lunes, 15 de octubre de 2018

Día de las escritoras: Marguerite Duras


'El Amante', Marguerite Duras | @martatorresmol

"Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí". Fue justo ahí, en las primeras frases del tercer párrafo de 'El amante', cuando me enamoré de Marguerite Duras. Hay amores eternos. Y son de papel. No era más que una adolescente que llegaba al libro persiguiendo aquella sensualidad que la había dejado ojiplática frente a la pantalla. No sé las veces que vi la película. La pubertad es obsesiva. Seguramente era demasiado pronto para aquella historia. Una adolescente, sólo un par de años mayor que yo, seducida y rendida ante un chino alto, guapo y rico de veintiséis. La vi muchas veces. Algunas en bucle. En casa no hubo límites para ver, escuchar o sentir. Aún hoy me estremezco al recordar la escena del río. El transbordador en el Mekong. El coche. La niña del sombrero. El chino del Norte. Cuando la obsesión se estabilizó llegué al libro. Buscando más. Y no hubo marcha atrás. Me enamoré de Duras. De sus frases cortas. Directas. De un par de palabras, a veces. De su huida constante de la subordinación. De sus historias. Tan reales. Tan de verdad. De sus personajes. Perdón, de sus personas. Sobre todo de sus personas. De sus mujeres. He sido buena parte de ellas. Sólo Duras entiende a quienes tenemos la costumbre de manchar el sexo con amor o de enturbiar el amor con sexo. Ahí, en las primeras frases del tercer párrafo de 'El amante', me enamoré de Duras sin saber lo que se me venía encima. Leerla es fácil. Es como dejarse acariciar por la brisa perezosa de las tardes de verano. Pero digerirla es difícil. El libro se queda contigo. Al principio no lo notas. Pero poco a poco empieza a pesar. Brota. Le crecen ramas gruesas y retorcidas, que no te dejan respirar. Te ahogan. Y entonces lo entiendes todo. Y las ramas te dejan tranquila. Duermen, plácidas, hasta que vuelves a abrir un libro suyo. Siempre he pensado que quiero a Jane Austen porque la necesito para compensar a Marguerite Duras. Porque hay días en los que también necesito creer en los finales felices. En las Lizzy Bennet y los Fitzwilliam Darcy. Y eso, con Duras, no es posible. Es real, dura, cruda incluso. En su Odisea, Ulises jamás pisaría de nuevo Ítaca y, a pesar de eso, Penélope seguiría esperando. Ella esconde la dulzura en los rincones de las frases. Un regalo para quienes la amamos sin condiciones. Porque nos conoce. Porque nos entiende. Porque escribe personajes como nosotras.

"Podría engañarme, creer que soy hermosa como las mujeres hermosas, como las mujeres miradas, porque realmente me miran mucho. Pero sé que no es cuestión de belleza sino de otra cosa, por ejemplo, sí, de otra cosa, por ejemplo de carácter. Parezco lo que quiero parecer, incluso hermosa si es eso lo que quieren que sea...".

Título: 'El amante'
Autora: Marguerite Duras
Traductora: Ana María Moix
Editorial: Tusquets
Páginas: 152
Precio: 855 pesetas
Procedencia: comprado

domingo, 7 de octubre de 2018

'¡Melisande! ¿Qué son los sueños?': cuando alguien sueña contigo y se despierta


'¡Melisande! ¿Qué son los sueños?' | @martatorresmol

Imagina que alguien está soñando contigo. Imagina que ese alguien, de repente, se despierta. Él te pierde. Y tú le pierdes.Y no queda más remedio que confiar en que, en algún momento, esa persona vuelva a soñar contigo. Para reencontraros. Para saber realmente qué erais. Qué sois. O qué seréis. Y así, esperando, está Hoo, el protagonista de '¡Melisande! ¿Qué son los sueños?', de Hillel Halkin. Y mientras espera, Hoo escribe una carta a Mellie, la mujer que se despertó mientras soñaba con él. Una carta que se descontrola, que cobra vida propia, que se extiende. La carta de una vida. De dos. Una carta que no tiene formato de carta. Que se esconde. Que juega a disfrazarse de novela. Que juega con el lector. Hasta que cae rendida. El disfraz se resbala. Y entonces lo vemos. Vemos la carne de esa larga carta de amor.

