lunes, 6 de enero de 2020

Las flores perdidas de Alice Hart


Las flores perdidas de Alice Hart (Holly Ringland, Salamandra) | @martatorresmol

Tengo los ojos llenos de flores. Las veo cuando los cierro. Campánulas amarillas (bienvenida al forastero). Copas de cobre (mi rendición). Lirios del río (amor oculto). Colas de zorro (sangre de mi sangre). Arrayanes del desierto (ardo como la llama). También cuando, abiertos, se me pierde la mirada en el horizonte. Farolillos (la esperanza puede cegarme). Ruedas de fuego (color del destino). Grevilleas de la miel (premonición). Orquídeas de fuego negras (afán de posesión). Y sobre todas ellas, brillante y roja, la flor del guisante del desierto de Sturt, que susurra, a quien sepa escuchar, "sé valiente, no te rindas". Un mensaje que Alice Hart, aunque a veces le cueste creerlo, lleva grabado a fuego desde que era una niña mal vestida y casi descalza que vivía en una casa en la costa de Australia con una bellísima madre llena siempre de cardenales que sembraba flores y le contaba cuentos maravillosos y un padre que, entre paliza y paliza a su madre y susto y susto a la pequeña Alice, tallaba esculturas de madera.

Ahí, en esa infancia agridulce, comienza 'Las flores perdidas de Alice Hart', de Holly Ringland. Una maravilla. Uno de esos libros que se te cuelan en el corazón, se hacen hueco y se anclan a ti. O se siembran. Para llenarte la cabeza y los ojos de flores. Las que dan nombre a cada capítulo de esta historia tremenda contada con una delicadeza infinita. Una belleza. Y no sólo en las palabras, frases, personajes, paisajes y emociones. También en las páginas. Llenas, como los ojos, de dibujos de esas flores que hablan. Alice lo sabe bien. Lo descubre de muy pequeña. Con apenas nueve años. Cuando un incendio acaba con toda su familia y ella, tras muchos días, despierta en la cama de un hospital. Huérfana. Sin voz. Y a punto de iniciar una nueva etapa lejos del mar, en el centro de continente, en la granja de flores de su abuela, June, de cuya existencia no sabía nada. El silencio acompaña a Alice en la plantación, refugio de otras mujeres, las flores, que han sufrido malos tratos, abandonos, violencia... Allí, poco a poco, como el resto, la pequeña Alice va curando sus heridas, descubriendo su historia familiar, aprendiendo los mensajes de las flores. Allí crece, aprende, trabaja y, ya adolescente, se enamora. Un momento en el que todos los fantasmas y el pasado caen como un mazo sobre la joven Alice, que coge su furgoneta de la granja de flores y huye. Lejos. Al desierto. A un lugar en el que el fuego del atardecer se casa cada día con el fuego de las flores de los guisantes del desierto de Sturt. Un lugar en el que empezar de cero. Otra vez. Un lugar que promete a Alice ser libre y feliz. Sonreír. Y llenarle los ojos de atardeceres y flores de fuego. Hasta que los fantasmas del pasado vuelven.

Porque hay otras cosas que, como las flores o los libros, echan raíces en lo más profundo de nosotros. Y que también ves, cuando cierras los ojos. O cuando se te pierde la mirada en el horizonte.

"En la casa de madera del final del camino, Alice Hart, de nueve años, imaginaba sentada a su pupitre, junto a la ventana, diferentes formas de prenderle fuego a su padre.
Sobre el pupitre de madera de eucalipto que él le había hecho, tenía abierto un libro de la biblioteca que reunía leyendas sobre el fuego provenientes de todo el mundo. Aunque soplaba el viento del noreste, que llegaba del Pacífico impregnado de olor a mar, Alice olía humo, tierra y plumas chamuscadas. Leyó susurrando:
El fénix se sumerge en el fuego para que las llamas lo consuman hasta reducirlo a cenizas y así volver a surgir, renovado, recreado y reformado: el mismo, pero completamente diferente".

Título: Las flores perdidas de Alice Hart
Autora: Holly Ringland
Traductora: Gemma Rovira Ortega
Editorial: Salamandra
Páginas: 416
Precio: 19€
Procedencia: comprado

jueves, 2 de enero de 2020

Iris y las semillas mágicas


Iris y las semillas mágicas (Nicola Skinner) | @martatorresmol

Si os cayeran semillas en la cabeza, ¿qué os crecería?

