lunes, 11 de enero de 2021

La ciudad de la alegría (Dominique Lapierre)

 



"La India te abraza o te escupe". Es una de las cosas que me dijeron al poco de aterrizar en ese fascinante país. Y así lo viví. La India no es para todos. Conozco mucha gente que, después de años queriendo ir tomaron un vuelo de regreso unos días después de llegar. Sus cuerpos no podían más. Sus ojos no podían más. Sus almas no podían más. La India es dura, pero también es maravillosa. Y eso, exactamente eso, la crudeza, la crueldad, incluso, del día a día en Calcuta, y la solidaridad, la generosidad y la felicidad en uno de los barrios más pobres de esa ciudad es lo que relata Dominique Lapierre en su popularísima 'La ciudad de la alegría'. Uno de mis grandes pendientes. Porque fui una niña y una adolescente que, inspirada por la magia de cuentos e historias lejanas, soñaba con ese exótico país. Y porque cuando vi la película (protagonizada por Patrick Swayze y Om Puri) me quedé enamorada con aquella historia hasta el punto de no querer abrir el libro. Por si acaso. Por si me destrozaba las imágenes de la pantalla, la historia, la esencia. Cuántos libros no habre leído, o habré leído décadas después de ver las películas por esos porsiacasos.... 

Miedo infundado, en este caso. Porque libro y película son completamente independientes. Diferentes. Diría, casi, que aunque tienen las manos cogidas, se dan la espalda. La película mira a la historia, a la emoción. El libro apunta a las vidas reales de quienes viven en un slum, las relaciones que se establecen entre ellos y cómo asumen su cotidianeidad mientras intentan que a sus familias les falte lo menos posible. El libro comienza con dos personajes que están muy lejos de cruzarse. De hecho, no lo hacen hasta muy muy avanzado el libro. El primero, Hasari Pal y su familia. Un campesino que se ve obligado a huir a la ciudad para tratar de subsistir en la más absoluta miseria. Viven en la calle, rebuscan en la basura y hasta vende su sangre para conseguir que los suyos tengan algo que llevarse a la boca la mayoría de los días. Así hasta que la suerte se le presenta en forma de hombre-caballo, uno de los miles de conductores de rickshaw que se dejan los pulmones sobre el asfalto de las calles de Calcuta, que le apadrina para convertirse en uno de ellos. El otro protagonista es Paul Lambert, un cura católico blanco que llega a la ciudad con el objetivo de ayudar a los más necesitados y que, ante el asombro de sus homólogos indios, decide instalarse en el corazón mismo de la miseria, en un slum, en un lugar donde las casas apenas tienen unos metros cuadrados, donde cuando llueve las calles se llenan de excrementos, donde se vive pared con pared con los leprosos, donde hay que hacer horas de cola para ir al baño y para echarse un par de cubos de agua encima, que es en lo que consiste la ducha diaria, donde se compran fetos para experimentación y donde los niños emprenden cada mañana el camino del vertedero con la esperanza de conseguir algo con un mínimo valor. Un lugar que, irónicamente, se llama la ciudad de la alegría. Más adelante entrará también en la trama Max Loeb, un médico estadounidense de buena familia que, admirador de la labor de Lambert, decide pasar una temporada en la India, país que le recibe abrazándolo en mugre y atendiendo el complicado parto de una leprosa. Situaciones, ambas, que le generan tanto asco como fascinación.

'La ciudad de la alegría' es una descripción desnuda de la India, y de los indios, más pobres. Una crónica novelada de cómo viven, de cómo salen adelante, de cómo se relacionan entre ellos, de cómo dan lo que no tienen cuando hay que echar una mano al vecino, de jornadas interminables de trabajo para conseguir unas pocas monedas, de usureros que sacan las tripas (a veces en sentido literal) a los más pobres para que puedan pagar entierros o dotes para las bodas de sus hijas, de cómo se duermen todas las noches arrullados por los chillidos de las ratas, de las risas de los niños alzándose por encima de la miseria, del rojo betel escondiendo la sangre de pulmones destrozados, de perros que convierten en festín los miembros amputados en una camioneta, las miradas de desprecio de quienes no viven en l slum, la corrupción en cada rincón de la administración, la bondad y el trabajo incansable de la madre Teresa, el monzón que todo lo da y todo lo quita... Un viaje a esa India tan cruda como subyugante que, como bien me dijeron, te abraza o te escupe.

