martes, 29 de septiembre de 2020

El invitado (Elizabeth Day)

 

El invitado

Quizás la historia de 'El invitado', de Elizabeth Day, no sea la más original del mundo (chico listo de familia humilde que consigue una beca para centro de chicos ricos donde se hace amigo íntimo del rico, guapo y popular...), pero reconozco que la joven británica sabe contar. Muy bien. Porque a pesar de que la historia, seguramente, la hemos visto mil veces (perdón por la hipérbole, mi parte sureña predomina hoy) en las series de adolescentes y universitarios, la forma de contarla atrapa. Desde el primer momento. En esa sala de interrogatorios en la que Martin Gilmour, con una taza de té pasado en las manos, empieza a surfear entre las preguntas de Traje Gris y Pelo Beis, detectives de la policía, sobre la fiesta de Ben, su millonario amigo del alma. Algo grave ha pasado, pero no sabemos qué. No lo sabremos, de hecho, hasta casi 400 páginas después, ya que Day va alternando el interrogatorio con largos capítulos en los que va contando la vida de Martin, imprescindible para entender qué pasó en la fiesta. Un desenlace, ya aviso, lógico. El interrogatorio y la vida de Martin se intercalan también con una tercera pata de la estructura, la voz de Lucy, la mujer de Martin, su historia y un cuaderno que escribe en algún lugar en el que se encuentra retenida.

Day es cruda, bruta, directa, sucia, incluso, a la hora de narrar. También sibilina. Diciendo lo justo, para que sea el propio lector quien vaya hilando. Elucubrando. Cogiendo las pistas que ella va dejando para tratar de adivinar, antes de llegar al final de las páginas, los secretos y misterios que explican la extraña relación de Martin con Ben. El extraño matrimonio de Martin de Lucy. El extraño comportamiento de la familia de Ben con Martin. Todo es extraño. Pero, en realidad, todo es muy lógico. Lo más lógico, de hecho. Y ahí está la gracia. En ese juego en el que el lector quiere adelantarse a los capítulos. Y en el que cada acierto es una pequeña victoria. 

Cuando estás en la adolescencia de Martin estás deseando volver al interrogatorio para saber qué pasó en la fiesta, cuando estás en la fiesta estás deseando volver al pasado para tener más pistas de por qué está pasando lo que está pasando, cuando estás en el pasado estás deseando volver al interrogatorio para... Un bucle constante del que no te puedes separar a pesar de que, eso sí tengo que decirlo, los personajes son bastante desagradables. Hay algo turbio en algunos, otros son malas personas y la única que queda fuera de ambas categorías, la buena de Lucy, con la que empaticé en un primer momento, acabó por desesperarme porque, ¿cómo no se había dado cuenta antes de que...? Vale, es buena, es leal, es divertida, es inteligente... por eso me ha dado coraje que la escritora no le regalara un gran final, el que se merecía, una vuelta de tuerca, algo que se saliera de esa lógica, unos fuegos artificiales, vaya. Los demás son todos egoístas, traicioneros, interesados, soberbios, clasistas, crueles... Aunque pretendan hacer que no lo son. Sus personalidades están llenas de recodos y escondites en los que se esconden sus auténticas intenciones y sentimientos. Nada es diáfano. Nada queda a la vista. Hasta esa fiesta en la que Ben y su altísima, guapísima y ambiciosísima mujer les hacen un feo a Martin y Lucy. Hasta esa noche en la recién estrenada mansión, en la que no falta ni el primer ministro, en la que llueve el champán y que no termina, precisamente, como sus anfitriones, que citan a sus supuestos amigos antes de que empiece la fiesta, esperan. Con uno de sus invitados en una sala de interrogatorios en la que confesará mucho más de lo que nadie espera.

