lunes, 29 de abril de 2019

Víctor Escandell explora el blanco y negro


Detalle del capítulo dedicado a la acuarela de 'Explorando el blanco y negro'


Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Que la goma puede servir para dibujar tanto como el lápiz. Que cuanto más se incline un rotulador sobre el papel más ancho será el trazo. Que si eres zurdo debes abordar tu obra a boli de derecha a izquierda para no emborronarla. Que el agua de la tinta debe estar siempre limpia. Que el gouache oscurece al secarse. Son sólo algunos de los muchos consejos para dibujar que recoge el ilustrador ibicenco Víctor Escandell en 'Explorando el blanco y negro', el último libro que acaba de publicar.

Hace tiempo que Escandell tenía en mente hacer un libro sobre diferentes técnicas pictóricas, pero centrándose en el blanco y negro. «Se lo propuse a la editorial Promopress, que tiene una colección dedicada a este tipo de libros, con paso a paso, y la aceptaron», explica el ibicenco, que dedicó seis meses «en exclusiva». Lo que no imaginaba, confiesa, es que le costaría tanto diseccionar las técnicas que emplea todos los días en su trabajo para explicarlas a los demás.



«Haces las cosas de forma automática, sin pensar en el proceso, sin darte cuenta», comenta el ilustrador, que asegura que tener que pararse a reflexionar sobre las diez técnicas que detalla en el libro (lápiz, tinta china, acuarela, gouache, grabado, carbón, rotulador...) le ha ayudado. «Ha sido una autoterapia bestial», afirma. El libro no se olvida ni del grattage. A muchos no les sonará, pero la han practicado. En el colegio. Cuando en clase de plástica cubrían con cera negra un cartón de colores y luego, con un punzón, dibujaban retirando la capa de cera. A los que se sorprendan de encontrar el bolígrafo como técnica, Escandell les recuerda que hay artistas que hacen con sencillos bolis Bic «auténticas pasadas». «El resultado es más espectacular en azul, es cierto, pero el bolígrafo negro, en realidad, tampoco es negro del todo. Si sacas la tinta y la comparas con la china, por ejemplo, verás que tiene un tomo más sepia, o más azulado. Depende», continúa.

Las más de 120 páginas del libro comienzan con una introducción del propio Escandell en la que reflexiona sobre las influencias culturales del blanco y negro, sobre la elegancia que se le atribuye y la abstracción que supone eliminar todos los colores. Las últimas páginas las dedica a detallar las diferentes técnicas que se pueden utilizar para decorar ropa, deportivas, bolsas... Además, a lo largo del libro hay diez códigos QR que conducen a vídeos explicativos sobre las técnicas.



Aunque todo está muy detallado y escrito pensando en un público muy amplio, el autor advierte de que no es «para todos» sino para aquellos que ya se han atrevido un poco con el dibujo. Defiende, además, que se puede aprender: «Hay quien tiene unas aptitudes innatas, pero se puede aprender». Eso sí, matiza, no hay que tener prisa e ir poco a poco. En los primeros momentos de cada técnica, indica, hay también que detenerse y pensar cada paso. Hacer, precisamente, lo que tanto le costó a Escandell cuando se sentó a escribir el libro, que se ha editado en castellano e inglés y que, en breve, se venderá a otros países y se traducirá a más idiomas.

Escandell asegura que el blanco y negro hace que cualquier dibujo parezca «más bonito o elegante, más estético» que en color. «Si dibujas un rinoceronte o un aguacate en color puede quedar muy bien, pero es básico, vulgar, incluso. Si lo haces en blanco y negro es una abstracción, está fuera de la realidad, la mirada cambia por completo», concluye.


domingo, 21 de abril de 2019

Las torrijas de Dorothy


Torrijas de Dorothy | @martatorresmol

Me apasiona cocinar. De hecho, hasta una semana antes de formalizar la matrícula en la universidad no tuve claro si estudiar Periodismo o entrar en una escuela de cocina. Al final escogí lo primero. Pensé que siempre estaría a tiempo de meterme entre fogones, pero que no me veía con taitantos entrando en la universidad, con lo que ello supone para los que vivimos en una isla. Pero la cocina siempre ha estado ahí. De hecho, ahora ando con un proyecto que junta las dos cosas y que, con un poquito de suerte, verá la luz a final de año, pero esa es otra historia.

