martes, 5 de noviembre de 2019

"El clown es un navegante de las emociones"


Fanny Guerrero, caracterizándose como Flip | Educaclown

Fanny Guerrero Torcque ‘Flip’. 

Payasa. Fanny Guerrero trabajaba para una empresa de alta cosmética cuando, en un aeropuerto, se fijó en una imagen de un clown de hospital. En ese mismo momento supo que aquello era lo que quería hacer. Así que un día se plantó en Sonrisa Médica y preguntó qué tenía que hacer. Se formó y trabajó diez años en hospitales antes de darse cuenta de que había otra gente, invisible, que también necesitaba el clown y la risa. Cofundó Educaclown (www.educaclown.org), ONG que trabaja con centros de menores, y pasó de ser payasa de hospital a payasa social. Hacen actuaciones en congresos y otros eventos y el dinero que les pagan lo dedican a su intervención

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Ser payasa es una cosa muy seria, ¿no?
Sí, muchísimo. Hacer reír es algo muy serio. Una cosa es hacerse el gracioso o tener un repertorio de chistes, eso lo podemos tener todos, pero ser payaso es un oficio. Tienes que estar presente para el otro, es una profesión que exige mucho trabajo, hacemos muchos cursos, y no puedes perder el niño que llevas dentro. Ser payasa es muy serio.

¿Es una forma de ver el mundo?
Totalmente, ves el mundo y a las personas a través de una nariz roja. Lo primero que hacemos al salir a escena es establecer contacto visual con el público, mirar a la gente a la cara, a los ojos, pero de verdad. A partir de ahí estableces un vínculo. Tú tienes que ser siempre muy sincera. Si voy de graciosa, nunca llegaré a ti, pero si te explico mi verdad, que un día estoy muy feliz pero que otro estoy en la mierda, y te hablo de mi fracaso desde la verdad, empatizarás conmigo y funcionará.

Eric de Bont, profesor de clown, siempre decía que el clown triunfa cuando fracasa.
Así es. Somos hijos del mal. Te ríes cuando la otra persona se cae o se estampa contra una pared. Tienes que trabajar mucho contigo mismo, ser muy sincero contigo para poder serlo con el público. Muchas veces es un fracaso. Si el público ve que es de verdad, aunque lo exageres, porque el punto de juego es importante en el clown, funciona. El fracaso, para nosotros es fantástico. El clown que sale a escena pensando que es el mejor y que la gente se reirá con él, está muerto.

Mirar a los ojos al público... Cuando hacen eso, muchos tratan de mirar hacia otro lado, no sea que les digan algo.
Sí. Una cosa es un espectáculo de clown y otra muy diferente una píldora de humor que haces en un congreso entre ponencias. Ahí lo que haces se intuir al público en general. En el fondo, todos somos niños y jugamos a ser ejecutivos, directivos, universitarios, fontaneros... Cuando tú haces el ejercicio de desnudarte y empiezas a jugar, el público responde. Y juega. Siente que tiene el permiso para hacerlo. Siempre hay alguien que no, sobre todo en los congresos, pero en grupos más pequeños no me he encontrado a nadie que no esté dispuesto a jugar. Tenemos muchas ganas. Nos lo tomamos todo de una forma tan seria...

¿Tenemos demasiado sentido del ridículo?
Me hace gracia cuando la gente me dice que es vergonzosa. Lo primero que trabajamos en los cursos es la confianza. Todos somos iguales. Si confías en tu compañero, en el grupo o en tu equipo de trabajo, ya no tienes miedo a meter la pata. Eso es fantástico. Tus compañeros se reirán y tú, como payaso, quieres que lo hagan. Se ve el fracaso desde otro punto. Esto ayuda mucho en empresas o sectores muy rígidos en los que se piensa que el jefe nunca se equivoca. Ver a tu jefe haciendo de pato enfadado, por ejemplo, es muy divertido. Hicimos una inauguración de un hotel en Palma y, al año, nos volvieron a contratar. Nos decían que un tiempo después pasaban ante el camarero o el director, hacían el pato enfadado y todos se reían. Es un código interno. Se trata de quitarnos las máscaras de lo que somos en el trabajo y ponernos la máscara de la nariz roja, que es el niño que quiere jugar. Evidentemente, si eres el camarero tienes que servir cafés y si eres el director tienes que mandar, por mucho de pato enfadado que hayan hecho todos juntos.