"La sala de interrogatorios es pequeña y cuadrada. Una mesa, tres sillas de plástico, una ventana alta de cristal translúcido mugriento y cubierto de polvo, tubos fluorescentes; sobre nuestros rostros se proyecta una lóbrega sombra amarilla. 
Dos tazas de té: una para la agente de policía y otra para mí. Con leche y dos azucarillos. Demasiada leche, aunque no estoy en disposición de quejarme. El borde de mi taza está cuajado de marcas de dientes allí donde, unos minutos atrás, he mordido el poliestireno. 
Las paredes son de un blanco grisáceo. Me recuerdan a las pistas de squash del RAC de Pall Mall donde, hace tan solo unos días, le pegué una paliza a un contrincante que iba varios puestos por delante de mí en el ranking del club. Era banquero. Con la cara rubicunda. Pantalones cortos y anchos. Unos músculos sorprendentemente esbeltos y tensos. Me lo merendé con bastante rapidez: servicio, pelota cortada, smash. El sonido de la pelota de goma al rebotar contra el cemento, un gran punto verde oscuro al final de cada intercambio de golpes. Gruñidos. Maldiciones. al final, la derrota. Una agresión contenida entre cuatro paredes". 

Título: El invitado 
Autora: Elizabeth Day 
Traductora: Begoña Prat Rojo 
Editorial: Duomo Nefelibata 
Páginas: 368 
Precio: 18,50€ 
Procedencia: comprado (Bookish)

domingo, 20 de septiembre de 2020

Relatos de Sevastópol (Lev N. Tolstói)

Relatos de Sevastópol

Sevastópol. Allí, entre sangre, muerte, dolor y pólvora. Allí, bajo las estrellas que se confunden con bombas y bombas que uno cree estrellas. Allí, con el frío y el hambre arañando la piel y las tripas. Allí fue donde Tolstói se convirtió en general de las letras. Así lo explicó el propio escritor, que llegó al sitio de Sevastópol en noviembre de 1854 y que, más allá de disparar y asaltar trincheras, lo que hizo fue mirar. Observar. Fijarse. En los detalles, sí, en las acciones, también, pero sobre todo en los soldados. En sus compañeros de batalla. En sus miedos, sus ilusiones, sus esperanzas, su valentía y su arrojó, sí pero también sus muchas dudas. Y eso, más que la acción del ejército ruso contra la alianza turco-anglo-francesa, es lo que cuenta en las tres crónicas del sitio de Sevastópol: diciembre, mayo y agosto. Más que de literato, más que de soldado, Tolstói ejerce de periodista. De los que están, ven, oyen, sienten, comparten las vivencias y luego, con calma, las escriben. Estos relatos, que se adentran en los pensamientos y el día a día de sus compañeros, le han valido que se le considere el primer corresponsal de guerra moderno. Él, sin embargo, y a pesar de contar con el entusiasmo del zar, que impidió que la censura las prohibiera, no las vio nunca publicadas. No completas. Ni el propio Alejandro II consiguió que la censura no metiera sus largas zarpas en esos tres relatos.

Adentrarse en las páginas de los 'Relatos de Sevastópol' es meterse de lleno en unas calles en las que la vida urbana se confunde con la del campamento militar, donde los marineros que fuman se mezclan con los soldados que hacen guardia y con las muchachas que, en ese caos, pasean tratando de no mancharse sus vestidos de tonos empolvados. Una ciudad en la que los proyectiles se amontonan en cualquier rincón y en cuyas puestas de sol, sobre un mar (la Mar) plagado de botes y barcos, el sonido de los disparos acompaña el vals que interpreta la orquesta de uno de los regimientos. Es colarse en las conversaciones de tenientes, es temer por los que van al cuarto bastión, sonreír al leer que en mitad de una guerra un hombre puede pensar más en una mujer de pañuelo rojo que en su más que posible muerte, aguantar la respiración con la certeza de que esos dos hermanos que se han encontrado en el frente están diciéndose sus últimas palabras porque al menos uno de ellos tiene los días contados. Es contar las vértebras que se les marcan a los soldados a través de las viejas y sucias camisas, sentir la vergüenza del que se tira al suelo huyendo de una bomba que, misericordiosa, le deja entero, y el enfado de saber que un alto cargo del ejército cuenta billetes mientras sus hombres apenas tienen que llevarse a la boca. Es ver cómo, mes a mes de ese año de sitio, todo es cada vez más sucio, más repugnante, huele peor. 

No hay atisbo de romanticismo en esta suerte de diario de la guerra. No hay épica. Ni victoria ni derrota. Hay un día a día. Incierto. En el que las conversaciones de taberna se mezclan con el horror, la muerte y el dolor. Leer 'Relatos de Sevastópol' es vivir esos meses, de diciembre a diciembre, llegando, palabra a palabra, a la misma conclusión a la que llegó Tolstói: "Las cuestiones que no resuelven los diplomáticos menos aún las resuelven la pólvora y la sangre". 