"Su espesa pelambrera rizada y sus patillas, que se juntaban con las guías caídas de los bigotes, su pecho corto y robusto, sus largos brazos musculosos y sus piernas un poco arqueadas le daban un aire de guerrero mongol. Sin embargo, Hasari Pal, de treinta y dos años, no era más que un campesino, uno de los 548 millones de habitantes de la India que pendían su alimento a la diosa tierra. Había construido su choza de dos habitaciones con adobe cubierto de bálago un poco apartada del pueblo de Bankuli, uno de los 36.543 municipios de la Bengala Occidental, un estado del noreste de la India tres veces más extenso que Bélgica y tan poblado como Francia. Su esposa, Aloka, de corta estatura, piel clara y aire seráfico, con la aleta de la nariz atravesada por un aro de oro y los tobillos adornados con varias ajorcas que tintineaban a cada paso, le había dado tres hijos. La mayor, Amrita, de doce años, había heredado los ojos almendrados de su padre y la bonita piel afrutada de su madre. Manooj, de diez años, y Shambu, de seis, eran dos buenos mozos de cabellos negros y alborotados, más dispuestos a cazar lagartos con sus hondas que a empujar el búfalo en el arrozal familiar. Como a menudo era tradicional en la India, también vivía en casa del campesino su padre, Prodip, un hombre enjuto y arrugado, con la cara cruzada por un delgado bigote gris, y su madre, Nalini, anciana encorvada y con más arrugas que una nuez. Hasari Pal albergaba también a sus dos hermanos menores, a sus mujeres y a sus hijos, es decir, en total, dieciséis personas."

Título: La ciudad de la alegría
Autor: Dominique Lapierre
Traductor: Carlos Pujol
Editorial: Seix Barral
Páginas: 402
Procedencia: segunda mano
Precio: 1€

viernes, 11 de diciembre de 2020

Salmón marinado (de Dorothy)




Me encanta el salmón. Bueno, el pescado en general, pero el salmón es uno de mis favoritos. Me gusta casi tanto como la roja (cabracho, cap-roig, escòrpora...), el rodaballo, el rape y el mero, que son los que más. El salmón estaría, por versatilidad y por precio, a la altura del bacalao en mi ranking de pescados. Está rico de cualquier forma (a la plancha, en papillote, en tartar, carpaccio...) y acepta multitud de acompañamientos y salsas. Una de las formas en las que más me gusta tomarlo es marinado, pero el precio no es precisamente económico. Por eso hace ya un tiempo que decidí hacerlo yo. Aunque el pescado no es un producto barato, sale muy a cuenta prepararlo en casa. La receta no puede ser más sencilla y, además, permite todo tipo de juegos para que no siempre tenga el mismo sabor. Sólo hace falta un poco de imaginación y ganas de experimentar. 

Ingredientes:
—1 lomo de salmón fresco de un kilo
—600 gramos de sal gorda
—400 gramos de azúcar
—Pimienta negra
—Eneldo fresco picado
—Sal ahumada

Preparación:
—Cortad el lomo de salmón en dos piezas de medio kilo más o menos, así haremos salmón marinado con dos sabores diferentes. Es muy importante no quitarle la piel y mejor si podéis escoger una pieza que sea gruesa, de unos tres dedos de ancho.

—Repasad el pescado con las manos para quitarle las espinas que pueda tener. Las del salmón son grandes y se tocan bien, no sufráis. Yo también repaso la zona de la piel, por si tiene muchas escamas, para quitárselas.

—Mezclad bien en un cacharro el azúcar y la sal gorda. Por si queréis hacer otras cantidades, la proporción que yo utilizo es siempre de un 60% de sal gorda y un 40% de azúcar del total del peso del pescado que se vaya a marinar. Es decir, que si el lomo pesa 650 gramos tendríamos que hacer la mezcla con 390 gramos de sal y 260 de azúcar. Sólo hay que hacer una regla de tres.

—Añadid pimienta negra recién molida, al gusto. Y, como vamos a hacer dos piezas de sabores diferentes, dividimos esa mezcla en dos recipientes. 

