martes, 30 de agosto de 2016

Cicatrices de verano

@Martatorresmol

Tenía los ojos llenos de vacaciones. De verano. La tez colorada. El corazón exaltado. El alma caliente. La piel salada. La camiseta y las bermudas sucias de aventuras. Los brazos y piernas doloridos, pero con ganas de más. Las deportivas gastadas. Las manos callosas. El pelo lamido por el sol. Y el cuerpo cosido a cicatrices.

Las contemplaba orgulloso. Las acariciaba con la yema del dedo y se le escapaba la sonrisa ingenua que sólo despierta el primer amor. Nadie le creería. Era imposible que lo hicieran. ¿Quién en su sano juicio le imaginaría en un pequeño bote en Corfú observando pulpos? ¿O temeroso de una cabeza de cerdo hincada en un palo? Podía detallar a cualquiera el tacto rugoso de las cientos de lianas de las que se había colgado en su balanceo infinito por la selva y la suavidad del pelo y las escamas del dragón blanco de amable sonrisa sobre el que voló por un mundo que se deshacía a pedazos. En apenas un verano había aprendido a distinguir a las brujas en medio de una multitud e infinidad de conjuros que practicó una y otra vez con su varita de acebo. Había navegado por el Mississipi, y por el Caribe varias veces. Una en pleno huracán y otro a la búsqueda de un tesoro. Aún notaba la sal pegada a su piel. Una costra tan fina como la claustrofobia que atenazaba su sueño cada noche desde que se refugió de un horror peor que la guerra en un oscuro escondite tras una estantería llena de libros. Durante unos días había sido un temible pirata capaz de regresar de entre los muertos para rescatar a una princesa respondona...

Había vivido todo eso. Sólo tenía que cerrar sus ojos llenos de verano para recordarlo. Todas esas aventuras eran suyas. Y nadie le creería, se decía el pequeño. Sentado en la acera, buscaba una respuesta en el fondo del sucio charco que tenía a sus pies. Era lo más parecido al océano que había visto durante las vacaciones, pensó sacudiéndose las migas del bocadillo antes de regresar, corriendo y ansioso, a la biblioteca. Había dejado a medias un interesante duelo en París. Le esperaban nuevas cicatrices.

domingo, 28 de agosto de 2016

'La noche en que Frankenstein leyó el Quijote', mera lectura escolar


Reconozco que cuando leí el título de este libro de Santiago Posteguillo no pude (ni quise) resistirme. ‘La noche en que Frankenstein leyó el Quijote’ me llamó la atención desde el primer momento. Lo empecé a leer minutos después de tenerlo, animada por los cantos de sirena de innumerables reseñas. Y... media hora y un par de capítulos después ya estaba decepcionada. El volumen recoge una veintena de intrahistorias de la literatura. Anécdotas, curiosidades. Sobre libros y autores. Todas ellas escritas en forma de pequeños relatos que seducen al lector. Al lector que las descubra en ese momento, que no las conociera, que no se hubiera preocupado nunca por leer no ya a historias y a autores, sino sobre historias y sobre autores. No es mi caso. Conocía la anécdota que da título al libro, y la del origen del orden alfabético, y las leyendas sobre Shakespeare y Marlowe y las teorías sobre la autoría del Lazarillo, también los orígenes de Rosalía de Castro y la truculenta historia de Anne perry antes de ser Anne Perry, cuando era Juliet Hulme. Conocía a Auguste Maquet y su responsabilidad en las mejores obras de Alejandro Dumas, había leído el discurso de ingreso en la RAE de Zorrilla y sabía que la publicación del primer volumen de Harry Potter le debía mucho a la casualidad y al buen ojo de una niña. Acabé el libro. Lo acabé porque acabo todos los libros que empiezo. Y lo acabé muy rápido. Porque hay que alabarle a Posteguillo que está bien escrito (y eso no es sencillo) y que se lee con facilidad. Entiendo que es una lectura que pueda encantar, fascinar, alucinar y alumbrar a una caterva de lectores. Entiendo que es un libro necesario, que seguramente habrá despertado en muchos la curiosidad por las historias reales que rodean a las historias que leen. Pero me sentí estafada. Esperaba apasionantes historias ignotas sobre literatura y me encontré con decenas de pequeñas anécdotas que ya conocía. Que había leído, que me habían explicado profesores en el instituto y en la universidad. Nada nuevo. Nada esperado.