"La aurora ya empieza a colorear el horizonte sobre al colina Sapún. La superficie azul del mar ya se ha despojado de la oscuridad de la noche y espera el primer rayo para empezar a jugar con su alegre brillo. Desde la bahía llegan el frío y la niebla. No hay nieve, todo está oscuro, pero el penetrante hielo de la mañana golpea en la cara y cruje bajo los pies y solo el incesante rumor lejano del mar, rara vez interrumpido por un estruendo de disparos en Sevastópol, rompe el silencio de la mañana. En los barcos un ruido sordo marca la octava media hora.
En la bahía Norte la actividad diurna poco a poco empieza a sustituir a la tranquilidad de la noche: aquí los centinelas se relevan haciendo sonar las armas; allí un médico va con prisa al hospital. Aquí un soldado se arrastra fuera de su cueva, se lava su bronceada cara con agua helada y, volviéndose hacia el rojizo Este, se santigua rápidamente y reza."

Título: Relatos de Sevastópol
Autor: Lev N. Tolstói
Traductora: Marta Sánchez-Nieves Fernández
Editorial: Alba
Colección: Alba Clásica
Páginas: 216
Precio: 16€
Procedencia: comprado

lunes, 31 de agosto de 2020

Lo que el viento se llevó (Margaret Mitchell)




Siempre quise ser Escarlata O'Hara. De niña, cada vez que la veía en la televisión, quería ser como ella. Tan guapa. Con los ojos tan verdes. Con aquellos vestidos tan bonitos. Rodeada siempre de hombres enamorados de ella. Bromista. Divertida. Valiente. Lo único que no me gustaba era que estuviera ella tan enamorada del soso de Ashley Wilkes. No me parecía guapo. Ni divertido. Ni irónico. Ni interesante. No sé las veces que he visto 'Lo que el viento se llevó', pero sean las que sean, me parecen pocas. Durante muchos años, además, creía que la película se acababa con aquel contraluz en el que Escarlata, con un puñado de la tierra roja de Tara en su mano, jura, en el flamígero atardecer sureño, que nunca más volverá a pasar hambre. No fue hasta bien entrada la adolescencia cuando descubrí que aquello era sólo la primera parte, que quedaba mucha historia después de aquel momento. Y no ha sido hasta ahora, leyendo la novela de Margaret Mitchell, cuando he descubierto que 'Lo que el viento se llevó' no es una historia de amor. La hay, claro que sí. Las hay, muchas. Pero eso es lo de menos. El amor (y el desamor) es algo que le pasa a los personajes mientras trazan sus propios caminos.

Todos tenemos en la cabeza el amor tozudo y eterno de Scarlett por Ashley Wilkes, al que insiste en amar a pesar de sus respectivos matrimonios y que nunca va más allá, en lo físico, de un par de besos. Y el amor salvaje entre ella y Rhett Butler, una maravilla de personaje. Canalla que reconoce que lo es. Práctico. Irónico. Listo. Bromista. Capaz de leer la mente de las mujeres. Un hombre enamorado que se esfuerza en aparentar que no lo está. Fabuloso sobre el papel o la pantalla, pero, reconozcámoslo, un infierno en la realidad. Pero eso, esos dos amores, son una pequeñísima parte de la fabulosa novela de Mitchell, por la que recibió el Pulitzer, por cierto. 'Lo que el viento se llevó' es la historia de una mujer capaz de salir adelante en cualquier situación. Una mujer con una cabeza tan capacitada para los negocios que asusta a los hombres y a la sociedad conservadora de Estados Unidos de mediados del siglo XIX. Una mujer hermosa que se niega a ser sólo eso pero que se aprovecha de ello, el único camino de una mujer en ese momento, para sacar de la miseria y los problemas a toda su familia. Y a aquellos que quiere. Pese a quien pese. Y llevándose por delante a quien sea necesario. Y lo consigue. Escarlata sale adelante, se rehace, del hambre, de la guerra, del desamor, de las malas lenguas, de los negocios, de las desgracias, de la pobreza. Nada, absolutamente nada, puede con ella. La muchacha feliz y despreocupada que en los primeros capítulos se pelea con Mamita (bombonazo de personaje, no me extraña que le dieran más peso en la película) por los modales que debe tener una señorita bien educada se va convirtiendo, con el paso de las cerca de mil páginas de este novelón, en una mujer valiente, emprendedora y decidida a valerse por sí misma y a conseguir lo que quiere, que no es otra cosa que una seguridad económica que le permita mantener su adorada tierra roja de Tara y garantizarle todos los lujos posibles. Eso, según los dictados de la época, debería proporcionárselo un hombre. Pero no tenerlo, o no tener a uno capaz de lograrlo, no es algo que la detenga.

