martes, 26 de septiembre de 2017

'La muerte del pequeño Shug', una vida negra


@martatorresmol

Hay novela negra porque hay vidas negras. Realidades de ese color. O de un gris tan oscuro que es como si fuera negro. Esas son las vidas sobre las que escribe Daniel Woodrell, que tiene el don de dejarte con el corazón helado cada vez que te adentras en una de sus novelas. En 'Los huesos del invierno' se podía achacar a la nieve, al frío de las montañas de Orzak, pero en 'La muerte del pequeño Shug' no hay excusa posible. El frío no tiene nada que ver con la temperatura. Se debe a esas vidas negras, descorazonadoras. A una de esas vidas. La de Shug, apenas un niño, pero muy consciente de que lo que le ha tocado vivir no es una infancia feliz. Ni siquiera es infancia. Shug vive con su madre en una casa solitaria en mitad del campo. Una casa que, de no ser porque hay dos vidas en ella, se creería abandonada. Una casa en la que la mesa de la cocina está tan coja que los cereales se salen del cuenco con cada movimiento. Shug, a pesar de que es sólo un niño, está pendiente de su madre, una belleza que se perdió entre el alcohol y el amor mal entendido. Shug ha aprendido algunos trucos para, al menos, tener para comer. Coloca piedras del arroyo entre los cubos de moras silvestres, que vende al peso y siega la hierba del cementerio que hay junto a la casa. A pesar de su corta edad, sabe qué piensan los hombres cuando miran a su madre. Porque aunque el destino le ha reservado cartas de perdedor, el listo. Shug sabe leer perfectamente lo que ocurre en casa. Que su supuesto padre es un politoxicómano. Que maltrata a su madre. Que le desprecia. Que cuando desaparece no es por nada bueno. Que estarían mejor si en una de ésas no volviera. Shug conduce cuando su madre no puede. Shug se aguanta las ganas de pegarle a su supuesto padre. Shug sufre cuando éste le obliga a entrar en las casas de ancianos y enfermos para robarles los medicamentos.

Shug tiene una de esas vidas negras. No ve salida. No es capaz de soñarla. De imaginarla. Ni siquiera cuando aparece en escena un supuesto salvador. De los dos. De Shug. Y de su madre. Y, curiosamente, al leer nos pasa lo mismo que al pequeño, que ni con ese clavo ardiendo en escena imaginamos una vida lejos de esa casa destartalada junto al cementerio, lejos de ese supuesto padre que le insulta y que se juega a las cartas la blusa de seda que su madre lleva puesta. Porque, como Shug, que en realidad se llama Morris, un nombre olvidado en la partida de nacimiento, sabemos que eso no saldrá bien. Porque a la gente como Shug, porque a los protagonistas de Woodrell, no les sale nada bien. La vida no les da un respiro. Ni una tregua. Ni una oportunidad. La gente como Shug, los protagonistas de Woodrell, sólo tienen por delante un profundo agujero. Cada vez más negro. Y frío. Sobre todo frío.

"Nada más cruzar la frontera del estado, Red me hizo bajar de la camioneta y pintarla de otro color. Cuando me hablaba, su voz sonaba como si la tuviera llena de esos gusanos que te devoran cuando estás muerto y enterrado. Se le notaba en la voz que tenía ganas de presentarme a esos gusanos que me estaban esperando."

Título: 'La muerte del pequeño Shug'
Autor: Daniel Woodrell
Traductora: Isabel González-Gallarza
Editorial: Alba Editorial
Colección: Novela negra
Páginas: 216
Precio: 17,10
Procedencia: comprado

domingo, 24 de septiembre de 2017

A veces basta soplar


@Martatorresmol

A veces basta soplar.
Soplas y silbas.
Soplas y vuelan las semillas de los dientes de león.
Soplas y el azúcar desparramado corre por la mesa.
Soplas y las pompas de jabón bailan.
Soplas y parece que mueves las nubes.
Soplas y las olas te llevan la contraria.
Soplas, te ves en el espejo y te ríes.
Soplas y la llama del pastel se convierte en un deseo.
Soplas y resoplas.
Soplas y te sientes lobo.
Soplas y haces que la niebla de alguien desaparezca.
Soplas y el aliento frío te eriza la piel.
Soplas y crees que cura.
Soplas y parece que duele un poquito menos.
Soplas y quieres que cierre la herida.
Soplas y...
A veces no basta soplar.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