¿Para quitarnos las máscaras nos tenemos que poner la de la nariz roja, que es otra máscara?
Sí. Yo la llevo ya muy incorporada, no me hace falta la nariz física, pero le pones una nariz al público y cambia. La energía cambia porque te permites jugar. No haría falta, lo veo entre los que nos dedicamos a esto, pero entiendo que a la gente le cuesta y necesita la nariz. La gente enloquece cuando se la pone. ¡La de personas que necesitan jugar y reír en el mundo!

Empezó por aquel clown de hospital que vio en un anuncio del aeropuerto, supongo que lo hizo.
Sí, fui clown de hospital diez años. Al final, sin embargo, me di cuenta de que había una parte muy importante de gente que no se veía. Los niños que han sufrido abusos y malos tratos, las mujeres en situación de prostitución... Parece que no existen. Nos afecta mucho ver a un niño en una guerra, es lógico, pero no hay que irse lejos ni a una guerra para ver que hay mucha gente que lo está pasando muy mal. Lo que ocurre es que la parte emocional del dolor no se ve, aunque hace mucho daño y puede llegar a ser peor. Así que empezamos a trabajar en centros de menores y montamos el proyecto Educaclown. Fue hace cuatro años y no hemos parado. En la ONG creemos que el teatro, el humor, el clown... Son un bien social. Derecho a jugar y a reír lo tenemos todos. Y con esto consigues que el niño esté mucho mejor, se relacione con los otros, que libere estrés... Empecé de payasa de hospital y he acabado como payasa social. Sigo haciendo hospital en otros países, voy a centros de menores, hago píldoras de humor y doy clases de motivación, cohesión de grupos, liberación de estrés... Si nos contratan, el dinero lo destinamos íntegramente a pagar la parte social en los centros de menores.

Hablamos del clown relacionado con la risa, pero hay espectáculos de clown con los que he llorado muchísimo. ¿Está bien?
Sí, el clown es un navegante de las emociones. Somos sinceros. Y te puedo contar absolutamente todo. Si te explico mi verdad, tú conectarás conmigo. Puedes reírte, pero también puede ser algo muy triste que te haga llorar. Son emociones. La tristeza y la alegría lo son. Por eso para mí el clown es una forma de vida. Es estar en tu vida desde tu verdad y a partir de ahí hacer tu espectáculo como quieras. Para mí, es muy mágico. En general, trabajamos la risa, pero muchos clowns tienen historias complicadas.

¿Cómo lleva que payaso se emplee como insulto?
Cada cual ve el mundo con sus colores. A mí, que me digan payasa es lo mejor que me puede pasar en la vida. No hay nada mejor. Para otra gente lo mejor será que le llamen asesor financiero. Es verdad que se emplea como insulto, de forma peyorativa. El payaso, el bufón... Pero es él quien dice la verdad, riendo riendo, pero la dice. Desde el humor se pueden decir muchas cosas. Y, además, para ser clown tienes que ser inteligente, guapa, simpática, maravillosa, espectacular... [carcajada] No me afecta el uso de la palabra payaso. Es cultural y cada vez va a menos. ¡Con tantas películas de miedo!

¡Es verdad! Ahora parece que todos los payasos son chungos. It, el Joker...
Mira, no tengo televisión. Y no he visto ninguna de esas películas en el cine. A mí es que las pelis de miedo me dan mucho miedo. Sea payaso o cualquier otro personaje. No creo que la figura del payaso quede desvalorizada. He trabajado con niños que han sufrido abusos y también en quirófano, que supone una situación de mucho estrés para ellos. Me he quitado la nariz y he cogido a esos niños en brazos cuando he sentido que era necesario. Al final el clown lo hace la persona que está detrás de la nariz roja. Y antes que payasa soy persona.