Visto desde la actualidad, es inevitable que el tratamiento que hace la novela hacia los esclavos chirríe. Se habla en todo momento de ellos como personas que forman parte de las familias, que cuidan y ayudan a sus amos en la misma medida en que ellos cuidan y protegen a sus esclavos. Estos mismos, además, alaban a quienes les compraron y desprecian a los negros libres que llegan al sur cuando los yankees ganan la guerra. Evidentemente, el libro refleja la forma de pensar de los protagonistas de la novela, un reflejo de la sociedad sureña de la época, pero se hace muy difícil no arrugar la nariz cada vez que Mamita o Peter (el leal esclavo de la tía Pitty) hacen algún comentario al respecto. A pesar de esto, no entiendo (bueno, sí, pero ya me entendéis) la censura que se aplicó durante unos días a la película. Y todo lo que se dijo. No podemos juzgar con mentalidad del siglo XXI obras de otras épocas. Podemos hacer lecturas o visionados críticos, teniendo en cuenta qué ahora no sería aceptable, pero no borrarlas del mapa. Son reflejo de una época, o de una forma de pensar de una época. Tampoco creo que se deba censurar 'Lolita', por muy despreciable que, llevada a la realidad, me parezca la historia. Con esa regla de tres sólo podríamos leer y ver, por tanto, conocer, aquello que se atiene a las normas, la ley o lo políticamente correcto. Y eso, queridos, ya lo hacen, en cierta forma, los algoritmos de las redes sociales mostrándonos sólo aquello que nos va a gustar o con lo que estamos de acuerdo. Y así nos va, cada vez más intolerantes con lo diferente, que ya no es diferente sino enemigo, y sin capacidad para escuchar y reflexionar sobre lo que viene de la otra orilla.

"Scarlett O'Hara no era bella, pero los hombres no solían darse cuenta de ello hasta que se sentían ya cautivos de su embrujo, como les sucedía a los gemelos Tarleton. En su rostro contrastaban acusadamente las delicadas facciones de su madre, una aristócrata de la costa, de familia francesa, con las toscas de su padre, un rozagante irlandés. Pero era el suyo, con todo, un semblante atractivo, de barbilla puntiaguda y de anchos pómulos. Sus ojos eran de un verde pálido, sin mezcla de castaño, sombreados por negras y rígidas pestañas, levemente curvadas en las puntas. Sobre ellos, unas negras y espesas cejas, sesgadas hacia arriba, cortaban con tímida y oblicua línea el blanco magnolia de su cutis, ese cutis tan apreciado por las meridionales y que tan celosamente resguardan del cálido sol de Georgia con sombreros, velos y mitones."

Título: Lo que el viento se llevó
Autora: Margaret Mitchell
Traductores: Juan G. de Luaces / J. Gómez de la Serna
Editorial: RBA
Páginas: 990
Precio: 1,50€
Procedencia: mercadillo

lunes, 24 de agosto de 2020

Memorias de una vaca (Bernardo Atxaga)

 

'Memorias de una vaca', de Bernardo Atxaga | @martatorresmol


Negra. Un poco rebelde. Con alma de Houdini. Y muy lista. Así es Mo, la protagonista de 'Memorias de una vaca', de Bernardo Atxaga, publicado en la mítica (al menos para los lectores de mi quinta) colección Barco de Vapor. Por eso, por recuperar aquellas primeras lecturas que devoraba compulsivamente, creo que rescaté este libro del mercadillo solidario que, una vez al año, monta una de mis bibliotecas (sí, soy usuaria de varias). Lo rescaté (sí, de nuevo) de una de las montañas de libros pendientes de leer que brotan sin descanso por los rincones de casa una tarde de esas un poco tontas en las que el bochorno abotarga las neuronas y me sentía incapaz de meterme de nuevo en el sitio de Sevastópol. Irme a las montañas del País Vasco con una vaca un poco loca me parecía un plan más apetecible. Aunque sea una lectura juvenil. Supuestamente juvenil. Porque la verdad es que tanto por la historia como por el tono y el lenguaje es una lectura también para adultos.