Los días libres, a veces, sobre todo si son grises y feos, me gusta bajar pronto al mercado, comprar aquello que se me antoje y pasar la mañana en la cocina. Descalza. Con música. Y una copa de vino tinto a mano. La mayoría de las veces quienes tengo cerca acaban con una fiambrera. Y es que uno de los placeres de la cocina es, precisamente, compartirla. Y eso fue lo que hice el Viernes Santo. Preparar torrijas. Para mi familia. Para mis amigos. Para la redacción.


La piel de limón y las ramas de canela | @martatorresmol

Ingredientes (para unas veinte torrijas):
-Dos barras de pan de candeal (si no lo encontráis, con pan de barra vale)
-Un litro de leche entera
-La piel de un limón (o de dos, si os gustan fuertes)
-Una rama de canela
-150 gramos de azúcar
-Media docena de huevos
-Un litro de aceite de girasol
-Canela en polvo
-Un chorrito de vermut (opcional)


El pan, a remojo en la leche | @martatorresmol

Preparación:
-En un cazo poner la leche con las pieles de limón, la canela y el azúcar y dejar que hierva. Lo ideal es dejar que suba un par de veces antes de apartarla del fuego. Si queréis darle a las torrijas un sabor ligero a vermut añadid un chupito justo antes de que rompa a hervir.
-Dejad que la leche se enfríe. Si no lo hacéis, lo más probable es que el pan se deshaga y, además, os queméis las puntitas de los dedos. Y no queremos nada de eso.
-Cuando la leche ya esté más o menos fría, cortad las barras en rodajas de, aproximadamente, un centímetro de ancho.
-Poned el pan en una bandeja y cubridlo con la leche. Acordaos de quitar las ramitas de canela y la piel del limón. Y un consejo: verted la leche en una esquina de la bandeja y lo más cerca posible de ella, no sólo no salpicaréis sino que, además, no destrozaréis el pan.
-Dejad que empapen bien. Una media hora. Sin miedo. Y, si veis que han chupado mucha leche, dadles la vuelta, con mucho cuidado.
-Poned el aceite a calentar. Olvidaos de la sartén, hacedlo en la olla más grande que tengáis, así podréis freír más a la vez, el aceite sufrirá menos y no cogerá ese regusto del aceite quemado.
-Batid tres huevos en un bol. Sí, tres, sólo tres. Pensad que el pan irá soltando leche en los huevos y es mejor, cuando llevéis la mitad de las torrijas, tirar lo que quede y batir los otros tres huevos.


Las torrijas, friéndose | @martatorresmol

-Pasar el pan por el huevo. Ayudaos con dos tenedores para darles la vuelta y echarlas en el aceite, que debe estar bien caliente. Deben ser tenedores, no cucharas, ya que así os aseguráis de que suelte el exceso de huevo. En el momento en que comencéis a freír las torrijas, bajad un poco el fuego, para que el aceite no sufra.
-Retiradlas cuando veáis que están doradas, tened en cuenta que se oscurecerán un poco cuando las saquéis. Dejadlas sobre papel de cocina, para que empape el aceite sobrante.
-Acordaos de cambiar el huevo cuando llevéis la mitad de las torrijas.
-Mezclad en una taza un par de cucharadas de azúcar con bien de canela. Poned las torrijas en un plato o bandeja cuando aún estén un poco calientes y espolvoreadlas bien con la mezcla. El calor hará que se caramelice. Los más golosos de la casa, que no sufran, podrán añadirles todo el azúcar con canela en el momento de comérselas.

martes, 16 de abril de 2019

Los elefantes de 'Moshi'




Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Cuando lo más complicado ya estaba hecho, lo último que esperaban Alba Pau y Carlos Ramon (Proyecto Juntos) es que los elefantes se lo pusieran difícil. Pero ahí estaban. Habían conseguido reunir en Ibiza 300 bicicletas para los niños de un orfanato de Tanzania, habían encontrado quien sufragara el coste del contenedor, habían llegado a África, estaban a las puertas de su destino, Moshi, a los pies del Kilimanjaro... Y justo en ese momento, frente al camión cargado con las bicicletas ibicencas, una manada de elefantes bloqueaba el único camino que lleva a la aldea. «Teníamos apenas unas horas para llegar a Moshi porque el contenedor tenía que regresar en el mismo barco en el que había llegado. Así que hice una promesa: si los elefantes se apartaban, haría un cuento para ayudar a los niños con cáncer de Ibiza y Formentera», recuerda Alba Pau sosteniendo en sus manos 'Moshi', el cuento.


Aunque su idea inicial era escribirlo ella, se dio cuenta de que era mejor encargarle la tarea a alguien acostumbrado a escribir para niños. «A mí me hubiera salido una biblia», bromea. Enseguida pensó en Meritxell Rius: «Tengo muchos cuentos suyos, me gustaba mucho. Quería que fuera ella». Y ahí empezó la «magia» que, está convencida, arropa este proyecto desde el principio. La encontró de casualidad, a través de su marido, Lorenzo, al que conocía sin saber que estaba casado con ella. Y no sólo eso, también conocía a sus padres, sobre todo a su madre, que había fallecido de cáncer.

Meritxell escucha a Alba y coge de la mano a Paquita Ribas, su amiga del alma y la ilustradora no sólo de 'Moshi' sino de casi todos sus cuentos. «Unos meses antes habíamos comentado que queríamos hacer un cuento solidario para los niños con cáncer. ¡Y de repente nos llega esta propuesta que es casi un regalo del universo! Todo ha sido muy mágico en este proyecto», indica. Alba asiente. Hasta ella, que es puro nervio y a la que le gusta tenerlo todo bajo control, ha acabado confiando en esa magia. «Dejarse fluir y dejar que todo fluya», indica.

De momento, han editado 3.000 ejemplares (1.500 en castellano y otros 1.500 en catalán) de 'Moshi', que recuerda la historia de las bicicletas ibicencas que llegaron a Tanzania. Too comenzó durante una visita de Carlos Ramon al orfanato. Allí, pidió a los 80 niños que dibujaran aquello que más desearan tener. Todos, a excepción de dos, dibujaron una bicicleta. No era un capricho. Era una necesidad. Si cada niño tenía una bicicleta podrían recorrer sin problema los 20 kilómetros que separan el orfanato de la escuela. Carlos regresó de Tanzania con todos aquellos dibujos de bicicletas y la firme intención de conseguírselas. Meses más tarde, un contenedor con más de 300 bicicletas partía de Ibiza rumbo a aquella aldea en las faldas del Kilimanjaro.

El cuento costará 13 euros que irán «íntegros» a ayudar a los niños con cáncer y a sus familias. «Cuando un niño tiene cáncer en muchas ocasiones uno de los padres tiene que dejar el trabajo. Y si son familias monoparentales... Imagina lo que supone eso a la economía familiar. Además, la sanidad pública únicamente paga los desplazamientos y dietas a un acompañante durante todo el proceso cuando los niños tienen que ir a otras comunidades para operaciones y tratamientos. Necesitan mucha ayuda», continúa Alba Pau.

Para escribir y poner colores a 'Moshi', Meritxell siguió las rodadas de las 300 bicicletas ibicencas. Incluso fue a ver a Dani, de Can Dani, que ayudó a ponerlas a punto, que donó unas cuantas y que le contó una historia que la dejó muy impresionada: un matrimonio, extranjero y mayor, había comprado hacía poco un par de bicicletas en la tienda. Un día, el hombre entró en el establecimiento abatido y con la bici de su mujer. Ella había muerto de cáncer hacía poco. Le entregó a Dani la bicicleta que habían comprado poco antes. «Ahora, esa bici hace feliz a algún niño en Tanzania y servirá para ayudar a niños con cáncer», concluye Meritxell. «La magia», apunta Alba, sonriendo.