viernes, 1 de noviembre de 2019

La noche de las velas


@martatorresmol


Las velas ardían en el fregadero de la cocina la Noche de Difuntos. Se encendían en el minuto justo en el que un día alcanzaba al otro. En silencio. Las llamas llenaban la casa de sombras. Alguna vez mi abuela me pilló de madrugada, pegada al borde de la pica, mirando hipnotizada aquella candela que se derretía, un mensaje de cera para decirles a nuestros muertos que les recordábamos, que les queríamos, que les echábamos de menos... Cada vela tenía la vida del ser querido al que representaban. Unas, las de quienes se fueron en plena juventud, se consumían rápido. Otras lanzaban su último aliento al amanecer, apurando todas las horas, como hicieron en vida, de una noche en la que, decía mi abuela, vivos y muertos podían sentirse unos a otros. Mi otra abuela no encendía velas en el fregadero de la cocina. Limpiaba los nichos de sus muertos, que son los míos. Encalaba subida a una escalera que pasaba de mano en mano en el cementerio viejo de la isla. Quitaba el polvo. Sacaba lustre a las lápidas. Reponía las flores. Sin dejar de hablar. De recordar. De explicar las vidas de aquellos que ya no estaban. El que se fue a Cuba. La que se enamoró de un marino. El que se fue a Rusia, a la guerra, y regresó en cuerpo pero nunca en alma. El que volvía de sus viajes con los bolsillos rebosando regalos y la cabeza, historias. Encendía velas en la capilla del camposanto. Sin dejar de rememorar a sus muertos, que son los míos, entre susurros. La que lloraba porque no la dejaban ir al colegio. La que contaba unas historias junto al fuego. El que estuvo a punto de morir en un duelo. Aquellas velas también tenían su propio ritmo. Mi abuela cerraba los ojos y rezaba. Yo miraba, embobada, aquel mar de pequeños fuegos. Unos agotándose en unos minutos. Otros demorándose. Cada una consumiéndose al ritmo de la vida por la que se iluinaban. Esta Noche de Difuntos encenderé una vela en la cocina. Pensando. La ilusión de saber que venías. Las veces que imaginamos tu carita. Los instantes que queríamos vivir contigo. Arderá. Apenas un suspiro. Te recordamos, te queremos, te echamos de menos, pequeño.

martes, 29 de octubre de 2019

"Sabía que publicar el libro finalista del Planeta supondría una confrontación con la iglesia"




Antonio Roig Roselló, escritor y excarmelita. ‘Todos los parques no son un paraíso. Memorias de un sacerdote’ es la novela con la que Antonio Roig Roselló (Ibiza, 1939) quedó finalista del Premio Planeta en 1976. En ella contaba sus experiencias homosexuales en Londres y tras su publicación, en 1977, fue suspendido a divinis por el arzobispo de Valencia.