Cómo me conocen algunas personas... Regalarle a una mujer adulta un libro de literatura infantil y juvenil siempre es un riesgo. No todos se atreven. Estoy segura de que sólo un par de personas de las que me quieren y me conocen bien se pararían delante de 'Iris y las semillas mágicas', de Nicola Skinner, en cualquier librería. Y de ésas, a su vez, muy pocas le echarían un ojo y me lo regalarían. Y eso hubiera sido una pena, porque la aventura de Iris Fallowfield, esa niña que vive en una ciudad gris, ceméntica y asfáltica, es un auténtico caramelo. Un novelón. Divertido. Tierno. Con mensaje. Nada cursi. Un poco punky, incluso. Y bastante feminista.

Iris es una adolescente buena. Con una intención clara de ser buena. De no molestar a nadie. De sacar buenas notas. De hacerle la vida más fácil a su madre, que la cuida en solitario. Por eso, cuando en su instituto organizan un concurso para premiar al alumno que mejor se porte, esto es, que cumpla más a rajatabla las normas, está decidida a ganarlo. Eso es lo que ella pretende. Y lo tiene realmente fácil, vistos sus antedecentes. Pero claro, no todo va  a ser fácil. Si fuera así, no tendríamos novela. Así que un día, en casa, descubre algo en el árbol viejo y abandonado que hay en el patio (el único árbol, de hecho, que hay en la ciudad): un sobrecito de semillas. Algo que a su amiga del alma, Neena, una jovencita apasionada de la ciencia que ha montado un laboratorio en su propia casa, recibe con gran alegría. Tanta, que se embarca con Iris en la aventura de sembrar lo que sea que haya en el sobrecito. Que no es otra cosa que semillas mágicas. Y no os penséis que de ellas nacen árboles gigantes que llevan a castillos en las nubes, no. Esas semillas se las ingenian para llegar hasta las cabezas de quienes están cerca, donde crecen en todo su esplendor. Cabelleras de rosas, de crasas, de girasoles, cactus y hasta flores que huelen a cadáver. Eso, depende de ti. De cómo seas.

No cuento más para no destriparos la historia, pero ya os aviso de que Iris y Neena no serán las únicas que acaban con melenas botánicas y de que el tema cabezas floreadas generará polémica, hará que Iris se olvide por completo de ganar el concurso de buen comportamiento y, sobre todo, servirá para descubrir por qué la ciudad es gris, por qué el río ya no corre por ella y por qué el del patio de Iris y su madre es el único árbol de la ciudad. Imposible parar de leer una vez que empiezas. Y eso que el libro comienza con una seria advertencia: "No es normal abrir un libro nuevo y que te adviertan de que es arriesgado. Pero si queréis saber la verdad, y nada más que la verdad, debo deciros que este libro encierra un peligro entre sus páginas". 

Y la pregunta, ahí, dando vueltas desde el primer brote: Si me cayeran semillas en la cabeza, ¿qué me crecería?


"Cuando la prensa y los periodistas se enteraron de mi historia, escribieron un montón de mentiras. Las más gordas fueron:
1. Procedía de un hogar desestructurado.
2. Mamá era una madre soltera horrible.
3. Con unos orígenes como los míos, no era de extrañar que hiciera lo que hice.
Ninguna era cierta... Bueno, excepto que mamá sí es madre soltera. Pero ella no tiene la culpa de que mi padre nos abandonara cuando yo era un bebé. De todos modos, se me quedó grabada otra cosa: sí procedía de un hogar desestructurado.
Oh, no del tipo al que se refieren en términos como 'llevaba unos pantalones harapientos y me lavaba los dientes con azúcar'. Pero nuestra casa sí parecía vieja y destartalada; siempre había algo estropeado".