—En uno añadimos el eneldo fresco picado. La cantidad depende de si os gusta mucho el eneldo o no. Yo la pongo a ojo, pero para un lomo de medio kilo pondría medio vaso de eneldo fresco picado. He dicho fresco, sí. A ver, que a unas malas se puede poner el de bote pero no va a ser lo mismo. Yo aviso.

—A la otra mezcla le añadimos dos cucharadas de postre de sal ahumada. si os gustan los sabores fuertes, como a mí, siempre podéis añadirle una más.

—Este paso es en el que os digo que se puede jugar con los sabores. Podéis añadirle a la mezcla de sal y azúcar las especias que os gusten o, incluso, alguna fruta picada. Si ésta contiene mucha agua tendréis que aumentar la cantidad de sal y azúcar.

—Cubrid el fondo de los recipientes en los que vayáis a marinar el salmón con las mezclas y colocad el pescado encima con la piel abajo. Cubrid bien los lomos con las mezclas de marinada. Deben quedar completamente cubiertos. Tapad con film de forma que quede lo más prieto posible y colocad peso encima (sirven unos bricks o unos botes de conserva) y meted en la nevera. Cada ocho horas, más o menos, echadle un ojo y retirad el líquido, un almíbar, que se va formando al expulsar el salmón el agua y mezclarse con la sal y el azúcar.

—A ver... Yo lo dejo 36 horas y no le doy la vuelta al pescado. Me gusta hacerlo así porque me parece que queda más tierno y jugoso. Pero probad. La receta clásica y pura dice que a las 24 horas habría que desenterrar el pescado, darle la vuelta, esto es, con la piel hacia arriba, y volver a cubrirlo. También dice que debería marinar durante dos días completos. Id probando hasta dar con la combinación que más os guste.

—Pasado el tiempo de marinada, sacad el pescado y retiradle bien los restos de sal y azúcar. Para quitárselo todo, pasad el pescado levemente por el agua del grifo y secadlo luego perfectamente con papel de cocina.

—Guardad en un recipiente hermético en la nevera. Puede durar hasta dos semanas, pero ya os digo yo que no os va a durar tanto. 

lunes, 7 de diciembre de 2020

El director: secretos e intrigas de la prensa... (David Jiménez)

 



Dos tardes. Y no una porque tenía cosas que hacer. Es lo que me ha durado la lectura de 'El director: secretos e intrigas de la prensa  narrados por el exdirector de El Mundo', de David Jiménez. Apasionante. Trepidante. Interesantísimo. El libro es, realidad, un mirilla a través de la que observar, sin ser vistos, las entrañas de un gran medio, en el que, salvando las distancias y los tamaños, se cuecen más o menos los mismos conflictos, dudas y enfrentamientos que en uno pequeño. El libro, aunque sea una crónica de 300 páginas, se lee como una novela. Con sus protagonistas, sus tramas, sus problemas y su desenlace. Sí, porque tiene un principio y un final que, además, como a mí me gusta en las crónicas, forman un círculo en el que final y principio se funden. El volumen comienza con el propio autor llegando a la sede de El Mundo, en Madrid, donde el guardia de seguridad le impide el paso ya que se ha olvidado la cartera, donde lleva la acreditación. Y termina en el momento en el que firma su salida de este medio, mucho antes de lo que pensaba y sin haber tenido la oportunidad real de poner en marcha su proyecto. Ni por medios ni por tiempo ni por libertad.

Antes de llegar a ese despacho que no tiene mucho interés en decorar, David Jiménez se recorrió medio mundo cubriendo guerras, desastres como el de Fukushima o revoluciones. Su visión es la de un reportero, la de alguien más acostumbrado a moverse entre el barro que sobre la moqueta. La de alguien que tiene claro que lo importante en cualquier medio es la información y, sobre todo, contarla de una forma diferente, ir más allá, y todo ello sin tener en cuenta las presiones, vengan del lado que vengan. Es decir, lo que quiere cualquier periodista con vocación de reportero. Pero las cosas no son tan fáciles cuando estás al frente de un medio y cuando tienes que sortear el fuego amigo, disparado desde dentro de la empresa, para publicar aquello que crees que debe publicarse. El libro relata las presiones que recibe desde las altas instancias de la empresa para retirar informaciones que afectan a partidos, empresas del IBEX y políticos. También el comportamiento de estos últimos en situaciones digamos que complicadas y cómo se las gastan cuando el director no accede a sus peticiones, a hacerles el favor de no publicar algo, de retirar un nombre de una información, de retrasar su publicación... Pero también los juegos de poder internos. Las zancadillas, las lealtades, los vaivenes subterráneos de quienes quieren su silla o de quienes preferirían que fuera para otro. Más afín. O más colega. Porque una cosa no quiere decir la otra.  

