miércoles, 20 de septiembre de 2017

'Afrodita', los placeres del paladar y la carne


He rescatado a 'Afrodita', de Isabel Allende. Lo he sacado de la embutida estantería de los libros de cocina y ahora respira. Ve. Oye. Siente la vida en casa. Mira de frente a todo aquel que entra en ella. Y varios le han echado las manos encima. Cada vez que lo hacen, sonrío. Sonreímos, porque él, ese volumen grande, pesado, suave, duro, de páginas carnosas, también sonríe. Lleva ahí varias semanas, sobre una cajonera, apoyado en unos viejos álbumes de fotos. Tiene algo de altar. Y la mujer rotunda de pechos desnudos que cocina en la portada algo de Virgen. Hay quien expone estampitas de vírgenes y enciende velas a reproducciones de santos. Yo expongo a esa Afrodita de la cocina y prendo velas de gardenia a viejas fotos familiares en blanco y negro. Me encomiendo a ella, a esa diosa del placer, de los placeres, de la comida y el sexo, porque en este libro ambos están unidos. Se cogen de la mano, se besan, se mezclan uno con el otro.

Cada vez que paso sus páginas, a veces despacio, recreándome en palabras al azar, a veces rápido, buscando una receta,  el libro suena. Me gusta pensar que me susurra y gime de placer. Desde que salió de esa sabrosa estantería pocos son los días que no lo acaricio con las puntas de los dedos. Así, vuelvo a leer que las cortesanas de la antigua Grecia se perfumaban el aliento y las zonas erógenas con violetas, un sabor que, mezclado con el de su piel, era el sello íntimo de Josefina Bonaparte, que Casanova sedujo a varias de sus conquistas sirviéndoles ostras de su propia boca o que Cleopatra hacía que sus amantes lamieran sus partes íntimas untadas con una pasta de miel y almendras. Da igual por dónde se abra el libro, sea cual sea la página, estará cuajada de historias y anécdotas sobre el placer de la cocina y el amor.

Allende habla de los afrodisíacos -"el puente entre gula y lujuria"-, de cómo cocinamos para quien queremos seducir -"todo lo que se cocina para un amante es sensual"-, de cómo el cerebro es capaz de diferenciar diez mil olores pero muchas veces no distingue entre lujuria y amor, de la sensualidad de amasar la pasta para las galletas, de lo difícil que es definir un sabor o un olor -"son espíritus con vida propia, fantasmas que aparecen sin ser invocados para abrir una ventana de la memoria"-, de hierbas prohibidas (desde la albahaca a la vainilla pasando por la nuez moscada y la pimienta) por sus supuestos efectos sobre el deseo, de la relación de los fogones con los filtros de amor -"el límite entre los filtros eróticos y los venenos es tan sutil"-, de palomas mensajeras del amor que acaban en la cazuela, de cómo los platos más afrodisíacos no se pueden servir en una mesa de etiqueta porque obligan a los comensales a usar las manos y hacer ruido, del erotismo que guardan todos los productos que vienen del mar (la Mar), no en vano de su espuma surgió Afrodita, de por qué todas las culturas atribuyen a los huevos poderes eróticos y reconstituyentes, de cómo el chocolate era una bebida sagrada para los aztecas y cómo en España las mujeres lo bebían a escondidas por su fama de despertar la libido, de cómo un buen vino -"néctar de los dioses, consuelo de los mortales... tiene el poder de alejar las preocupaciones y darnos, aunque sea por un instante, la visión del Paraíso"- y una buena conversación multiplican este efecto acompañados de un queso...

Pura sensualidad...

"Me arrepiento de las dietas, de los platos deliciosos rechazados por vanidad, tanto como lamento las ocasiones de hacer el amor que he dejado pasar por ocuparme de tareas pendientes o por virtud puritana."


