jueves, 25 de mayo de 2017

'Heridas abiertas', una novela negra más


Cuando a Camille, reportera de sucesos de un diario con pocos lectores de Chicago, su jefe le propone viajar a Wind Gap para investigar el asesinato de dos adolescentes, no es consciente de lo que le está pidiendo. Camille se pone en tensión. No quiere hacerlo. No quiere volver a Wind Gap, su pueblo, el lugar en el que vive aún su madre, una mujer fría de la que huyó poco después de que su hermana Marian falleciera tras una larga e intermitente enfermedad. No quiere hacerlo, pero lo hace. Es su jefe. Es su historia. Es su trabajo. (Salvando las distancias, cuántas veces los periodistas tenemos que tragarnos los miedos, las vergüenzas, las emociones y todo lo que sentimos cuando el jefe nos envía a cubrir algunos temas). Es curioso. Precisamente este libro llegó a mis manos en un momento de esos. Después de un trabajo de los que te dan más dolores de cabeza que compensaciones. Me apasiona mi oficio, lo amo, lo disfruto, pero como todo amor verdadero tiene sus días. Así que en plena huida a Formentera (isleña refugiándome en otra isla) una buena amiga me lo plantó en las manos. Lectura rápida con suficientes páginas para pasarme día y medio sin pensar mucho. Y sí. Ahí, en el momento exacto en el que Camille llega a Wind Gap (con una noche de motel de por medio, para hacerse a la idea), empieza el angustiante thriller 'Heridas abiertas', de Gillian Flynn. A partir de ese momento es imposible parar de leer (bueno, sí, para lanzarse de cabeza desde el barco a las aguas turquesas de Cala Saona) porque quieres, necesitas, saber más. No sólo de los asesinatos de las pequeñas Ann y Nathalie, sino sobre todo de la relación de Camille con su madre, Adora, y su hermanastra adolescente, Amma. Una relación viciada, difícil, nociva, que hace que afloren de nuevo en Camille todos los problemas y traumas del pasado, heridas marcadas en su piel. Mientras la periodista intenta descubrir quién se llevó a las adolescentes asesinadas, las cuidó como muñecas y las mató luego para arrancarles los dientes uno a uno, el pueblo se la va comiendo. El regreso a Wind Gap implicará mucho más que descubrir al asesino de Ann y Nathalie. Implicará descubrir verdades de su pasado, el origen de esas heridas que chillan palabras desde su piel. Un regreso del que es imposible apartarse hasta llegar a la última palabra. Y a pesar de eso, de que se lee fácil y atrapa como corresponde a toda novela negra, no entiendo el éxito de Flynn, como tampoco entendí el del best seller 'La chica del tren'.

"Mi madre asistió a un funeral vestida de azul. El negro era desolador y cualquier otro color era indecente. También vistió de azul en el entierro de Marian, al igual que la propia Marian. Le sorprendió mucho que no me acordara de eso. Yo recordaba que habían enterrado a Marian con  un vestido color rosa claro. Pero no era ninguna sorpresa: mi madre y yo no solemos coincidor en nada que tenga que ver con mi hermana muerta".

Título: 'Heridas abiertas'
Autora: Gillian Flynn
Editorial: Penguin Random House Mondadori
Páginas: 312
Precio: gratis con una revista
Procedencia: préstamo amiga

martes, 23 de mayo de 2017

Maya Hansen: "Ponerse un corsé depende de la actitud de la mujer, no de su cuerpo"





Quienes me conocen bien saben que uno de mis pequeños sueños factibles es tener, algún día, un corsé de Maya Hansen. Me enamoré de ellos desde la primera vez que los vi. Me gustó su delicadeza, su estilo clásico, los materiales nobles... Y me gustó aún más saber que todos ellos se realizan en un taller, de forma artesanal. Un espacio al que vas, escoges, te toman las medidas... Me encandiló pensar en que antes de la liturgia de ponerte ese corsé (porque sí, abrocharse los corchetes y ajustar luego las cintas es toda una liturgia)  había otra liturgia: la de su confección. Hace unos días este amado oficio mío me brindó la posibilidad de entrevistar a la diseñadora. Sólo lamento que, cosas del tiempo, se quedaran algunas buenas preguntas en el tintero.

