martes, 28 de marzo de 2017

Irantzu Varela: "El amor es el gran espacio de desigualdad para las mujeres"



Una de las cosas que más agradezco de este amado oficio mío es la posibilidad que me brinda de conocer a gente con la que hablar de temas apasionantes. Con Irantzu Varela, periodista especializada en feminismo y directora del documental 'Él nunca me pegó', tuve una de esas conversaciones que tienes que cortar porque te tiene que dar tiempo a transcribirla, editarla y, a ser posible, no salir muy tarde de la redacción. A veces cuesta encontrar un titular a una entrevista porque nada te parece contundente. Tengo la costumbre, cuando edito entrevistas, de abrir cajas de texto del titular a la izquierda de la página e ir poniendo frases que me gustan. Ayer tuve que escoger entre muchas: "El sistema nos necesita sumisas", "El machismo es una apuesta política", "El machismo se adapta a los tiempos"... Finalmente escogí "El amor es un espacio de desigualdad", porque sí, porque por mucho que sepamos cómo están las cosas, nos cuesta despegarnos de la idea del amor romántico, que no nos hace ningún bien.


Marta Torres Molina | Diario de Ibiza

¿Por qué hay que deconstruir el amor romántico?
Porque aún hoy el amor romántico es un espacio de desigualdad para las mujeres. A la mitad de las mujeres asesinadas en el mundo las mata su pareja o expareja hombre. Lo que debería ser un espacio de cuidado y respeto se convierte en un espacio de control y violencia. Tenemos que aprender a querernos de forma igualitaria.

¿Es posible darle la vuelta?
Sí, está clarísimo que vamos avanzando. No creo que ahora haya más violencia, hay más conciencia, se denuncia más y se tolera mucho menos. Antes teníamos una cultura que legitimaba aún más la violencia contra las mujeres, eran los trapos sucios que se lavaban en casa. Ahora hay más conciencia en la sociedad, las mujeres ni aguantamos ni toleramos lo que no se debe y cada vez hay una comunidad mayor de mujeres que luchan por derechos de todas.

¿No se le ponen los pelos de punta al ver que los adolescentes reproducen los mismos roles?
Sí. Que la desigualdad y el machismo están relacionados con la edad y generaciones pasadas es un falso mito. El machismo es una forma de pensar que se adapta a los tiempos. Por eso tratamos el tema del amor, porque ahora es el gran espacio de desigualdad de las mujeres. Hemos conquistado cierta igualdad legal y formal, pero en la vida privada sigue habiendo mecanismos para mantenernos en segundo plano, sumisas. Me llama la atención que gente muy joven piense que el control o los celos son amor. Pero también encuentro gente muy joven con pensamientos avanzados. Son muestra de que se están consiguiendo muchas cosas.

Es usted optimista, veo.
Si no, no sería feminista. Tiene que haber una transformación social y la va a liderar el feminismo.

¿Por qué nos aferramos a esa idea del amor romántico?
Se nos impone constantemente que el amor sea nuestro proyecto vital fundamental. Hay que estudiar y trabajar, pero lo que de verdad se espera es que encontremos un marido, un hombre más alto, que gane más dinero que nosotras, con el que tengamos criaturas y nos hagamos fotos en Navidad. Eso está mucho más inoculado en nuestro interior de lo que pensamos. Se nos ha enseñado a querernos en función de lo que nos quieran. Y para que nos quieran... (seguir leyendo)