'Afrodita', los placeres del paladar y la carne


He rescatado a 'Afrodita', de Isabel Allende. Lo he sacado de la embutida estantería de los libros de cocina y ahora respira. Ve. Oye. Siente la vida en casa. Mira de frente a todo aquel que entra en ella. Y varios le han echado las manos encima. Cada vez que lo hacen, sonrío. Sonreímos, porque él, ese volumen grande, pesado, suave, duro, de páginas carnosas, también sonríe. Lleva ahí varias semanas, sobre una cajonera, apoyado en unos viejos álbumes de fotos. Tiene algo de altar. Y la mujer rotunda de pechos desnudos que cocina en la portada algo de Virgen. Hay quien expone estampitas de vírgenes y enciende velas a reproducciones de santos. Yo expongo a esa Afrodita de la cocina y prendo velas de gardenia a viejas fotos familiares en blanco y negro. Me encomiendo a ella, a esa diosa del placer, de los placeres, de la comida y el sexo, porque en este libro ambos están unidos. Se cogen de la mano, se besan, se mezclan uno con el otro.

Cada vez que paso sus páginas, a veces despacio, recreándome en palabras al azar, a veces rápido, buscando una receta,  el libro suena. Me gusta pensar que me susurra y gime de placer. Desde que salió de esa sabrosa estantería pocos son los días que no lo acaricio con las puntas de los dedos. Así, vuelvo a leer que las cortesanas de la antigua Grecia se perfumaban el aliento y las zonas erógenas con violetas, un sabor que, mezclado con el de su piel, era el sello íntimo de Josefina Bonaparte, que Casanova sedujo a varias de sus conquistas sirviéndoles ostras de su propia boca o que Cleopatra hacía que sus amantes lamieran sus partes íntimas untadas con una pasta de miel y almendras. Da igual por dónde se abra el libro, sea cual sea la página, estará cuajada de historias y anécdotas sobre el placer de la cocina y el amor.

Allende habla de los afrodisíacos -"el puente entre gula y lujuria"-, de cómo cocinamos para quien queremos seducir -"todo lo que se cocina para un amante es sensual"-, de cómo el cerebro es capaz de diferenciar diez mil olores pero muchas veces no distingue entre lujuria y amor, de la sensualidad de amasar la pasta para las galletas, de lo difícil que es definir un sabor o un olor -"son espíritus con vida propia, fantasmas que aparecen sin ser invocados para abrir una ventana de la memoria"-, de hierbas prohibidas (desde la albahaca a la vainilla pasando por la nuez moscada y la pimienta) por sus supuestos efectos sobre el deseo, de la relación de los fogones con los filtros de amor -"el límite entre los filtros eróticos y los venenos es tan sutil"-, de palomas mensajeras del amor que acaban en la cazuela, de cómo los platos más afrodisíacos no se pueden servir en una mesa de etiqueta porque obligan a los comensales a usar las manos y hacer ruido, del erotismo que guardan todos los productos que vienen del mar (la Mar), no en vano de su espuma surgió Afrodita, de por qué todas las culturas atribuyen a los huevos poderes eróticos y reconstituyentes, de cómo el chocolate era una bebida sagrada para los aztecas y cómo en España las mujeres lo bebían a escondidas por su fama de despertar la libido, de cómo un buen vino -"néctar de los dioses, consuelo de los mortales... tiene el poder de alejar las preocupaciones y darnos, aunque sea por un instante, la visión del Paraíso"- y una buena conversación multiplican este efecto acompañados de un queso...

Pura sensualidad...

"Me arrepiento de las dietas, de los platos deliciosos rechazados por vanidad, tanto como lamento las ocasiones de hacer el amor que he dejado pasar por ocuparme de tareas pendientes o por virtud puritana."