(Hay quien denosta el corsé. Que lo considera una prenda machista o que cosifica a la mujer. No creo que sea así. Toda mujer es libre de vestir como quiera y como le guste sin tener que darle vueltas a lo que van a pensar los demás. Es una prenda muy especial. Cada mujer tendrá sus propias sensaciones. A mí, entre otras cosas, me hace sentir Wonder Woman).

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza

Maya Hansen no ha olvidado la sensación de la primera vez que se probó un corsé. Fue en una tienda de «corsés de verdad» en Berlín. Está convencida de que ese momento marcó su posterior carrera. Hansen se graduó con matrícula de honor en el Centro Superior de Diseño de Moda de Madrid. Mostró sus colecciones durante tres años en EGO, la hermana pequeña de la pasarela Cibeles, donde debutó en 2011. Su popularidad, desde entonces, no ha dejado de crecer. A pesar de esto, la diseñadora tiene algunas cosas muy claras: que no va a pasarse al p rêt-à-porter y que quiere seguir mimando cada detalle de sus prendas.

Hace unos años dijo: «Si no hay corsé no hay Maya Hansen». ¿Lo mantiene?
Creo que sí. Lo estoy demostrando. A pesar de que en las últimas colecciones incluyo vestidos lápiz, vestidos muy estructurados y otro tipo de prendas, siempre mantengo, entre los 20 ó 25 looks de cada desfile, varios corsés. Lo hago porque pienso que abandonar nuestra seña de identidad, que es lo que ha hecho que la gente nos conozca, no sería muy inteligente. Por otra parte, lógicamente, cualquier diseñador evoluciona partiendo de la base, de las estructuras. Puede haber prendas que no son corsés, pero los patrones están muy trabajados, tienen formas arquitectónicas, con muchos cortes y con un patronaje similar. Así que sí, mantengo esa afirmación de que si no hay corsé no hay Maya Hansen.

Con lo de las formas arquitectónicas se me ha adelantado a la pregunta: ¿Cuánto hay de arquitectura a la hora de concebir el patrón de un corsé?
Los corsés son de las prendas más complejas que hay dentro del mundo de la confección debido a la cantidad de piezas que llevan por dentro y a su construcción... Precisamente, en mi última colección, para la que me he basado en el constructivismo ruso, he trabajado junto a tres arquitectos: Jesús San Vicente, que es quien hizo la instalación de la pasarela en la Mercedes Benz de Madrid, y luego he tenido dos ayudantes que son arquitectas. Con ellas hemos pasado mis dibujos a un programa que se usa normalmente en arquitectura para el diseño de piezas. Hemos cortado las piezas que forman las prendas con corte láser. He estado buscando muchísima gente para trabajar. Soy bastante exigente con mi equipo porque me gusta que las prendas sean impecables. Para mi sorpresa, la conexión con las arquitectas ha sido inmediata y, sin embargo, gente que se dedica a la confección o a la costura desde hace más de veinte años no me entiende o no comprende mis patrones como lo hace un arquitecto. Eso me ha dejado un poco descolocada, la verdad. Pero bueno, si lo que tengo que hacer es trabajar con gente de fuera del mundo de la moda, mientras la encuentre, encantada.

