lunes, 5 de octubre de 2020

Inés del alma mía (Isabel Allende)


Inés del alma mía, de Isabel Allende | @martatorresmol


Descubrí quién era Inés Suárez hace un año y medio, a raíz del calendario 'Tiempo de mujeres, mujeres en el tiempo', que dedicó 2019 a exploradoras y aventureras (podéis descargarlo aquí). Historias, vidas en realidad, todas ellas fascinantes. Inés Suárez no aparecía en él, pero llegué a ella buscando información sobre Mencía Calderón, otra de aquellas mujeres que se aventuró a cruzar el Atlántico rumbo al Nuevo Mundo. Ya entonces supe que Isabel Allende había escrito un libro sobre ella. Y lo anoté en mi libreta de libros que me gustaría leer. Y ahí se quedó. Hasta hace un par de semanas, cuando vi el anuncio de la serie que se ha hecho sobre el libro. Y corrí a buscarlo. Para conocer la historia en papel antes que en pantalla. Por suerte, un librero de viejo lo tenía, y en esa maravilla de colección Areté de Plaza y Janés. Libros grandes, pesados, de tapa dura, márgenes anchos, letra generosa, aire entre líneas y palabras y dorados en la sobrecubierta. Y apenas por un euro. 

'Inés del alma mía' empieza en la cama, con una Inés Suárez ya mayor, de pelo cano y alma dispuesta a marcharse. Pero no sin dejar escrito antes todo lo que vivió. La aventura de embarcarse a las Indias en busca de su marido, la de sobrevivir remendando calzas y vendiendo empanadas, la de cruzar el desierto rumbo a un territorio desconocido, la de enfrentarse a los mapuches, el hambre, la sed, el agotamiento extremo, la de fundar una ciudad, la de gobernarla... Lo mucho que amó a los tres hombres de su vida. Juan de Málaga, en su Extremadura natal, su marido, mujeriego y guapo y gracioso, que le descubrió el amor y los secretos de alcoba. Pedro de Valdivia, en Perú, soldado, fuerte, soñador, tan apasionado en la conquista como ingenuo entre sábanas, casado con una mujer etérea que quedó allá lejos, en España y con quien compartió la salvaje conquista de Chile. Rodrigo de Quiroga, amigo antes que marido, soldado también, risueño, valiente, con la cabeza bien puesta y las manos y los labios cuajados de amor. 

Así, desde la cama, en noches de insomnio y arropada por los fantasmas de quienes un día la acompañaron en una vida con la que la joven Inés no podría haber soñado jamás. Inés, que va y vuelve de sus recuerdos mientras escribe, no escatima detalles. Por duros que éstos sean. Las atrocidades que cometieron los españoles en su llegada al Nuevo Mundo para apropiarse de recursos y personas están ahí. También las cruentas respuestas que recibieron en ocasiones de un pueblo que no estaba dispuesto a ceder sus riquezas y su libertad por las buenas. Tampoco se olvida de las humillaciones y los peligros a los que se enfrentaban, además de a los propios de la aventura, las mujeres. Hay mucho sufrimiento en este apasionante relato que parte de un pueblo de Extremadura y acaba en Santiago, en Chile, pasando por meses de dura travesía en barco, Panamá y Perú. También mucha valentía. En quienes luchaban y se adentraban en selvas, desiertos y rutas nunca exploradas por el hombre blanco, sí, pero también y sobre todo de aquellos que les acompañaban y cuyos nombres nunca quedaron escritos. Mujeres e indígenas. Soportaron las mismas calamidades que los aguerridos conquistadores. Y muchas veces a pie, sin un caballo o una mula. Y cargados con comida, agua, catres, armas, tiendas, baúles... 'Inés del alma mía' es la historia de una costurera que se enfrentó a lo que más miedo le daba, el océano, por amor. Que no regresó a España cuando supo la suerte que había corrido su marido precisamente para no volver a montarse en un barco. Y que llegó a ser gobernadora de Santiago de la Nueva Extremadura, por su valía. Porque era una mujer valiente, con arrestos, capaz de afear conductas crueles a su amante, el gobernador Pedro de Valdivia, lista, inteligente, que curaba huesos, soportaba la fetidez y el dolor de las peores heridas, apreciada por los más débiles, a quienes defendía y por cuyo bien procuraba, capaz de encontrar agua en el desierto, de cocinar empanadas cuando no quedaba un gramo de carne, de comunicarse con los mapuche y que blandía la espada como el más experimentado de los guerreros. Sencillamente apasionante.

