lunes, 19 de noviembre de 2018

Pongan un librero en su vida


@martatorresmol

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza
Hay algo romántico en levantar, cada mañana, la persiana de una librería. Es un gesto valiente. Utópico. Heroico. Tierno. Legendario. Casi místico y mítico. Épico, incluso. La cotidianeidad de un librero tiene algo de romántico y mucho de lucha contra gigantes que nunca fueron molinos. De bregar con cíclopes incapaces de ver qué hay más allá del ganado y buscar tesoros de papel en todo tipo de islas. Un librero sabe que un sombrero puede ser, en realidad, una boa devorando un elefante y que hay mujeres que prefieren oír a su perro ladrarle a un grajo que a un hombre jurarles que las adora. Entiende que el monstruo no es la bestia hecha de pedazos de cadáveres sino su creador, que las ballenas blancas, los leviatanes, únicamente existen porque hay capitanes que las persiguen y que ¡El horror! ¡El horror! puede aguardar en cualquier rincón, no sólo al final del río Congo. Un librero conoce el misterio de los cuadros que envejecen detrás de un biombo y guarda, con celo, el secreto de todas las Sherezades del mundo. De la misma forma que todo lector que lo fue de niño tiene alma de Bastian Baltasar Bux, todo librero guarda en su interior un señor Koreander. Es una verdad mundialmente reconocida que cualquier persona, poseedora de una pequeña fortuna, necesita una librería. Pongan un librero en su vida.


jueves, 15 de noviembre de 2018

El primer librero de mi vida


@martatorresmol

Nunca supe cómo se llamaba el primer librero de mi vida. Sólo sé que era un señor muy serio, con gafas de las que parecen hechas para mirar por encima de los cristales mientras juegan a resbalarse por el caballete de la nariz. Era mayor. Muy mayor. Eso le pareció a mi yo de ocho años. Aquel señor de edad venerable podría haber rondado, desde la perspectiva que dan los años, los cuarenta. Nunca lo sabré.  Sólo sé que su librería estaba en Segovia. En el centro. Cerca del acueducto. En alguna de las calles que se perdían a mano derecha, acercándose al Alcázar. Sé, también, que abría los sábados por la tarde. Una rareza en aquellos tiempos en los que la gente, el comercio, descansaba los fines de semana. Días casi sagrados. El sábado antes de comer las persianas caían a plomo sobre sus candados, con la fuerza de una promesa, y no volvían a levantarse, perezosas, hasta el lunes. Días en los que sólo se podía comprar el pan. Y porque las panaderías hacían el agosto con la gula dominical. Y la prensa en aquellos quioscos que, como mucho, descansaban los lunes. Pero aquel señor serio tenía abierto aquel sábado por la tarde. Hacía frío. O eso me parecía a mí, niña del Mediterráneo. No tanto como en León, donde por primera vez sentí cómo mi nariz se arrugaba despacio, congelada. En el hotel nos habían dicho que, si había una librería abierta en todo Segovia, sería la suya. Y allí estaba.

Recuerdo, borrosa, una luz tímida. Unas pequeñas estanterías pobladas de libros de bolsillo, con sus portadas descoloridas, flanqueando una puerta estrecha. Y abierta. A pesar del helor de aquella calle umbría. Unos volúmenes gordos, pesados, la sostenían. Dentro olía a papel. A ese papel viejo que amarillea en las puntas y que ahora conozco tan bien. Mezclado con piel antigua. Cuero reseco. Un olor que en ese momento era nuevo. Un descubrimiento. Las paredes, que entonces me parecían gigantescas, estaban forradas de libros. Ni un espacio vacío. Volúmenes amontonados en el suelo. En varias mesas. Junto a la caja registradora. Detrás del mostrador. En las escaleras que se perdían en un primer piso al que nunca subí. Y ahí estaba él. Mirando curioso a aquellos extraños que un sábado por la tarde se habían aventurado en sus dominios. Por mi culpa.