Se hizo famosa con los corsés, pero cada vez en sus colecciones hay muchas otras prendas. ¿Era un paso lógico al participar en pasarelas importantes?
Claro. Nosotros somos diseñadores, no somos gente que hace vestuario histórico. El corsé es una pieza de los siglos XVII y XVIII que, queramos o no, tiene unas connotaciones. Se ha utilizado en teatro y en cine. Siempre estás investigando el patronaje de la época, pero lógicamente así como avanzas en las colecciones vas evolucionando. También vas creciendo, madurando. Tanto tú como diseñadora como tus clientas, las que empezaron contigo. Van cumpliendo años, las ves evolucionar y te piden otro tipo de prendas. La moda se renueva cada mes, prácticamente, y tenemos que estar atentos a eso. Independientemente del ADN que tengamos tenemos que estar muy bien informados del sector al que pertenecemos. Puedes ir por libre y decir «yo hago este tipo de prendas que es lo que más vendo», pero a la hora de desfilar en una pasarela tienes una responsabilidad muy grande, debes aportar algo nuevo, una visión diferente. Hay mucha gente que querría estar en tu lugar y sólo somos 35, creo, los privilegiados que estamos ahí. Es un honor y si no aportas nada nuevo la gente, que es exigente, lo nota. Intentamos que en cada colección se aprecie que hay una nueva visión. Ahora, por ejemplo, estoy haciendo lo que llamo comfy corsets [corsés cómodos], suaves, con cremallera...
¿Cremallera?
Sí. Si me hubieras hecho esta entrevista hace unos años y me hubieras preguntado si he añadido alguna vez una cremallera a un corsé, te hubiera dicho que eso sería estar en la antítesis de lo que hago.
¿Entonces?
Hoy por hoy tengo muchas clientas de Arabia Saudí y de otros países árabes que me dicen que les parece muy bonito el tema del corsé, pero muchas de ellas se quieren vestir solas o no tienen tiempo. Quieren vestirse en cinco minutos sin estar pendientes de sus maridos o de alguien que les ayude a abrocharse el corsé. Las escuchas y al final valoras lo que te sugieren. (seguir leyendo)

sábado, 20 de mayo de 2017

Así empieza la manada (trece energúmenos)


 
@Martatorresmol
Las diez de la mañana del sábado. Zombi. Salí de la redacción pasadas las dos de la madrugada y enfilo de nuevo el camino hacia allí. Sólo quiero un café. En mi bar de las mañanas. Un bar de parroquia básicamente masculina. Trabajadores. De todas las edades y condición. De veinteañeros a octogenarios. De pantalón manchado de mil tonos de pintura a traje caro y corbata de seda . Todos educados. Respetuosos. Siempre. Nunca me he sentido atacada. Nunca he tenido la sensación de ser un trozo de carne. De vez en cuando hay alguna mirada que va más allá, pero nada que me haga sentir molesta. Me tratan como a una reina. Es casi mi casa. Hasta hoy.

Trece energúmenos (me niego a llamarles hombres) sentados en al terraza me jalean al pasar. Gritan. Aplauden. Hacen sonar la bocina de un megáfono. Despliegan verbalmente todo un catálogo de obscenidades. Son trece y están de despedida de soltero, según deduzco por sus camisetas. En la mesa hay varias botellas (hierbas y whisky) ya vacías y un número incontable de vasos de tubo. Me enciendo (en el peor sentido del verbo), me quito las gafas de sol y les miro, seria, antes de seguir hacia el interior del bar. Se callan. Pero sólo dura unos segundos, luego siguen con los gritos, los jaleos y la bocina. Conmigo. Y con todas las mujeres que pasan por la calle. Algún cafre aún dirá que deberíamos sentirnos halagadas. ¡Trece hombres jaleándonos! ¡Trece hombres jóvenes piropeándonos! ¡Trece hombres deseándonos! Quien diga eso no entiende absolutamente nada. Da igual si somos Beyoncé o la hermana fea de los Calatrava. Eso no importa. Somos mujeres y sólo por eso trece bestias hasta arriba de alcohol se sienten con derecho sobre nosotras. Sienten que tienen derecho a pensar en nuestro cuerpo como si fuera suyo. De cada uno de ellos y de todos a la vez. Un juguete. Una diversión. No se les pasa por la cabeza que no lo queramos, que nos ofenda, que nos haga pasar vergüenza o sentirnos, en cierta manera, violadas. Se sienten arropados. Protegidos en su nube de testosterona desatada. Nos jalean. Y, lo que es peor y más peligroso, se jalean. En ese momento, si a alguno se le ocurre ir más allá, dejar el megáfono y los gritos para pasar a las manos, hay muchas probabilidades de que los demás le sigan. Que no acepten un no por respuesta. Y si es de noche, no hay nadie cerca y estás sola contra trece armarios... Así empieza la manada.