“El anverso, la cara que todos ven de la literatura, son las novelas, los poemas o las obras de teatro representadas sobre un escenario. Eso es lo que se ve, lo que iluminan las luces de las librerías, lo que se anuncia en las páginas web de sus equivalentes virtuales en la red, lo que resplandece a las puertas de los grandes teatros, pero ¿qué hay detrás?”



Título: ‘La noche en que Frankenstein leyó el Quijote’
Autor: Santiago Posteguillo
Editorial: Planeta para Círculo de Lectores
Páginas: 240
Precio: 12,95€
Procedencia: comprado


martes, 23 de agosto de 2016

Rafael Álvarez, 'El Brujo': "En España, los gobiernos tienen miedo de la cultura"



Hay conversaciones que te da pena que acaben, que te gustaría alargar durante horas. Hay gente a la que es una delicia escuchar, que te enseña con cada palabra, con cada frase, con cada reflexión. Rafael Álvarez 'El Brujo' es una de esas personas. Hace poco estuvo en Ibiza, con su obra 'Los misterios del Quijote' (si la tenéis cerca, no os la perdáis, es divertida, inteligente, irónica, cáustica y fabulosa), y fue una delicia poder hablar con él.

Marta Torres Molina. Eivissa
—¿Quién es más misterioso, Cervantes o 'El Quijote'?
—'El Quijote'. La biografía de Cervantes es conocida, pero su obra tiene muchos secreteos escondidos. No es una obra muy conocida.
—Pero todo el mundo lo ha leído.—¡Claro! Porque es como una vergüenza no haberlo hecho.
—¿Cuántas veces lo ha leído usted?
—En 2005, en el cuarto centenario de la publicación de la primera parte, hice un espectáculo. Hasta entonces sólo había leído algún capítulo o esas ediciones escolares reducidas. Probablemente, si no hubiera tenido que hacer el espectáculo, no lo hubiera leído. ¿Usted lo ha leído?
—También soy sincera: no.—Si a nosotros, que somos gente dedicada a la cultura, nos cuesta, imagínese a otros... Pero hay mucha gente que lo ha leído. Y se le nota.
—¿En qué se nota?—En cómo hablan de él. Es impactante el magnetismo de la novela. Tiene algo misterioso, fuerte, y la gente a la que le engancha, queda iniciada en una serie de claves de la cultura española del siglo XVII. Es una filosofía de la vida, una sabiduría poderosa.
—En su caso, ¿qué le enseñó?—Yo he leído 'El Quijote' con una edad, frisaba la edad con los 50, como dice su autor acerca del propio protagonista. Tenía una experiencia de la vida. 'El Quijote' es un libro de experiencia vital y si lo lees cuando has vivido bastante sintetizas y haces un metabolismo de muchas cosas. Le da a la vida otra dimensión. Como decía Jung, un hombre sabio es el que... (seguir leyendo)

martes, 16 de agosto de 2016

'Barba Azul', alquímico, bíblico, cromático...


