domingo, 29 de marzo de 2020

Personajes desesperados


Personajes desesperados, de Paula Fox (Sexto piso) | @martatorresmol

Una obra de teatro. Por los escasos personajes. Por las descripciones de los espacios. Por el ambiente. Incluso por la luz. Esa luz que impregna siempre el escenario, ese lugar donde las mañanas más luminosas tienen siempre alma nocturna. Una obra de teatro. Es la sensación que deja, 'Personajes desesperados', de Paula Fox, una novela en la que no importa tanto lo que pasa como aquello que no pasa. O que no sabemos si pasará. Una anormalidad vestida de normalidad absoluta. La de un matrimonio cuarentañero del Nueva York de los años 70. Acomodados. Sin hijos. Con una preciosa casa en Brooklyn y un día a día plagado de pequeños lujos y una intensa vida social en las altas esferas neoyorquinas. Una normalidad, casi aburrida, en la que se cuela un gato. Un gato callejero que ronda el porche y al que ella, Sophie, decide sacar un cuenco de leche. Y juguetear con él. Y hacerle carantoñas hasta que el gato, sin ella esperárselo, se revuelve. La araña. Y le muerde la mano.

Y ahí empieza la historia de todo lo que no se dice. Sophie está aterrada. La mano no hace más que hinchársele. Y le sangra. Pero es una despreocupada y organizada mujer moderna, valiente, autosuficiente a pesar de Otto, así que se come todo ese miedo. La cabeza de Sophie va por un lado y su sonrisa, por otro totalmente diferente. Pero ese miedo. Irracional. Que no quiere reconocer hasta el punto de negarse, como una niña malcriada, a ir al médico. La vida de Otto y Sophie transcurre igual que antes del gato, nada ha cambiado. Siguen yendo a las fiestas de sus amigos, siguen pensando en sus vacaciones en su casita en el campo, siguen con problemas en el trabajo... Pero, al mismo tiempo, todo ha cambiado. No se nota, el mar (la Mar) sigue, aparentemente, con la misma calma, aunque su superficie esconde todo un temporal. Y así, mientras parece que no pasa nada, en realidad, por las páginas de 'Personajes desesperados' pasa absolutamente de todo: amor, trabajo, amistad, salud, ocio, locura, miedo, indiferencia... Y todo con esa forma de mirar y de contar de Fox. Tan quirúrgica, tan sincera, tan franca, tan de ver aquello que para la mayoría pasaría desapercibido...

"Otto desplegó despacio una gran servilleta de lino.
-El gato ha vuelto -dijo Sophie.
-¿Te sorprende? -preguntó él-. ¿Qué esperabas?
Sophie miró la puerta de cristal que había detrás de Otto. Daba a un pequeño porche de madera, suspendido sobre el jardín trasero como un nido de cuervos. El gato estaba restregando su cuerpo sucio y escuálido contra la base de la puerta con suave insistencia. Su pelaje gris, del gris de los hongos arbóreos, era ligeramente atigrado. Tenía la cabeza inmensa, como una calabaza, con carrillos prominentes, impúdica, grotesca."

Título: Personajes desesperados
Autora: Paula Fox
Traductora: Rosa Pérez Pérez
Editorial: Sexto piso
Páginas: 208
Precio: 19,90
Procedencia: Bookish

miércoles, 25 de marzo de 2020

Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo


Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo (Elif Shafak) | @martatorresmol

Belleza en la basura. En lo crudo. En la mierda. En el infierno. La belleza está ahí, en todas partes. Pero para verla hay que saber mirar. Y Elif Shafak sabe hacerlo. Sabe mirar. Sabe ver esa belleza, por escondida que esté. Y sabe escribir sobre ella. Sabe, de hecho, construir una preciosa historia sobre un montón de basura. Y sabe hacer que te enamores de quienes mueren en ella. Porque es así, lo confieso: me he enamorado de Leila, Tequila Leila, y de sus cinco amigos. Ésos a los que la sociedad, como a ella, desprecia, perdiéndose a unas personas extraordinarias.

'Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo' comienza por el final. No hay destripe posible. Una prostituta, mi querida Leila, asesinada en un contenedor de basura en un callejón de las afueras de la embriagadora y bella Estambul. Ella ha muerto, su corazón ya se ha parado, pero su cerebro aún no. Aún recuerda. Aún siente. Su cerebro estará vivo, aún, 10 minutos y 38 segundos. Un tiempo en el que Leila repasa su viva. Desde su infancia en una pequeña ciudad de Turquía en una casa con un padre y dos madres, hasta los últimos segundos antes de descubrir, demasiado tarde, que ha llegado su final.

