miércoles, 30 de mayo de 2018

Mujeres que encienden luces


@martatorresmol
Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Cuando enciendes la luz ya no puedes dejar de ver las grietas. Han estado siempre ahí, antes, incluso, de que tú existieras. Seguramente por eso no las veías. Como tampoco veías que eran peligrosas y que alguien (tú, todas, todos) tenía que meterles mano y arreglarlas. Aún no entiendes cómo no las habías visto. Porque no es la primera vez que enciendes la luz. Antes no las distinguías ni con el sol de mediodía y ahora no puedes ignorarlas ni con la luz apagada, en la oscuridad más absoluta. Te angustia que se hagan más grandes, que se te acabe cayendo la casa encima, y empiezas a hacer de albañil. Pero las grietas son tan grandes que sola no puedes. Cuando llegas al techo se han vuelto a abrir por el suelo. Miras la luz y ya te da igual si está encendida o apagada, porque ya siempre verás. Y te quedas allí, con tu espuerta de cemento, esperando a las demás, a las otras mujeres que también enciendan la luz y ya no puedan dejar de ver, incluso con ella apagada. Sabes que llegarán, porque hay mujeres que van esparciendo la luz, encendiendo bombillas, una detrás de otra, prendiendo guirnaldas de destellos y colorines, haciendo que, poco a poco, todas veamos las grietas, nos remanguemos y empecemos la faena de acabar con ellas, convencidas de que llegará un día en que podremos mirar la pared con un microscopio sin ver ninguna grieta. Sólo las cicatrices, que nos recordarán cómo estábamos. Y podremos dejar el cemento y disfrutar de la igualdad.

domingo, 27 de mayo de 2018

Las lectoras del último viernes


Elena, Maite, Vicent, Neus, Paula y Maruja, frente a la librería. Sergio G. Cañizares

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Está oscuro ya. Y la puerta de la librería Mediterrània está cerrada. Pero dentro, al fondo, en una pequeña sala, la luz está encendida y hay rumor de sillas. Unos vasos de vino y una mesa medio llena. Cosas de picar. Es la liturgia de cada último viernes de mes, cuando once mujeres y un único hombre quedan para hablar de libros. De libros en general y de un libro en concreto. El que el pasado último viernes eligió uno de ellos y que, si todo ha ido bien, los doce integrantes de este club de lectura han leído. «Nos tendríamos que poner un nombre, ¿no?», comenta Neus Montero, cuentacuentos y apasionada de la lectura. «Ya lo tenemos: el club de los últimos viernes, ¿no?», responde, entre risas, Paula López, directora de la iniciativa, que comenzó, ya hace un buen puñado de años, cuando tenía su propia librería, Érase una vez. Aquella aventura acabó, pero el club ha seguido adelante en Mediterrània, donde su gerente, Vicent Marí, no sólo se encarga de suministrarles los títulos elegidos sino que, además, se ha añadido al grupo. «Siempre hemos sido mayoría de mujeres, pero siempre ha habido, también, cuota masculina», explica Paula.

Hace ocho años que Maruja Ribas vio a los cristales de la librería de Paula un cartel donde se informaba del club de lectura. A pesar de que no tenía claro si aquello sería muy para ella –«pensaba que quizás sería muy intelectual y me costaría atreverme a hablar»- se animó. «Era completamente diferente a cómo había pensado. Mucho más ameno», explica. Entre los cerca de 80 libros que ha leído para el club en este tiempo, destaca, especialmente, ´Patria´, de Fernando Aramburu, que leyeron hace relativamente poco. «Muestra la vida cotidiana y los problemas de dos familias en el País Vasco», recuerda. Uno de los que más le ha costado tu ha sido, en cambio, ´El jilguero´, de DonnaTartt, demasiado duro y crudo.

Del mismo modo, con aquel cartel en la puerta, llegó al grupo Elena del Moral, a quién gustó tanto la experiencia de hablar de libros que acabó animando a su amiga Maite Hernández, su hija, su nuera... Las dos últimas ya no pueden ir, pero ella y Maite llevan cinco años en esta comunidad lectora. La primera vez que fue, Elena no había leído el libro de aquel mes, ´El último judío´, de Noah Gordon, pero recuerda que, por lo que comentaban en la tertulia, le recordó a ´El hereje´, de Miguel Delibes. También recuerda que aquel primer día le sorprendió el ambiente distendido: «Pensaba que sería más universitario, que la gente iría cargada de citas y de mucha información». Citas, explica, las hay: «Paula y Neus lo traen muy trabajado». En este tiempo ha leído muchos libros que le han gustado: ´Patria´, de Fernando Aramburu, ´Americanah´, de Chimamanda Ngozi Adichie, o el penúltimo que han leído: ´Fabulosas narraciones por historias´, de Antonio Orejudo. A pesar de que los ha acabado todos, asegura que un buen par de ellos le han decepcionado porque no han sido lo que esperaba. Entre todos estos destaca ´Chicos y chicas´, de Soledad Puértolas.

