miércoles, 26 de agosto de 2009

De mayor quiero ser Blomkvist


Sé que cuando esta noche vuelva a casa ya no me estarán esperando. Lisbeth Salander, Erika Berger y Mikael Blomkvist ya no estarán. Ayer por la noche los enterré en el caos de mi pequeña biblioteca. Me dio algo de pena. Al fin y al cabo he pasado el último mes con ellos. Los conocí por casualidad, hace más de un año, en un libro en catalán que daba vueltas por la redacción y que, como nadie parecía querer, adopté y me lo llevé a casa. Me intrigó el título 'Els homes que no estimaven les dones', sobre todo cuando descubrí que en inglés no tenía nada que ver 'The girl with the dragon tattoo'. Así, en un fin de semana libre de verano acabé devorándolo. No fui capaz de leer el segundo 'La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina' hasta que tuve en mis manos también el tercero y, supuestamente, último, 'La reina en el palacio de las corrientes de aire'. Del primero me gustaron los personajes, más que la trama. Estaba hipnotizada por la enigmática Salander, enamorada del casi perfecto periodista Blomkvist y admirada por la seguridad de Berger. Secretos de todos ellos se desvelan, por suerte, en las más de 1.600 páginas de los tomos siguientes, que me han tenido sufriendo cada segundo que pasabe lejos de ellos el mes que he tardado en leerlos. "Para ser un bestseller no está mal", diría, mediocerrando los ojos, un buen amigo.Yo, leyéndolos, no he podido más que echar de menos periodistas como Blomkvist o Berger y revistas como Millenium. Yo, de mayor, quiero ser Blomkvist.

lunes, 24 de agosto de 2009

En el Chicago de John Dillinger


A mi compañera de butaca no le gustó mucho. "Es que a mí las de tiros no me gustan", comentó al salir del cine. Así que no es de extrañar que las más de dos horas de 'Enemigos Públicos' se le hicieran largas. A mí, en cambio, me encantó. Claro, que yo no soy objetiva. Me encantan las películas de gángsters, ya sólo por la estética valen la pena (esos coches, esos trajes, hombres con sombrero y mujeres siempre con tacón y el pelo a ondas perfectas). Y me encanta Johnny Depp. Vaya, que apenas parpadeé mientras la vida de John Dillinger pasaba frente a mis ojos. Depp está fantástico (ni una concesión a su singular comicidad) y los secundarios, espectaculares. El Melvin Purvis de Christian Bale da repelús e inspira ternura a partes iguales, los refuerzos texanos del primer FBI de Hoover dan más miedo que los supuestos malos y la fidelidad de los secuaces de Dillinger es indudable. Algunas escenas son memorables, como la del 'se busca' del cine (es imposible no reír) o las del cortejo del protagonista a Billie Frechette (Marion Cotillard), aunque otras no se entienden muy bien, como el comentario sobre las últimas pálabras que pronuncia, en el suelo y ensangrentado, Dillinger. Me molestó especialmente, además, el cambio en la textura de las imágenes en el tiroteo nocturno en la cabaña, lo que no evitó que saliera del cine enamorada de Dillinger y sus chicos.

lunes, 10 de agosto de 2009

Una torpe nube gris


¡Eso no se hace! Una va al cine a ver una de dibujos pensando que va a reírse y resulta que acaba llorando como una magdalena (vale que en mi caso eso no tiene nada de mérito). 'Up!' me encantó, pero me quedo con 'Party Cloudy', el corto que proyectaron antes. Delicioso aunque tremendamente triste y entrañable. Ver a esa pobre nube gris y solitaria que sólo consigue esculpir bebés de fieras (tiburones, puercoespines, anguilas...) a pesar del empeño que pone en crear cariñosos cachorros de pollitos, gatos y perros como sus vecinas las perfectas nubes rosas me encogió el estómago como hacía tiempo que no me pasaba. Los niños reían a carcajadas. Yo todavía no he podido dejar de llorar.

sábado, 1 de agosto de 2009

Duendes de hotel


Odio todas las tareas domésticas excepto cocinar. No me gusta pasar la aspiradora, ni quitar el polvo ni mucho menos fregar los cristales o planchar. Hasta hacer la cama, que en realidad es un minuto, se me antoja una tarea más fatigosa que un duro día de trabajo. Por eso desde siempre me fascinan los hoteles. No tengo problema alguno para dormir de un tirón y con una plácida sonrisa en cualquiera de estos establecimientos. Da igual si la habitación es pequeña o grande, oscura o luminosa, para mi sola o compartida... No me importa. Soy feliz sabiendo que al regresar de noche encontraré las sábanas estiradas, la papelera vacía, el suelo brillante y las toallas limpias. Lo que no deja de sorprenderme es la delicadeza y gracia con la que algunas camareras hacen su trabajo. Ésas que se encuentran tu camisón arrugado entre las sábanas y pierden un minuto en colocarlo primorosamente como si en vez de la cama estuvieran arreglando el escaparate de una lencería.
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