Título: Iris y las semillas mágicas
Autora: Nicola Skinner
Traductora: Sonia Fernández-Ordás
Editorial: Harper Collins
Páginas: 368
Precio: 14,90€
Procedencia: regalo familiar

viernes, 20 de diciembre de 2019

La hora de las mujeres sin reloj


'La hora de las mujeres sin reloj', Mamen Sánchez | @martatorresmol

Una sonrisa. De las que te despierta un rayo de sol en los párpados. Un gato jugando con un ovillo de lana. La aleta de un delfín asomando entre las olas delante de casa. El dorado perfecto de un bizcocho. Eso es lo que te queda de las novelas de Mamen Sánchez. O al menos es lo que me ha quedado a mí en las dos que he leído. Hace años, cuando leí 'La felicidad es un té contigo'. Y ahora, bueno, este verano, cuando en los pocos momentos de relax que me permití (en breve os contaré por qué) leí 'La hora de las mujeres sin reloj'. Una novela que fluye. Y a la que te gustaría mudarte. Sí, porque si pudiera, me convertiría en Maya Millas. Pero no para ser como ella, sino para hacer las cosas bien. Como se supone que hay que hacerlas. Porque Millas, esa periodista que ansía escribir una biografía autorizada de Estela Valiente, conocida escritora que desapareció de la vida pública hace años, pretende usar el engaño. Y eso... eso, en la forma que ella lo hace, no me gusta.

Sobre todo porque Estela Valiente y su hermana Alicia, la dulce Alicia, que renunció a su vida para cuidar de su adorada hermana, son dos auténticos bombones. Como personajes. Y como personas. Lo mismo que su finca, 'Los Rosales', esa casa refugio, casi castillo, que funciona como un personaje más. Protege, cuenta, respira, ve, guarda secretos, acoge, abraza, esconde, vigila. Y sí, es verdad, también se equivoca dejando que Maya Millas se cuele en sus entrañas para descubrir, de mano de la ingenua y confiada Alicia, los secretos de la premiada Estela, esa mujer que triunfó con 'De puertas adentro', que ganó el Premio Nobel de Literatura y de la que no se supo nunca nada más porque se retiró a esa madriguera, jamás publicó una sola línea más y pasa los días en su torre, contestando las cartas de lectores que, décadas después, sigue recibiendo. Y así, colándose, poco a poco, en la vida de las hermanas Valiente, Maya Millas va saltando de secreto en secreto hasta llegar a uno que puede poner patas arriba la fugaz carrera de Estela. Un secreto que tiene que ver con Tony Cienfuegos, amigo de infancia y juventud de la escritora, ya fallecido y autor de la también exitosa 'La casa de ladrillos rojos' (atención al guiño de esta historia a la real de Harper Lee y Truman Capote). No es nada que no se intuya, pero el camino hasta llegar al misterio es tan agradable que eso, saber, intuir, estar convencida de que lo que crees es, da igual. Porque el camino de las entrañables hermanas Valiente, que de tontas no tienen un pelo y que son como unas Zipi y Zape al borde de la edad madura y que juegan a las cartas con sus amigas del pueblo, es hipnótico, divertido y emocionante. De los que te pintan una sonrisa en la cara. Como cuando descubres una nube que se parece a Fújur. Encuentras un as de corazones tirado en la acera. O el pelo, bailando con el viento, te hace cosquillas en la espalda.

"Alicia era dulce como las uvas pasas. Estela estaba recubierta de la piel amarga de las nueces verdes. Ambas habían nacido en aquella casa, con un intervalo de doce meses justos entre la una y la otra. Bendita madre la suya, que no tuvo tiempo ni para respirar entre embarazo y embarazo. Contaba que nada más parir a Estela, en cuanto la niña dio su primer alarido a la vida, apareció Alicia en pañales, gateando como un animalillo asustado, y después de un redoble de tambor (imaginario), se agarró al borde de la cama y se puso de pie. Dio tres pasos de equilibrista, balanceándose con los puñitos cerrados, hacia la cabecera, y en sus ojos había un no sé qué de curiosidad, una interrogación que se le quedó alojada entre ceja y ceja desde aquel día, y que salía a la superficie cada vez que miraba a su hermana".