jueves, 23 de marzo de 2017

'El arte de la guerra', arte para la guerra diaria


Leído. Releído. Vuelto a leer. Una vez y otra. Regalado no recuerdo las ocasiones. Un imprescindible. Un libro al que volver constantemente. Buscarlo en su estantería (a veces me cuesta, porque voy regalando los míos y no siempre recuerdo el lomo del actual) abrirlo por cualquier página y leer una de las frases. Dos, como mucho. Sentarme en el orejero con las piernas cruzadas, las páginas apoyadas en mi pecho y pensar. Porque eso es lo que te pide cada una de las sentencias que Sun-Tzu (no está claro quién fue o si fue una persona o un colectivo) plasmó en 'El arte de la guerra', que pienses en ellas. Se concibieron para la guerra, para ejércitos que luchaban cuerpo a cuerpo en escenarios complicados con generales que cambiaban su estrategia en cada combate y en cuyas filas contaban con antiguos enemigos y que se veían obligados a sacrificar sus bienes para que el adversario no se hiciera con ellos. Sí, esas sentencias se crearon y se juntaron para la guerra, pero... ¿Cuántas guerras luchamos cada día? 'El arte de la guerra' sirve también para esas pequeñas o grandes batallas que libramos constantemente, contra otros, contra algo, contra nosotros mismos... Por eso de vez en cuando busco mi ejemplar, y lo abro por donde sea, da igual, y leo un par de frases. Primero en silencio. Luego susurrándolas. Después con la voz algo más alta. Y entonces las repito en mi interior varias veces, sentada con las piernas cruzadas y las páginas por donde se ha abierto pegadas a mi pecho. Y pienso. Pienso en mi último pequeño combate. Y en cómo esas sentencias leídas al azar podrían derivar en una pequeña victoria. 'El arte de la guerra' te enseña a no malgastar energía, que la mejor victoria es aquella que se logra sin combatir porque te permite conservar todas las fuertas, todas las herramientas y, lo que es más importante, a todos tus hombres. Te enseña a analizar bien el terreno antes de tomar una decisión y que los prisioneros, bien tratados, pueden acabar convirtiéndose en los mejores de tu ejército. Te enseña que si te haces con armas de guerra del contrario debes mantener su bandera, porque así se desmoralizarán; que debes tener buenos espías, ser rápido en las decisiones y no cometer errores, porque ahí, en no equivocarse, está una de las claves de la victoria.

"Todo el arte de la guerra se basa en el engaño.
...la excelencia suprema consiste en someter al enemigo sin luchar.
Si no conoces al enemigo ni te conoces a ti mismo, 
sucumbirás en cada batalla.
Un reino que ha sido destruido una vez, 
ya no puede volver a ponerse en pie.
Si con ello vas a sacar ventaja, avanza; 
en caso contrario, quédate donde estás."

Título: El arte de la guerra
Autor: Sun-Tzu
Editorial: Obelisco
Páginas: 112
Precio: 1,5€
Procedencia: mercadillo

lunes, 20 de marzo de 2017

'La hija de Homero', cuando una princesa convierte lo doméstico en épico

Cuenta una teoría de Samuel Butler que la 'Odisea' no es toda mérito de Homero, sino que una princesa siciliana, nacida dos siglos después, acabó de darle forma a la historia del regreso a Ítaca. Esa princesa, Nausícaa (la que quema los barcos), y esa teoría, son los protagonistas de 'La hija de Homero', del británico Robert Graves (autor de la imprescindible 'Los mitos griegos'), una novela que resulta interesante, divertida y entrañable. Las similitudes entre la 'Odisea' y 'La hija de Homero' son (salvando muchísimas diferencias), más que palpables. Y no sólo porque los protagonistas y el escenario aparezcan en la propia obra de Homero (Nausícaa, hija del rey de los feacios, Alcínoo, y su esposa Arete, encuentra a Odiseo naufragado y su padre, después de que el héroe le relate sus aventuras, le ofrece unas naves para llegar a Ítaca). El personaje de Nausícaa bebe un tanto de esa Penélope desesperada por los aspirantes a casarse con ella y ocupar el trono del rey, su marido... La diferencia es que Nausícaa no tiene que pasarse veinte años destejiendo de noche lo que teje de día para evitar el matrimonio forzado y que es bastante más combativa. La princesa es un bombón de personaje. No me extrañaría nada que Lindsay Davis se hubiera inspirado en ella a la hora de trazar a la romana Flavia Albia. Nausícaa es inteligente, lista, culta, divertida, irónica, combativa, mandona y bella. Es ella la que toma las riendas de la familia y del poder cuando su padre se marcha de la isla en busca de su hijo mayor y heredero, Laodamante, que un año antes se embarcó, azuzado por su caprichosa mujer, Ctimene, para conseguirle un collar de ámbar que eclipsara todos los demás collares vistos nunca antes en Sicilia. Ella es la primera que sospecha que detrás de la desaparición de Laodamante hay una conjura para usurpar el trono y la primera que decide estar alerta, fijarse en los detalles, descubrir quiénes están con su familia y quienes son los que pretenden, a no muy largo plazo, someterlos o matarlos. Lo de la observación lo tiene fácil, ya que 120 pretendientes que aspiran a casarse con ella (entre los que se cuentan sus enemigos), ocupan el patio del palacio, donde duermen, beben y comen, esquilmando, poco a poco, los rebaños y la despensa del rey. Nausícaa, a diferencia del resto de mujeres de palacio, no está dispuesta a resignarse a casarse con uno de los asesinos de su sangre y a vivir como reina consorte de la isla que un día fue de su familia. Cómo, haciendo caso a esa teoría, Nausícaa acaba metiendo su mano en la 'Odisea', obra que admira y a la que hace referencia constante durante la novela, para convertirla en un relato más humano, doméstico y de relaciones que la original, se revela al final del libro, en los últimos párrafos, pero eso es lo de menos. No es uno de los valores principales de 'La hija de Homero', donde lo que destaca son los personajes, la historia clásica, las alusiones a la mitología y unos diálogos medidos, en su estructura, en sus palabra y en su tono, para que de verdad