 "Soy Inés Suárez, vecina de la leal ciudad de Santiago de la Nueva Extremadura, en el Reino de Chile, en el año 1580 de Nuestro Señor. De la fecha exacta de mi nacimiento no estoy segura, pero, según mi madre, nací después de la hambruna y la tremenda pestilencia que asoló a España cuando murió Felipe el hermoso. No creo que la muerte del rey provocara la peste, como decía la gente al ver pasar el cortejo fúnebre, que dejó flotando en el aire, durante días, un olor a almendras amargas, pero nunca se sabe. La reina Juana, aún joven y bella, recorrió Castilla durante más de dos años llevando de un lado a otro el catafalco, que abría de vez en cuando para besar los labios de su marido, con la esperanza de que resucitara. A pesar de los ungüentos del embalsamador, el Hermoso hedía. Cuando yo vine al mundo, ya la infortunada reina, loca de atar, estaba recluida en el palacio de Tordesillas con el cadáver de su consorte; eso significaba que tengo por lo menos setenta inviernos ente pecho y espalda y que antes de la Navidad he de morir. Podría decir que una gitana a orillas del río Jerte adivinó la fecha de mi muerte, pero sería una de esas falsedades que suelen plasmarse en los libros y que por estar impresas parecen ciertas. La gitana sólo me auguró una larga vida, lo que siempre dicen por una moneda". 

Título: Inés del alma mía 
Autora: Isabel Allende 
Editorial: Plaza y Janés 
Páginas 368 
Precio: 1€ 
Procedencia: librería de segunda mano

martes, 29 de septiembre de 2020

El invitado (Elizabeth Day)

 

El invitado

Quizás la historia de 'El invitado', de Elizabeth Day, no sea la más original del mundo (chico listo de familia humilde que consigue una beca para centro de chicos ricos donde se hace amigo íntimo del rico, guapo y popular...), pero reconozco que la joven británica sabe contar. Muy bien. Porque a pesar de que la historia, seguramente, la hemos visto mil veces (perdón por la hipérbole, mi parte sureña predomina hoy) en las series de adolescentes y universitarios, la forma de contarla atrapa. Desde el primer momento. En esa sala de interrogatorios en la que Martin Gilmour, con una taza de té pasado en las manos, empieza a surfear entre las preguntas de Traje Gris y Pelo Beis, detectives de la policía, sobre la fiesta de Ben, su millonario amigo del alma. Algo grave ha pasado, pero no sabemos qué. No lo sabremos, de hecho, hasta casi 400 páginas después, ya que Day va alternando el interrogatorio con largos capítulos en los que va contando la vida de Martin, imprescindible para entender qué pasó en la fiesta. Un desenlace, ya aviso, lógico. El interrogatorio y la vida de Martin se intercalan también con una tercera pata de la estructura, la voz de Lucy, la mujer de Martin, su historia y un cuaderno que escribe en algún lugar en el que se encuentra retenida.

Day es cruda, bruta, directa, sucia, incluso, a la hora de narrar. También sibilina. Diciendo lo justo, para que sea el propio lector quien vaya hilando. Elucubrando. Cogiendo las pistas que ella va dejando para tratar de adivinar, antes de llegar al final de las páginas, los secretos y misterios que explican la extraña relación de Martin con Ben. El extraño matrimonio de Martin de Lucy. El extraño comportamiento de la familia de Ben con Martin. Todo es extraño. Pero, en realidad, todo es muy lógico. Lo más lógico, de hecho. Y ahí está la gracia. En ese juego en el que el lector quiere adelantarse a los capítulos. Y en el que cada acierto es una pequeña victoria. 