Título: 'La hora de las mujeres sin reloj'
Autora: Mamen Sánchez
Editorial: Espasa
Páginas: 336 
Precio: 8,95€
Procedencia: regalo familiar


sábado, 7 de diciembre de 2019

'Zorba el griego'


'Zorba el griego', Nikos Kazantzakis (Acantilado) | @martatorresmol

Hay libros que te esperan. Que son pacientes. Que saben, porque los libros siempre saben, escoger el momento. 'Zorba el griego' me encontró en Barcelona. En Rambla de Catalunya. Yo ni había pensado en él. De hecho, rumbo a Creta, la fascinante isla en la que se ambienta (os debo una entrada sobre ella), llevaba otro libro conmigo. Otro que pasa en Grecia, aunque no en Creta. Pero la obra más popular de Nikos Kazantzakis se me metió en la maleta en un paseo por la que durante unos años fuera mi ciudad. Entre vuelo y vuelo. Así que Zorba, ese viejo apasionado por la vida y sus placeres, volvió a Creta. A sus puertos venecianos, sus montañas nevadas en pleno verano, sus iglesias blancas en acantilados casi negros, su mar de infinitos azules, sus sinuosas carreteras pobladas de cabras... No se me ocurre mejor lugar para leer esta historia que junto al mar (la Mar) en un pequeño pueblo de pescadores de casas blancas al que no llegan las carreteras o en uno de esos viejos y bulliciosos puertos mientras el día se apaga y el faro se enciende.

La historia comienza en otro puerto,  El Pireo, en Atenas. Con un encuentro. Un joven e ingenuo intelectual dispuesto a recuperar una mina de lignito en Creta tropieza, es un decir, con Alexis Zorba, ese viejo disfrutón que no se separa jamás de su santur. El joven está a punto de zambullirse de nuevo  en su ejemplar de ‘La Divina Comedia’ (qué belleza) cuando se percata de que alguien, un viejo, le mira a través de los cristales del café. Un viejo que se abalanza sobre él para pedirle trabajo. De lo que sea. Porque ese viejo asegura que sabe de todo. Que ha trabajado de todo. Que sirve para todo. Y ahí, en ese tropiezo entre la juventud y la vejez, entre la bisoñez y la experiencia, entre el cerebro y el corazón está la clave del libro. Y de la vida. Porque de eso exactamente, de la vida, trata 'Zorba el griego'. De un hombre que la devora a bocados que no le caben entre las mandíbulas. Y de otro que la contempla, metida en una burbuja de cristal, para no quebrarla.

Pero la vida rompe cosas. Y personas. A veces lo destroza todo. Y lo desordena. Y lo vuelve patas arriba. La vida se rompe. Y te rompe. Y a pesar de todo, sigue. Se recompone. O no. Pero sigue adelante. Con los bailes. Con el amor. La pasión. La amistad. Los placeres. La música. El sol. La caricia del mar. Los juegos. Las risas. Los enredos. Y eso, eso es lo que sabe tan bien ese viejo del santur que blasfema, que se enamora y corteja a las mujeres, que tiene sueños de ingeniero, que despilfarra, que bebe, que baila y que es capaz de ver en los ojos de los demás lo que ni ellos mismos saben. Aún. Y eso es lo que, con sus formas desbordantes y sin pretenderlo, le descubre a su jefe desde el primer instante. Desde ese encuentro en el café, hasta la última carta que le escribe muchos años después de esa aventura en Creta. Esos días en los que, mientras su jefe anda preocupado por poner en marcha la mina y metido en sus libros, Zorba seduce a Madame Hortense, la vieja prostituta de cuyas carnes jóvenes se enamoraron tres marinos; anima el fuego entre la viuda y el joven intelectual; le reprende por su forma de llevar la mina, y de acercarse a los trabajadores; viaja en busca de unos materiales que nunca trae, le prometen con su Bubulina, idea un desastroso sistema para reconvertir la mina, trata de impedir un asesinato, toca el santur y baila. Baila. Vive. Vive hasta el final. Y a pesar de todo. Porque de eso, de la vida, de devorarla a bocados que no caben entre las mandíbulas o de contemplarla como una bellísima burbuja de cristal.


"Lo vi por primera vez en el Pireo. Había ido al puerto a tomar el barco rumbo a Creta. Era casi el alba. Llovía. Soplaba un fuerte siroco y las salpicaduras del mar llegaban hasta el pequeño café. Con las puertas de cristal cerradas, el aire olía a hedor humano y a salvia. Afuera hacía frío y las ventanas se habían empañado. Cinco o seis marineros trasnochados, con sus camisetas marrones de lana de cabra, tomaban café e infusiones de salvia y miraban el mar a través de los enturbiados cristales".