"Una desdichada tarde, hace tres años, cuando hacía aún muy poco tiempo que mi hermano Laodamante estaba casado, comenzó a soplar el viento que llamamos siroco y una enorme nube se echó pesadamente sobre los hombros del monte Erix. Como de costumbre, se agostaron las plantas de mi jardín, mi cabello perdió sus rizos y todos se volvieron quisquillosos y pendencieros."

Título: 'La hija de Homero'
Autor: Robert Graves
Editorial: Edhasa
Páginas: 384 
Precio: 1,5€
Procedencia: mercadillo

viernes, 17 de marzo de 2017

'¿Qué tal el dolor?', cuando necesitas un tonto que te ayude a suicidarte


El final de esta historia está al principio. Simon, un hombre de edad avanzada se suicida en su habitación de un balneario donde parece estar pasando unas vacaciones. Después de molestarse porque una moto de dos tiempos le despierta de madrugada, de darle un bocado decepcionante a una manzana que se guardó tras la última cena, de ducharse, de afeitarse y de ponerse ropa limpia se ata al cuello una cuerda blanca con los extremos rojos y espera. Espera a Bernard, el joven atontolinado que le dará la patada definitiva a la silla sobre la que está subido. Porque él... Él no se atreve. Tiene clarísimo lo que quiere hacer, está decidido, pero no tiene el valor suficiente para esa patada definitiva. Así que ahí está, esperando escuchar los pasos de Bernard que, como una cuenta atrás, le anunciarán su final. Un principio tan impactante que no te permite dejar de leer '¿Qué tal el dolor?', una historia de Pascal Garnier que sorprende por el tono un tanto cómico que va adoptando así como avanzan las páginas. Y es que Bernard, el hombre al que le encarga poner fin a su vida, no es un sicario ni un profesional. Ni siquiera es alguien espabilado, con iniciativa. Tampoco un hombre con un punto macarra o que haga intuir que algo turbio se esconde en su interior. Nada que nos pueda hacer pensar que es capaz de acabar con la vida de alguien de forma premeditada. De hecho, es un joven bastante bobo que aún vive atado a las faldas de su madre alcohólica, que tiene una idea absurdamente romántica de la vida y que no duda en creerse un príncipe salvador de mujeres en apuros (bueno, de una mujer en apuros y su bebé) mientras acompaña a Simon, que le ha contratado como chófer, en su último viaje y su última aventura. Eso sí, el recorrido en un coche de lujo por el Sur de Francia no es el que el anciano, enfermo pero con una importante misión que cumplir aún, esperaba, ya que Bernard acaba convirtiéndolo en algo mucho menos íntimo de lo que él esperaba. Se lee de un tirón. Sin pausas. Con algunas risas.

"Quizá por haber dormido demasiado tiempo junto al cuerpo helado de su madre o bien por culpa de la humedad omnipresente, el caso es que Bernard está hecho polvo, molido, moqueando y con la cabeza embotada. ¿Qué les pasa a estos viejos, que quieren todos cargarle a él con el trabajo sucio?".

Título: ¿Qué tal el dolor?
Autor: Pascal Garnier
Editorial: Alba
Colección: Novela negra
Traductora: Isabel González-Gallarza
Páginas: 160
Precio: 16,50€
Procedencia: biblioteca del trabajo

