lunes, 29 de junio de 2020

Vals lento en Cedar Bend


Vals lento en Cedar Bend, de Robert James Waller | @martatorresmol

Era bonito y tenía algo. Tapa dura. Intacto pero viejo. Una sobrecubierta en tonos tierra con un evocador árbol solitario al atardecer. Un autor que me traía buenos recuerdos. Un título largo, de los que me gustan. Se me fueron los manos. Chiquitín, aunque pesado. Buen papel. Y costuras prietas. Los cortes blanquísimos, como si nunca jamás hubieran abandonado el estante que le tocó en suerte al llegar a su antiguo hogar hasta el momento en que alguien decidió mandarlo al mercadillo. Ni lo giré para ver de qué iba ni busqué en mi móvil de qué me sonaba el escritor antes de ponerlo en el montón de libros de segunda mano que se venían a casa. Sólo al llegar a casa, con calma y un té, descubrí que Robert James Waller, además de 'Vals lento en Cedar Bend', había escrito 'Los puentes de Madison County' y que lo que me había llevado a casa era otra historia de amor. Complicada, evidentemente. Y muy bien contada. Contada bonito. Con calma. Envuelta en la calidez de un otoño plácido. No esperaba otra cosa de él. En sus novelas, da igual que sea verano, primavera o invierno, es siempre otoño, un acogedor y envolvente otoño.

Y así empieza en libro, con un hombre, Michael Tillman, subiendo a un abarrotado vagón de segunda clase un tren en un rincón perdido de la India con una mochila al hombro y la fotografía, que empieza a estar ya gastada, de una mujer a la que busca. La mujer a la que este profesor universitario, que sólo ha amado a su querida moto antigua, que duerme en el salón de su casa y a la que devolvió a la vida cuando apenas era un chiquillo, ama. La mujer que era la mujer de otro cuando se conocieron en una fiesta en casa del decano y que, tras descubrir que también le quiere, ha huido a la India. Sí, te quieren, quieres y huyes. Muy de Robert James Waller, eso de, en vez de disfrutarlo, escapar de un amor que llevas esperando toda la vida, de los que te vuelven del revés, como si fueras un calcetín recién salido de la lavadora. Una fuga a la India, un país en el que el escritor ya nos ha dejado caer desde las primeras páginas que Jellie, que es como se llama ella, vivió algo tan intenso hace tiempo que dejó allí parte de lo que es. Los capítulos del viaje de Michael a la India para buscar a Jellie se intercalan con los que cuentan los principios de esa relación. El encuentro en casa del decano, las visitas semanales de Jellie al despacho de Michael, las reuniones rodeados de gente, el Día de Acción de Gracias con la familia de ella, la marcha de ella y su marido a Irlanda, el silencio de meses sólo roto por una foto (ésa que él enseña en trenes y hoteles indios), el echarse de menos, el regreso, la química evidente aunque pretendidamente no consumada...

"El Trivandrum Mail llegó puntual. Salió de la jungla y entró pausadamente en el cruce de Villupuram a las tres horas dieciocho minutos de una bochornosa tarde en el sur de la India. En cuanto el silbato lejano y grave sonó por primera vez desde el campo, la gente comenzó a empujar hacia el borde del andén de la estación. Todo lo que no pudiera moverse por sí mismo era transportado o arrastrado, ya se tratara de sacos de dormir y cestos del mercado o criaturas y ancianos.
Michael Tillman se apartó de la pared de ladrillo ennegrecido en la que había estado apoyado y se echó una mochila de color tostado sobre el hombro izquierdo. Un centenar de personas intentaba bajar del tren al andén; simultáneamente, el doble de gente intentaba subir, como dos ríos que fluyen en direcciones contrarias. O empujabas o te quedabas atrás."