Evidentemente, mi lectura es la de una periodista. Pero este libro no está escrito sólo para los que conocemos el oficio y el día a día en un diario tradicional, de los de papel, con redacciones ruidosas (teléfonos, impresoras, maldiciones, risas, trotes, gritos, murmullos de grabadoras en segundo plano...) y jornadas impredecibles. De hecho, creo que precisamente nosotros somos los últimos para los que está escrito. No hace falta saber de periodismo. Ni conocer los medios. David Jiménez hace en este libro lo que cualquier periodista hace cada día. Explicar lo que ve, lo que oye y lo que vive a personas que no han estado allí. Que no tienen porqué saber absolutamente nada sobre ese tema antes de embarcarse en la lectura de un artículo. Y que tienen que poder entenderlo todo cuando lleguen al último punto. Habrá quien piense que Jiménez se ha quedado corto. O que ha exagerado. O que le ha puesto mucha literatura (en fin, mucha de la buena literatura de la historia se ha hecho desde el periodismo). Yo sólo sé lo que he visto, oído y vivido en mis más de veinte años en este maravilloso y amado oficio mío. Y he sonreído al reconocer, aunque plasmados en estas páginas a mayor escala, muchas situaciones y conversaciones. Y personajes. Y formas de entender esta profesión. De practicarla. De pervertirla. De odiarla. De amarla. 

"El guardia levantó la mirada y preguntó el motivo de mi visita. Había pasado los últimos 18 años lejos de la redacción como corresponsal y el hombre no me reconocía como uno de los periodistas del diario. Me pidió la identificación y, al llevarme la mano al bolsillo, me di cuenta de que no la llevaba conmigo.
—Vaya —dije—, olvidé la cartera en casa.
—Si no tiene identificación no puede entrar. ¿Tiene una cita?
—Verá... Yo en realidad venía a...
Chismes, nuestro redactor jefe de crónica rosa, apareció en ese momento haciendo aspavientos:
—¡Es el nuevo director! ¡Es el nuevo director!
Una de las secretarias corría hacia nosotros para aclarar el malentendido, mientras el vigilante quería que se lo tragara la tierra y yo me preguntaba si aquello no sería una señal de que todo iba a ser más difícil de lo que había imaginado. Después de todo, el tipo al que habían parado en la entrada era el más improbable de los directores de periódico que hubiera tenido el país".

Título: El director
Autor: David Jiménez
Editorial: Libros del K.O.
Páginas: 295
Precio: 18,90€
Procedencia: regalo

lunes, 30 de noviembre de 2020

Media vida (V. S. Naipaul)



 
Una siempre se acerca a un Nobel con reparo. Con inquietud. A veces, incluso, con miedo. Cuando no se le ha leído antes, claro. Cuando el premio llega después de que conozcas sus puntos y sus comas, en cambio, te acercas a sus libros como a la carnicería de la esquina. El ser humano es extraño. Y los lectores, más. El caso es que a V. S. Naipaul (Vidiadhar Surajprasad) me acerqué así, con un poco de reparo, cogiendo el libro con pinzas, y con bastante prejuicio, ya que lo que me venía a la cabeza cada vez que veía un libro suyo o veía su nombre era aquella vez en la que el difunto escritor afirmó que la literatura escrita por mujeres era peor que la escrita por hombres. Y eso, a mí, es algo que no se me olvida. Pero bueno, hace tiempo que trato de no descartar lecturas simplemente porque los autores me caigan mal, al fin y al cabo sin escritores, no relaciones públicas ni comerciales. Así que cuando vi en una librería de segunda mano este ejemplar de 'Media vida', esos maravillosos ejemplares de Plaza Janés para Areté (grandes, pesados, de tapa dura, con papel bueno, espacios en blanco, suaves sobrecubiertas, letra grande, detalles dorados, títulos en relieve...), a dos euros, ni me lo pensé. El Nobel, a la saca.