Hoo viaja hasta el principio. Hasta los años 50. Hasta el momento en el que él, Ricky y Mellie, adolescentes, se conocen en la revista del instituto. Al momento que marcó sus vidas y en el que comenzaron una amistad que, entonces, no sabían dónde les llevaría. El tres es un número caprichoso. Difícil. Para la amistad. Y para el amor. Pero eso, en ese momento, en el Nueva York de los años 50, aún no lo saben. Aún no saben que se separarán, que se enfadarán, que se enamorarán, que se pelearán, que fingirán haberse olvidado, que se harán daño. Y por todo eso pasa esta carta que se cree novela. Por décadas de amistad. Y de amor. Y de cambios sociales. El macarthismo. Los abortos clandestinos. La guerra de Vietnam. A veces es dura. Otras cruel. Tierna. Apasionada. Divertida. Irónica. Cínica, incluso. Poética. Pero sobre todo es hipnótica. Es una ventana abierta por la que no quieres dejar de mirar. Aunque a veces los visillos entelen la vista. 

"Aquel verano mis padres se fueron de viaje a Europa. Los vi zarpar en el Queen Elizabeth. Tenía el apartamento todo para mí. Solía despertarme y quedarme tumbado en la cama viendo cómo los rayos del sol se filtraban a través de las venecianas. Me vestía y, al salir, me topaba con un gran golpe de luz y calor y desayunaba buñuelos o un brioche con pasas y café en una pequeña cafetería mientras leía el periódico, sintiéndome como un turista en una ciudad extranjera que hubiera visitado tantas veces que ya no necesitara ir a ninguna parte. Fue un verano dedicado a no hacer nada mientras esperábamos a hacer de todo, cosa que ocurriría en esos misteriosos lugares llamados Amherst y Swarthmore y Oberlin y Bard a los que iríamos en otoño".

Título: '¡Melisande! ¿Qué son los sueños?
Autor: Hillel Halkin
Traductora: Vanesa Casanova
Editorial: Libros del Asteroide
Páginas: 264
Precio: 18,95€
Procedencia: comprado


miércoles, 26 de septiembre de 2018

'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey': las deliciosas cartas de Juliet Ashton


'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey' | @martatorresmol

Querida Juliet,
Querida Mary Ann Shaffer:

No sabéis cuánto desearía, ahora mismo, estar en Guernsey, con vosotras. Me imagino sentada, en esa casa que las entrañables gentes de esa islita le han prestado a Juliet, tomando té y riendo, recordando los maravillosos días de verano que hemos pasado juntas. Vosotras estabais allí, en el Canal, tratando de averiguar los grandes misterios de Guernsey. Yo aquí, en otra isla, en el Mediterráneo, sin poder despegarme de vosotras. De la correspondencia de Juliet. Ésa que tan bien armas, Mary Ann. Tengo tantas preguntas... Ya sabéis, en las cartas nunca se cuenta todo. A veces por pereza. A veces por pudor. A veces porque escasea el papel. Podría pasarme la vida leyendo sobre las gentes de Guernsey, sobre cómo sufrieron la invasión alemana de la Segunda Guerra Mundial. Sobre cómo, entre todos, trataron de sortear la vigilancia y el control de los soldados alemanes. Sobre cómo lo consiguieron, no exentos de gracia, creando la sociedad literaria del pastel de piel de patata. Una falsa sociedad literaria que, curiosamente, animó a sus integrantes a leer. Aunque sólo fuera para disimular, para que la coartada fuera creíble.

