferente. Arabia (tajine de cordero con ciruelas), Japón (makis de salmón), India (cordero al curry), Rusia (bulibiak) y ahora Grecia. Noto un ligero dolor de cabeza. El fantasma de una borrachera que nunca existió. Unos vasos de vino, no sé cuántos porque la olla se tragó buena parte de ellos, conversación con la propia farera (sastresa en otra vida) y algo de música, como corresponde nacer a cualquier plato mediterráneo. Parece que siempre buscan el alboroto de una familia numerosa, caótica y tan escandalosa como protectora. Miro mi toga, mis cintas doradas del pelo, la capa, el casco de diosa guerrera… Dudo. Ya me puse anoche las prendas imaginarias, mientras tarareaba muda un tema de Elephteria Arvanitaki, ahora no sé si ponerme las corpóreas.

4 comentarios:

  1. Ummmmmmmmm. Esa Moussaka tiene una pinta estupenda. Al menos te vistes en tu imaginación. En la mía, últimamente salgo muy mal parado.

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  2. No he comido nunca Moussaka, y tiene muy buena pinta, algún día la provaré. Me encantaría vestirme algún día de Diosa griega. Cuanto algún día, espero que no se quede en sueño...yo últimamente no los recuerdo

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  3. El disfraz de diosa guerrera hubiera venido bien para contener toda la ira que quedó hecha añicos en el balcón del faro del fin del mundo. Opa!!!!!

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  4. Conclusiones: creo que la moussaka (por lo poco que quedó) estaba bastante buena, no me vestí finalmente de diosa griega porque me dio vergüenza, aunque si llego a saber que no íbamos a ser tantos como pensaba, me hubiera plantado mi disfraz de diosa guerrera para limpiar con sólo un golpe de melena los miles de trocitos de loza blanca que quedaron en la terraza. Claro, que igual los habría enviado a la cabeza del vecino gritón...

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