jueves, 17 de enero de 2019

Tiempo de mujeres: Isabel Barreto, primera almirante de la armada


Isabel Barreto

«Llena de libertad, coraje y curiosidad por el mundo». Así define la escritora francesa Alexandra Lapierre a Isabel Barreto, considerada la primera mujer almirante de la Armada Española, en su novela 'Serás reina del mundo'. Barreto es una de las exploradoras a las que dedica el mes de enero el calendario 'Tiempo de mujeres, mujeres en el tiempo', de la Organización de mujeres de la Confederación intersindical del sindicato STES. «Lideró la expedición encargada de buscar el quinto continente después de los descubrimientos de Cristóbal Colón», explica el dossier del calendario. «Su gesta fue atreverse a soñar lo mismo que los hombres de una época en la que las mujeres pertenecían a sus padres cuando eran vírgenes, a sus maridos cuando estaban casadas y a sus hermanos cuando eran viudas», continúa Lapierre, que destaca que, precisamente por eso, fueron los hombres de su vida quienes hicieron «posible» su aventura: «Primero su padre, quien la escogió entre sus hijos para llevar su apellido y seguir su obra, después su marido –Álvaro de Mendaña–, quien osó hacer lo que ningún otro navegante habría hecho: llevarla con él». De Mendaña, además, al morir, le dio todos los poderes «para protegerla de sus propios hombres». Más tarde, fue su segundo marido –Fernando de Castro– quién la emancipó «legalmente de su tutela otorgándole, además, la gestión de su fortuna». Lapierre califica de «conducta revolucionaria» la de estos tres hombres y recuerda que Barreto no fue la única heroína entre las pioneras del Nuevo Mundo, a pesar de que sus nombres «han pasado desapercibidos».

De hecho, reconoce que tampoco Isabel Barreto ha recibido la atención que merecía y tiene muy claro el motivo: «Era una mujer y su palabra no tenía peso social ni económico ni legal». La escritora explica que su peor enemigo era su capitán que, destaca, «hizo muchos esfuerzos para desacreditarla escribiendo un texto terrible contra ella porque quería ser el único héroe y conseguir, así, un nuevo mandamiento del rey. Al fin, influyó el silencio exigido a todos los navegantes, bajo pena de muerte, sobre sus descubrimientos para que las naciones enemigas no se sirvieran de sus hallazgos, conservados en cartas que se perdieron durante siglos».

Participó en varias expediciones por el océano Pacífico con su marido, descubridor de las islas Salomón y Marquesas. «Nunca dejó de ser una mujer que reivindicó su belleza y feminidad», asegura Lapierre, que considera que Barreto fue una mujer entregada tanto al mar (la Mar) como en sus relaciones: «Cuando amó lo hizo con pasión. Sus matrimonios fueron auténticas historias de amor». La escritora, que dedicó tres años a investigar la figura y la vida de Isabel Barreto para escribir su novela, explica que visitó el convento de clausura de Santa Clara de Lima, donde la primera almirante de la Armada Española quiso ser enterrada: «Fue la experiencia más emotiva y especial que he vivido». «Desde que descubrí a Isabel, mi vida no es como antes», sentencia Lapierre.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Mis mejores lecturas de 2018


'La guerra no tiene rostro de mujer', Svetlana Alexiévich | @martatorresmol

1 'La guerra no tiene rostro de mujer', Svetlana Alexiévich
Ella les dio voz. Hasta que ella llegó, estaban mudas. Sus historias, sus vidas, se habían quedado arrumbadas en su memoria. Algunas ni eso. Algunas, incluso, las habían olvidado. De no contarlas. De no pensar en ellas. No existían. Casi un millón de mujeres callando una época de sus vidas. Sus proezas y sus miserias. Todas ellas lucharon en la Segunda Guerra Mundial, en las filas del Ejército Rojo. Pilotaron aviones. Incluso tanques. Curaron a los heridos. Consolaron a los moribundos. Se destrozaron las manos lavando uniformes duros de sangre seca. Empuñaron armas. Dispararon a los enemigos. Muchas murieron. Otras sobrevivieron. Y callaron. Acabó la guerra, todos regresaron a sus casas, ellos contaron sus historias de la guerra y ellas... Ellas callaron.