martes, 16 de mayo de 2017

Me criaron en una redacción de las que ya no existen


@Martatorresmol

Me criaron, (sí, porque en este oficio, cuando las cosas se hacen bien, te crían) en una redacción de las que ya han desaparecido. En la que las cabezas de los periodistas sobresalían en la eterna niebla de tabaco. Donde los teléfonos sonaban sin descanso hasta bien entrada la noche. En la que todos sabíamos en qué armario había siempre una botella de whisky. Y otra de ginebra. Para madrugadas largas, momentos difíciles, esperas en compañía. Una redacción en la que, temerariamente confiados, me arrojaron a la calle, a la gente, a los políticos, a las personas desesperadas, a kilómetros de carretera, a un sinfín de pasos, a pleno sol y a lluvias inclementes, a niños traviesos, a puertas cerradas y a gorilas. Una redacción en la que la libreta y el bolígrafo (pierdo la cuenta de los que llevo en el bolso) eran imprescindibles y la grabadora, si se utilizaba, era un simple apoyo; donde captar la esencia era más importante que la literalidad; donde los políticos se te enfrentaban, no se escondían detrás de responsables de comunicación. Una readacción en la que vivíamos pendientes de la información, de los temas, de la forma de contarlos, no de los clicks. Incluso de la palabra exacta, no de la más SEO. Ahogados, pero con tiempo. Tiempo para reflexionar. Tiempo para escribir. Tiempo para ir al bar a tomar un café.

Una redacción en la que aprendías de los que estaban a punto de jubilarse. Aprendías maneras. Aprendías que el 'off the record' es sagrado. Aprendías que, si era necesario, habías de esperar en el portal de casa de un político cuando éste no te contestaba al teléfono. Aprendías la importancia de llevarte bien con las secretarias. Que invertir tiempo personal con las fuentes ahorra luego horas laborales y facilita las llamadas a deshoras para temas nada agradables. Que a los cargos públicos hay que buscarles las cosquillas y no dorarles la píldora, porque para eso ya les sobra gente y porque te debes a quienes te leen. Aprendías que un café se le acepta a cualquiera, pero que hay que decir que no a ciertas cenas, regalos e, incluso, ofrecimientos aparentemente inocentes. Aprendías a no aceptar un no por respuesta, a no contentarte con una declaración complaciente, a entender entre líneas para hacer después la pregunta justa. A desentrañar silencios. A que hay que estar más pendiente de lo que no se dice que de lo que se dice. Aprendías a leer. A periodistas viejos. Y muertos. A los grandes. A los de cada día. A los pequeños. A los famosos. A los desconocidos. Aprendías que al poder hay que serle siempre incómodo y que el cariño y la dulzura hay que reservarlos para aquellos que vienen a contarte historias valiosas: para las señoras centenarias que te abren su vida, para los padres que sollozan porque a su hijo discapacitado no le facilitan los recursos a los que tiene derecho, para los enfermos que gastan sus últimas energías en denunciar carencias... Aprendías que el halago de un político debe sentarte siempre como una patada en el estómago y que las cosas que consiguieras cambiar con tu insistencia y tus páginas serían tus únicos galones. Que la honestidad era un valor que debías tatuarte cada día y que por muchas caras que tenga la verdad debes intentar dar voz a todas ellas. Intento transmitir eso a las nuevas generaciones que, de vez en cuando, asoman la nariz por la redacción. Lo intento aunque sé que es una batalla perdida. La mayoría prefieren estar delante de Facebook y Twitter que salir a la calle. Dicen que sí encantados a entrevistas por correo electrónico (ni siquiera por teléfono) porque entonces sólo tienen que cortar y pegar. Están tan pendientes de la grabadora que se pierden los detalles. No redactan, enlazan declaraciones. Se fían más de wikipedia que de lo que han visto con sus propios ojos. Una batalla perdida que vale la pena mantener por las escasas excepciones con las que te topas.

Me crié en una redacción que a ratos, cuando me pongo a pensar, echo de menos. Una redacción caótica. Sin móviles. Sin redes sociales. Una redacción en la que valían las notas de la libreta, no las grabaciones. Una redacción en la que todos tenían claro lo que eran: periodistas. Y que estaban allí por un único motivo: hacer periodismo.