martes, 9 de abril de 2019

Marta Catalan: "Todos somos constructores de historias"


Marta Catalan | Sergio G. Cañizares

Siento fascinación por los cuentacuentos. Me encanta hablar con esas personas que viven (o lo intentan) de contar historias. Será por su oficio, que están muy entrenados o que se tragaron a la serpiente Kaa de pequeños, no lo sé, pero me quedo embobaba escuchándoles. Hablan de la magia de la voz humana, te descubren que el calor no está en el fuego de la lumbre alrededor de la que el ser humano cuenta las historias sino en la palabra, te recuerdan que perder la tradición de la palabra dicha es perdernos unos a otros... Son sabios. Marta Catalan lo es. Sus historias nacen, todas, de un abuelo marinero que se las contaba de niña. Realidad o ficción, que cada uno crea lo que más le guste. O le motive. O le inspire. O le haga soñar.

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
«Había una vez»... Es una buena forma de comenzar un cuento?
Es una buena fórmula, sí. Captas la atención. Había una vez, esto era una vez... Son buenas fórmulas. Igual que para acabar colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Todo el mundo sabe que así empieza algo. Es casi una contraseña. Yo no la uso, pero no sería una mala forma.
¿Cuál usas?
Siempre empiezo explicando que todas mis historias vienen de un abuelo marinero que me las cuenta. También con maletas que encuentro en las buhardillas. Siempre voy a buscar cosas que los niños pueden reconocer como propias, que inspiran y con las que los padres pueden ver que de cualquier objeto es posible generar una historia.
¿De cualquier cosa podemos inventar historias?
¡Claro! De todo y, de hecho, lo tendríamos que usar más para explicar las cosas, para explicárnoslas. Todo es un relato y depende del que hagas ves la realidad  con unos ojos u otros. Al final, todos somos constructores de historias.
La fuerza de la palabra.
Sí, todos conocemos aquella persona que de una cosa insignificante sabe hacer una gran anécdota. Depende de cómo la vistas, la expliques y de los recursos que utilices.
¿Eso se puede aprender?
Se aprende. Soy una defensora de la comunicación oral, de su potencia y de cómo se tendría que estudiar más en las escuelas. Hoy en día los niños lo están trabajando más, hacen más exposiciones orales y desde muy pequeños. Pero mi generación y las más mayores teníamos pánico a salir delante la clase a recitar, por ejemplo, «con diez cañones por banda...». Pánico a salir y hablar en público. Se bloqueaba la comunicación y explicar los sentimientos. Sobre todo en la generación de nuestros padres y sobre todo si eras hombre. Y si eras mujer según qué no lo podías decir. Reprimir los sentimientos, lo que pensamos o vemos, nos ha generado un nudo y una imposibilidad de comunicarnos oralmente que hace que, por ejemplo, mucha gente se encuentre luego, al escucharse en la radio o a la televisión con que no le gusta su voz.
¿Por qué?
No nos la oímos. Y nos han hecho no gustarnos a nosotros mismos a la hora de expresarnos y comunicarnos. Tenemos miedo y vergüenza.
En la escuela, hablar en público se empleaba, incluso, como castigo.
Sí. Y luego llegaba el momento de hacer el trabajo de fin de carrera y te generaba una gran angustia tener que exponerlo. Se tendría que empezar a implantar la normalización de la comunicación oral, hacer que todos tengamos suficientes herramientas para comunicarnos. De hecho, imparto unos talleres de comunicación oral para madres de bebés, los titulo como de voz y canción, pero no es más que aprender a amar nuestra voz y transmitirla a nuestros niños. Ellos nos ayudan porque con los niños, y más si son nuestros hijos, perdemos la vergüenza, volvemos a conectar y a explicar historias y liberar esa imaginación que  teníamos reprimida.
Los niños te dicen «cuéntame un cuento» y piensas «y ahora, ¿que hago?».