«A veces es más interesante que no gusten mucho los libros», apunta Neus con una sonrisa un poco maléfica. Su comentario tiene una justificación: cuanto menos gustan los libros más interesantes acostumbran a ser los debates. Los debates, que siempre son apasionados, a veces se vuelven más viscerales. Quizás en esto tiene algo a ver que, desde hace un tiempo, son las propias integrantes del club quienes eligen las lecturas de cada mes. «Quedamos tarde porque hay gente que trabaja y que tiene que llegar hasta aqui. Como es tarde, algo tenemos que comer, así que cada mes una persona trae el aperitivo y ésta es la que elige el libro del mes siguiente», explica Paula. Precisamente es Elena a quien le toca escoger la próxima lectura. Ya la tiene clara: ´Mr. Vértigo´, de Paul Auster, que la dejó muy impresionada. Será el reencuentro de algunas de las integrantes del club con el escritor. Maite, la amiga de Elena, confiesa que desde que leyó ´Brooklyn Follies´ le ha cogido un poco de manía. Ella, que también tenía un poco de miedo al club por si era «aburrido y cultureta», ha elegido el libro de este mes: ´Vida con Picasso´, de Francoise Gilot, que Vicent ya tiene en la trastienda. Al club se frotan las manos. Con un personaje como el pintor malagueño la animación de la tertulia está garantizada. Destaca que leen de todo. Libros que les fascinan y otros que no entienden cómo han conseguido premios, como ´La isla de Alice´, de Daniel Sánchez Arévalo.

Ceremonias del té y cinefòrum

«Por deformación profesional yo acabo sacando todos los defectos», comenta Paula, que todavía recuerda como quedó de pintarrajeado su ejemplar de ´El fuego del flamboyán´, de Viruca Yebra. Confiesa que acaba todos los libros del club porque le parecería una falta de respeto, como directora del club, que las participantes hablaran de detalles que ella, al no haber acabado los libros, no tenga controlados. «Yo sólo leí sus comentarios», apunta Neus, que confiesa su debilidad por los clásicos, a pesar de que, reconoce, no son los mejores libros para el club de lectura. Imponen. Cuesta reconocer que no han gustado. Y muchos lectores no se sienten autorizados para opinar sobre historias que están consideradas obras maestras de la literatura. «Tienen miedo de decir lo que piensan cuando se trata de un clásico», afirma Neus, que cada vez que puede lee ´Ana Karenina´, de Tolstoi. Para ella, lo más importante del club es esta vertiente de recuperación de las tertulias. «Se ha perdido la costumbre de hablar, de dialogar, de debatir. Los clubes de lectura son unos espacios donde poder hablar de libros», explica mientras Paula asiente con la cabeza. Y no sólo hablar de libros, sino aprender y descubrir otras muchas cosas: culturas tradiciones, curiosidades...

Cuando leyeron ´Un tranvía llamado deseo´, de Tennessee Williams, organizaron un cinefòrum y vieron la versión dirigida por Elia Kazan y protagonizada por Marlon Brando y LizTaylor. Era una cinta especial que incluía las partes eliminadas por la censura española. «Se notaba porque la voz de Brando cambiaba», recuerdan. Otro día fueron a una tetería donde una japonesa les hizo la ceremonia del té, cuando habían leído una novela de Amy Tan: ´ Un lugar llamado nada´. «Ella es norteamericana de origen chino, pero habíamos estado comentando el tema oriental y surgió esto del té. No es que confundimos la China con el Japón», matiza Neus. Han tenido contacto directo con los autores de algunos de los libros, como Sigfried Meier, de quien leyeron ´Mi resiliencia´ y han invitado a expertos a las tertulias sobre algunas de las lecturas. El actual consejero insular de Cultura, David Ribas, acudió cuando comentaron ´Vida y muerte de un pueblo español´, de Elliot Paul, y el propio Vicent, gerente de la librería, cuando leyeron ´Los muertos mandan´, de Blasco Ibáñez.