La memoria de Leila es un viaje fascinante por un país caleidoscópico con una moral férrea que destroza las vidas de aquellos que deciden salirse del camino marcado, reivindicar quiénes son, cómo se sienten, intentar ser felices fuera de lo que se supone que deben hacer, vivir y sentir. Algo que en el caso de Leila y de sus cinco incondicionales, esos amigos, también fuera de todas las convenciones morales, tiene un precio muy alto. A Leila, además, la vida no le ha ahorrado ningún sufrimiento. Una madre que no era su madre, un padre autoritario, una tía que era su madre, un tío que pone la piedra más pesada de su destrucción, un hermano discapacitado al que adora, una muerte prematura, una pérdida, golpes, miedos, satisfacer a hombres para subsistir... Y todo eso, tan duro, tan crudo, tan difícil, lo cuenta Elif Shakaf con una ternura y una delicadeza, con ciertos toques de humor, que hacen que te pegues a sus páginas para ver si a Leila y sus amigos, que tampoco han tenido una vida fácil, les llega algo del cariño que, desde el primer capítulo, sientes por ellos. Elif Shafak no escribe, cuenta, aunque sea el papel, una historia mientras los demás la escuchamos, sentados alrededor de la hoguera. Entre las llamas, a veces, vemos esa belleza que se esconde en la basura. En lo crudo. En la mierda. En el infierno.

"Se llamaba Leila.
Tequila Leila, como la conocían sus amigos y clientes. Tequila Leila, como la llamaban en casa y en el trabajo, en aquel edificio de color palisandro de un callejón sin salida adoquinado no lejos del muelle y enclavado entre una iglesia y una sinagoga, en medo de tiendas de lámparas y restaurantes de kebab: la calle que albergaba los burdeles autorizados más antiguos de Estambul.
No obstante, si los oyera expresarlo así, se ofendería y les lanzaría en broma un zapato..., un zapato de tacón de aguja.
'Me llamo', tesoro, no 'me llamaba'... 'Me llamo tequila Leila'. 
Jamás en la vida habría consentido que se hablara de ella en pasado."

Título: Mis últimos 10 minutos y 38 segundos
en este extraño mundo
Autora: Elif Shafak
Traductora: Antonia Martín
Editorial: Lumen
Páginas: 368
Precio: 19,90€
Procedencia: Bookish

jueves, 12 de marzo de 2020

Los diecisés árboles del Somme


Los dieciséis árboles del Somme, Lars Mytting (Alfaguara) | @martatorresmol

Si aún no habéis leído esta maravilla que es 'Los dieciséis árboles del Somme', de Lars Mytting, aprovechad ahora. Ahora que aún hace frío, que los días se desvanecen pronto, que la luz es perezosa, que las chimeneas sonríen, que las mantas abrazan. Aprovechad ahora porque esta historia, de la que cuesta despegarse, es de las que se disfrutan más en invierno, acurrucada en la esquinita del sofá y con un té caliente esperando en una mesa que, página a página, lamentas que no sea de abedul flameado, esa preciosidad de madera de la que tanto se habla en el libro. Y de la que te has enamorado al buscar imágenes en Google después de que Edvard, el protagonista, hable de ella por primera vez en el libro. Porque esa madera, omnipresente, que se obtiene hiriendo a los abedules, es una protagonista más de la novela.

Está en los muebles. Y en los ataúdes. Porque aquí los ataúdes son clave. El del abuelo de Edvard, Sverre, el hombre que le crió tras la muerte de sus padres en un misterioso accidente. El de Einar, su hermano, de quien no se habla, a quien no se nombra. Una vida y un secreto familiar, el de unos abedules flameados en el bosque del Somme, que, tras la muerte de su abuelo, Edvard pretende descubrir. Poco a poco, así como seguimos a Edvard en su viaje a sus orígenes, a una isla, a lo inhóspito, a una mujer, a una cabaña, al mar embravecido... Vemos que esas heridas de los abedules son una metáfora de sus propias cicatrices. Esas que no se ven. Esa muerte traumática de sus padres, esos cuatro días que, siendo un bebé, estuvo desaparecido, la profunda soledad que siente tras la muerte de su abuelo, el desconcierto... Así como avanzan las páginas crece la necesidad de abrazar a Edvard, de decirle que todo saldrá bien, que la posibilidad de los viejos secretos de hacer daño es más limitada de lo que creemos, que no se obsesione... Pero al mismo tiempo lo que quieres es que siga, aunque para ello tenga que jugarse la vida y destrozarse el alma, para saberlo absolutamente todo de esa familia que ya no tiene, aunque eso, y lo sabemos todos, él y tú, signifique que la plácida vida en su granja de Noruega, la vida que ha tenido siempre, no sea nunca más tan plácida.