Título: 'Zorba el griego (Vida y andanzas de Alexis Zorba)
Autor: Nikos Kazantzakis
Traductora: Selma Ancira
Editorial: Acantilado
Páginas: 384
Precio: 22€
Procedencia: comprado

martes, 5 de noviembre de 2019

"El clown es un navegante de las emociones"


Fanny Guerrero, caracterizándose como Flip | Educaclown

Fanny Guerrero Torcque ‘Flip’. 

Payasa. Fanny Guerrero trabajaba para una empresa de alta cosmética cuando, en un aeropuerto, se fijó en una imagen de un clown de hospital. En ese mismo momento supo que aquello era lo que quería hacer. Así que un día se plantó en Sonrisa Médica y preguntó qué tenía que hacer. Se formó y trabajó diez años en hospitales antes de darse cuenta de que había otra gente, invisible, que también necesitaba el clown y la risa. Cofundó Educaclown (www.educaclown.org), ONG que trabaja con centros de menores, y pasó de ser payasa de hospital a payasa social. Hacen actuaciones en congresos y otros eventos y el dinero que les pagan lo dedican a su intervención

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Ser payasa es una cosa muy seria, ¿no?
Sí, muchísimo. Hacer reír es algo muy serio. Una cosa es hacerse el gracioso o tener un repertorio de chistes, eso lo podemos tener todos, pero ser payaso es un oficio. Tienes que estar presente para el otro, es una profesión que exige mucho trabajo, hacemos muchos cursos, y no puedes perder el niño que llevas dentro. Ser payasa es muy serio.

¿Es una forma de ver el mundo?
Totalmente, ves el mundo y a las personas a través de una nariz roja. Lo primero que hacemos al salir a escena es establecer contacto visual con el público, mirar a la gente a la cara, a los ojos, pero de verdad. A partir de ahí estableces un vínculo. Tú tienes que ser siempre muy sincera. Si voy de graciosa, nunca llegaré a ti, pero si te explico mi verdad, que un día estoy muy feliz pero que otro estoy en la mierda, y te hablo de mi fracaso desde la verdad, empatizarás conmigo y funcionará.

Eric de Bont, profesor de clown, siempre decía que el clown triunfa cuando fracasa.
Así es. Somos hijos del mal. Te ríes cuando la otra persona se cae o se estampa contra una pared. Tienes que trabajar mucho contigo mismo, ser muy sincero contigo para poder serlo con el público. Muchas veces es un fracaso. Si el público ve que es de verdad, aunque lo exageres, porque el punto de juego es importante en el clown, funciona. El fracaso, para nosotros es fantástico. El clown que sale a escena pensando que es el mejor y que la gente se reirá con él, está muerto.

Mirar a los ojos al público... Cuando hacen eso, muchos tratan de mirar hacia otro lado, no sea que les digan algo.
Sí. Una cosa es un espectáculo de clown y otra muy diferente una píldora de humor que haces en un congreso entre ponencias. Ahí lo que haces se intuir al público en general. En el fondo, todos somos niños y jugamos a ser ejecutivos, directivos, universitarios, fontaneros... Cuando tú haces el ejercicio de desnudarte y empiezas a jugar, el público responde. Y juega. Siente que tiene el permiso para hacerlo. Siempre hay alguien que no, sobre todo en los congresos, pero en grupos más pequeños no me he encontrado a nadie que no esté dispuesto a jugar. Tenemos muchas ganas. Nos lo tomamos todo de una forma tan seria...

¿Tenemos demasiado sentido del ridículo?
Me hace gracia cuando la gente me dice que es vergonzosa. Lo primero que trabajamos en los cursos es la confianza. Todos somos iguales. Si confías en tu compañero, en el grupo o en tu equipo de trabajo, ya no tienes miedo a meter la pata. Eso es fantástico. Tus compañeros se reirán y tú, como payaso, quieres que lo hagan. Se ve el fracaso desde otro punto. Esto ayuda mucho en empresas o sectores muy rígidos en los que se piensa que el jefe nunca se equivoca. Ver a tu jefe haciendo de pato enfadado, por ejemplo, es muy divertido. Hicimos una inauguración de un hotel en Palma y, al año, nos volvieron a contratar. Nos decían que un tiempo después pasaban ante el camarero o el director, hacían el pato enfadado y todos se reían. Es un código interno. Se trata de quitarnos las máscaras de lo que somos en el trabajo y ponernos la máscara de la nariz roja, que es el niño que quiere jugar. Evidentemente, si eres el camarero tienes que servir cafés y si eres el director tienes que mandar, por mucho de pato enfadado que hayan hecho todos juntos.