'Memorias de una vaca' es, exactamente, eso, las memorias de una vaca que nace en un caserío del País Vasco en el que rápidamente, porque es muy espabilada, se da cuenta de que algo ocurre. A ello la ayuda su gran amiga, La Vache qui Rit, mayor que ella, contrahecha y con aversión a las vacas tontas, entre las que no se encuentra la protagonista de esta historia. Y es que en el caserío tiene pocas compañeras, apenas unos ejemplares de vacas negras, como ellas, y rojizas. No hay otros animales. Y algunas noches, a pesar de que en la finca hay hierba fresca de sobra, celebran lo que los animales llaman "el banquete", que no es otra cosa que encerrarlas en el establo y llenarles los comederos de pienso. Pero por separado. Unas veces el banquete es sólo para las negras. Y otras, sólo para las rojizas. Además, no hay ninguna pauta. Eso hace que a Mo, que sabemos que hace tiempo que salió de la granja y que vive su vejez con una simpática monja que le siega hierbas variadas para comer, se le disparen las alarmas y que, tras mucho rumiar (en los dos sentidos) con La Vache qui Rit, descubra qué pasa en ese falso caserío. 

Más allá de la historia, una de las cosas que más me ha gustado del libro es el tono irónico que tiene. Las dobles lecturas. Los guiños. La forma de hablar de la monja, que mezcla el francés con el castellano, y las reflexiones que hacen Mo y La Vache qui Rit (que está convencida de que es un jabalí que nació con el cuerpo equivocado de una vaca), más humanas que vacunas. Para leer en una tarde. Y reírse.


"Por lo visto tenía que nacer, y acabé naciendo en un bosque del País Vasco a poco de terminar la guerra de 1936. El bosque pertenecía a los terrenos de la casa llamada Balanzategui, y a aquella casa quedé adscrita; allí tuve mi primer establo y mi primer hogar, y allí pasé también la primera época de mi vida, la más importante. Cierto que no me quedé durante mucho tiempo, cierto que llevo años lejos de aquella casa; sin embargo, mi espíritu sigue anhelando aquel rincón del mundo. Y, ¡quién sabe!, a lo mejor este espíritu mío vuela hacia allí cada vez que me quedo dormida. Porque ya lo dijo un sabio oriental: El mirlo de Estambul siempre vuela hacia Estambul.

Yo no seré mirlo ni zorzal ni pájaro de ninguna clase, que bastante más grande y pesada ya soy, pero no digo ninguna mentira si afirmo que mi corazón no es muy diferente del de ellos. Efectivamente, mi corazón es como el de un pájaro; si por él fuera ahora mismo abriría mis alas y me pondría a volar hacia la tierra de mi niñez."


Título: Memorias de una vaca

Autor: Bernardo Atxaga

Traductora: Aránzazu Sabán

Editorial: SM

Colección: Barco de Vapor

Páginas: 208

Precio: 1,5€

Procedencia: mercadillo


lunes, 17 de agosto de 2020

La Nena (Carmen Mola)

 

La Nena, de Carmen Mola (Alfaguara) | @martatorresmol


Tres novelas ya y seguimos sin saber quién es Carmen Mola. Ése es el gran misterio de la saga (sí, porque esto tiene pinta de convertirse en saga) de la inspectora Elena Blanco y su gente de la BAC. Quienes sean seguidores de estas novelas están de enhorabuena, porque en esta tercera entrega, 'La Nena', Mola deja varias pistas que me hacen dar por seguro que habrá nuevos libros. Sólo espero que no se conviertan en una especie de crímenes de Fjällbacka, a los que después de leer varios títulos les he hecho la cruz porque me parecían todos iguales. Además, después de la estafa del último libro de Camilla Läckberg, creo que tardaré muchísimo en volver al popular pueblo sueco. A lo que íbamos, que creo que habrá más entregas. Por dos motivos. El primero, Zárate. La propia Elena, que regresa de su nueva vida italiana para colaborar en la investigación de la desaparición de Chesca, su excompañera y sucesora al frente de la BAC, le repite al agente una frase casi olvidada: "En cada caso perdemos un trozo de alma". El policía vive en este libro un auténtico colapso que quién sabe si derivará en algo más que estar a punto de cruzar al otro lado en nuevas entregas. Y en segundo lugar, por el trío que se avecina entre la nueva incorporación a la BAC, una recién salida de la academia, gender fluid y sobrina de un alto cargo de la policía. Ella, el agente Orduño y su casi novia Marina, que sigue en la cárcel, se adivina que darán bastante juego. Mola se ha dejado muy bien colocadas las piezas para una cuarta entrega en la que bucear en los fondos más oscuros del ser humano.