[Ríe] ¡O te piden que les cantes! Pasa mucho que tienes un hijo y te das cuenta de que tienes que cantarle para ir a dormir y te planteas si podrás o sabrás porque sólo cantas en la ducha. ¡Pues sí! Todo eso lo tenemos ahí dentro y los niños nos permiten sacarlo, desnudarnos y reinventarnos.
A mí, de pequeña, me cantaban el ‘Pena, penita, pena’. ¿Le damos demasiadas vueltas a qué cantamos o qué contamos?
Sí, lo importante no es qué les cantas, lo que importa es que les cantes. Cuando les cantamos, si los tenemos en brazos, sienten el latir del corazón, la respiración, la voz... Se sienten a gusto. Y lo que importa es que se lo cantemos nosotros, no sirve de nada tener una aplicación en el móvil que les canta una nana mientras están en la cama. ¡Esto no es! Tenemos que cantarles y da igual qué. Incluso la canción más roquera bajada a un ritmo lento, que nos guste y nos haga sentir placer. Tenemos que pensar que cantarles sirve para transmitir-les emociones, si queremos que se duerman y estamos nerviosos, no se dormirán. Es igual si es el ‘Pena, penita, pena’ o una canción heavy, lo importante es que les cantamos nosotros. No es el qué sino el como. Y desde la conciencia.
Impartes talleres para madres y padres de recién nacidos. ¿Llegan con vergüenza?
¡Sí! Estoy planteándome hacerlo por Internet. Quizás así, desde la intimidad, se rompe más la vergüenza. Cuando estamos en esta situación, ese momento en el que parece que se nos abre un nuevo mundo y que lo leemos y lo buscamos todo, también necesitamos comunicar nuestras angustias. Vemos que cosas que se nos hacen una montaña son tan normales que, al comentarlo con otros, se normaliza y nos relajamos. Éste es el objetivo: compartir. Ver que no estamos solas. Viviendo más en tribu, en comunidad, podríamos aprender cómo los niños están en otros brazos, cómo se les cantaba, cómo los mecían manos más expertas... Ahora nosotras nos encontramos solas, con nuestro bebé y tratando de superar los tabúes de la sociedad. A veces hacemos montañas demasiado grandes de cosas que, si se comparten, se simplifican.
¿Esta es la idea de los talleres?
La idea es que la respiración y nuestra voz son dos herramientas importantísimas para comunicarnos con nuestros niños hasta los seis meses. Después ya empiezan a moverse y entran en otra dimensión, pero en este periodo en el que sólo tienes la comunicación visual piensas, «si no me está entendiendo, ¿es importante que le hable?». Pues sí, porque tu voz es única, la conoce y es la voz que le da confort, seguridad, bienestar... Tomar conciencia de esto es lo importante de los talleres. ¡Y perder la vergüenza!
Volvemos otra vez: el poder de la palabra dicha.
Exacto, la palabra dicha.
¿Las redes sociales han hecho daño a la palabra dicha?
Pues no te lo sabría decir, porque por whatsapp hoy en día también se emplean mucho las notas de voz. Creo que al final es la presencia lo que cuenta, decirnos las cosas cara a cara. La comunicación oral tiene una parte de hablar pero también de contacto visual, postura física, de comunicación no verbal, que es importantísima. Aquí es donde se ha roto la comunicación no verbal. Puedes estar en pijama, despeinada y hablando de cosas eróticas que no cuadran con tu imagen en ese momento. Aquí es dónde hemos cedido, creo, en cuidar la imagen y la comunicación no verbal respecto al mensaje.
Nunca empiezas tus historias con «había una vez...», ¿cómo las acabas?
Siempre igual: A mí una vez me dijeron: Marta, cuenta cuántos cuentos cuentas porque si no cuentas cuántos cuentos cuentas perderás la cuenta y no sabrás cuántos cuentos has contado. Y es así. Como cuento contado, este cuento ya se ha acabado. ¿Qué te parece?
Que da tiempo a asumir que el cuento se acaba.
¡Exacto! Esto lo digo siempre mirando a los padres.

martes, 2 de abril de 2019

'La verdad sobre el caso Harry Quebert'


