miércoles, 26 de abril de 2017

'Las últimas palabras', cuando un libro se esculpe


@Martatorresmol
En estas islas, el archiduque Luis Salvador de Austria es bien conocido. Una figura recurrente. Alguien de quien se habla como si fuera un antepasado, con familiaridad, con cercanía, desproveyendo a la palabra archiduque que precede siempre a su nombre de toda grandeza e importancia. Vemos los dibujos que dejó, esos que nos permiten hacernos una idea de cómo eran estas islas entre finales del siglo XIX y principios del XX, como quien mira los retratos descoloridos de los tatarabuelos. Dibujos (un niño le dijo una vez que él llamaba a las montañas y éstas acudían a su cuaderno) que, contemplados miles de veces, conocemos casi al detalle. Hasta el último trazo. Sabemos que estaba emparentado con la emperatriz Sisí, que prestó servicios a la corte de Viena, en la que, a pesar de su pretendida lejanía, era un personaje importante, que jugó un papel en la antesala de la Primera guerra Mundial, que escribió decenas de obras científicas. Y a pesar de eso, no podemos evitar verle, principalmente, como uno de los primeros viajeros que llegó a estas tierras a bordo de su goleta, se enamoró de ellas y decidió instalarse. Un hombre culto que se relacionaba con la gente, curioso y que vestía de forma nada aristocrática.

Un hombre al que da voz la académica Carme Riera en 'Las últimas palabras', un libro en el que la escritora fabula, imagina, intuye, proyecta (escoged el verbo que más os guste) las que, de haberlas escrito, hubieran sido las últimas palabras del archiduque. Una carta, la última, que dicta, en el lecho de muerte, el 30 de septiembre de 1915, a su secretario Erwin. Una carta ficticia en la que el aristócrata recorre su vida, se confiesa, muestra sus debilidades. Una carta que empieza en la página 37 del libro (y que, ¡ay amigos!, no os recomiendo empezar si no tenéis el tiempo suficiente por delante para beberos de un tirón. Porque una vez que leáis la primera frase, una vez que naveguéis con él en la Nixe, que recorráis a su lado la Serra de Tramuntana, que conozcáis su afición por la seducción, que sepáis cómo acabó enamorado sin quererlo de la campesina Catalina Homar (que era su amante) o la rabia que sintió cuando el joven al que se había rendido le confiesa que no le quiere, que visitéis la corte austríaca, que descubráis sus aspectos oscuros... Ya no podréis parar. Una palabra os llevará a la otra. Una anécdota enlazará con un recuerdo y éste a su vez con una confesión que os conducirá a un hecho histórico y... Y sí, os veréis en la misma posición que Erwin, ese último escribiente que escucha y toma notas en silencio mientras el archiduque Luis Salvador de Austria sabe que la muerte le ronda y escupe una frase tras otra, temeroso de no poder acabar a tiempo. Poco más de dos horas (no se tarda mucho más en leer el libro) apasionantes en las que no hay absolutamente nada que te despiste.

Releo algunos párrafos y tengo la sensación de que Carme Riera (que emplea el cervantino recurso del manuscrito descubierto), más que escribir este libro, lo ha esculpido. Ha cogido un bloque de información y de palabras y ha ido desprendiéndose de todo lo que sobraba, de todo lo superfluo, hasta dejar únicamente lo imprescindible, lo necesario, lo justo. Lo que consigue que llegues a las últimas palabras de esa carta ("No es la muerte, es su aviso, el dulce aviso que nos prepara para su llegada.") dándote cuenta de que en esas dos horas apenas has respirado.

"Los calmantes no consiguen aliviar el dolor de mis oxidadas articulaciones, ya ves, Erwin, casi no puedo moverlas. No sé cuánto tiempo podré soportarlo sin recurrir al opio, pero en mis condiciones no creo que sea mucho y sus efectos hipnóticos servirían, a la postre, para invalidar mis últimas voluntades. De manera que debemos darnos prisa, mucha prisa."