Título: 'Afrodita'
Autora: Isabel Allende
Editorial: Plaza Janés
Páginas: 328
Precio: 20,50€
Procedencia: comprado

jueves, 14 de septiembre de 2017

'Voy', Gabi Martínez busca a Gabi Martínez


Llegué a 'Voy' por motivos laborales. Iba a escribir que por obligación, pero no, porque llegar a un libro, aunque sea por trabajo, no es nunca una obligación. Es más, incluso puede llegar a ser, como en este caso, un auténtico placer. Lo leí, lo devoré, en un par de noches. Horas que Gabi Martínez, al que debía entrevistar, le robó a mi sueño. Lo leí a velocidad de vértigo. Parpadeando, incrédula, ante semejante osadía. Sí, porque si hay un adjetivo que defina a este libro, a esta falsa novela, a este documental de papel, a este diario personal, es, sin duda, osado. Valiente, también. Temerario, incluso. En todo, en el planteamiento, en la estructura, en los personajes. Y es que Gabi Martínez (que acaba de publicar 'Las defensas') se convierte a él mismo en protagonista de su propio libro. Y lo hace de una forma descarnada, cruel, sin una pizca de conmiseración con él mismo. Vaya, todo lo contrario de lo que la mayoría hacemos cuando hablamos de nosotros mismos. El Gabi de papel es antipático, rácano, nada empático, seco. No es alguien que te caiga bien. No es alguien a quien desees conocer y, sin embargo, página a página estás deseando saber más, mucho más, todo, en realidad, de sus aventuras. No hay nada de la imagen romántica del escritor viajero en las 400 páginas de 'Voy'. Pero nada.

'Voy' es una búsqueda. La de un joven periodista chileno dispuesto a saber qué pasó con el escritor Gabi Martínez, desaparecido en Nueva Zelanda en uno de sus viajes, mientras perseguía la pista de un ave ya extinta, casi imaginaria, y del que hace ya demasiados meses que nadie sabe nada. El libro es la reproducción de las entrevistas que el joven realiza a los más allegados a Gabi, las cartas que recibe para hablarle sobre él, una estructura que hace muy difícil que el lector suelte el libro. Por tarde que sea y por más horas que hayan pasado. Una pregunta más. Esta carta y ya. Todo es una trampa para que sigas leyendo. Formándote una imagen del autor-protagonista que, quién sabe, quizás no está perdido y simplemente no quiere que le encuentren. Hablan exnovias, examantes, viejos compañeros de viaje... Unos relatos que te llevan a China, a África, a redacciones oscuras, a Australia... He dicho que 'Voy' es una búsqueda, pero en realidad son muchas. Es la del joven chileno, sí, pero también hay algo en este ejercicio de una búsqueda del propio yo, de la de Stanley a Livingstone, de la de Marlow a Kurtz... Y de la del lector en las librerías. Porque, después de 'Voy', es inevitable querer saber más de esos viajes que recuerdan quienes hablan de él: 'Los mares de Wang' (China), 'Sudd' (el Nilo blanco), 'Sólo para gigantes' (Pakistán), 'En la barrera' (Australia)... Y es inevitable, además, ponerle ojitos a tu mochila y a tu cuaderno de viajes.

"No me vengas con tonterías, esto no es un juego. Pronto hará un año sin noticias de él. Con toda la tecnología y los medios de comunicación actuales..., después de un año, o está muerto o no quiere que lo encuentren. Si resulta que está vivo y cumples tu idea con éxito, verte no le va a hacer ninguna gracia."


Título: 'Voy'
Autor: Gabi Martínez
Editorial: Alfaguara
Páginas: 400
Precio: 18,50€
Procedencia: comprado

martes, 5 de septiembre de 2017

'Patria', el perdón


@Martatorresmol

He disfrutado y sufrido mucho con esta novela. Perdón, con este novelón. Porque sí, es un novelón. De los que te pillan (lo siento, pero son los libros los que te escogen, no tú a ellos, por mucho que creas) y ya no te sueltan. Entiendo el éxito de 'Patria', de Fernando Aramburu. Tiene todos los ingredientes para ello. Está muy bien escrita. Es muy clara. La historia te llega. Te interesa, te emociona, te alegra, te enfada, te entristece, te indigna, te consuela... Es lo suficientemente larga como para que te dé tiempo a digerirla. Sí, es de esas historias que hay que digerir. Con cuatro estómagos, como los rumiantes, a ser posible. Y los personajes, los personajes parecen haber salido del portal de al lado, de lo reales que son, o que parecen, o que son. Bueno, no lo sé, porque es una novela, pero estoy convencida de que en algún rincón del País Vasco hay más de una Bittori que corre a la tumba de su marido asesinado el día que ETA anuncia el abandono de las armas, y muchos Txatos que temían un atentado que al final segó su vida, y varias Miren que se agarran con fuerza a una causa y justifican los muertos que carga a su espaldas, incontables Xose Mari que mataron y ahora ven escapárseles la vida en prisión, decenas de Nereas que se negaron a asumir que a su padre lo había asesinado la banda terrorista.