Título: Vals lento en Cedar Bend
Autor: Robert James Waller
Traductora: Rosa Arruti
Editorial: Ediciones B para Círculo de Lectores
Páginas: 192
Precio: 1,5€
Procedencia: mercadillo

lunes, 22 de junio de 2020

Territorio de luz


Territorio de luz, de Yuko Tsushima | @martatorresmol

La luz. En el fondo, creo, siempre es la luz. Es lo que hace, cuando estás buscando piso, que te decidas. Estás harta de ver viviendas horrorosas. Oscuras. Húmedas. Tétricas. Y, de repente, entras en una, la luz te da en la cara y sientes que es ésa. Es, al menos, lo que me pasó a mí con mi casa. Lo que le ocurrió a Carrie Bradshaw con el apartamento que compra para ella Mister Big. Y lo que le pasa a la protagonista de 'Territorio de luz', de Yuko Tsushima. Al menos, al principio. Es la luz. Es el precio. Es encontrar, al fin, un hogar para ella y su hija después de divorciarse de su marido. Una situación nada fácil para una mujer en el Tokio de los años 70. Eso, que es complicado, es lo que va mostrando la escritora a lo largo de las páginas.

La luz inunda el piso cuando va a visitarlo. Es un edificio vacío. Que antes era de oficinas y que se ha reconvertido en viviendas. Y ella, la única inquilina, de momento, tendrá que encargarse de cerrar la puerta principal cada noche cuando los últimos trabajadores lo abandonen. Pero eso, a la joven, aturdida y obligada a empezar de cero tras la decisión de su marido, le da igual. Por la luz ("la noche es oscura, que venga la mañana"). La necesita. Para tratar de burlar a esa oscuridad que se cierne sobre su vida. Y la de su hija. Una niña de unos tres años que no entiende muy bien qué está pasando en su familia y que, más de un clavo al que pueda agarrarse su madre se convierte en una losa. La luz es la del sol que entra por la ventana. Es la de la ciudad. La de las otras casas por la noche. La de los fuegos artificiales de las noches de fiesta. la de las estrellas ("cuanto más frío hace, mejor se ven"). Pero toda esa luz también se acaba. Literal y metafóricamente. El año, en esa casa barata de la luz, es una montaña rusa para la protagonista y su hija. Soledad. Tristeza. Noches de borrachera. Dudas. Paseos. Risas. Miedo. Alegría ("una felicidad tan deslumbrante como un relámpago"). Sorpresas. Solidaridad. Juegos. Lágrimas. Complicidades inesperadas. Y valentía ("déjate, pues, de reflexiones, y lánzate al mundo conmigo"). Un año triste, brutal, tierno, revelador. Descrito con gran belleza. Un mes por capítulo. Los doce meses de Vivaldi. Y con un puntito punky, todo hay que decirlo. Que ser mujer divorciada y con hija en el Tokio de los años 70 no es moco de pavo (real).


"El apartamento tenía ventanas a los cuatro lados.
Cuando mi hija era todavía pequeña, vivimos durante un año en el último piso de un viejo edificio de tres plantas; éramos las únicas inquilinas, y por esa razón teníamos la planta entera para nosotras, así como la azotea. En el bajo había una tienda de fotografía, y las dos siguientes plantas albergaban oficinas. Una pertenecía a una empresa que fabricaba y enmarcaba escudos familiares de oro macizo; la segunda era una asesoría contable, y la tercera, una escuelita para aprender a tejer. En todos los meses que pasé allí, solo hubo una oficina que no se ocupó nunca: una de la segunda planta que daba a la avenida. A veces, por las noches, mientras mi hija dormía, me colaba allí a hurtadillas, abría un poco la ventana y disfrutaba de las vistas, ligeramente distintas a las del tercero. Otras veces me limitaba a pasearme por las habitaciones vacías; era como estar en un lugar secreto que nadie más conocía."