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Le expulsaron de la Iglesia tras la edición de ‘Todos los parques no son un paraíso’. Visto lo ocurrido, ¿publicarla fue valentía o inconsciencia?
Un poco de todo. Tuve tiempo para meditar. Se publicó en el 77, pero lo escribí antes, sin pensar en la publicación, para mí, para aclararme. Algunas páginas las escribí llorando. A veces debía dejar de escribir porque no me atrevía a seguir. Al acabarlo fue cuando me di cuenta de que igual estaría bien pensar en publicarlo. ¿Fue una inconsciencia o una valentía? Pues se escribió en la época de Franco y venía de una orden estricta como son los carmelitas. Tenía muy poca visión del exterior y entre el 72 y el 75 había estado en Inglaterra y eso me dio otra visión y necesitaba aclararme. Eso hay que tenerlo en cuenta al leer el libro. Era tan difícil de asumir que le pedí a una persona que sabía que podía ser sincera hasta la crueldad que escuchase el libro y me dijera qué pensaba.
¿Escuchar el libro?
Sí, escuchar el libro. No lo quería soltar nunca. Tenía miedo de que desapareciese. Cuando estuvo escrito se lo expliqué a los hermanos que vivían conmigo y les dije que quería presentarlo en un día de retiro. Que si lo entendían serían capaces de perdonar. Pero no lo quería soltar, así que este compañero lo escuchó en dos tardes. Y su veredicto fue lo que me faltaba para embarcarme en la publicación del libro.
¿Qué le dijo?
Que si él tuviera dinero lo publicaría, pero que me iba a generar muchos problemas. Yo pensé que esos problemas los podía asumir y que si él estaría dispuesto a afrontar la publicación es que no había escrito un disparate. Los miembros de mi comunidad, al proponerles la presentación del libro, me decían, quizás con un poco de sorna, que lo presentara a un premio literario. Y es lo que hice. Fue el primer Planeta sin Franco.
Le suspendieron a divinis. ¿Cree que ahora le habría pasado lo mismo?
Un libro como ése, va a sonar un poco vanidoso, no se ha escrito nunca y no se va a volver a escribir. De hecho, no lo he vuelto a leer. Cuando he necesitado entrar dentro de mis sentimientos he cogido el segundo libro que publiqué: ‘Variaciones sobre un tema de Orestes’. El primero, que hay quien dice que es su libro de cabecera, jamás he podido volver a leerlo. Quedará para siempre. Es muy fuerte decir eso, lo sé, pero piensa que se publicó en 1977 y se acaba de hacer una edición en digital.
¿Era consciente de las consecuencias que tendría?
En el libro, de una manera subliminal, hay unas tesis que no quería que pasaran desapercibidas. Yo lo veía. Sabía que iba a entrar en una confrontación que iba a trascender a todos y que ellos tendrían que hacer lo que debían hacer, lo que estaban obligados a hacer, incluso. Lo que no pensaba es que hubiera ensañamiento y crueldad. Y los hubo.
¿Ensañamiento?
Sí. Que me expulsen el día 4 de enero y que me den 24 horas, en pleno invierno, para marcharme. Sin trabajo ni nada. Me dijeron que podía quedarme con mi libro y pensé que era ironía. Pero no. Ése era todo el capital que tenía. Me extendieron un cheque de 50.000 pesetas, que rechacé. Y me quedé en la calle.
¿Cómo se sobrevive en la calle un 4 de enero con sólo un libro como capital?
Pues ocurrió lo que no pensaba: mis amigos se fueron y aparecieron otros. Los homosexuales, en ese momento, no me ayudaron. Quizás no lo entendieron. Cuando terminó todo, me fui a Barcelona para poner un poco de tierra por medio y para resolver temas de la publicación con la editorial. Tenía claro que tenía que vivir en Valencia. Allí había ocurrido todo, no quería esconderme, quería que mi vida diaria fuera un recordatorio. Para mi sorpresa, un día que cogí el metro estando en Barcelona me entregaron una hojita y, al mirarla, vi que era del Front d’Alliberament Gai. De ahí me fui a pasar un tiempo a Inglaterra. El libro comenzó a dar sus frutos y me llamaron de una academia muy prestigiosa, el Centro Internacional de Lengua y Cultura Española. Empecé a trabajar allí en el 79, después de un tiempo sin empleo, y allí me jubilé.
¿No perdió la fe?
Yo, íntimamente, no. Lo digo siempre. Conozco un sacerdote que ha seguido con su vida y dice claramente que es ateo. Y eso que había sido experto en las Sagradas Escrituras. Yo nunca he dudado del amor de Dios y me mantengo ahí, por eso no he renunciado de mi sacerdocio.
¿Cree que si hubiera relatado experiencias heterosexuales en vez de homosexuales el resultado hubiera sido el mismo?
No sé cómo se podría enfocar hablando de otras personas. Una de las facetas que tuve en mi vida como sacerdote fue la de orientador de cursos matrimoniales. Conservo muy buen recuerdo y me guardaba mucho de hablar de mi experiencia. Pero podía entender el amor. Lo tremendo para mí en la Iglesia es que no se trataba de la dinámica del amor o vivencias universales en las que cupiéramos todos.