Cuando estás en la adolescencia de Martin estás deseando volver al interrogatorio para saber qué pasó en la fiesta, cuando estás en la fiesta estás deseando volver al pasado para tener más pistas de por qué está pasando lo que está pasando, cuando estás en el pasado estás deseando volver al interrogatorio para... Un bucle constante del que no te puedes separar a pesar de que, eso sí tengo que decirlo, los personajes son bastante desagradables. Hay algo turbio en algunos, otros son malas personas y la única que queda fuera de ambas categorías, la buena de Lucy, con la que empaticé en un primer momento, acabó por desesperarme porque, ¿cómo no se había dado cuenta antes de que...? Vale, es buena, es leal, es divertida, es inteligente... por eso me ha dado coraje que la escritora no le regalara un gran final, el que se merecía, una vuelta de tuerca, algo que se saliera de esa lógica, unos fuegos artificiales, vaya. Los demás son todos egoístas, traicioneros, interesados, soberbios, clasistas, crueles... Aunque pretendan hacer que no lo son. Sus personalidades están llenas de recodos y escondites en los que se esconden sus auténticas intenciones y sentimientos. Nada es diáfano. Nada queda a la vista. Hasta esa fiesta en la que Ben y su altísima, guapísima y ambiciosísima mujer les hacen un feo a Martin y Lucy. Hasta esa noche en la recién estrenada mansión, en la que no falta ni el primer ministro, en la que llueve el champán y que no termina, precisamente, como sus anfitriones, que citan a sus supuestos amigos antes de que empiece la fiesta, esperan. Con uno de sus invitados en una sala de interrogatorios en la que confesará mucho más de lo que nadie espera.

"La sala de interrogatorios es pequeña y cuadrada. Una mesa, tres sillas de plástico, una ventana alta de cristal translúcido mugriento y cubierto de polvo, tubos fluorescentes; sobre nuestros rostros se proyecta una lóbrega sombra amarilla. 
Dos tazas de té: una para la agente de policía y otra para mí. Con leche y dos azucarillos. Demasiada leche, aunque no estoy en disposición de quejarme. El borde de mi taza está cuajado de marcas de dientes allí donde, unos minutos atrás, he mordido el poliestireno. 
Las paredes son de un blanco grisáceo. Me recuerdan a las pistas de squash del RAC de Pall Mall donde, hace tan solo unos días, le pegué una paliza a un contrincante que iba varios puestos por delante de mí en el ranking del club. Era banquero. Con la cara rubicunda. Pantalones cortos y anchos. Unos músculos sorprendentemente esbeltos y tensos. Me lo merendé con bastante rapidez: servicio, pelota cortada, smash. El sonido de la pelota de goma al rebotar contra el cemento, un gran punto verde oscuro al final de cada intercambio de golpes. Gruñidos. Maldiciones. al final, la derrota. Una agresión contenida entre cuatro paredes". 

Título: El invitado 
Autora: Elizabeth Day 
Traductora: Begoña Prat Rojo 
Editorial: Duomo Nefelibata 
Páginas: 368 
Precio: 18,50€ 
Procedencia: comprado (Bookish)

domingo, 20 de septiembre de 2020

Relatos de Sevastópol (Lev N. Tolstói)

Relatos de Sevastópol

Sevastópol. Allí, entre sangre, muerte, dolor y pólvora. Allí, bajo las estrellas que se confunden con bombas y bombas que uno cree estrellas. Allí, con el frío y el hambre arañando la piel y las tripas. Allí fue donde Tolstói se convirtió en general de las letras. Así lo explicó el propio escritor, que llegó al sitio de Sevastópol en noviembre de 1854 y que, más allá de disparar y asaltar trincheras, lo que hizo fue mirar. Observar. Fijarse. En los detalles, sí, en las acciones, también, pero sobre todo en los soldados. En sus compañeros de batalla. En sus miedos, sus ilusiones, sus esperanzas, su valentía y su arrojó, sí pero también sus muchas dudas. Y eso, más que la acción del ejército ruso contra la alianza turco-anglo-francesa, es lo que cuenta en las tres crónicas del sitio de Sevastópol: diciembre, mayo y agosto. Más que de literato, más que de soldado, Tolstói ejerce de periodista. De los que están, ven, oyen, sienten, comparten las vivencias y luego, con calma, las escriben. Estos relatos, que se adentran en los pensamientos y el día a día de sus compañeros, le han valido que se le considere el primer corresponsal de guerra moderno. Él, sin embargo, y a pesar de contar con el entusiasmo del zar, que impidió que la censura las prohibiera, no las vio nunca publicadas. No completas. Ni el propio Alejandro II consiguió que la censura no metiera sus largas zarpas en esos tres relatos.