Para ser sincera, esta tercera entrega no me ha gustado tanto como la segunda, 'La red púrpura'.  Quizás ésta tenga más sangre, pero aquella era muy superior en cuanto a tensión psicológica. 'La Nena', como todos los libros de esta saga, se lee en un par de tardes. Te atrapa desde el primer momento. Desde ese inicio en cursiva que ya sabemos que nos conduce al origen del horror que vamos a ver en las próximas páginas. Elena Blanco tarda un poco en aparecer. La protagonista del inicio es Chesca, la más dura de los agentes de la BAC, que, despechada por el plantón de Zárate, se lanza sola a las calles en busca de diversión, alcohol y sexo. Error. Chesca acaba drogada, atada a una cama, desnuda, en un lugar lóbrego que huele a estiércol. Un espacio alejado de todo en el que vivirá auténticos horrores y donde la única vía para escapar será una niña sin nombre que abraza a un gatito y que parece contemplar esas aberraciones como si fuera lo más normal del mundo. La desaparición de Chesca pone en marcha a todos sus compañeros de la BAC, que, por el camino para encontrarla y descubrir qué ha pasado con ella, se toparán con no pocas sorpresas. Secretos de la vida de su compañera que no hubieran jamás imaginado y que podrían tener que ver con su desaparición y, a su vez, con la de otras mujeres que se esfumaron sin dejar rastro.

A esta tercera entrega se le ven algo más los trucos que a las otras. Hay un momento, a mitad de la novela, en el que tuve claro qué pasaría con Chesca. Estaba segura de lo general e intuí lo concreto. También hay otro instante, una frase, que deja muy claro dónde buscar algo y que, sin embargo, en la novela llegar a esa conclusión se retrasa. Eso no significa que no haya disfrutado de 'La Nena', lo he hecho, pero son cositas, sumadas a esa menor tensión psicológica de esta tercera entrega, que han hecho que me guste algo menos que 'La red púrpura' que, para mí, es la mejor de las tres. A pesar de esto, es una novela hipnótica, de las que no te puedes alejar mucho tiempo hasta que la acabas. 

Por cierto, que lo que sube, situándose al nivel de 'La novia gitana' y aquellos gusanos que comían poco a poco el cerebro de las víctimas, es el asco. Si coméis carne, os resultará difícil hacerlo, al menos, durante unos días. Y si no la coméis, os reafirmaréis en vuestra decisión. Ahí lo dejo.

"El vestido de novia le queda estrecho, huele a naftalina y, aunque hace tiempo debió de ser blanco, ahora es de un color indeterminado, entre crema y amarillo. La de hoy no era, desde luego, la boda con la que Valentina soñó a sus quince años. El vestido de Ramona, la madre del hombre con el que se ha casado, un novio que ni le ha concedido un beso cuando el funcionario que oficiaba la boda les ha dicho que ya eran marido y mujer. Ramona, su suegra, es seca y antipática, más corpulenta que ella, pero a Valentina las costuras del vestido casi le revientan porque está embarazada de cuatro meses. No sabe por qué su esposo ha aceptado casarse con ella cuando está esperando el hijo de otro.

Valentina se quita el vestido. Su ropa interior es vulgar, de mercadillo. ¿Cuántas veces había pensado que para su noche de bodas se compraría lencería como la que las chicas del club usaban con los clientes? En lugar de eso, lleva unas bragas blancas y un sujetador que no hace juego, que a duras penas alcanza a sostener unos pechos que no paran de crecer con el embarazo. Su propia imagen le causa pena y rechazo."

Título: La Nena

Autora: Carmen Mola

Editorial: Alfaguara

Páginas: 392

Precio: 19,90€

Procedencia: prestado


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