Título: 'Las últimas palabras'
Autora: Carme Riera
Editorial: Alfaguara
Páginas: 160
Precio: 18,90€
Procedencia: comprado

sábado, 15 de abril de 2017

'Demonios familiares', la última historia de Ana María Matute


Me enamoré de las palabras de Ana María Matute, de su forma de contar, de la niña que seguía viendo escondida en los márgenes de sus páginas a pesar de que ya entonces era una señora de edad venerable, cuando apenas era una adolescente y la descubrí con 'Olvidado Rey Gudú'. Una novela que me tuvo completamente absorta, apartada del mundo, durante una semana del verano de 1996. Tengo ese libro grande, mastodóntico, gigántico (en sentido literal y espiritual) siempre a la vista, en una vitrina del salón en la que comparte espacio con las obras de mi adorado Terenci Moix y algunas otras novelas inolvidables de aquel verano en el que me adentré definitivamente en la adultez ('Trainspotting', 'Drácula', 'Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros', 'La hoguera de las vanidades'...). Me enamoré aún más de sus frases y sus personajes con cada uno de sus libros que fueron cayendo, como ansiadas gotas de lluvia, en mis manos y en mi alma lectora. A Matute la leo siempre en mi orejero, enrollada en mi propio cuerpo, con menos luz de la que debería. No concibo leerla de otra manera. Ni en público. Ni en la playa. Ni con mucha luz. Ni sentada en un bar con un café con leche tamaño piscina entre mis manos. No. A Matute sólo puedo leerla como la leí aquel primer verano, protegiéndome de aún no sé qué, las rodillas pegadas al pecho, los talones a las nalgas, la oreja derecha a la tapicería, la barbilla a la clavícula...

Hace tiempo que 'Demonios familiares' daba vueltas por casa. Sí, exactamente igual que ese algo que flota siempre en las novelas de Matute y que a veces, sólo a ves, estás a punto de nombrar. Pasaba del montón de libros por leer a la mesa de trabajo, de ahí a la mesilla de noche, al sofá, vuelta al montón, a una estantería cualquiera, de esas que son un maremágnum de libros por leer... Así se ha pasado dos años. Hasta la otra noche. Una noche en la que la primavera echó de menos ser invierno. Y hacía frío. Y soplaba el viento. Y no sé por qué el orejero me reclamó. Y me senté en él huérfana de libro. Y me acurruqué. En su suave y ajada oreja. Abrazada a mis rodillas con una mano. La otra rozando la cumbre de una de las muchas pilas de libros con el mismo placer con el que peino el flequillo del mar cuando tengo ocasión. Y ahí estaba, esperándome, esa historia, la de la nunca novicia Eva, el siempre dispuesto Yago, el Coronel con su eterno rictus de severidad, Madalena y su sabiduría fraguada en cocinas y planchas... Una historia que debía ser una segunda parte de la maravillosa 'Paraíso inhabitado' y que, al final (sí, de verdad era el final), decidió ser algo completamente diferente.

'Demonios familiares' refleja una estampa (bien pensado, no creo que sea una historia), un momento, un cuadro en el que pasan cosas y en el que los personajes cobran vida pero se escapan por el marco, lo atraviesan y no puedes ver qué les ocurre, cómo siguen, qué sienten... El marco, la involuntaria última página, ésa que no debía serlo, ésa tras la que seguía la historia que Ana María Matute no pudo terminar. A la izquierda del cuadro, el Coronel, en su silla de ruedas, ve reflejado en el espejo cómo arde el convento en el que ingresó su hija, Eva, y envía a toda prisa en el tílburi a buscarla. En el centro de la estampa está Eva, feliz de reencontrarse con sus vestidos bonitos y su ropa interior de seda y los guisos y el cariño de Madalena y de retomar su amistad con Jovita, la hija del farmacéutico, con mucho miedo y un gran secreto y enamorada de un piloto desaparecido. A la derecha aparece Eva, feliz por una revelación familiar, enamorándose, en un desván en el que bebe whisky y se esconde un soldado herido. El borde derecho del lienzo está desvaído. Pinceladas largas que desfiguran los personajes, que huyen, que siguen viviendo más allá del marco de un cuadro que Ana María Matute ya había pintado. En su mente. No hubo tiempo para el lienzo.


"Algunas noches el Coronel oía llorar a un niño en la oscuridad. al principio se preguntaba quién sería, puesto que hacía muchos años que en la casa no vivía ningún niño. Solo quedaba, en la mesilla de noche de Madre, una fotografía sepia, una sonrisa transparente y errática -quién sabía ya si de Madre o del niño-, flotando en la noche, como una luciérnaga alada".

Título: 'Demonios familiares'
Autora: Ana María Matute
Editorial: Destino
Páginas: 184
Precio: 19€
Procedencia: regalo

miércoles, 12 de abril de 2017

La rebelión de las camareras de piso



@Martatorresmol

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza (04/12/2016)
Quince camareras de piso, Kellys, como se han autodenominado en la lucha por unas condiciones laborales dignas, aguardan frente al edificio de los sindicatos. En un primer momento, se muestran un tanto cautas a hablar, pero cuando se les garantiza que no se publicarán sus nombres, se relajan. Y se sueltan. Tienen ganas de hablar. De denunciar su día a día, lo que sufren mientras sacan brillo (físicamente) a la hostelería de Ibiza. Son quince, pero la voz es la de una sola, porque las historias, no importa el hotel ni la categoría, son calcadas.