¿Para quitarnos las máscaras nos tenemos que poner la de la nariz roja, que es otra máscara?
Sí. Yo la llevo ya muy incorporada, no me hace falta la nariz física, pero le pones una nariz al público y cambia. La energía cambia porque te permites jugar. No haría falta, lo veo entre los que nos dedicamos a esto, pero entiendo que a la gente le cuesta y necesita la nariz. La gente enloquece cuando se la pone. ¡La de personas que necesitan jugar y reír en el mundo!

Empezó por aquel clown de hospital que vio en un anuncio del aeropuerto, supongo que lo hizo.
Sí, fui clown de hospital diez años. Al final, sin embargo, me di cuenta de que había una parte muy importante de gente que no se veía. Los niños que han sufrido abusos y malos tratos, las mujeres en situación de prostitución... Parece que no existen. Nos afecta mucho ver a un niño en una guerra, es lógico, pero no hay que irse lejos ni a una guerra para ver que hay mucha gente que lo está pasando muy mal. Lo que ocurre es que la parte emocional del dolor no se ve, aunque hace mucho daño y puede llegar a ser peor. Así que empezamos a trabajar en centros de menores y montamos el proyecto Educaclown. Fue hace cuatro años y no hemos parado. En la ONG creemos que el teatro, el humor, el clown... Son un bien social. Derecho a jugar y a reír lo tenemos todos. Y con esto consigues que el niño esté mucho mejor, se relacione con los otros, que libere estrés... Empecé de payasa de hospital y he acabado como payasa social. Sigo haciendo hospital en otros países, voy a centros de menores, hago píldoras de humor y doy clases de motivación, cohesión de grupos, liberación de estrés... Si nos contratan, el dinero lo destinamos íntegramente a pagar la parte social en los centros de menores.

Hablamos del clown relacionado con la risa, pero hay espectáculos de clown con los que he llorado muchísimo. ¿Está bien?
Sí, el clown es un navegante de las emociones. Somos sinceros. Y te puedo contar absolutamente todo. Si te explico mi verdad, tú conectarás conmigo. Puedes reírte, pero también puede ser algo muy triste que te haga llorar. Son emociones. La tristeza y la alegría lo son. Por eso para mí el clown es una forma de vida. Es estar en tu vida desde tu verdad y a partir de ahí hacer tu espectáculo como quieras. Para mí, es muy mágico. En general, trabajamos la risa, pero muchos clowns tienen historias complicadas.

¿Cómo lleva que payaso se emplee como insulto?
Cada cual ve el mundo con sus colores. A mí, que me digan payasa es lo mejor que me puede pasar en la vida. No hay nada mejor. Para otra gente lo mejor será que le llamen asesor financiero. Es verdad que se emplea como insulto, de forma peyorativa. El payaso, el bufón... Pero es él quien dice la verdad, riendo riendo, pero la dice. Desde el humor se pueden decir muchas cosas. Y, además, para ser clown tienes que ser inteligente, guapa, simpática, maravillosa, espectacular... [carcajada] No me afecta el uso de la palabra payaso. Es cultural y cada vez va a menos. ¡Con tantas películas de miedo!

¡Es verdad! Ahora parece que todos los payasos son chungos. It, el Joker...
Mira, no tengo televisión. Y no he visto ninguna de esas películas en el cine. A mí es que las pelis de miedo me dan mucho miedo. Sea payaso o cualquier otro personaje. No creo que la figura del payaso quede desvalorizada. He trabajado con niños que han sufrido abusos y también en quirófano, que supone una situación de mucho estrés para ellos. Me he quitado la nariz y he cogido a esos niños en brazos cuando he sentido que era necesario. Al final el clown lo hace la persona que está detrás de la nariz roja. Y antes que payasa soy persona.

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