Qué difícil es. Qué difícil debe haber sido tejer esta historia. Si a mí, leyéndola, se me han anudado las tripas constantemente no me atrevo a imaginar lo que sido ir trenzando todos esos mimbres que pinchan, se enredan, cuesta doblar. Es una novela que duele. Desde el primer momento, ése en el que se cruza la puerta de la piel de Bittori, es inevitable sentir rabia. Enfadarse. Es casi imposible no empatizar con esa mujer, una mujer como cualquier otra, madre de dos hijos, esposa de un pequeño empresario de transportes, ama de casa, clienta del mercado, cuyo marido se marcha un día al trabajo después de la siesta y ya no vuelve más porque, a la vuelta de la esquina de su casa, le descerrajan un tiro. Una mujer que, pasados los años, con los hijos ya mayores, después de marcharse fuera del pueblo en el que pasó todo y donde todo dejó de ser lo que era, decide volver. Un regreso lleno de silencios, de malas caras, de desplantes. Un regreso a su vida de antes, un poner un geranio en el balcón que más de uno se toma como una provocación. Ella es la víctima, pero hay quien no piensa así. Como su vecina, Miren. Su amiga. Su confidente. Miren. La madre de Xose Mari. La madre de un etarra. Quién sabe si del mismo que apretó el gatillo mientras el Txato, que a él y a su hermana los trató casi como a hijos, le sonreía. Quién sabe. Hay tensión en ese regreso. Una tensión que traspasa el papel y que, por suerte, concede treguas al lector a través de flashbacks del pasado. Treguas o, mejor dicho, falsas treguas, porque después de cada una de esas miradas atrás todo el presente se hace más crudo, más duro. Se hace bola. Y está bien, así debe ser, porque sólo así es posible comprender todo eso que sobrevuela 'Patria': lo imposible que es olvidar y lo necesario que es el perdón.

Tengo algún pero. Pequeño. Diminuto. En algún momento de la lectura me dio por pensar en Miren, en ese personaje desagradable, incómodo, implacable, casi robótico, insensible, sin empatía, cruel... Le estuve dando vueltas a si habrá gente así, si las tintas estaban cargadas en demasía contra ella (pensar eso me tuvo varias horas enfadada con la historia), si era yo la que, desde mi punto de vista, la veía así... No lo sé. Aún no lo sé. Sólo intuyo que, con las tintas cargadas o libres, ese personaje es necesario, así, para que la historia se desplome sobre ti. Página a página. Porque 'Patria' es una novela, es ficción, sus personajes no existen, lo que les ocurre podría no haber pasado o le podría haber pasado a decenas de personas, pero eso da igual, es casi real. En el pleno sentido de la palabra. Es una de esas invenciones que sirven quizás no para explicar, pero sí para entender, que al fin y al cabo es lo importante, lo que pasaba de puertas para adentro en una familia cualquiera, a un bando y al otro del terrorismo de ETA.

"Ahí va la pobre, a romperse en él. Lo mismo que se rompe una ola en las rocas. Un poco de espuma y adiós. ¿No ve que ni siquiera se toma la molestia de abrirle la puerta? Sometida, más que sometida. Y esos zapatos de tacón y esos labios rojos a sus cuarenta y cinco años, ¿para qué? Con tu categoría, hija, con tu posición y tus estudios, ¿qué te lleva a comportarte como una adolescente? Si el aita levantara la cabeza... En el momento de subir al coche, Nerea dirigió la vista hacia la ventana tras cuyo visillo supuso que su madre, como de costumbre, estaría observándola."

