Ante la aburrida tarde de sábado me metí en el cine. Sola. Y no porque fuera sola, que también, sino porque no había nadie más en la sala. Sólo dos ojos para la historia de la Hipatia de Alejandro Amenábar. Ya sé que no es la auténtica, aunque su director parezca pretenderlo, y que cualquier parecido con la realidad es pura casualidad (magnífico el artículo de Vicente Valero sobre la falsa historia que se vende en libros y películas publicado el sábado en Diario de Ibiza y que podéis leer clicando
aquí), pero siempre me han gustado los
peplums y no quería ver éste en casa. Por más que se empeñen las nuevas tecnologías ver las películas en la tele no es lo mismo y me niego en redondo, en cuadrado, en rombo y en lo que haga falta a verlas en el ordenador. Pues eso, que aunque la historia no es la real, 'Ágora', excepto algunos detalles (las explicaciones del final en plan telefilm me sobraban), me gustó. El tiempo pasó rápido, acabé envidiando la pasión de Hipatia por encontrar una explicación al cosmos, me hice pequeñita en la butaca temiendo que los parabolanos cayeran sobre mí, admiré la tenacidad y lealtad del viejo Aspasio y hasta intenté prestar mis brazos para salvar más rollos de papiro.