Título: 'Afrodita'
Autora: Isabel Allende
Editorial: Plaza Janés
Páginas: 328
Precio: 20,50€
Procedencia: comprado

jueves, 14 de septiembre de 2017

'Voy', Gabi Martínez busca a Gabi Martínez


Llegué a 'Voy' por motivos laborales. Iba a escribir que por obligación, pero no, porque llegar a un libro, aunque sea por trabajo, no es nunca una obligación. Es más, incluso puede llegar a ser, como en este caso, un auténtico placer. Lo leí, lo devoré, en un par de noches. Horas que Gabi Martínez, al que debía entrevistar, le robó a mi sueño. Lo leí a velocidad de vértigo. Parpadeando, incrédula, ante semejante osadía. Sí, porque si hay un adjetivo que defina a este libro, a esta falsa novela, a este documental de papel, a este diario personal, es, sin duda, osado. Valiente, también. Temerario, incluso. En todo, en el planteamiento, en la estructura, en los personajes. Y es que Gabi Martínez (que acaba de publicar 'Las defensas') se convierte a él mismo en protagonista de su propio libro. Y lo hace de una forma descarnada, cruel, sin una pizca de conmiseración con él mismo. Vaya, todo lo contrario de lo que la mayoría hacemos cuando hablamos de nosotros mismos. El Gabi de papel es antipático, rácano, nada empático, seco. No es alguien que te caiga bien. No es alguien a quien desees conocer y, sin embargo, página a página estás deseando saber más, mucho más, todo, en realidad, de sus aventuras. No hay nada de la imagen romántica del escritor viajero en las 400 páginas de 'Voy'. Pero nada.

'Voy' es una búsqueda. La de un joven periodista chileno dispuesto a saber qué pasó con el escritor Gabi Martínez, desaparecido en Nueva Zelanda en uno de sus viajes, mientras perseguía la pista de un ave ya extinta, casi imaginaria, y del que hace ya demasiados meses que nadie sabe nada. El libro es la reproducción de las entrevistas que el joven realiza a los más allegados a Gabi, las cartas que recibe para hablarle sobre él, una estructura que hace muy difícil que el lector suelte el libro. Por tarde que sea y por más horas que hayan pasado. Una pregunta más. Esta carta y ya. Todo es una trampa para que sigas leyendo. Formándote una imagen del autor-protagonista que, quién sabe, quizás no está perdido y simplemente no quiere que le encuentren. Hablan exnovias, examantes, viejos compañeros de viaje... Unos relatos que te llevan a China, a África, a redacciones oscuras, a Australia... He dicho que 'Voy' es una búsqueda, pero en realidad son muchas. Es la del joven chileno, sí, pero también hay algo en este ejercicio de una búsqueda del propio yo, de la de Stanley a Livingstone, de la de Marlow a Kurtz... Y de la del lector en las librerías. Porque, después de 'Voy', es inevitable querer saber más de esos viajes que recuerdan quienes hablan de él: 'Los mares de Wang' (China), 'Sudd' (el Nilo blanco), 'Sólo para gigantes' (Pakistán), 'En la barrera' (Australia)... Y es inevitable, además, ponerle ojitos a tu mochila y a tu cuaderno de viajes.

"No me vengas con tonterías, esto no es un juego. Pronto hará un año sin noticias de él. Con toda la tecnología y los medios de comunicación actuales..., después de un año, o está muerto o no quiere que lo encuentren. Si resulta que está vivo y cumples tu idea con éxito, verte no le va a hacer ninguna gracia."


Título: 'Voy'
Autor: Gabi Martínez
Editorial: Alfaguara
Páginas: 400
Precio: 18,50€
Procedencia: comprado

martes, 5 de septiembre de 2017

'Patria', el perdón


@Martatorresmol

He disfrutado y sufrido mucho con esta novela. Perdón, con este novelón. Porque sí, es un novelón. De los que te pillan (lo siento, pero son los libros los que te escogen, no tú a ellos, por mucho que creas) y ya no te sueltan. Entiendo el éxito de 'Patria', de Fernando Aramburu. Tiene todos los ingredientes para ello. Está muy bien escrita. Es muy clara. La historia te llega. Te interesa, te emociona, te alegra, te enfada, te entristece, te indigna, te consuela... Es lo suficientemente larga como para que te dé tiempo a digerirla. Sí, es de esas historias que hay que digerir. Con cuatro estómagos, como los rumiantes, a ser posible. Y los personajes, los personajes parecen haber salido del portal de al lado, de lo reales que son, o que parecen, o que son. Bueno, no lo sé, porque es una novela, pero estoy convencida de que en algún rincón del País Vasco hay más de una Bittori que corre a la tumba de su marido asesinado el día que ETA anuncia el abandono de las armas, y muchos Txatos que temían un atentado que al final segó su vida, y varias Miren que se agarran con fuerza a una causa y justifican los muertos que carga a su espaldas, incontables Xose Mari que mataron y ahora ven escapárseles la vida en prisión, decenas de Nereas que se negaron a asumir que a su padre lo había asesinado la banda terrorista.