Título: Territorio de luz
Autora: Yuko Tsushima
Traductora: Tana Oshima
Editorial: Impedimenta
Páginas: 200
Precio: 20,50€
Procedencia: Bookish

martes, 16 de junio de 2020

El club de las primeras esposas


El club de las primeras esposas, de Olivia Goldsmith | @martatorresmol

Venganza. Pero de la buena. De la planificada. De la que disfrutas. De la que te hace sonreír cuando la consigues. De la que no te hace sentir mal. De la que, más que venganza, dirías que es justicia poética. O divina. Aunque sean tu cabeza y la de tus amigas, y no la mano de dios, las que ejerzan de brazo ejecutor. De eso va 'El club de las primeras esposas', de Olivia Goldsmith. Si habéis visto la película (con Diane Keaton, Goldie Hawn y Bette Midler), no os podéis perder el libro, que (se viene topicazo) es infinitamente mejor. Más ácido. Más claro. Más directo. Con menos tonterías. Mucho más real. E infinitamente más detallado. Con una profundidad y una mala leche que en la película ni se intuye. Y unas protagonistas guerreras, listas y divertidas. Ellas son la buena de Annie, la bruta de Brenda y la inteligente Elise. Primeras esposas de sus maridos. Bueno, sus ya exmaridos, tres hombres que, superados o rondando la cincuentena, habiendo alcanzado la plenitud profesional y el éxito social, deciden deshacerse de ellas, que se han deslomado en pos de esas metas, para cambiarlas por, seguro que lo adivináis, mujeres más jóvenes. Una situación que las deja humilladas, hundidas, en la ruina. Algo de lo que son conscientes, así, en grupo, tras el suicidio de Cynthia, otra de las amigas.

La forma en la que el exmarido de Cynthia gestiona el funeral y la despedida de la que fuera su mujer. El desprecio. La falta de interés. La desidia. Eso es lo que las pone en marcha, lo que acaba dando fruto al club de las primeras esposas, que nace con el único objetivo de recuperar aquello que les corresponde (desde el dinero a la dignidad) y de echar por tierra las nuevas vidas de los que fueran sus maridos. Y el de Cynthia. Annie, que aún sigue enamorada del suyo, un pintas que se la pega con su psicólogo y que no mueve un dedo por la hija con síndrome de Down que tienen en común, es la más reacia al plan, pero cuidadito con ella. Brenda, en cambio, es un huracán. De familia mafiosa, no puede ni pagar el alquiler mientras su querido esposo anda despilfarrando a manos llenas en la galería de su nueva pareja. Elise, una estrella del cine casi olvidada perteneciente a una de las familias más ricas de Nueva York, ve cómo su marido, que es lo que es gracias a ella, la abandona por una artista politoxicómana y obscenamente joven. Y Gil, el marido de la fallecida Cynthia, está en plena escalada empresarial (algo delictiva) de la mano de su reciente esposa. Los planes de Annie, Brenda y Elise para vengar a su amiga y a ellas mismas son milimétricos. Y muy blancos. Van a donde más les duele. A su orgullo. A su bolsillo. A la imagen que grandes triunfadores que se granjearon gracias a ellas.

Pero no es sólo eso. Patricia Goldsmith teje una trepidante y maquiavélica novela (llega un momento en que no puedes dejar de leer y de conspirar con ellas) en la que, más importante aún que la venganza, es la amistad femenina. Cómo se van fraguando los lazos entre estas tres mujeres que, en un primer momento, no parecen tener mucho en común y que, incluso, pueden llegar a no caerse muy bien, pero que, en el camino de ese ojo por ojo marital, se van conociendo, admirando y queriendo. Hasta ser, cada una, la heroína de las otras dos. Y ellas tres, las tuyas. Porque en esta historia tan de los 90 (tiene un algo que me recuerda muchísimo a 'Armas de mujer') sólo hay un bando: el de estas tres mujeres que además de vengarse y alimentar una amistad a prueba de bombas descubren quiénes son en realidad y cuáles son sus auténticos sueños, esos que abandonaron por el supuesto bien familiar. Por cierto, ya os he dicho que si habéis visto la película tenéis que leer el libro, pero si leéis el libro, huid de la película. La vi (está en Netflix) pocos días después de acabar la novela y me decepcionó. No tiene nada que ver. Ni los personajes. Ni la trama. Ni el tono. No hay apenas nada de la hilarante y corrosiva novela de Olivia Goldsmith, que, como Annie, Brenda y Elise, es una de las nuestras.