Barba Azul no es un pirata despreciable. Barba Azul no es sangriento. Barba Azul no atemoriza a sus presas. Barba Azul no es Barba Azul. Barba Azul es Elemirio Nibal y Mílcar. Barba Azul seduce a sus coinquilinas. Barba Azul es un aristócrata español. Barba Azul es aparentemente inofensivo. Pero Elemirio Nibal y Mílcar es Barba Azul. Y Barba Azul siempre tiene un castillo con una alcoba secreta en la que sus mujeres no deben entrar si no quieren que les ocurra algo terrible. Y ahí, en ese castillo (un maravilloso palacete en el centro de París), con una habitación prohibida (un cuarto oscuro de fotógrafo), acaba, de motu proprio, Saturnine. Bella. Belga. Amante del champán caro. Escéptica. Profesora. Segura de que no acabará como las ocho otras coinquilinas del español. ¿Desaparecidas? Así comienza la hipnótica reinterpretación que Amélie Nothomb (mi admirada Amélie Nothomb) escribe del clásico de Perrault. Una versión en la que deseas asistir cada noche a la cena en la que ogro y presa, conocedores de sus papeles, se persiguen, se seducen, se encierran, avanzan hacia el secreto del cuarto oscuro, rodean las historias de las ocho anteriores coinquilinas. Conversaciones regadas con champán en las que nunca faltan la ironía, la cruda sinceridad, referencias al oro, a la alquimia, a la Biblia, al poder de los colores, a la fotografía. Charlas que preceden a un inevitable final. En el cuarto oscuro. Con Barba Azul. Y una botella de Krug-Clos du Mesnil de 1843.


“Cuando Saturnine llegó al lugar de la cita, le sorprendió que hubiera tanta gente. Sospechaba que no sería la única candidata, desde luego; pero de ahí a ser recibida en una sala de espera en la que la precedían quince personas, iba un trecho. ‘Demasiado bonito para ser verdad’, pensó. ‘Nunca conseguiré que me elijan como coinquilina’. No obstante, como se había tomado libre toda la mañana, decidió esperar.”



Título: ‘Barba Azul’
Autora: Amélie Nothomb
Editorial: Anagrama
Colección: Panorama de narrativas
Páginas: 144
Precio: 14,90€
Procedencia: regalo Sant Jordi

jueves, 4 de agosto de 2016

Del Olimpo a las Cícladas*


Corona hecha con la vid / @Martatorresmol

En Santorini, las parras no levantan un palmo del suelo. Crecen enrolladas sobre sí mismas, llenando los campos de coronas verdes en las que las que reposan las uvas. No es capricho, es necesidad. Pegadas al suelo están protegidas del fuerte viento que asola la isla cuando cae el sol. Pegadas al suelo aprovechan más la escasa humedad de la seca tierra de esta isla del Egeo. Esas uvas que crecen besando la tierra dan dos vinos: el famoso, dulce y broncíneo vinsanto y el delicado, fresco y casi transparente vino blanco de la isla que acompaña siempre todas las comidas.

Carpaccio de berenjena blanca con mousse de feta
y pulpo a la brasa con espuma de remolacha.
La gastronomía de Santorini es sabrosa, intensa y sencilla. Como su gente. Nada se disfraza. Los recursos en una isla seca, volcánica, con apenas árboles que rompan su perfil son escasos. Pero suficientes para una comida tan honesta como deliciosa. Los productos del mar son la base de buena parte de los platos. Da igual si son a la brasa, a la plancha, al horno, con pasta, con arroz o con el riquísimo orzo (pasta de sémola de trigo que simula arroz), rebosan de pulpo, sardinas, gambas y calamares.

Vino blanco en la costa Akrotiri, pan de maíz y detalle de la cuenta en Oia.
En los puertos de las principales ciudades de la isla, a los pies de los acantilados a los que dio origen la erupción del volcán, aún puede verse a los pescadores volviendo de faenar o pulpos colgados de ramas y cuerdas secándose al sol. Estampa que a algunos recordará a Formentera. No es la única similitud gastronómica entre las Cícladas y las Pitiüses. Quien pruebe el dakos, un entrante de pan duro, tomate, feta, alcaparras y pulpo o pescado seco, se encontrará, nada más y nada menos, que con la versión helénica de la ensalada de crostes.