Título: 'Patria'
Editorial: Tusquets
Páginas: 648
Precio: 22,90€
Procedencia: préstamo Marian

sábado, 26 de agosto de 2017

'Historias del señor Keuner', el que ríe sin mandíbula


El señor Keuner no existe. Es una invención. Es un hombre que brota de la cabeza de Bertold Brecht. A ratos. De hecho, el señor Keuner no está ahí siempre, sólo en algunos momentos. Es esa persona que aparece, hace un comentario que te obliga a pensar y, cuando quieres darte cuenta, ya ha desaparecido. Te quedas mirando el lugar en el que estaba hace unos segundos maldiciendo no poder seguir con la conversación. Pero él es así. Desaparece. De forma educada. Porque el señor Keuner, a pesar de llegar y marcharse cuando le place, sin que nadie le busque o le llame o le pida que se vaya,  es educado. Y viste bien. Yo diría, incluso, que lleva sombrero. Pero bueno, ése es mi señor Keuner. No sé si coincide con el de Brecht ni con el de los demás lectores, pero tampoco me preocupa mucho. El mío es así. Y punto. Es uno de esos hombres de rostro serio y gesto adusto al que no eres capaz de imaginar carcajeándose o saltando de charco en charco en un día de lluvia, pero que, sin embargo, están provistos de un inabarcable sentido del humor. Uno de esos hombres a los que la carcajada hay que adivinársela en los ojos, en las palabras, en los silencios. Porque, ahora lo sé, el señor Keuner debe reírse mucho. Muchísimo. A mandíbula batiente, sólo que sin mandíbula. Es inevitable reírse con él. A veces con ternura, otras con ganas, con el colmillo afilado la mayoría de las ocasiones. Porque eso sí lo tiene este personaje intermitente de Brecht: va sobrado de ironía y sarcasmo.

No sé si el señor Keuner original, el que ideó Bertold Brecht en esos fragmentos recopilados en 'Historias del señor Keuner' es como yo lo imagino, sólo sé que hay que conocerle. Que vale la pena. Y que no cuesta mucho. Todos sus pensamientos sobre política, educación, prensa, actualidad, sociedad, educación o el ser humano, sobre todo el ser humano. Porque ése es el gran conocimiento del imprescindible señor Keuner: el ser humano. Aunque haya pasado casi un siglo desde sus primeras apariciones (Brecht escribió estas 121 historias entre 1920 y su muerte, en 1956), sus reflexiones sobre el ser humano siguen siendo válidas, sorprendentes y claras. Hay que conocer al señor Keuner.

"-¿En qué trabaja usted?- le preguntaron al señor Keuner, y él respondió:
-Hago grandes esfuerzos preparando mi próximo error."

Título: 'Historias del señor Keuner'
Autor: Bertold Brecht
Traductores: Isabel Hernández y Juan José del Solar
Editorial: Alba
Páginas: 160
Precio: 14,50€
Procedencia: comprado

lunes, 21 de agosto de 2017

'Sumisión', ¿podría pasar?


Son las siete de la tarde del 17 de agosto. Estaba leyendo una maravilla de Natalia Ginzburg, pero hace rato que tengo la televisión en marcha. La televisión, la radio, twitter... Todo abierto. Ha habido un atentado terrorista en Las Ramblas de Barcelona. Escucho y leo atenta. Pero la información llega con cuentagotas. Y con mucho ruido. No puedo estar quieta. Busco entre la montaña de libros a la espera de reseñar. Ni hecho adrede. 'Sumisión', de Michel Houellebecq, sigue esperando su turno. Dos años lleva ahí. Lo sé por la tarjeta de embarque que utilicé de punto de libro cuando lo comencé: 21 de agosto de 2015, Ibiza-Bilbao. Es uno de esos libros castigados. De esos con los que durante un tiempo tienes que guardar la distancia de seguridad. Por el propio libro. Y por cómo llegó. Ya no quema. Todo pasa. En la pantalla se suceden las imágenes de ambulancias, de zonas acordonadas, de miedo... Números de víctimas aún sin confirmar... Houellebecq. Mientras leía 'Sumisión' no podía dejar de pensar que esa historia no me parecía tan extraña. Tan imposible. Tan surrealista.

Un partido islamista moderado gana las elecciones presidenciales en una imaginaria Francia de 2022. Con el apoyo de los socialistas y de la derecha. Un acuerdo que le permite imponerse al Frente Nacional. Se supone que no iba a cambiar nada. ¡Son moderados! Pero el paisaje del país va cambiando. Los judíos se marchan. Minifaldas y escotes desterrados. Las mujeres desaparecen de los cargos públicos. De la universidad. Ahí, en la universidad, trabaja como profesor el protagonista. Y sí, aunque al principio hay una cierta rebeldía contra las nuevas medidas, al final, se imponen. Y se aceptan. Y ahí está el auténtico quid de la cuestión. 'Sumisión' no hay que leerlo en clave de Islam-Occidente. Hay que leerlo en clave machismo-feminismo. Sí, vale, ahora me diréis que voy a lo fácil, que con la fama que tiene el francés disparo a lo obvio, que no se puede mirar todo en la vida con ese prisma.