Precisamente fue en este encuentro, como invitado, cuando Vicent se animó a participar. «Me  encontré muy a gusto», afirma este joven, que coincide con las compañeras de club a la hora de elegir las mejores y las peores lecturas: ´Patria´ entre las primeras y ´La isla de Alice´ entre las segundas. «El del flamboyán no lo leí», indica Vicent, que explica que eligió ´Fabulosas narraciones por historias´, a pesar de que era un libro publicado en el 96 y que ha estado mucho tiempo sin reeditarse porque le pareció que gustaría a sus compañeras: «Es un libro muy entretenido, relacionado con la generación del 27, y su autor escribe muy bien». Vicent reconoce que no siempre es fácil encontrar los libros que proponen las integrantes del club. Muchas veces se trata de libros que no se han reeditado y de los que es imposible encontrar una docena de ejemplares. «No es que no sean buenos, es que la propia industria va tan deprisa con las novedades que no hay tiempo para pensar en reediciones», justifica en el mostrador de la librería, el mismo por el que pasan , ya a oscuras, cuando, cerca de la medianoche, acaban la tertulia. El último viernes de cada mes.


domingo, 6 de mayo de 2018

'Zenit': la pluma debe vencer a la mierda


David Ruano

Una pluma roja sepultada por toneladas de bolsas de basura. De mierda. Es la última imagen, antes de que los focos dejen completamente a oscuras el escenario, de 'Zenit', de Els Joglars. Fantástica. Satírica. Una obra de las que hacen que se te congele la sonrisa. Sobre todo si estás en el bando de aquellos a los que se saca los colores. Seguramente, hace un rato, todos miraban la obra y señalaban a los periodistas. Yo, hace un rato, miraba la obra y me faltaban dedos para señalar a cada uno de mis compañeros de patio de butacas. Todo lo que sale a escena en 'Zenit' es real. No absoluto, porque no todos los medios ni todos los periodistas funcionan igual, pero muy real. En las redacciones apenas hay ya tiempo para pensar y digerir antes de escribir. No digamos ya para investigar. "Si quieres hacer periodismo de investigación vuelve a los 80", comenta la directora en un momento de la obra. "Ya me gustaría", le responde Martín, periodista ya de cierta edad, crítico con las nuevas formas de su oficio y reacio a ellas. Ese ya me gustaría ha sido como una patada en el estómago. Todos los que conocimos, aunque fuera en sus últimos coletazos de principios del siglo XXI, ese periodismo anterior a las redes sociales y a la dictadura de internet, responderíamos lo mismo que él. Es real la obsesión por los clics, por los números. Y es real, por parte de algunos, ese desprecio por piezas buenas y bien escritas, que te ha costado un mundo sacar, porque no se están leyendo. En la web, porque lo que se lee en el papel sigue siendo maravillosamente misterioso e incontrolable. Es real que el tiempo que antes dedicabas a pensar y digerir tus historias antes de sentarte frente al teclado ahora lo dedicas a adelantarlas en la web o a editar vídeos. Es real que las tertulias mejoran tu fin de mes. Es real que hay medios que han reencuadrado fotos para adecuarlas a la historia que querían contar en vez de contar la historia de la foto completa. Y es real que hay periodistas que simplifican demasiado. Reconozco que todo esto es real. Y sigo señalando con el dedo a mis compañeros de patio de butacas. Sí. Porque al igual que toda sociedad tiene los gobernantes que se merece, porque los han votado, toda sociedad tiene los medios que ha creado, porque ellos dictan su camino con sus clics. Los mismos que critican que en las ediciones digitales aparezcan noticias tontas son los mismos que clican sobre ellas, que engordan sus números y que hacen que ese tipo de noticias sigan apareciendo. Si la gente quisiera periodismo de verdad no le darían ni una visualización a esos contenidos. Y sí, a los periodistas también nos molesta ver un reportaje que te ha llevado días y que has escrito con mucho cuidado y mucho cariño junto a la última tontería que ha dicho Belén Esteban o el último vídeo viral de gatitos. De todo esto, y de muchas más cosas, hablan Els Joglars, con ese lenguaje suyo tan corporal, tan de clown... Porque de eso trata del clown (eso, al menos, aprendí de uno de los grandes, no fui nunca a sus clases como alumna, sólo como periodista, pero eso es el periodismo, una clase constante), de meter el dedo en la llaga. A mí, su dedo, seguramente me ha dolido más de lo normal. Mi llaga era ya vieja y profunda. Mi dedo os apunta a vosotros. Y a vuestros clics. La pluma debe vencer a la mierda.