¿Le han entendido?
Me procurado relatar las cosas en los tres libros que escribí, que forman una trilogía, para conocer mi propio pensamiento. No tengo internet en casa, pero me voy encontrando personas que han escrito de mí, de mi trayectoria, de una forma muy inteligente. Me gustaría destacar a David Vilaseca, profesor de la Universidad de Londres. Quise conocerlo, pero había fallecido en un accidente de bicicleta. Escribió ‘La risa kafkiana de Antonio Roig’, que me produjo emoción porque hablaba de la risa y de Kafka. En una de sus publicaciones hace un estudio de varios personajes o corrientes. De Terenci Moix destaca los aspectos eróticos y sexuales y cuando habla de mí, me emociona pensarlo, ¿sabe qué dice de mí, un fraile ingenuo, frágil e ignorante para muchos, un profesor de la Universidad de Londres?
No, dígame.
Destaca los tintes políticos y revolucionarios. Eso es lo que él ha leído en mis libros y por eso me produce sorpresa cuando veo que se confronta mi pensamiento de forma superficial. Muchas veces habría que leer un poco mejor. En su momento no sabía nada de política. Acabé la carrera de Psicología, que estudié porque entendí que debía hacerlo, a los 52 años. Al llegar al último curso, había optativas y escogí Psicología Política. El profesor me puso la máxima calificación: matrícula de honor. La trilogía hay que enmarcarla en la Transición, aunque la escribí en un estado naïf, ingenuo, sin saber nada de política. Mi historia sin la Transición no se hubiera entendido. Ten en cuenta que he corrido peligro físico y me he sentido protegido por la policía.
Ahora algunos ponen en duda la Transición.
Sí, pero se escuchaban muchas ideas y no había la violencia que hay ahora. Había unos pactos que hoy día se echan en falta. Cuando se pacta se tiene que escuchar al otro y bajar un poco para que el otro suba un poco. Es lo que le pasó a mi historia, que no me escucharon. Pasó algo muy grave que he descubierto ahora, con la sentencia del Procés y los disturbios en Barcelona. He aprendido que el último plazo de la sentencia es entregarla al sentenciado. Pues a mí, el señor arzobispo de Valencia José María García Lahiguera me suspendió a divinis, pero no puso en mis manos ningún papel, no tengo una sentencia. Eso no se puede hacer. Para algo tan grave. Cuando los periódicos de Valencia dieron la noticia de que el arzobispo había pasado un trámite más para la canonización, alguien escribió que el mayor obstáculo que tendría para eso es la forma en que tramitó el asunto del reverendo padre carmelita Antonio Roig. Pues ese comentario ya ha desaparecido, la mano larga de alguien está intentando limpiar cosas. Imagina el consuelo que me daría, al llegar la noche, acostarme y ver un rostro decir; «tengo que hacerte eso, pero me duele en el alma». Pues no. No veo nada. Se me condena. Da igual la sentencia. No la tengo.
¿La iglesia tiene la mano larga?
El poder, en general, tiene la mano larga. Las manos. Porque tiene varias: la mano que se ve y la invisible. El poder está en todas partes y tenemos que andarnos con mucho cuidado. Es una alegría venir aquí, a casa, y que se me escuche. Lo agradezco con toda el alma. Me gusta llegar al público. Quienes vengan me pueden preguntar todo lo que quieran.
¿Todo?
Sí, si algo no lo sé, diré que no lo sé. También hay cosas que no he dicho nunca.
Publicó tres libros, el último ‘Vidente en rebeldía. Un proceso en la iglesia’, en 1979. ¿Tiene previsto publicar más?
Tengo escritos media docena de libros y me gustaría que se publicaran. Sobre todo alguno de ellos. Uno tiene dos vertientes. La primera quién es Dios para mí, que tengo 80 años. Hago esa reflexión en forma de cuento, con vivencias personales. El título es ‘La casa de las escaleras’. Arranca en mi infancia, en mi casa. En la parte de arriba vivía una hermana que tenía tuberculosis y en la de abajo vivía mi madre, que había perdido ocho hijos y a la que le pesaban las piernas. Yo era el intermediario entre arriba y abajo. Además, he hecho un guiño a ‘La subida al monte Carmelo’, de San Juan de la Cruz. En mis libros no hay nada gratis. La segunda vertiente es la de un hombre de 80 años que reflexiona sobre el sexo. Ése es el libro. Me encantaría publicarlo porque es mi legado, mi testimonio. Nunca voy a renegar de él. No soy un converso, soy una persona que cree que el sexo hay que integrarlo, no reprimirlo.
¿También en la Iglesia?
¡Claro! Mira, hay una frase de Pascal a la que le tengo mucho cariño: «El hombre no es ni ángel ni bestia, y para su desgracia, el que quiere hacer de ángel hace de bestia». Ahí puede la Iglesia poner el sexo.