'La verdad sobre el caso Harry Quebert'. | @martatorresmol

Algo tendrá el Quebert cuando lo bendicen. Con ese argumento me decidí, por fin, a leer la obra más aclamada de Joël Dicker después de encontrar un ejemplar a medio euro en un puesto de un mercadillo solidario. No es que dudara de él, ni mucho menos. Al revés. Su 'Los últimos días de nuestros padres' me dejó destrozada. Hecha polvo. Como una zombi durante días. Fue de esas novelas que me rompen, o que se rompen dentro de mí, dejándome alguna esquirla, para que no las olvide, y que no sé muy bien por qué. Y precisamente por eso no quería adentrarme en Aurora, en el asesinato de Nola Kellergan, en la falta de inspiración de Marcos Goldman, en los secretos de Harry Quebert... Por si me decepcionaba, por si fundía esa esquirla que hace dos años descansa en ese cajón de sastre, libresco y caótico, que cargo no sé muy bien dónde.

Pero no ha sido así. 'La verdad sobre el caso Harry Quebert' no es una novela. Es una obra de ingeniería. Con frases. Con palabras. Con personajes. Con momentos. Y escenarios. Pero ingeniería. Es un laberinto luminoso, lleno de puertas y pasadizos secretos, de sorpresas y recovecos en el que el lector, lejos de encontrar la salida, sólo quiere perderse un poco más. Porque nada, absolutamente nada, en esta novela es lo que parece. O lo que, adelantándote a las vueltas de crees que va a dar Joël Dicker, crees que puede pasar. Porque lo sabes. Sabes que, aunque te parezca imposible, siempre se guarda otra vuelta de tuerca en la manga. En todas y cada una de las tres historias que se intercalan en esta novela: la de hace décadas, cuando Nola Kellergan, una adolescente de Aurora, desapareció; la de hace nada, cuando Marcos Goldman, que ha pasado del olimpo al barro, se refugia en su profesor de la universidad, Harry Quebert, y en su casa de Aurora, y la de ahora mismo, cuando el joven escritor reescribe su propio libro, el que acaba de escribir, sobre la historia de Nola y Harry al darse cuenta de que todo, o casi todo, era mentira y que el asesino de la joven, y otros muchos secretos escondidos durante décadas en ese pueblo con vistas al mar en el que todos se conocen, seguían sin salir a la luz. He desconfiado de todos. Me he destrozado las neuronas dándole vueltas, buscándole un agujero a la trama. Se me ha quedado cara de tonta al caer en ese pequeño detalle en el que ni el propio Goldman había caído, el que pone patas arriba su segundo libro y su reputación como escritor. Lo he visto todo, con una clarividencia tardía, apenas un par de frases antes de que él me lo confesara. Un laberinto del que no quieres salir. Una obra de ingeniería. Algo tiene el Quebert cuando lo bendicen.... 

"Todo el mundo hablaba del libro. Ya no podía pasear tranquilo por las calles de Nueva York, no podía hacer jogging por Central Park sin que me reconocieran y exclamaran: '¡Es Golman, el escritor!'. Algunos incluso me seguían durante un rato para preguntarme aquello que les atormentaba: '¿Es cierto lo que cuenta en la novela? ¿Harry Quebert hizo eso?'. En el café al que solía ir en el West Village, había clientes que no dudaban en sentarse a mi mesa y empezar a hablar: 'Su libro me tiene atrapado, señor Goldman, es imposible dejarlo. El primero era muy bueno, pero éste... He oído que le dieron un millón de dólares por escribirlo... ¿Qué edad tiene? ¿Sólo treinta años? ¡Y ya está forrado!'. Hasta el portero e mi edificio, al que había visto leyéndolo entre apertura y apertura de puerta, me tuvo retenido un rato en el ascensor, al terminarlo, para confesarme su desazón: 'Entonces, ¿eso fue lo que le ocurrió a Nola Kellergan? ¡Qué horror! ¿Dónde vamos a ir a parar, señor Goldman? ¿Dónde?'."

Título: 'La verdad sobre el caso Harry Quebert'
Autor: Joël Dicker
Traductor: Juan Carlos Durán Romero
Editorial: Alfaguara
Páginas: 647
Precio: 0,50€
Procedencia: mercadillo solidario


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