Dolmades acompañadas de tzatziki y tomatokeftedes.
Es una de las infinitas maneras de iniciar una comida en las mesas de Santorini, donde, como en buena parte del Mediterráneo, las mesas se llenan de generosos platos que todos comparten. La fiesta empieza con el omnipresente tzatziki (yogur, ajo, pepino, sal, pimienta, aceite y vinagre), la taramasalata (puré de huevas de pescado), las exquisitas dolmades (hojas de parra rellenas de arroz, hierbabuena e hinojo), las tomatokeftedes (albóndigas de tomate típicas de la isla) o la melitzanosalata (ensalada de berenjenas asadas).

Cerveza de Santorini en Oia, salmón marinado y lubina a la brasa con verduras.
También, en el centro de la mesa, se comparten los platos principales. Tomates y pimientos rellenos, sardinas al horno con tomate y orégano, pulpo a la brasa, lubina, cordero con yogur o al limón, gallo al vino, liebre estofada, pasta con pulpitos o la imprescindible musaka, de la que cada casa y cada cocinero tiene su propia receta. No hay dos musakas iguales en toda la isla, donde todas las comidas acaban siempre con el inigualable yogur griego aderezado con miel y nueces y un vasito del digestivo ouzo.

Musaka, verduras rellenas, orzo con pulpo y yogur griego con nueces y miel.
El sabor de los platos de la abuela impregna todas las cocinas de Santorini. Incluso aquellas que, a pie de playa o con vistas al infinito Egeo, han sucumbido al glamour. Incluso los que visten de carpaccio la berenjena blanca de la isla o convierten el queso feta en una delicada mousse mantienen la esencia de la cocina tradicional. Ésa a la que ya hacían referencia los antiguos habitantes de la isla. La erupción del volcán, cuyo cráter se puede visitar en la isla de Nea Kameni, el 1616 antes de Cristo, destruyó la ciudad y cubrió de polvo y lava  frescos y vasijas en las que la gastronomía está muy presente.

Detalle en una vasija y de un fresco conservados en el Museo Prehistórico de Thira.
Recuperados en las ruinas de Akrotiri y conservados en el Museo Prehistórico de Thira, pueden verse dibujos de pescadores cargados con la captura del día y decoraciones de uvas, las mismas que, más de dos milenios después, siguen creciendo pegadas al suelo, dando vida a vinos broncíneos y dulces o dorados y frescos vinos con los que sentarse al filo de la caldera a admirar, entre sorbo y sorbo, cómo acaban los días en el Egeo.

Copa de vino al atardecer en Thira / @Martatorresmol

*Publicado en la edición de verano de 2016 de 'Gastronomía y Restauración'

jueves, 28 de julio de 2016

'El jardín de los dioses', ¿de verdad no puedo ser una Durrell?


Quiero ir a Corfú. Quiero descubrir esa isla griega en la que he pasado tan buenos momentos. No he estado nunca, pero he sudado por sus caminos, comido fruta fresca a la sombra de sus árboles, corrido por la costa, bañado en sus aguas cristalinas y hasta naufragado entre sus amistosas olas de poco más de un metro. No he estado nunca allí, pero me siento tan corfiota como el británico Gerald Durrell, mi gran amigo en esas correrías imaginarias y literarias. Con ‘El jardín de los dioses’ (tercer volumen de la Trilogía de Corfú) he vuelto a ser una niña. Ingenua, curiosa, traviesa, risueña, pícara, sin miedo. Entre sus páginas he vuelto a compartir la desmedida afición del pequeño Durrell por cualquier bicho viviente que no sea humano y he vuelto a reírme a carcajadas con los bretes en los que él y sus hermanos Larry, Leslie y Margo meten a su madre, la adorable señora Durrell, quien se esfuerza en mantener las formas y el pundonor británico en esa isla en la que la familia se refugió de la guerra. Sin mucho éxito, todo hay que decirlo. Entre animales salvajes, invitados sorpresa y enamorados de Margo las ansiadas tranquilidad y cordura de la señora Durrell son pura utopía. Especialmente logrados en esta entrega están las aventuras de los pretendientes de Margo, a los que hace sufrir como la niña malcriada que es en realidad por muy femme fatale que ella se crea; las que viven algunos de los invitados del pretencioso Leslie y la visita del rey Jorge, cuyo paso por la isla seguro que quedó marcado a fuego en su regia memoria. Como los dos anteriores, ‘El jardín de los dioses’ huele a verano. A veranos de infancia. Aquellos en los que todo era sol y mar y aventuras y risas y sorpresas y descubrimientos y animales y encuentros y sal y siestas y celebraciones y manchas y sandía desbordando las comisuras y conciertos de cigarras y el sonido del viento entre los olivos.