"Manhattan, la isla de los sueños rutilantes, dormía en la oscuridad previa al amanecer. Era una isla donde los sueños se hacían realidad, donde los sueños se dejaban atrás, se descartaban y a veces se convertían en pesadillas. En este momento, en la oscuridad de una noche de mayo de finales de los años ochenta, era también una isla donde muchas mujeres dormían solas".

Título: El club de las primeras esposas
Autora: Olivia Goldsmith
Traductor: Ramón Alonso
Editorial: Salvat
Colección: Grandes escritoras
Páginas: 480
Precio: 1,5€
Procedencia: mercadillo

sábado, 6 de junio de 2020

Mujeres que no perdonan


Mujeres que no perdonan, Camilla Läckberg (Planeta) | @martatorresmol

No me voy a andar con rodeos: comprar este libro es tirar el dinero. Diría que también es despilfarrar el tiempo, pero como apenas se tardan un par de horas en leerlo, tampoco es para tanto. 'Mujeres que no perdonan' es una tomadura de pelo. De su autora, Camilla Läckberg, y de la editorial Planeta, a la que después de estafarme 19 euros dudo mucho que compre un libro en muuuucho tiempo. Igual es que la Läckberg se equivocó y en vez de la novela envió los apuntes del libro, pero vaya, ni el argumento ni la forma justifican el papel y la tinta invertidos en él. Si ésto lo envía un autor anónimo a la editorial, acaba en la papelera. Lo tengo clarísimo.

A ver, la idea es muy 'Extraños en un tren', un argumento ya más que exprimido en el que el crimen (o los crímenes) perfectos pasan por hacer que unos desconocidos se intercambien sus objetivos. Sin nada que los relacione con su víctima, es difícil que descubran al asesino. En este caso, las asesinas son tres mujeres (Victoria, Ingrid y Birgitta) y las víctimas, sus maridos, que engañan, humillan y maltratan. La idea ya no es original, pero si encima no las vistes bien... Los capítulos son cortísimos, los personajes muy planos y sin apenas historia previa y la trama un aquí te pillo aquí te mato. Nunca mejor dicho. Eso sí, alguien en la editorial pensó que si le ponían letra grande, márgenes anchos y una tapa dura podían engañar a lectores incautos. Como yo. Entré en una de mis librerías pidiendo, literalmente "un libro de hospital". Y mi librero (uno de ellos), que entendió perfectamente lo que quería (algo que se leyera rápido y que no requiera la atención de todas mis neuronas), me dijo que no tenía mucha cosa (consecuencias del estado de alarma en una isla), de novela negra apenas le quedaba un ejemplar del libro de la Läckberg que tuvo que rescatar del escaparate. Había leído dos de sus novelas de Fjällbacka y pensé: "Vale. Me vale". Y me llevé al hospital una estafa con páginas. No le voy a dedicar más tiempo, pero, ya os vale, Camilla y Planeta.

"Cuando su marido entró en el cuarto de estar, Ingrid Steen disimuló el objeto que tenía en la mano y lo escondió entre los cojines del sofá. Tommy pasó de largo.
Tras dedicarle una sonrisa fugaz y mecánica, prosiguió en dirección a la cocina. Ingrid oyó que abría la nevera y buscaba dentro, cantando entre dientes 'The river', de Bruce Springsteen.
Dejó el objeto donde estaba, se levantó del sofá y se acercó a la ventana. Las farolas de la calle batallaban con la oscuridad nórdica. los árboles y arbustos parecían desnudos y retorcidos. En la casa de enfrente temblaba la luz de un televisor. 
A sus espaldas, Tommy carraspeó y ella se volvió.
—¿Qué tal te ha ido el día?"