2 'Medio sol amarillo', Chimamanda Ngozi Adichie
De mayor quiero ser como Chimamanda Ngozi Adichie. Yo, de mayor, quiero escribir como ella. Quiero saber convertir grandes historias en pequeñas historias. Sí, habéis leído bien. Convertir grandes historias en historias pequeñas. En historias cotidianas. Historias de verdad. De las que podrían pasar aquí al lado. Tras la puerta de delante. En las entrañas del umbral de mi felpudo. Sí, historias que pueda creer sin esfuerzo. Con personajes que pueda tocar. Historias que pudieran contarme, con sus lenguas de colores, todas y cada una de las mujeres que me rodean. Porque eso es exactamente 'Medio sol amarillo', una gran historia convertida en una historia tan pequeña, tan diminuta, tan microscópica, que te atraviesa la piel sin que te des cuenta.


'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey' | @martatorresmol

3 'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey', Mary Ann Shaffer y Annie Barrows
Querida Juliet,
Querida Mary Ann Shaffer:

No sabéis cuánto desearía, ahora mismo, estar en Guernsey, con vosotras. Me imagino sentada, en esa casa que las entrañables gentes de esa islita le han prestado a Juliet, tomando té y riendo, recordando los maravillosos días de verano que hemos pasado juntas. Vosotras estabais allí, en el Canal, tratando de averiguar los grandes misterios de Guernsey. Yo aquí, en otra isla, en el Mediterráneo, sin poder despegarme de vosotras. De la correspondencia de Juliet. Ésa que tan bien armas, Mary Ann. Tengo tantas preguntas... Ya sabéis, en las cartas nunca se cuenta todo. A veces por pereza. A veces por pudor. A veces porque escasea el papel. Podría pasarme la vida leyendo sobre las gentes de Guernsey, sobre cómo sufrieron la invasión alemana de la Segunda Guerra Mundial. Sobre cómo, entre todos, trataron de sortear la vigilancia y el control de los soldados alemanes...

4 'Pequeños fuegos por todas partes', Celeste Ng
En todas las familias arden fuegos. Sólo que a veces no los vemos. O fingimos que no existen, confiando en que se aburran y se apaguen. A veces son auténticos incendios que se sofocan con la misma celeridad que prendieron. A veces, incluso, están apagados y encendidos al mismo tiempo, dependiendo de la habitación desde la que se contemplen. Y otras... Otras son el fuego de Schrödinger. En todas las familias arden fuegos. Así debe ser. Debe haber llamas. Y humo. A ratos. Porque si no, alguien, desesperado, acaba por encenderlos. De verdad. Quemándolo todo. Tierra quemada. Y que todo brote de nuevo. Como hace Izzy, la pequeña y rara de los Richardson, en ese principio que es final en 'Pequeños fuegos por todas partes', la segunda novela de Celeste Ng. Una historia en la que la escritora vuelve a colarse en la cocina (física y metafórica) de una feliz familia estadounidense. O dos. Cuatro, ahora que lo pienso. Toda una comunidad, en realidad.


'Memorias de Adriano', Marguerite Yourcenar | @martatorresmol

5 'Memorias de Adriano', Marguerite Yourcenar
Despacio. Lento. Pausado. Es el ritmo que pide 'Memorias de Adriano', de Marguerite Yourcenar. La tentación, tras ese primer encuentro con el emperador, tumbado en la cama, al lado del médico, siendo consciente de que la vida se le apaga, es devorarlo. Adentrarse en esa larga, larguísima, carta dirigida a Marco Aurelio, al que adoptó como nieto, en la que desgrana sus memorias y no parar, ni para dormir ni para respirar, hasta arrumbar hacia Bayas con él, para acompañarlo, junto al mar, en sus últimos estertores. Pero la historia de este emperador nacido en Itálica, amante del mundo heleno, que busca la paz pero no la idolatra, que fue el primero en instalarse pacíficamente en Bretaña, que sólo luce la toga en Roma, requiere tiempo. Para degustarla. Para asimilarla. Para imaginar esas campañas romanas por media Europa hasta el más pequeño detalle. Para perderse en las reflexiones del emperador. Para volver atrás y releer algunas de las frases de Yourcenar. Por lo que dicen. Y por bellas. Porque si algo desbordan estas falsas memorias es la belleza.

