viernes, 19 de junio de 2009

La noche, la casualidad, la muerte


La noche: Me gusta mucho más Murakami como novelista que como cuentista. Las novelas me dan el tiempo perfecto para meterme en su mundo. Con los cuentos tengo la sensación de que en el camino entre su profunda orientalidad y mi apabullante occidentalidad se pierde algo. Lost in translation. Al acabar cada historia noto que me falta alguna cosa. Un poco más. Siempre un poquito más. Pero 'After dark' es una novela, un sueño en el que Alicia tiene los ojos rasgados y se llama Mari. No hay sombreros locos, ni conejos blancos, ni gato de Cheshire. Su lugar lo ocupan Takahashi, un joven extraño que toca el bajo en un grupo y siempre pide ensalada de pollo; Eri, la hermana preciosa que siempre duerme reflejando su cuerpo en el espejo de la pantalla de un televisor y Kaoru, la fornida encargada de un love-ho (hotel del amor). Última página. Despertar tras un sueño extraño.

La casualidad:"Paulette Lestafier no estaba tan loca como decían". Así comienza el maravilloso 'Juntos, nada más' de uno de mis últimos amores literarios, Anna Gavalda, que (todo hay que decirlo) tiene muy mal gusto a la hora de elegir títulos. Bajo sus portadas con leyendas cursis y edulcoradas se esconden historias de personajes entrañables, a los que quieres desde la primera frase y cuyas desangeladas existencias reviven gracias a otros entrañables desgraciados como ellos y a casualidades encadenadas.

La muerte: Don se muere. Pero tú ríes. A veces hasta te carcajeas. Y se te congela la mandíbula al acordarte de que se muere. De verdad. No tiene pelo. Es virgen. Y (siento repetirlo) se muere. Adolescente pasota, su rabia contra el mundo cobra vida a través de los lápices con los que crea a su álterego, Miracle Man, mientras su psicólogo hace todo lo posible para que no se vaya a la tumba sin haber probado el sexo. Maravillosamente dura y desternillante a la vez. Ríes. Lloras. Ríes. Lloras. Ríes. Lloras.

miércoles, 10 de junio de 2009

Ojos de botón


—¿Cómo puedes alejarte de algo y acercarte de nuevo?— pregunta la niña de pelo azul.
—Has dado la vuelta al mundo— le responde el gato negro.
—Pues vaya mundo más pequeño— protesta de nuevo la pequeña.

No deja de ser curioso que 'Los mundos de Coraline' ocurran en un mundo que puede recorrerse en apenas un par de pasos. Pero es así. Así lo ha querido su director, Henry Selick, en esta fantasía en stop-motion que pretende recuperar el encanto de la maravillosa (maravillosísima, diría yo) 'Pesadilla antes de Navidad'. Coraline es divina, divertida, colorida con un punto oscuro y se pasa rápido. Aunque se llevará una decepción quien vaya a verla esperando encontrar en ella la magia que destilaba la aventura navideña de Jack Skellington. En aquella ocasión el trabajo de Selick (el auténtico director) quedó a la sombra del talento de Tim Burton (responsable de la idea y el diseño de la película). Es ese mismo talento el que se echa de menos en 'Los mundos de Coraline'. Es fantástica para los niños, pero a mí me faltó un poquito de estética siniestra y una pizca de ternura. Eso sí, salí del cine enamorada de algunos personajes, como las hermanas actrices que guardan caramelos de 1921 en un arcón y que protagonizan un desternillante número de cabaret con las sirenas de Ulises y la Afrodita de Boticelli de por medio, alucinada con algunos de los escenarios y, cómo no, encantada y feliz con el punto macabro de los ojos de botón.
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