viernes, 12 de mayo de 2017

'Hombres buenos', regreso a las tardes de uniforme y libros de aventuras


@Martatorresmol

He vuelto. He regresado de París. De la España de fines del XVIII. De un viaje, más bien una misión, lleno de peripecias y peligros. He regresado de todos ellos. Pero sobre todo he vuelto de un lugar y un tiempo mucho más lejano. He vuelto de las lecturas de infancia. De aquellos libros de aventuras en los que me sumergía algunas tardes, aún con el uniforme del colegio pero descalza, para creerme por un rato viajera, pirata, científica, diosa griega, marinera, reina, guerrera, espadachina, mosquetera, princesa, niña demasiado curiosa, heroína, hada, hechicera... Porque eso es 'Hombres buenos', de Arturo Pérez-Reverte, una auténtica novela de aventuras. Como las que leí de niña y de adolescente. Una novela gustosa. Trepidante. De ésas que hacen que te sorprendas hablando con los personajes, alertándoles de lo que se le viene encima, rogándoles que no se adentren en ese paraje, que no confíen en esa persona o maldiciendo su ingenuidad. Porque sí, por mucho que me gusten los personajes turbios, por muy interesantes que me parezcan en la mayoría de los libros, por muchas vueltas que les dé después de haber cerrado el libro, en uno como éste sólo puedo estar con los buenos. Es lo que tienen los libros de aventuras clásicos, que te obligan a tomar partido. Y mi bando en esta lectura es, sin ninguna duda, el formado por el buenazo de don Hermógenes Molina (bibliotecario) y el reservado Pedro Zárate (almirante), integrantes de la Real Academia de la Lengua que deben viajar a París para hacerse, por encargo de la institución, de los 28 volúmenes de la 'Encyclopédie' francesa, prohibida en España. Una misión a la que los amantes de los libros que perdemos la noción del tiempo en las librerías de viejo no podemos resistirnos.

Aventuras y libros... Y tiempo. Por rápido que leas, las 600 páginas no se acaban en un par de horas. La historia da espacio para mascar y digerir la trama. Para ver con detalle los escenarios. Para conocer bien a los personajes, hasta el punto de intuir, pasados los primeros sustos y peripecias, sus reacciones. Espacio (páginas, detalles y profundidad) para saber cómo se mueven, cómo respiran, cómo sienten, con qué ríen, qué les atormenta, cuáles son sus debilidades... Un espacio que últimamente echo de menos en buena parte de los libros caen en mis manos, más centrados en la historia y en la forma que en los personajes. Si tienes un buen personaje, da igual lo que haga o lo que le pase, aunque sólo contemple el horizonte seguirás leyendo. En 'Hombres buenos' no hay sólo uno. Tengo debilidad (es una cuestión muy personal) por el brigadier Zárate. Su porte, su caballerosidad, su inteligencia, su afición a la lectura, su elevado concepto del honor... Pero reconozco que el sicario Pascual Raposo, que intenta frustrar su misión pagado por dos académicos que no tienen los redaños de hacerlo ellos mismos, y el abate Bringas, la singular 'ayuda' que les presta el conde de Aranda en París, son también dos caramelos. Un tanto envenenados o indigestos en algunos momentos si estamos de parte de don Hermógenes y don Pedro, pero caramelos.

He disfrutado como lo hice de niña (fui lectora muy precoz) con Verne o Dumas. De hecho, no sé si es por esa sensación de regreso a aquellas tardes o porque realmente es así, pero me ha parecido ver el espíritu de ambos escondido entre las líneas de 'Hombres buenos'. Hay quien cree que el final es demasiado abierto. A mí no me lo parece. El resultado de la misión queda claro desde las primeras páginas. Esas que no he querido ni mirar ahora (leí el libro en 2015, durante varias mañanas de sol junto a la piscina, en un largo parón del blog) para no volver a quedarme atrapada en esa aventura plagada de peligros. Como toca.

"Los descubrí al fondo de la biblioteca, sin buscarlos: veintiocho volúmenes en cuerpo grande, encuadernados en piel de color castaño claro desvaída por el tiempo, maltratada por dos siglos y medio de uso. No sabía que estaban allí -buscaba otra cosa y había estado curioseando en los estantes-, y me sorprendió leer en su lomo: Encyclopédie, ou dictionnaire raisonné. Se trataba de la primera edición."