Título: 'Zenit'
Actores: Ramon Fontseré, Pilar Sáenz, 
Dolors Tuneu, Xevi Vilà, 
Julián Ortega, Juan Pablo Mazorra
Dramaturgia: Ramon Fontseré, Martina Cabanas
Dirección: Ramon Fontseré
Espacio escénico: Martina Cabanas
Ayudante de dirección: Martina Cabanas
Vestuario y atrezzo: Laura García
Iluminación: Bernat Jansà
Sonido: Guillermo Mugular
Técnico en gira: Roger Vila
Coordinación técnica: Pere Llach
Coreógrafos: Cia. Mar Gómez
Diseño gráfico: Arkham Studio
Fotografía: David Ruano
Coordinación giras y medios: Alba Espinasa
Producción ejecutiva: Montserrat Arcarons,
Alba Espinasa
Catering: Hort d'en Roca

miércoles, 2 de mayo de 2018

'Cuando éramos hermanas', la sencillez


@martatorresmol

No hay como contar las cosas de forma sencilla. Con pocas palabras. Con frases no muy largas. O no muchas muy largas. Con pocas coordinadas y subordinadas cortas. Sencillo. Simple. Directo. Hay cosas tan grandes que no necesitan más que unas pocas palabras, las justas, eso sí. 'Le mot juste', como diría Flaubert. Y eso es, exactamente, 'Cuando éramos hermanas', de Sheila Kohler. Una historia inmensa en un librito pequeño y sencillo. Y sincero. Sobre todo sincero. Es inconmensurable el amor y el dolor, la rabia también, que caben en un libro que apenas supera las 200 páginas, con capítulos cortos y cuajado de fotografías. Sí, porque 'Cuando éramos hermanas' es, sobre todo, una historia real. La de la propia Sheila y su hermana, Maxine. Una historia que comienza a bocajarro, por el final, con el momento en el que Sheila se entera, por una llamada de su madre, de que Maxine ha fallecido en un accidente de tráfico. En dos páginas la acompañamos a Johannesburgo, al depósito de cadáveres, a esa sala fría en la que Sheila no puede ya consolar a su hermana y en la que se da cuenta, de golpe, de que empieza una nueva vida.

A partir de ese momento iremos hacia atrás y hacia adelante. De forma anárquica. Porque los recuerdos y los pensamientos no tienen orden. Las conoceremos felices, de niñas, vestidas exactamente igual y jugando en el jardín de la mansión de Sudáfrica en la que vivían. De viaje por Europa, compartiendo habitación y confidencias. En esa conversación, ya de adultas, en New Haven, con Sheila acabando de tener a su primera hija y Maxine hablándole por primera vez de Carl, ese hombre que se convertirá en su marido y que, en esa morgue del principio, la escritora sospecha que tiene algo que ver con la muerte de su adorada hermana. En esas veces en las que la vio triste. En las veces en las que debería haberle dicho que lo dejara todo. De niñas, en la playa, con aquellos bañadores de ganchillo que se quedaban enormes al primer baño. Y todo eso, sencillo. Porque hay historias tan grandes que apenas necesitan palabras.


"Es quince años antes de que Mandela se convierta en presidente, y Sudáfrica, un país del que me marché a los diecisiete años, todavía está sometida al apartheid. Tengo treinta y ocho años. Estamos en octubre, al que los afrikáners llaman die mooiste maand, el mes más hermoso. Nuestra primavera.
Mi madre llama con la noticia. Mi cuñado, un cardiocirujano y alumno predilecto de Christiaan Barnard, el primer médico que trasplantó con éxito un corazón humano, había estrellado su coche contra un poste de la luz cuando conducía por una carretera desierta y reseca. Él, que llevaba puesto el cinturón de seguridad, había sobrevivido, pero mi hermana no tuvo tanta suerte."

Título: 'Cuando éramos hermanas'
Autora: Sheila Kohler
Traductor: Mariano Antolín Rato
Editorial: Alba
Colección: Contemporánea
Páginas: 232
Precio: 18.90€
Procedencia: regalo

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