De lleno en un puerto del Cantábrico. Con las gaviotas graznando. Ronroneos de motor. Boniteros en el horizonte. Sensación de tormenta cercana. Olor a algas pudriéndose. Y el jaleo de marineros y pescadores a punto de enrolar. Quién sabe para cuántos días. Quién sabe si volverán. Ahí te planta Ignacio Aldecoa en las primeras páginas de 'Gran Sol'. Te mete de lleno en un ambiente que roza la fiesta. Roza el drama. Roza el nerviosismo. Roza la bronca. Un instante que lo roza todo y que, al mismo tiempo, parece no tocar nada. Un instante decisivo camuflado por la cotidianeidad. Si no fuera por ese vestido (conversaciones con las mujeres, vinos en la taberna, frías despedidas...) seguramente ninguno de los protagonistas embarcarían en el 'Aril', rumbo a Gran Sol, junto al barco hermano, el 'Uro', a pescar, a dejarse la salud. Quién sabe si también la vida.


'El vestido azul', Michèle Desbordes | @martatorresmol

Hay libros que duelen. Que te atacan, prácticamente. Van directos a tu línea de flotación. Y sólo te dejan dos opciones. Rebelarte, enfrentarte a ellos, iniciar una pelea. O rendirte. Dejar que entre el agua y abrazarlos. Acariciarlos mientras te tomas una copa de vino y confiar en que el boquete emocional no sea tan grande. 'El vestido azul', de Michèle Desbordes, es uno de esos libros. Al menos para mí. Porque esta historia, que se lee en dos tirones, uno si las obligaciones lo permiten, te mete de lleno en una de las cosas que más me han aterrado siempre, desde niña, desde que leí un relato que no debería haber leído hasta unos años más tarde: una mujer cuerda encerrada en un manicomio.

¿Qué sería alguien capaz de hacer por un hijo? ¿Hasta dónde podría llegar? Son algunas de las preguntas que plantea 'La cena', de Herman Koch, una novela que he leído sin pestañear y soportando las arcadas que me provocaba página tras página. Y no por los maravillosos platos que pasan por la mesa de ese restaurante de postín sino por sus comensales. Por todos y cada uno de ellos. Por lo que piensan, por lo que hacen, por lo que esconden y, sobre todo, por cómo quieren. O creen querer. Que no es lo mismo. Porque esa primera pregunta ("¿Qué sería alguien capaz de hacer por un hijo?") es, en realidad, una trampa. Una engañifa. 


'Un grupo de nobles damas', Thomas Hardy | @martatorresmol

La supuesta volubilidad femenina vista, analizada, comprendida, sonreída, incluso, por un grupo de hombres de mediados del siglo XIX. Así podría resumirse, en una frase, 'Un grupo de nobles damas'. Un libro de Thomas Hardy que requiere viajar hasta el siglo XIX y ponerse, como  si fuera un disfraz, una mentalidad de la época. Es necesario porque, de lo contrario, la confrontación con el autor y con esos hombres que desgranan, en una noche desapacible, historias de mujeres rebeldes, caprichosas, inseguras, enamoradizas, influenciables, cabezotas e ignorantes de lo que es mejor para ellas, con el objetivo de divertirse. Es necesario ponerse en el siglo XIX para disfrutar de la maravillosa forma de narrar de Hardy. Para no enfadarse con él.

Querida Penelope... ¿qué voy a hacer contigo? De verdad que aún no lo sé. Llevo desde ayer por la noche pensando. Dándole vueltas a tu 'La librería', esa pequeña historia que escribiste pasados los 60 y en la que te dibujaste a ti, a ese pueblo en el que te refugiaste o al que huiste, y a esos vecinos que no dudaron en darte la espalda cuando les convino. He dicho "dibujaste", sí. No me he equivocado. De lo que tengo la cabeza llena, ahora mismo, es de imágenes, no de palabras o de frases, de imágenes. No me extraña que Isabel Coixet, al leerte, decidiera llevarte al cine. Es tan de cine este librito tuyo... Perdóname por lo de "librito" y por lo de "pequeña historia". A veces lo pequeño es muy grande. A veces lo grande se disfraza de pequeño. Sé que entiendes a qué me refiero. Una mujer como tú seguro que lo sabe. Es algo que compartes con la Ginzburg. Ella también me entendería. 