Me encantaría pasarme horas contigo, Juliet, colega de profesión, para que me contaras cómo fueron, realmente, aquellas presentaciones de su libro de columnas en las que te acusaron de enzarzarte y practicar el lanzamiento de objetos a tus lectoras más impertinentes. Pero lo que de verdad quiero es recorrer con vosotras la isla, conociendo a sus habitantes. Quiero saber si Dawsey de verdad es tan entrañable, humilde y recto (y curioso, que osó escribirte cuando se dio cuenta de que su ejemplar de Charles Lamb había sido, con anterioridad, tuyo) como parece en sus amables cartas, ésas que te sirvieron, Juliet, para intuir que en Guernsey, con sus niños enviados a Inglaterra y su ocupación nazi y su sociedad literaria y sus vecinos tan peculiares y simples a la vez, estaba todo el material que necesitabas para tu nueva novela. Bueno, tu primera novela, en realidad, ya que el libro por el que te hiciste famosa y con el que recorriste el país, 'Izzy Bickerstaff se va a la guerra', era un compendio de aquellos supuestamente frívolos artículos que escribías en la prensa. Ojalá pudieras explicarme los detalles de las citas con Markham Reynolds. A pesar de la educación y los millones tengo la sensación de que era muchísimo más capullo de lo que te atreviste a confesar en tus cartas al buenazo de Sidney (¿puede haber un editor que te adore más que él?) y a su hermana y buenísima amiga tuya Sophie.

Quiero llegar a Guernsey como vosotras, sintiendo que esa isla me acoge y sabiendo que buena parte de ella está esperándome. Adivinando desde el ferry quién sois cada una de vosotras. Juliet, entusiasta, con unos ojos enormes con ganas de captarlo todo, una sonrisa tan dulce como irónica, incapaz de quedarse quieta, lista como un pecado y parlanchina. Mary Ann, sonriente, calmada, de mirada afilada y gesto bromista. No me importa conocer ya el secreto de Elisabeth, ése que os tuvo a las dos enredadas páginas y páginas. Quién era, qué fue de ella, quién era el padre de la pequeña Kit, que ahora se ha pegado a tus faldas, Juliet, porque la llenas de cariño y, sobre todo, de alegría por la vida. Ni el misterio del manuscrito ¡vaya descubrimiento!, no me extraña que corriera tanto peligro. Hablando de manuscritos, Mary Ann... ¿Me explicarás el truco? ¿Me confesarás, entre té y té y paseo y paseo, cómo lo hiciste? ¿Cómo conseguiste a Juliet, Sidney, Dawsey, Eben, Clara, Amelia... Incluso a la insufrible Adelaide? ¿Cómo montaste esta historia tan delicada, divertida, íntima, graciosa, emocionante, tierna, cruda, chispeante, única y maravillosa?

Un abrazo muy fuerte a cada una de vosotras.
(Y un puñado para la gente de Guernsey).

 Dorothy

P.D.: Escribís unas notitas encantadoras (vosotras ya me entendéis).


"Querido Sidney:
Susan Scott es maravillosa. Hemos vendido más de cuarenta ejemplares del libro, lo cual me resulta muy grato, pero mucho más emocionante desde mi punto de vista ha sido la comida. Susan se las arregló para hacerse con unos cupones de racionamiento y conseguir así azúcar glas y huevos de verdad para el merengue. Si todos sus almuerzos literarios van a alcanzar cotas tan altas, no me importaría ir de gira por todo el país. ¿Tú crees que una bonificación generosa haría que nos consiguiera mantequilla? Intentémoslo: el dinero lo puedes deducir de mis derechos de autor.
Y ahora viene la mala noticia. Me preguntaste qué tal iba mi nuevo libro. Simplemente no va, Sidney."

Título: 'La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey'
Autora: Mary Ann Shaffer / Annie Barrows
Traductora: Cristina Martín Sanz
Editorial: Salamandra
Páginas: 304
Precio: 19€
Procedencia: comprado


miércoles, 19 de septiembre de 2018

'Un grupo de nobles damas': Ay, las mujeres...