«No nos pagan las horas extras», afirma una, la primera en atreverse a hablar, un comentario que actúa como pistoletazo de salida. Las voces y comentarios se solapan. Están juntas. Unidas en una misma lucha. Por ellas mismas, por sus derechos y por su dignidad como trabajadoras.
Parecen sacudirse los miedos unas a otras. Una apunta: «Nos prohíben dar parte a la mutua cuando tenemos un accidente en el trabajo. Dicen que tenemos que ir al hospital». «Así se ahorran la investigación», continúa otra. «Si estás contratada hasta las tres, no acabas hasta las cinco. El seguro no cubre lo que te ocurra en esas dos horas», continúa una tercera haciéndose oír por encima del barullo que se ha formado mientras esperan la reunión con la eurodiputada de Izquierda Unida Paloma López.

Todas, las quince, aseguran que hacen horas extras que no les pagan ni les devuelven en tiempo. La mayoría están contratadas para menos horas de las que en realidad hacen. Eso sin contar el tiempo extra al que se ven obligadas si quieren mantener sus puestos de trabajo. Ninguna de ellas ha notado los efectos de la buena temporada ni del incremento de las plazas hoteleras de cuatro y cinco estrellas. En el sueldo, porque sí lo han notado en otros aspectos. Han tenido mucho más trabajo. Y más complicado. A lo que los hoteleros llaman habitaciones «premium» algunas las llaman, irónicamente, «bombones».  (Seguir leyendo)


lunes, 3 de abril de 2017

'La mirada de los ángeles', regreso a Fjällbacka


Descubrí Fjällbacka hace un par de años, por un regalo de cumpleaños que no esperaba. Quizás por eso, por los recuerdos que me evocaba (y porque sólo leo novela negra en determinados momentos) me ha costado tiempo volver a una novela de Camilla Läckberg. Y todo para descubrir que la estructura de 'La mirada de los ángeles' es la misma que la de  'El domador de leones', el otro libro suyo que leí durante un viaje a Praga: un suceso que acaba de pasar enlazado con uno o varios crímenes del pasado, el relato actual alternado con páginas que cuentan la historia de hace años o incluso décadas y la relación entre la escritoria Erica Falck y Patrick, su marido policía, en la que se alternan el cariño, las discusiones por el hecho de que Erica siempre anda metiendo las narices más allá de lo que la policía considera apropiado y la preocupación de Patrick porque, en algún momento cercano al final de la trama, la escritora se pone en peligro. Igual hay otros libros de la serie en los que no es así, pero qué casualidad que haya ido a dar con los dos que son calcados. La fórmula funciona, visto lo que se leen sus novelas de la serie 'Los crímenes de Fjällbacka', que lleva ya más de diez entregas publicadas. Pero a mí me ha aburrido. No la historia, que te atrapa y que se lee rápido y te permite especular sobre quién será el asesino (a poco que hayas leído se intuye fácil). Tampoco por los personajes, que tienen entidad y puedes visualizarlos de forma fácil. No por el ambiente, que está bien descrito y te hace meterte de lleno en esas casas de madera en las que siempre hay café caliente y bollos de canela caseros (se me hacía tanto la boca agua que una tarde dejé de leer para preparar rollos de canela). Creo que me aburrió por la estructura. Porque leía esta historia en la que un matrimonio intenta superar la muerte de su hijo volviendo a Fjällbacka, a una casa abandonada en una pequeña isla, en la que hace décadas desapareció toda la familia que regentaba en ella una escuela prácticamente militar, y no podía dejar de pensar en las chicas desaparecidas y convertidas en muñecas vivientes de 'El domador de leones'. Esa sensación de que si cambiara los nombres y alguna cosa más, acabaría topándome con la misma historia... Ha podido conmigo. Me temo que con la novela negra actual -recalco, actual- me pasa lo mismo que con las comedias románticas: me apetece leer alguna de vez en cuando, para desintoxicarme, pero como lea dos más o menos seguidas, o del mismo autor, me parecen todas iguales.

"Habían pensado aliviar el dolor reformando la casa. Ninguno de ellos estaba seguro de que fuese un buen plan, pero era el único que tenían. La otra opción era dejarse consumir."

Título: 'La mirada de los ángeles'
Autora: Camilla Läckberg
Traductora: Carmen Montes Cano
Editorial: Maeva
Páginas: 448
Precio: 20€
Procedencia: biblioteca

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...