sábado, 23 de julio de 2011

Sin Amy

http://youtu.be/OTpcLir9pQo


Me cuesta creer que ya no esté. Que ya nunca más volverá a cantar. Que no recuperará la cordura, la serenidad, la voz y el talento con que deslumbró hace años a los que amamos el soul. Es curioso, pensaba que se iría pronto, pero jamás imaginé que tan pronto. Siempre, hasta después de ver las imágenes de Belgrado, confié en que alguno de los buitres que alimentaban su desgracia para enriquecer sus bolsillos, los que la subían a los escenarios como a un gladiador consumido al que echar los leones, diría basta. Pero no. Amy Winehouse, la mujer que convertía mi casa en un oscuro club de los 50, lleno de humo, hombres con sombrero y mujeres con vestidos largos y labios rojos, ha abierto la única puerta que encontró para salir del bosque de la fama en el que llevaba años perdida. Esta noche he apagado casi todas las luces, me he servido una copa de vino, me he puesto mi combinación de seda negra y he vuelto a escuchar las primeras canciones que me cantó. Me he despertado entre humo de tabaco, sombreros y labios rojos.

domingo, 10 de julio de 2011

Un cuento chino, vacas y silencios

Roberto, un argentino maniático del orden y las rutinas que cuenta los tornillos que vienen en las cajas, se duerme siempre cuando el reloj marca las once de la noche y colecciona noticias increíbles. Jun, un chino que sólo habla chino perdido en Buenos Aires después de que una tragedia provocada por una vaca le cambie la vida. Tropezados por casualidad y condenados a entenderse. Roberto (Darín) no quiere, le molesta la visita inesperada, una agresión a su intimidad y su día a día solitario. Roberto no puede dejarlo a su suerte en la ciudad, sabe que los remordimientos lo devorarían el resto de su vida. Y así, por obligación moral, Roberto acaba acogiendo en el trastero de su casa a Jun, al que da siete días para que encuentre a su familia. Roberto y Jun no se entienden con palabras, hablan sus gestos. El cabezota argentino parece no ver cómo se complementan hasta en los más pequeños detalles (Roberto se come la costra del pan y Jun, la molla) y se desespera con el paso de los días sin noticias de la familia de Jun, que se esfuerza por hacer la convivencia con el ferretero lo más agradable posible. Se supone que 'Un cuento chino', inspirado por una historia real, es una comedia. Y sí en muchos momentos hace reír, pero no es una comedia al uso, ya que las dificultades de comunicación entre Roberto y Jun, la soledad que Roberto se empeña en buscar y la tristeza que Jun se esfuerza en esconder hacen que se congele la sonrisa durante buena parte de la película, de la que no hay que perderse los títulos de crédito.

domingo, 3 de julio de 2011

Shirley Valentine, una Pandora de extrarradio

Fui a ciegas. Sabía de la existencia de la película y de las muchas versiones teatrales. Pero no quise saber nada. El conocimiento asesina las sorpresas de un descubrimiento. Sentada en la tercera fila dejé que Verónica Forqué (graaaaaande, como siempre) me llevara al mundo de Shirley Valentine. A su casa, con su marido, con las sartenes, con el vasito de vino, las alpargatas con calcetines, el hule de flores, el pelapatatas, el delantal y, sobre todo, la pared. Esa pared con la que habla, a la que se dirige cuando tiene dudas, a la que pregunta sin esperar respuesta, que la acompaña en sus mínimas alegrías y comparte sus tristezas cotidianas. Esa pared que es la única que la escucha. No pude evitar reírme, a carcajadas en ocasiones, con el diálogo sin respuestas de Shirley Valentine, con sus fracasos contados en tono de chiste ("el sexo es como las rebajas, mucho apretón, mucho sudar, y al final lo que te llevas no es para tanto"), con sus miserias en clave de humor… Eran carcajadas engañosas, risas y humor para bajar la guardia y que la contundencia de la soledad cayera con más fuerza sobre mi línea de flotación (y el rímel y el eye liner, de paso). No me di cuenta de que estaba llorando hasta que noté el frío salado de una lágrima en la comisura del labio. Por suerte, Shirley Valentine, la mujer que le explicaba a la pared que quería viajar a Grecia y tomarse una copa de vino sentada en una mesa en la arena de la playa, guardaba, como una Pandora de extrarradio, la esperanza en el interior del capazo con el que descubre Grecia.
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