Qué difícil es. Qué difícil debe haber sido tejer esta historia. Si a mí, leyéndola, se me han anudado las tripas constantemente no me atrevo a imaginar lo que sido ir trenzando todos esos mimbres que pinchan, se enredan, cuesta doblar. Es una novela que duele. Desde el primer momento, ése en el que se cruza la puerta de la piel de Bittori, es inevitable sentir rabia. Enfadarse. Es casi imposible no empatizar con esa mujer, una mujer como cualquier otra, madre de dos hijos, esposa de un pequeño empresario de transportes, ama de casa, clienta del mercado, cuyo marido se marcha un día al trabajo después de la siesta y ya no vuelve más porque, a la vuelta de la esquina de su casa, le descerrajan un tiro. Una mujer que, pasados los años, con los hijos ya mayores, después de marcharse fuera del pueblo en el que pasó todo y donde todo dejó de ser lo que era, decide volver. Un regreso lleno de silencios, de malas caras, de desplantes. Un regreso a su vida de antes, un poner un geranio en el balcón que más de uno se toma como una provocación. Ella es la víctima, pero hay quien no piensa así. Como su vecina, Miren. Su amiga. Su confidente. Miren. La madre de Xose Mari. La madre de un etarra. Quién sabe si del mismo que apretó el gatillo mientras el Txato, que a él y a su hermana los trató casi como a hijos, le sonreía. Quién sabe. Hay tensión en ese regreso. Una tensión que traspasa el papel y que, por suerte, concede treguas al lector a través de flashbacks del pasado. Treguas o, mejor dicho, falsas treguas, porque después de cada una de esas miradas atrás todo el presente se hace más crudo, más duro. Se hace bola. Y está bien, así debe ser, porque sólo así es posible comprender todo eso que sobrevuela 'Patria': lo imposible que es olvidar y lo necesario que es el perdón.

Tengo algún pero. Pequeño. Diminuto. En algún momento de la lectura me dio por pensar en Miren, en ese personaje desagradable, incómodo, implacable, casi robótico, insensible, sin empatía, cruel... Le estuve dando vueltas a si habrá gente así, si las tintas estaban cargadas en demasía contra ella (pensar eso me tuvo varias horas enfadada con la historia), si era yo la que, desde mi punto de vista, la veía así... No lo sé. Aún no lo sé. Sólo intuyo que, con las tintas cargadas o libres, ese personaje es necesario, así, para que la historia se desplome sobre ti. Página a página. Porque 'Patria' es una novela, es ficción, sus personajes no existen, lo que les ocurre podría no haber pasado o le podría haber pasado a decenas de personas, pero eso da igual, es casi real. En el pleno sentido de la palabra. Es una de esas invenciones que sirven quizás no para explicar, pero sí para entender, que al fin y al cabo es lo importante, lo que pasaba de puertas para adentro en una familia cualquiera, a un bando y al otro del terrorismo de ETA.

"Ahí va la pobre, a romperse en él. Lo mismo que se rompe una ola en las rocas. Un poco de espuma y adiós. ¿No ve que ni siquiera se toma la molestia de abrirle la puerta? Sometida, más que sometida. Y esos zapatos de tacón y esos labios rojos a sus cuarenta y cinco años, ¿para qué? Con tu categoría, hija, con tu posición y tus estudios, ¿qué te lleva a comportarte como una adolescente? Si el aita levantara la cabeza... En el momento de subir al coche, Nerea dirigió la vista hacia la ventana tras cuyo visillo supuso que su madre, como de costumbre, estaría observándola."

Título: 'Patria'
Editorial: Tusquets
Páginas: 648
Precio: 22,90€
Procedencia: préstamo Marian

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