La historia, la primera de Naipaul después de ganar el Nobel, es curiosa. Un joven indio, cuyo padre bautizó con el nombre del autor de 'Al filo de la navaja' por un encuentro en su juventud, consigue una beca para estudiar en Londres, donde descubre que su vida mejora si se inventa quién es y que acaba huyendo a África tras casarse con una joven que, extrañamente, le admira. Naipaul despista. Empieza con el padre, ese hombre víctima de su propia furia causada por sus propias decisiones (una de ellas, casarse con una mujer de casta inferior que no le gusta como revulsivo) que pensamos que será el protagonista. Pero no. Es sólo un preámbulo para que entendamos, páginas adelante, las reacciones y el comportamiento de Willie en ese Londres de posguerra en el que intenta destacar, sin llegar a conseguirlo, lastrado por la misma ambición mal dirigida de su padre. Y es en ese Londres oscuro e incierto donde ya vemos que Willie no tiene remedio, que será siempre lo que es, aunque lo disimule, y aunque se vaya a vivir a un tercer continente. Willie es uno de esos protagonistas que me ha caído mal. Me ha parecido un panoli. Pero es un panoli necesario para resaltar la personalidad de quienes tiene a su lado. Cuando decía al inicio que la historia es curiosa lo decía porque he tenido la sensación de leer tres libros en uno: la historia del padre, las aventuras de Willie en Londres y su vida en familia en África. Es la misma novela, pero la sensación es que han sido tres, muy cortitas, pero tres. Las dos primeras son necesarias para la tercera, que es la parte que más me ha gustado. Y las tres, en conjunto, es decir, como una única novela, se me han quedado cortas. Me hubiera gustado saber mucho más de ese hombre que decide desnudarse y hacer vida en un templo de la India, el padre de Willie, un personaje hilarante. También de la vida de un recién llegado de la India en el Londres de posguerra. Y de ese día a día en África. Pero es que de eso mismo va 'Media vida', de vivir a medias, de tratar de encontrar tu lugar en el mundo y no llegar a encontrarlo nunca, de los vacíos que nos va dejando la existencia. Y cómo todo ello cae, como una maza, al alcanzar el supuesto ecuador de la vida. Ése en el que el indio al que bautizaron con el nombre de un escritor vuelve, con las ambiciones incumplidas, a Europa, con su hermana, ésa a la que despreciaba por parecerse a su madre y que vive ahora en Berlín, tras una media vida fascinante.

"Willie Chandran le preguntó un día a su padre:
—¿Por qué me llamo Somerset de segundo? En el colegio acaban de enterarse, y los chicos se burlan de mí.
Su padre respondió sin la menor alegría:
—Te pusieron ese nombre por un gran escritor inglés. Seguro que has visto sus libros en casa.
—Pero no los he leído. ¿Tanto le admirabas?
—No estoy muy seguro. Escucha, y decide tú mismo.
Y ésta es la historia que empezó a contar el padre de Willie Chandran. Llevó mucho tiempo. La historia fue cambiando a medida que Willie crecía. Se fueron añadiendo cosas, y cuando Willie se fue de la India, a Inglaterra, ésta era la historia que había oído."

Título: Media Vida
Autor: V. S. Naipaul
Traductora: Flora Casas
Editorial: Plaza y Janés
Páginas: 240
Precio: 2€
Procedencia: segunda mano

viernes, 27 de noviembre de 2020

Minestrone (a la manera de Dorothy)

 



El lunes llegó el frío. Bueno, aquí le llamamos frío, pero un mesetario se reiría de mí. Mirando la temperatura, claro, porque luego, aquí, los 13 grados que se meten en los huesos por culpa de la humedad consiguen que echen de menos sus dos grados. El caso es que el lunes llegó el frío, ese momento en el que la piel se eriza debajo del ligero camisón cuando salgo a dar el primer sorbo del café con leche a la terraza, mirando el mar (la Mar), y eché de menos una buena sopa minestrone. Calentita. Sabrosa. Un pelín picante. Uno de mis básicos de invierno. La preparé por primera vez hace mucho, cuando vivía en Barcelona, en un sábado en el que los cristales del salón, tras pasar la noche temblando, se cubrieron de nieve. Un sábado frío en el que no me apetecía vestirme ni peinarme ni salir de casa. Y busqué en mis libros, revistas y libretas de recetas algo de cuchara (soy muy de cuchara) que pudiera preparar con lo que teníamos en casa. Y así entró la sopa minestrone en mi vida.