'Un grupo de nobles damas', de Thomas Hardy. | @martatorresmol

La supuesta volubilidad femenina vista, analizada, comprendida, sonreída, incluso, por un grupo de hombres de mediados del siglo XIX. Así podría resumirse, en una frase, 'Un grupo de nobles damas'. Un libro de Thomas Hardy que requiere viajar hasta el siglo XIX y ponerse, como  si fuera un disfraz, una mentalidad de la época. Es necesario porque, de lo contrario, la confrontación con el autor y con esos hombres que desgranan, en una noche desapacible, historias de mujeres rebeldes, caprichosas, inseguras, enamoradizas, influenciables, cabezotas e ignorantes de lo que es mejor para ellas, con el objetivo de divertirse. Es necesario ponerse en el siglo XIX para disfrutar de la maravillosa forma de narrar de Hardy. Para no enfadarse con él. Para disfrutar de esos narradores de la reunión del Club de Naturaleza y Arqueología de Wessex, de esa noche junto a la chimenea, del resplandor de sus llamas en los cráneos barnizados y de las sombras chinescas de los fósiles de ictiosaurios e iguanadones.

Un deán rural, un médico anciano, un coronel, un caballero conocido como Chispas, un historiador, un ratón de biblioteca... Todos ellos desgranan, algunos de ellos con pudor, las historias, supuestamente reales, de diez mujeres. Mujeres que tenían las ideas muy claras. Que no estaban dispuestas a asumir, por imposición de su familia, a maridos que no querían. Como Betty, futura condesa de Wessex, que sale huyendo del carruaje para entrar en una vivienda asolada por la viruela con el único objetivo de contagiarse y espantar, así, a su marido forzado. O como la bellísima Barbara de la casa Grebe, que abraza todas las noches la estatua de mármol del hombre al que amó y que ella misma echó de su vida. O la marquesa de Stonehenge, que paga el precio de las decisiones de juventud, lo mismo que la tierna Dorothy, con dos madres y sin ninguna al mismo tiempo. Ellas y todas las demás (lady Icenway, la dama del terrateniente Petrick, lady Baxby, lady Penelope, la duquesa de Hamptonshire y la honorable Laura), actúan como quieren, como sienten y, aunque sus acciones no sean muy comprendidas por esos hombres del club, esos hombres que lo ven todo desde su perspectiva masculina del siglo XIX, que no pueden evitar cierto tono de moralina al hablar de esas mujeres que huyen, que mienten, que se hacen pasar por otras, que callan, que hablan y que no dudan en poner su vida en peligro para evitar lo que no quieren (o para conseguir lo que anhelan), vale la pena conocerlas. Porque muestran lo limitadas que estaban las mujeres hace menos de dos siglos. Y porque leer a Hardy es un placer. Hay que conocerlas a todas ellas. Desde la que salta por la ventana a la que huye de un carruaje en mitad de la nevada.

"Sucedió un invierno de hace mucho tiempo, cuando el siglo XVIII apenas había pasado de su primer tercio. Norte, sur y oeste, todas las ventanas cerradas, todas las cortinas corridas; sólo una ventana del flanco este de la planta superior estaba abierta y una muchacha de unos doce o trece años se encontraba inclinada sobre el alféizar. Bastaba verla para comprender que no se había asomado a contemplar el paisaje, pues se cubría los ojos con las manos. Se hallaba la muchacha en la última de una serie de habitaciones, a las que sólo se accedía a través de un amplio dormitorio anexo. Llegaban de esta estancia las voces de una disputa, mientras el resto de la mansión se sumía en el silencio. Para no oír aquellas voces la muchacha había salido de la cama, se había cubierto con una mano y asomado a respirar el aire de la noche".