Título: 'Hombres buenos'
Autor: Arturo Pérez-Reverte
Editorial: Alfaguara
Páginas: 592
Precio: 22,90€
Procedencia: comprado

lunes, 8 de mayo de 2017

'La tienda de los recuerdos perdidos', huir, a veces, sirve


Huir, a veces, sirve. Salir corriendo. Olvidarse de todo y de todos. Refugiarse. Sin que nadie te consuele. Sin que nadie te haga sentir débil. Sin nadie que te recuerde lo que dejas atrás, lo que perdiste, a quien se olvidó de ti, lo que dejaste de ser, lo que querías... Huir a veces sirve. Algunos dirán que es cobarde. Pero no. No lo es si tienes claro que a quien debes enfrentarte, tu único enemigo en ese momento, eres tú. Huir a veces es simplemente decirle a los demás que te dejen, que esa pelea es cuerpo a cuerpo y no necesitas (ni quieres) padrinos. Y eso es precisamente lo que hace Lily, la protagonista de 'La tienda de los recuerdos perdidos', una novelita de Anjali Banerjee que se lee antes de que se te enfríe el chai fuerte con leche que te has preparado. Lily huye. Del dolor. De la muerte de su marido en un accidente de coche. Del vacío de su casa. De las miradas de pena de los demás. De los recuerdos. Huye, incluso, de sus propias lágrimas. Huye sin rumbo y llega a la pequeña localidad de Fairport, en la isla de Shelter (qué tendrán las islas que son al mismo tiempo refugio, paraíso y cárcel), donde descubre una pequeña casa amarilla en cuya planta baja hay sitio para una pequeña tienda. Y una gata. Una gata ya viejita. Y, no sabe muy bien por qué, se queda. Y monta su negocio de ropa y complementos vintage (por ahí me pilló este libro a mí...). Sabe que el negocio no va a tener mucho éxito, pero le sirve para seguir huyendo, para reconstruir su vida.

'La tienda de los recuerdos perdidos' no es una gran novela. Y es algo que sabes desde el principio. Pero es una de esas novelas agradables, que se leen rápido, sin complicaciones, y con las que sabes que, a pesar de que todo empiece fatal todo acabará bien. Y a veces eso, la certeza de que todo acabará bien, es lo único que buscas. Un libro refugio (como esa isla) al que huir por unas horas. Una historia que no te hace pensar, que simplemente pasa, y que, eso sí, te devuelve a esos días de dolor soledad cotidiana, no deseada, a la que te enfrentas cuando alguien desaparece. Pasado el shock y las lágrimas constantes queda el día a día. Lo más difícil. Y huir, a veces, sirve.

"Esta mañana voy por el camino de costumbre a desayunar al bar de Fairport disfrutando de los dulces aromas de las hojas de otoño, del agua salobre del mar y del exquisito salmón salvaje. El día empieza a bullir en nuestra brumosa isla. Las pintorescas tiendas abren las puertas y sus propietarios colocan letreros pintados a mano en las aceras. Herrerillos y pinzones revolotean en los árboles de los alrededores. Como de costumbre, atajo por el descuidado jardín de una casa amarilla que está deshabitada y tiene un cartel en la fachada, pero esta vez me paro a mirarla con detenimiento".

Título: 'La tienda de los recuerdos perdidos'
Autora: Anjali Banerjee
Traductora: Flora Casas
Editorial: Lumen
Páginas: 254
Precio: 17€
Procedencia: biblioteca mamá

viernes, 5 de mayo de 2017

Pilar Bonet: "A veces debes elegir entre una gran noticia y ser persona"





Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Pilar Bonet (Ibiza, 1952) es corresponsal de El País en Rusia, donde ha sido testigo del final de la URSS, el golpe de estado a Gorbachov, la caída del comunismo y la anexión de Crimea, entre otros momentos históricos. Habla con pasión de su oficio, el periodismo, que defiende en su contepto más clásico: un profesional que ve lo que ocurre, que está pegado a la calle y que interpreta la realidad. Es su manera de trabajar en Rusia, donde lleva desde 1984 como corresponsal de El País (exceptuando un parón entre 1997 y 2001, cuando estuvo destinada en Alemania). Ganadora de varios premios periodísticos, entre ellos el prestigioso Cirilo Rodríguez, confiesa que escribir el discurso para la Medalla de Oro que recibió el viernes le costó más que cualquier crónica.