Adentrarse en las páginas de los 'Relatos de Sevastópol' es meterse de lleno en unas calles en las que la vida urbana se confunde con la del campamento militar, donde los marineros que fuman se mezclan con los soldados que hacen guardia y con las muchachas que, en ese caos, pasean tratando de no mancharse sus vestidos de tonos empolvados. Una ciudad en la que los proyectiles se amontonan en cualquier rincón y en cuyas puestas de sol, sobre un mar (la Mar) plagado de botes y barcos, el sonido de los disparos acompaña el vals que interpreta la orquesta de uno de los regimientos. Es colarse en las conversaciones de tenientes, es temer por los que van al cuarto bastión, sonreír al leer que en mitad de una guerra un hombre puede pensar más en una mujer de pañuelo rojo que en su más que posible muerte, aguantar la respiración con la certeza de que esos dos hermanos que se han encontrado en el frente están diciéndose sus últimas palabras porque al menos uno de ellos tiene los días contados. Es contar las vértebras que se les marcan a los soldados a través de las viejas y sucias camisas, sentir la vergüenza del que se tira al suelo huyendo de una bomba que, misericordiosa, le deja entero, y el enfado de saber que un alto cargo del ejército cuenta billetes mientras sus hombres apenas tienen que llevarse a la boca. Es ver cómo, mes a mes de ese año de sitio, todo es cada vez más sucio, más repugnante, huele peor. 

No hay atisbo de romanticismo en esta suerte de diario de la guerra. No hay épica. Ni victoria ni derrota. Hay un día a día. Incierto. En el que las conversaciones de taberna se mezclan con el horror, la muerte y el dolor. Leer 'Relatos de Sevastópol' es vivir esos meses, de diciembre a diciembre, llegando, palabra a palabra, a la misma conclusión a la que llegó Tolstói: "Las cuestiones que no resuelven los diplomáticos menos aún las resuelven la pólvora y la sangre". 

"La aurora ya empieza a colorear el horizonte sobre al colina Sapún. La superficie azul del mar ya se ha despojado de la oscuridad de la noche y espera el primer rayo para empezar a jugar con su alegre brillo. Desde la bahía llegan el frío y la niebla. No hay nieve, todo está oscuro, pero el penetrante hielo de la mañana golpea en la cara y cruje bajo los pies y solo el incesante rumor lejano del mar, rara vez interrumpido por un estruendo de disparos en Sevastópol, rompe el silencio de la mañana. En los barcos un ruido sordo marca la octava media hora.
En la bahía Norte la actividad diurna poco a poco empieza a sustituir a la tranquilidad de la noche: aquí los centinelas se relevan haciendo sonar las armas; allí un médico va con prisa al hospital. Aquí un soldado se arrastra fuera de su cueva, se lava su bronceada cara con agua helada y, volviéndose hacia el rojizo Este, se santigua rápidamente y reza."

Título: Relatos de Sevastópol
Autor: Lev N. Tolstói
Traductora: Marta Sánchez-Nieves Fernández
Editorial: Alba
Colección: Alba Clásica
Páginas: 216
Precio: 16€
Procedencia: comprado

lunes, 31 de agosto de 2020

Lo que el viento se llevó (Margaret Mitchell)




Siempre quise ser Escarlata O'Hara. De niña, cada vez que la veía en la televisión, quería ser como ella. Tan guapa. Con los ojos tan verdes. Con aquellos vestidos tan bonitos. Rodeada siempre de hombres enamorados de ella. Bromista. Divertida. Valiente. Lo único que no me gustaba era que estuviera ella tan enamorada del soso de Ashley Wilkes. No me parecía guapo. Ni divertido. Ni irónico. Ni interesante. No sé las veces que he visto 'Lo que el viento se llevó', pero sean las que sean, me parecen pocas. Durante muchos años, además, creía que la película se acababa con aquel contraluz en el que Escarlata, con un puñado de la tierra roja de Tara en su mano, jura, en el flamígero atardecer sureño, que nunca más volverá a pasar hambre. No fue hasta bien entrada la adolescencia cuando descubrí que aquello era sólo la primera parte, que quedaba mucha historia después de aquel momento. Y no ha sido hasta ahora, leyendo la novela de Margaret Mitchell, cuando he descubierto que 'Lo que el viento se llevó' no es una historia de amor. La hay, claro que sí. Las hay, muchas. Pero eso es lo de menos. El amor (y el desamor) es algo que le pasa a los personajes mientras trazan sus propios caminos.

