lunes, 30 de noviembre de 2009

Mi querido Mister Scrooge



Vaya por delante que es muy difícil que no me guste un Dickens. Me encanta y siempre le veo cosas buenas a las adaptaciones de sus obras que se hacen para cine o televisión, especialmente si son de producción británica. Los ingleses tienen muy claro que con Dickens no se juega. Con estos antecedentes es fácil entender que la última versión cinematográfica de 'Cuento de Navidad' me pintara una sonrisa en la cara. La disfruté a pesar de los niños gritones (algunas escenas daban miedo a los más pequeños), los padres pasotas (si el niño habla, hágale callar, no le siga la conversación, que no está en el salón de casa) y de que la sala 3 del cine Serra era la más enana que he visto en la última década. A Dios pongo por testigo de que nunca más volveré a entrar en esa sala… Las vistas panorámicas de Londres son perfectas y el cutis de Mister Scrooge da casi más miedo que los oscuros callejones en los que suceden algunas de las escenas. Ebenezer, se me antojó demasiado simpático, incluso en sus momentos más miserables, por el tono cómico que impregna toda la cinta. Eso sí, suspenso sin posibilidad de recuperación a los tres espíritus. El primero, una vela, parece el sol de los Teletubbies. La excesiva risa del segundo, un año pelirrojo de aspecto vikingo, me torturaba horas después de haber salido del cine. El tercero, una sombra negra, podría haber tenido más matices (¡qué gran paleta de colores la del negro y el gris!). Parece que todo el presupuesto se lo llevó el protagonista. Pero quizás precisamente por eso vale la pena ir al cine. Aunque mejor os esperáis a salir de Eivissa, es un desperdicio ver esas imágenes concebidas para 3D en una pantalla como la que tenéis en casa. Más o menos.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Matemáticas calientes y amuletos fríos



Hace años que mantengo una relación de amor odio con los bestsellers. Desconfío de ellos, pero en ocasiones no puedo resistirme a su lectura fácil. Me gusta un aquí te pillo aquí te mato literario de vez en cuando. De algunos he llegado a enamorarme y otros prefiero no volver a verlos, así que acaban en los lugares más escondidos de las abarrotadas estanterías. Ejemplo de esto último es 'La mano de Fátima', de Ildefonso Falcones que, tengo que confesarlo, cogí con pocas ganas. Me lo regalaron por el título (hace años que tengo y regalo este amuleto). 'La catedral del mar' ya no me gustó. Me dejó fría y me recordó a 'Los pilares de la tierra'. Mal copiado, eso sí. Con el segundo me ha pasado lo mismo. Falcones escribe bien, es imposible negarlo, las historias son buenas y los personajes están muy bien definidos, pero le falta alma. Parece escrito con un ordenador enchufado a un corazón de hielo. Desde hace unos días está en la balda más alta de la estantería más pequeña en el rincón más oscuro de la biblioteca, muy alejado del libro de Paolo Giordano, que se ha ganado un espacio accesible y bien iluminado. Me encantó el principio, los primeros capítulos, sólo hablar de ellos me vienen a la cabeza imágenes de la película que mi cerebro fue montando a medida que leía. En algunos momentos  tuve que cerrar el libro para tomármelo con calma, para no devorar en una sola mañana las vidas de Mattia, el chico que se pasa la vida castigándose, y Alice, la chica que hace lo posible por desaparecer, dos números primos en un mundo de números divisibles. Pero no pude resistirme a la calidez de estas matemáticas. Todo acabó en una mañana y una tarde.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Una moussaka en el faro del fin del mundo


Nixon estornuda al entrar en casa. Olisquea el aire y abre un poco la boca mirando algo que yo no veo y que imagino como la nube que sale de los pasteles de los dibujos antiguos. Lo agarro fuerte justo en el instante que empieza a dar un paso rumbo a la cocina, su paraíso prohibido. Me mira con pena, relaja las patas y camina calmado hasta la terraza. Sólo entonces me doy cuenta del aroma que sale de la cocina. Hace horas que la moussaka reposa esperando su destino en el faro del fin del mundo, cuya luz verde conduce cada mes a un lugar diferente. Arabia (tajine de cordero con ciruelas), Japón (makis de salmón), India (cordero al curry), Rusia (bulibiak) y ahora Grecia. Noto un ligero dolor de cabeza. El fantasma de una borrachera que nunca existió. Unos vasos de vino, no sé cuántos porque la olla se tragó buena parte de ellos, conversación con la propia farera (sastresa en otra vida) y algo de música, como corresponde nacer a cualquier plato mediterráneo. Parece que siempre buscan el alboroto de una familia numerosa, caótica y tan escandalosa como protectora. Miro mi toga, mis cintas doradas del pelo, la capa, el casco de diosa guerrera… Dudo. Ya me puse anoche las prendas imaginarias, mientras tarareaba muda un tema de Elephteria Arvanitaki, ahora no sé si ponerme las corpóreas.