Pues lo siento, pero sí, creo que 'Sumisión' hay que leerlo en clave de machismo-feminismo. ¿Por qué? Pues muy sencillo. Porque lo que se ve en el libro es que con un islamista como presidente, las mujeres no cuentan. No importan. No valen más allá de los niños que puedan engendrar, el placer que puedan dar o las tareas domésticas que puedan desempeñar. Y así, poco a poco, van desapareciendo de los círculos de poder. Pueden protestar, pero sin el apoyo de los hombres, que son los que mandan, no llegan a ningún sitio. Y esos hombres, incluso los más beligerantes con la igualdad, descubren rápido que su vida es mucho mejor sin las mujeres haciéndoles sombra. Si se convierten al Islam, cobran más. Si se convierten al Islam, pueden tener todas las mujeres que puedan mantener. Si ellas no pueden ocupar ciertos cargos de poder, estos se los reparten todos entre ellos. El hombre más gris, el menos válido, el que antes no conseguía llegar a nada, ahora tiene todas las facilidades del mundo. Es todo tan cómodo... Que al final todos caen, todos aceptan, todos se hacen un ovillo confortable y calentito. Aunque sea un despropósito. Aunque se vulneren los derechos de las mujeres. Aunque años antes se llenaban la boca con la libertad. Tremendo, sí, pero estoy convencida de que podría pasar.

"Exteriormente, no había nada nuevo en la facultad, aparte de una entrella y una media luna de metal dorado que habían sido añadidas al lado del rótulo de la entrada en el que se leía 'Université Sorbonne Nouvelle-Paris 3': pero,  en el interior de los edificios administrativos, las transformaciones eran más visibles. En la antesala había una fotografía de peregrinos deambulando alrededor de la Kaaba, y los despachos estaban decorados con carteles que representaban versículos del Corán caligrafiados; las secretarias habían cambiado, no reconocí a ninguna de ellas, y todas llevaban velo."

Título: 'Sumisión'
Autor: Michel Houellebecq
Traductor: Joan Riambau
Editorial: Anagrama
Páginas: 288
Precio: 19,90€
Procedencia: regalo

sábado, 19 de agosto de 2017

Mi dolor limita al sur con el paso de es Freus


@Martatorresmol

Mi dolor limita al sur con el paso de es Freus. Justo ahí, en el punto en el que todos los barcos bailan, incluso cuando el mar (la Mar) está como un plato, justo ahí, donde algunos turistas de vuelven verdes, justo ahí, donde se pueden contar ya las casitas de Formentera, justo ahí, sobre el negro azulado de las algas, justo ahí, el dolor se duerme. Se calma. Se esconde. A veces huye. Lo veo lanzarse de cabeza y perderse entre las olas. Me da un descanso. Una tregua. Al sur.

Mi dolor limita al norte con el paso de es Freus. Justo ahí, en ese punto en el que se olvida el olor de la tierra, justo ahí, donde el mar (la Mar) siempre te salpica la cara, justo ahí, donde los desfiles se ponen juguetones, justo ahí, donde la bruma a veces desdibuja el horizonte, justo ahí, en dos islas y en ninguna, el dolor despierta. Se altera. Se hace notar. Vuelve. Frío y húmedo. Sin descanso. Al norte.

miércoles, 16 de agosto de 2017

'Viaje a la aldea del crimen', el 'maestro' Ramón J. Sender en la matanza de Casas Viejas


Cuando un maestro habla, el buen alumno escucha. Cuando un maestro escribe, la buena alumna lee. Devora. Analiza. Relee. Piensa. Subraya. Admira. Sueña. Mira al fondo de sus textos. Compara. Frunce el ceño. Vuelve a leer al maestro. Mastica lo que se se esconde entre líneas. Digiere. Y concluye. Cuando sea mayor quiero escribir como Ramón J. Sender. Quiero saber mirar y entender como lo hacía él para sus crónicas. Es la conclusión que saco de esa lección de periodismo que es 'Viaje a la aldea del crimen', un compendio de las crónicas que escribió el periodista oscense durante su estancia en el pueblo gaditano de Casas Viejas, donde en enero de 1933 se produjo la célebre revuelta que puso en jaque a la República de Azaña, que tuvo que dimitir por la brutal forma en la que fue sofocada.