domingo, 16 de diciembre de 2018

Autorretrato en Esqueria, en Naxos, en Ítaca


Autorretrato en Nausícaa, Ariadna, Penélope | @martatorresmol

Ahí está Nausícaa, destejiendo a la luz de la luna. Desenredando, uno a uno, los hilos que, con la precisión de un reloj de arena, ha enlazado durante el día. No, no es Penélope. Es Nausícaa. Lo fue, al menos, en algún momento. Nació como tal. Creció como tal. Aún no sabe cuándo se convirtió en Penélope. Y empezó a tejer. Y a destejer. Por las mañanas, cuando con los dedos entumecidos se quita la ropa y deja que el sol resbale por su piel desnuda... cuando se agarra al alféizar y respira, dejando que el aire salado la penetre... entonces, por un instante, siente el eco de aquella princesa irónica y deslenguada que lavaba, en cueros, los vestidos de su corte... le parece oír, en la distancia, el alegre cacareo de las esclavas en el río y los gritos, emocionados, al descubrir al navegante náufrago... lejos... demasiado lejos... Hace tanto ya que teje y desteje... Siempre con el mismo hilo. Ése que huele a sangre y a sudor. Un olor cálido y espeso. Pegajoso. Mareante. Casi venenoso. A veces, a mediodía, al pasar el hilo entre sus dedos el olor a bestia sube hasta su nariz, tan intenso, que siente náuseas. Es el hilo del laberinto. El del monstruo. Y el del héroe que también fue monstruo. Es el hilo del abandono. De la cobardía. Lo único que le quedaba al despertar, sola, en Naxos. Sí, porque esta Nausícaa fue también, una vez, Ariadna en Naxos. Era lógico que la princesa del ovillo acabara transformándose en la reina que teje y desteje. Y que espera. Que resiste. Esperar es valiente. Heroico. Es una decisión. Esperar es confiar. Es vencer a la ansiedad. Aguantar sus mordiscos. Sus cantos de sirena negra. Mirar el horizonte azul todos los días sin atisbar las velas ansiadas. Cada noche, mientras hunde sus dedos en el telar, arrancando las hebras, pegajosas, húmedas, sangre y sudor, la acechan los monstruos. Ella, Nausícaa, Ariadna, Penélope, les mira a los ojos. Les escucha. Les deja hacer. Esperar, esa cobardía, eso tan fácil... Esperar es para valientes. Tejer y destejer, Nausícaa, Ariadna, Penélope, tejer y destejer es heroico.


domingo, 2 de diciembre de 2018

'No soy un monstruo'


'No soy un monstruo' | @martatorresmol

No es la primera vez que le pido perdón a un libro. Lo he hecho muchas veces. Incontables. Por haberlos perdido. Por haberlos olvidado. Por haberlos prestado. Por haberlos tenido demasiado tiempo esperando. Por no haberlos protegido. De la lluvia. De la arena. De mis manos tiznadas de tinta a primera hora de la mañana. De las minúsculas inmundicias de mis bolsos y capazos. Pedirle perdón a un libro no es algo nuevo para mí. Y hoy le tengo que pedir perdón a 'No soy un monstruo'. Y, ya puesta, a Carme Chaparro. Porque no les he leído como debería. Como toca. A ciegas. Empecé a leer el libro sabiendo quién... Bueno, sabiendo quién. Punto. Cogí la novela de la biblioteca de mi madre. Y el marcapáginas que ella había utilizado estaba, justo, en la "nota del editor". Y, la curiosidad mató a la lectora, no pude evitar leer la primera frase de esa nota. Y ya está. Lo supe. Me pasé las más de 300 páginas buscando los indicios que a un lector virgen le podrían haber hecho sospechar. Por eso le pido perdón a 'No soy un monstruo'. Y a Carme Chaparro.