Había acabado mi libro de cuentos. Ése que me había acompañado en el barco. En cada noche de hotel. En cientos de kilómetros mesetarios. Había acabado mi libro de cuentos y necesitaba otro. No quería otro. No deseaba otro. No. Ne-ce-si-ta-ba otro. Cómo me pondría de pesada para que mis padres preguntaran en el hotel dónde podían encontrar una librería abierta. Pero aquella cueva no se parecía en nada a las librerías que yo conocía. El quiosco del paseo, donde los cuentos troquelados, cruzados con una goma para que el viento no se los llevara, se exponían junto a las revistas, los diarios, el tabaco y las chucherías. O la librería del barrio. Aquella en la que mientras esperabas a que tu madre pagara te divertías jugando entre los cientos de disfraces y complementos que abarrotaban el espacio.

No. Aquella cueva era diferente. Impresionaba. Sabía que aquel umbral había que cruzarlo como el de una iglesia. En silencio. Con respeto. Allí no valía correr entre las estanterías. Ni esconderse debajo de las mesas. Ni sentarse en el escalón de la entrada. El capricho era mío. Eso me recordaba el billete de cien pesetas que llevaba en el bolsillo del abrigo. Yo debía preguntar. Yo debía pedir. Yo debía pagar. A aquel señor tan serio que miraba por encima del cristal de sus gafas. Recuerdo que le pedí un libro de cuentos. Tan flojito, que acercó su nariz de tobogán a mi cara asustada para que repitiera. Y entonces se perdió.

Desapareció, despacio, entre unos expositores de fotos y postales para aparecer, lo que me pareció una eternidad después, a mi espalda. Llevaba un libro en las manos. Gordo. Usado. De papel ocre y esquinas gastadas. "Enid Blyton", leí. En la portada, una niña durmiendo, un caballo con alas, una estrella de mar, una sirena... Era precioso... Lo cogí. Y le di mi billete al señor, que lo miró. Recuerdo el nudo en el estómago al pensar que igual aquellas cien pesetas, un millón para mí, no bastaban para pagar aquel libro. Aunque estuviera usado. Me devolvió el billete. Y me obligó a preguntarle el precio que no era, ni de lejos, cien pesetas. Volví a darle el billete. Volvió a devolvérmelo. Cascarrabias, me dijo que tenía que intentar pagar menos. Que los libros viejos se enfadan cuando creen que no los quieren y que siempre había que pelear, aunque fuera un poco, por ellos. Aquel libro, con su caballo con alas, su estrella de mar y su sirena, me acompañó en cada cama de hotel. En las noches en casa de la tita Piedad. En cientos de kilómetros mesetarios. En el barco de regreso. Aquel librero serio, de gafas a media nariz, y aquella librería oscura, la primera de mi vida, siguen, en el fondo, conmigo. Cada vez que cruzo el umbral de los únicos templos que reconozco. Cada vez que miro a un librero a los ojos. Aunque no lleve gafas.

domingo, 11 de noviembre de 2018

'Pequeños fuegos por todas partes' (y en todas las familias)


'Pequeños fuegos por todas partes', Celeste Ng | @martatorresmol

En todas las familias arden fuegos. Sólo que a veces no los vemos. O fingimos que no existen, confiando en que se aburran y se apaguen. A veces son auténticos incendios que se sofocan con la misma celeridad que prendieron. A veces, incluso, están apagados y encendidos al mismo tiempo, dependiendo de la habitación desde la que se contemplen. Y otras... Otras son el fuego de Schrödinger. En todas las familias arden fuegos. Así debe ser. Debe haber llamas. Y humo. A ratos. Porque si no, alguien, desesperado, acaba por encenderlos. De verdad. Quemándolo todo. Tierra quemada. Y que todo brote de nuevo. Como hace Izzy, la pequeña y rara de los Richardson, en ese principio que es final en 'Pequeños fuegos por todas partes', la segunda novela de Celeste Ng. Una historia en la que la escritora vuelve a colarse en la cocina (física y metafórica) de una feliz familia estadounidense. O dos. Cuatro, ahora que lo pienso. Toda una comunidad, en realidad.