Después de tanto tiempo, ¿se siente un poco rusa?
No... [Piensa] Soy ciudadana del mundo, pero eso no significa que no tenga unas raíces. Y en Rusia tengo relaciones especiales porque he vivido no sólo muchos años, sino también experiencias históricas, cosas muy intensas que marcan y te hacen sentir de ese lugar. Tengo relaciones afectivas con gente que está viva y con gente que está muerta. Los muertos te ligan a los sitios.


Ha vivido la URSS, el golpe de Estado a Gorbachov, Yeltsin, la caída del comunismo, la Rusia de Putin... ¿Qué momento ha sido más intenso?
Como periodista, el final de la URSS, fue muy intenso, pero también el intento de golpe de Estado de agosto del 91, cuando un grupo de altos funcionarios del entorno de Gorbachov intentó echarlo del gobierno. Eso fue importante, la señal que desencadenó el proceso del final de la URSS. Pero profesional y personalmente viví más intensamente, en 2014, la anexión de Crimea, la crisis en Ucrania, potencia reivindicaciones independentistas y abre un conflicto que aún está abierto. Una situación de guerra de la que no escribimos cada día, pero que es un conflicto grave abierto en el centro de Europa.

¿No se puede escribir cada día de todo lo que pasa?
No. La capacidad de informar que tenemos es limitada. Aunque Internet da la impresión de que podemos estar en todos sitios, no es cierto, y el periodista como transmisor de lo que ve hace lo que puede.

Transmisor de lo que ve... ¿Cada vez se escribe más sin ver?
Sí. Es una interpretación clásica y básica de lo que es el periodismo. La idea de que un periodista sentado en una mesa llega a todos sitios porque hay redes sociales que lo cuentan es ficticia. Nada puede suplir la experiencia personal, pero parece que eso hoy es un lujo porque una red de corresponsales propios es muy cara. Las exigencias de los medios cada vez son más grandes: tienes que hacerlo rápido, en varios formatos, volver a redactarlo de otra forma porque hay que actualizar... Se produce un dilema: salir a ver qué pasa o escribir sobre lo que pasa sin verlo. Nuestra profesión está en crisis, pero confío en que haya una demanda de información honesta, nadie puede hacerlo todo, pero puedes ser honesto y tratar de reflejar lo que ves. No puedes pretender tener la verdad absoluta, pero sí decir «he visto esto». Por eso lo de Crimea y Ucrania fue muy importante, porque encontré gente vetarana como yo que estaba escribiendo editoriales y la volvieron a poner en la calle porque era necesario conocer el trasfondo, la historia. En momentos clave se busca a gente que sabe de qué van las cosas porque la experiencia cuenta mucho. Ahí lo vi. En 2008 también me pasó, cuando la crisis de Georgia y Osetia del Sur. La mayoría de gente no sabía dónde estaba. En el 2004 enviaba cosas de Osetia y me preguntaban dónde estaba. Cuando se produce la crisis hay una demanda de información verídica.

¿Para conocer un país como Rusia hace falta mucho tiempo?
No tanto. El tiempo puede ser una ventaja o un inconveniente. Si es para una descripción superficial el que llega nuevo lo ve con ojos más frescos, pero para un periodismo analítico, cuanta más experiencia tengas, mejor.

Al leerla se nota que le gusta la crónica pura, la descripción con detalles. ¿A veces los detalles dan la medida de lo que está pasando?
Sí, pero debes encontrar esos detalles, porque no todos son iguales. Lo más peligroso en esta profesión es el grafómano, el que escribe por escribir, porque quiere escribir, sin importarle sobre qué. Son peligrosísimos. El secreto es ser selectivo con los detalles, saber cuáles tienen un valor universal y cuáles son accidentales. Ante cualquier realidad debes saber qué es esencial y qué no. Es importantísimo. Por ejemplo, en el secuestro de la escuela de Beslán, en 2004, donde murieron más de 300 personas, iba por la escuela, que estaba llena de sangre y libros deshechos. Podía hablar de la sangre y del olor a cadáver, pero lo que me emocionó fue entrar en una clase y ver el teorema de Pitágoras, el seno y el coseno. Y lo escribí. Aquel detalle era el que acercaba aquella gente a nosotros porque todos en nuestra infancia aprendimos eso. Podía escribir cualquier cosa de cadáveres, pero... (seguir leyendo)




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