Título: 'Un grupo de nobles damas'
Autor: Thomas Hardy
Traductora: Catalina Martínez Muñoz
Editorial: Alba
Colección: Alba Clásica
Páginas: 312
Precio: 18€
Procedencia: comprado

domingo, 9 de septiembre de 2018

'El vestido azul', la espera de Camille Claudel


'El vestido azul', Michèle Desbordes (Periférica) | @martatorresmol

Hay libros que duelen. Que te atacan, prácticamente. Van directos a tu línea de flotación. Y sólo te dejan dos opciones. Rebelarte, enfrentarte a ellos, iniciar una pelea. O rendirte. Dejar que entre el agua y abrazarlos. Acariciarlos mientras te tomas una copa de vino y confiar en que el boquete emocional no sea tan grande. 'El vestido azul', de Michèle Desbordes, es uno de esos libros. Al menos para mí. Porque esta historia, que se lee en dos tirones, uno si las obligaciones lo permiten, te mete de lleno en una de las cosas que más me han aterrado siempre, desde niña, desde que leí un relato que no debería haber leído hasta unos años más tarde: una mujer cuerda encerrada en un manicomio.

Esa mujer es Camille Claudel, amante de Rodin. Una mujer fuerte, inteligente, creativa, llena de talento, valiente, rebelde... Una mujer que no teme a sus sentimientos. Ni al que dirán. No teme, siquiera, a ese hombre mayor, ese artista consagrado, ese profesor, ese escultor cuya estela brilla tanto que apaga la suya. No teme, tampoco, a su hermano. A Paul. Al poeta, al cónsul, al cómplice de infancia que le ayudaba a llenarse las manos de barro para dar forma a su rostro, al hombre que la encarcela. Que la encierra de por vida. Que la condena a pasar treinta años de su vida en un psiquiátrico. Un lugar en el que Camille pierde la fuerza, las ganas, las ilusiones, la vida. Donde sus vestidos y sus mejillas pierden todo el color. Se difuminan. Desaparecen. Un lugar en el que la soledad se la come. En el que se aferra a su cuaderno, ése en el que anota las fechas de las escasas visitas que recibe, y a sus recuerdos. A la mujer fuerte, inteligente, creativa, llena de talento, valiente, rebelde, que fue y que ahora no encuentra, por más que la busca, ni entre los pliegues de sus vestidos desteñidos.

Lo que más duele no es que Camille no tema a su carcelero. Es que lo quiere. Adora a su hermano. Le espera. Da igual el tiempo que haya pasado. Meses. Años. No importa. Camille se va llenando de arrugas. Le cuesta caminar. Y sigue esperando. Con la fecha anunciada por carta grabada a fuego en su cabeza. Su cabeza cuerda. La cabeza de una mujer víctima de su tiempo. Y de los hombres que, supuestamente, la querían. Y eso... Eso duele. Te ataca. Va directo a tu línea de flotación. Y sólo te deja dos opciones.


"Era cuando ella lo esperaba. Era, sin duda, en los días en que ella lo esperaba cuando, habiendo recibido la carta que anunciaba su visita y, tomando una de las sillas del corredor, se instalaba fuera para esperarlo, arrastraba la silla por la hierba junto a la escalera de entrada y se sentaba a la sombra de los robles, y un poco de sol atravesaba las ramas, jugando sobre la grava y el boj, las flores a los pies del árbol. Él la encontraba allí cuando llegaba, sentada en aquella silla delante del pabellón, inmóvil y con las manos cruzadas sobre el regazo, con aquellos vestidos grises o marrones, siempre los mismos, y aquel sombrero con el que se la ve en las fotos, del mismo color indefinible, y que en los primeros años le enviaba su madre, asegurándole que le haría falta (...)".

Título: 'El vestido azul'
Autora: Michèle Desbordes
Traductor: David M. Copé
Editorial: Periférica
Páginas: 152
Precio: 16€
Procedencia: préstamo Marian

domingo, 2 de septiembre de 2018

'Las tres hijas de madame Liang'


'Las tres hijas de madame Liang', Pearl S. Buck | @martatorresmol

Tres líneas. Cuatro, quizás. Cinco, a lo sumo. Es lo que necesita Pearl S. Buck para que quieras saber más sobre madame Liang. Para que quieras, en realidad, saberlo todo. De dónde viene. Cómo ha llegado a ser la mujer independiente y fuerte que intuyes en esos pocos caracteres. Y a dónde va su historia. Sobre todo a dónde va su historia. Porque algo en ese silencio de la medianoche de Shangai que envuelve a la protagonista de 'Las tres hijas de madame Liang', en su casa que es también un restaurante de lujo, acabando de hacer las cuentas del día, en una época (la Revolución Cultural, uno de los momentos más convulsos del régimen comunista de Mao) que sabemos complicada, nos dice que las páginas que están por venir no serán fáciles.