Todos tenemos en la cabeza el amor tozudo y eterno de Scarlett por Ashley Wilkes, al que insiste en amar a pesar de sus respectivos matrimonios y que nunca va más allá, en lo físico, de un par de besos. Y el amor salvaje entre ella y Rhett Butler, una maravilla de personaje. Canalla que reconoce que lo es. Práctico. Irónico. Listo. Bromista. Capaz de leer la mente de las mujeres. Un hombre enamorado que se esfuerza en aparentar que no lo está. Fabuloso sobre el papel o la pantalla, pero, reconozcámoslo, un infierno en la realidad. Pero eso, esos dos amores, son una pequeñísima parte de la fabulosa novela de Mitchell, por la que recibió el Pulitzer, por cierto. 'Lo que el viento se llevó' es la historia de una mujer capaz de salir adelante en cualquier situación. Una mujer con una cabeza tan capacitada para los negocios que asusta a los hombres y a la sociedad conservadora de Estados Unidos de mediados del siglo XIX. Una mujer hermosa que se niega a ser sólo eso pero que se aprovecha de ello, el único camino de una mujer en ese momento, para sacar de la miseria y los problemas a toda su familia. Y a aquellos que quiere. Pese a quien pese. Y llevándose por delante a quien sea necesario. Y lo consigue. Escarlata sale adelante, se rehace, del hambre, de la guerra, del desamor, de las malas lenguas, de los negocios, de las desgracias, de la pobreza. Nada, absolutamente nada, puede con ella. La muchacha feliz y despreocupada que en los primeros capítulos se pelea con Mamita (bombonazo de personaje, no me extraña que le dieran más peso en la película) por los modales que debe tener una señorita bien educada se va convirtiendo, con el paso de las cerca de mil páginas de este novelón, en una mujer valiente, emprendedora y decidida a valerse por sí misma y a conseguir lo que quiere, que no es otra cosa que una seguridad económica que le permita mantener su adorada tierra roja de Tara y garantizarle todos los lujos posibles. Eso, según los dictados de la época, debería proporcionárselo un hombre. Pero no tenerlo, o no tener a uno capaz de lograrlo, no es algo que la detenga.

Visto desde la actualidad, es inevitable que el tratamiento que hace la novela hacia los esclavos chirríe. Se habla en todo momento de ellos como personas que forman parte de las familias, que cuidan y ayudan a sus amos en la misma medida en que ellos cuidan y protegen a sus esclavos. Estos mismos, además, alaban a quienes les compraron y desprecian a los negros libres que llegan al sur cuando los yankees ganan la guerra. Evidentemente, el libro refleja la forma de pensar de los protagonistas de la novela, un reflejo de la sociedad sureña de la época, pero se hace muy difícil no arrugar la nariz cada vez que Mamita o Peter (el leal esclavo de la tía Pitty) hacen algún comentario al respecto. A pesar de esto, no entiendo (bueno, sí, pero ya me entendéis) la censura que se aplicó durante unos días a la película. Y todo lo que se dijo. No podemos juzgar con mentalidad del siglo XXI obras de otras épocas. Podemos hacer lecturas o visionados críticos, teniendo en cuenta qué ahora no sería aceptable, pero no borrarlas del mapa. Son reflejo de una época, o de una forma de pensar de una época. Tampoco creo que se deba censurar 'Lolita', por muy despreciable que, llevada a la realidad, me parezca la historia. Con esa regla de tres sólo podríamos leer y ver, por tanto, conocer, aquello que se atiene a las normas, la ley o lo políticamente correcto. Y eso, queridos, ya lo hacen, en cierta forma, los algoritmos de las redes sociales mostrándonos sólo aquello que nos va a gustar o con lo que estamos de acuerdo. Y así nos va, cada vez más intolerantes con lo diferente, que ya no es diferente sino enemigo, y sin capacidad para escuchar y reflexionar sobre lo que viene de la otra orilla.

"Scarlett O'Hara no era bella, pero los hombres no solían darse cuenta de ello hasta que se sentían ya cautivos de su embrujo, como les sucedía a los gemelos Tarleton. En su rostro contrastaban acusadamente las delicadas facciones de su madre, una aristócrata de la costa, de familia francesa, con las toscas de su padre, un rozagante irlandés. Pero era el suyo, con todo, un semblante atractivo, de barbilla puntiaguda y de anchos pómulos. Sus ojos eran de un verde pálido, sin mezcla de castaño, sombreados por negras y rígidas pestañas, levemente curvadas en las puntas. Sobre ellos, unas negras y espesas cejas, sesgadas hacia arriba, cortaban con tímida y oblicua línea el blanco magnolia de su cutis, ese cutis tan apreciado por las meridionales y que tan celosamente resguardan del cálido sol de Georgia con sombreros, velos y mitones."