Un niño desaparecido en un centro comercial. Iba de la mano de su madre y, de repente, ya no estaba ahí. Así empieza la novela. Con un niño desaparecido (Kike) y con una periodista (Inés) que tiene que salir a toda velocidad de una singular investigación de campo para su segunda novela para llegar a ese centro comercial y entrar en directo en el informativo. Y con una inspectora (Ana) con carácter que lo último que quiere es tener que enfrentarse, otra vez, a un niño pequeño desaparecido en un centro comercial. Angustia. Desde la primera hasta la última página. Sobre todo cuando eres de los que sufres especialmente con los niños. Y en esta novela hay tres niños que sufren. Y tres madres que sufren. Cuatro, si contamos a la mujer del bolso (Lucía), esa madre que, en un monólogo hipnótico, explica en una reunión de anónimos, la durísima decisión que tuvo que tomar una noche de lluvia. Supongo, si no lees por error la nota del editor, que 'No soy un monstruo' es de esas novelas en las que vas buscando al malo, al monstruo, que se puede esconder en la piel de cualquiera. De quien menos esperas. O de quien más. Es imposible no meterse en la de Ana, no entenderla, no compartir su desesperación al no hallar, a pesar de las pruebas, ese clic que indica que la última pieza de ese puzle de desaparecidos y muertos (los hay) encaja perfectamente en esas últimas páginas trepidantes, de las que no te puedes despegar. Espero, de hecho, encontrar a Ana en otra novela. La inspectora me ha sabido a poco. Igual que Joan, el informático.

"Hoy iba a intentarlo otra vez.
No servía cualquier niño.
Tenía que escoger muy bien. Si no, tantos meses de espera, tanto trabajo y tanto darle vueltas al plan en la cabeza no valdrían de nada.
Ni lo que vendría después, claro. El éxito o el fracaso de todo dependía del niño que escogiera esa tarde.
Por eso no servía cualquiera.
Así que era necesario fijarse bien. Estaba en el momento clave del plan maestro y no podía fallar. Ahora no."

Título: 'No soy un monstruo'
Autora: Carme Chaparro
Editorial: Espasa
Páginas: 332
Precio: 19,90€
Procedencia: biblioteca mamá

lunes, 19 de noviembre de 2018

Pongan un librero en su vida


@martatorresmol

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Hay algo romántico en levantar, cada mañana, la persiana de una librería. Es un gesto valiente. Utópico. Heroico. Tierno. Legendario. Casi místico y mítico. Épico, incluso. La cotidianeidad de un librero tiene algo de romántico y mucho de lucha contra gigantes que nunca fueron molinos. De bregar con cíclopes incapaces de ver qué hay más allá del ganado y buscar tesoros de papel en todo tipo de islas. Un librero sabe que un sombrero puede ser, en realidad, una boa devorando un elefante y que hay mujeres que prefieren oír a su perro ladrarle a un grajo que a un hombre jurarles que las adora. Entiende que el monstruo no es la bestia hecha de pedazos de cadáveres sino su creador, que las ballenas blancas, los leviatanes, únicamente existen porque hay capitanes que las persiguen y que ¡El horror! ¡El horror! puede aguardar en cualquier rincón, no sólo al final del río Congo. Un librero conoce el misterio de los cuadros que envejecen detrás de un biombo y guarda, con celo, el secreto de todas las Sherezades del mundo. De la misma forma que todo lector que lo fue de niño tiene alma de Bastian Baltasar Bux, todo librero guarda en su interior un señor Koreander. Es una verdad mundialmente reconocida que cualquier persona, poseedora de una pequeña fortuna, necesita una librería. Pongan un librero en su vida.