lunes, 13 de marzo de 2017

'La chica del tren', leer fácil olvidar fácil


Hay libros que son para una tarde de invierno en el sofá o para una mañana de verano en la piscina. Libros que se leen de una sentada. Que se leen rápido. Y que se olvidan aún más rápido. Hace apenas un par de días que he terminado 'La chica del tren', de Paula Hawkins, y ya casi no me acuerdo ni de la historia ni de los personajes. Una y otros realmente anodinos. Y, por más vueltas que le dé, aún no lo entiendo. Porque la historia es original, bueno, el punto de vista, más bien, aunque en realidad no deja de ser una versión del testigo voyeur, en fin. Y algunos de los personajes, como la protagonista, podrían ser realmente buenos, pero hay algo que no acaba de cuajar. Esa protagonista es Rachel, una treinteañera separada que aún vive pendiente de su exmarido (que ha rehecho su vida con la mujer con la que le engañó) con el que intentó, sin éxito, tener hijos, un golpe que, lejos de asumir, la sume en la bebida, que arruina también su vida profesional. Incapaz de confesar que la han despedido, Rachel sigue cogiendo cada mañana el mismo tren en el que iba al trabajo, el de las 8.04, desde el que divisa no sólo su antigua casa, sino un trozo de la vida de los que serían sus vecinos, una pareja que a le parece idílica hasta que un día la ve a ella, Megan, con otro hombre y hasta que descubre que Megan ha desaparecido. Varias coincidencias harán temen a Rachel que ella, incluso, puede ser la asesina. No voy a hacer un destripamiento (spoiler, para los modernos) del libro, pero a pocas novelas negras que un lector lleve a sus espaldas, intuirá por dónde van los tiros. A pesar de eso, el libro se lee de un tirón, siguiendo las voces de algunos de los protagonistas, que presentan sus diferentes puntos de vista sobre el asesinato. Hasta los últimos capítulos. Porque en ese momento en que todo está a punto de descubrirse, estuve a punto de cerrar el libro y olvidarme de todos: de la pobrecita Rachel, de la débil Megan, de la retorcida Anna, del iracundo Scott y del insoportable Tom. Porque, sinceramente, no me he creído a ninguno de ellos, sobretodo sus reacciones en los últimos compases de esta novela que... ¿de qué iba?

"Hay una pila de ropa a un lado de las vías del tren. Una prenda de color azul cielo -una camisa, quizá-, mezclada con otra de color blanco sucio. Seguramente no es más que basura que alguien ha tirado a los arbustos que bordean las vías. Puede que la hayan dejado los ingenieros que trabajan en esta parte del trayecto, suelen venir por aquí. O quizá es otra cosa".

Título: 'La chica del tren'
Autora: Paula Hawkins
Traductor: Aleix Montoro
Editorial: Planeta
Páginas: 496
Precio: 19,50€
Procedencia: biblioteca papá y mamá

lunes, 6 de marzo de 2017

'Malena es un nombre de tango', la sangre, los secretos, las pasiones...


Malena o Reina. La pasión o el comedimiento. Ir con el corazón y la piel desnudos, dispuestos a sentir y a sufrir. O envolverlos y esconderlos para que nadie (excepto tú misma) los dañen o los llenen de ponzoña. Malena o Reina. Hay que  escoger. Desde las primeras páginas. Tomar partido. Porque sólo así es posible leer de verdad ‘Malena es un nombre de tango’, de Almudena Grandes, una novela en la que los sentimientos y las relaciones familiares se trenzan, se lían, se enredan y crean nudos imposibles de deshacer. Malena o Reina. La melliza sana, de labios de india, con la sangre de Rodrigo (ese antepasado que participó en la conquista de Perú) corriendo por sus venas, rotunda, explosiva de cuerpo, de emociones y de palabra. La melliza que nació pequeña, de rasgos delicados, cándida (cuidaos de las cándidas, a las que no lo somos se nos ve venir), buena, la que hace lo que se supone que debe hacer, la que viste con recato y esconde las emociones y la lengua. Malena y Reina. Ellas son las guías por la historia familiar, por un árbol genealógico que se remonta a los años de Pizarro en las Américas, de donde procede una de las reliquias familiares, una esmeralda que Malena acarreará durante toda la novela, desde que su abuelo, ese hombre callado que lleva a sus espaldas una vida con dos familias y que sólo muestra su cariño con Pacita, su nieta discapacitada, reconoce en ella su propia sangre y se la entrega, a escondidas, cuando es apenas una niña. Un secreto que la Malena niña, a pesar de su edad, entiende que debe guardar. Un secreto entre abuelo y nieta. Sólo uno más de los secretos que los personajes, trazados al milímetro, guardan con celo. Con avaricia, incluso. Secretos que intuyes, que sospechas, que juegan contigo como esos mosquitos que te rondan durante el sueño y no llegas nunca a ver, por más veces que enciendas la luz.