Título: Mujeres que no perdonan
Autora: Camilla Läckberg
Traductora: Claudia Conde
Editorial: Planeta
Páginas: 224
Precio: 19€
Procedencia: comprado

lunes, 18 de mayo de 2020

El prisionero de Zenda


El prisionero de Zenda, de Anthony Hope (Zenda Aventuras) | @martatorresmol

"Algún día iré a Zenda -dije. -Está usted loco." Son, seguramente, las palabras más conocidas de 'El prisionero de Zenda', de Anthony Hope. La leí hace muchos años, durante mi fiebre aventurera adolescente, post Verne y pre Shakespeare. Llegué a ella por la película de Richard Thorpe, de los años 50, que vi una tarde de sábado tumbada en el suelo de la salita de aquella casa que miraba al puerto. El lunes siguiente por la tarde, fui directa a la bibliotecaria para preguntarle (las bibliotecarias en los 80 eran lo más parecido a Google) si de aquella película había libro. Lo había. Y estaba disponible. Me llevé a casa aquel ejemplar con los personajes estampados en color sobre una portada blanca. Y lo leí en un par de tardes, poniéndole a la princesa Flavia la cara de Deborah Kerr. A los dos Rudolf, el viajero y el rey de Ruritania, una vez iniciado el libro, no pude ponerle la de Stewart Granger.

No había vuelto a ella hasta este confinamiento, en el que me ha costado tanto concentrarme y durante el que, aprovechando mi cumpleaños, me regalé los tres libros editados hasta ahora por Zenda Aventuras. Es curioso. Los libros no cambian, pero nosotros sí. Aquella adolescente se quedó con la historia de amor y con el valor del Rudolf viajero, obligado por su honor a hacerse pasar por el Rudolf rey para que su hermano Michael el Negro no le arrebate el trono ni a Flavia, con quien todo el país espera verle prometido en breve. Ahora, años después, me quedo, sin duda, con Robert de Hentzau. Un canalla. Uno de los seis esbirros de Michael el Negro, que le sale un poco rana. Alguien de quien no te puedes fiar pero que tiene, sin embargo, cierta gracia. Un personaje caníbal. Se come al resto. Da igual qué ocurra con el rey, con el viajero, con su amor correspondido pero imposible con la princesa Flavia, con Ruritania, con Michael el Negro y su intento de hacerse con el trono... Llegada a las últimas páginas lo que quiero saber es qué pasa con el traicionero espadachín cuando huye a lomos de un caballo comprado por la fuerza a una moza. Y luego están los secundarios buenos. Esos que acompañan al héroe, le ayudan, le dan ánimos, toman decisiones por él y hacen reír o sonreír al lector. Los responsables de la seguridad del rey, que no dudan en poner en marcha el engaño para que su soberano no pierda el trono, un plan tan alocado como eficaz, ya que El Negro no puede desvelar que el rey coronado no es, en realidad, el rey sin descubrir su malvado plan.

En 'El prisionero de Zenda' hay peleas, castillos con fosos, reinos en peligro, hermosas princesas, amores imposibles, villanos que siempre guardan un puñal en la manga, trenes, secuestros, sangre, viajes cuajados de sorpresas, asesinatos, robos... Una novela por la que no pasan los años. Al menos para aquellos a los que nos gustan las novelas de aventuras. Para los que, de niños, empuñamos sables y surcamos mares con Dumas, Verne, Stevenson y London.

"—¡No sé cuándo te vas a decidir a hacer algo de provecho, Rudolf! exclamó la mujer de mi hermano.
Mi querida Rose -respondí, dejando sobre la mesa la cucharilla con la que acababa de cascar el huevo, ¿por qué tendría que hacer algo de provecho? Mi situación es desahogada. Tengo rentas casi suficientes para satisfacer mis necesidades (ya se sabe que nadie considera del todo suficientes sus rentas), disfruto de una posición social envidiable: soy el hermano de lord Burlesdon, y el cuñado de su encantadora señora, la condesa. ¿No te parece bastante?
Tienes veintinueve años observó ella y no has hecho más que...
¿Dar tumbos? Es cierto. Nuestra familia no necesita hacer nada."

Título: El prisionero de Zenda
Autor: Anthony Hope
Traductor: Miguel Temprano García
Editorial: Zenda Aventuras
Páginas: 220
Precio: 14€
Procedencia: comprado

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