viernes, 13 de noviembre de 2009

En la cocina con Julie & Julia



Me encanta cocinar. Desde pequeña. Mi primera tortilla francesa la preparé a los siete años, subida en una silla porque no llegaba a los fogones y siguiendo las indicaciones de mi tío abuelo Joan, cocinero. Aquello me pareció magia y desde entonces no he parado. Me gustan los libros de cocina, recorto las recetas que encuentro en las revistas con la intención de prepararlas algún día y me gusta pasar los días libres y lluviosos cocinando con música de fondo y una enorme copa de vino entre las manos. Con estos antecedentes no podía no ver 'Julie & Julia' a pesar de que alguien me había dicho que era aburrida y que a punto había estado de dormirse entre tanta cacerola. Así que a pesar de las críticas, el domingo por la tarde, a la hora de la siesta, decidí meterme en el cine para ver Meryl Streep y Amy Adams metidas en harina. No es que sea una gran película, pero tampoco era tan mala como me habían dicho. Streep está impresionante (¿alguna vez no lo ha estado?) y los instantes en las cocinas me parecieron geniales. Salí del cine con ganas de plantarme frente a la vitrocerámica y, como la joven Julie, intentar preparar grandes platos en una diminuta cocina de principios del siglo XXI.

lunes, 9 de noviembre de 2009

La falsa aunque entretenida Hipatia


Ante la aburrida tarde de sábado me metí en el cine. Sola. Y no porque fuera sola, que también, sino porque no había nadie más en la sala. Sólo dos ojos para la historia de la Hipatia de Alejandro Amenábar. Ya sé que no es la auténtica, aunque su director parezca pretenderlo, y que cualquier parecido con la realidad es pura casualidad (magnífico el artículo de Vicente Valero sobre la falsa historia que se vende en libros y películas publicado el sábado en Diario de Ibiza y que podéis leer clicando aquí), pero siempre me han gustado los peplums y no quería ver éste en casa. Por más que se empeñen las nuevas tecnologías ver las películas en la tele no es lo mismo y me niego en redondo, en cuadrado, en rombo y en lo que haga falta a verlas en el ordenador. Pues eso, que aunque la historia no es la real, 'Ágora', excepto algunos detalles (las explicaciones del final en plan telefilm me sobraban), me gustó. El tiempo pasó rápido, acabé envidiando la pasión de Hipatia por encontrar una explicación al cosmos, me hice pequeñita en la butaca temiendo que los parabolanos cayeran sobre mí, admiré la tenacidad y lealtad del viejo Aspasio y hasta intenté prestar mis brazos para salvar más rollos de papiro.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Aquellas tardes de Supercoco y nocilla


"Laaaa laa laaa la la la laaaa laa laaa..." Así acababan los deberes y comenzaban las tardes de diversión de cuando era pequeña. Llevaba un horroroso uniforme (camisa blanca, jersey azul marino y falda de cuadros), tenía una melena dorada y espesa (¿dónde ha ido todo aquel pelo?) y me faltaban algunos dientes. Aquella melodía significaba risas, pan con nocilla y una tarde de ocio. Ni clases de inglés intentando adivinar el nombre de lo que salía en las postales de Miss Rose Mary ni lecciones de ballet al ritmo de la vara del señor Miguel Ángel. Los que más me gustaban eran Coco, sobre todo en su versión Supercoco y el conde Draco, personaje que adoraba por su estética y detestaba por sus repetitivas sesiones numéricas. También me gustaban Ana (...Ana, soy Ana...), Chema el panadero y Espinete y Don Pimpón. Algunas de las canciones que cantaban en aquel barrio de cartón que hoy cumple 40 años todavía no se me han olvidado y sigo quedándome pegada a la tele cuando distingo alguno de aquellos entrañables muñecos de tela a los que se les escapaban todas las migas de las galletas que intentaban devorar.
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