‘Malena es un nombre de tango’ (después de varios libros de periodismo necesitaba uno así, largo, lleno de subordinadas y coordinadas y de frases que ocupan un párrafo y que rebuscan dentro de la piel y las entrañas) va, a veces, hacia atrás. A veces, también, da un paso adelante, unos años, en las vidas de sus protagonistas. Malena. Reina. Adolescentes. Lanzada una al amor y al sexo sin barreras. Aparentemente contenida la otra. Y así etapa tras etapa. Juventud. Matrimonio. Maternidad. Dos vidas paralelas condenadas a ser secantes. Dos vidas que se exhiben al lector como no se muestran a sus protagonistas, desconocedoras de los secretos que guarda la otra. Reina no sabe nada de la esmeralda. Ni de que Magda, la pasional y exuberante tía que se metió en un convento del que se escapó, está en realidad muy cerca. Malena no sabe que Reina le sigue los pasos, robándole su vida, hurtándole el amor, espantándole a quienes la quieren, comiéndosela como la carcoma sin que se dé cuenta hasta que todo empieza a desmoronarse. Y entonces sí. Entonces se ven los agujeritos de la carcoma. Y las picaduras de los mosquitos que te rondaban durante el sueño.

"Yo estaba escondida detrás del castaño de Indias y recuerdo las pequeñas esferas erizadas de pinchos que asomaban entre las hojas, así que debíamos estar en primavera, quizás ya en la frontera del verano, y supongo que me faltaba poco para cumplir nueve años, tal vez diez, pero seguro que era domingo, porque todos los domingos, después de oír misa de doce, íbamos con mamá a tomar el aperitivo a casa de los abuelos, un sombrío palacete de tres pisos con jardín, Martínez Campo casi esquina con Zurbano, que ahora es la sede española de un banco belga".

Título: 'Malena es un nombre de tango'
Autora: Almudena Grandes
Editorial: Tusquets editores para Círculo de Lectores
Páginas: 640
Precio: 1,5€
Procedencia: mercadillo

jueves, 2 de marzo de 2017

'El año en que me enamoré de todas', mejor para veinteañeros


'El año en que me enamoré de todas', de Use Lahoz, tiene buenas frases. Algunas un poco cursis ("...no desprecies lo cursi. Todos lo somos a las tres de la mañana..."), pero bueno, de ésas que te llaman la atención y anotas en ese cuaderno en el que llevas tiempo guardando frases. Y ya está. No he sacado mucho más de esta novela que en 2013 se hizo con el Premio Primavera de Novela. Y no sé por qué. En realidad está bien escrita y la historia (las historias) que desgrana son interesantes y cercanas. Pero yo no he entrado en ninguna de ellas. La primera, la de Sylvain, un treinteañero francés que va a vivir a Madrid, donde teme y desea encontrarse con su exnovia Heike ("... hay heridas que sólo cicatrizan por fuera..."), no me ha llegado nada. Sinceramente, Sylvain me ha parecido un niñato, con ínfulas, pero un niñato. Un crío de treinta años que se sigue comportando como si tuviera veinte. La segunda historia, la de la familia Fournier y sus pastelerías, que el propio Sylvain lee en un manuscrito que llega a sus manos, me ha encantado. Me ha gustado muchísimo. Hasta que las dos historias se unen. Porque ahí descubrimos que Metodio Fournier, quien escribe la historia de su familia, no es un ancianito como en todo momento habíamos pensado por cómo se desarrolla la historia sino que tiene la misma edad que Sylvain. Y luego está la vida sentimental de su madre, que es apasionante, y que tiene un corazón a prueba de desengaños que no duda en llevar al taller de monsieur Tatin cada vez que siente que se le ha estropeado o que se lo han destrozado ("... a veces, del amor se sale como de una catástrofe aérea..."). Todas esas escenas me recordaban profundamente a 'La mecánica del corazón', de Mathias Malzieu, y, aunque llamativas y bonitas, me chocaban. Me chirriaban, como un engranaje que no encaja bien en toda la novela. De hecho, creo que monsieur Tatin ("... el corazón está para usarlo...") hubiera dado para una novela propia, igual que la madre de Sylvain y que la historia de amor y azúcar glass de la familia Fournier. Todo lo que le ocurre al protagonista, sinceramente, me ha sobrado. Tengo la sensación de que mi impresión hubiera sido otra si hubiera leído esta novela hace diez años. Quizás entonces hubiera entendido a Sylvain. Sus problemas. Sus dudas. Sus nervios. Sus inquietudes. Quizás entonces no hubiera pensado que es un niñato, que ya crecerá y, con suerte, se parecerá un poco a monsieur Tatin.

"Cada vez que mi madre y yo sufríamos una decepción por amor acudíamos al taller de Monsieur Tatin para que nos reparase el corazón. Por eso, antes de trasladarme de París a Madrid para reencontrarme con la última mujer que me lo había parado en seco, fui a visitarle."

Título: 'El año en que me enamoré de todas'
Autor: Use Lahoz
Editorial: Espasa
Páginas: 304
Precio: 19,90€
Procedencia: biblioteca Vicent Serra i Orvay

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