Título: Lo que el viento se llevó
Autora: Margaret Mitchell
Traductores: Juan G. de Luaces / J. Gómez de la Serna
Editorial: RBA
Páginas: 990
Precio: 1,50€
Procedencia: mercadillo

lunes, 24 de agosto de 2020

Memorias de una vaca (Bernardo Atxaga)

 

'Memorias de una vaca', de Bernardo Atxaga | @martatorresmol


Negra. Un poco rebelde. Con alma de Houdini. Y muy lista. Así es Mo, la protagonista de 'Memorias de una vaca', de Bernardo Atxaga, publicado en la mítica (al menos para los lectores de mi quinta) colección Barco de Vapor. Por eso, por recuperar aquellas primeras lecturas que devoraba compulsivamente, creo que rescaté este libro del mercadillo solidario que, una vez al año, monta una de mis bibliotecas (sí, soy usuaria de varias). Lo rescaté (sí, de nuevo) de una de las montañas de libros pendientes de leer que brotan sin descanso por los rincones de casa una tarde de esas un poco tontas en las que el bochorno abotarga las neuronas y me sentía incapaz de meterme de nuevo en el sitio de Sevastópol. Irme a las montañas del País Vasco con una vaca un poco loca me parecía un plan más apetecible. Aunque sea una lectura juvenil. Supuestamente juvenil. Porque la verdad es que tanto por la historia como por el tono y el lenguaje es una lectura también para adultos.

'Memorias de una vaca' es, exactamente, eso, las memorias de una vaca que nace en un caserío del País Vasco en el que rápidamente, porque es muy espabilada, se da cuenta de que algo ocurre. A ello la ayuda su gran amiga, La Vache qui Rit, mayor que ella, contrahecha y con aversión a las vacas tontas, entre las que no se encuentra la protagonista de esta historia. Y es que en el caserío tiene pocas compañeras, apenas unos ejemplares de vacas negras, como ellas, y rojizas. No hay otros animales. Y algunas noches, a pesar de que en la finca hay hierba fresca de sobra, celebran lo que los animales llaman "el banquete", que no es otra cosa que encerrarlas en el establo y llenarles los comederos de pienso. Pero por separado. Unas veces el banquete es sólo para las negras. Y otras, sólo para las rojizas. Además, no hay ninguna pauta. Eso hace que a Mo, que sabemos que hace tiempo que salió de la granja y que vive su vejez con una simpática monja que le siega hierbas variadas para comer, se le disparen las alarmas y que, tras mucho rumiar (en los dos sentidos) con La Vache qui Rit, descubra qué pasa en ese falso caserío. 

Más allá de la historia, una de las cosas que más me ha gustado del libro es el tono irónico que tiene. Las dobles lecturas. Los guiños. La forma de hablar de la monja, que mezcla el francés con el castellano, y las reflexiones que hacen Mo y La Vache qui Rit (que está convencida de que es un jabalí que nació con el cuerpo equivocado de una vaca), más humanas que vacunas. Para leer en una tarde. Y reírse.


"Por lo visto tenía que nacer, y acabé naciendo en un bosque del País Vasco a poco de terminar la guerra de 1936. El bosque pertenecía a los terrenos de la casa llamada Balanzategui, y a aquella casa quedé adscrita; allí tuve mi primer establo y mi primer hogar, y allí pasé también la primera época de mi vida, la más importante. Cierto que no me quedé durante mucho tiempo, cierto que llevo años lejos de aquella casa; sin embargo, mi espíritu sigue anhelando aquel rincón del mundo. Y, ¡quién sabe!, a lo mejor este espíritu mío vuela hacia allí cada vez que me quedo dormida. Porque ya lo dijo un sabio oriental: El mirlo de Estambul siempre vuela hacia Estambul.

Yo no seré mirlo ni zorzal ni pájaro de ninguna clase, que bastante más grande y pesada ya soy, pero no digo ninguna mentira si afirmo que mi corazón no es muy diferente del de ellos. Efectivamente, mi corazón es como el de un pájaro; si por él fuera ahora mismo abriría mis alas y me pondría a volar hacia la tierra de mi niñez."


Título: Memorias de una vaca

Autor: Bernardo Atxaga

Traductora: Aránzazu Sabán

Editorial: SM

Colección: Barco de Vapor

Páginas: 208

Precio: 1,5€

Procedencia: mercadillo


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...