Pocos, muy pocos, periodistas acudieron a Casas Viejas. Y entre ellos estaba J. Sender. Maestro J. Sender, para mí. Las decenas de crónicas, de no más de tres o cuatro páginas la mayoría, se leen con fruición, con ganas de saber más. El punto final de una es el cebo para la siguiente. Y lo que hay en ellas, lo que cuentan los ojos y las palabras del periodista horripila. Asquea. Da náuseas. Porque lo que relatan los textos de J. Sender no es una gran revolución que amenace a las fuerzas del orden y que éstas tengan que liquidar de la forma que sea. No. Lo que hay en las piezas que el periodista publicó en el periódico La Libertad no son más que unos jornaleros comidos por el hambre, con las vidas llenas de polvo, las  alpargatas mil veces remendadas y sin más ropa que la puesta a los que les sale todo mal. Creen que la insurrección anarcosindicalista ha triunfado, deponen al alcalde republicano, se presentan en el cuartel de la guardia civil, se lían a tiros con el sargento y tres agentes y toman el pueblo. Hasta que llegan refuerzos (más guardias y tropas de asalto) y entonces, con la consigna de "sin prisioneros ni heridos", la revuelta acaba como el rosario de la aurora. Recuperan el pueblo, consiguen averiguar quiénes fueron los impulsores y cercan y acaban, entre tiros y fuego, con Seisdedos, un anciano carbonero, y su familia. Una violencia que trasladarán después al resto de la pedanía en una razzia tras la que el balance total de muertos es de 25, entre fuerzas del orden, anarquistas y demás gente de Casas Viejas.

Lo que hace J. Sender en Casas Viejas es casi orfebrería. Mira. Escucha. Deja que le cuenten. Intuye. Recompone. Cuando él llega a la aldea de Medina Sidonia todos han muerto ya. La "carnicería", como el propio Manuel Azaña definiría la matanza de Casas Viejas en su diario, ya está hecha. La del pueblecito gaditano no era más que una más de las decenas de insurrecciones de carácter anarquista que se habían sucedido (y se habían sofocado) en los últimos meses en todo el país. El periodista llegó días después de los hechos del 10 de enero y publicó su primera crónica el 19. Unas primeras crónicas que explican el viaje de la capital a Casas Viejas, ese primer trayecto en avión en el que el paisaje se convierte en mapa, y que preparan al lector, lo sitúan, para entender todo lo que vendrá después. Ramón J. Sender revive a los muertos, reconstruye conversaciones, plantea pensamientos... Es así como nos planta delante de ese momento en el que los protagonistas mueren, algunos abatidos, otros chamuscados, una escena que poco tiene que ver con la versión oficial. Es así como consigue meternos en las conversaciones de la taberna del pueblo, donde parece escuchar, incluso, el acento gaditano. Un trabajo fabuloso en el que periodismo y literatura se dan la mano, un trabajo de 'Nuevo Periodismo' tres décadas antes de que éste naciera en Estados Unidos, que completó, meses después, con los resultados de las investigaciones y de la comisión parlamentaria. La narración de J. Sender impresiona. Por la violencia desmedida de los hechos. Y por la descripción de aquello que más le impresiona: el hambre y la miseria.

"Hay rumores, es verdad. Pero también es verdad -y los madrileños y los corros de los cafés no saben bien hasta qué punto eso es verdad que hay hambre. Hambre negra, solitaria, en medio de una tierra feraz y de un clima suave. En naturalezas fuertes, condenadas a la desolación. ¿Democracia? Eso es cosa de las tertulias y de los diarios del corro, que no llega aquí, y que si llega viene envuelta en papel sellado y atada con balduque."

Título: 'Viaje a la aldea del crimen'
Autor: Ramón J. Sender
Editorial: Libros del Asteroide
Páginas: 212
Precio. 16,95€
Procedencia: comprado

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