miércoles, 16 de septiembre de 2009

Cachivaches y moldes de galleta


Charles es un hombre que ha pasado demasiado tiempo calculando el mundo (es arquitecto). Laurence es una mujer que permitirá que el mundo se derrumbe siempre que esto ocurra después de haberse puesto el contorno de ojos. Alexis es un maravilloso trompetista que dejó la música porque era su camino a las drogas. Kate es una mujer que ha convertido un antiguo y destartalado castillo en un paraíso lleno de niños, cachivaches y animales. Ellos son los protagonistas de 'El consuelo', que no sé si atreverme a llamar novela a pesar de que lo es aparente y formalmente. Un principio anodino. Un final extraordinario. Una primera mitad gris de recuerdos coloreados. Una segunda parte en colores brillantes con recuerdos en blanco y negro que llegan a hacerte maldecir a Gavalda por no haberse ahorrado las primeras 250 páginas. No sé cuántas lágrimas habrán caído sobre la oreja izquierda de mi butacón al leer las historias de Yacine, el niño que suspende a pesar de que lo sabe todo; Nedra, la princesa de la mandíbula rota que nunca habla; Sam, el chico que educa a su burro sin usar nunca la fusta; René, el anciano antipático que esconde un corazón lleno de peluches; Mathilde, la adolescente que descubre a Chet Baker y todo un corral (gatos, perros, un caballo, una gallina, un conejo y hasta una llama) de molde de galletas.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Recuerdo de un sueño balcánico

http://www.youtube.com/watch?v=xc_LralnPOc

Es lo que tiene ser una desordenada (pero selectiva, que para los libros y los discos soy Miss Orden). De repente abres un cajón para buscar un martillo y te encuentras un papel que dispara tu memoria. En este caso el gatillo fue el tríptico de un concierto familiar de la Fundación La Caixa de octubre de 2007 del que salí soñando con una hoguera en mitad del bosque y un carromato de colores lleno de trastos. No he podido evitar releer la crónica y buscar algún vídeo para recordar mejor ese sueño balcánico de una mañana de domingo. Este año parece que no vienen.

Una ‘moussaka’ con ritmo
Diario de Ibiza. Marta Torres
Sólo faltaba una hoguera. Un fuego en mitad del bosque. Era lo único que distanciaba las emociones vividas ayer por la mañana en la platea del auditorio de Can Ventosa en el concierto de Los Moussakis de las que podrían haber sentido en cualquier rincón de los Balcanes las cerca de 400 personas —personitas, en su mayoría— que asistieron al primer Concert Familiar organizado por La Caixa este invierno.
La música llegó con el sonido de la lluvia. De detrás de una pantalla. Un violinista tocando por un camino atraviesa la proyección. Aplausos. Otros tres se acercan. Uno de ellos carga una maleta forrada con fotos en blanco y negro. Pesa tanto que se queda atrás constantemente. Los niños se ríen. Al final los tres también consiguen saltar de la tela a la realidad. Ellos y sus instrumentos: un contrabajo, una guitarra y un laúd. El siguiente llega en bicicleta. Bufanda al viento, calcetines de rombos hasta la rodilla y tocando una darbuka. Empieza la fiesta. Gritos, saludos, abrazos de oso… Una voz triste les interrumpe. Habla del pasado y de lo que dejó en los Balcanes. Su madre, el chico con el que se iba a casar… Todo. La dulce voz cae sobre el escenario como un manto de tristeza. Los músicos, hasta entonces contentos, se sientan y miran a la cantante. Pero pronto, sin saber cómo, la melancolía se transforma en un ritmo alegre que todos, sobre todo los niños, siguen con palmas, como si lo hubieran hecho toda la vida. En pleno éxtasis, la cantante hace caer las telas y descubre el tesoro que escondía la pantalla de cine: un columpio, cuatro cacerolas colgadas del techo, una regadera, la bici, un banco y un suelo lleno de hojas víctimas del otoño.
Descubierto el escenario se descubren ellos, Los Moussakis. Marko Jelaca, percusionista que comenzó tocando la batería de cocina de su madre; Goran Slavic, contrabajo aficionado a dormir en la funda de su instrumento cuando aprieta el frío; el guitarrista ligón que va de feria en feria tocando, Ivan Illic; Pep Morales, músico que trae de oriente bellos instrumentos de cuerda; la chica que aprendió a cantar porque quería ser princesa, Tal Ben Ari, y Branislav Grvic, que toca el violín que usaron su padre y su abuelo. ¿Verdad? ¿Mentira? Niños y mayores optaron por creer las historias de los músicos que ayer por la mañana les acercaron a los Balcanes sin moverse de Vila. Incluso les enseñaron a contar hasta diez (con muchísimo ritmo) en el ya desaparecido serbocroata antiguo. «Jedan, dva, tri, chetiri, pet, shest, sedam, osam, dvet, deset», cantaron leyendo la chuleta que llevaba escrita la princesa de la dulce voz en un paño de cocina. Sí, cocina. Poco antes los músicos habían preparado una comida en el escenario a la que el público también estaba convidado. «Luego te invito», repetía la cantante mientras enseñaba la moussaka (receta de berenjenas, carne, tomate y bechamel que da nombre al grupo, que se formó alrededor de unos buenos platos de esta comida) entre los asientos.
El público ibicenco, tímido, sólo se atrevió a meter el dedo en la moussaka cuando vieron hacerlo a uno de los técnicos. Para lo que no fueron tan vergonzosos fue para aplaudir, cantar y seguir el ritmo rumano-macedonio-sefardita-búlgaro-zíngaro (Branislav Grvic hizo referencia a unos cuantos más) con palmas. Después de este momento de subidón a algunos, sobre todo a los más pequeños, les costó bajar sus revoluciones para ponerse al nivel de algunos de los temas más nostálgicos de Los Moussakis.
Tras una cortísima hora de fiesta y nostalgia balcánica los seis componentes de Los Moussakis se plantan frente al público, en el precipio del escenario. Una canción tristísima. Una despedida a fuego lento. Un parpadeo y desaparece un músico. El foco se hace más pequeño sobre el escenario. Papelitos azules caen desde el cielo. Un violinista tocando solo. La música se va con el sonido de la lluvia.
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