Esa comunidad es Shaker Heights, un lugar tan perfecto, tan cuadriculado, tan correcto... Que visto desde fuera da algo de miedo. Sólo los cuadriculados, los perfectos, los correctos... Pueden encajar. Y Pearl y su madre Mia, las protagonistas, no lo son. Mia es fotógrafa, artista, y lleva desde que nació Pearl cambiando de lugar de residencia cada vez que finaliza un proyecto. Así que la estampa de ambas montando muebles de mercadillo y rescatados de la basura para establecerse en una de las casitas de alquiler de los Richardson, toda una institución en la zona, no deja indiferente al vecindario. Un lugar en el que, por primera vez, se plantean echar raíces. Una idea que, desde el otro lado de la página, se ve claro que está condenada al fracaso. Su mesa coja, su ropa de segunda mano y su colchón en el suelo no encajan entre jardines de césped milimetrado y muebles, y familias, de diseño. Mia y Pearl son de verdad, tienen un gran secreto, pero son de verdad. Y eso, en Shaker Heights es una novedad. Algo imperdonable. Y eso es lo que nos muestra, desde las cocinas y las salas de estar, con esa facilidad suya para colarse en lo más íntimo de los hogares, Celeste Ng. Así es como vemos que en todas las familias arden fuegos. Que deben arder y apagarse. Porque si no, alguien necesitará quemarlo todo. Para volver a empezar.

"Aquel verano, en Shaker Heights, todo el mundo hablaba de ello: Isabelle, la pequeña de los Richardson, había perdido definitivamente la cabeza y había quemado la casa. En la primavera, los chismes habían girado en torno a Mirabelle McCullough -o May Ling Chow, según de qué lado estuviese uno-, y ahora por fin había algo nuevo y excitante que comentar. Aquel sábado de mayo poco después del mediodía, los clientes que empujaban los carritos de la compra en Heinen's oyeron de pronto un aullido de sirenas: los coches de bomberos se alejaban en dirección al estanque de los patos. A las doce y cuarto había cuatro aparcados desordenadamente en Parkland Drive, delante de la casa de los Richardson, cuyos seis dormitorios estaban en llamas; y hasta a un kilómetro de distancia se distinguía el humo que ascendía en un nubarrón detrás de los árboles."

Título: 'Pequeños fuegos por todas partes'
Autora: Celeste Ng
Traductor: Pablo Sauras
Editorial: Alba
Colección: Contemporánea 
Páginas: 360
Precio: 19,50€
Procedencia: comprado

jueves, 1 de noviembre de 2018

'The Primitals': ¡Uonaná Temé! (vosotros ya me entendéis)


'The Primitals'

Cantar a gritos. Y bailar. Con la música a tope. Es la única posibilidad que te deja 'The Primitals'. Sales del teatro y no hay otra. Cantas y bailas. En tu casa. En el coche. En el bar de siempre. O en otro. Cantas y bailas o revientas. Porque necesitas soltar toda la energía con la que estos cuatro pedazo de aborígenes te han bombardeado. Ni siquiera hablan. Sólo cantan. A capela. Durante más de noventa minutos que, aunque a priori parezca mentira, se hacen cortos. Cortísimos. Un suspiro. Hay un rey. Y una guerra. Y peleas. Y otro que quiere ser rey. Y un hechicero. Y enamoramientos. Pero eso... Eso es lo de menos. Da igual. Podrían hacer macramé o contar hormigas culonas y seguirían consiguiendo que te duela la mandíbula de tanto reír. Y de cantar. Y los brazos de dar palmas. Y de aplaudir. Y sí, entre carcajada y carcajada hay espacio para la emoción. Porque no todo el mundo puede pasar del rock a la ópera y no dar ni una nota en falso. Porque estos cuatro pedazo de aborígenes a los que se les escapa alguna palabra en castellano actúan de fábula. Y cantan igual de bien. Hacía mucho que no me lo pasaba tan bien en el teatro. Quizás desde 'Zenit'. O desde 'Tierra del fuego', que me dejó (y aún sigo) noqueada. Chicos: ¡Uonaná temé! O como demonios se escriba. Vosotros ya me entendéis.
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