La prolífica escritora nos mete de lleno, con sus descripciones, en ese ambiente raro que rodea a la señora Liang. Su situación es una excepción. Su restaurante no debería existir. A él llegan productos que la sociedad china no puede, siquiera, soñar. Su Shangai es un Shangai atípico, escondido, de contrabando. Ella representa todo lo que el pueblo chino, en la época, no podía ser. Pero existe porque a muchos de los que están arriba les cuesta renunciar al buen comer, al buen beber, al lujo, a cierta libertad, incluso. Y ahí está ella, consciente de que está en la cuerda floja. Sabedora de que, en cualquier momento, quienes le permiten casi todo pueden darse la vuelta y quitárselo todo. Los privilegios. Su medio de subsistencia. Su vida.

Por eso, cuando sus hijas (Grace, Joy y Mercy), a las que ya se preocupó, hace ya años, de sacar de una China que estaba cambiando, que cerraba cada vez más el cerco de libertad, su alegría traza una oscura y larga sombra. Como madre quiere verlas, desea que estén  junto a ella, ver crecer a sus futuros nietos, malcriarlos. Pero como buena lectora de la realidad que vive su país, como mujer que duerme todas las noches con miedo a que los guardias rojos irrumpan en su casa en cualquier momento, como ciudadana que ha perdido ya la cuenta de los vecinos y amigos que han desaparecido, prefiere que se queden en Estados Unidos. Madame Liang necesita decirles que se queden allí, pero no puede. Tiene que tragarse las palabras. No sabe si alguien lee sus cartas. No sabe si todas llegan. Y ahí está Pearl S. Buck, convirtiendo cada página en un ejercicio de claustrofobia, gritando todo lo que madame Liang calla, haciendo que nos llevemos las manos a la cabeza, viendo venir la catástrofe. Y sin poder hacer nada.

"Era más de medianoche. Madame Liang dejó a un lado el pincel con que escribía y cerró el cuaderno de contabilidad. La casa estaba en silencio. Abajo, en el restaurante, los clientes se habían marchado, a excepción de unos cuantos que, reacios, no se irían hasta que las luces vacilaran y se apagaran. Se levantó de la silla de ébano tallada, a juego con el enorme escritorio chino que en un tiempo perteneciera a su padre en su distante provincia natal donde pasó su infancia, y se acercó a la ventana. Las cortinas de raso rojo, hasta el suelo, estaban corridas y no las descorrió. Aunque estaba segura en su privilegiada posición de dueña del más elegante restaurante del moderno Shanghai, no hubiera sido prudente, no obstante, el que su silueta se destacara al contraluz."

Título: 'Las tres hijas de madame Liang'
Autora: Pearl S. Buck
Traductora: María del Carmen Azpiazu
Editorial: Luis de Caralt para Círculo de Lectores
Páginas: 256
Precio: 2€
Procedencia: mercadillo solidario

domingo, 26 de agosto de 2018

Quiéreme la lengua


@martatorresmol


Quiéreme la lengua.
Las dudas de mis puntos suspensivos,
los silencios de mis paréntesis,
y los de los corchetes, ya puestos.

Quiéreme la lengua.
Cuando se tropiece,
cuando te grite,
cuando balbucee,
cuando enmudezca,
cuando me la muerda,
cuando se desboque,
cuando te la saque,
cuando te rete.

Quiéreme la lengua.
La desnudez de mis espacios en blanco,
la ira retorcida de todas las exclamaciones
y de buena parte de los interrogantes.

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