jueves, 15 de noviembre de 2018

El primer librero de mi vida


@martatorresmol

Nunca supe cómo se llamaba el primer librero de mi vida. Sólo sé que era un señor muy serio, con gafas de las que parecen hechas para mirar por encima de los cristales mientras juegan a resbalarse por el caballete de la nariz. Era mayor. Muy mayor. Eso le pareció a mi yo de ocho años. Aquel señor de edad venerable podría haber rondado, desde la perspectiva que dan los años, los cuarenta. Nunca lo sabré.  Sólo sé que su librería estaba en Segovia. En el centro. Cerca del acueducto. En alguna de las calles que se perdían a mano derecha, acercándose al Alcázar. Sé, también, que abría los sábados por la tarde. Una rareza en aquellos tiempos en los que la gente, el comercio, descansaba los fines de semana. Días casi sagrados. El sábado antes de comer las persianas caían a plomo sobre sus candados, con la fuerza de una promesa, y no volvían a levantarse, perezosas, hasta el lunes. Días en los que sólo se podía comprar el pan. Y porque las panaderías hacían el agosto con la gula dominical. Y la prensa en aquellos quioscos que, como mucho, descansaban los lunes. Pero aquel señor serio tenía abierto aquel sábado por la tarde. Hacía frío. O eso me parecía a mí, niña del Mediterráneo. No tanto como en León, donde por primera vez sentí cómo mi nariz se arrugaba despacio, congelada. En el hotel nos habían dicho que, si había una librería abierta en todo Segovia, sería la suya. Y allí estaba.

Recuerdo, borrosa, una luz tímida. Unas pequeñas estanterías pobladas de libros de bolsillo, con sus portadas descoloridas, flanqueando una puerta estrecha. Y abierta. A pesar del helor de aquella calle umbría. Unos volúmenes gordos, pesados, la sostenían. Dentro olía a papel. A ese papel viejo que amarillea en las puntas y que ahora conozco tan bien. Mezclado con piel antigua. Cuero reseco. Un olor que en ese momento era nuevo. Un descubrimiento. Las paredes, que entonces me parecían gigantescas, estaban forradas de libros. Ni un espacio vacío. Volúmenes amontonados en el suelo. En varias mesas. Junto a la caja registradora. Detrás del mostrador. En las escaleras que se perdían en un primer piso al que nunca subí. Y ahí estaba él. Mirando curioso a aquellos extraños que un sábado por la tarde se habían aventurado en sus dominios. Por mi culpa.

Había acabado mi libro de cuentos. Ése que me había acompañado en el barco. En cada noche de hotel. En cientos de kilómetros mesetarios. Había acabado mi libro de cuentos y necesitaba otro. No quería otro. No deseaba otro. No. Ne-ce-si-ta-ba otro. Cómo me pondría de pesada para que mis padres preguntaran en el hotel dónde podían encontrar una librería abierta. Pero aquella cueva no se parecía en nada a las librerías que yo conocía. El quiosco del paseo, donde los cuentos troquelados, cruzados con una goma para que el viento no se los llevara, se exponían junto a las revistas, los diarios, el tabaco y las chucherías. O la librería del barrio. Aquella en la que mientras esperabas a que tu madre pagara te divertías jugando entre los cientos de disfraces y complementos que abarrotaban el espacio.

No. Aquella cueva era diferente. Impresionaba. Sabía que aquel umbral había que cruzarlo como el de una iglesia. En silencio. Con respeto. Allí no valía correr entre las estanterías. Ni esconderse debajo de las mesas. Ni sentarse en el escalón de la entrada. El capricho era mío. Eso me recordaba el billete de cien pesetas que llevaba en el bolsillo del abrigo. Yo debía preguntar. Yo debía pedir. Yo debía pagar. A aquel señor tan serio que miraba por encima del cristal de sus gafas. Recuerdo que le pedí un libro de cuentos. Tan flojito, que acercó su nariz de tobogán a mi cara asustada para que repitiera. Y entonces se perdió.

Desapareció, despacio, entre unos expositores de fotos y postales para aparecer, lo que me pareció una eternidad después, a mi espalda. Llevaba un libro en las manos. Gordo. Usado. De papel ocre y esquinas gastadas. "Enid Blyton", leí. En la portada, una niña durmiendo, un caballo con alas, una estrella de mar, una sirena... Era precioso... Lo cogí. Y le di mi billete al señor, que lo miró. Recuerdo el nudo en el estómago al pensar que igual aquellas cien pesetas, un millón para mí, no bastaban para pagar aquel libro. Aunque estuviera usado. Me devolvió el billete. Y me obligó a preguntarle el precio que no era, ni de lejos, cien pesetas. Volví a darle el billete. Volvió a devolvérmelo. Cascarrabias, me dijo que tenía que intentar pagar menos. Que los libros viejos se enfadan cuando creen que no los quieren y que siempre había que pelear, aunque fuera un poco, por ellos. Aquel libro, con su caballo con alas, su estrella de mar y su sirena, me acompañó en cada cama de hotel. En las noches en casa de la tita Piedad. En cientos de kilómetros mesetarios. En el barco de regreso. Aquel librero serio, de gafas a media nariz, y aquella librería oscura, la primera de mi vida, siguen, en el fondo, conmigo. Cada vez que cruzo el umbral de los únicos templos que reconozco. Cada vez que miro a un librero a los ojos. Aunque no lleve gafas.