lunes, 21 de octubre de 2019

El hereje, de Miguel Delibes


'El hereje', de Miguel Delibes | @martatorresmol

Hace unos meses, una mujer que asiste a un club de lectura me dijo que una novela de Noah Gordon (no me preguntéis cuál, no me acuerdo) le había recordado a 'El hereje', de Miguel Delibes. Me sorprendió. Y me quedé dándole vueltas a esa idea. Había leído 'El hereje' hacía mucho, cuando aún iba al instituto y tuve una época en la adolescencia en la que tras leer 'El médico' (había visto a mi padre ventilárselo en dos tardes) devoré todo lo que había de Gordon en la biblioteca de casa. Habiéndolos leído a los dos no tenía la sensación de que tuvieran alguna similitud, pero... Tengo en cuarentena muchas de las lecturas que hice en la adolescencia y la preadolescencia. Leía muchísimo, lo que me llamaba la atención de aquellas enormes estanterías a reventar de libros. Muchos de los títulos, comprendí, con los años, debería haberlos leído un poco más adulta. O más madura. Con más vida a mis espaldas. Más piedras en la mochila. Más viajes en el alma. Más tiritas en el corazón. Más arrugas en las fronteras de los ojos. Más...

Unos meses más tarde, en la misma librería en la que me la había encontrado, en el maravilloso rincón de los libros de segunda mano me encontré una edición de 'El hereje'. De las que me gustan. Tapa dura. Sobrecubierta. Tira trenzada de hilo para marcar las páginas. De 1999 (un año después de que Delibeslo publicara). Y nuevo. Apuesto mi templo hindú para dioses literarios a que ese libro no se había leído jamás. Creo en las señales, así que me lo llevé. Y no pasó siquiera por ese purgatorio que es la siempre creciente montaña de libros crecientes. Entiendo lo que quiso decir aquella lectora de la librería, pero no. Hay años luz de diferencia entre Delibes y Gordon. Gordon te lleva en tren por sus historias. Las ves a través de la ventanilla, las entiendes, te emocionan, te gustan. Llegas a la última página y te bajas del tren. Delibes te pasea a pie por sus páginas. En burro. O, como mucho, a caballo. Te metes en la historia, conoces a los personajes, los hueles, te manchas los pies de barro, te mojas cuando llueve. Cuando llegas al final del camino. Cuando te bajas del burro o, incluso, del caballo, te duele todo. Cansada, pero feliz.

'El hereje' comienza en barco. En mitad del mar en el siglo XVI. En un barco en el que el protagonista, Cipriano Salcedo, no lo pasa bien. No es por las olas ni porque se maree ni por los olores de la vida abordo. Es por el cargamento que lleva. Unos libros prohibidos por la iglesia católica que le pueden suponer un problema con el Santo Oficio. Justo en el momento en que avistan el puerto y Cipriano respira tranquilo al ver a su criado esperándole, como habían quedado, Delibes nos hace dar una voltereta hasta la Valladolid de unos años antes, la de 1517, el año en el que Lutero desencadena el cisma de la iglesia católica y el año en el que nace Cipriano Salcedo. La novela recorre de forma magistral la vida de ese niño (los problemas del parto de su madre, su relación con su nodriza, el desapego de su padre, el descubrimiento de la fe, los años como estudiante, el éxito empresarial, la obsesión por una mujer, el noviazgo con otra, el enamoramiento final de una tercera, las dudas sobre el camino de esa fe, las intrigas...) hasta que es adulto mostrando (y uso este verbo porque de verdad lo ves) cómo funcionaba la sociedad de la época. Cómo se expresaban o escondían los sentimientos, la relación entre los integrantes de las diferentes clases sociales, la forma en la que se vivía acorde a lo que estaba bien visto, los problemas que podía suponer no ajustarse a lo establecido, el miedo a lo que podía hacer la iglesia si te apartabas del camino marcado, la valentía de quienes intentaban ir más allá, los riesgos y la aventura de militar fuera de los dogmas, la doble moral, los tratamientos médicos... Sencillamente, fascinante.

"El 'Hamburg', una galeaza a remo y vela, de tres palos, línea enjuta y setenta y cinco varas de eslora, dedicada al cabotaje, rebasó lentamente la bocana y salió a mar abierta. Amanecía. Se iniciaba el mes de octubre de 1557 y la calima sobre la superficie del mar y la estabilidad de la nave presagiaban bonanza, una jornada calma, tal vez calurosa, de sol vivo y suave viento del norte. Era el 'Hamburg' un pequeño barco de carga, dotado con cincuenta y dos marineros, al que su capitán, Heinrich Berger, con un agudo sentido de la economía personal, superponía en el buen tiempo dos pequeñas tiendas de campaña sobre las cuadernas de toldilla para alojar a cuatro posibles pasajeros de confianza, mediante un módico estipendio.
En la primera de estas tiendas, viniendo de proa, viajaba ahora un hombre menudo, aseado, de barba corta, al uso de Valladolid, de donde procedía, tocado de sombrero, con calzas, jubón y ropilla de Segovia, que, acodado en el pasamanos de babor, oteaba con un anteojo el puerto que acababan de abandonar."