Lo bueno de esta sopa es que puedes jugar tanto con ella... La idea es hacerla con verduras de temporada, así se aprovecha que están en su mejor momento, de sabor y para el bolsillo. Además, la puedes adaptar a tu gusto. Que no te gustan las judías verdes, pues no se las pones. Que te flipa el apio, pues cortadito y adentro. Y, sobre todo, como me pasó a mí la primera vez que la preparé, a lo que tengas en ese momento en la nevera. Yo suelo hacerla sólo con verduras, legumbres y pasta, pero si os gusta más el arroz, pues ponedle arroz. Y, si necesitáis engañar vuestro paladar para comer verduras y legumbres con alegría, pues siempre le podéis dar un toque de jamón picado por encima en el momento de servir o un vuelco absolutamente carnívoro con unas costillas de cerdo, unos trozos de chorizo o cualquier otra carne o embutido que os guste. Dicho ésto, yo no os lo recomiendo porque os perderíais una delicia. Cascar un huevo en la sopa con el fuego ya apagado y revolver, como si fuera una sopa de ajo, le da un puntito interesante. Sea como sea, hacedla. Es económica. Se prepara rápido. Está riquísima. Y calienta el estómago y el corazón.

Ingredientes:
—1 cebolla
—3 tomates maduros
—1 calabacín pequeño
—1 puerro pequeño
—1 zanahoria
—1 ramita de apio
—2 litros de caldo (de verduras o pollo)
—400 gramos de judías blancas ya cocidas
—Pasta mediana (yo uso tiburones o coditos)
—Sal y pimienta
—Nuez moscada
—Aceite de oliva
—Parmesano en un trozo
—4 hojas de albahaca

Preparación:
—Picad todas las verduras menos el tomate muy pequeñitas. Cuanto más pequeñas las cortéis, menos tiempo necesitaréis, así que como os guste más o como os convenga más en función del tiempo que tengáis. (Yo he escogido éstas, pero podéis usar las que os gusten o las que haya de temporada eso sí, la cebolla y el tomate son básicos). No mezcléis la cebolla con el resto de las verduras. 

—Rallad los tomates. La pulpa, vaya, la piel la tiráis.

—En una olla, pochad la cebolla a fuego lento en un par de cucharadas de aceite de oliva. Es importante que la cebolla no se dore, sino que se quede transparente.

—Cuando la cebolla esté transparente, añadid la pulpa del tomate y un pellizco de sal. A mí me gusta con tomate natural, pero sé que hay quien usa tomate de lata, natural o triturado. Dejad que el tomate se vaya haciendo, hasta que haya perdido bastante agua y el color sea un poco más intenso.

—Volcad entonces en la olla el resto de las verduras picadas y dadles un par de vueltas, un par de minutos, no más.

—Echad el caldo y esperad a que hierva. Coced unos diez minutos y añadid entonces las judías blancas. Sirven las de bote, pero en ese caso tened cuidado al sacarlas del bote para que no se rompan y pasadlas por agua. Agregad pimienta al gusto, nuez moscada (con cuidadito) y comprobad el punto de sal.

—Coced otros cinco minutos y, si vais a consumirla al momento, añadid la pasta y coced lo que indique el fabricante. Si no vais a comerla al momento, o hacéis para varios días, no le echéis la pasta, dejad ese paso para cuando sí vayáis a consumirla.

—Cuando la pasta esté hecha y el fuego parado, sumergid las hojas de albahaca y dejadlas un par de minutos antes de sacarlas.

—Servid y rallad parmesano al gusto sobre cada plato. Si os gusta la sopa un poco más densa o no tenéis parmesano a mano, yo a veces cometo el sacrilegio de, ya en el plato, mezclarle una cucharada de yogur griego sin azúcar. Le da un puntito más ácido que a mí me encanta.

Buon appetito!


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