domingo, 11 de noviembre de 2018

'Pequeños fuegos por todas partes' (y en todas las familias)


'Pequeños fuegos por todas partes', Celeste Ng | @martatorresmol

En todas las familias arden fuegos. Sólo que a veces no los vemos. O fingimos que no existen, confiando en que se aburran y se apaguen. A veces son auténticos incendios que se sofocan con la misma celeridad que prendieron. A veces, incluso, están apagados y encendidos al mismo tiempo, dependiendo de la habitación desde la que se contemplen. Y otras... Otras son el fuego de Schrödinger. En todas las familias arden fuegos. Así debe ser. Debe haber llamas. Y humo. A ratos. Porque si no, alguien, desesperado, acaba por encenderlos. De verdad. Quemándolo todo. Tierra quemada. Y que todo brote de nuevo. Como hace Izzy, la pequeña y rara de los Richardson, en ese principio que es final en 'Pequeños fuegos por todas partes', la segunda novela de Celeste Ng. Una historia en la que la escritora vuelve a colarse en la cocina (física y metafórica) de una feliz familia estadounidense. O dos. Cuatro, ahora que lo pienso. Toda una comunidad, en realidad.

Esa comunidad es Shaker Heights, un lugar tan perfecto, tan cuadriculado, tan correcto... Que visto desde fuera da algo de miedo. Sólo los cuadriculados, los perfectos, los correctos... Pueden encajar. Y Pearl y su madre Mia, las protagonistas, no lo son. Mia es fotógrafa, artista, y lleva desde que nació Pearl cambiando de lugar de residencia cada vez que finaliza un proyecto. Así que la estampa de ambas montando muebles de mercadillo y rescatados de la basura para establecerse en una de las casitas de alquiler de los Richardson, toda una institución en la zona, no deja indiferente al vecindario. Un lugar en el que, por primera vez, se plantean echar raíces. Una idea que, desde el otro lado de la página, se ve claro que está condenada al fracaso. Su mesa coja, su ropa de segunda mano y su colchón en el suelo no encajan entre jardines de césped milimetrado y muebles, y familias, de diseño. Mia y Pearl son de verdad, tienen un gran secreto, pero son de verdad. Y eso, en Shaker Heights es una novedad. Algo imperdonable. Y eso es lo que nos muestra, desde las cocinas y las salas de estar, con esa facilidad suya para colarse en lo más íntimo de los hogares, Celeste Ng. Así es como vemos que en todas las familias arden fuegos. Que deben arder y apagarse. Porque si no, alguien necesitará quemarlo todo. Para volver a empezar.

"Aquel verano, en Shaker Heights, todo el mundo hablaba de ello: Isabelle, la pequeña de los Richardson, había perdido definitivamente la cabeza y había quemado la casa. En la primavera, los chismes habían girado en torno a Mirabelle McCullough -o May Ling Chow, según de qué lado estuviese uno-, y ahora por fin había algo nuevo y excitante que comentar. Aquel sábado de mayo poco después del mediodía, los clientes que empujaban los carritos de la compra en Heinen's oyeron de pronto un aullido de sirenas: los coches de bomberos se alejaban en dirección al estanque de los patos. A las doce y cuarto había cuatro aparcados desordenadamente en Parkland Drive, delante de la casa de los Richardson, cuyos seis dormitorios estaban en llamas; y hasta a un kilómetro de distancia se distinguía el humo que ascendía en un nubarrón detrás de los árboles."

Título: 'Pequeños fuegos por todas partes'
Autora: Celeste Ng
Traductor: Pablo Sauras
Editorial: Alba
Colección: Contemporánea 
Páginas: 360
Precio: 19,50€
Procedencia: comprado

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