Y entonces, metidos ya de lleno en la investigación. Lejos de la granja, de Noruega, de la novia perfecta... En esa isla fría y húmeda, en la vieja cabaña de Einar, con esa mujer alocada que parece tener muy claro siempre cuál es el siguiente paso, acechando ya el misterio de esos 16 árboles... Es entonces cuando no puedes parar de leer. Y de cruzar los dedos. Para que ese secreto no le destroce más de la cuenta.

"Mi madre era para mí un olor. Era un calor, una pierna a la que me aferraba, un soplo de algo azulado, un vestido que creía recordar que usaba. Me decía a mí mismo que mi madre me había lanzado a la vida con un arco y, cuando moldeaba mis recuerdos sobre ella, no estaba seguro de si eran correctos ni verdaderos, sencillamente la recreaba tal como creía que un hijo debe recordar a su madre.
Era en ella en quien pensaba cuando ponía a prueba mi añoranza, rara vez en mi padre. en ocasiones me preguntaba si él habría sido como los demás padres del pueblo, esos hombres a los que veía con uniformes de la reserva o con zapatillas de deporte en los enfrentamientos de fútbol para adultos, tipos que madrugaban los fines de semana para participar en las jornadas de trabajo colectivo de la Asociación de Caza y Pesca de Saksum."

Título: 'Los dieciséis árboles del Somme'
Autor: Lars Mytting
Traductora: Cristina Gómez Baggethun
Editorial: Alfaguara
Páginas: 472
Precio: 20,90€
Procedencia: Préstamo Marian

domingo, 1 de marzo de 2020

Primera memoria


Primera memoriaAna María Matute (Plaza Janés) | @Martatorresmol

La infancia... Qué bien la cuenta siempre Ana María Matute. Siempre que la leo echando la vista atrás, a cuando era niña, me la imagino, chiquitina y pizpireta, con su pelo blanco, agachándose para mirar por el ojo de la cerradura de esa puerta que separa la infancia del mundo de los adultos. Mientras observa, mengua. Las arrugas se desvanecen. Los ojos se le vuelven aún más vivos. La piel le brilla, cada vez más tersa. El color le vuelve a la melena. Mientras anda pegada a esa cerradura, viendo lo que ya vio, viviendo lo que ya vivió, es la niña que ya no es. Y eso que sus infancias, esas que plasma en el papel, no son, precisamente, blancas. Felices. Limpias. Luminosas. Alegres. Ingenuas. Inocentes. Puras. Y ésta, la de Matia, una niña arrancada de la guerra y de la orfandad para llegar a una isla con una abuela a la que no le une ningún apego, no lo es.

'Primera memoria' es un relato sobre la pérdida de la inocencia. Sobre ese momento en el que los niños descubrimos que la maldad no tiene cuernos ni huele a azufre, que las bestias no se esconden en los armarios y que incluso las personas que queremos pueden ser malas. Hacer daño. En un momento. Porque sí. Porque les apetece. Porque se sienten amenazados. Porque creen que es lo mejor. Y eso, exactamente, es lo que le ocurre en esta novela a la pequeña Matia. Una niña que carga ya con la pérdida de sus padres, que ha dejado en la península a la otra persona que la quería y la mimaba, una mujer que trabajaba en su casa; que llega a un lugar extraño, una isla, en la que le espera una abuela firme, adusta, fría, seria; un lugar en el que se convertirá en la única niña en un grupo de niños, donde verá un cadáver de cerca y en el que irá encontrando los cabos de los hijos que tejen secretos familiares. La pequeña Matia, que llega pegada a su muñeco Gorogó, irá dejando atrás la inocencia así como se va, con cierto dolor, desprendiendo de él. Hay mucha luz, en estas páginas. Esa luz tan blanca que se come los colores, que te hace entornar los ojos y ponerte una mano de visera, esa luz que, en realidad, no te deja ver nada y que se cuela, incluso, en la penumbra de las tardes de siestas obligadas.

Matia lo descubre todo a la vez. Los adultos, los secretos, las cartas escondidas, la isla, lo prohibido, el amor, el cariño contenido, el alcohol, el tabaco, la violencia, la desnudez, la muerte, el abandono, la amistad... Y lo que significa, en esa época de posguerra, ser una mujer. Porque para Matia crecer es, además, abandonar a sus primos y sus amigos. Esos con los que escondía tesoros en la cala y con los que se fugaba al campo para interminables tardes de juegos. 'Primera memoria' no se lee fácil. Ni rápido. Tampoco es inocuo. Te hace agacharte. Y mirar por el ojo de la cerradura. Menguas.