“Aquel verano fue pródigo por demás. Diríase que el sol hubiera hecho sacar a la isla todas sus reservas, pues nunca habíamos tenido tal abundancia de frutos y flores, nunca había estado el mar tan caldeado y tan lleno de peces, nunca tantos pájaros habían criado, ni salido mariposas y otros insectos de sus crisálidas para animar el campo con sus colores.”



Título: ‘El jardín de los dioses’
Autor: Gerald Durrell
Editorial: Alianza
Páginas: 280
Precio: 12,95€
Procedencia: regalo


sábado, 23 de julio de 2016

Buika: "La música es un milagro y un misterio"


@Martatorresmol

La conversación con Concha Buika fluye como algunos de sus temas. Empieza calmada, plácida, suave, lenta, susurrante... Y, casi sin que te des cuenta, poco a poco, las palabras te adentran en una charla intensa y profunda, que viaja de su niñez a su futuro, una charla que no está exenta de ese dramatismo coplero que impregna sus temas más desgarradores (esos que me pierden, que tarareo a escondidas y grito en soledad) y que rompe con constantes carcajadas. Una conversación, un regalo, de ésos que duele tener que cerrar, que, si no fuera por el tiempo, el trabajo y el espacio limitado de la página de un diario, ésa que a veces se queda corta y a veces larga, estirarías todo lo posible. Me quedo con el recuerdo de esa charla, en la que eché de menos tener una copa de vino en la mano y no un bolígrafo, y de una noche en la que, aunque ni el escenario ni el equipo de sonido le hicieron justicia, Buika se hizo sentir.

—¿Canta desde la cabeza, la garganta, el corazón, el estómago...?—No lo pienso. Canto desde la sensación primitiva de no tener que pensar en nada. Ni desde dónde, ni en cuándo, por qué... Nada. Desde ahí. Desde el instinto.
—¿Compone desde el mismo sitio?—Depende.
—¿De qué?—¡Uy! De muchas cosas. Del quién, del por qué, del cuándo, del cómo...
—No hay una sola manera.—La música sigue siendo un milagro y un misterio, si no ya la habríamos destruido.
—¿Somos muy de destruir?—Somos humanos y eso comprende muchísimos términos, todos los que existen, de hecho, porque los hemos inventado nosotros.
—¿Se puede crear sin vivir?—Es otro tipo de experiencia que se puede describir en una canción, en un poema, en una fotografía... Crear es la necesidad de seguir. Desde el presidio y desde la incomunicación se crean piezas increíbles por el deseo de la libertad.
—Entonces, para crear lo importante es el deseo de algo.—Sí. Crear no es ni más ni menos que desear. Ahí es donde metemos nuestros anhelos y deseos. Estoy convencida de que la única biblia que tiene el ser humano es su historia artística, y hablo desde mi naturaleza primitiva, desde aquella que ni piensa ni siente ni desea ni sueña ni pretende. La historia la escriben los que ganan, pero una canción, una obra, un poema, un artículo, eso lo escribe quien anhela, quien desea, quien... (seguir leyendo)

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