Título: 'El hereje'
Autor: Miguel Delibes
Páginas: 430
Precio: 3€ 
Procedencia: librería segunda mano

domingo, 13 de octubre de 2019

Olga


'Olga', Bernard Schlink | @martatorresmol

A los libros con nombre de persona hay que temerles. No se suele salir de ellos indemne. Y a pesar de eso son como un abismo. Hay algo en los libros con nombre de persona que te empuja a asomarte a ellos. Poner los pies en el borde, cerrar los ojos, sentir el viento y la adrenalina. Y que pase lo que tenga que pasar. Y con 'Olga', de Bernhard Schlink, lo que pasa es que te rompe. Te da un toquecito, al principio, no te das cuenta, pero consigue que poco a poco, página a página, te vayas resquebrajando. Porque la historia de Olga, nacida a finales del siglo XIX, es de las que te tocan. De esas que te gustaría que tuvieran un final feliz porque Olga se lo merece, pero con las que sabes que no hay final feliz posible. Porque a Olga, la felicidad, le ha sido esquiva toda la vida. Desde que era una niña.

Olga es huérfana. Cuando sus padres enfermaron se quedó con una vecina que la quería, pero murieron pocos días después y, en vez de permanecer con aquella mujer que hubiera sido feliz cuidándola, se tuvo que ir con su abuela, una mujer fría, que pretende cambiarle el nombre por uno más alemán y que nunca aprobó el matrimonio de sus padres. Olga es lista. Y tiene ideas propias. Y los pómulos altos. Y cree en las personas. Y sabe salir adelante. Y quiere. Quiere mucho. A quien quiere. Y abraza las pequeñas felicidades con las que, como si fuera un error, el destino salpica su vida. Los juegos con sus amigos Viktoria y Herbert. Los besos del amor de su vida. Sus pequeños logros en la escuela. El niño que la quiere como si fuera su madre. Olga es de esas personas que no tira la toalla. Y aunque sabe la verdad, siempre deja un resquicio en su cabeza y su corazón para lo que sueña cada noche. Una mujer que escribe durante años a su amor, perdido durante una expedición al Ártico, aunque sabe que debe dormir bajo el hielo hace mucho. Una mujer que toma decisiones duras en silencio. Una pequeña heroína, de las que hubo y hay tantas, una heroína de lo cotidiano, que libra sus batallas personales mientras el mundo, la sociedad, los países, libran otras.

Una mujer a la que Schlink presta su voz. Él nos cuenta, con tanta crudeza como ternura, su infancia, él escribe sus cartas que navegan hacia el Ártico, hacia nadie, él se mete en la piel del niño al que Olga crió y al adulto en el que se convierte para contar, en tres partes, desde tres puntos de vista, una historia de la que es muy difícil salir indemne y que debería llevar, en esas fajas que no sirven más que para ensuciar portadas, un mensaje: "Este libro rompe".

"-No te va a estorbar nada, lo que más le gusta es mirarlo todo.
Al principio, la vecina con quien la madre había dejado a su hija no se lo creía, pero realmente fue así. La niña, que tenía un año, entró en la cocina y se dedicó a observarlo todo: la mesa y las cuatro sillas, el aparador, el horno con las sartenes y los cucharones, el fregadero, con el espejo encima y la palangana, la ventana, las cortinas y, finalmente, la lámpara que colgaba del techo. Entonces dio unos pasos y se detuvo ante la puerta abierta del dormitorio, desde donde siguió su examen: la cama, la mesita de noche, el armario, la cómoda, la ventana, las cortinas y, finalmente, una vez más, la lámpara. Parecía sumamente interesada, aunque el piso de la vecina tenía casi la misma distribución y el mismo mobiliario que el de sus padres."

Título: 'Olga'
Autor: Bernard Schlink
Traductor: Carles Andreu
Editorial: Anagrama
Páginas: 256
Precio: 19,90€
Procedencia: Bookish

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