"Mi abuela tenía el pelo blanco, en una hola encrespada sobre la frente, que le daba cierto aire colérico. Llevaba casi siempre un bastoncillo de bambú con puño de oro, que no le hacía ninguna falta, porque era firme como un caballo. Repasando antiguas fotografías creo descubrir en aquella cara espesa, maciza y blanca, en aquellos ojos grises bordeados por un círculo ahumado, un resplandor de Borja y aun de mí. Supongo que Borja heredó su gallardía, su falta de absoluta piedad. Yo, tal vez, esta gran tristeza.
Las manos de mi abuela, huesudas y de nudillos salientes, no carentes de belleza, estaban salpicadas de manchas de color café. En el índice y anular de la derecha le bailaban dos enormes brillantes sucios. Después de las comidas arrastraba su mecedora hasta la ventana de su gabinete (la calígine, el viento abrasado y húmedo desgarrándose en las pitas o empujando las hojas castañas bajo los almendros; las hinchadas nubes de plomo borrando el brillo verde del mar)."

Título: Primera memoria
Autora: Ana María Matute
Editorial: Plaza Janés
Páginas: 256
Precio: 1,5€
Procedencia: segunda mano

jueves, 20 de febrero de 2020

Madre alemana, padre mallorquín


Madre alemana, padre mallorquín, Sabina Pons (Sloper) | @martatorresmol

Somos niños de isla. Los que lo somos. Y eso... Crecer en una isla... Te hace diferente. Tu infancia sabe a sal, a helado derretido, a refresco de cola compartiendo la pajita... Suena a gritos y risas en idiomas que no entendías y a los chillidos preocupados de tus mayores pidiéndote que no te fueras tan "a lo hondo". Y tiene el tacto rugoso de la arena siempre pegada en los tobillos. Crecer en una isla es algo peculiar, pero no lo descubres hasta que, con los años, te marchas a vivir fuera, convives con otros que no fueron niños de isla. Y hay cosas que no entiendes. Y cosas que no entienden. Y de eso, de crecer en una isla, de una infancia rodeada de mar y turistas, habla Sabina Pons en 'Madre alemana, padre mallorquín'. Unas memorias deliciosas que se leen de una sentada y que te dejan una sonrisa pintada en la cara.

Es inevitable reír, casi a carcajadas, con algunas de las anécdotas que recuerda Sabina de su niñez. Cómo sus abuelos maternos (los alemanes) se llevaron las manos a la cabeza cuando su hija les dijo que hacía las maletas rumbo a Mallorca con el español que acababa de conocer y cómo luego, tras una primera visita a la isla, no había forma de echarlos de allí. Las noches en las que se iba la luz y las madres y sus niños se juntaban en la misma casa a oscuras para espantar el miedo. Lo "moderna" (qué carga tan fea tenía ese adjetivo) que les parecía su madre a las monjas del colegio en el que estudiaba. Las veladas con los animadores del hotel que tenía su padre. Los tragos al porrón. Las calas desiertas. Los mediodías en el chiringuito. Los traviesos enterramientos en arena... Leer a Sabina es, prácticamente, regresar a esa infancia feliz, a esos veranos en bikini y esos inviernos que se hacían eternos. Pero es, también e inevitablemente, un retrato de unas islas en pleno boom turístico. En las que lo más tradicional trataba de convivir, adaptarse y dar servicio a los miles de turistas que llegaban para disfrutar de sus playas, paisaje y gastronomía.

'Madre alemana, padre mallorquín' no son unas memorias infantiles cargadas de nostalgia. Ni mucho menos. Esa, en este caso, la he puesto yo, como lectora y como niña criada en una isla, al recordar, con las historias de Sabina Pons, cómo me crié. O cómo me criaron. Con una libertad que ahora sería imposible. Impensable. Pero eso, que la nostalgia es mía, porque en esas cien páginas lo que hay es mucha guasa, mucha ironía, muchas anécdotas de esas que, en todas las casas, cuando se recuerdan, al día siguiente toda la familia tiene agujetas. De reír. Sin poder parar.

"Por supuesto, hay sitios más literarios en los que crecer, en el Trastevere romano, en las dunas de Los Hamptons o en los bosques que circundan Oslo, pero a mí me tocó la Playa de Palma, en Mallorca; primero en s'Arenal, luego en Sometimes. Y aun así, mis recuerdos refulgen con el brillo de los flotadores y las colchonetas expuestas en las terrazas de los souvenirs. Mi infancia es una sucesión de días luminosos en una playa atestada, de bocadillos de Nocilla junto a la piscina, de tardes interminables en la plata baja de Galerías Preciados y de domingos solitarios en Es Trenc. Los leotardos azules agujereados en las rodillas son mi infancia, paseada en el tiovivo de la plaza Alexander Fleming. Mi infancia es el cuello duro del uniforme de Madre Alberta y los polos de limón Avidesa".

Título: Madre alemana, padre mallorquín
Autora: Sabina Pons
Editorial: Sloper
Páginas: 100
Precio: 14€
Procedencia: préstamo Marian

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